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Full text of "América literaria: producciones selectas en prosa y verso, coleccionadas y editadas"

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1 



AMERICA LITERARIA 



PRODUCCIONES SELECTAS 



EN PROSA Y VERSO 



COLECCIONADAS Y EDITADAS 



POR 



FSAKCISGO LAGOHAGGIOBE 



BUENOS AIRES 
Imprenta de "La Nación" San Martin 208 

1883 



» .' 







ADVEETENCIA 



La falta de comunicación intelectual entre las repúblicas hispano-americanas, 
es causa de que sean desconocidos entre sí, á escepcion de unos pocos escritores 
eminentes, los ingenios con que cuenta cada una de ellas; lo que es verdaderamente 
sensible. 

Este común aislamiento lejos de estrechar los vínculos que las atan en su pasa- 
do glorioso, cuando iniciaron la lucha heroica de la emancipación, los afloja por el 
contrario, dándonos, como resultado inmediato, la secuestración de estados que viven 
en un mismo continente; que fueron en un tiempo opulentas colonias de un mismo 
y poderoso soberano; que luego combatieron juntos por una misma causa; y que 
idénticos destinos deben cumplir en el tiempo y en el espacio. 

Para remediar de alguna manera semejante estado de cosas, hemos afrontado 
la seria y penosa tarea de reunir en un haz las producciones de los hijos del norte y 
del sur de la América, presentando en un volumen la prosa y el verso,— junto al 
inspirado cantor del Niágara el del Nido de Cóndores; al lado del de Mitre, el 
nombre respetado de Alaman. Así, en las páginas de este libro, aunque divididos 
iroT las fronteras artificiales que les hemos creado para metodizar nuestro trabsyo, se 
confunden todos ellos en un solo terreno, y se cobijan bajo una sola enseña — la de 
la fraternidad intelectual. 

Poetas, historiadores, publicistas, escritores fáciles, ingenios sutiles ó brillan- 
tes, todos tienen cabida en la presente obra, porque cada uno de ellos contribuye en 
su esfera propia al desarrollo de la civilización, al culto de la belleza, á la difusión 
de nobles y generosos sentimientos. Esta comunión de los diversos talentos, forma 
la corona de luz que ciñe las sienes palpitantes de la joven y entusiasta América; y 
realzando los esfuerzos fecundos que hace la industria en su seno víi^eu, purifica en 
el crisol de lo bello en los sentimientos, en los hechos, en los propósitos, y hasta en 
los alegres devaneos de la juventud, 6 del ingenio festivo y decidor — las escorias que 
deja, á modo de un asiento en el alma, en torno nuestro, la ruda labor á que nos 
condena la inexorable ley de la lucha por la existencia. 

¿Habremos llenado cumplidamente el fin propuesto? No creemos engañamos 



VI AMÉRICA LITERARIA 



asegurando qne nos hemos acercado tanto á él cuanto es posible trasuntar en los 
hechos el ideal que bulle dentro del cerebro; y de ello serán jueces los lectores de la 
Amebica Litebabia. Abrigamos, empero, la convicción de que nadie colocado en 
idénticas condiciones á las nuestras podria superamos ; y que * si en Méjico, por 
ejemplo, alguien se propusiese igual tarea, no nos aventajaría en los resultados. 

El libro que ofrecemos no aspira, por ahora, á ser un dechado de perfección, 
pero estamos convencidos que su bondad intrínseca no será puesta en duda, tenién- 
dose en cuenta las insuperables dificultades que ofrece su formación; y que autores 
y público, dispensándole sü benéfica protección, han de aunar susesñierzos á los del 
compilador, para que se convierta mas tarde en el libro por excelencia de los pueblos 
americanos. 

La America Litebabia llegará de ese modo á reflejar por completo la poten- 
cia intelectual de este continente; y la llama que hoy ya arde luminosa y bella, 
adquirirá mayor pábulo, y quien tenga en sus manos nuestra obra podrá decir que 
empuña la antorcha de la civilización del Nuevo Mundo. 



Buenos Aires, Abril de 1883* 



Fbakcisgo Lagomaggtobe. 



• 



SECCIÓN POLÍTICA 



REPÚBLICA ARGENTINA 



EL PORVENIR DE AMERICA 



No té 8i sea este el momento mas propioio para 
fotografiar el pensamiento Argentino. 

Los pueblos pasan por entre ráfagas de som- 
bras y de lux. Tibien, eomo el mnndo sideral, sn 
rotación periódica, sns apogeos, eoUpses y sols- 
ticios; como la naturaleza física, sns estaciones, 
su calor intenso, sn frialdad estrema, sn prima- 
vera y sn otoño. 

La humanidad se conserva siempre, como el 
calor y la luz y el germen de la vida. 

Pero, los pueblos decaen y mueren. Desapare- 
oan, renovándose bajo otro sol, en variadas razas, 
eofn nueva índole y costumbres. 

India, Siria, Ejipto, Grecia, Boma y tantos 
otros, son despojos humanos que no han vuelto 
ni volverán á la vida. . . 

¿En que periodo de su existencia se encuentra 
el pueblo Argentino, hoy que este libro se propo- 
ne estereotipar el grado de elevación y cultura 
de su alma, su ciencia y su progreso? 

Pero, no basta tomar el retrato de este pedazo 
de tierra americana. Es solo una facción de lo 
que se ha dado en llamar la Yírgen América! 

En la fisonomía intelectual y moral de esta, 
van á faltar, al ilustrado compilador de estos 



rasgos, la sutil inteligencia, el genio literario, el 
fino y delicado espíritu de los hijos de su hermosa 
patria, el Perú. 

Faltan, el pensamiento ultra-democrátioo y 
avanzadas ideas políticas de los hijos de Colom- 
bia; el espíritu de paciente disciplina, con que 
Bolivia es capaz de fundar el mejor régimen judi- 
cial y la mas perfecta organización militar. 

Faltan el Brasil y Chile, Imperio aquel, Bepú- 
blica esta, que no han podido aun olvidar del todo 
que fueron Colonias del Portugal y de la Espa- 
ña; que vivieron bajo reyes absolutos y castas 
privilegiadas. 

EUos que, sin embargo, en el seno de la paz, 
con el genio de la mesura y de la calma, con el 
sentido práctico de una razón bastante clara y 
serena para obrar sobre sí misma, conservar lo 
adquirido, propender á lo útil y práctico, sin osar 
mucho ni aventurar nada; progresan en sus insti- 
tituciones, aseguran las garantías sociales tutela- 
res de la vida y de la propiedad, y descuellan en 
el orden administrativo, aunque escondiendo, bajo 
tales prestigios, los eslabones aun no del todo 
rotos, de esa larga cadena, que un dia arrastramos 
todos como subditos de castas privilegiadas y 
reyes absolutos. 

Libres nosotros, como el aire de nuestras pam- 
pas, en un suelo desnudo, á la intemperie, sin altas 



AMÉRICA LITERARIA 



montañas que nos abriguen, sin excesivo calor 
que nos enerve 7 á la margen del mas anolio río 
de la creación; usamos 7 abusamos de la libertad 
nativa; 7 ore7éndonos bastante viriles 7 fuertes 
para sustentarla 7 defenderla, ensa7amos con fé 
7 valor, los mas avanzados principios de la demo- 
cracia; 7 desenvolviendo el comercio, en su mas 
alta escala, sembramos la riqueza en tan vasto 7 
despoblado territorio. 

Llamamos á todos los hombres de la tierra, 
brindándoles un abrazo grande 7 fecundo, estre- 
cho 7 fraternal. 

La emigración del mundo se precipita á rauda- 
les, en nuestro suelo, 7 difundiremos con ella á 
las Repúblicas hermanas la población de Europa. 

EUa, nos traerá sus luces, los frutos de su larga 
esperiencia, sus hábitos pacientes de trabajo; 
bienes todos salvados de los incendios de la comu- 
na, del naufragio de pueblos oprimidos, de los 
cataclismos sociales 7 de esas sangrientas guerras 
de Sísif o, de pueblos contra pueblos 7 hombres 
contra hombres, que obcecados, aun persisten 
en buscar, por los viejos caminos, la ciencia, el 
principio 7 las fórmulas prácticas de la demo- 
cracia, el medio de gobernarse por si mismos 7 
de vivir libres, tranquilos 7 felices. 

¿Cuáles son, en fin, los destinos de América? 

Por el suelo Argentino, por este rio de la Plata, 
la mas amplia gurganta del oontinente Ameri- 
cano, vendrá la Europa, abandonando el antiguo 
lugar, las viejas armaduras de combate, los empol- 
vados pergaminos de su ciencia política, de su 
derecho divino, de sus dinastías 7 blasones nobi- 
liarios, para aleccionamos con su esperiencia ; 7 
al mostramos los frutos del trabajo paciente, 
aprenderá de nosotros las intuiciones luminosas 
de la soberanía popular, los eternos principios de 
la democracia, las prácticas de la libertad. 

Acaso decadente 7 caduca, en el viejo mundo, 
desciende 7a allí la sociedad humana, como el 
Imperio Romano, las gradas del Capitolio; 7 en 
vez de renacer, después de surcar el Mar Muerto 
de la Edad Media, en nuevas razas, pueblos 7 
Naciones; vá á cruzar, esta vez, las ondas vivas 
del Atlántico, para resucitar aquí, en el Paraiso 
Americano, 7 levantar de sus vírgenes bosques, 
ese himno humano, eterno, de sumisión 7 alaban- 
zas al Dios que aniquila, al Dios que crea, al que 
puede postrar á la mas soberbia de las Naciones 
6 alzarla de su tumba como á Lázaro; al que salva, 
en fin, en lo eterno, los destinos de la humanidad, 



lanzándola al progpreso indefinido, en mares de 
una vida inagotable, atada con los lazos del amor 
7 alumbrada con la antorcha de la libertad. 



José M. ZUVIBÍA, 
Abogado 7l4temto. 



Belgrano, Marzo de 1874. 



ün historiador famoso, ^'^ estudiando el movi- 
miento de los pueblos en el siglo xix, ha creido 
entrever un ra7o de luz en nuestros apartados 
caminos 7 acaba de designar como un rasgo 
nuestro, el que no marchamos al acaso, sino «i* 
guiendo rumbos determinados 7 fijos. 

Ha7 á la verdad, en el dia presente, antiguos 
pueblos de la tierra que se encuentran detenidos 
en su grandeza, inciertos de su porvenir mas 
próximo 7 de la ruta que deben segfuir, porque 
á la muchedumbre de sus cuestiones políticas ó 
sociales, no saben oponer sino soluciones de 
escuelas, de partidos aislados ó de tendencias 
contradictorias, que 7a representan las institu- 
ciones caducas de un pasado lejano, ó las sub- 
versiones de la utopía inocente en la teoria, 
sangrienta 7 cruel en los hechos. 

Nosotros podemos, entre tanto, adolecer de las 
deficiencias de un orden de cosas naciente; pero 
sabemos lo que queremos, lo que necesitamos 
7 cuáles son los remedios que deben aplicarse, 
para curar las dolencias que nos aquejan. 

Nuestra organización política se halla clara- 
mente definida en la ConsUtucionf teniendo para 
la explicación luminosa de sus cláusulas la 
historia constitucional de los Estados-Unidos. 
Nuestra doctrina social se halla concretada en 
la enunciación de derechos espresos 7 de verda- 
des [sencillas que profesan los hombres de Esta- 
do 7 los hombres del pueblo 7 que llevan sobre 
sí como un sello, el asentimiento público en su 
mas amplia significación. 

Nicolás Avellaneda, 

Praaldente de la Bepúblioa, Litemto j hombre de Eitedo. 
Buenos Aires, 1874. 



(1) OerrinuB. 



SECCIÓN POLÍTICA— REPÚBLICA abobktika 



Lm recientes yiotorias de la Pruna inolinan 
aparentemente en favor de las razas del Norte 
la balanza del poder. Tengro íé, sin embargo, en 
los destinos de los que viven bajo el sol del me- 
diodía. Pero, no será ya ni la Italia, ni la Es- 
paña, ni la Francia la qne ba de recuperar el 
lastre perdido en las Incbas estériles 7 crimina- 
les de la vieja Europa. 

Si ecbamos una mirada sobre el mapa del 
mundo, advertimos que mas que ningfun otro 
pueblo, ban sido favorecidos los que bablan la 
lengua Española en el reparto del suelo. Los 
valles del Magdalena, del Orinoco, del Amazo- 
nas 7 del Plata pueden sustentar cientos, sino 
miles de millones de babitantes, 7 nada ofrecen 
de comparable por su feracidad, por su belleza 7 
por su extensión. 

Cien millones de los descendientes de los an- 
tiguos dominadores del mundo necesitan espacio 
en que desenvolver su inteligencia 7 su fuerza. 

El primer paso está dado 7a. Cuarenta mil 
inmigrantes Italianos, Españoles 7 Franceses 
llegan anualmente al Bio de la Plata. Esta cor- 
riente que necesariamente tiende á robustecerse, 
desbordará sus ondas vivientes en las demás repú- 
blicas americanas. Encontrando un suelo virgen 
7 espacio sin límite, ella creará la riqueza con la 
asombrosa rapidez que presenciamos en la Amé- 
rica del Norte. 

Superior en ostensión 7 en producciones á la 
América del Norte, é igrualmente dotada de ins- 
tituciones libres, — la América del Sud, — en un 
periodo de tiempo que la asombrosa rapidez con 
que bo7 se desenvuelven los sucesos bumanos 
nos hace prever será mas corto que lo que á pri- 
mera vista pudiera imaginarse, — será el asiento 
de la riqueza 7 del poder. 

EDX7ABD0 Costa, 

JurlMonaolto y hombre de EeUdo. 

BiMHOt Áiréi, Febrero de 1878. 



En la vida de las naciones vemos producirse 
un becbo, que, mas que ningun otro, aboga en 
Uyot de la bondad absoluta de la forma republi- 
cana de gobierno. 

Cuando los pueblos monárquicos se sienten 



azotados por el despotismo ó desquiciados por la 
anarquía, buscan en el cambio de instituciones 
fundamentales, un remedio para los males que 
soportan. La Bepública es su último refujio, es 
su última esperanza. 

Cuando los pueblos republicanos atraviesan 
una situación igualmente cruel, jamás abjuran 
sus creencias; jamás se lanzan á buscar en la 
monarquía la felicidad que la República transi- 
toriamente les niega. 

Por el contrario, con fé incontrastable, en 
vez de destruir las instituciones republicanas, se 
contraen á perfeccionarlas. 

Es que la República es la única forma que se 
adapta á todos los org^anismos sociales, se acli- 
mata en todas las zonas 7 se arraiga en todas 
las razas. 

Adolfo Albina, 

Viee-Preeidente de 1» B«pübtte»-PdUtleQ. 

Buenos Airet, Agosto de 1874. 



La libertad de la palabra es sin duda una pre- 
ciosa libertad, pero es mas preciosa todavía la 
libertad del silencio. 

La libertad de callar supone el señorío com- 
pleto de sí mismo. 

Es á menudo la palabra un espediente forzado 
que cubre la imposibilidad de decir una verdad 
comprometente. 

No son capaces de silencio sino los bombres 7 
los pueblos libres; los demás son forzados á 
decir lo que no creen ni sienten. Su lenguaje 
es la verbosidad sonora 7 exuberante del esclavo. 

La libertad oral de este género, se parece á 
la libertad de locomoción de algunas ciudades 
en que todos son libres de circular por sus calles 
empedradas con su cocbe, con tal de no bacerlo 
por el empedrado, sin6 por los rieles de un tren- 
via que reduce su libertad á mero nombre. 

Jx7AN Bautista Albebdi, 

Jorlioonsnlto y pobUdit». 

Buetiof Airei, Diciembre 8 de 1879. 



AMÉRICA LITEBARIA 



EL RIO DE LA PLATA 

El jesnita Yasconcellos decía en el siglo pa- 
sado que el Amazonas 7 el Bio de la Plata eran 
las dos llaves de oro del vireinato brasilero. 

Los aoonteoimientos lian resuelto otra cosa, 
entregando una de esas llaves en manos del im- 
perio vecino, 7 la otra en la de dos repúblicas, 
la Argentina 7 la Oriental. 

La paz de la América del Sud seria perturba- 
da el dia que este sistema fuese cambiado por la 
violencia. 

CXblob Tbjedob, 

JorlMoiuulto. hombre de Estado 7 Oobernador 
de U prorlnd* de Buenoe Airee. 

Biunoi Áire$, Agosto 12 de 1878. 



Las repúblicas americanas adoptarán el go- 
bierno federal, como la forma mas perfecta que 
conoce la humanidad. Las dificultades que pre- 
senta, se salvarán difundiendo los beneficios de 
la civilización, 7 levantando en los pueblos el 
sentimiento de la moderación, que es una de las 
virtudes mas favorables al orden 7 á la libertad. 



Bebkabdo db I&iooysk, 

Jurliooniulto j EitadUt». 



Buenoi Aires, 1874. 



El Perú es la tierra de los prestigrios histó- 
ricos, para todo americano que estime su dig- 
nidad nacional 7 que comprenda los encantos del 
estudio. 

Entre las grandes antigüedades de la civiliza- 
ción clásica, la sombra gigantesca del Imperio 
de los Licas vag^ en las catacumbas del pasado, 
al lado de Tebas 7 de Menfis, de Nínive 7 de 
Persépolis, paseándose entre las ruinas cidopea- 
nas de los Pelasgos. ; Honor á esa tierra de las 
^rrandes tradiciones! 7 que el Dios de los Cris- 
tianos, que tiene al sol de los incas entre los 
potentes ministros de sus obras, baga que el 
porvenir derrame sus favores sobre el Perú, 
restableciendo, en su vida moderna, la sabiduria 



de los oonsejos 7 la felicidad de los resoltados, á 
que lo provocan los prestigrios de su grandeía 
entre los heroicos muertos de la historia. 

Vicente Fidel López, 

Jorieoootnlto, pnbUeUta é historiador. 

Biienos Aires, 91 de Octubre de 1879. 



El Perú, tan rico en minerales como en pro- 
ducciones agrioolas, ha dado en todos tiempos 
hombres mu7 distinguidos en las cienoiag, ea los 
parlamentos 7 en la gfuerra. 

Si los que ho7 dirigen los destinos de esa Be- 
pública oonclu7en el ferro-carril hasta Oro7a^ 
sin ejemplo hasta el dia, las riquezas de ese país 
serán mil veces ma7ores que las que ho7 el mun- 
do admira. 

Creemos que la juventud peruana se mostrará 
digna de sus antepasados, 7 entonces el Perú 
será la mas poderosa 7 la mas grande de la anti- 
gua América española. 

Dalmacio Yelez-Sabsfixld, 

Jurlioontntto y Eetediite. 

Bumos Aires, Febrero 26 de 1879. 



Si los pueblos cultos no tuvieran otros 
á su disposición para hacer triunfar el buen de« 
recho, la razón 7 la justicia, que la fnersa bruta» 
la civilización seria una palabra sin sentido prác- 
tico. 

El progreso de los pueblos modernos se para- 
lizarla, 7 el porvenir seria mu7 oscuro porque 
la humanidad entera sufrirla las consecuencias 
terribles de un estado de cosas que hiciera indis- 
pensable emplear para la solución de todas las 
dificultades, la violencia, la guerra 7 la desola- 
ción que son sinónimos del retroceso de las na- 
ciones, 7 de su muerte política en muchos casos. 

Es necesario emplear previamente los medios 
coercitivos que el mundo moderno pone en las 
manos de los gobernantes hábiles, de los estadis- 
tas, que tienen la instrucción científica, la inteli- 
gencia industrial, el conocimiento histórico su- 
ficiente para manejor con las amas irresistibles 



SECCIÓN POLÍTICA— EBPÚBLiCA aboentini 



sieoipre yenoedoras en esta época del razona- 
miento j de la diplomacia; especialmente cuando 
los intereses generales qne la opinión pública 
prohija en nno 7 otro hemisferio, se encuentran 
oompitnnetidos j perjudicados por la agresión 
obstinada 7 sistemada de un Grobiemo retrógado» 
qüB solo admite el cañón como argumento eficaz. 

Pero eso 7a no es lícito. 

No se debe ir á la guerra sino después de 
Bgotados loe medios pacíficos. 

En mi última carta creo haber probado que la 
guerra entre Chile 7 la República Argentina 
importa la completa ruina de ambos paises, por- 
que ambos son pobres, están despoblados, tienen 
vn déficit, déficit permanente en sus presupues- 
tos respectiyos; no tienen policía ni escuelas bas- 
tantes, están recarg^ados de impuestos injustos, 
porque el que los paga no recibe su equivalente; 
han abusado de su crédito público; están en el 
Tériioe de la bancarota; no tienen organisacion 
municipal completa, ni administración civil regu- 
lar, que les dé estabilidad. 

Se di8minu7en los jueces mismos por econo- 
mía, mientras los pleitos se aumentan por la 
mala legislación: todo está en embrión, todo em- 
pezado, todo por concluir, 7 en vez de malgastar 
sos cortos haberes en esterminarse 7 arruinarse 
recíprocamente, ambos gobiernos 7 sus pueblos 
deben dedicarlos á pagar sus deudas 7 á aumen- 
tar los medios de comunicación interprovincial, 
á mejorar su estado social, á educar sus pueblos, 
á organizar 7 fiscalizar mejor 7 mas eficazmente 
sa administración interior, para dar seguridad á 
1a propiedad 7 á la vida de todos; á colonizar 7 
poblar, á civilizar 7 dar hábitos de labor, de 
trabaje 7 de respeto á las le7es, á sus masas 
■emi-bárbaras; á facilitar su comercio interior 7 
azterior, á proteger su industria, á estudiar sus 
desiertos, á crearse una marina nacional, canali- 
lar sus nos, dar seg^uridad á sus puertos, iluminar 
sos oostas, moralizar, enseñar, ilustrar 7 obtener 
sai jüMkjot 7 mas inmediato resultado para los 
contemporáneos 7 para el futuro, de los grandes, 
fecundos é inexplotados gérmenes de riqueza que 
^b^pil^fi en ambos territorios; cerrados todavía, 
en su ma7or parte, á los beneficios, á las como- 
didades, al adelanto 7 al bienestar del progreso 
7 la civilización moderna. 

El cáncer que devora 7 corroe las sociedades 
•nd-americanas se forma, se arraiga, se desar- 
rolla 7 se estíende con ma7or fuerza, porque. 



cada una de sus individualidades alimenta 7 cul- 
tiva especialmente, ese torpe espíritu de violencia 
de otras edades, que 7a no es de la época, porque 
no encuentra solución á las cuestiones mas sim- 
ples, sino envuelta en la sangre del adversario, 
como si tuviéramos tanta de qué disponer! 

Esto es aplicable á ambos países, como á casi 
todas las repúblicas snd-americanas. 

Nicolás A. Calvo, 

Eeonomltta. 

Brighton, (Inglaterra) Diciembre 8 de 1878. 

( Frainneiito de 1m oartaa dirigidM al dlnotor de "El Slglo^. de 
Boenoe Airea. ) 



REGENERACIÓN DE LA AMERICA DEL SUD 



Toda cuestión de libertad es cuestión de triple 
educación: escolar del individuo; política del 
ciudadano; 7 parlamentaria del pueblo. 

El sufragio de la educación, es la democracia. 
El sufragio de la ignorancia, — una fuente ina- 
gotable de calamidades. El sufragio tmiverscd 
sin aquella triple educación, que constitu7e su 
alma, su cuerpo 7 su forma, solo es el desorden 
universal. 

Aquella triple faz de la conciencia humana 
educada, es el germen de la primera unidad 
colectiva de la vida pública del ciudadano: la 
familia parroquial, cu7as unidades componen la 
familia municipal. Las familias municipales son 
las unidades componentes de la familia provin* 
cial. Las provincias, á su ves, de la nación^ 
simple tronco 7 producto de esa trinidad demo- 
crática. 

La vida parlamentaria es la savia 7 circula 
en el cuerpo de un pueblo libre, — desde las 
asambleas parroquiales 7 vecinales que son sn 
raiz, hasta los congresos que son la copa, 7 los 
gobiernos el fruto de aquel árbol de la demo- 
cracia. 

Sus destinos en el mundo reposan sobre estas 
Ie7e8 eternas, como la gravedad 7 el vapor, igua- 
les para los hombres de cualquiera raza. La 
República de Estados-Unidos 7 de Suiza, es una 
democracia de todos los pueblos de ambas razas. 

Allí funciona aquel mecanismo, porque está 
organizado el motor del sistema,— el pueblo. La 



AMÉRICA LITERARIA 



supresión ú omisión de este motor olvidado por 
los gobernantes, que solo han organizado el 
gobierno, es la cansa del cesarismo en Europa; 

■ 

7 del caudillaje en América. La América del 
Sud pasa por la crisis del periodo terciario de su 
formación social y política. Es todavía la masa 
fluida 7 flotante de moléculas sociales sin indi- 
vidualidad ni cohesión orgánica fundidas en la 
personalidad del mas fuerte. La sociedad crista- 
lizada en la figura 7 en el cerebro de un hombre, 
hasta que nuevas erupciones volcánicas, la refun- 
dan bajo otro nombre 7 otra forma, velada con 
el sudario de su lava. 

El renacimiento de las Repúblicas Sud- Ame- 
ricanas está en la organización del soberano 
mismo, — el pueblo, olvidado hasta ho7. 

La República Argentina lleva en su seno el 
germen de grandes destinos. Pero es- el águila 
trabada en su vuelo, — entre fragmentos de viejas 
ligaduras. Es un enigma de contrastes insonda- 
bles, — como las borrascas del Plata, — ^7 la sole- 
dad de sus pampas. 



José Fbakcisco López, 

Jurlaoontulto y pnbliolst». 



Buenoi Aires, 1874. 



La República Argentina está indudablemente 
llamada á ser una gran naolon. La estension de 
su territorio, su clima. La variedad 7 riqueza de 
sus productos naturales. La actividad 7 espíritu 
progresista de sus habitantes. La liberalidad de 
sus le7es, que invitan 7 halagan á los estraños á 
radicarse en ella, todo contribu7e á aquel fin. 
Ella debe marchar rápidamente á su destino. 
Mas en medio de tantos elementos concurrentes 
á su engrandecimiento ha7 un germen vicioso que 
puede seriamente entorpecer su progreso. La 
moral social — la base de todas las virtudes cívi- 
cas — se encuentra ho7 entre nosotros, preciso es 
confesarlo, en plena decadencia, si comparamos la 
presente con la época de nuestros padres. De- 
ber es, pues, de buenos ciudadanos el afrontar el 
mal 7 con decisión empe&amos en corregirlo, si 
además do grrande 7 rica, queremos tener una 
patria honrada 7 respetada. 

NOSBESTO DE LA RIE8TBA. 
Bz-MlnUtro de Bitftdo. 

Buenos Aires, Agosto de 1874. 



No son las le7es proteccionistas, sino la libera- 
lidad de la lejislacion aduanera, 7, sobre todo, la 
baja tasa del impuesto, las que han de favorecer 
el desarrollo del comercio 7 de la industria» j 
como su consecuencia, el incremento de la rique- 
za pública. 

Cuando algpunos millones de extranjeros la- 
boriosos pueblen 7 fecunden nuestro inmenso 
territorio, desde el Estrecho de Magallanes hasta 
Tari ja; cuando se habiliten numerosos puertos 
en nuestras dilatadas costas fluviales 7 marítimas, 
con redes de canales 7 caminos que lleven á ellos 
7 á las fábricas 7 á los mercados nuestras valiosas 
materias primas 7 los productos de nuestras 
industrias extractivas, 7 de la agrícola 7 pastoril; 
cuando tengamos locomoción pronta 7 barata^ 
como debe ser la justicia, igualdad 7 libertad para 
todos, 7 una escuela para cada doscientos habi- 
tantes; entonces la República Argentina, mi 
patria, será una de las mas grandes 7 mas pode- 
rosas naciones de la América Meridional, 7 una 
émula digna de la del Norte. 

La educación hace el ornato del rico, la riqueza 
del pobre 7 la felicidad del pueblo. 



José Barbos Pazos, 

JariaootMolto j Xasittndo. 



Buenos iltre«— 1874. 



La libertad es responsabilidad. Responsabili- 
dad del hombre ante su conciencia, ante la le7 
7 la opinión de sus semejantes: por eso es que, 
solo después de adquirir la íntima convicción de 
haber dado exacto cumplimiento á sus obliga- 
ciones en cada ocasión, que recien nace para el 
individuo, el uso seguro del ejercicio libre de su 
derecho. 

La libertad así entendida será útil 7 fecunda 
en la práctica; si la opinión 7 la 107 consagrran 
como dogma, que es tan obligatorio poner en 
acción nuestros derechos político», como desem- 
peñar estrictamente nuestros deberes. La liber- 
tad en el fondo, dice un notable publicista fran- 
cés, no es mas que el orden durable establecido 
sobre el respeto de los deberes 7 el ejercicio de 
los derechos. 

Los pueblos como los individuos que abando- 
nan perezosamente lo que constitu7e la garantía 
de sus libertades, se jactarán en vano de su 



SECCIÓN POLÍTICA — bbpública argentina 



posesión. Tan grande bendición no se obtíene 
sino á merced de nna lucha incesante, y no se 
conserra sino por el trabajo perseTerante y la 
mas seyera moralidad. 

Salvados Mabia del Cabbil, 

JaiiMxmsulto 7 Presidente de la Suprema Corte de 
Justicia Nocional, 

Bwnoi Aires, Abril 12 de 1874. 



Estimo en tanto la publicidad que la reputo 
como la mas sólida garantia para la libertad — 
como la responsabilidad mas eficaz que cualquier 
artículo espreso de una ley. 

El misterio es uno de los venenos destructores 
del gobierno representativo, por lo mismo que es 
Amo de los que se nutre el despotismo. 

El dia que los actos de este se ponen á la luz, 
que se entregun á la crítica: cuando se puede 
hablar y censurar en cualquier parte, aunque 
sea bajo sus pies, no hay déspota que se tenga 
firme. 

Octavio Gabbigós, 

Jarliooii8ulto7 pnbUeitto. 



Los Estados americanos harán germinar las 
libertades, que aun parecen una ilusión quimé- 
rica de la humanidad. 

Rufino de Elizalde, 

Jnrisoonaulto y hombre de Eetado. 



LOS PARTIDOS 

Los partidos políticos tienen derecho á existir 
oomo los hombres que los componen. 

No es permitido atentar contra la existencia 
de los paitidoe, como no puede atentarse contra 
la vida humana. 

Los partidos no realizarán progreso algruno si 
él no beneficia igualmente á sos adversarios. 



TJn solo egoísmo es permitido á los partidos 
políticos: revindicar para sí la gloria del bien 
que realizan. 

Juan Eusebio Tobbbnt, 

Senador al Congreao. 
Buenos Aires, Abril de 1874. 



En los paises republicanos la única fuente 
legitima de autoridad es el sufragio popular, 
libremente espresado y consultado con verdad. 
Todo poder que no reconoce ese origen es usur- 
pador, por mas que esté revestido de formas 
ap^urentemente legales. 

Juan Agustín Gabcia, 

Joriaoonsulto 7 pnblipifta. 

Buenos Aires, Setiembre de 1874. 



El sufragio universal es el último progreso 
de la ciencia política — su realización en la Re- 
pública Argentina solo será efectiva, cuando 
generaciones venideras mas ilustradas, hayan 
extinguido los odios de la guerra civil. 

Fedebico Pinedo, 

Jurisooosulto. 
Buenos Aires, Mayo 1874. 



Tanto en el mundo físico como en el mundo 
moral, el reposo no nace sino del equilibrio de 
fuerzas opuestas. Los partidos, como todo otro 
cuerpo, tiran siempre á preponderar y avasallarse, 
sin contenerse jamás sino el uno por el otro. Así, 
pues, las sociedades no pueden marchar sino bajo 
el imperio de tres clases distintas de despotismo : 
el de un hombre solo, el de un círculo privilegiado 
y el de la ley. 

Sometámonos á este último y seremos felices. 

Antonio Zinny, 

Eioritor. Jefe del I>ei»artamento General de Eeeoelaa 
de la ProTlnoia de Buenos Airea. 

Buenos Aires, Abril 7 de 1874. 



8 



AMÉRICA LITERARIA 



EL GAUCHO ARGENTINO 

La libertad es tan preciosa» tan esencial en la 
existencia de los pueblos, para el desarrollo de 
sn prosperidad y grandeza, como la luz y el aire, 
en la existencia de las criaturas. 

En los pueblos de Europa, la libertad es ilimi- 
tada para aquellos hombres que nacieron pri- 
vilegiados, y la luz y el aire que sobra á su 
grandeza y esplendor, basta apenas para que el 
publo respire, Tea y sienta sus miserias, sin 
poder adquirir el vigor moral y físico necesario 
para rescatar, luchando, la libertad usurpada. 

En los pueblos americanos, la libertad es un 
hecho grandioso, que no pudo destruir el derecho 
divino. 

Nuestros pueblos primitivos, llamados bárba- 
ros, cayeron postrados bajo el yugo del conquis- 
tador que ttat6 inhumano de esterminarlos, no 
de civilizarlos. 

El indio espantado huyó á refugiarse en el 
desierto, y la mujer india quedó esclava del 
conquistador. 

En su solitaria libertad, concibió aquel la idea 
de una justa represalia, invadió y se llevó cau- 
tiva á la mujer del hombre civilizado. 

La mujer india dio luego á luz al gaucho en 
la ciudad, y el gaucho nació también de la mujer 
cristiana, en el desierto. T de aquel doble aten- 
tado, nació el quo aun debia llamarse, el hijo de 
la desdicha. 

Campeón esforzado de la libertad del continen- 
te, víctima silenciosa en todas las tempestades, 
que en pos de ella vinieron, obrero infatigable 
para abrir caminos á la civilización, sin conquis- 
tar nada para sí, sin merecer nada de los otros, 
hoy todavía es el centinela avanzado en el de- 
sierto que, sin pan ni abrigo, vela sin descanso 
hasta morir, defendiendo la propiedad de la tier- 
ra que él conquistó y con su sangre fertilizó 
para otro. 

Si los hombres del pasado, abrumaron al noble 
y generoso gaucho con tan cruel abandono, con 
tan amarga injusticia, la reparación corresponde 
á los hombres del porvenir. 

COBONEL AlVABO 6i.BB08, 

Gobernador de la ProviooU de Buenos Airei. 

Buenoi Aires, Junio 12 de 1874. 



En vano nos jactaremos de libres, sino reco- 
nocemos y aceptamos la inviolabilidad del indivi- 
duo, del distrito, de la villa, de la dudad, del 
Estado y de la Nación; porque esta garantía, 
esta sabia distribución del poder, es lo que cons- 
tituye definitivamente el sel/ govemment, 

NiCASio Oboíío, 

Senador. 
Buenoi Aires, Marzo 27 de 1874. 



Las virtudes cívicas son á la libertad, como 
la sangre á la vida: cuando la sang^ se agota la 
vitalidad se extingue. Sin virtudes cívicas y un 
amor patrio reconcentrado — la libertad es un im- 
posible, una parodia hipócrita y fementida calcu- 
lada para seducir á los espíritus débiles; una ca- 
reta de las mas bellas proporciones que disfraza 
el rostro deforme de la tiranía. 

Genbbal TomIs Ibiílbts» 

Ooerrero de la Independenoia. 
Buenos Aires, Octubre b de 1874. 



BE JIN AND FEAR NOTI 

Amar la justicia y practicarla por amor á ella 
misma, es en la abogacía un deber, en la magfis- 
tratura una religión. 

El cumplimiento de este precepto, mge un 
gran valor cívico para arrostrar, á cada instante, 
con ánimo sereno, dolores y sacrificios mzñ crue- 
les que la pérdida de la vida. 

Aubblio Pbado y Rojas, 

Magiitrado. 

Buenos Aires, Marzo 2 de 1878. 



Me hablan enseñado á creer que el origen de 
las instituciones libres, perteneoia á una época y 
á una raza determinadas en la historia y en la 
humanidad. A medida que he avanzado en mis 
estudios, me he ido persuadiendo del error que 
aprendí cuando niño. 



SECCIÓN POLÍTICA— EBPÚBLiCA aboentina 



9 



Las institiioiones lnunanas son como el hom- 
bre mismo, onyo orígfen bascan todavía el filósofo 
7 el natnralista. Ellas no tíenen ima genealogía 
nniversalmente aceptada, ni su implantación pue- 
de servir de corona de gloria á nna época dada, 
ni á nna rasa determinada. 

De convicciones poliadámicas, pienso de las 
instituciones lo que pienso del Hombre: — ellas, 
como él, aparecieron simultáneamente en todas 
las direcciones que recorre el compás, y sus hue- 
llas se encuentran en todas las partes del globo 
y en todos los siglos conocidos. 

El derecho del hombre primitivo fué el dere- 
cho del hombre actual, y será el derecho del 
último ser humano. Las evoluciones revolucio- 
narias de la política solo han modificado la esten- 
8Íon y el ejercicio de ese derecho, como las revo- 
luciones físicas de la tierra solo han alterado y 
aumentado las capas geológicas del planeta que 
habitamos. 

Patrimonio de la humanidad y herencia de 
todas las generaciones, el tiempo no tiene medida 
para las instituciones. 

La ciencia arqueológica busca en las ruinas 
de poblaciones destruidas las costumbres de pue- 
blos que pasaron. El dia en que la ciencia poli- 
tica estudie los secretos del Oriente, ¡cuánto 
no se modificarán las opiniones actuales sobre el 
origen de las instituciones, cuando el hombre 
haya penetrado ese misterioso pasado, descono- 
cido del presente, y que será apenas una revela- 
ción del porvenir ! 



Luis V. Vaebla. 

Juriiooiitalto y Publloist». 



Buenoi Airea, 1874. 



La situación de la República Argentina en 
momentos que traso estas líneas está muy lejos 
de responder á los elementos de prosperidad y 
riquesa de que la ha dotado la naturaleza. 

Territorio lleno de fecundas planicies, de 
inmensos bosques y de ricos minerales; país dueño 
de riquezas innumerables, no es, sin embargo, 
un país rico en el mundo económico. 

No alcanza á pagar lo que importa, y no impor- 
ta lo que debiera consumir. 

¿Le faltan, acaso, leyes benéficas que estimu- 



len la producción, ó población que sea capaz de 
producir? 

No: cuenta mas leyes que pueblo, mas pueblo 
que producción. 

Es que ni esas leyes se han aplicado en toda 
su ostensión, ni la población se ha dedicado al 
trabajo en condiciones de producir todo lo que 
debe. Nos falta, en una palabra, gobierno libre 
para la producción y pueblo educado para la 
industria. 

Es el ejercicio verdadero de las instituciones 
liberales lo que hace fecundo al trabajo, y es el 
trabajo inteligente y libre lo que hace la riqueza 
de un país. 

El dia en que esos dos grandes agentes del 
progreso sean una realidad entre nosotros, la 
República Argentina dejará de experimentar 
periodos de pobreza y malestar, al paso que 
vive hollando con su planta riquezas y tesoros 
inmensos. 



José C. Paz. 

Feriodiito. 



Buenos Aires, 1874. 



Nsw-ToBK, Enero 6 de 1877. 
Jí^on, Charles S^dams, 

Muy respetado Señor : 

En este momento recibo su favorecida de ayer, 
contestando á la mía de 26 del pasado. 

Agradezco les términos corteses y benévolos 
de su carta, y me apresuro á responderá ella, 
aclarando algún concepto oscuro de mi anterior. 

El cuadro bordado que me permití mandar á 
Yd. me fué presentado por la señorita, su autora, 
en Buenos Aires, y desde entonces me permití 
dedicarlo á Yd. La obra*es, pues, propiedad 
suya, y puede disponer de ella como lo juzgue 
conveniente. 

John Adams y Thomas Jefferson, que redacta- 
ron juntos el acta inmortal de la Independencia 
Americana, proclamada el 4 de Julio de 1776; que 
fueron al mismo tiempo representantes en Europa 
de su Patria naciente; que desempeñaron sucesiva- 
mente las altas funciones de Presidentes y Yice- 
Presidentes de la nación constituida; que, final- 



10 



AMÉRICA LITERARIA 



mente, por una coinoidenoia proTÍdenoial, eleyaron 
8U espíritu á la inmortalidad en el mismo dia 4 de 
Julio de 1826, cuando se cumplian los cincuenta 
años de la existencia de la Gran República: 
Adams y Jefferson estaban bien reunidos en una 
obra de arte concebida 7 ejecutada en aquella 
región remota, para presentarlos en la Exposición 
solemne con que los Estados Unidos celebraban 
BU Centenario. 

Después de la Exposición, me pareció que el 
nieto de uno de aquellos patriotas venerables 
debia poseer la obra, sin tomar en consideración 
el mérito artístico 7 solo por las escenas que 
están risibles é invisibles en aquella concepción; 
7 por eso me permití poner el cuadro á la dis- 
posición de V. 

Para que V. se sirva estimar los motivos 
determinantes de mi conducta en esta ocasión, 
le diré que mi padre tuvo el bonor de conocer 
personalmente á Jobn Adams, 7 que conserva- 
ba por su memoria un respeto profundo que 
se trasmitió á sus hijos con la educación 7 el 
ejemplo. El retrato de Adams estuvo siempre 
al lado del de Washington en las habitaciones 
de mi padre. Agregaré que el estudio de la his- 
toria de los Estados-Unidos 7 la contemplación 
de BUS prog^sos ha sido la ocupación mental de 
mi vida, 7 que, por consiguiente, sé mu7 bien 
cuál es la colocación que los hombres eminentes 
de este país han tenido 7 tienen en las variadas 
escenas de su desenvolvimiento. 

Puedo asegurarle también que el Hon. Char- 
les Francis Adams ha sido objeto de estudio para 
mí. He leido 7 poseo la correspondencia diplo- 
mática del Ministro Americano en Inglaterra, 
durante la guerra civil; 7 permítame decirle que 
he apreciado esos documentos en su fondo 7 en 
BU forma, 7 permítame agregarle que, en mi 
conoepto, la habilidad, la prudencia 7 la energía 
del Ministro en aquella difícil oportunidad, no 
Bolo consiguieron conciliar para su país la sim- 
patía de la Inglaterra, representada por los 
hombres mas elevados, sino que prepararon efi- 
cazmente los triunfos diplomáticos de su patria 
en las decisiones de Ginebra 7 de Berlín, 7 en la 
consagración del gran principio americano de la 
libertad de espatriacion, con los tratados sucesi- 
vos con los gobiernos alemán é inglés. 

Todavía quiero decirle una palabra mas, 7 le 
ruego que tenga paciencia para oirme. He leido 
la carta oontestacion de Y. á los que propusieron 



BU candidatura para la Presidencia en 1872. Le 
aseguro, señor, que comprendí perfectamente 
aquellas líneas llenas de nobleza, 7 exentas de 
toda pasión egfoista. Yo venía siguiendo con vivo 
interés el movimiento político de los Estados- 
Unidos, 7 por esa lógica misteriosa que á veces 
se anticipa á los sucesos, sin el auxilio del racio- 
cinio, desde aquellas regiones remotas 70 había 
señalado á Y. como mi candidato, 7 casi había 
previsto lo que realmente sucedió: que este país 
mal aconsejado pasaría por delante de la puerta 
de Charles Francis Adams é iría en busca de 
otros hombres, que 7a se habían mostrado incapa- 
ces para salvar á su Patria de la ruina moral, y 
que no habían sabido, querído ó podido purificar 
el Gobierno republicano de las manchas que 
comenzaban á deshonrarlo. 

Mas tarde, cuando el país fué llamado de nuevo 
á dar su solemne fallo en la forma de una elección 
trascendental, 70 solía decir entre mis amigos, 
como una paradoja, que los malvados, los usurpa- 
dores de poderes, los audaces violadores de todo 
derecho habían prestado un gran servicio á la 
República, despertando con la indignidad de 
sus actos, el sentimiento enérgico 7 honrado de 
este gran pueblo. Una esperanza purísima alen- 
taba mi espirítu. En el centenarío de la Inde- 
pendencia, creía 70, ante el espectáculo de los 
gloríosos anales de esos cien años de grandeza 
sin ejemplo en la historia de la humanidad, ante 
el sentimiento de las responsabilidades que in- 
cumben á las generaciones presentes por los 
dones con que la Providencia los ha favorecido 7 
que la virtud de sus ma7ores ha sabido fecundar, 
ante la mirada severa de cuantos nos contemplan 
7 ante el juicio austero de la historia, este pueblo 
se levantará como un solo hombre para decir su 
palabra de justicia, refundirá en una masa acríso- 
lada cuanto ha7 de noble 7 grande en sus honro- 
sas tradiciones, é imprímirá un rumbo saludable á 
la política, siguiendo el sendero de la justicia 
que está siempre bien alumbrado por la antorcha 
de la verdad. Y otra vez veía desde lejos el 
nombre predilecto de mi candidato simbolizando 
todas estas aspiraciones. 

Bajo estas impresiones, 7 casi diría, con la 
superstición de mi confianza, llegué á los Estados- 
Unidos el 4 de Julio. Desde luego, 7 á medida que 
se estendia el campo de mis observaciones, com- 
prendí que había sufrído una lamentable equi- 
vocación: mi diagnóstico había sido incompleto, 



SECCIÓN POLÍTICA— BEP^BLiCÁ aboentiná 



11 



y mi pronóstíoo fallaba de todo ponto. El cente- 
nario iba pasando sin ejercer sos mágicas influen- 
cias; la atmósfera estaba oarga4a de pasiones 
impuras; todo hacia temer que la reacción moral 
qne 70 anhelaba no se produciría, y mi corazón 
se llenaba de congoja delante de una perspectÍTa 
en cuyos límites se divisa uno de aquellos abis- 
mos profundos donde tantas naciones se han 
hundido para siempre antes que nosotros, por 
haber violado las leyes naturales que son 6 fue- 
ron la condición de su existencia. Los malvados, 
los déspotas no hablan dado el fruto indirecto 
del escándalo, y cuando mas habían servido de 
protesto á la resurrección de otras abominacio- 
nes que ayer no mas pusieron á la Bepúblíoa 
en el mayor peligro de su disolución. 

Sírvase escusarme la libertad que me tomo 
habiéndole de estas cosas y en estos términos; 
pero teng^ mi alma llena de ansiedad y de duda, 
y es esta la primera vez que me permito emitir 
mis opiniones, que guardo todavía como un se- 
creto. Porque Y. es un carácter como el que yo 
desearía que se imprimiera como tipo en el ciu- 
dadano americano, porque me inspira tan ilimi- 
tada confianza en la pureza de sus motivos, por 
eso me atrevo á dirijírle estos renglones, aunque 
i^arezcan impertinentes al objeto de mi carta, 
y aunque algunos de mis conceptos pudieran 
diferir de los de Y. y de su actitud personal en 
la lucha. 

John Adams era un federalista conspicuo; 
John Quiney era un whig ilustrado y enérgico, 
como lo probó en su administración y en su vida 
parlamentaria, uno de cuyos rasgos prominentes 
en- 1836 se relaciona mucho con la cuestión 
social que está en el fondo de la agitación polí- 
tica contemporánea: y, en cuanto á Y., con pla- 
cer y con toda espontaneidad me he detenido en 
la espresion de mi singular respeto por sus 
calidades republicanas, y no puede, por consí- 
gnente, atribuir á móviles ligeros é irrespetuo- 
sos lo que estoy diciendo. Pero tengo que añadir 
algo antes de terminar. 

Soy en mi país uno de los que tienen reputa- 
ción de republicano sincero. Hace 25 años que 
estoy en la vida pública allí, trabajando como 
mejor lo entiendo por la consolidación de nues- 
tras instituciones. La Constitución de los Esta- 
dos-TJnidos, sus Estatutos, la Jurisprudencia de 
ros Tribunales son nuestro evangelio político; 
y me ha tocado á mí el ser uno de los espositores 



de ese dogma. Cuando en el curso de los acon- 
tecimientos en un país como aquel, inesperto en 
la vida política, se comete algún grave error, 
alguna invasión á los derechos, ó sobreviene 
alguna duda en la inteligencia de su ley funda- 
mental, ocurrimos al momento á compulsar los 
anales de los Estados-Unidos; y las decisiones 
ó los ejemplos de este país, son una autoridad 
irrecusable. Y cuando en los Estados-Unidos 
se han violado las leyes, se han sustentado 
injusticias, ha sido obra penosa para nosotros el 
evitar que esos malos ejemplos se siguieran, 
siempre esperando y haciendo esperar que tales 
actos serian aquí solemnemente condenados por 
la opinión, se restablecería la identidad de las 
tradiciones y se mantendría su autoridad equi- 
tativa. 

No creía exagerar cuando afirmaba que el 4 de 
Julio de 1776 era el Christmas de una religión 
política nueva en el mundo; que no solo loe cua- 
renta millones de americanos del Norte eran 
prosélitos del nuevo culto, sino los treinta mas 
que están en el otro estremo del continente, y 
todos los demás pueblos de la tierra que van 
entrando poco á poco, en esa Iglesia de libertad 
y de Justicia bajo el influjo del ejemplo y con la 
consagración del martirio sufrido á veces por 
generaciones enteras. 

Durante los cincuenta años en que los Estados 
Unidos fueron gobernados mas ó menos por el 
interés esclavócrata, los verdaderos republicanos 
de Sud- América sufrían en la ingrata contem- 
plación de una política inspirada por tan bajo 
criterio. Prohibida la importación de esclavos en 
este país desde 1808, y reiterada mas de una vez 
esta legislación, el tráfico se hacia, sin embargo, 
en proporciones considerables*, una masa fuerte 
de este pueblo libre vivía y crecía de generación 
en generación en la práctica de la violación 
de la Ley positiva, y en el consiguiente des- 
precio de toda autoridad que no fuera la suya 
propia. Aumentar el valor y el número de los 
esclavos era el designio de esa política, por- 
que con el valor se aumentaba la riqueza de los 
amos y con el número se aumentaba siempre en 
3/5 partes su poder político. Estender el terri- 
torio era un medio para aquel doble fin, y no 
importa de que manera ese interés funesto cons- 
piraba contra los estados vecinos y amigos para 
traer la anexión de Texas, la consiguiente guerra 
de Méjico, la adquisición de nuevo territorio, don- 



12 



AMÉRICA LITERARIA 



de proTÍdenoialmente se salvó Califomia de la Ley 
del esolaTO; las inTasiones filibusteras á Centro 
América, el intento de tomar á Cnba por compra 
ó de otra snerte, la formación de estados esclavó- 
cratas y el ascendiente cada vez mas irresistible 
de nn partido, si así pnede llamarse, qne, en el 
nombre de los Derechos de Estado imponía á la 
Repúblioa'un sistema de política repugnante á los 
preceptos de todas las leyes divinas y humanas. 

El espíritu agresivo de esa política tuvo su 
efecto en las repúblicas americanas del Sud: la 
guerra y avasallamiento de Méjico en el interés 
de un principio abominable, no solo hizo mas 
difícil todo gobierno liberal en aquella república, 
que habia sido arrojada por las necesidades de la 
guerra á los pies de caudillos prepotentes, sino 
(lo que era peor) desacreditó las instituciones 
republicanas en sí mismas, derogando la auto- 
ridad que las de los Estados Unidos ejercían en 
el resto del Continente, y retardando por años 
los resultados de aquellas influencias saludables 
bajo las cuales hablan nacido como pueblos libres. 

Los que teníamos f é en el éxito final del ensa- 
yo iniciado en 1776, esperábamos siempre que 
ese elemento corruptor habia de desaparecer un 
dia. Cuando veíamos culminar la funesta doc- 
trina en las decisiones del caso de Dred-Scott, 
por ejemplo, decíamos que el escándalo llegaba 
á su colmo, y que una reacción fecunda no se 
haría esperar. Veíamos con emoción que la 
opinión se orgunizaba y que no tardaría en ele- 
varse á la categoría de poder público. Vino la 
elección de Lincoln, vino la secesión, la rebelión 
y la guerra civil; y al fin, al fin, aquel tremendo 
problema cuyas dificultades se hablan acrecen- 
tado año por año, llegaba á su definitiva solución. 
Áppamit damué intus por el insensato orgullo 
de los que mas interés tenían en retardar el con- 
flicto: tríunfó la nación, la justicia, la Ley divi- 
na, el derecho de la civilización moderna y las 
puertas abiertas por los horrores de una guerra 
sangríenta, dejaron que los estraños vieran recien 
la magnitud del mal y al mismo tiempo la brí- 
Uante aptitud para reparar con elementos de 
granito el edificio que fundaron nuestros mayo- 
res sobre las columnas sagradas de la igualdad 
y de la dignidad hundas. 

Entonces todos los republicanos de la tierra 
respiraron sin inquietud. La religión se depu- 
raba, y las oorríentes invisibles se hacían sentir 
en todas partes — La República modelo era en 



efecto tal, sin necesidad de que el rubor ocultara 
alguna de sus faces. To no he tenido en mi 
vida agitada y azarosa un momento de mayor 
orgullo que aquel en que pude decir á los que 
me escuchaban, que los Estados Unidos habían 
completado su evolución con el debido sacríficio 
del fuego y de la sangre. 

T sin embargo, ni era aquel el último peligro 
ni el mayor de los esfuerzos que la patria recla- 
maba de sus hijos. Ta es del dominio de la 
historia la manera en que el partido bajo onyo 
nombre habia tríunfádo ul pueblo, ha hecho nao 
de la victoria y de sus resultados. Cuan lejos 
ha estado ese partido de la esquisita prudencia 
y acendrada virtud que se requerían para fecun- 
dar aquel acontecimiento, lo prueba el hecho de 
que once añoa apenas corrídos desde la termina- 
ción de la guerra, el partido vencido entonoes, 
sin haberse regenerado, llevando siempre como 
principio el desprecio de los derechos y de la 
vida de una raza que él habia degradado mas y 
mas; ese partido aparezca aceptable como concur- 
rente para derríbar un poder que ha sido tan 
desgraciado por el origen y difusión de todas las 
corrupciones que pueden deshonrar un gobierno. 

He ahí la dolorosa conclusión á que llego en 
mi observación. La República está en gran 
peligro: no ha habido en la hora suprema fuerza 
bastante para superar las demarcaciones de los 
partidos existentes y lanzar la opinión militan- 
te en rumbos de regeneración; y al cerrarse el 
centenarío nos encontramos delante de tres pro- 
babilidades á cual mas temible, sí todavía una 
inspiración del patríotismo y el culto de la 
Ley, que es la virtud de esta nación gloríosa» 
no producen una solución inesperada y saluda- 
ble. 1* Puede inaugurarse la administración re- 
publicana, sin el asentimiento de la opinión hon- 
rada, y entonces tendrá que defenderse du- 
rante los cuatro años contra sus naturales 
adversarios, contra la corrupción de sus amigos 
y contra las exigencias petulantes de los ambi- 
ciosos, esterilizando este tiempo precioso para 
las reformas trascendentales. 2* Puede asen- 
tirse á la lejitimidad dudosa de la elección demo- 
crática, y en tal caso el partido de la sucesión, 
de la rebelión, de los antecedentes ominosos 
reaccionará con la violencia mal reprimida de su 
educación, hará de los negros, no ya esclavos 
sino siervos, y gobernará con su número y sin 
su voto: todo ello al mismo tiempo que para 



SECCIÓN POLÍTICA— BBPÚBLicA aboentina 



13 



a fl a m ar sos posiciones haga imposible toda refor- 
ma práctica en el serrioio público. 3* O en fin, 
la guerra civil vendrá de nuevo, sin bandera 
legítima y solo como un Inovimiento espasmódi- 
oo del frenesí, á que se abandonan las sociedades 
indisciplinadas, cnando la gestión de sus. nego- 
cios está entregada, por artificios, á los activos y 
ambiciosos politicastros, j cuando el pueblo 
propiamente dicho, el que paga las guerras con 
su sndor y con su sangre, está relegado al olvido 
y ultrajado con la desestimación de su sufragio. 

Cualquiera de estas cosas que suceda, señor, 
yo Toy á encontrarme desarmado, cuando regrese 
á mi pais natal y me señalen los fragmentos 
del monumento secular que era mi orgullo, y mi 
modelo. Por eso es, señor, que siendo estranjero 
en los Estados Unidos, me siento tan interesado y 
tan conmovido con lo que esta República concier- 
ne, y por eso, al dirijirme ocasionalmente á uno 
de los patriotas que mas estimo en esta tierra, 
me he permitido ir tan lejos de los límites ordi- 
narios de una carta y hablar con el fervor y la 
franqueza que difícilmente corresponden á quien 
se halla en mi caso. 

Pídole mil disculpas, señor : y después de ase- 
gurarle que no volveré á incurrir en esta falta, 
repito á Y. que he sido, soy y seré siempre: 
Su admirador respetuoso — 

G. Rawson. 

Médleo y hombre de Eitwlo. 



LOS DOS PRESTIJIOS. 

Las nociones morales se confunden en las 
contiendas civiles, y no es la razón la que juzga: 
son las pasiones las que absuelven ó condenan. 

La profunda verdad que encierran estas pala- 
bras de un gran pensador se muestra con todo 
relieve al estudiar la historia de una época aji- 
tada por las luchas civil^o, como la que hemos 
pasado en los últimos veinte años. 

¿Cuántos individuos han recibido patente de 
grandes hombres? 

¿Cuántos han sido saludados salvadores de la 
patria y el pueblo bs ha ceñido la frente con la 



corona del triunfo entre aplausos y Víctores, 
mas ruidosos que los que consagraban los roma- 
nos á los generales vencedores que habian agre- 
gado una nueva provincia á su dominación? 

¿Cuántos han sido abrumados por el ¿dio 
público? 

¿Y cuántos otros no han merecido siquiera el 
honor de ser odiados, sino el desprecio y la burla, 
con su corona de espinas por diadema y su caña 
por cetro? 

T sin embargo, ;cuán injustas las patentes, 
los triunfos, los odios y las burlas! 

La posteridad no habla todavia con su voz repa- 
radora, y comienzan ya á rectificarse los jxdcios 
que sirvieron de base á esas injusticias. Los triun- 
fadores y los grandes hombres se disipan «omo 
un efecto óptico. Los criminales y los locos no 
despiertan las antipatías y las risas con que eran 
saludados antes. 

Ha bastado que la luz de las pasiones de la 
época no alumbrase el cuadro, para que las figu- 
ras que lo componían cambiasen de aspecto y 
de proporciones. 

Es que la pasión es el tirano del alma humana, 
que cuando habla con violencia todo lo acalla 
ante su voz. 

Por esto en las épocas de luchas civiles no es 
generalmente la razón y la justicia las que ilu- 
minan el juicio del pueblo, que solo se inspira en 
los sentimientos del momento. 

La justicia y la razón suelen ser vencidas por 
un tiempo mas ó menos largo, pero al fin reac- 
cionan, porque ellas son las únicas á quienes 
están reservados los eternos triunfos. Se aseme- 
jan al sol cuyo disco brillante pueden ocultar 
las nubes, pero cuya luz continúa brillando en 
las celestes esferas por toda una eternidad. 

Nosotros hemos pasado por épocas de acerbas 
pasiones y hemos visto eclipsarse la justicia. 

Hoy cuando esas pasiones han concluido con 
la época que las encendió y la justicia luce de 
nuevo, no nos damos cuenta de nuestros juicios 
de entonces. 

Nos parece que los hombres que todavia vemos 
en la escena han sufrido una verdadera trans- 
formación. 

Y no son ellos, sin embarga los que han cam- 
biado: es nuestro espíritu el que se ha despojado 
de los elementos del error. 

Terminada la gran lucha que di6 por resul- 
tado la organización de la República, se han 



14 



AMÉRICA LIÍEBARIA 



calmado las pasiones que nos agritaron entonces 
y nuestro jnicio, libre de sn influencia, aprecia 
con exactitud los hombres y las cosas. 

De aqu{ la diferencia que nos sorprende y que 
será mayor para la posteridad. 

Esta es también la esplicacion de la grande 
influencia que tiene el tiempo sobre los presti- 
jios personales. 

Mientras unos se forman, se desenyuelTen y 
se estienden á medida que una época pasa, otros 
se disminuyen y empequeñecen. 

El tiempo continúa inflexible esta obra de 
la justicia, hasta que hunde la reputación de 
los unos en la oscuridad de donde no debieron 
salir, y levanta á los otros hasta su gloria me- 
recida. 

Esto muestra una profunda diferencia entre 
unos prestijios y otros, entre unas reputaciones 
y otras. 

Es que unos prestijios son verdaderos y otros 
falsos, y tienen diferencia de causa, de medio, 
de tiempo y de resultado. 

Los prestijios verdaderos nacen de la gratitud 
pública y son el premio de los leales servidores 
del pais, que solo han buscado su felicidad sin 
tratar de congraciarse las voluntades ni escusar 
la lucha con los malos intereses. 

Los prestijios falsos reconocen por origen la 
complacencia á las pasiones y á las preocupado- ^ 
nes de un momento y la cobarde tolerancia á los 
intereses ilegítimos. 

Los hombres que buscan los primeros, tratan 
de encaminar la sociedad en que actúan por el 
ancho camino que ha de conducirla á la felicidad 
y al engrandecimiento. 

Los que procuran los segundos, la siguen 
como lacayos, sin tratar jamás de imprimirle 
dirección, aunque marche á la ruina, temerosos 
de enagenarse las simpatías de sus contempera- 
neos. 

Los unos no tienen en cuenta las susceptibili- 
diides y errores de su época, ni ocultan los defec- 
tos 6 los vicios que son propios á esta. 

Los otros, transijen con los errores, con los 
defectos y con los vicios por no irritar esas 
susceptibilidades. 

Los prestigios f rimeros tardan en formarse, 
pero se desenvuelven á medida que el que los ha 
merecido se aleja de la vida activa. 

Los segundos se forman instantáneamente y 
decrecen en razón inversa de los primeros. 



Aquellos dejan en pos de sí grandes obras 6 
grandes servicios. 

De estos apenas suele quedar el recuerdo de 
una frase hueca 6 de una actitud teatral. 

Los unos se convierten en los grandes nom- 
bres que recoge la historia. 

Los otros desaparecen con las pasiones que les 
dieron vida, y el tiempo los sepulta en el osario 
de las mediocridades cuyos nombres rara vez re- 
cuerda la historia. 

Los hombres que han merecido los prestijios 
verdaderos, continúan sirviendo á su pais hasta 
después de su muerte, estimulando el patrio* 
tismo. 

Los que solo han merecido el falso 'prestijio 
no le sirvieron en vida, y cuando termina ésta, 
todavía le hacen daño incitando á los ambiciosos 
y á los que buscan en una falsa popularidad el 
medio de gozar sensualmente del poder. 

Son pocos los hombres que alcanzan el pres- 
tijio verdadero, en tanto que son numerosos los 
que adquieren el prestijio falso. 

Whashington y San Martin merecieron el 
primero, y cien caudillos y agitadores el seg^undo. 

Aunque entre los hombres de la actualidad 
no se encuentren émulos de aquellos Padres de 
la Patria, se han de encontrar los que han alcan- 
zado el falso prestijio y los que están destinados 
á adquirir el verdadero. 

Dabdo Rocha. 

Jaiiaoonaalto y PabUolita. 

El Nacional de 19 de Mayo de 1874. 



La libertad: esta grande aspiración de los 
pueblos republicanos, es la base de todo orden, 
de todo progreso y de todo bienestar. Es prefe- 
rible tolerar sus desvíos antes que herirla. 

Mariano Agosta. 

Vioe-Protidente de Ift Bepúbikm. 

Buenos Aires, 1874. 



El amor á la patria no debe cegamos hasta 
el estremo de procurar para ella lo que legítima- 
mente no le pertenece. 

Si los derechos de otros paises son menos- 



SECCIÓN POLÍTICA— REPÚBLICA abobntina 



15 



oalNidos, nuestros esfnenos, lejos de producir 
▼erdadera j durable utilidad para el nuestro, le 
acarrearán perjuicios y males inevitables. 

Para demostrar que amamos la patria y le 
hacemos el mejor de los servicios, afianzando su 
independencia y prosperidad con el respeto y las 
simpatías esteriores, es indispensable hacer jus- 
ticia á las naciones que dividen con la nuestra el 
dominio de la tierra. 

Makübl Ricardo Tbblles. 

PabUoiata. 

Buenos Aires, 1874. 



Siempre he creido que los ejércitos permanen- 
tes eran un mal que, por una razón ú otra, tenian 
que sorportar las naciones, cualquiera que fuera 
la forma de sus gobiernos, pero particularmente 
en las repúblicas democráticas cuyos ciudadanos 
aun no tienen las costumbres cívicas á la altura 
de las instituciones que se han dado, los ejércitos 
permanentes son im amago constante contra sus 
libertades; mas que la espada de Damocles, pues 
esta no cayó sobre su cabeza, mientras que la 
historia de las repúblicas hispano-americanas 
particularmente, nos enseña en cada ima de sus 
páginas los golpes que han recibido de aquellos 
á quienes se esmeraban en atender para que las 
defendieran. 

Para que estos males no acontecieran, seria 
necesario que los individuos que formaran parte 
del ejército comprendieran y profesaran el prin- 
cipio de que, al ceñirse una espada y ser soste- 
nidos por sus conciudadanos, deben sacrificar su 
propia libertad para defender la de los otros. 



Buenos Aires, 1874. 



Edelmibo MIyeb. 

CoroneL 



Las decepciones que deja tras sí toda esperanza 
defraudada suelen llegar hasta la negación de 
todo mas allá, de todo progreso. 

Aplicando esta consideración á los partidos 
políticos, se observa que los que no alcanzaron á 
realizar sus ambiciones, en un momento dado, 
confunden á menudo su mal éxito, con el porvenir 
y b estabilidad de las instituciones. Esta regla 



de criterio es falsa. Ni las naciones mueren, por- 
que su territorio sea estrecho para servir de 
pedestal á la universalidad de las ambiciones; 
ni sus instituciones perecen, porque buscando 
su encamación necesaria se produzca la lucha y 
de ella resulten vencidos unos, vencedores otros. 

Tanto los pueblos como los principios superio* 
res que gobiernan 9u vida, tienen para mí un 
destino inmortal. Pasarán los siglos modificando 
tendencias, costumbres y leyes, que son acciden- 
tes, pero quedará siempre viva la solidaridad 
humana. El tiempo puede demoler todo lo que 
edificaron los partidos, pero aun entonces, desco- 
llará sobre esas ruinas, un algo que no perece, y 
es, el principio generador de la nacionalidad y la 
verdad fundamental de sus instituciones. 

Esto es eterno y solidario para todas las gene- 
raciones en el orden del Universo. Constituye el 
mas allá de todas las ambiciones; ese horizonte 
sin fin que solo puede espresarlo esta palabra: el 
progreso. 



Onésimo Legitizamok. 

JoriMOikiatto. 



Buenos Aires, 1874. 



Hasta hoy la tierra Argfentina ha sido la tierra 
de los héroes, ha brillado por el poder de sus armas» 
por el valor de sus hijos. Es necesario que en 
adelante sea la tierra de los sabios, y brille por 
el vigfor de la inteligencia, por la fuerza de la 
civilización. 

Mabcelino TJgabte. 

JarlMoiitiüto y XagUtrado. 
Buenos Aires, 1850. 



Una regeneración es necesaria en nuestra gran 
familia, despedazada por la discordia. Pero una 
regeneración que comience por traer la razón al 
sometimiento de los principios imperecederos de 
la verdad; que continúe por grabar en el corazón 
las dulces y saludables impresiones de la moral; 
que acabe, en fin, por realizar esa alianza de las 
voluntades, que forma la ley fundamental de la 
humanidad. 

Edttabdo Lahitte. 

JurivooQfolto. 

BiMnofiltr0«^1854. 



REPÚBLICA OBEENTAL DEL UBÜGÜAY 



Nuestra civilización, nnestra industria actual 
es embrionaria; — ella ha de ser el resultado de 
las civilizaciones, de las industrias, de las inmi- 
graciones extranjeras que, mezclándose con nos- 
otros, aclimatándose en nuestro suelo, esplotán*- 
dolo, si, esplotándolo, han de producir cuando 
nos bastemos á nosotros mismos, cuando relle- 
nemos los desiertos, cuando uniformemos nuestra 
educación, una civilización, una industria Sud- 
americana. 

El camino que nos esta trazado en este sentido, 
el único que puede llevamos á un alto grado 
de prosperidad j de cultura, á una entera y 
sólida independencia, es el que nos enseña la 
América del Norte : ella ha llamado la población 
extranjera por la liberalidad y la protección de 
BUS leyes; ella la ha aclimatado haciendo fácil el 
acceso á los goces de la ciudadanía, arrancando 
de raiz, las rancias y absurdas limitaciones que 
podian dificultar el ejercicio de todas la profe- 
siones y de todas las industrias. Así duplicó su 
población y sus productos en menos de un siglo, 
así han surgido de aquella selvas prodigios de 
civilización y de riqueza, — dejando que todos 
trabajen, que todos enriquezcan; protegiendo, 
con igualdad, el derecho, el trabajo, la riqueza 
de todos; no mezclándose ni en su creencia, ni 
en sus opiniones, ni en su modo de vivir,— no 
preguntándole ni de dónde viene ni á dónde vá, 
— dejando al hombre, en una palabra, en el ple- 
nísimo ejercicio de todas su facultades, en cuan- 
to no dañe á tercero Ó perturbe el orden público. 



Akdbés Lamas. 

Político, DlplomAUoo é Historiador. 



Las tremendas convulsiones por que están pa- 
sando en nuestra época los pueblos mas adelandos, 
arrastran el pensamiento á la contemplación de 
abismos sociales de una espantosa profundidad, 
adonde no alcanza la sonda limitada de la ciencia 
política. Solo la luz de la filosofía podría alum- 
brámoslos, y no deja encenderla en la razón del 
hombre la atmósfera formada en ella por preocu- 
paciones nutridas con la savia de siglos, asidas á 
todas las pasiones é intereses del mundo actual, 
desesperanzado de los falsos mirajes del porvenir. 

En mi convicción, mientras la humanidad no 
dé por bases á la personalidad del individuo, á la 
familia y á la sociabilidad, las eternas leyes de 
la naturaleza, jamás impunemente violadadas ó 
desconocidas, en vano pedirá á las formas de 
gobierno y a las instituciones políticas la desci- 
f ración del enigma, que aguardando su Edipo, 
inunda en sangre á Nv/rte América por unos 
pobres negros, y despedaza á la Francia, para 
hacer un Imperio feudal ó deshacer el cadáver 
de una Teocracia. 



JüAN CIblos Oomez. 

JariMoaaiüto y PabUelsta. 



Buenoi Áire$, 1871. 



Buenoi Aires, 1874. 



La repúblicas hispano-americanas llevan una 
vida precaria desde su independencia de la me- 
trópoli, envueltas siempre en continuas revolu- 
ciones intestinas. ¿Se cuestionan principios? 
no, puesto que ninguno de los partidos en que 
se encuentran divididas invoca otra forma de 
gobierno que el republicano. ¿Qué se disputa, 



SECCIÓN POLÍTICA — república oriental dbl ueuottay 



17 



pnesR La posioion personal j nada mas — ^heren- 
cia esta de la madre patria. 

La España, dotada por la naturaleza de nna 
sona lecnndisima en producciones naturales, se 
encuentra estacionaria en población é industria 
y agena á los adelantos modernos. Allí las revo- 
luciones se cuentan por años; sus liabitantes 
abandonan el suelo natal en busca de bienestar ; 
teniendo su país todos los medios de poder ha- 
cerlos felices, encontrándose dotada de inmejo- 
rable clima, despoblado, con menos de la mitad 
de población que su tierra puede sustentar. A los 
americanos espimoles nos sucede lo mismo, ¿no 
será debido á nuestra educación? Creo que no 
es otra la causa; seria una coincidencia singula- 
rísima el que todas las repúblicas de origen 
español que adolecen de un mismo mal no tuvie- 
ran por causa la homogeneidad de su educación 
primitiva; hay mas para creerlo así; la gran 
república de Estados-Unidos y el imperio del 
Brasil, ágenos á la educación española, viven 
en completa pas y g^arantidos sus habitantes 
por leyes liberales observándolas con religioso 
credo. 

La Bepública Oriental del Uruguay tiene 
también las suyas, su Constitución política cal- 
cada en la de los Estados-Unidos nos haria 
felices sin el mal endémico de las aspiraciones 
bastardas. Echamos por tierra la ley para enca- 
ramamos al poder. 

El año 1830 se juró la Constitución fundada 
en los principios mas liberales; libertad de in- 
dustria, comercio, de cultos y de imprenta. ¿La 
hemos observado p no, sino en muy pequeños 
intervalos. Ha sido un continuo batallar en 
revoluciones intestinas, resultado inmediato — 
la anarquía y, como premisa de esta erigirse 
gobiernos fuertes — es decir — Dictadores. Hace 
tres años que el coronel D. Lorenzo Latorre 
gobierna el pab como Gobernador Provisorio; 
ha convocado al pueblo á elecciones generales de 
senadores y representantes, cuya reunión debe 
tener lugar en el próximo Febrero — 1879, y 
elegir el 1^ de Marzo del mismo el Presidente 
Constitucional que debe ejercer el mandato por 
cuatro años que la Constitución previene. 

El nombramiento de Presidente Constitucio- 
nal de la Bepública volverá al pais á ser gober- 
nado por su ley fundamental ({volveremos á las 
revoluciones cuotidianas? puede ser; el hombre 
olvida pronto los ejemplos del pasado y reincide 



en las mismas causas que han de producir iguales 
efectos. 



Tomás Gomensobo. 

Ez-PrMldente de la Eepúbüm. 



Montevideo, 1878. 



Las cuestiones de límites que dividen á algunas 
de las Bepúblicas que surjieron de las minas del 
poder colonial, iluminadas por los esplendores de 
la revolución, deben resolverse en el seno de la 
armenia y de la solidaridad, en que confunden sus 
intereses permanentes y sus aspiraciones inmor- 
tales. No hemos degenerado tanto de nuestros 
insignes progenitores: ellos regaron con su sangre 
generosa la mitad del continente, fecundando su 
libertad, y nosotros, habríamos de verterla, por 
disputamos un girón del estenso desierto no con- 
quistado aun á la barbarie ! . . . Seria eso renegar 
de nuestras gloriosas tradiciones, quebrantar los 
vínculos y los deberes supremos de nuestro origen . 
histórico: vínculos que han de salvar todavía á 
nuestras Repúblicas en las vicisitudes y en las 
complicaciones del porvenir. 

AOUSTIN DB YbDIA. 
Feriodltto. 

Dolorei (Bepública Argentina)^ 1878. 



Chile, como la Bepública Argentina, erijiendo 
monumentos á sus grandes hombres, á sus varo- 
nes ilustres, á los héroes é insig^nes colaboradores 
de su independencia y libertad, desde O'Higgins, 
Freiré, Portales, hasta San Martin, Belgrano, 
Moreno y tantas otras celebridades, practican 
actos de elevada justicia nacional, que á la ves 
de honrar á los pueblos que los producen glorifi- 
can y perpetúan la memoria de patriotas esclare- 
cidos 6 preclaros pensadores, que por sus méritos 
y virtudes supieron hacerse dignos del recuerdo 
respetuoso de la posteridad y del aplauso de la 
Historia. 

Esos monumentos que responden á sentimien* 
tos de justicia postuma, de gratitud y de vene- 
ración de los pueblos, son im estímulo y una 
enseñanza saludable para las jeneraciones del 
porvenir. 

8 



18 



AMÉRICA LITERARIA 



Americano de nacimiento y de corazón, me 
inclino reTerente ante ellos con todo el ferror j 
el entusiasmo que me inspiraron siempre las glo- 
rias americanas, j el nombre de los que militaron 
desde el Plata al Orinoco en las hileras de los 
defensores de la libertad de los pneblos estendidos 
en el espléndido mondo de Colon. 



Isidoro De-Mabía. 

Hiitorlador. 



Montevideo, 1878. 



US SOCIEDADES AMERICANAS 

Las sociedades americanas son entidades com- 
pletamente desconocidas; fuera d<) ellas nadie 
puede imajinarse lo que son porque no hay com- 
paración posible, y si algunos estran jeros ilustra- 
dos las han visitado, ha sido muy de prisa y sea 
por esta causa ó por otras, no han fijado su aten- 
ción en la naturaleza propia de ellas sino en 
algunos hechos que, ó predisponen mucho en 
contra ó producen ilusiones en su favor. En 
cuanto á nosotros mismos somos los que menod 
las conocemos, lo que no es estraño si se recuerda 
que en el frontispicio del Templo de Delfos estu- 
vo grabada por muchos siglos la célebre inscrip- 
ción: Noce teipsum. 

Nadie desconoce cuál fué el origen de estas 
sociedades. Colonias de una nación despedazada 
por la anarquía, embrutecidas por un fanatismo 
cruel y alimentadas por lamas grosera ignorancia, 
debian reproducir todos los vicios de la metrópoli : 
Pero esto es nada aun en comparación de los 
males que debian venir á causa de la misma 
inmensa ostensión de territorio que debia coloni- 
larse. La España se vio obligfada á desparramar 
sus pocos elementos en todo el Continente Ame- 
ricano quedando separadas las fracciones de esos 
elementos por altísimas montañas, por caudalosos 
rios 6 por desiertos intransitables, 

Es una observación confirmada por la esperien- 
cia que el aislamiento de los grupos humanos 
produce el decaimiento moral ééntelectual, y si 
no impide el desarrollo físico hace imposible la 
combinación de los esfuerzos para luchar con la 
naturaleza y someterla á las necesidades de la 



vida civilizada dan^P nacimiento á las artes y á 
las industrias. 

El Reino de Portugal, no en previsión de 
estos males, sino porque el territorio que' debia 
colonizar era relativamente mucho menor, no 
dispersó sus elementos, los concentró y formó 
así sociedades que se diferencian con las de orí- 
gen español, no ya solo en el carácter de orden 
y d» constitucionalidad, sino muy especialmente 
en una tendencia á la unidad, en un espíritu 
conservador que se ha notado igualmente en 
todos los pueblos que han llegado á desarrollar 
todas sus fuerzas naturales. 

T no es la forma de gobierno la que ha in- 
finido en estas diferencias; los ensayos monár- 
quicos que tan infructuosamente se han hecho en 
algunas de las sociedades americanas son la prue- 
ba mas evidente de que estos caracteres diferen- 
ciales no solo son ágenos á la forma de gobier- 
no, sino también que el cambio de ella no los 
hace desaparecer ni aun los modifica. 

No puede decirse tampoco que esté en la rasa 
la causa de esas diferencias, porque es la misma 
la que hizo la conquista de ambos territorios 
sufriendo 1& misma trasfusion con la sangre 
africana é indígena. Y es de notar que esta 
diferencia se ha conservado y se conserva persis- 
tentemente, á pesar del contacto íntimo en que 
están todos estos elementos sin que nada puedan 
los ejemplos de los xmps contra las costumbres 
de los otros. 

Las ¿sociedades americanas de origen español, 
si por las causas enumeradas han carecido de la 
tendencia constitucional y conservadora, en cam- 
bio han estado ajitados de una actividad febril que 
las ha llevado á empresas superiores á sus fuerzas 
y en menos de medio siglo han realizado la epope- 
ya mas grandiosa do los tiempos modernos, desa- 
lojando de todo el continente americano á la 
valiente y terrible raza conquistadora sin que 
fuera un obstáculo esas altísimas montañas, esos 
caudalosos rios, esos inmensos desiertos que se han 
convertido en pajinas de gloria y en monumentos 
soberbios. Pero ese esfuerzo en que una jenera- 
cion hacia sola el trabajo de veinte jeneraciones 
y el esfuerzo posterior de las guerras civiles, ha 
producido en las sociedades americanas un fenó- 
meno digno de estudiarse. No se ha abatido la 
virilidad, no ha decaído la fuerza intelectual ni la 
actividad en todo sentido; los elementos políticos 
y militares subsisten; las instituoiones liberales 



SECCIÓN POLÍTICA— REPÚBLICA obieiítal bel ÜBtrOtTAY 



19 



■e oonaeiran, pero la base de estos elementos no 
existe. 

La sociedad que no es el gobierno» que no es el 
ejército» que no son los gmpos políticos que dan 
aotiyidad á la vida publica, la sociedad que es el 
núcleo de los elementos económicos y reproducti- 
▼os no existe, ó al menos no existe como elemento 
propio, j es aquí donde se vé una nuera coloniza- 
ción espontánea producida por la inmigración que 
aflujo de todas partes del mundo. 

Las sociedades americanas, y, sobre todo, las del 
Bio de la Plata, han vuelto, pues, al periodo de la 
incubación y este estado embrionario lucha y 
ohooa con el progreso de las instituciones polí- 
ticas. 

Los dos grandes sistemas de gobierno republi- 
cano, la unidad y la federación, han sido ropage 
que le venian á nuestros pobres pueblos como la 
túnica del gigante al empinado liliputiense. Sar- 
miento disculpa á BIvadavia diciendo que este 
creia y practicaba todo cuanto creia y practicaba 
la Europa civilizada en su época y la organiza- 
ción definitiva de estos paises ha disculpado á los 
caudillos federales, al menos en cuanto á la inde- 
pendencia y á la autonomia provincial. El único 
que no se disculpa es quien vino después de Biva- 
davia y cortó los faldones del traje político y aun 
las cabezas que sobresalían demasiado, preten- 
diendo formar un pueblo modelo y sobre todo 
americano puro. 

Se han ensayado, pues, todos los sistemas y 
ninguno ha conseg^údo damos organización ca- 
paz de dejar al pueblo que funcione reg^ular- 
mente. En cuanto se requiere su acción, se 
encuentra embarazado entre los pliegues de su 
traje político, tropieza y si no cae en la lucha 
civil, queda en las mismas dificultades, á pesar 
de los discursos sublimes que se pronuncian, y 
de las leyes que se promulgan. 

Sin embargo, el traje político está bien corta- 
do, es una obra maestra copiada del mismo traje 
que llevan con desenvoltura y gallardía otros 
pueblos: — ¿Cómo se esplica el fenómeno? No 
es cosa de decir que el que no está hecho á bra- 
gas... porque estos pueblos, comease ha visto, 
se han vestido y desnudado mas que un actor en 
comedia antigua, mientras que los otros pueblos 
de los que sacamos el molde, no han cambiado 
de traje desde que vinieron al mundo. 

Pues si la dificultad no está en eso, debe 
^Harlo en las jorobas sociales que hemos dicho 



tienen estos pueblos, y que nosotros no vemos ni 
queremos ver, marchando muy persuadidos de 
que nuestro dorso es recto y gracioso como una 
I>almera y que nuestras tibias se articulan en 
línea irreprochable con nuestros fémures al ex- 
tremo de poder servir de modelo para un Apolo. 

Así vemos convocar al pueblo en los días clá- 
sicos; es decir, de elecciones y de manifestacio- 
nes previas, creemos asistir á grandes actos de 
libertad y de autonomia y al fin lo que vemos 
es á la entidad tal, seguida de sus eliente$ ó á la 
entidad cual, seguida de los suyos. 

No hablamos de clientes de abogado sino de 
unos caballeros que eran así llamados por los 
romanos, porque se afiliaban á la protección de 
un patricio, lo seguían, lo defendían y votaban 
por él ó por quien él votaba. 

Como en las sociedades americanas la guerra 
civil ha hecho gran consumo de pueblo nacional 
resulta que los artesanos, los agricultores, los 
comerciantes y todos los que en el nivel del 
pueblo tenían ó podían tener ocupación indepen- 
diente, han sido sustituidos por extranjeros que 
no se han nacionalizado y que por lo tanto no 
ejercen derechos políticos; no quedan, pues, sino 
los ex- soldados, los peones y los vagabundos 
clientes todos de las entidades políticas. 

Siquiera en tiempo del Padre Castañeda habia 
dos pueblos, el heroico ptublo de Buenos Aires (lo 
mismo puede decirse de Montevideo ó de cual- 
quier otra parte, con tal que sea de Sur América) 
y el pueblo liso y llano. Pero hoy no hay mas que 
uno y se divide en entidades y en clientes. 

Desde el célebre plebiscito que elevó á Napo- 
león IH hemos desconfiado mucho del sistema 
electoral, tal cual lo reconoce nuestro derecho 
constitucional actual; pero nunca tanto como del 
cónclave que elije Papas, y, dada la joroba con que 
tropezamos en el dorso de nuestras sociedades, 
resulta que eliminado el cortejo de clientes que 
no hacen sino número, nos quedamos con un 
cónclave de entidades que al fin vale tanto como 
un cónclave de cardenales; — no hay mas diferen- 
cia sino que estos se encierran con lUwe, que tal 
cosa quiere decir cónclave, pero esta diferencia no 
mejora la situación y pluguiese á Dios que al 
menos algunas de nuestras entidades se encerré 
sen, no con llave, sino herméticamente. 

Beconocida esta joroba constitucional ¿y por 
qué no reconocerla? Cervantes y Juvenal son los 
mayores patriotas de la España porqué dijeron laa 



20 



AMÉRICA LITEBARIA 



yerdades, resultan mnolias otras jorobitas porqné 
un brillante se hallará solo pero no otras cosas que 
no brillan. Las entidades de las sociedades ame- 
ricanas son, pues, las dispensadoras de nombre j 
de fama. La jnventnd tiene que ir ante ellas 7 ha- 
cer sacrificio de independencia 7 de carácter. 
Quien quiera pasar de la categoría de aspirante á 
la categoría de entidad noTel, tiene que velar las 
armas é ir á recibir el espaldarazo puesta la rodi- 
lla en tierra 6 tiene que esperar que le abran la 
boca como á los cardenales en la imposición del 
Capelo. 

Ese gran tríbunal de última instancia» al cual 
se apela en otras partes, de toda injusticia; ese 
público imparcial que aprecia los mérítos 7 los 
sacrificios de los jóvenes inteligentes, esa sublime 
opinión pública que contiene á los bríbones 7 
castiga con el ridículo á las mediocridades ambi- 
ciosas, no existe ni puede existir en sociedades 
como estas. 

Las entidades castigan con un silencio sepul- 
cral el crimen de independencia, harán creer en 
la no existencia de quien no está armado-caballero 
6 de quien no ha7a ido á que le abran la boca. 

Cierto es que algunos jóvenes mu7 inteligen- 
tes 7 mu7 independientes, figuran actualmente 
en la política 7 en las ciencias, pero son esoep- 
oiones que han conseguido escapar á fuerza de 
sacrificio, á fuerza de irradiar luz entre las ne- 
garas nubes que estienden las entidades alrededor 
de todo astro que quiere aparecer en el firma- 
mento político ó social. 

Digamos, pues, claro, que en las sociedades 
americanas, como en el gobierno teocrático, no 
ha7 opinión pública, — ^7 como ella es la base de 
toda sociedad 7 de toda política, nada estraño es 
que andemos oa7endo 7 levantando como en una 
ma-crucü sin término. 

De aquí porque se rinde tanto culto al becerro 



de oro; donde faltan los estímulos de la opinión* 
los consuelos del aprecio, las esperanzas de la 
gloria, se buscan los goces de la sensualidad, las 
apariencias fastuosas, el predominio del dinero. 
Cierto es que no faltan espíritus fuertes que se 
resignan á la indiferencia 7 aun al desprecio de 
los contemporáneos para abroquelarse en la satis- 
facción íntima de la conciencia, pero estas son 
las escepciones. 

Por esta razón no hemos tenido influenois 
exterior. Las Bepúblicas americanas forman al- 
rededor del Brasil una cintura que debiera lia- 
berse estrechado hasta ahogar la única monar- 
quia de América 7 por el contrario es el Brasil 
quien ha ensanchado el círculo de su acción 7 
ha sabido hacemos odiar recíprocamente; ha 
hecho que nuestras manos mismas caven el abis« 
mo que nos separa. El peso de su esclavitud, 
bastante para detener la marcha de un pueblo, 
no ha sido tan pesada para él, como la joroba 
que llevamos á cuestas; como la falta de opinión 
7 la falta de pueblo que hemos malg^astado en 
estúpidas luchas. 

Las Bepúblicas americanas no pueden buscar 
entre sí sino soluciones pacíficas para sus cues- 
tiones. Su debilidad relativa hace indispensable 
su alianza para defender sus intereses comunes. 
Pero las alianzas no se forman artificialmente; 
vienen preparadas por consideraciones preceden- 
tes que acercan 7 confraternizan á los pueblos. 
Las alianzas artificiales no son ftlíf^i^^as^ son 
coalisiones que siempre dan por resultado, no la 
reparación de ofensas, no la restitución de dere- 
chos, sino un pueblo destrozado ó suprimido 
como la Polonia. 

Gregorio Pérez Qomar. 

Abogndoy tttento. 
Buenos Aires, 1879. 



li I ; 



mío DEL BRASIL 



Por SU nacimiento ú otras circunstancias es- 
peciales, pnede la mujer ser obligada á ocupar 
posición eminente en la sociedad; pero á donde 
la llaman con preferencia las leyes de la natura- 
leza j los impulsos de su corazón, es al lado de 
su esposo y de sus hijos, al frente de su casa, 
junto al lecho de los enfermos y ante los altares 
de Dios. 

Isabel Condesa d'Eü. 

Prtnoem Regente del Imperio. 



Nacido del otro lado del Atlántico, me he 
ligado por los lazos del corazón, á esta tierra 
americana. Llamado por las circunstancias á 
mandar las fuerzas militares del gran país que 
he adoptado por patria, tuve la fortuna de atra- 
vesar los territorios de las naciones mas ligadas 
al Brasil por las relaciones de vecindad y de 
intereses comunes, y de conocer á sus hombres 
mas eminentes. Se robusteció entonces en mí la 
oonviocion de que los intereses mutuos de todos, 
no menos que las leyes de la humanidad, exigen 
la generosidad para oon el vencido, la perpetui- 
dad de la alianza entonces- iniciada, y el man- 
tenimiento de la paz, que es la garantía mas 
segura del progreso general. 

Gastón de Obleans conde d*Eu. 

IterlM»! de BJérelto. 

p€MpoU$ (BrasU), 1875. 



En los lances mas arriesgados de mi vida 
militar, nunca desprecié los consejos y las indi- 
caciones que me fueron dados por mis amigos y 
compañeros de armas; pero en aquellos casos 
sobre los que tenia ya formado mi juicio, nunca 
abandoné los impulsos de mi corazón y de mi 
carácter, siendo siempre feliz cuando seguí mi 
primera inspiración; recordando incesantemente 
que si el general Napoleón, en la batalla de 
Moskou, hubiese procedido en esa conformidad, 
sin dejane vencer por las reflexiones de algunos 
de sus subalternos, tal vez hubiese evitado los 

famosos desastres que pusieron fin á su campaña 
de 1812. 

Mabiscal Duque de Caxias, 

Consejero de Brtado 7 Ministro de la Guerra. 
Rio de Janeiro, 1876. 



No hace muchos meses, en una fiesta dada en 
honor de un distinguido americano que residió 
entre nosotros como diplomático, pronuncié estas 
palabras en la improvisación á que fui benévola- 
mente invitado: ''Estas regiones de América 
carecen de paz, luz y trabajo </. 

La guerra, 6 es uno de los castigos fatales y 
periódicos que nos acarreó la falta de nuestro 
primer padre, ó es una mancha que ha de desapa- 
recer del sol de la civilización moderna; lo que 
no me parece utopia filantrópica, porque el mundo, 
á pesar de sus diferencias exteriores, marcha 
hacia la unidad moral é intelectual de los pueblos, 
límite en que el género humano será como un 
reflejo del misterio de la Trinidad Divina. 

La luz que yo deseo poderosa y abundante para 



22 



ÁMÉBICA LITERARIA 



nuestro oontinente, no es solo la instmooion para- 
mente racional, sino también la qne deriva de los 
santos preceptos de la moral de Cristo, sin los 
cnales el hombre pierde de vista sn mas alta guia, 
la vida de mas allá de la tnmba, y cae en los 
mas tremendos precipicios de sn senda terrenal: 
ábeunt estudia in mores. La política del maestro 
de escuela de que hablaba lord Brougham, es un 
programa completo de regeneración social ; pero 
es necesario elevar el nivel de capacidad de los 
preceptores, que son los primeros que cultivan é 
inclinan la inteligencia de la juventud, para que 
sepan mas de lo que deben enseñar, y enseñen 
bien todo cuanto se puede aprender, sin dificultad 
y basta por recreo, en las aulas primarias y secun- 
darias. 

El trabajo es la redención de las flaquezas del 
hombre, su dignidad personal, su independencia, 
el seguro de la familia, el mas eficaz antídoto 
contra los vicios, la fuente perenne de la fortuna 
particular y pública. Infunde con estos benéficos 
resultados el hábito de la economía, madre de los 
capitales, y escita el amor del prójimo, dos pode- 
rosas fuerzas de conservación y progreso social. 
La civilización de los pueblos debe ser juzgada 
menos por la grandeza material, que puede encu- 
brir muchas llagas morales, que por el desenvol- 
vimiento y perfección de la enseñanza popular, 
por la buena administración de la justicia, por la 
abundancia de las cajas de ahorros (seguro indi- 
cio de buenas costumbres entre las clases mas 
numerosas), por la dedicación individual al bien 
público y por el espíritu de bien entendida cari- 
dad cristiana que haga innecesaria la caridad 
legal, casi siempre dañosa. 

Vizconde do Rio Bbanco. 

EiUdltU, Director de 1» Bsenel» PoUtéenica 7 
Gonaejero de Bitwlo. 

Rio de Janeiro, 1876. 



La forma de gobierno no es el fin, es el medio 
de oonsegruir el mayor bien para la sociedad, 
mediante la garantía de los derechos naturales 
del hombre. 

Muchas veces bajo la forma republicana impera 
el despotismo y la peor de las tiranías — la de las 
masas ignorantes; y bajo la forma monárquica, — 



la bien entendida libertad, que solo medra á la 
sombra de la paz y del orden. 

Es lo que explica la existencia de una mon«r- 
quia constitucional en América. 

Babón di Cotioipi. 

BetsdicU, Ministro de Baelendft j 
NefoeUw Setru)eroe. 

Rio de Janeiro, 1876. 



Por el estudio de las letras y ciencias subieron 
Licurgo, Pisístrato y Agesilao á reyes de Laoe- 
demonia, y aquel Estado fué famoso en el mun- 
do, mientras tuvo príncipes sabios. 

Los Persas tenian por costumbre elegir para 
rey á aquel de entre sus conciudadanos que les 
parecía mas sabio, y la Persia floreció mientras 
siguió esa regla, y decayó luego que la hubo 
despreciado. 

Un rey hubo en Sicilia que se dedicaba oon 
tanto ardor al estudio de las ciencias, que llega- 
ron á hacerle sentir que por este motivo podría 
él faltar ú las obligaciones de su Estado, y res- 
pondió que no podia reinar sin sabiduría, y que 
á trueque de ella perdería contento su corona. 

Los monarcas constitucionales procuran actual- 
mente por la ilustración y por la práctica de 
virtudes cívicas y domésticas hacerse amar y 
respetar, empeñándose en el mantenimiento de 
la paz y en la fiel observancia de los grandes 
principios de justicia y de libertad, en que reposa 
el progreso de los pueblos. 

Fueron de esto admirables ejemplos, el viejo 
rey de Bélgica Leopoldo y el joven rey de Por- 
tugal Don P^dro Y., ambos ya fallecidos. 

Podríamos citar como ejemplo otro rey (1), 
si no fuera osadía de nuestra parte anticipar los 
elogios y loores de la historia. 

Como complemento de su vasta instrucción, 
ese rey ha emprendido, en edad ya madura, lar- 
gos y penosos viajes, impelido por la padon 
que en él predomina desde la infancia, — el estu- 
dio de las letras y de las ciencias. 



Vizconde db Abastí. 

EitedlfU f Conaejero de Batado. 



Rio de Janeiro, 1876. 



(1) Alusión 4 Don Pedro 11, AOtoal empermdor del Bruil. 

N. delE. 



SECCIÓN POLÍTICA — imperio del bbabil 



23 



Toda mi vida he considerado qne al hombre 
faé impuesto por el Creador el deber de hacer el 
bien compatible con sns faerzas, así en la escala 
en qne las manifestaciones de esa idea se circnns- 
criben á indiridnalidades, como en la esfera mas 
alta en qne las inspiraciones del patriotismo 
determinan actos en que se consulta el bien 
públioo; y entiendo también que lo poco 6 mu- 
cho qne esté en nuestras manos conseguir, en ese 
terreno, no dá derecho á aspirar á otra recom- 
pensa que la conciencia de haber cumplido un 
deber, al paso que los actos que practicamos en 
la carrera de la yida, que contrarían esa idea, 
nos colocan en rebelión abierta contra un pre- 
cepto dÍTÍno. 

Vizconde db Mauá. 

Flninclrt». Baoqusro. 



Bio de Jemeiiro, 1876. 



En mas de cincuenta años de yida pública me 
han hecho impresión el retroceso y las desg^racias 
de países bien constituidos y civilizados, en los 
cuales el tiempo ha creado intereses bastardos, 
olvidando que una autoridad justa eng^endra el 
respeto y obediencia espontánea, y que el ataque 
al derecho produce la resistencia y suprime el 
deber. Aquel que contribuye con sangre á la 
existencia del Estado tiene derecho á las garan- 
tías qne la ley concede á todos los ciudadanos, y 
mucho nos engañamos pensando que el pueblo 
es indiferente al desprecio disfrazado de los que 
mandan. 

Mabqtj¿8 do Hbbyal. 

(OBKBKAL OSOBIO) 
Teotonte 0«iwr»l del Ejército. 

POoUu (BrasU), 1876. 



La prolongada guerra que sostuvo el Brasil 
contra el Paraguay habría tenido todavía mayor 
duradon, si el mariscal dictador hubiese sido 
siquiera mediocre g^eneral. 

Su notable incapacidad militar hizo que fuese 
parcialmente batido su valiente y disciplinado 
9}éráio, convirtiéndose en derrota mas de un 



combate, en que podría haberle cabido la vic- 
toria. 

Teniendo por sí la adhesión de un pueblo 
fanático, y los mas obedientes soldados del mun- 
do, podría haber luchado con mejor éxito y 
salvado su patria de tan espantosa ruina. 

Hay hombres que son para las naciones un 
horrible flagelo. 

¡ Desgraciados los pueblos que hacen depender 
su suerte de una sola voluntad! 

Yizcondb db Pblotas. 
(qinibal camaba) 

Uuriaottlde Campo. 

Pi>rto Alegre (Brasil), 1876. 



El ejército que á su frente pudiere llevar á 
los campos de batalla un glorioso pendón en que 
inscriba con verdad las sublimes palabras — dis- 
ciplina, instrucción y moralidad, —podrá segura- 
mente agregarles estas tan conocidas: in hoc 
eigno vinces, y el regreso de ese ejército al seno 
de la paz será señalado en la historia nací nal 
con la gloria del triunfo. 

Un ejército disciplinado, con personal ir lí- 
do y moralizado, es ciertamente uno de Ir aas 
poderosos elementos para la prosperidad y / n- 
deza nacional, y la primera columna de la : de- 
pendencia, integridad y honra del país, deíen- 
diéndolo de sus enemigos exteriores ó interiores; 
alto destino de la fuerza militar, sabiamente 
preceptuado en el código fundamental brasilero. 

Los ejércitos indisciplinados y sin la necesa- 
ria instrucción, causan la pérdida de su país. De 
ello nos presenta funestos ejemplos la historia. 

La disciplina multiplica la fuerza de los ejér- 
citos; y no pocos ejemplos hay de que alg^unos 
mas numerosos, hayan sido vencidos por otros 
menores en número, pero cuya disciplina é ins- 
trucción les hayan granjeado señaladas victorias. 

La necesaria austeridad de la disciplina mili- 
tar se hace blanda y casi insensible en el subdi- 
to que sabe respetar á los superiores, y dedicado, 
obedece con dig^nidad al cumpliente de sus de- 
beres. 

El militar jamás debe olvidarse de dos de los 
principales dog^mas de su profesión, — la obedien- 
cia y la resignación: con tales atributos podrá 



24 



AMÉEICA LITERARIA 



fácilmente soportar las infalibles contrariedades 
y Tioisitndes de la yida. 

Aquellos á qnienes despnes de nna carrera 
distinguida en la carrera militar, no perdona la 
muerte en el campo de batalla, dejan en pos de 
sí una honrosa memoria y una provecliosa lec- 
ción á los venideros que se dediquen sincera- 
mente á esa yida de trabajos, en la cual no se 
teme la muerte, cuando se sirve lealmente á la 
patria. 

Las costumbres, hábitos, tradiciones, amor de 
la patria j odio á la usurpación extranjera, 
justifican, mas que todo, la existencia de los 
ejércitos permanentes, tanto mas cuanto que en 
la mayor parte de los hombres abunda la ambi- 
ción de oro, de mando, y de la ilusoria gloria 
de conquistas. 

Vizconde de Santa Thbbeza. 

Teniente General y Comandante de la Bioiiela Militar. 
Bio de Janeiro, 1876. 



Figuran en este libro los muertos y los vivos. 
Quiera Dios que de unos y de otros aprendan los 
venideros que la paz interna y extema es la 
primera base de la felicidad de los pueblos. Cuando 
esta colección de autógrafos estuviere concluida, 
se verá, creo yo, y felizmente, que el pensamiento 
de todos los Americanos tiende al mismo fin, que 
es el mayor desenvolvimiento de las relaciones de 
amistad entre las naciones de América; y no será 
pequeño servicio el contribuir á la manifestación 
de una idea común de tanta magnitud. 



Babón de Cabo Fbio. 

Diplomático. 



Rio de Janeiro, 1876. 



Nosotros los brasileros podemos ufanamos de 
los resultados que en un silencio fecundo van rea- 
lizando algunos incansables exploradores del por- 
venir. 

Ta no somos una nación segreg^ada en los 
confines del globo, aislada del movimiento del 
siglo. 

Palpita en nosotros la grande alma de la huma- 
nidad, y sobre nuestros destinos desciende la luz 



inmortal que alumbra el porvenir de las naciones 
cultas. 

Rompiendo resueltamente con el pasado, abri- 
mos la faz nueva del trabajo libre, cuyos núdeos 
irradian ya en una grande extensión. 

El pico rasga el suelo en toda? direcciones; y 
aun pocos dias há, vimos llenos de emoción, la 
locomotiva llevando el anuncio triunfante de la 
civilización al seno de las florestas solo recorridas 
hasta entonces por la planta de las tribus indianas. 
No tenemos ahora la consoladora realidad de la 
instrucción diseminada por todas las capas socia- 
les, pero hemos lanzado ya en los surcos del futu- 
ro la afirmación del gran principio, y tanto basta 
para que este siga su evolución victoriosa, derra- 
mando sus beneficios sobre todos nosotros. 

Podemos con segniridad abrigar fé en los 
destinos de una nacionalidad que repudia oon 
denuedo la tradición de mas de tres siglos, y al 
paso que funda la escuela, empuña la azada y se 
ennoblece por la ley del trabajo, elevando un 
himno al Creador que acabó su obra en seis 
y descansó en el séptimo. 

Babón Hombm db Mbllo. 

Conwjero. litante j Batadlata. 
Bio de Janeiro, 1876. 



Hay en la vida del hombre impresiones que 
nunca se olvidan, y que venciendo las vicisitudes 
del tiempo se conservan siempre tan vivas en la 
memoria, como en el momento en que se sintieron 
polr primera vez. Tales son las que aun hoy 
hacen palpitar mi corazón de patriótico entu- 
siasmo al recordar el dia en que vi, era entonóos 
muy joven, desplegarse bajo el cielo sereno de 
mi provincia natal el hermoso estandarte escogido 
para simbolizar el naciente Imperio del Crucero. 

¡Sueños de la juventud! ¡Qué espléndido hori- 
zonte se abrió entonces ante mis ojos! ¡Qué espe- 
ranzoso porvenir se me figuró que sonreía á la 
ni^eva generación que recibía en legado del he- 
roísmo de BUS mayores una patria independiente 
y libre! 

Trabajo, justicia» libertad y paz : era ese el 
dmblema que me parecía divisar en el cuadro 
bosquejado de nuestra emancipación política. 

T mis sueños debian ser ciertos, — ciertos 
porque, suelo virgen donde ni el despotismo en su 



SECCIÓN POLÍTICA— iMPBBio del bbasil 



25 



rápido pasaje pndo profundizar raices, ni la 
desigualdad de castas un odioso antagonismo 
entre las capas sociales, ¿quién se atreve á dudar 
que el continente americano fué destinado por 
la Providencia para ser el albergue de la liber- 
tad errante, j el asilo de todas las ideas nobles 
y generosas, que son el fruto de la civilización 
del siglo? 

Labrando la tierra, el brazo del colono podrá 
sentir pesado el trabajo, pues tendrá que extir- 
par de las entrañas de ella gigantescos troncos, 
antes de imprimirle el sello de la industria mo- 
derna. Pero en el cultivo del espíritu, en la 
conquista de las ideas, ¡ cuántas facilidades para 
el legislador! A un pueblo que, rompiendo con 
las tradiciones del pasado, se constituye indepen- 
diente, y joven en cuyo corazón sin doblez se 
reflejan todavía en toda su pureza las virtudes 
con que salió de las manos del Creador; á un 
pueblo exento de los vicios que afligen á las 
viejas sociedades, con la experiencia acumulada 
de tantos siglos, absorto aun en la contempla- 
ción del triunfo conseguido, ávido de nuevas 
conquistas, ¿qué le falta para marchar certero á 
sus grandes destinos? Un genio inspirado que 
le señale el camino; un espíritu verdaderamente 
superior que, elevándose á las regiones del futu- 
ro, y confiado en la suerte que está reservada á 
los pueblos de América, se coloque á la vanguar- 
dia del progreso, é imprima el movimiento y la 
vida en el adolescente cuerpo social, dándole por 
divisa — trabajo, justicia, libertad y paz. 

¿Cuántas naciones de esta parte del mundo 
podrían decir que recibieron de la Providencia 
esa preciosa dádiva? La historia responderá. 

JuAK LiNs YisiBA Cansansao db Siniicbú. 

Coniejero, Bitadltta y Seiuulor. 

Bio de Janeiro, 1876. 



SOBRE LA REFORMA ELECTORAL 

Separados en lo demás los partidos políticos, 
pueden confundir sus votos en la misma aspira- 
ción en presencia de un interés que es de ambos, 
que es de todos en este país: deben unir sus 
esfuerzos para elevar el nivel político de la Na- 
ción, inspirados por grandes principios y por los 
garandes sentimientos que llenan el corazón del 



hombre público, — el amor de la patria y el amor 
de la libertad. 

Paulino J. S. db Souza. 

Eitadiata y Ooniejero de Sitado. 
Bio de Janeiro, 1874. 



mEI proyecto tiene imperfecciones; yo las 
noté; pero el proyecto tiene una inscripción 
magnífica que me obliga á votar por él. He ahí 
la inscripción : 

u En la tierra de Santa Cruz, nadie mas nace- 
rá esclavo. « — (Apoyado, muy bien, muy bien). 

Fueron estas las palabras con que concluí mi 
discurso, pronunciado en el Senado en la sesión 
de 26 de Setiembre de 1871, á favor de la eman- 
cipación de los esclavos, palabras que con plaoer 
registro en este autógrafo. 

José T. Nabtjco db Abatjjo. 

Bitadiito. ConMjero de Sitado 7 Jnrlioonialto. 



El déficit en las finanzas es camino cierto para 
la ruina de los Estados, si estos no lo combaten 
enérgicamente por los dos únicos medios que la 
ciencia indica y que la historia confirma como 
eficaces: el trabajo y la economía. 

Z. DB GKSes b Yasconcbllos. 

CooMjero, Bitadiataj JoritOMwatto. 



La emancipación ó liberación c«>mpleta de los 
esclavos en el Brasil, así como la de sus hijos 
constituidos siervos hasta su mayor edad, por la 
ley de 28 de Setiembre de 1871, es una aspira- 
ción de la justicia absoluta y relativa, de la 
civilización y humanidad; — aconsejada igrual- 
mente por las primeras conveniencias sociales, 
políticas y económicas. 

Sin que la vanidosa y pseudo filantropía la 
promueva de un modo arbitrario, despótico é 
inconveniente, ella se ha de efectuar por fuerza 
propia de la idea, irresistible como las leyes del 
Creador, de quien todo dimana, y la libertad, que 
es la vida. 



26 



AMÉRICA LITERARIA 



Providencias adecuadas, sensatas y pmdentes, 
facilitarán esa grande reforma, y aproximarian 
sn época, sin peligro algpuio; y mas bien con 
positiva ventaja para todos, ciudadanos y pa- 
tria. 

La bendición del Omnipotente descenderla 
sobre nosotros, sobre el Imperio de Santa Cruz. 

n 

El rey sabio y bumano hace las delicias de su 
pneblo, que vé en él la imagen de Dios. 

Si en el ejercicio de sus elevados y sacrosantos 
poderes (la mas alta delegación de la comunión 
social), respeta el pacto fundamental, la soberanía 
de la nación, sus derechos, la libertad y derechos 
de los ciudadanos, hace observar las leyes y pro- 
mueve el bien público, las bendiciones de todos 
lo acompañan en todas partes y por siempre : y 
mas allá de la muerte le espera la inmortalidad. 

Pero si, descarriado por la ambición 6 por la 
I vanidad, sigue otra senda, pretende avasallarlo 
todo, concentrar en sí todos los atributos, y hasta 
servicios y glorias ágenos, desciende á nivelarse 
con los fatuos, crea antipatías justificadas, aleja 
é inutiliza servidores, hace dudar de la sinceri- 
dad de sus intenciones, de la verdad y perfección 
de sus cualidades, y aventura trasmitir á la pos- 
teridad un nombre, si no desestimado, á lo menos 
indiferente. 

A. Marques Pebdioao Malheibos. 

Jorisoonsulto. 
Rio de Janeiro, 1876. 



Pocos asuntos merecen tanto la solicitud del 
Estadista como la educación. 

ELabilitar al ciudadano para las múltiples y 
variadas funciones de la vida civil y política, es 
consolidar el orden social, sin el cual la libertad 
se convierte en anarquía, y el progreso no pasa 
de un miraje fugaz. 

Educar es regenerar por la enseñanza, y, sobre 
todo, por el ejemplo. Así, mal comprende la pro- 
pia responsabilidad el gobierno que, descuidando 
la noción de la moral cristiana, de la luz de la 
ciencia y de la fuerza del derecho, no mantiene 
en la altura del sacerdocio igualmente santo, 



augusto y noble que deben ejercer, el uacerdote, 
el maestro de escuela y el juez. 

D. Velho Oayalcakti db Albuquibqitb. 

Ckmwlero. Vlnistro de Jtutütim. 
Rio de Janeiro, 1876. 



La marina militar brasilera, si aun no puede 
en algpun respecto ser equiparada á la de las 
principales potencias marítimas de uno y otro 
hemisferio, presenta, sin duda, elementos valiosos 
que, debidamente aprovechados y desenvueltos, 
han de elevarla á la categoría respetable que le 
está reservada en época no remota; haciéndose 
de ese modo digpna de corresponder á la posición 
importante á que fué destinado un país con 
centenares de leguas de costa, donde existen 
muchas ensenadas de abrigo, vastas bahías y 
magrníñcos puertos; surcado por gran número de 
ríos caudalosos y de largo curso; y que á la par 
de los recursos naturales de que pródigamente le 
dotara la Providencia, cuenta en ancha escala 
con la inteligencia, denuedo y patriotismo de 
sus hijos, los cuales, aun há poco, en la lucha que 
el Brasil sostuvo honrosamente con el gobierno 
del Paraguay, dieron las mas significativaa y 
elocuentes pruebas de pericia, valor y abnega- 
ción mas que suficientes para hacer concebir una 
idea perfecta y completa del heroísmo de un 
pueblo, aunque joven, capaz de competir ya en 
dignidad é intrepidez con los mas esforzados, 
valerosos y aguerridos del universo. 

Luis Antonio Pbbeiba Fbanco. 

Conaejero, lílniatro do Hmíim. 
Rio de Janeiro, 1876. 



Reservado á grandes destinos el Brasil, lo 
que mas necesita es ser conocido de los extran- 
jeros, siempre bien venidos entre nosotros. 

Aquí, bajo la éjida protectora de la libertad 
y á la sombra de la paz que les es garantida por 
la estabilidad de la monarquía constitucional 
y representativa, sus capitales, el genio de la 



Sección polítióá— impbuió i>bl brásh 



ii 



industria y del oomeroio, las artes y las profe- 
siones útiles encnentran nn campo vastísimo. 

Amigos de la civilización y del progreso, el 
grande empeño de la mayoría de los brasileros 
es cnltivar bnenas relaciones con las Bepúblicas 
Tecinas, sin interrenir en sns negocios domésti- 
cos. En sn prosperidad y adelantamiento no 
Temos nn peligro, sino nna prenda mas para la 
tranquilidad del Imperio, cuyas aspiraciones en 
este asunto no Tan mas allá de la amistad y del 
respeto mutuo de los pueblos que lo rodean. 

En la guerra de los cinco años que sostuTimos 
con el apoyo de la aliansa, dimos sobradas prue- 
bas de ello. 

Inspiradas en nobles motivos, nuestra ambición 
y tttiacidad no tuTieron otro objetiTO: los sacri- 
ficios inmensos que hicimos, (puedo afirmarlo, 
habiendo desempeñado la cartera de Guerra en 
uno de los periodos mas afanosos de la lucha) 
no se encaminaron á otro resultado. 

Y así debe ser siempre, para que podamos 
atraer de la Tieja Europa lo que allí sobra en 
población, en luces, esperiencia y riqueza, que 
los siglos acumularon y la naturaleza en su 
marcha proTidencial tiende á repartir entre las 
naciones libres de la joven América. 

JvÁS LxrsTOSA DA CuNHA PabanaoxtX. 

OOiueJero y Senador. 

Biod* Janeiro, 1876. 



Los dos grandiosos hechos de mi p&tria, — su 
independencia y la reforma del estado serTÜ, 
ambos realizados sin el derramamiento de una 
sola gota de sangre, rcTelan la energía sensata 
del espíritu público, y el Tenturoso porTenir que 
está reserTado al Brasil. 

Si desde 1850 la nación consiguió labrar el 
prdlogo de la emancipación, extinguiendo por 
sus únicos esfuerzos el tráfico de Africanos, para 
cuyo fin la fortaleza de su • espíritu y el amor 
de la humanidad no desmayaron ante las sus- 
ceptibilidades patrióticas que se enardecieron 
con las agresiones británicas, fué mayor triunfo 
el de la reforma del estado serTÍl, nobilísima 
oiftdb consumada por la ley de 28 de Setiembre 
de 1871. 

Las perturbaciones y sacrificios serán com- 



pensados con las Tentajas materiales y morales, 
económicas y políticas, cesando el mas funesto 
legado que la antigrna metrópoli dejó á un pue- 
blo americano. 

Jamás se dirá de él, que no quiso acompañar 
á los otros pueblos por la senda de la cÍTÍlizacion 
y de la humanidad. 

Tbodobo M. F. Pbbbiba da Silta. 

Oonteiero j lUgiitnido. 
Rio de Jcmeiro, 1877. 



Mientras la industria y la economía, fuerza y 
carácter del actual siglo, se dilatan por el ter- 
ritorio de los países cultos, y los dotan de un 
asombroso sistema de creación excelente que Tá 
haciendo de la materia el mas poderoso auxiliar 
de la CÍTÍlizacion y de los goces del espíritu, no 
olTÍden los poderes públicos que la instrucción y 
la educación de los pueblos debe ser el primer 
objeto de su solicitud; que de la educación de la 
infancia dependen los destinos futuros de los 
Estados; que el pan del espíritu, bien escogido y 
sano, debe ser distribuido á manos llenas en 
medio de las poblaciones; y que, por consiguien- 
te, la sociedad debe auxiliar con todo su poder 
el progreso de la razón pública, aun á costa de 
los mayores sacrificios, como el mas poderoso de 
los medios que la ciencia reconoce para curar de 
ndz las llagas sociales, y para hacer felices las 
generaciones que se IcTantan. 

No UcTemos la ciencia á todas las capas de la 
sociedad; una parte puede prescindir de ella; 
pero eduquémoslas todas, arrancándolas de la 
igfnorancia en que no pueden TÍTÍr sin grande 
daño de la sociedad. 

Ambbosio Lbitao da Ctjnha. 

Conaejero, Abogado y Senador. 
Rio de Janeiro, 1876. 



Entre los pequeños servicios que he prestado 
á mi tierra, me euTanezco de haber concurrido, 
como representante de la nación y consejero de 
la corona, á la extinción del estado servil, que 



id 



AMÉRICA LITEBAMA 



ha de acabar en el Brasil por efecto de la lej de 
28 de Setiembre de 1871. 

Amo linoeramente la libertad, qne es la idea 
madre del derecho, j aplando siempre sus legiti- 
mas manifestaciones. 

La esclavitud es repugnante á un país de 
instituciones libres, que trabaja constantemente 
por el desenvolvimiento de la libertad política. 
¿ C<Smo encarecer las prerogativas del ciudadano, 
si al lado de él el hombre es todavía objeto de 
propiedad? 

M. A. DüABTB DE AZEYSDO. 

Ooaa«|«ro. Abogado 7 ProfMor JabUado de I» FmiüUuI 
de Derecho. 

Bio de Ja/neiro, 1876. 



como la única base estable para nuestra futura 
7 recíproca g^randeza. 



La solidaridad americana, por mas que sea 
todavía un sentimiento no bien acentuado, es, 
sin embargo, instintivo en el corazón de los 
pueblos de América. Cuando este sentimiento 
pase á la esfera de las altas concepciones, la 
solidaridad americana será el principio funda- 
mental que rejirá la política de nuestro conti- 
nente. 

Para entonces la alianza oficial de los gobier- 
nos habrá sido precedida por la alianza y la 
natural confraternidad de los pueblos. 

Cuando el Brasil entre en ese concierto inter- 
nacional, ya habrá desaparecido el único obstá- 
culo que hoy se opone á la armonía de nuestra 
política continental : la monarquía brasilera, 
como toda organización social provisoria, habrá 
completado su triunfo y cedido el puesto á la 
idea democrática formulada en una constitución 
federal republicana, que será para los brasileros 
la verdadera carta de su emancipación social. 

De aquí á allá, tres deberes esenciales recla- 
man de los pueblos de América estricto cumpli- 
miento: desarrollar la instrucción popular, como 
la mas sólida garantia de la libertad civil y 
política; — desarrollar el trabajo y fecundar el 
desierto, como el medio mas seguro de asegurar 
con la riqueza del Estado y la independencia 
individual el progreso moral de las sociedades; 
—cimentar y mantener á toda costa la paz in- 
terna y las buenas relaciones internacionales 



QUINTINO BCOÁTUYA. 
Periodista. 



Rio de Janeiro, 1876. 



Acababa yo de leer en El Oloho, de esta maña- 
na, la traducción de los conceptuosos pensamientos 
del Sr. Dr. José María Zuviría, registrados en 
el Autógrafo Americano del Sr. Francisco Lago- 
maggiore, cuando recibí carta de este caballero, 
admitiéndome entre los colaboradores de su libro. 

El Sr. Dr. Zuviría concluye sus conceptos, 
diciendo que Dios postra los Estados sin inter- 
mmpir el progreso indefinido de la humanidad. 
— De esta bella tesis tan complexa y filosófica 
han dimanado para mí, por asociación de ideas, 
los siguientes pensamientos: 

Jesu-Crísto nos dictó en el precepto de la 
carídad la teoría infalible de la civilización: 
Amar al prójimo como á sí mismo es unir los 
hombres, y realizar así la unidad efectiva del 
género humano. 

En verdad, la civilización, para ser legítima y 
perfecta, debe tener por supremo término la 
identificación de nuestra especie, tanto en el 
orden social, como en el moral, y aun tal ves en 
el orden intelectual; ahora bien: ningnn método 
es ton propio para alcanzar ese fin, como el per- 
feccionar y hermanar á los individuos. 

La fraternidad de los ciudadanos hace la uni- 
dad nacional: si esta se realiza en el sentido 
evangélico producirá necesariamente la frater- 
nidad internacional: el tercer término de esta 
fórmula crístiana será, pues, la uniformidad de 
la especie humana. 

Tal es la civilización concebida, enseñada, 
ejemplificada por Cristo. 

En casi todas las naciones reinan hoy grande 
agitación y perplejidad : y á juzgar este hecho 
por otros análogos consigrnados y explicados en 
la historía, no es fuera de razón suponer que el 
mundo se encuentra en una hora de transición, 
y que la civilización vá á entrar en nueva ímm. 

De todos los hechos precursores de la crisis, 
uno me parece digno de particular atención: 
aludo al paralelismo con que tanto en Europa 



SECCIÓN política — impebio del brasil 



29 



como en América están sorgriendo las oontrover- 
nas de religión, 7 las de política. Hé alií el 
movimiento preparatorio de la nueva era: — para 
fundar la alianza de las naciones, que es la civi- 
lización tal cual Jesu-Cristo la concibió, impor- 
ta extirpar la alianza del altar y del trono, 
principio fundamental de la civilización inven- 
tada por los hombres de Estado. 

Tal es el punto principal del litigio pendiente 
entre la Curia Romana y la Iglesia Masónica: 
aquí está Jesu-Cristo simbolizado en la caridad: 
alU está Satanás en esencia en las llamaradas 
de la Inquisición. 

Ocurreme abora, muy á propósito, la siguiente 
observación. Los becbos de boy atestiguan que 
Italia no ba podido realizar el primer término 
de la fórmula de la civilización cristiana, sino 
aboliendo el poder temporal del Papa, ¿ Podrá 
la humanidad efectuar el tercero, subsistiendo el 
poder monárquico? 

Tengo para mí que mientras existiere en cada 
nao'on, por efecto de una distinción jesuítica, 
nn circuito imaginario intitulado Estado; mien- 
tras en él se encastillare como propietaria feudal, 
por la teoría del uti possidetiSf una familia invio- 
lable, sagrada y perpetua; mientras esta con- 
tratare la administración de su feudo con una 
compañía de agentes especiales denominados Es- 
tadistas, la teoría de la civilización y los princi- 
pios de la política no podrán ser los de Cristo; 
continuarán siendo los del Sr. Krupp. 

Hechas estas reflexiones cosmopolitas, es na- 
tural que yo, como brasilero y americano, las 
particularice en conclusión. 

No me parece natural que el Brasil perpetúe 
la única excepción de la regla americana : en me- 
dio de tanta democracia nuestra monarquía solo 
podrá vivir á costa de modificaciones que poco á 
poco mudarán su esencia: ella, por consiguiente, 
irá perdiendo la condición capital de prindpiOy 
esto es, la iwmAutaJbüiAadi descenderá á la clase 
de entidad condicional, será una transacción 
nada mas. 

Bien puede ser que Don Pedro 11 sea el últi- 
mo Emperador brasilero; y á mi ver, ya impera 
mucho menos por eficacia del principio monár- 
quico, que por influjo de su grande capacidad 
personal. En vista de los hechos, ó se ha de con- 
fesar que él es hombre de esfera muy superior, 
ó se ha de reconocer que la de sus Estadistas 



está muy abajo de la vulgar: es del propio pro- 
cedimiento de estos que saco el dilema. 

Si no me engaño, el modo como el Emperador 
se condujo en los Estados- Unidos y la conside- 
ración llena de afecto tributada á su mérito por 
la nación americana tan positiva en todo sentido, 
lo han vuelto ¿ naturalizar en América, donde 
la persona imperial, inmóvil y silenciosa en su 
nicho áulico, es mirada como un ser mucho mas 
europeo que americano, por ser la encamación 
del principio monárquico: ahora son muy diver- 
sas las condiciones en que se encuentra Don 
Pedro, y si las supiera aprovechar, tal vez pueda 
caberle papel muy conspicuo como colaborador 
eficaz en la reconstitución política y social de 
nuestro continente, en el sentido de la divisa de 
los Estados-Unidos: — '«E pluribus unum «. 

Para formar definitivo juicio á este respecto, 
conviene esperar el procedimiento del Empera- 
dor cuando regresare al Imperio; ó él viene á 
ser en su patria lo que fué en la de Washing- 
ton, ó continuará siendo el nieto de Don Juan Yi. 

Eu la primera hipótesis aparecerá como la 
mayor figura americana de este siglo; será de 
hecho presidente vitalicio, transición racional y 
pacífica de las fórmulas europeas á las america- 
nas. En la segunda hipótesis la monarquía 
sufrirá los efectos de la indignación y resenti- 
miento del decoro nacional ofendido. 

En cada uno de los puntos de este dilema se 
verifica, pues, la aserción del Sr. Zuviria. No 
obstante los errores de los hombres, á despecho 
de sus cavilaciones, sin embargo de las inevita- 
bles contingencias de los tiempos, la América 
ha de formar su civilización según la fórmula 
cristiana. 

El Autógrafo Americano es el anuncio del 
término fundamental de esa civilización. Así 
como ahora el Sr. Francisco Lagomaggiore reú- 
ne en estas páginas, por medio de la autografía 
y de la ideología, tantos pensadores de cada una 
de las naciones americanas, así algún dia la 
América ha de convocar todas esas naciones para 
formar una Confederación de Repúblicas centra- 
lizadas en la de los Estados- Unidos. ¿Y quién 
afirmará que no sea este libro el auto de alianza 
por el cual todos los americanos ahí inscriptos y 
confraternizados se obliguen sin cláusula expre- 
sa, pero en buena conciencia, á dar impulso á la 
cohesión internacional de los pueblos americanos? 

¡Utopías! dirán los hombres positivistas, y tal 



30 



AMÉRICA LITERARIA 



▼ez tengan rason : pero bneno es notar qne por 
tales serian tenidos en la edad media, si entonces 
alguien los hubiese conjeturado, todos los hechos 
de la civilización actual tan superior á la de 
aquellos tiempos, bien que muy imperfecta aun 
comparativamente á lo que habrá de ser en si- 
glos futuros 7 remotos. 

Si hay utopistas es porque la realidad, obra 
de los políticos prácticos por excelencia, fué, es, 
y será en todo el mundo, intriga, desconfianza, 
discordia, fuerza bruta, y sangre, mucha sangre, 
siempre sangre. 

José Mabia. do Amabal. 

Conwjero. Litamto j DipIomAtleo. 

Nidheroy (Brasü), 1876. 



Comprenda el pueblo brasilero sus derechos; 
tome la iniciativa en todo cuanto realmente le 
interesa, y prepare él mismo su porvenir. 

Libértese de la tutela en que ha permanecido, 
y emancipado, dirija sus destinos. 

Sírvale de norma el noble procedimiento del 
heroico pueblo de los Estados- Unidos de la Amé- 
rica del Norte. 

Tales son mis mas ardientes deseos. 

Joaquín Saldakha Mabinho. 

Cimaeiero. JarlaooonUto 7 PabUeltte. 

Rio de Janeiro, 1876. 



Partido católico! Es este el objeto especial 
de mi reclamación y protesta. No pretendo ins- 
tituir estudio filosófico en que señale todas las 
consecuencias morales, políticas, sociales de esta 
invasión de la Iglesia en la vida civil: empeño 
superior á mis limitados recursos intelectuales. 

Pero me sobresalta la observación práctica de 
los males que está produciendo y producirá en 
larga escala el simple hecho de presentarse en la 
arena electoral un partido católico. 

La condición esencial para que dos parciali- 
dades puedan disputar las elecciones, los cargos, el 
poder, sin perturbación y desorden, la condición 
esencial es que luchen con armas legales é igua- 
lee. 



Lo que modera á la mayoría vencedora, é ins- 
pira resignación á la minoría vencida, es la 
creencia y esperanza de que á cada uno le Ue- 
grará su vez. 

Modifica los odios, suaviza la lucha, permita 
que advérsanos políticos sean amigos personaleí^ 
la convicción de cada uno de que el otro está en 
su derecho. 

Todas estas garantías de paz desi^areoen ñ 
uno de los combatientes se presenta en nombre 
de la religión y de Dios. 

Imaginad, en país dominado por la f é católica, 
ignorante porque apenas la décima parte sabe 
leer, supersticioso porque es ignorante, imagi- 
nad á los sacerdotes haciendo política, pleiteando 
elecciones, fanatizando á las mujeres para ejer- 
cer presión por medio de ellas sobre los maridos, 
padres y hermanos, acaso libre pensadores ó vie- 
jos católicos. ¿Cuáles serán las consecuencias? 

Si un lado representa el partido de Dios, los 
adversarios son lógicamente considerados emisa- 
rios de Satanás. Estos van á las urnas, armados 
solamente con su derecho; aquellos con la reli- 
gión, con las pompas del culto, con el terror de 
las penas eternas, con el pulpito y el confesiona- 
rio, con el fanatismo, principalmente de las mu- 
jeres. Compréndese á qué altura deben subir los 
odios! 

Partido católico es natural antagonista del 
partido liberal, y tiende á absorber el conserva- 
dor. Ahora colocad frente uno á otro como en 
Bélgica, un partido liberal y un partido católico: 
¿Podrán gobernar alternativamente P Dominará 
ora Dios, ora el diablo? De cierto, con la exclu- 
sión perpetua de uno de los dos la tranquilidad 
pública no se puede juzgar segura. 

Mucho menos la paz doméstica. Fascinadas 
las mujeres, convertidas en cabalistas, cuando 
no pudieren convencer á los maridos, padres ó 
hermanos, ¿dónde irá á parar el sosiego de las 
familias, la estimación recíproca entre sus miem- 
bros?... 

Dividida la población en partido de Dios y 
partido del diablo, el principio de la familia reci- 
birá los mas crueles ataques; la sociedad cami- 
nará hacia la mas completa anarquía. 

Sabido es que una parcialidad política per- 
diendo toda esperanza de realizar un dia pacífi- 
camente sus ideas, piensa necesariamente en el 
derecho de revolución. Este derecho, los ultra- 
montanos virtualmentelo reconocen cuando dicen 



SECCIÓN política — imperio dbii brasil 



31 



como dijo uno de eoa obispoe: Nosotroa solo 
obedecemos las leyes dviles cuando la fuerza hu 
sostiene. 

De eonaigiiieiite, si el partido oatólico fuere 
batido en las elecciones, j juzgare que tiene 
bastante poder sobre las masas para imponerse 
por las armas, será una cruzada santa : ellos lo 
están haciendo en alg^unas repúblicas de lengfua 
española. Pero si conquistaren las urnas, j sus 
adrersarios apelaren al juicio de Dios, ¿quién 
puede en buena conciencia negarles igual dere- 
cho P Se deduce de esto que el partido católico, 
si lo dejasen crear raices, nos conducirá fácil- 
mente á la guerra civil; y aun cuando no llegue- 
mos al estremo de las luchas á mano armada, 
introducirá en el seno de las familias zizañas j 
odios que nos harán retrogradar cincuenta ó cien 
años. 

Tal es el estado á que yá llegando la Bélgica, 
plasa fuerte de jesuitismo en Europa: semejante 
desgracia quieren preparar para el Brasil. 

Christiano Benedicto Ottoki. 

Oonaejero j XatemAtioo. 
Bio de Janeiro, 1876. 



FRAGMENTO 

La parroquia, el municipio y la provincia 
constituyen las tres gpradas ascendentes por las 
cuales se sube para llegar al Parlamento; el 
jusgfado de paz, la cámara municipal y la asam- 
blea provincial forman las tres grandes divisio- 
nes en que se ejerce la acción popular, hoy mas 
administrativa que política, y de las cuales pasa 
á la vida parlamentaria, también hoy mas poli- 
tiea que administrativa. 

En la parroquia está el germen del municipio, 
en este el de la provincia, y en esta el de la 
unidad de la nación representada por su cuerpo 
legislativo, de donde debe irradiarse la influen- 
cia que produzca, alimente, conserve y desenvuel- 
va la acción de todos los otros poderes políticos. 

Debilitada la parroquia, como en el Brasil, la 
consecuencia es la nulidad del municipio, y con 
esta la debilidad de las provincias que solo pue- 
den producir parlamentos subservientes, verdín 



deras cancillerias de los errores y crímenes de 
los que arruinan el país en vez de gobernarlo. 

¿No es, desgrraciadamente, lo que se observa 
en este Imperio, en el cual todo es grande y 
solo el hombre es pequeño? 

Es tan imposible invertir las leyes sociales, 
como las morales y las físicas; pero no es impo- 
sible intentarlo aun á costa de los severos casti- 
gos atestiguados por la historia. 

Una de estas tentativas es la teoría perniciosa, 
fatal que pretende invertir el orden natural 
ascendente de la vida social, que parte de la 
parroquia para llegar á la unidad de la Patria, 
y sustituirla por el orden inverso, que parte 
de un centro, oreado no sé cómo, para hacer des- 
cender de él la vida á la provincia, de ésta al 
municipio y de éste á la parroquia. 

Es partir de los delegados para los delegan- 
tes, de los mandatarios para los mandantes, de 
los efectos para las causas; es mas todavía: es el 
absurdo de partir de lo que es naturalmente 
mudable, fluctuante; é imaginar que así llega á 
lo que debe ser siempre fijo, siempre invariable. 

¿No basta acaso la experiencia adquirida P 
¿ Cuál es la influencia del juez de paz, cuál la de 
la municipalidad, la de la Asamblea provincial, 
la del cuerpo legislativo P Ningfuna, absoluta- 
mente ninguna, porque el tal centro reduce el 
Parlamento á cenizas, que los delegados de un 
poder único esparcen, como las lavas de un vol- 
can, sobre las provincias, los municipios y las 
parroquias. 

Hé ahí la triste realidad. 

En el cuerpo humano hay la vida material, la 
animal y la racional. Esta última es, sin duda 
alguna, la mas elevada, la mas dig^na, la mas 
noble, pero también la mas dependiente: ¿qué 
puede la razón del hombre sobre su animalidad 
ó la materialidad de su organización física P 
Pura y simplemente nada; sujétase al hecho de 
su dependencia; aprovéchase del imprescindible 
auxilio y concurso extraños, y procura con sabi- 
duría desenvolver esas fuerzas como condición 
sine gua non de su propia existencia. 

Así debe acontecer, así acontece en el cuerpo 
social. La vida central es, sin duda alguna, la mas 
elevada, la mas noble, la mas dig^na, porque es la 
imagen de la unidad de la pátría, pero es también 
la mas dependiente: ¿qué puede eUa representar 
sino debilidad y abatimiento, desde que recibe 
alimento der la prpyiucia que desff^looQ, d^l m^« 



32 



. .AMÉRICA LITERARIA 



nicipio que se amengua, y de la parroquia ya ' 
cadayéricaP Acometido de verdadera anazaroa 
todo el cuerpo social, ha de acontecer qne el 
corazón de la patria sucumbirá, á proporción 
que se efectúe la infiltración de los males que 
parten de abajo, sí, pero suben basta el corazón» 
como se elevan á las nubes los vapores áridos de 
la tierra que todo lo asolan y devastíoi. 

Tito Franco d'Almeida. 

Consejero, Abogado y PublicitU. 

Rio de Janeiro, 1876. 



El Brasil ba becbo sin duda varios progresos 
entre otros el de asegurar la tranquilidad interna, 
pues desde 1848 no tenemos revoluciones. Fál 
tale, sin embargo, organizar debidamente el go 
biemo representativo de que solo existe la apa 
riencia. La esceáiva fuerza de las atribuciones 
conferidas á la autoridad bace inútil la lucha 
política, dá siempre la victoria electoral al partido 
apoyado por el gobierno, convierte al elector de 
los ministros en poder absoluto, reduce á un 
papel insignificante el Parlamento y la prensa, 
produce el abatimiento moral de la nación, degra- 
da la administración y ya infiuye de un modo 
deplorable en la prosperidad pública por la poca 
aptitud de los agentes que el gobierno capri- 
chosamente escoje, sin atender á los talentos que 
se aprovechan en los paises libres á causa de la 
lucha política. — Con el réjimen que tenemos, 
puede decirse que en el Brasil solo existe vida 
pública para los que pertenecen al partido domi- 
nante, y solo hay un medio de grangear protec- 
ción, — el patronato. — Hasta hoy han sido infruc- 
tuosos los esfuerzos que entre nosotros se han 
empleado para dar realidad á la forma de gobierno 
que proclamamos con nuestra independencia na- 
cional. 

Aktonio a. de Souza Cabyalho. 

Abogado 

Rio de Janeiro, 1876. 



Las cuestiones que deciden del porvenir de 
una nación, no se resuelven por contrariedades 
caprichosas ó demoras injustificables. 

Retroceder por cobardía delante de institucio- 



nes que por hechos continuos reclaman eetndios 
y reformas, no es hacerse benemérito, sino pro- 
clamarse incapaz de gobernar un pueblo libre; 
es acumular combustibles que, atizados un día, 
anunciarán con el resplandor siniestro de sua 
llamaradas, el cuadro triste de culpable esterili- 
dad; es en nombre del orden ser revolucionario, 
imprevisor y peligroso. 

Creer en la democracia, aco&pañar su marcha 
ascendente, es tener confianza en un ideal mas 
perfecto para la humanidad; y la inteligencia 
solo por la libertad puede pretender conocerlo 
y convertirlo en realidad. 

Tengamos, pues, el coraje de la acción como 
tenemos el de la abnegación: cuidemos seria- 
mente de la reforma de la educación popular, 
tomando por base amplia y segura la instruc- 
ción de la mujer; y marchemos firmes y animo- 
sos al encuentro de los pueblos americanos que 
se constituyeron bajo la forma democrática. 

Francisco Ranobl Pestaña. 

Publiolita. 
tían Paulo, 1877. 



Dice un escritor que el mundo entreg^ado á 
las luchas de las pasiones y de los intereses osci- 
lará siempre entre dos polos opuestos, de lo ver- 
dadero á lo falso, de lo justo á lo injusto, y que, 
segrun la frase de Royer-Collard, arriba de estas 
vicisitudes reina la cuestión permanente, la cues- 
tión suprema del orden ó del desorden, del bien 
y del mal, de la libertad ó de la servidumbre. 

Pero el mal es pasajero: su dominio en el 
mundo es un accidente. 

En el orden moral, como en el orden físico, 
la armonía tiende siempre á restablecerse, y al fin 
la razón es la que domina, es siempre la suma 
del bien la que triunfa definitivamente. 

Estoy de acuerdo con esta opinión: es por 
eso que abrigo la convicción profunda de que 
la institución monárquica en el Brasil es pasa- 
jera. 

Si el país oficial no piensa así, no es por eso 
menos cierto que en esa tranquilidad inquieta en 
que se encuentra el país real, se vé su descon- 
tento del orden de cosas actuaL 

Atendiendo al sentimiento popular, bien se 



SECCIÓN POLÍTICA— iMPBEio del brasil. 



33 



pueden repetir las célebres palabras de Serres : 
jf la democracia corre á velas desplegadas u. 

Es cuestión de mas 6 menos tiempo: los pue- 
blos del nuevo mundo han de confraternizar 
por la unidad de sentimiento y de pensamiento. 

Sin duda los principios democrátioos, origi- 
nados de la independencia de los Estados-Unidos 
j de la grande revolución francesa, producirán 
las mas saludables consecuencias en el suelo 
americano. Entonces será la América el faro de 
civilización, de donde irradiará la luz sobre todos 
los pueblos. 

Amébico Bbasilienbs. 



San PáUo, 1877. 



Abogado. 



En los paises regidos por el sistema represen- 
tativo no es menester recurrir á la resistencia 
annada cuando el gobierno traspasa sus atribu- 
ciones. 

En el seno de la misma nación se opera lenta- 
mente la revolución pacífica ( si es lícito la espre- 
sion) contra los desmanes del poder; y una vez 
madurada esa revolución, eUa se impone sin agi- 
taciones basta en las mas altas regiones políticas 
por todos los medios legítimos que abundan en 
el sistema representativo. 

Antonio Pebbiba. Pinto. 

Oonaejero y PabttoUto. 

Bio de Janeiro, 1876. 



Consolídense sus instituciones por el consorcio 
de la libertad con el orden, tan frecuentemente 
perturbado aUi, y el Perú será una de las primeras 
naciones de la América meridional. 

Alfonso Celso de Assis Fioueibedo. 

OoDMjero. Abogado 7 Feriodlst». 
Bio de Janeiro, 1876. 



En las lentas evoluciones del espíritu humano 
que se desenvuelve en los grandes periodos de la 
vida de las naciones, contemplan los espíritus 
profétícos de la democracia los triunfos de la 



libertad, que son los eternos designios de la Pro- 
videncia. 

Fortificada por el espectáculo de las ruinas de 
los Imperios la inteligencia del filósofo político 
recorre el horizonte del mundo, guiada por la luz 
de la historia, y estudia la marcha de la civiliza- 
ción hacia el Chanaan de los pueblos, sobre el 
cual brilla al través de las tinieblas del futuro 
la estrella eterna del espíritu de Dios. 

Y en el semblante majestuoso de Colon, ergui- 
do cual coloso inmenso sobre la tierra americana, 
ella vé reflejarse el espíritu divino, como indi- 
cando á las generaciones humanas el último 
espectáculo de su Éxodo. 

José LlBEBATO BABBOSO. 



CoQMjero, Abogado j PnbUoiite. 



Rio de Janeiro, 1876. 



En el dia en que por todas las selvas vírgenes 
de América penetren la cruz, el libro, la electri- 
cidad y el vapor, en ese dia grande, el genio 
de la civilización, abandonando los agostados cam- 
pos del viejo mundo, traspondrá el Atlántico y 
vendrá á sentarse en el vasto y opulentísimo 
continente que dio Colon al orbe, y que la Provi- 
dencia ha reservado para el destino mas glorioso. 

Para apresurar la venida de ese dia magnífico, 
que nuestras fuerzas no conozcan fatiga, y que sea 
divisa común de las naciones americanas — paz, 
amor y trabajo. 

Benjamín Fbanklin Bamiz Galyao. 

Literato j Diraetor da la BibUotaoa PúbUoa. 
Rio de Janeiro, 1876. 



El primer cuidado de los educadores de la 
juventud debe ser grabarle en el espíritu y en el 
corazón la idea y el amor de la justicia. 

Desde los paternos lares hasta las casas desti- 
nadas á la enseñanza superior, cumple que á la 
par de la instrucción, el alumno reciba lecciones 
de justicia práctica y teórica, las que servirán 
para guiarle con seguridad en los escabrosos 
caminos de la vida real. 



34 



AMÉRICA LITERARIA 



Mientras la idea de lo justo perfectamente 
clara y definida no predominare en todas las rela- 
ciones sociales, el sueño de la paz universal será 
una quimera generosa, porque faltará la base 
imprescindible á su realización. 

La historia en todas sus fases no es sino la 
descripción de las eyoluciones efectuadas por la 
humanidad para la conquista de ese objeto, hacia 
el cual la impele un instinto providencial. 

En el profundo seno de la naturaleza humana 
se agita brillante é imperioso el ideal de justicia, 
que á través de los siglos afirma incesantemente 
su dominio, superando poco á poco los obstáculos 
que estorban su desenvolvimiento. 

Así, el hombre reputa bien compensados los 
mayores sacrificios, cuando á ese precio consigue 
cimentar un principio en el terreno del derecho, 
agregando una nueva columna al edificio del 
porvenir. 

La justicia en la familia estinguió la tiranía 
del jefe, representante de la fuerza, título de 
autoridad en las sociedades antiguas; proclamó 
en los gobiernos la soberanía de los pueblos ; en 
el fuero interno la libertad del pensamiento; en 
las relaciones individuales el respeto recíproco 
y la responsabilidad personal, y entre las nacio- 
nes la fraternidad universal. 

Estamos muy lejos, ciertamente, de ver realiza- 
dos en toda su pureza esos principios fundamen- 
tales. 

Pero es inmensa la distancia recorrida; y 
existe ya en todas partes la noble emulación de 
educar con esa tendencia las nuevas generaciones, 
que al calor benéfico de la luz de tales principios, 
verán deshacerse sucesivamente, como los férreos 
muros de una vieja fortaleza, las leyes compre- 
sivas, los privilegios de nacimiento, la rivalidad 
entre el capital y el trabajo, la lucha entre la 
codicia y la propiedad, las preocupaciones retró- 
gradas, y, finalmente, las susceptibilidades inter- 
nacionales que han conmovido el mundo haciendo 
derramar torrentes de sangre. 

De en medio de las ruinas del oscurantismo de 
que la injusticia es forzosa compañera, surgirá 
con magfestad el templo de la justicia universal. 

Se dirá tal vez que esta es una ilusión, que la 
justicia plena nunca reinará en la tierra, porque 
Dios solo es soberanamente justo. 

No importa: soñaremos imitando á Jesu- Cristo, 
el sublime soñador, el cual, para dirigirlos en el 
camino de la felicidad indicó á los hombres el 



faro de la justicia, diciéndoles: "sed perfectos 
como mi Padre lo es en el Cielo, u 

G. A. DO Prado Pimehtbl. 

AboftMloy Fttriodiita. 
Rio de Janeiro, 1876. 



EL FUTURO 



^enso que la confratemizacion de la humani- 
dad, que traerá la estincion de las guerras y la 
de esos parásitos necesarios, pero devoradores del 
trabajo humano, — los ejércitos permanentes y las 
armadas, ha de ser realizada por la civilización 
del nuevo mundo. Dos únicas lenguas, — el inglés 
y el portugués ó el español — serán el vehículo casi 
exclusivo de la civilización en menos de doscientos 
años, y gracias á nuestra América. 

José Y. Coxtto de Maoaxhasb. 

Litoimto. 
Rio de Janeiro, 1876. 



La aproximación simpática de los pueblos de 
América hacia un fin de equidad y de paz, podrá 
parecer una quimera á los ateos del progreso 
que niegan el perfeccionamiento humano. 

Ellos dicen que el hombre es naturalmente 
propenso á la lucha, y que, de consiguiente, se 
agita; pero olvidan que Dios es quien lo guia. 

¿ Y para dónde nos encaminará Él, sino para 
el bien? 

La humanidad nada seria sin la esperanza, y 
esta es consoladora en grado sumo. 

Además, prestamos oído al rumor que se 
hace en tomo de nosotros; ¿qué vemos en lo 
pasado? 

A despecho de las resistencias parciales, de 
los desfallecimientos momentáneos, la conciencia 
escucha la mejora de la sociedad. 

Los impacientes olvidan que no ha mucho 
tiempo era la Europa entera una victima de la 
servidumbre y del fanatismo: á eso ha sucedido 
la igualdad civil. 

El arbitrario ha cedido el lugar á la sobera- 
nía de la ley; la esclavitud está abolida en prin- 



SECCIÓN POLÍTICA — imperio del brasil 



85 



cipio 7 oasi extinguida de hecho: la justicia se 
engrandece y marcha. 

£21 progreso no es un sueño, j si cada siglo 
trae su tributo á la mejora universal, está reser- 
vado á la América el glorioso destino de dar 
oima á las conquistas de la civilización. 

£1 siglo XVIII nos di6 la tolerancia y la ra- 
zón filosófica: el siglo XIX nos ha dado la ga- 
rantía representativa y el dominio casi general 
de la soberanía popular. Dénos el siglo venidero 
aquello que los positivistas de la Europa en 
guerra llaman una utopía: — la paz universal. 

Joaquín Serra. 

Poeta y Feríodlsta. 
Rio de Janeiro, 1876. 



Cntre las hermosas aspiraciones de la humani- 
dad, ningfuna hay mas digna de simpatía que la de 
la inviolabilidad de la vida del hombre. A un ilus- 
tre defensor de la noble doctrina sometí yo, ha 
poco, estas palabras: 

Pena de muerie 

— Delito social, que nada justifica. 

— Usurpación del derecho divino. 

— Venganza cobarde. 

— Impedimento de rehabilitación. 

— Castigo ineficaz. 

— Supuesto derecho de hacer colectivamente lo 
que individualmente se califica como crimen. 

— Supremo egoísmo del Estado, elevado á la 
categoría de principio. 

— ^Amputación de un miembro susceptible de 
cura. 

— Bestablecimiento de la infame pena del 
talion. 

— Castigo instantáneo, é inferior, por lo tanto, 
al del encarcelamiento y del remordimiento perpe- 
tuo, y al aislamiento del mundo. 

— ^Arma, empleada ya contra el crimen, ya con- 
tra la virtud, 6 contra la opinión inocente. 

— Interés ó voluntad de los muchos, que no solo 
por eso ha de ser considerada como justicia. 

— ^Yoz de una llamada necesidad pública, sofo- 
cando la voz de la conciencia humana. 

— ^Inversión del instinto que nos advierte que 
nadie tiene derecho sobre la vida de nadie. 

— ^Delegación imposible á la sociedad de una 
¿acuitad que á nadie pertenece. 



— Imitación del bárbaro vencedor, que en otro 
tiempo mataba á los prisioneros cautivos. 

— Exceso de severidad, sustituyendo la eficacia 
del castigo. 

— Medio de convertir á un criminal en objeto 
de conmiseración y simpatía. 

— Institución de una pena de crimen mutuo, en 
que se pague, — el asesinato con el asesinato, — la 
violencia con la violencia, — el suplicio con el 
suplicio, — con virtiendo la sociedad en una arena 
de gladiadores. 

— Irrevocabilidad de la muerte, en frente de la 
falibilidad de los jueces. 

— Pena indivisible que ofrece sanción igual 
para delitos desiguales. 

— Nivel brutal que anula la ley de las grada- 
ciones. 

— Patíbulo que inmola al descarriado, en ves 
de bálsamo que lo mejore y moralice. 

— Insulto á la razón, denominando necesario á 
lo que es atroz. 

— Desmentido á las estadísticas, que dan como 
disminuido el número de los crímenes en los Esta- 
dos donde ha sido suprimida la pena de muerte. 

— Espectáculo escandaloso, esencialmente des- 
moralizador y provocador del crimen. 

— Trasgresion del principio de respeto á la 
vida humana, por cuyas gradas se ha descendido 
á las hecatombes causadas por las pasiones reli- 
giosas y políticas. 

— Mancha en los códigos, que arrastra muchas 
veces á los jueces á mentir á su propia conciencia 
para evadir la aplicación de ella. 

— Espantajo que cambia el horror al crimen 
en parcialidad á favor del delincuente. 

— Injuria al progreso y á la mayor apaoi- 
bilidad de las costumbres. 

— Retroceso á las eras en que clavaban al 
Justo en la cruz. 

Formemos votos porque este baldón desapa- 
rezca de los códigos y de los usos de todas las 
naciones. 

José Feliciano de Castilho. 

C(ma«Jeco y Ut«mto. 
Rio de Janeiro, 1876. 



Los elementos de grandeza que el Brasil en- 
cierra le aseguran en el porvenir los mas prós- 
peros y brillantes destinos. 



36 



AMÉRICA LITERARIA 



Estos se realizarán á despecho de cnalesqnier 
reveses y embarazos que por ventura enonentre 
en su camino, porqne son inmutables é infalibles 
los designios de la Providencia. 

Cuando, en lo futuro, el lector del Autógrafo , 
Americano contemplare la realidad del cuadro 
que ahora vemos bosquejado apenas en los hori- I 
sontes de este vasto Imperio, comprenderá sin 
duda que instados á inscribir nuestro nombre , 
humilde entre los de los brasileros ilustres que 
enriquecen estas páginas, no podíamos escoger 
asunto mas adecuado que esa previsión, la cual 
es al mismo tiempo el voto mas sincero j mas 
ardiente de nuestro corasen. 

José P. ds Azbtbdo Pecanha. 



Bio de Janeiro, 1876. 



Bwrltor. 



Los cuidados de un buen gobierno, en relación 
á la población del pafs, deben consistir no tanto 
en procurar aumentarla por medio de colonos 
extraños, sino en mejorar la suerte de los natu- 
rales. Así lo dice el economista Rossi, y yo 
adopto sin restricciones su pensamiento. 

Tenemos en el Brasil diversas cuestiones á 
resolver en este sentido. El catequismo de los 
salvajes que viven en constante guerra entre 
sí y con la población civilizada; la transforma- 
ción de los esclavos en colonos libres, ligados 
al suelo por medio de la propiedad; la creación 
de núcleos agrícolas donde se concentre el escó- 
dente de la población de las grandes ciudades y 
la que vive dispersa en los campos; y, finalmente, 
el establecimiento de escuelas industriales, donde 
desde la infancia se acostumbre el hombre al 
trabajo moralizador; tales son los votos que 
siempre hice en pro del Brasil. 

Deseo que ciudadanos de todas las nacionali- 
dades vengan á habitar nuestro país, y que á la 
sombra de nuestras instituciones políticas gocen 
de la libertad de que todos nosotros disfrutamos, 
pero quiero que lo hagan espontáneamente, y no 
por medio de esa especie de tráfico, que después 
de enormes sacrificios pecuniarios ha contribuido 
no poco á nuestro descrédito en el exterior. 

Henbiqub de Beaübbpaibe Rohan. 

Oenaral é Ingeniero Oedgnfo. 

Bio de Janeiro, 1876. 



He procurado siempre incitar á miz conciu- 
dadanos á volver la vista hacia el magno asunto 
de la instrucción popular. Lo hago en la supo- 
sición de que la instrucción será bálsamo, y no 
veneno para el alma. No basta para la prospe- 
ridad de los Estados que el pueblo sea instruido: 
cumple que la instrucción en él fortalezca los 
preceptos de la virtud y del deber. 

Manuel Fbancibco Cobbbia. 

Consejero y Senador. 
Rio de Janeiro, 1876. 



MI OPINIÓN política 

Una de las mayores obligaciones de un buen 
gobierno es promover la instrucción y la educa- 
ción del pueblo, ilustrándolo sinceramente, no solo 
sobre sus derechos y deberes, sino también sobre 
los embustes y embelecos con que los clérigos y 
los demagogos, que son dos especies análogas, 
acostumbran abusar de la pública credulidad en 
su interés, una abusando del nombre de Dios, y 
otra del nombre de la libertad. Estos abusos 
toman mucha fuerza entre un pueblo ignorante 
y desprevenido, haciéndole creer en poderes miste* 
riosos, que ya mostraron de cuántos males son 
capaces, de los cuales solo nos podemos librar con 
la instrucción profunda de la historia de las na- 
ciones. 

Hoy se procura arraigar entre nosotros la 
opinión de que el gobierno puramente democrá- 
tico es el mejor de todos, pero el hombre ilustrado 
fácilmente se convence de que es uno de los 
peores, y mas pelig^roso en la mayor parte de las 
condiciones sociales, porque es donde pueden mas 
fácilmente predominar las malas pasiones del 
hombre, es donde el sentimiento de una libertad 
desenfrenada puede traer las mas funestas conse- 
cuencias, siendo la mas cierta y frecuente el 
consentimiento tácito 6 manifiesto de los hombres 
buenos para el establecimiento del despotismo, 
porque reconocen que es mejor sufrir los capri- 
chos de un solo hombre, que el de muchos, que 
nunca dejan de aparecer á la sombra de la liber- 
tad. En todo caso, es necesario muchas veces que 
el pueblo se resigrne á sufrir menos, para no sufrir 
después mas, y que se conserve en los límites de 
lo posible, de lo justo y de lo razonable, lo que 



SECCIÓN POLÍTICA— iMPEEio del brasil 



37 



ciertamente no hará sin la prudencia que es hija 
de la instmooion, para qne no se aferré á las 
costumbres de los Franceses, que los Ingleses 
censuran fuertemente, esto es, correr siempre en 
busca de un gobierno perfecto, que no es compa- 
tible con la imi>erfeccion humana, además, profe- 
sar nn odio implacable á su gobierno, como si 
fuese una entidad maléfica, y no un poder nece- 
sario é indispensable para proteger á los débiles 
contra los fuertes, y á los buenos contra los 
malos, que siempre abundan, y son los mas osa- 
dos en todas las sociedades humanas. Son estos 
mis sentimientos, que me hicieron siempre pro- 
pender mas hacia el partido conservador, que 
hacia el liberal exaltado, y recelar mucho de las 
mudanzas radicales, tan peligrosas, á fin de poder 
perfeccionar lo que ya existe, teniendo presente 
el bien de todos para que prevalezca sobre el 
egoísmo que es la muerte de las naciones. 

Joai Mabtins da Cbuz Jobim. 

Ccmaejero, Saiuulor. 
Rio de Janeiro, 1876. 



Jesu-Cristo, proclamando la reforma del Viejo 
Testamento, transforma las bases orgánicas de 
las naciones y afirma para siempre el principio 
de la soberanía del pueblo. 

Diez y nueve siglos han pasado casi y aun no 
es completa la victoria de la doctrina, porque á 
las masas populares falta educación. 

El Congreso de Yiena en 1815 decretó la abo- 
lición de la esclavitud; el de París en 1856 pro- 
clamó la igfualdad de las naciones ante el derecho 
internacional; ¿cuándo se reunirá aquel que ha 
de completar la obra de la civilización cristiana, 
aboliendo el harem? 

Tomás Altes Junios. 

Abogado y Profeior de 1» Baenel» Militar. 
Bio de Janeiro, 1876. 



¿Qué será el Brasil en el próximo futuro siglo 
en relación al principio religioso? 

¿Instituciones atrasadas habrán venido á sus- 
tituirse á las liberales que ya posee? ¿En lo 



alto de sus montañas, en sus risueñas costas, en 
sus frescos y amenos valles se mostrarán, por 
desventura, no las escuelas, los liceos de Artes y 
Oficios, las academias, las bibliotecas, sino los 
colegios de Jesuítas, los monasterios, los recogri- 
mientos de monjas? 

No ha de ser así. El nivel de la moral social 
sube y no baja. Ahí 9stán los diarios, que es 
imposible suprimir; los libros que es imposible 
sofocar; las asociaciones que se generalizan; la 
tribuna política ó literaria que se reproduce por 
todas partes para alentar el fuego del amor de la 
patria, consolidar la libertad y abrir horizontes 
nuevos á la civilización. 



JüAK Fbanklin Tayoba. 

Literato. 



JBto de Janeiro, 1876. 



¡Oh Brasil! mis ojos se cerrarán antes que 
hayas asumido el g^randioso rango que te cabrá 
en la historia ; i>ero tus dias de gloria se aproxi- 
man. 

Te nutrieron con leche de la mujer esclava; 
I>ero ya has libertado á los hijos de la bárbara 
africana que te amamantó, sollozando las tris- 
tes endechas del cautiverio. La vieja esclava en 
breve desaparecerá, y sus hijos, para quienes 
abriste las puertas de las escuelas; sus hijos, que 
convidaste á los festines de la inteligencia y al 
uso del derecho, instruidos, ennoblecidos, no en- 
torpecerán tu marcha triunfal. 

Libre, fuerte, rico, sin las tradiciones, esas 
pesadas corrientes que ligfan al Europeo á un 
pasado siniestro, amaestrado por la experiencia 
de los pueblos que te precedieron, podrás dar 
expansión á los nobles sentimientos que dilatan 
tu corazón. 

¡ Oh, patria mia! no te arredres ante los obstá- 
culos del presente; trabaja, combate y alcanzarás 
los mas altos destinos. 

Fbakcisco P. Guimabass. 

Genana. poeta, perlodieta. Profesor de la Faeoltad de líedioioa. 
Rio de Janeiro, 1876. 



38 



AMÉRICA LITERARIA 



Puedan los prínoipios de una filosofía digrna 
de la humanidad j del Creador, j las inspira- 
ciones de nna educación moral verdaderamente 
piadosa j sencilla, reparar de ahora en adelante 
esos inmensos estragos de la superstición j del 
fanatismo, é introducir la luz en el caos en que 
la imbecilidad de unos j la hipocresía de otros 
ha sumido al mundo por dilatados siglos j que 
aun en el presente, procura tenazmente explo- 
tar en su provecho. 

Juan Silyeiba db Souza. 

OoQMjaro, Oatedrátioo da te UnlTenidAd da BSCXVB. 

Ree^é (BrasU), 1876. 



De todas las cuestiones políticas j adminis- 
trativas que se agitan actualmente en el Brasil, 
que son muchas j graves, la de mas alcance es la 
cuestión religiosa, aunque entre nosotros gene- 
ralmente no se la haya apercibido todavía esa 
importancia singular. 

El ultramontanismo que, há pocos años, como 
partido, no conocíamos sino de nombre, intenta 
ahora asumir esa organización funesta. 

El peligro es serio, no porque haya en el país 
muchos gérmenes de ese azote, sino porque nos 
faltan contra él los centros de resistencia, en la 
legislación, en la iniciativa individual, que es 
lánguida, en el espíritu d8 asociación, que no 
existe, y porque la propaganda clerical encuentra 
en una población indocta un medio de aceptar 
toda especie de simiente, buena ó mala. 

El pueblo brasilero está exento de la pasión 
del fanatismo, ni propende á ella; i>ero la estag- 
nación de la vida política y la indiferencia reli- 
giosa en las capitales en las clases sui>eriores y 
en los distritos rurales; en las clases inferiores 
una población profundamente ig^norante, casi 
analfabeta, ofrecen al proselitismo de la supersti- 
ción óptimo terreno. 

El conflicto clerical aquí está, por tanto, apenas 
en su primer periodo; y su gfravedad irá crecien- 
do de dia en dia fatalmente mientras no recibiere, 
en la separación absoluta entre la Iglesia y el 
Estado, su solución liberal y definitiva. 

Ruy Babbosa. 

Abogado 7 periodiato. 

Bio de Janeiro, 1876. 



Están en error los que prefieren el acaso de la 
sucesión al criterio popular de la elección del 
Jefe de Estado. 

La electividad, base característica de la forma 
republicana, tomando accesible á todas las capa- 
cidades superiores el mas alto puesto del gobier- 
no de la nación, es un nuevo incentivo para 
obligar á los hombres públicos á aproximarse al 
pueblo, á estudiar de cerca las necesidades de sus 
c(mciudadanos, é identificarse con los destinos de 
la patria. 

Solo en las luchas diarias, en el contacto inme- 
diato y continuo con el pueblo, y no en las regio- 
nes olímpicas en que habitan los miembros de 
las familias reinantes, es donde el Estadista 
prueba su capacidad para el gobierno del Estado. 

El elegido del pueblo es una esperanza: el 
heredero de la corona es el acaso. 

En la monarquía, la prosperidad de la nación 
depende del carácter del imperante. La herencia 
transfiere el trono, pero no trasmite las virtudes. 

En la república, la libertad, fuente de toda 
felicidad pública, tiene su salvaguardia en la pro- 
pLik índole de las instituciones. 

Manubl F. Campos Sallbs. 

Abogado 7 periodltta. 
Campinae, 1877. 



La República es la mejor forma de gobierno, 
porque inspirándose en el interés general y 
común, reposa en la plena libertad del ciuda- 
dano, que solo tiene por límite los principios 
absolutos de justicia. 

Mas, para que ese régimen político pueda pro- 
ducir todos sus benéficos resultados, se haoe 
necesario que el pueblo sea debidamente educado 
en los verdaderos principios democráticos. 

Convencido de estas ideas, juzgo que en el 
Brasil Ho se podrá jamás establecer con ventaja 
el gobierno republicano mientras no hubiere 
educación cívica, y principalmente existiendo la 
institución de la esclavitud. 

Dése primeramente libertad á los esclavos 
para ampliarse después la de que gozan los que 
no lo son. 

Joaquín Robbbto. 

Periodista. 
San Pablo, 1877. 



1 

I 



SECCIÓN POLÍTICA — imfebio del bbasil 



39 



A LOS QUE GOBIERNAN 

¿QnereÍB de buena fé la felicidad del pueblo 
qn» gt>bemaÍ8? 

Bespetad esorapulosamente su libertad. 

¿ Queréis que esa libertad sea un hecho, j no 
una simple y vana aspiración? 

Haced efectiyos todos los derechos j beiíeficios 
que de ella dimanaren. 

¿ Queréis, en fin, para el pueblo la efeotiyidad 
de tales derechos y el goce de tales beneficios? 

No le faltéis con la justicia, porque siendo 
esta la fuente del derecho y el mas seguro lazo 
que une ¿ los gobernados con los gobernantes, su 
denegación seria la tumba del orden público, y al 
mismo tiempo, cuna inevitable de anarquía. 

Juan J. Fbbbbiba db Aguiab. 

Oonaejaro, Oatodrátioo de 1» Facolted de Derecho de 

ReoUé. 

Bio de Jcuuiro, 1877. 



Por el amor de la patria llega un pueblo á la 
práctica de las mas sólidas virtudes, perfecciona 



sus costumbres, se fortalece, evita la irrupción 
del despotismo y conquista el respeto y admira- 
ción de sus hermanos. 

Roma — república, fué grande y admirable por 
el civismo; Boma, feudo de los Césares, se hiio 
despreciable por el aniquilamiento de las virtu- 
des cívicas y por su desvío de las tradiciones y 
de las leyes. ¿Y qué viene á ser el amor de la 
patria? ¿Será. Codro muriendo voluntariamente 
á manos del enemigo para que la patria no fuese 
vencida? jMucio Scévola quemando su mano en 
un brasero para obligar á Pórsena á levantar el 
sitio de Boma? ({Será Catón condenándose al 
suicidio, para no ver alzarse la tiranía sobre los 
destrozos del altar de las libertades patrias? ¿Será 
Juana de Are conduciendo los ejércitos de Fran- 
cia á los campos de batalla, para rechazar á los 
invasores del patrio suelo? Sí, todo eso es, y mas 
todavía : es Cristo, el ciudadadano universal, doc- 
trinando á la humanidad, y por eUa exhalando 
el postrer aliento en ese leño sacrosanto, de don- 
de irradiaron los primeros destellos de la aurora 
de la libertad y redención del universo. 

Casimibo B. Godikho db Assis. 

Literato. 
Rio de Janeiro, 1876. 



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REPÚBLICA DE CHILE 



LAS REVOLUCIONES AMERICANAS 

Las naciones europeas miran con ojo frío y 
hasta desdeñoso á las repúblicas amerícanas, á 
causa de las continuas revoluciones que las agitan 
7 que producen tan repentinos é inesperados 
cambios en el personal j en las tendencias j 
marcha de sus gobiernos. 

Lo que sucede en Améríca es natural y lógico. 
Desprendida de la España mediante una violenta 
y porfiada lucha, no pudo sacudirse en ese primer 
momento de todos los malos gérmenes que ella le 
había inoculado; y para desterrarlos y hacerlos 
desaparecer se ha hecho necesarío sostener una 
recia y constante contienda entre los intereses, 
las preocupaciones y los hábitos engendrados por 
la colonia y las aspiraciones legrítimas de los pue- 
blos encendidos por el amor á la libertad. 

La Améríca fué educada y despotizada por la 
España. Se la mantuvo mañosa y calculadamente 
en la ignorancia, y se la enseñó que solo habia 
dos ideas que debia acaríciar, representadas por 
dos palabras también, á saber, Dios y el Bey, 

Se le comunicó la idea de Dios bajo conceptos 
absurdos y formas idolátrícas; y la idea del Bey 
bajo la forma de un poder sin límites emanado 
de Dios, que hacia de la persona de aquel algo 
igual ó parecido á este. 

La organización social, política y moral de la 
Améríca reposaba sobre este único fundamento: 
el fanatismo religioso y el despotismo político. 

La Améríca libre ha luchado y luchará todavia 
durante largos años por desprenderse de esta 



repugnante mortaja. Esta lucha es la que se ha 
manifestado por constantes revoluciones que los 
caudillos y los partidos han hecho degenerar á 
veces, acompañándolas de sucesos odiosos. 

Las pasiones humanas, aun inspiradas por 
nobles arranques y elevados propósitos, suelen 
convertirse en una fragua que todo lo devora. 

Otras causas han contríbuido también á man- 
tener este continuo estado convulsivo en Amé- 
ríca. 

La revolución de la independencia dio vida al 
militarísmo; y los caudillos tríunfiantes en el 
campo de batalla creyeron que el mando supremo 
era herencia que les correspondía de derecho. Se 
lo han disputado tenazmente y aun se lo disputan 
en muchas partes sus tenientes. La gloria aturde 
de continuo á los que la alcanzan, como &8cina 
también á los pueblos en que se reflejan los rayos 
de aquella. 

Si los vibres de la gloria no hubieran em- 
bríagado á Bolívar y extraviado su corazón y su 
genio, tendría un pedestal tan sólido y tan alto 
como el del virtuoso Washington. 

Hemos pagado también tríbuto á fantásticas 
ilusiones. Sin acordarse de ordinarío del estado 
social de la Améríca y seducidos por deslumbra- 
doras teorías políticas, algunos hombres de Es- 
tado han pretendido dar á los pueblos amerícanos 
una prematura ó viciosa orgpanizacion, resultando 
de aquí que el desconcierto haya traído el desen- 
canto, á veces el arrepentimiento y casi siempre 
una tenaz pelea. 

Las revoluciones amerícanas son la espresion 
de ese choque violento entre una organización 



SECCIÓN POLÍTICA— REPÚBLICA db chile 



41 



social depresivm de todo dereolio, basada sobre el 
despotismo religioso j el despotismo político y otra 
organización social qne tiene por único cimiento 
la libertad individual j la libertad política. 

Aun continuarán las revoluciones con sus vér- 
tigos j sus estravíos; todavía habremos de espan- 
tamos de sus sangrientas violencias j de muchas 
de sus atroces injusticias; pero dia llegará en que, 
depurada la América de la carcoma que la roe, 
presente las formas de un cuerpo robusto, sano j 
vigoroso. 

La Europa no tiene derecho para acusamos 
6 desdeñamos. 

La Francia se revoluciona calda diez 6 veinte 
años para sacudirse del despotismo que la agobia 
y proclamar una república que todavía no com- 
prende. Si después de sus sangrientas agitacio- 
nes descansa tranquila, no es para reposar á la 
sombra de la libertad, sino para dormirse mecida 
por el ambiente mortífero de un nuevo despo- 
tismo. 

La Italia despedazada durante siglos ha vivido 
en la brecha sin lograr todavía consolidar su 
suspirada unidad. Aun mantiene en su seno ele- 
mentos deletéreos que darán en tierra con sus 
esfuerzos si no tiene valor bastante para arrojar- 
los de su seno. 

En Inglaterra no es oro todo lo que brilla. 
Ayer no mas los católicos y los judíos ingleses 
no podían sentarse en el Parlamento, pues solo 
los protestantes tenían inteligencia y probidad 
para discutir la cosa pública. Hoy todavía la 
aristocracia inglesa, que ha perdido mucho de 
sus antiguos quilates, olvida que el pueblo inglés 
no tiene pan seguro, ni tierra que comprar y de 
qué disponer. Dia llegará en que el suelo inglés 
comience á hundirse. 

La España, nuestra nodriza y nuestra institu- 
triz, tiene el cuerpo cubierto de lepra, sin encon- 
trar médico que corrija sus malos humores. Está 
también recogriondo los frutos de la fatal ense- 
ñanza que nos dio. Puesta en el tormento por el 
fanatismo religioso, ha sido justamente vapuleada 
por el despotismo político. 

Domingo Santa Mabia. 

Hombre de Estado y Pablioist*. 
Santiago de ChíU, 1874. 



EDUCACIÓN POPULAR 

Los peregrinos que vinieron de Escocia á po- 
blar la América del Norte traían en una mano 
la Biblia y en la otra la Cartilla. — ^Por eso, en 
tomo de sus primeras viviendas se levantaron 
simultáneamente el templo y la escuela. Laa 
poblaciones crecieron y se transformaron, mer- 
ced al genio emprendedor y perseverante de 
aquellos colonos, en grandes ciudades, en empo- 
rios comerciales que pronto rivalizaron con los 
principales centros del Viejo Mundo, y en ellas 
crecieron también y se desarrollaron, sustentán- 
dose una á otra, la Iglesia y la Escuela. 

Tal es el secreto de la admirable prosperidad 
de la Union Norte Americana. 

Los Sud americanos miramos con justa envi* 
dia la grandeza de aquel pueblo, y convencidos 
de que ella se debe al adelanto de la educación 
popular, aspiramos á alcanzar ese ideal. — ^Des- 
graciadamente, sin tomar en cuenta las especia- 
lísimas condiciones de aquella comunidad, nos 
hacemos la ilusión de creer que imitando fiel- 
mente los progresos que allí ha alcanzado la 
educación pública, lograremos iguales resulta- 
dos. 

En efecto, son tan diversas las condiciones en 
que se han formado las secciones de este Conti- 
nente y los elementos que han contribuido á su 
desarrollo, que se necesita de parte del estadista 
un concienzudo estudio de la organización social 
de cada una de ellas para aplicar con acierto los 
principios de ese complicado problema que se 
llama '^ educación popular ". 

Chile, como la Kepública Argentina, — entre 
otros de los Estados Sud-americanos — ha con- 
sagrado generosos esfuerzos á la causa de la 
educación, pero en ambos países nos hemos de- 
jado llevar demasiado del espíritu de imitación. 
— Hemos querido implantar y ver realizados en 
un momento los mas avanzados progresos de la 
ciencia, y nuestra impaciencia por nivelar el es- 
tado intelectual de nuestros conciudadanos nos ha 
llevado á consagrar gruesas sumas y no pocos 
sacrificios á la enseñanza científica y literaria. 

Mientras tanto, la educación popular, la edu^ 
cardón comtm, — como es llamada en Estados 
Unidos, — la que debe transformar los hábitos, 
las tendencias, y levantar el carácter de nuestro 
pueblo, la educación que debe hacer del huaao 



42 



AMÉRICA LITERARIA 



chileno, como del gaucho argentino, un ciudadano 
laborioso, honrado j respetuoso de la ley, la qne 
está llamada á preparar al obrero moral é inteli- 
gente, esa educación no desciende á cumplir su 
grande obra de regeneración en la clase inferior 
de nuestro pueblo. — Y no desciende porque en 
nuestras escuelas, en nuestros maestros, en nues- 
tros textos de estudio j en general en toda nues- 
tra organización escolar predomina una marcada 
tendencia á la instrucción teórica y, casi podría 
decirse, literaria. — Prestamos escasa atención á 
la enseñanza práctica de los conocimientos mas 
útiles 6 mas apropiados á cada localidad j olvida- 
mos á menudo que ante todo la educación tiene 
por fin: formar el carácter de un pueblo. 

Si antes de examinar los conocimientos profe- 
sionales de nuestros maestros de escuela, traba- 
jamos por levantar su condición, por formar 
hombres de espíritu ilustrado j recto, capaces de 
comprender los fines de su elevada misión, y les 
procuramos, además, el mas completo conocimien- 
to de su país, debemos confiar que tales maestros 
sabrán educar á nuestro pueblo y que harán de 
la Escuela, en la Améríca del Sud, lo que ha 
llegado á ser en los Estados Unidos del Norte: 
la base de la libertad, del progreso y de la 
fuerza. 

J. Abelardo Nuííez. 

Educacionista. 

Santiago de Chüe, 1877. 



INMIGRACIÓN 



Un notable estadista argentino ha dicho: 'da 
civilización es como la vid: prende de gajo/'. 

Los pueblos y los gobiernos de la Améríca 
latina no deberían olvidar jamás ese símil tan 
exacto como verdadero. 

Los problemas sociales y políticos en que la 
mayor parte de ellos aun se encuentran envuel- 
tos, no pueden obtener una solución favorable 
sino por la práctica del principio que ese mismo 
símil encierra. 

Sin la civilización europea no hay progreso 
verdadero y estable, y esa civilización nunca 
llegará completa si no viene encamada en el 
inmigrante que es el gajo de la vid destinado á 
producir frutos de adelanto y de bienestar. 



¿De qué vale tener cátedras, bibliotecas, es- 
cuelas, máquinas, si no contamos con el elemento 
vivo, inteligent-e y esperimentado que dé impulso, 
animación, voz y movimiento regular ¿ lo que 
sin tales condiciones apenas si sirve como modelo 
ó como estímulo? 

Un solo inmigrante en Chile, el sabio actual 
rector de su Universidad — ^ha desarrollado en po- 
cos años maselementos de ríqueza que los que hu- 
bieran podido producir ingentes capitales. — Así 
lo atestiguan los minerales del Norte que pros- 
peraron bajo su científica dirección. 

Unos cuantos centenares de colonos han dado 
vida y porvenir á tres de nuestras provincias 
mas australes, que sin ellos permanecerían hoy 
envueltas en la oscurídad y el abandono. 

La inmigración, y solo la inmigración hará 
que las revoluciones cesen, porque estas nacen j 
se fomentan al amparo del desierto, por una 
parte, y al de nuestros vicios heredados de la 
colonia, por la otra. 

Solo la inmigración introducirá en nuestro 
bajo pueblo, hábitos de economía, de higiene j 
de moralidad de que tanto há menester para que 
la muerte no lo diezme año á año, como ahora 
sucede. 

Fomentar, pues, la inmigración europea, sos- 
tenerla, desarrollarla, es la tarea mas benéfica y 
patriótica d que pueden consagrarse los pueblos 
y los gobiernos de la Améríca latina. Los que 
la realicen habrán conseguido echar los funda- 
mentos mas sólidos de su grandeza. 



Adolfo Ibaítez. 

Diplomático y Hugiatrado. 



Santiago de Chile, 1877. 



política sud- americana 

Una política de particularísmo que, merced al 
aislamiento y á las alianzas, según los casos, 
aspire y llegue á mayor poder y prestigio, tra- 
yendo á la postre, para todas las secciones Sud- 
amerícanas, la discordia y la guerra en pro de 
la supremacía que se ha de convertir forzosa- 
mente en la absorción violenta de todas ellas, 
por la que sea mas astuta y mas poderosa; — es 
decir, la que tenga menos escrúpulos y mas 



SECCIÓN POLÍTICA— REPÚBLICA de chile 



43 



reonrsos; — ó una política de oonfratemidad que, 
merced á la xmion, preparada ó efectuada en to- 
das las manifestaciones posibles de la industria, 
el comercio, el arte, la literatura, la ciencia, la 
legislación, agrupe y confedere en una sola Na- 
ción á todas nuestras secciones, sin desdorosa 
sumisión de ninguna de ellas, dando asf realidad 
á la aspiración á una Patria Continental de to- 
dos los grandes hombres de la emancipación y 
asegurando, á lo menos, para sus liijos y sus ha- 
bitantes, la paz en Sud- América: bé ahí los 
únicos dos caminos entre los cuales han debido, y 
no han querido elegir , hombres, partidos, gobier- 
nos y pueblos, después de la conclusión de la 
lucha por la Independencia. 

Los que hemos hecho nuestra elección, y prin- 
cipalmente, los que hemos tomado y seguimos el 
camino de la confraternidad, ejercemos un dere- 
cho y cumplimos un deber cuando repetimos á 
gobernantes y gobernados de Sud - América, que 
si sus actos y sus palabras, ya tendentes á hos- 
tilidades tan inicuas como absurdas, 6 á fusiones 
tan estrafalarias como imposibles, entre paises 
hermanos, resultan siempre ineficaces, es porque 
88 contradicen y no pueden dejar de contradecir- 
se entre sí. 

De ahí viene también que, después de las mas 
solemnes situaciones Sud - Americanas, — como 
son la de la guerra franco -inglesa contra la Be- 
pública Argentina, la de la expedición borbónico- 
floreana contra el Ecuador, la de la guerra de 
España contra el Perú y sus aliados, — floten 
ecos de palabras y sobrenaden consecuencias de 
actos que están probando, á un tiempo, la casi 
omnipotencia de los sentimientos fraternales y 
la casi- impotencia de los conatos particularistas 
en Sud -América. 

Manuel Antonio Matta. 

Polttioo y Literato. 
Copiapó ( ChiU h 1877. 



Tengo la desgracia de atribuir muy pequeña 
importancia práctica al pensamiento de la unien 
Americana, sueño intermitente de muchos esta- 
distas, tema simpático para el lirismo patriótico, 
▼istosa decoración, que, ya se arrolla en el polvo 
de los bastidores, 6 ya domina el primer término 
del escenario. 



La estrecha relación política entre naciones 
diversas, depende ante todo de circunstancias 
accidentales. Los vínculos originarios de la co- 
munidad de lengua, de instituciones, de historia, 
tienen que relajarse á medida que se diseña en 
las nubes de la propia oprganizacion, la fisonomía 
individual de cada país. Cada cual deriva de 
antecedentes especiales los elementos del carác- 
ter que forma y representa su autonomía; y en 
la proporción en que esta crece y se materializa, 
por el territorio, por la industria, por el gobier- 
no, aquellos antiguos lazos, convertidos en sim- 
patías de recuerdos y benevolencias, van perdiendo 
su eficacia. 

El progreso, diferentes intereses resultados 
de aspiraciones 6 necesidades peculiares, alejan 
mas y mas la posibilidad de emerjencias que 
comprometan algún principio exclusivamente 
Americano. Hoy vivimos con todas las naciones 
bajo el imperio de la misma ley internacional; 
y la cómica cruzada de Flores, la trajedia de 
Querétaro y la manchega calaverada de Mazar- 
redo, no han hecho mas que confirmar nuestra 
filiación de pueblos independientes. 

Joaquín Blest Gana. 

Abogado. Polltloo. 
Santiago de Chile, 1877. 



Los pueblos latino -americanos son bastante 
inteligentes y tienen la suficiente ilustración 
para aspirar á los mas altos destinos. Lo que 
necesitan es mas espíritu de orden y de trabajo, 
que el que han adquirido hasta el presente. — La 
política, que es la preocupación dominante de 
estos pueblos, viene degenerando en un juego de 
intereses personales, que son los que engendran 
las revoluciones y los que alejan de los negocios 
públicos á los hombres de posición social, de ca- 
rácter independiente y de aspiraciones sabiamen- 
te conservadoras. Esto debe entenderse con 
escepciones honrosas, tanto respecto á algpuna 6 
algunas de nuestras Repúblicas, cuanto respecto 
á muchos buenos ciudadanos que militan en la 
política activa. 

Hago votos fervientes porque la educación 
popular y los gobiernos ilustrados produzcan, en 
estos privilegiados 'paises, el consorcio de las 



44 



AMÉRICA LITERARIA 



ideas de libertad y orden en la República j de 
sensatez y desprendimiento en los Repúblioos. 

Mabcial Mabtinez. 



Abogado y Diplomático. 



Santiago de Chile, 1874. 



Si los Estados bispano-amerioanos bnbieran 
empezado á bacer el camino de la libertad por 
la descentralización administrativa, en lugar de 
principiar por la descentralización política, ten- 
drían mas libertades positivas, aunque menos 
libertades en el papel. 

La descentralización administrativa forma bá- 
bitos democráticos y educa á los ciudadanos para 
el régimen de la libertad. Los pueblos mas ad- 
ministrados son los mas gobernados. La restric- 
ción de la esfera administrativa de la autoridad, 
traerá forzosamente la de su acción política. 

Melchor Concha y Tobo. 

EeonomUta. 

Santiago de ChUe, 1877. 



Pámfos de una carta á mis electores, fechada en Valparaiao 

el 19 de Febrero de 1876. 

u He profesado y sostenido siempre, como ba- 
se fundamental de mi credo político, la noción 
de que sobre el Estado pesa ante todo el deber 
de asegfurar á todos sus habitantes, cualquiera 
que sea su condición, cualquiera que sea su creen- 
cia, la mas amplia libertad en el ejercicio de todos 
los derechos individuales, resguardando estos con 
sólidas y eficaces garantías, tanto en las leyes 
fundamentales, como en las secundarias, u 

u Cuanto tienda á la realización de este fin 
primordial, y á igualar bajo todos respectos, la 
condición legal de cuantos individuos habitan en 
la República, contará, como ha contado siempre 
en mí, con un decidido y entusiasta partidario, n 

JOBGE HüNBEUS. 
Abogado 7 profesor de Derecho Público on la Uiilrertld«d. 



En Chile, como en las demás Repúblicas 
Hispano - Americanas, hay de sobra elementos 
de vitalidad para prosperar é instituciones gene- 
ralmente adecuadas para labrar su felicidad. Hay 
también en sus hijos generosos sentimientos y 
un patriotismo elevado para propender al bien 
común. 

Hay algo, sin embargo, que nos hace profun- 
do daño y que esteriliza en g^^an parte los bue- 
nos esfuerzos que se hacen en obsequio del 
adelanto y bienestar general. 

Tenemos una marcada tendencia y una acti- 
vidad incesante para fabricar y aglomerar nuevas 
instituciones y leyes, como tenemos al mismo 
tiempo una inconstancia lamentable para su ob- 
servancia. 

Perseguimos el bien con empeño, y lo dejamos 
en abandono tan luego como hemos reunido los 
elementos para alcanzarlo. 

Hay tal vez en nuestro espíritu público mas 
inclinación y una complacencia mas sensible en 
formar gruesos boletines, que en observar las 
diversas necesidades de nuestra vida práctica 
para que haya garantías para todos y un bienes- 
tar y seguridad efectivos en las distintas cir- 
cunstancias y faces de la existencia del aso- 
ciado. 

Siempre estamos queriéndonos sacudir de la 
gruesa herencia de preocupaciones legada por 
la madre patria á todos nuestros países, y no ad- 
vertimos que cada dia á semejanza de ella entre- 
tenemos nuestro tiempo en combinaciones abs- 
tractas sobre política y en teorías legrislativas 
que por cierto ni impulsan la industria, ni ade- 
lantan la ciencia, ni mejoran nuestro vivir, ni 
atienden á premiosas necesidades, ni garantizan 
mejor los derechos del que tiene, como no prote- 
gen mejor tampoco ni las libertades ni las pe- 
queneces del que nada tiene y que mucho amparo 
necesita. 

Los países mas libres y felices de la tierra, no 
son los que hacen mas política ni mas encuader- 
nación de leyes, sino aquellos en que ciudadanos, 
gobiernos y legisladores hacen de la vida social 
un reflejo práctico de la vida individual, aten- 
diendo con buena providencia, primero á lo 
necesario y después á lo superfino. 

Yo haría votos por que estas tendencias mas 
observantes de la práctica que de bellas teorías 
se arraigasen mas en nuestros hábitos políticos 
y en nuestras costumbres nacionales. 



SECCIÓN POLÍTICA— EEPÍBLicÁ de chile 



45 



Haríamos as{, sin duda, mas beneficios á la 
libertad no comprometiéndola á menudo en dis- 
cusiones y agfitaciones para las qne no siempre 
bay calma y tranquilidad suficientes ; y baría- 
mos ¿ los pueblos mas servicios efectivos aten- 
diendo de una manera mas positiva á sus intere- 
ses, á sus garantías y á su bienestar consultado 
con solicitud y con oportunidad. 

Fbancibco Echáübben. 

FnDeUnuurio Administnitílro. 

BúMtiaio de Ch\U, 1877. 



EL ARBITRAGE 



La civilización babrá tocado á su apogeo^ 
cuando el arbitrage baya asumido el carácter de 
una institución permanente, destinada á dirimir 
las desastrosas controversias que tan frecuente- 
mente ocurren entre las naciones. El pondría 
término al empleo de la fuerza bruta, y estable- 
cería el imperio de la razón y de la justicia, ver- 
dadera y cumplida síntesis del progreso bumano. 

Gabbiel Ocampo. 

Abogado. 

aaudiago de ChUe, 1877. 



EL ARBITRAGE 



Sería un timbre de bonor y gloria para todo 
el continente Sud - Americano si todos los Esta- 
dos que lo componen pudieran arribar al arreglo 
de un Código internacional en que se adoptase 
el arbitraje, como sistema general y único, para 
dirimir todas las cuestiones y contiendas que se 
suscitasen entre las partes contratantes. El re- 
conocimiento y práctica de este principio ejerce- 
ría una influencia civilizadora en nuestras rela- 
ciones y alentaría el celo de los amigos de la paz 
y la cordura de los Gobiernos. 

La teoría del arbitraje ba becbo un inmenso 
camino para que pueda ser desdeñada como uto- 
pía. Controversias enojosas y difíciles ban sido 
Bolucionadas satisfactoriamente por medio del 
arbitraje. Seria xm paso importante para la con- 



federación de los Estados Sud-Amerícanos la 
estipulación del arbitraje como solución para 
todas las cuestiones que en la actualidad son un 
embarazo para la buena inteligencia y relaciones 
fraternales que deben existir entre todos los 
pueblos que babitan el bermoso continente de 
Colon. 

Pedbo Nolasco Videla. 

Ministro de Chite en BoIItIa. 
La Paz, (BoUvia) 1878. 



ORIGEN DE LA JUSTICIA 



Al traducir el precioso libro de Edgar Quinet, 
intitulado El Espíritu Nuevo, llamó con fuerza 
mi atención el párrafo que dedica á probar su 
tesis, esto es: " que la Justicia nació del amor 
y que solo él bizo ese milagro : n suscitándome 
las reflexiones que siguen, y que expuse en una 
nota. 

Atríbuir el origen de la justicia al amor, es, 
sin duda, á juicio mió, una bellísima idea, aun 
cuando no sea exacta. Los becbos observados y 
aducidos en prueba, ni son barto numerosos, ni 
resisten al análisis; y quizás en lo que el autor 
cree ver actos de justicia sólo los bay de amor. 
En efecto, cuando un animal, ave ó flera, distrí- 
buye el alimento á su prole, no ejecuta un acto 
de razón, decidiéndose á ello en virtud de consi- 
deraciones fundadas en el derecbo que tienen los 
pequeñuelos á ser alimentados, y en el deber que 
tienen los progenitores de sustentarlos ; obede- 
cen solo á la ley natural de la conservación de 
la especie, y á los instintos del amor. Para que 
así no fuera, menester seria demostrar con inne- 
gables experíencias que en el reino animal esa 
operación era resultante de un juicio anteríor. 
Lo mismo que de la ave ó flera, debe decirse de 
la mujer en estado salvaje cuando esta amaman- 
ta á sus bijos y se impone por ellos prívaciones. 
A ser posible interrogar á esas madres estoy se- 
guro que contestarían corroborando lo que dejo 
expuesto. 

La justicia, que es la consagración del invio- 
lable derecbo de todos y de cada uno, tanto en el 
orden moral y político como en el material, pre- 
supone en quien la ejerce la noción del deber y 



46 



AMÉRICA LITERARIA 



la noción del bien y del mal; nociones que son 
patrimonio exclusivo del hombre ; j de aquí la 
responsabilidad de sus acciones, la que no al- 
canza á las demás especies del reino animal. 

La justicia, como el amor, sin sacar de este 
su origen, bien que la purifique y la fortalezca 
en la vida, nace con el Hombre, desarrollándose 
en él, lo mismo que sus demás facultades, á me- 
dida que crece y que adquiere conocimiento de 
los mundos interno y externo que le rodean. 

Para pensar así me asisten razones deducidas 
de las distintas funciones inherentes, ora al 
amor, ora á la justicia ; esta se dirige al buen 
orden, al progreso y á la libertad é igualdad de 
los Hombres, no siendo dado sin ella ningún per- 
feccionamiento en la humanidad ; aquel vá á la 
propagación de la especie. No es, pues, el amor 
origen de la justicia. 

Pedbo León Gallo. 

PoUUoo 7 Literato. 

Bantiago de ChiU, 1877. 



La historia de las Repúblicas hispano -ameri- 
canas, es un tejido de vaivenes y trastornos. 
Desde la guerra de su independencia hasta el 
momento presente, ninguno de estos paises, si 
se esceptúa Chile, ha tenido una época de paz 
estable y duradera. En ellas se han sucedido las 
revoluciones^ unas á otras, como las olas del mar. 
Diríase que la guerra civil es su estado natural 
y permanente. 

Y por desgracia no siempre han campeado las 
nobles pasiones y los grandes principios en esta 
cadena interminable de luchas fratricidas. Mi- 
serables ambiciones de oscuros caudillejos, ri- 
validades do aldea, viejos é implacables rencores 
de familia, hé aquí los mas conspicuos caracté- 
res de esta triste historia ; hé aquí el fondo de 
este vasto cuadro de anarquía, de sangre, de 
luto. 

Educados en la esclavitud mas abyecta, los 
pueblos hispano-americanos se vieron de repente 
viviendo en una atmósfera totalmente estraña, 
la atmósfera de la libertad. Este súbito cam- 
bio de condición política y social ha sido para 
ellos lo que es para la planta el cambio de 
suelo y de clima. Han tenido que sufrir una 
transformación radical y profunda; prueba do- 



lorosa, por la que están todavía pasando, sin 
qne sea posible divisar su fin. 

I Consecuencias forzosas de los principios ab- 
solutistas ! I Resultado necesario de una organi- 
zación social en qu» han sido de todo ponto 
olvidados los derechos primordiales é inomisi- 
bles de que la naturaleza ha revestido al indivi- 
duo y al género humano ! 

¿ Qué lección nos ofrece á este respecto la hia- 
toria de la Union Americana? 

En un siglo de vida independiente, este país 
no ha visto sino una sola vez perturbada su paz 
interior. Desde el gobierno de Washington hasta 
el de Lincoln; es decir, desde la aurora de su li- 
bertad hasta nuestros dias, la vida doméstica del 
pueblo Americano ha corrido sosegada, como 
corre la nave al impulso de suaves brisas en un 
mar sin bajíos ni escollos. Nada de miras pe- 
queñas; nada de intereses ruines, nada de rivali- 
dades mezquinas. Las ambiciones vulgrares y 
rastreras se han avergonzado de presentarse en 
un teatro que no es el suyo. Las pasiones bas- 
tardas no han podido vivir bajo ese cielo puro y 
hermoso, bajo ese cielo limpio de los miafgnas 
infectos que las engendran, y solo en los cuales 
hallan los elementos y las condiciones de su 
odiosa existencia. 

Una sola vez ha sido perturbada la paz, y el 
mundo entero sabe por qué sobrevino la pertur- 
bación. 

El pueblo americano quiso extirpar un vicio 
de su organización original, que entorpecia su 
progreso, que afeaba sus libres instituciones, y 
que importaba un insulto á la razón y una atroz 
ofensa á la humanidad. El vicio fué extirpado 
mediante un esfuerzo digfno de un grran pueblo. 
La generación contemporánea ha contemplado 
atónita una lucha de titanes, en que se ha pelea- 
do, no por el triunfo de tal ó cual caudillo, no 
por este ó aquel miserable interés de círculo, si- 
no por el interés de un principio, de una noble 
idea, de un sublime sentimiento, por el interés 
de una desgraciada porción del género humano. 

Después de cuatro años de tremendos comba- 
tes, en que la.sangre corrió á torrentes, muchos 
millones de esclavos vieron romperse sus cade- 
nas y lucir el sol benéfico de su redención; y la 
nación americana, lavada su mancha, se presento 
con la frente limpia y enhiesta ante las demás 
naciones. 

Así se curan las llagas sociales por los pue- 



SECCIÓN POLÍTICA—REPÚBLICA de chile 



47 



blos que quieren curarlas, por los pueblos dota- 
dos de una gran Toluntad. 

Es la libertad la que obra tales maravillas de 
fortaleza j abnegación. 

¡Bendición para esos combates! ¡bendición pa- 
ra la sangre encelles derramada! ¡bendición para 
el pueblo que generosamente la derramó! ¡Eter- 
no loor á su triunfo! 

Fbancisco Vabgas Fontecillá. 

Hombre de Estado. 
Sa'ñtíago de ChiUt 1875. 



Las democracias, por las agitaciones que pro- 
ducen, j por los intereses y pasiones que ponen 
en juego, suelen llevar recelos á algunos espíri- 
tus demasiado amantes del reposo y de la quietud, 
y que solo divisan el lado desfavorable y peligroso 
de las luclias que se pueden considerar como una 
condición esencial á la vida de los pueblos libres. 
Mas, desde que sea forzoso aceptar como una 
verdad incontrovertible que no deben existir cas- 
tas, familias ni individuos predestinados al gobier- 
no de las naciones, sino en cuanto merezcan su 
confianza, verdad que tiende á ser cada dia mas 
universal; desde que el gobierno del pueblo por 
si mismo, y de la forma que las leyes determinen, 
cualesquiera que sean sus inconvenientes, es el 
que mejor que cualquier otro consulta el goce de 
los derechos del inmenso número, y el que mas 
bien se conforma á la voluntad del verdadero y 
único interesado, que es el mismo pueblo, debe 
establecerse que la democracia es el ideal de go- 
bierno de las sociedades humanas, y que, tarde ó 
temprano, mejorándose y difundiéndose la ins- 
trucción, y afianzándose la moralidad, será el que 
adopten todas ellas, con aquellas modificaciones 
que su índole y antecedentes especiales hagan 
necesarias. 



José Alfonso. 

FoUtioo y Hinlatro de Estado. 



SmUiago de Chüe, 1877. 



La incompatibilidad de funciones entre los 
^presentantes de las diversas ramas del poder 



político es de una importada trascendental en 
los países gobernados por el reglen democrático. 

Este principio, que tiene su fundamento en la 
necesidad de evitar la aglomeración de cargos de 
distinto orden gerárquico en manos de un solo 
individuo, debe figurar en las constituciones de 
América, como una de las bases del sistema re- 
publicano. 

La incompatibilidad de funciones es la primera 
de las garantías que conviene consultar en la 
legislación de un pueblo, si se quiere mantener 
el equilibrio, la fiscalización y la independencia 
de los grandes poderes del Estado. 

El gobierno representativo se aparta de los 
fines sociales que está llamado á servir, siempre 
que se permite la confusión de atribuciones que 
corresponden á poderes diferentes. La acumula- 
cion de facultades legislativas con otras del orden 
judicial, ó bien del administrativo, mina y destru- 
ye el contrapeso que deben conservar entre sí 
las divisiones del poder social, comprometiéndose 
por el mismo hecho la armonía y la libertad que 
les pertenecen dentro de su esfera particular de 
acción. 

La experiencia histórica nos enseña que la 
libertad política es una quimera, si no se mantiene 
rigurosamente la independencia de cada poder en 
el desempeño de sus deberes y facultades al abrigo 
de toda invasión de parte de los otros. La repú- 
blica degenera entonces y se convierte en oligar- 
quía de familias 6 en un sistema de intereses 
personales, y se forma una clase privilegiada de 
ciudadanos, que son al propio tiempo miembros 
del Congreso, altos dignatarios de la adminis- 
tración y ministros de los tribunales de justicia. 

Se concibe fácilmente que este estado de cosas 
trae como consecuencia ineludible la existencia 
de mandatarios irresponsables que, desvirtuando 
su cometido, sirven á su ambición personal antes 
que á la felicidad y progreso de la nación. 

El principio de incompatibilidad aplicado con 
lógica produciría las siguientes ventajas: 

1^ Impediría la acumulación de facultades de 
orden diverso en un mismo f uncionarío, haciendo 
desaparecer las dualidades de carácter que son 
tan embarazosas y perjudiciales al buen servicio 
público. 

2^ Garantizaría el equilibrio é independencia 
de los altos poderes del Estado, impidiendo que 
se invadan en su acción ó que prepondere el uno 
sobre los otros. 



48 



AMÉRICA LITERARIA 



3^ Qnitaria, ó á lo menos debilitaría el interés 
qne tienen los gobiernos en las elecciones popu- 
lares, porque sin el estímalo de hacer elegir 
miembros del Congreso á los empleados de su 
dependencia inmediata, no ejercerían presión, ni 
tomarían partido en estos actos, reduciendo su 
papel al de simples ejecutores de las leyes. 

4^ El poder judicial alcanzaría la imparciali- 
dad, el prestigio y el respeto que solo puede 
atraerle el alejamiento de sus miembros de las 
luchas políticas; y conseguiría colocarse en apti- 
tud de aplicar la ley con espírítu desapasionado, 
dirimiendo los conflictos de las otras autorídades 
y las contiendas entre estas y los ciudadanos. 

Aniceto Vebgaba Albano. 

Abogado. FoUtioo 7 Diplomático. 
Santiago de Chile, 1872. 



Los contituyentes de 1833 quisieron robuste- 
cer la autorídad, aniquilar la anarquía. Este fué 
su punto de mira, y á f é que supieron llegar á 
él con habilidad y con fortuna. 

La Constitución toda entera, de principio á 
fin, converge á ese propósito. La autorídad del 
Presidente de la República lo domina todo: tiene 
en su mano la provisión de los cargos públicos, 
civiles y militares; le pertenece por completo la 
administración del Estado; la acción municipal 
está subordinada á su voluntad; los ascensos y 
promociones de la judicatura le dan una vasta 
influencia en ese ramo; se halla investido del 
derecho de gracia para suspender la aplicación 
de las leyes; ¿qné se escapa, pues, á su enorme 
poder P 

Esta máquina formidable de omnipotencia no 
podría ser debilitada con solo cambiarse un ro- 
daje aquí, una pieza mas allá. Para que se 
restablezca el conveniente equiHbrío entre los 
poderes públicos; para que no sea posible en 
momento alguno que una voluntad soberana 
grravite sin contrapeso en los destinos de la Re- 
pública; para que se refleje, en fin, en la ley 
orgánica del Estado la situación política y social 
que hemos alcanzado después de cuarenta años 
de lenta, pero segura marcha en la senda del 
progpreso y en las prácticas de la vida libre, es 
indispensable que la Constitución de 1833, mo- 
numento erijido en homenage al principio de 



autorídad, sea revisada en todos sus detalles, y 
corregida en una forma armónica. 

El vicio capital de nuestra vida poHtioa, la 
intervención electoral que falsea períódicamente 
la voluntad de los pueblos, minando por sa base 
el sistema representativo, no será estirpado mnó 
el dia en que el poder ejecutivo no tenga los 
medios de llevar á todas partes el peso irresisti- 
ble de su influencia. Mientras eso no suoeda, de 
nada servirán nuestros vanos lamentos: la ame- 
naza, la seducción, todas las malas artes que 
aseguran y robustecen la dominación» seguirán 
haciendo su juego. 

No hay que dudarlo: con una reforma muti- 
lada, incompleta, medrosa, de la Carta Funda- 
mental, no se satisfarían los legítimos intereses 
de ningruno de los partidos que militan en la 
política: se satisfaría mucho menos el vivo anhe- 
lo manifestado por el pais de que sus institu- 
ciones fundamentales dejen de ser la base de 
granito de la omnipotencia del Ejecutivo para 
no ser otra cosa que el escudo del derecho, la 
palanca del progreso. 

YlCBKTB RbTBS. 
Abosado. 
Santiago de Chüe, 1877. 



(Fragmento de un diioano pronunciado en el Congrefo de 
Cbile, sobre libertad de la tamba) 

Me despido, pues, de la discusión en el terreno 
propio de la iglesia, porque en materias espiri- 
tuales y de su privativa apreciación, le recono- 
cemos su mas completa libertad é independencia. 

Yamos entonces al Estado, á reflexionar un 

instante sobre nuestra organización política, sobre 

las consecuencias que se derivan del fondo liberal 

de la República, sobre nuestros deberes como 
hombres de convicciones, como representantes del 

pueblo, como lejisladores que anhelamos el desar- 
rollo armónico de las fuerzas productoras del 
progreso moral é intelectual del país. 

Señores: nuestro disentimiento consiste en los 
flnes complejos que nuestros adversarios atribu- 
yen al Estado, y el fin restringido á que nosotros 
lo aplicamos, como organización del poder público 
encargado de regular la acción del hombre social. 
Este disentimiento ajita al mundo civilizado y lo 
conmueve en sus fundamentos políticos, produ* 



SECCIÓN POLÍTICA — bbpública de chilb 



49 



oiendo dos tendencias bien oaracteriEadas, de 
clara 7 distinta fisonomia. 

La una tendencia, de {ndole reUgriosa, sojuzga 
al Estado, imponiéndole su fé, manteniendo pri- 
vilegios, cargas y escepoiones, qne emanan de la 
ñatnraleía propia de la idea religiosa. La otra, 
de índole puramente humana, civil, tiende á limi- 
tar la aooion del Estado, en sus formas mas sim- 
ples, encargándole de garantir la propiedad y la 
libertad. 

Asf, señores, mientras una tendencia anhela 
los favores del Estado para invadir ó restringir 
la libertad, la otra busca en el Estadd el amparo 
de una libertad sin restricciones, igual para todos, 
de una libertad que en la ley y en los actos cor- 
responda á la noción del derecho. 

Estas tendencias políticas son de carácter 
general, afectan al movimiento universal del 
progreso humano, engpendrando corrientes de opi- 
nión que se contradicen, antagonismo de intere- 
ses, partidos políticos que luchan activamente 
por influir en los destinos del mundo. 

Lo8 señores conservadores, que representan 
una de estas tendencias en Chile, quieren, como 
todos los políticos de su escuela, dominar al país 
dentro de su f é religriosa y de las prácticas de la 
tradición; nosotros, los liberales, queremos, como 
lo he dicho ya, el dominio del derecho fundado 
en la raaon pública, y desarrollado sobre la mas 
amplia libertad individual y sobre la mas com- 
pleta igualdad civil. 

Son estas intenciones y estas tendencias las 
qne provocan esta viva discusión, la lucha en que 
estamos emi>eñado8. Noble y legrítima lucha, sin 
duda, porque arranca su origen de nuestro amor 
á la verdad y de nuestra mutua consagración á 
la prosperidad y al engrandecimiento público. 

Los liberales sostenemos, como acabo de decir- 
lo, que el Estado es la organización del poder 
publico encargado de garantir la propiedad y la 
libertad. 

Apliquemos el principio al proyecto de ley que 
nos ocupa. 

La propiedad es sagrada, pues ella sirve de 
base al bienestar y á la actividad del hombre. Y 
la libertad es igualmente sagrada, porque ella 
interesa necesariamente al desarrollo moral é 
intelectual del individuo. 

Prevalecen así, dos ideas capitales : la propiedad 
y la libertad. 

Sabemos muy bien que la propiedad es mate- 



rial é intelectual. La ley de cementerios no tiene 
relación con la propiedad intelectual. Y en cuan- 
to á la propiedad material, al dominio que se 
atribuye á la iglesia, ya probaré muy luego cémo 
la ley no vulnera derecho algruno legítimo, y 
asegura, por el contrario, la acción legal de aque* 
líos que en nombre de la autoridad eclesiástica 
pretenden la absoluta propiedad de los oemMite* 
ríos del Estado. 

Conformándonos con nuestra teoría, y llenan- 
do nuestros deberes de legisladores, no solo debe- 
mos asegurar la propiedad, pues tenemos el deber 
estríete de garantir la libertad. Ella se refiere 
sustancialmente al pensamiento y abraza sus 
naturales manifestaciones. Luego debemos con- 
firmar en nuestras leyes la libertad del pensa- 
miento en la palabra, verbo de la idea, y espresion 
la mas alta de las concepciones de la inteligencia. 

El pensamiento, señores, sea individual ó colec- 
tivo, no puede producirse ni vivir en el Estado, 
sino á condición de que exista la mas completa 
libertad: 

1° En la palabra hablada; 

2^ En la palabra escríta; 

3*> En la palabra profesada. 

La palabra hablada principia en la familia y 
crea la necesidad de la libertad individual ; con- 
tinua en varías familias ó en sus relaciones 
particulares y crea la necesidad de la libertad 
civil; y termina en la colectividad de los ciuda- 
danos creando la necesidad de la libertad polí- 
tica. 

La palabra escríta, sea en el folleto, en el 
libro ó en el diarío, crea la necesidad de la li- 
bertad de la prensa, este agente poderoso de la 
actividad general, esta fuerza eléctríca, sin duda 
la mas útil y provechosa del progreso moderno. 

Y por último, la palabra profesada, que naoe 
de los sentimientos de la fé, de las relaciones 
del hombre con Dios, de la esperanza en la vida 
futura, crea la necesidad de la libertad de con- 
ciencia. 

La presente ley no tiene relación con la liber- 
tad de la palabra hablada y escríta, pues la tie- 
ne íntima y considerable con la libertad de la 
palabra profesada, 6 sea la libertad de conciencia. 

Evitemos todo equívoco. jQué debemos en- 
tender por libertad de conciencia? No otra 
cosa, á mi juicio, que la facultad de dirígirse á 
Dios, de servirle segpun la fé, y de tríbutarle 
culto. 



50 



AMÉRICA LITERARIA 



Esta facultad es interna y extema. Como la 
interna se refiere á relaciones de carácter pura- 
mente moral ó intelectual, no cae bajo la acción 
de la ley positiva humana. 

La facultad extema puede ser privada 6 pú- 
blica. Ocupándonos de cementerios públicos, 
debemos discurrir con prescindencia de todo 
aquello que se refiere al cuitó privado. 

Es indudable que en los cementerios se prac- 
tican públicamente ceremonias religiosas, que 
la ley debe amparar permitiendo su libre mani- 
festación. 

Es a^dmismo evidente que en los cementerios 
públicos no es posible autorizar la inhumación 
de los cadáveres con las ceremonias religiosas 
de un solo culto, pues ello ofendería á todos 
aquellos que no lo profesen. Luego, para que 
haya perfecta libertad de conciencia en los ce- 
méntenos del Estado, es menester que cada uno 
pueda descender á la tumba con las preces y 
con las prácticas religiosas de su fé, de su con- 
ciencia. 

T bien, señores, ¿la libertad de conciencia que 
sostienen nuestros advérsanos es acaso la misma 
libertad de conciencia que nosotros defendemos? 
Parece que la libertad de conciencia de sus 
señorías es parcial, esclusiva, para los católicos; 
al paso que la nuestra es absoluta, para todos, 
y esto por razón de verdad política y de sana 
lógica. 

Porque al fin, ¿qué es la L'bertad y en qué 
consiste P Nuestros adversaríos lo saben muy 
bien: es el conjunto de cualidades en virtud de 
las cuales el derecho de cada uno puede coexis- 
tir en el derecho de todos. 

Ahora bien : la f é religiosa, las relaciones 
del hombre con Dios, ¿suponen el derecho de 
tríbutarle culto P Esto es indudable. 

No ha existido pueblo, sociedad ó individuo, 
que no sienta en su alma esta necesidad que 
procede de la inmortalidad del espíritu, de la 
idea de la vida futura, de la afirmación de Dios. 
Luego el derecho de adorar á Dios y de tríbu- 
tarle culto es un derecho imprescríptible, eterno, 
que se funda en nuestra naturaleza y en senti- 
mientos de carácter universal. 

Mas no todos los pueblos, ni todos los hom- 
bres, ni todos los chilenos, tríbutan culto á 
Dios del mismo modo. No ha habido antes ver- 
dadera unidad de creencias, ni la habrá jamás. 
Luego no practicando todos los chilenos un 



mismo culto, una misma f é, y teniendo todos un 
mismo derecho para dirígrirse á Dios y tríbu- 
tarle culto, es claro que este derecho no puede 
existir de un modo parcial, esclusivo para los 
unos y de esclusion para los otros; luego, es 
necesarío que el derecho de cada uno pueda 
coexistir en el derecho de todos, porque sólo así 
el derecho será perfecto, y porque sólo así habr¿ 
la libertad de conciencia que sirve de funda- 
mento al proyecto que debatimos. 

No olviden nuestros adversaríos que el dere- 
cho único y esclusivo de la verdad católica» 
puede ser una doctrina de la Iglesia; pero no 
olviden también que las necesidades de los 
tiempos, la diversidad de opiniones, de creencias, 
de sentimientos y aun de intereses, hacen nece- 
saría la tolerancia que el legislador, aun siendo 
católico, y aun sosteniendo la verdad católica» 
debe aplicar políticamente para consag^rar el 
derecho de todos, sobre bases de verdadera liber- 
tad. Y esto porque si la libertad de conciencia 
no permite que se oprima a la f é católica en 
nombre de otra religión ó del libre pensamiento, 
tampoco permite que en nombre de la Iglesia se 
opríma á los que no piensan como ella, á los 
que, creyendo en la vida futura, no creen sin 
embargo que por solo el camino del catolicismo 
se sube hasta Dios. 

Hé aquí, señores, nuestra libertad de con- 
ciencia. 

La invocamos para todos, para los católicos 
en primer lugar, y para aquellos que, no siendo 
católicos, tienen no obstante los favores con que 
á todos protege la ley común. 

Esta es nuestra fé política, y este el críterío 
que aplicamos á la ley de cementeríos, que tan 
viva discusión produce en la opinión y en el 
seno del Congreso. 

José Manuel Balmacsda. 

Polltleo, OnMlor 7 Dlplomátíoo. 
Santiago de Chüe, 1877. 



(Del discorso de apertura de la Exposidon Intemaeional 
de Chile— Setiembre 16 de 1876.) 

El progreso debe marchar paralelo con todas 
las manifestaciones de la actividad, y solamen- 
te así puede corresponder á una civilización 
completa. Si el libre movimiento de los intere- 
ses industriales en Chile ha aumentado la ríque- 



SECCIÓN POLÍTICA — república db ouilb 



51 



la nacional y el bienestar del pueblo, también 
ha ensanobado los borízontes intelectuales y 
morales; y es lógico que, al tratar de conocer el 
ponto á qne bemos llegado, nos presentemos on 
cnadro general de todo el desarrollo. No podría- 
mos apreciar de otro modo la importancia de las 
necesidades ni el valor de las fuerzas que nos 
harán marchar «delante. Y es necesario que 
marchemos, porque necesitamos rehacer nuestra 
Tida, adecuando nuestro pasado social á la civi- 
liíacion moderna, mediante la paz y el progreso 
que en ella se multipUca, y que presta á las 
instituciones democráticas una base sólida. En 
la paz prospera el trabajo y se aprende el cum- 
plimiento del deber, premisas que llevan ú los 
pueblos al pleno goce de sus derechos. 

Federico Errázuriz. 

Hombrt «U Bafeado. «(«PrealdmiU (U la Eepúblim. 



(Del Mennije diri^do al Congreso Naoioxial en lo de 

Junio de 1877.) 

En el año que ha transcurrido ha dado nuestro 
pueblo la prueba mas elocuente de los progresos 
que ha hecho en la práctica de las instituciones 
republicanas. Pasada la excitación que ocasionó 
la renovación de todos los poderes constituciona- 
les, los ciudadanos volvieron á sus ocupaciones 
ordinarias, sin llevar en el corazón ningún resen- 
timiento por las divisiones pasadas, y persuadidos 
de que cada uno, en la conducta observada, habia 
obedecido á sus convicciones. 

Esta disposición general de los ánimos ha faci- 
litado la marcha del gobierno y este ha podido 
dedicarse á la misión de ejecutar las leyes y diri- 
gir la administración pública sin ver turbada su 
acción por el espíritu de partido. 

Los progresos con tanta facilidad realizados 
deben servimos de estímulo para continuar la 
obra de regeneración que desde el establecimiento 
de la república viene persiguiendo nuestro país. 
Si las reformas inconsultas ó violentas son causa 
ordinaria de conflictos, las que aconta ja la ezps- 
riencia y se realizan deipuas de una libre y razo- 
nada discusión, estrechan los lazos qua unen á los 
ciudadanos y afianzan los intereses legítimos de 
la nación. 



I 



Somitiago d$ CMU, 1877. 



Aníbal Pinto. 

PreaidenU de le Bepúblloe. 



FRAGMENTO 

No habia paises peor preparados para la repú- 
blica que las colonias españolas. Por las venas de 
sus moradores corría la sangre del pueblo maa 
monárquico de la Europa, de un pueblo que profe- 
sa idolatría á sus reyes, de un pueblo que tal vez 
ha hecho mas sacrificios para defender el absolu- 
tismo de sus soberanos, que otros para conquis- 
tar la libertad. La educación del coloniaje habia 
robustecido, en lugar de combatirlas, esas ten- 
dencias de raza. El gobierno mas despótico y 
arbitrarío habia creado en el Nuevo Mundo 
costumbres é ideas favorables á la forma monár- 
quica. Así, los americanos, por su origen, por «I 
atraso de su civilización, por sus hábitos, parecían 
predestinados á darse un nuevo amo en el momen- 
to de renegar á la España como á dura y desapia- 
dada madrastra. 

Sin embargo, la revolución de 1810, en vea 
de dos 6 tres monarquías, como algunos lo 
aguardaban, crea en América diez ú once repú- 
blicas. 

¿ Por qué, señores ? 

Durante aquella época memorable, no faltan 
los partidarios de esa forma de gobierno. Ese 
sistema cuenta con hombres de ciencia y con 
hombres de espada, con hombres que ponen á su 
servicio todo el prestijio del saber, todas las 
intrigas de la diplomacia, con hombres que poseen 
la fuerza, que mandan ejércitos! La mayoría de 
los crioUos está educada para la tiranía, está 
habituada al servilismo. ¿Cómo es entonces que 
no triunfa ese sistema? 

La razón es muy sencilla. 

Eso depende de que, por mas que los buscan, 
no encuentran en ning^una parte ni monarca que 
sentar sobre el trono, ni nobles que compongran 
su corte. Todos los americanos se consideran 
iguales entre sí, se consideran iguales á los 
europeos, iguales á todos los hombres. Nadie cree 
en las castas; nadie admite la predestinación de 
ciertas familias y de ciertos individuos para el 
mando. Cuando en una sociedad hay tAles convic- 
ciones, no puede colocarse á una sola persona 
bajo el solio; es preciso que todos los ciudadanos 
se coloquen á su sombra. El pueblo es el único 
soberano posible. 

Hé ahí el motivo que impidió, que impedirá 
siempre en América, el establecimiento de monar- 
quías ó de oosas que se les parezcan. 



52 



AMÉBICA LITEBABIÁ 



Estimándose todos iguales, liay machos que se 
oreen oon derecho de aspirar al honor de dirigir 
BU nación. Con semejante conyencimiento, la 
reyeoía y ooalqmer otro gobierno de por vida, 
■on una quimera, nn absurdo. 

Para qae no quedara la menor duda sobre esta 
▼erdad, qniso Dios qne desde el principio de 
nuestra revelación se intentara sin fruto y sin 
eonsecuencias saludabled el ensayo de las dos 
combinaciones conocidas de esa forma de gobier- 
no, y que tuvieran por padrinos á los dos hombres 
mas eminentes de la independencia, á los dos 
héroes mas ilustres de la América moderna. 

Bolívar y San Martin no eran republicanos. 
El primero trabajó por constituir en las colonias 
emancipadas presidencias vitalicias, creadas en 
favor de los jefes militares que mas hablan sobre- 
salido en la guerra contra la metrópoli; es decir, 
en provecho suyo. El segundo deseó fundar 
monarquías constitucionales con príncipes traí- 
dos de las dinastías europeas. El uno se lisonjeó 
de improvisar reyes por la gracia de la victoria, 
y buscó sus títulos en los grandes servicios pres- 
tados á la patria: el otro procuró continuar en el 
nuevo mundo y en el siglo diez y nueve, los reyes 
por la gracia de Dios, y buscó un apoyo á sus 
tronos en el principio gastado de la l^itimidad, 
lios dos quedaron burlados en sus planes, y los 
dos llevaron á la tumba, como justo castigo de su 
error, el pesar de un triste desengaño. 

El sistema de San Martin, menos ambicioso, 
pero mas quimérico que el de su émulo, no fué 
•inó el pensamiento, el sueño de ciertos políticos 
que, como sucede á veces, por ser demasiado previ- 
sores, demasiado sabios, no supieron apreciar 
oonvenientemente la marcha de la revolución y el 
tetado de las ideas. Notaron las dificultades que 
ee ofrecían para que la América fuera republica- 
na, y no vieron que las habia mayores para que 
fuese monárquica. Ese falso juicio los precipitó 
en una orasa equivocación. La esperiencia no 
tardó en dar á sus ilusiones un completo desmen- 
tido. Así es que la historia de esos proyectos 
monárquicos está reducida á unas cuantas nego- 
eiaoiones estériles. Todo el ]K)der de los soberanos 
europeos que los fomentaban, todo el genio de 
Chateaubriand que los patrocinaba, no alcanzaron 
á hacerlos triunfar. 

El gobierno de Buenos Aires ofreció la corona 
primero al infante D. Francisco de Paula, hijo 
de Carlos lY, y en seguida á un príncipe de Luoa: 



después de varias notas cambiadas y de algunas 
estipulaciones, uno y otro rehusaron el regalo. 

Entre tantos vastagos de sangre real, sin 
patrimonio, no se presentó uno solo que quisiera 
admitir el obsequio de un reino ! 

Es que la donación no era gratuita; es que eee 
reino tenian que conquistarlo á la oábesa de un 
ejército; es que para empuñar el cetro que ee lee 
prometía, necesitaban sostener una guerra larga, 
sangrienta, de resultados mas que dudosos para 
el príncipe aventurero que lo pretendiese. 

¿De dónde sacaba ese ejército? ¿de dónde 
desenterraba los millones que habia menester 
para la empresa? ¿dónde encontraba los hombres 
que hablan de formar su cortejo? 

Ese monarca que, á despecho de las cosas, se 
trataba de improvisar, ó era un Borbon, ó se 
escogía entre las demás familias reales del Yiejo 
Mundo. En el primer caso, ¿ cómo hablan jamás 
los criollos de doblar la rodilla ante uno de los 
miembros de esa dinastía que detestaban, contra 
la cual hablan combatido á costa de tantos sacrifi- 
cios, que hablan vencido en los campos de batalla? 
En el segundo caso, ¿ cómo hablan de obedecer á 
unp ríncipe extranjero, cuyo idioma no entende- 
rían, que profesaría tal vez una religfion distinta, 
que no tendría con ellos ning^una de las relacio- 
nes que ligan á los hombres? 

Se presta á Bolívar una frase espirítual que 
envuelve la crítica, mas completa de semejante 
sistema. uJJn rey europeo en Améríca, deoia el 
fundador de Colombia, será el rey de las ranas «. 
Efectivamente, un monarca como lo concebía San 
Martin, no habría podido gobernar, porque no 
habría hallado subditos que le respetasen. La 
duración de su reinado se habría contado por 
meses y no por años. 

Pero si este plan era irrealizable, el de Bolívar 
lo era poco menos. ¿ Quién seria el presidente 
vitalicio entre tantos jefes de un méríto poco 
más ó menos igual, ambiciosos, llenos de un noble 
orgullo por sus servicios, que no estaban dispues- 
tos por ningim pienso á reconocer superíoresP 

Si alguien lo hubiera merecido, habría sido 
Bolívar, el primer guerrero amerícano, el liber- 
tador de cinco repúblicas. Bolívar lo intentó; 
pero su pronta calda suministró una prueba irre- 
cusable de la vanidad de sus proyectos. Ese grande 
hombre, cuyas sienes rodeaba una tan brillante 
aureola de gloría, fué á morír oscura y misera- 
blemente en un destierro, olvidado de sus anií- 



SECCIÓN POLÍTICA— REPÚBLICA de chile 



53 



gaos compañeros de armas, maldecido quizás por 
los pueblos mismos que habia emancipado, ;él, 
qne había soñado para s{ la dominación de toda 
la América del Sud! T^todavía en sus últimos 
momentos pudo mny bien dar gracias al cielo de 
que no se hubiera cambiado en un cadalso el trono 
que habia ambicionado. 

Lo que BolÍTar no consignó, ¿quién lo conse- 
gruiríaP 

Frescos están los ejemplos de las espantosas 
oaidas que han dado cuantos después han tenido 
la pretensión de imitarle. La triste suerte que 
han corrido todos esos ambiciosos imprevisores j 
▼iflionarios, debe ser un escarmiento para los que 
participen de sus ideas. La desgracia que los ha 
seguido en sus empresas, como el remordimiento 
al culpable, debe infundirles el convencimiento 
de que en América las dictaduras, las presiden- 
cias vitalicias, son imposibles. 

Los semi-dioses no son de este tiempo. 

Desde que el mérito personal, j no la casuali- 
dad del nacimiento, es el título legítimo para 
obtener los honores j las dignidades, hay muchos 
que se creen con derecho de alcanzarlos, y esos 
no tolerarán nunca que otro, quien quiera que 
sea, se los arrebate para siempre. 

En esta época el monopolio del poder no pue- 
de ser duradero. La creencia en la igualdad de 
todos los hombres trae consigo la participación 
de todos, según sus capacidades y virtudes, en el 
gobierno de las sociedades. Ni la monarquía 
hereditaria, ni la monarquía electiva 6 presiden- 
cia vitalicia cumplen con esa condición. Esas dos 
f<»mas de gobierno tienen por base el privilegio, 
la esclusion. Es eso lo que las condena, lo que 
hace de ellas un anacronismo en el siglo xix, lo 
que las convierte, para la América sobre todo, 
en un plagio' impracticable. 

He dicho mas arriba que Bolívar habia resu- 
mido 'en una corta frase la crítica del sistema 
propuesto por San Martin. Este último le pagó 
la deuda, y le criticó el suyo con otra frase mas 
pintoresca y no menos profunda : u'No podremos 
nunca, decia San Martin, hablando de las dicta, 
doras soñadas por Bolívar, obedecer como á sobe- 
rano á un individuo con quien habremos fumado 
nuestro cigarro en el campamento /^ Este pensa- 
miento, trivial en su espresion, comprensivo en su 
significado, envuelve una verdad incontestable. 
Laesperiencia ha probado con hechos toda la exac- 
titud y todo el alcance de esa sagaz observación* 



Bolívar y San Martin, el uno con su proyecto 
de monarquías exóticas, el otro con su plan de 
presidencias vitalicias, se equivocaban grande- 
mente. La América no podia, no puede ser sino 
republicana. 

El gran Washington, mas hábil, mas moral 
que San Martin y que Bolívar, lo comprendió 
así, iluminado por.su admirable buen sentido, y 
guiado por la austeridad de su conciencia. Si 
alguien en un pueblo moderno hubiera contado 
con probabilidades de ser rey, habría sido ese 
santo de la demacrocia, ese guerrero esforzado, 
ese varón respetable que habia conducido sus 
compatriotas á la gloria y á la libertad. Si 
alguien hubiera podido alegur títulos para man- 
dar perpetuamente, habria sido por cierto ese 
hombre sobre cuya tumba se pronunciaron por 
oración fúnebre estas palabras, que seguramente 
merecía: ^Ha sido el primero en la guerra, el 
primero en la paz, el primero en el amor de sus 
conciudadanos '^ Sin embargo, Washing^ton, que 
disponía de tantos recursos para sostenerse, reci- 
bió con horror y desechó con indignación la 
propuesta que le hizo su ejército de proclamarle 
rey. Habria mirado, su admisión no solo como un 
crimen de lesa-pátria, sino también como una 
torpeza política. La verdad es que Washigton 
mismo no se habria sostenido sobre un trono. 

Miguel Luis Amunátsgui. 

Hombre de Eetado é Hletorlador. 



LECCIONES DE POLÍTICA POSITIVA 



(Sección quinta, párrafo ix) 

La libertad individual es en la práctica la 
primera víctima de los resabios del antiguo 
régimen. Esta libertad es compleja, porque 
consiste en el uso de varios derechos, cada uno 
de los cuales dá nombre á una libertad. Todas 
estas libertades constituyen la personalidad hu- 
mana. Sin ellas, ó sin una parte de ellas, el 
hombre deja de ser lo que la naturaleza quiere 
que sea, pierde su integridad y su dignidad, y 
de consiguiente su vida se limita y reduce en su 
intensidad y desarrollo. 



54 



AMÉRICA LITERARIA 



El primer derecho que se comprende en la 
libertad individual es el de disponer de nuestra 
persona para estar, ir y venir en donde quiera 
y entregamos á cualquiera ocupación, sin ser 
estorbados, impedidos ó insultados por nadie. 
Esta es la libertad personal, que no puede existir 
completa, si la ley no la garantiza, fijando con 
claridad y precisión los caso§ ie delito positivo y 
no imaginario, y la forma en que uno puede ser 
arrestado mientras sea necesario para asegurar 
su responsabilidad, por orden de magistrados 
autorizados y responsables ante la ley. 

El segundo derecho es el que tenemos para 
usar de nuestra inteligencia, segfun nuestro libre 
albedrío, y con toda la amplitud con que usamos 
de la luz, del aire, del calor, porque el goce de 
la inteligencia, como el de todos estos dones co- 
munes, admite hasta lo infinito la concurrencia 
de todos, sin peligro de estorbos ni conflictos. 
Este derecho comprende el de pensar y de opi- 
nar, el de creer y practicar un culto, el de ense- 
ñar, y, por consiguiente, el de completar nuestro 
pensamiento por medio de la palabra escrita 6 
hablada. Esto es lo que se llama el dogma del 
libre examen que hasta ahora solo es garantizado 
y practicado en los pueblos de origen británico. 
El derecho de pensar 6 de juzgar, el de tener 
una creencia religiosa y practicar libremente su 
culto, el de enseñar y comunicar por medio de 
la palabra lo que tenemos por verdadero, cons- 
tituyen de tal modo nuestra individualidad, que 
si los enagenáramos, ó si la ley, el poder público, 
ó la mayoría de la sociedad, á título de mayoría, 
nos pusieran límites en su uso, 6 se arrogasen 
la facultad de dirigimos imponiéndonos un juicio, 
una creencia, un culto, una enseñanza, una ver- 
dad, no podríamos desarrollar libremente nuestra 
personalidad, y estaríamos sometidos á la mas 
injustificable esclavitud. Ni la ley, ni la socie- 
dad pueden imponemos la abdicación de nuestra 
inteligencia, que cada uno de nosotros puede apH- 
oar con toda independencia, sin peligro de aten- 
tar contra la libertad de los demás. 

El tercer derecho que comprende la libertad 
individual es el de aplicar nuestras fuerzas al 
trabajo que creamos conveniente, y de hacemos 
dueños absolutos de los bienes que adquiramos 
por esta aplicación, por contratos 6 por sucesión 
hereditaria, sin que la sociedad ni la ley, el poder 
público ni los demás individuos, puedan ponemos 
obstáculos, mientras respetemos en nuestros se- 



mejantes un derecho igual á la aplicación de su 
trabajo y á la disposición de sus propiedades. 

El cuarto derecho es el de reunión y asociación, 
consecuencia indispen%able de los derechos enu- 
merados ya, pues el hombre no puede usar com- 
pletamente de ellos si no tiene el derecho de 
asociarse para hacer, en unión de otros, lo que 
cada cual puede hacer personalmente. Sobre todo, 
la libertad de pensamiento, la de trabajo y de 
comercio serian nulas, ó por lo menos limitadas, 
si los hombres no tuvieran el derecho de reunirse 
para practicar una creencia, para comunicarse 
sus sentimientos, sus ideas, sus opiniones y dis- 
cutirlos, 6 enseñarlos, 6 tomar resoluciones de 
interés colectivo, y si no pudieran asociarse para 
hacer un trabajo en común 6 practicar cualquier 
arreglo de interés. 

Finalmente, y como complemento de todos los 
derechos de la libertad individual, el hombre tie- 
ne el de exigir la igualdad de todos ante la ley* 
Esta es la igualdad de derechos, condición indis- 
pensable de la libertad individual, pues ella no 
puede existir en el orden social ni en el polítioo, 
si todos no tienen un mismo derecho al goce de 
su vida, al desarrollo de sus facultades, al uso da 
sus derechos civiles y políticos, y, en fin, á que no 
haya exenciones ni privilegios que escluyan a los 
unos de lo que se concede á los demás en las 
mismas circunstancias. 

Estas son las leyes universales de la natura- 
leza humana que reglan el modo de proceder de 
las fuerzas del hombre y de la sociedad pan 
alcanzar su fin, que es el desarrollo de la vida en 
toda su intensidad. Mas para no deducir de ellss 
una teoría abstracta que fracasaría en la prHotica, 
pasemos en revista los sentimientos y los hábitos 
que en la sociedad moderna se oponen ni cumpli- 
miento de aquellas leyes ; y así tendremos la ver- 
dadera teoría política, que en estos casos consiste 
en reconocer cuáles son los hechos cuya evolución 
deben favorecer los pueblos y sus directores, y 
cuáles son aquellos que deben contrariar, ó, si •• 
posible, sofocar en su nacimiento. 

Josa YlCTOBINO LA.8TABBIA. 

Hombrt d« Bftado f PabUeUta. 

Santiago de ChiUt 1875. 



SECCIÓN POLÍTICA— BBPÍBLicA de chile 



55 



VIVIR EN LA PATRIA LIBRE 

8e ha olyidado la solidaridad sublime que existe 
entre la libertad de la patria y la libertad del 
hombre. 

La verdadera noción de la patria envuelve la 
idea de sn dignidad, y no hay dignidad posible sin 
la seguridad del derecho, sin la práctica de la 
soberanía, sin la propiedad absoluta de su terri- 
torio, sin la inviolabilidad de sus fronteras físicas 
que forman el honor nacional, y sin la inviola- 
bilidad de las fronteras morales que es la inde- 
pendencia del hombre y la libertad del ciudadano. 

El hombre que se separa, que se aisla en su 
egoísmo, vive fuera de la patria; es una planta de 
su territorio que respira su aire, absorbe la vita- 
lidad de la tierra y de su cielo, pero no es el 
miembro de la sociedad, no es la personalidad 
humana. 

£1 honor del ciudadano es solidario del honor de 
la patria. La responsabilidad del hombre es tam- 
bién solidaria de su gobierno. El deshonor social 
recae sobre todos. Hé ahí por qué la invasión debe 
ser combatida hasta estinguirla ó hasta la muerte 
del último hombre. Hé . ahí también por qué el 
despotismo, que es la invasión del fratricida, debe 
ser combatido hasta la muerte, porque infama á 
todo el que se somete. Hé ahí, por fin, por qué la 
humanidad ha honrado á los proscritos por la 

tí rutila^, 

De otro modo los pueblos que doblan la cerviz 
4 BUS gobiernos son cómplices de todos sus crí- 
menes, de las guerras, de las invasiones, de todas 
las violaciones del derecho. Es por eso que los 
que se llaman inocentes sufren las calamidades 
de la venganza y de la indiferencia, porque esos 
inocentes son cómplices con su cobardía é indife- 
rencia. 

La vida completa del derecho no puede existir 
sino con la libertad de la patria. El honor del 
ciudadano no puede existir sino con el honor de 
la patria, y hay deshonra donde quiera que haya 
tiranía. Así lo creyó Catón. La vida para él era 
la libertad de Boma. 

César vencedor, la vida habia cesado para 
Catón. Hé ahí una concepción sublime de la 
solidaridad de la patria y del hombre, de la liber- 
tad, del honor de la República y de la libertad 
y del honor del ciudadano. 

Es así como después de muerto, se merece estas 



palabras en boca del enemigo vencedor, de Marco 
Antonio delante del cadáver de M. Bruto: 

His life waa gentU, and the elementa 

So min'd in him, th t natura m ght stand np. 

And saj to all the world, *ThÍ8 waa á man'. 

¿Qué importa el éxito? ¿No es la verdadera 
ciudad vivir, servir y morir por el ideal de la 
'vida de los héroes? 

Y tú mundo, tú humanidad que pasas despre- 
ciando, olvidando y no comprendiendo á los que 
han honrado el título de hombre, cuanto no 
debes á tus mártires, á los que has vilipendiado 
ó crucificado? 

¿ Quién te ha abierto el cráneo á la luz, quién 
te arrebata los temores del diluvio, quién levan- 
ta tu frente humillada por los sacerdocios, por 
los reyes ó por los ricos injustos; quién te dá la 
posesión del mundo, las riquezas de la creación, 
los elementos del arte, la elevación del alma, la 
verdadera noción de Dios, de la ley y del destino, 
la regla de las sociedades, la tranquilidad en el 
goce de tus derechos y las esperanzas de la fé y 
del corazón sublimado, quién, sino esa serie de 
mártires, de héroes, de genios cuyos nombres 
ignoras ó cuyos recuerdos te atosigan, porque 
la gratitud es un peso para las almas peque- 
ñas? 

Triste es que la mayoría se doblegue, pero 
eso mismo prueba la necesidad del héroe, la ini- 
ciación del sacrificio. 

Francisco Bilbao. 

PoblIcUta. 



FAZ ACTUAL DE LA DEMOCRACIA 

A medida que los pueblos se alejan de las 
leyes morales, pierden el dominio de sus intere- 
ses y el goce de sus derechos. 

La democracia no ha existido ni ha progre- 
sado sino al amparo del sentimiento de la inmor- 
talidad. 

La lucha que agita á la humanidad pone en 
gran peligro la libertad de los hombres; porque 
las fuerzas que impulsan á los amigos de ella 
están combatidas por otras fuerzas mas resis- 
tentes y que se desenvuelven con mayor rapi- 
dez. 



56 



AMÉRICA LITERARIA 



El progreso material é inteleotnal qae oarao- 
teriza al dglo en que nos enoontramos, no tiene 
una dirección moral. Las ideas que han plan- 
teado el problema de la democracia, tienen qne 
decidir de antemano onál de las escnelas reinan- 
tes ha de qnedar dominando la conciencia hu- 
mana. 

Los que sostienen la limitación de la vida del 
hombre á la duración del organismo, aranzan á 
grandes pasos abatiendo la causa de la inmor- 
talidad del ser que piensa. 

De allí el que la moral se encuentre en desni- 
vel con la inteligencia. 

El materialismo es hoy dia una irrupción que 
mata las aspiraciones de la humanidad; se des- 
borda sobre las creencias religiosas, Ticia las 
nociones políticas j gangrena hasta el senti- 
miento cívico. Ha penetrado en la educación, 
ha envenenado la desgracia de los desgraciados, 
ha roto los vínculos de la familia j ha llegado 
á connaturalizamos con la corrupción. 

Cuando se alcanza el convencimiento, por 
esfuerzos de la inteligencia, que el hombre pier- 
da la conciencia de lo eterno, se consigue limitar 
las aspiraciones á las satisfacciones de las nece- 
sidades sensuales. 

La última espresion de esa civilización tiene 
que ser la anonadación del alma individual, que 
viene á ser á la vez la muerte del alma de un 
pueblo. 

Si desatamos los vínculos que nos unen á las 
leyes reguladoras de la conciencia, habremos 
encontrado la esplicacion del desborde de las 
sociedades que buscan en el refinamiento del 
sensualismo el ideal de la existencia. 

¿ Para qué sirve la libertad cuando no se le 
acuerda en el drama de la vida otro papel que 
el de agente utilitario P 

El desnivel en que se encuentran los pue- 
blos, entre su moralidad y su progreso intelec- 
tual, es el mas grande de los peligros que corre 
la democracia americana. Hay que grabar con 
letras de fuego en el corazón de las razas viriles 
que no hay democracia donde no hay virtudes. 

El primer albor de la libertad no fué por 
cierto en los horizontes dorados de los pueblos 
prostituidos del Oriente. Surgfió en un pedazo 
de tierra que se Uamó Grecia, cuna de la filoso- 
fía que aun nos irradia, de la política democrá- 
tica, sirviendo de enseñanza al heroísmo y de 
escuela de amor á la patria, á lo bello, al arte, 



á la poesía. El dia en que la Grecia se oorrompié 
y fué el escenario del escándalo, como antes 
habia sido el espectáculo edificante de la reha- 
bilitación del hombre, ese dia perdió hasta sa 
independencia. 

La democracia de Norte-América no fué sino 
el fruto de las virtudes de los colonos que huiaa 
de la vieja corrupción europea, en busca de una 
tierra en donde poder comunicar libremente 'con 
la eternidad. 

¿Ha habido algo de comparable á la vida 
iibre de esa nación, durante reinó el espíritu 
moral y religioso de sus fundadores? Desde 
que aUí se ha perdido ese espíritu, ha venido el 
desnivel entre el progreso intelectual con el 
sentimiento moral, y la caida de las creencias 
puritanas que levantaron á esa colosal sociedad 
como el fuego de las entrañas de la tierra levan- 
tó las montañas, ha puesto en peligro la demo- 
cracia, llenando de serios temores á sus estadis- 
tas. 

La democracia de las repúblicas que antes 
fueron ^colonias de España, tuvo su punto de 
partida en el alma moral, pero á la vei enferma 
por las creencias que dominaban á nuestros 
antepasados. 

Si á aquella generación se le hubiese dicho 
que no habia otra existencia que la determinada 
por la circulación de la sangre; que nada habia 
fuera de los goces de la edad; que la gloria aca- 
baba donde concluye de latir el corazón, es posi- 
ble su]K)ner que no habríamos tenido héroes y 
que, entregados á la conservación del cuerpo, en 
vez de haber combatido durante veinte años por 
la libertad, habríanse contentado con trabajar 
por sus conveniencias personales. 

El sentimiento democrático no estaba en ar- 
monía con la ilustración del pueblo. La pugna 
de ese sentimiento con la ignorancia en que 
encontró á las sociedades emancipadas, fué la 
causa de los ensayos y de la desorg^anizacion 
en que se ha pasado una gran parte de la exis- 
tencia independiente. 

A pesar de esa lucha constante, la ilustración 
hacia camino; pero á la vez se desarrollaba el 
germen del sentimiento utilitario, que inoculaba 
en el organismo joven el virus de la desmorali- 
zación, creciendo á medida que las necesidades 
materiales se sobreponían á las morales. 

La democracia ha participado de las manifes- 
taciones que revelaban el tránsito de las ideas, 



SECCIÓN POLÍTICA— REPÚBLICA de chile 



67 



llegando unas veces á revestir en sus adelantos 
la espresion mas acabada del progreso de la 
ciencia política, como en otras el desconocimien- 
to de la misma soberanía popular. 

Alternando entre las dictaduras y los gobier- 
nos libres, ensayando sistemas y teorías, al fin 
se han llegado á establecer las organizaciones de 
estos pueblos, al amparo de los mas avanzados 
principios. 

Cuando estas sociedades llegaron al período 
de la conciencia de la ley, se encontraron con el 
desnivel en que quedaba la moral, en relación al 
adelanto intelectual. 

Habiase perdido la base moral que diera naci- 
miento á la democracia en Sud América. Si en 
su primera manifestación la moral estaba en 
desarmonia con la ilustración, ahora resultaba 
. que ésta habia avanzado, dejando en olvido á 
aquella. 

Si se hubiera podido hacer marchar unidas la 
civilisaoion y la moral, la democracia habria 
realiíado el gobierno de la leg^dad y de la 
moralidad. 

Desgraciadamente no ha sido asi. 

£1 sentimiento utilitario, apoyado en la creen- 
da de la materialidad 'de la existencia, haciendo 
un camino veloi como el contagio de las epide- 
mias, se sobrepuso al culto de la verdad republi- 
cana. La conciencia pública perdió su punto 
olqetivo, 7 la esplotacion de las grandes conquis- 
tas de la libertad en las instituciones, vino á 
ser el criterio de los partidos que subian al poder 
6 luchaban por alcanaarlo. 

Ko ha debido sorprendemos el estado deplo- 
rable en que se encuentra la democracia en Amé- 
rica, después que se estudian los elementos que 
han agitado y agitan i estas sociedades. 

Sin temor de lastimar la verdad, puede decir- 
se que la democracia ha desaparecido de cada 
• pueblo del continente; hecho digno de constatar- 
se en castigo del régimen de la mentira que se 
exhibe victorioso. 

En ninguna de nuestras repúblicas se conoce 
la prictioa del sufragio libre. Monopolisado por 
la corrupción, en ves de la espresion de las 
mayorías, se encuentra en su lugar la violencia, 
el soborno, el fraude y la falsificación. 

Viciado el punto de partida del gobierno 
democráüoo, la democracia se mantiene como un 
telón de boca., para cubrir la podredumbre que 
lleva en los labios las palabras mas santas del 



decálogo humano y en el corasen el sentimiento 
utilitarío. 

¿Qué principio, qué libertad no ha sido lleva- 
do al repertorío de las leyes, y cuál de ellas no 
ha sido proscrípta, borrada por los mismosjque 
las tomaban como pasábante para conspirar en 
contra de la democracia, buscando la protección 
de sus conveniencias particulares? 

En muchos pueblos ha sido el gobierno una 
especulación como cualquiera otra. Es que la 
conciencia encuentra un precio cuando la moral 
es vencida por la materialisacion de las creen- 
cias. 

Despotizar á nombre de la libertad, robar á 
nombre de ln honradez, monopolizar el sufragio 
á nombre del derecho electoral, convertir las 
administraciones en factorías á esplotar por los 
correligionaríos, ha sido en unas partes la fai 
real de lo que llaman democracia. 

En otras se ha visto la idolatría por los cau- 
dillos, que eran para las multitudes la expresión 
de la ley, la encamación de la soberanía. 

Pervertido el sentimiento moral, la verdad ha 
llegado á ser el enemigo capital de estas demo- 
cracias, que en sos ratos de espansion no ha tre- 
pidado en calificar de traición el acto que levan- 
taba la justicia, á despecho de la falsía y del 
engaño. 

Los pueblos se apegan tanto á los vicios que 
contraen y por el fomento de los cuales se les 
domina, que confunden el patríotismo con el cri- 
men, el charlatanismo declamatorio con la auste. 
ridad del republicano, y temen mas á la razón 
que á la ignorancia en que vejetan. 

El falso principio del sufragio universal, que 
han aclamado como fundamento del gobierno 
€|0mocrático, es, á no dudarlo, una de las causas 
que mas dificultan la rehabilitación del principio 
republicano. 

Se ha creido que el sufragio es inherente al 
hombre, sin exigírsele condición alguna. Las 
masas, mayorías ignorantes, inconcientes y Tido- 
sas, son las llamadas i ser representadas en el 
poder político, venciendo á las minorías ilustra- 
das y concientes. 

Los que entienden por democracia el gobierno 
de las mayorías bárbaras ó incapaces, debian ser 
lógicos en reconocer que sus aspiraciones les 
llevaban á ser gobernados por la universal igno- 
rancia de las multitudes. 

Pero son ellos mismos los que les niegan su 



58 



AMÉRICA LITERARIA 



representación, defendiendo el sufragio absoluto 
como recurso que les permite esplotar esa fuerza 
ciegra de instrumentos, en daño de estos y en 
beneficio de los falseadores de la soberanía. 

En el campo de la acción electoral, el teatro 
elegido para librar la batalla ha sido j es la 
igfuorancia de las masas. 

Quien consigne engañarlas más, dominarlas, 
corromperlas y ponerlas á su servicio, ese es el 
que entona cantos de victoria. 

El resultado tiene que ser lógico. La demo- 
cracia desaparece y deja en su lugur un sistema 
de gobierno que consiste en recompensar con los 
dineros del pueblo á los que trabajaran por el 
triunfo de la compañía política formada con un 
propósito utilitario. 

Un reglen tal, que desmoraliza cada vez mas, 
produce el indiferentismo, adormece, fatiga las 
conciencias y acaba por entronizar la corrupción 
política, fomentando la social. 

Pero la corrupción social y política impone 
necesidades que no pueden eludirse y para cuya 
•atisfaocion no basta el engrano ni la charla. 

Es entonces que se ven producirse las enfer- 
medades que buscan una salida, demandando á 
los gobernantes la felicidad y la abundancia que 
les ofrecieron y que no han podido encontrar. 
Entonces ocurren las defecciones, las transaccio- 
nes que obran en las multitudes el descreimiento, 
y mas de una vez la anarquía. 

La habilidad de los gobiernos y partidos se 
contrae en semejantes conflictos á buscar cau- 
sas que impresionen á las multitudes, inventando 
cuestiones que despierten el sentimiento de la 
nacionalidad. 

¡ Cuántas guerras nacionales no han sido orea- 
das como un recurso contra la efervescencia de 
los partidos internos! 

La democracia en las repúblicas americanas 
ha ofrecido estos dos estremos: en su nacimiento 
combatía por la libertad; en su decadencia com- 
bate por intereses materiales. 

El espectáculo que ofrece la América del Sud 
es bastante tétrico para poderlo justificar. 

Con razón se ha dicho por pensadores de nues- 
tros dias, que cada sociabilidad es la espresion 
latente de sus dogmas. 

El dogma reinante al nacer la democracia en 
el suelo americano era el católico. De allí el que 
viese la luz enferma y maniatada. 

El dogma reinante en estos tiempos, es la incre- 



dulidad alimentada por el utilitarismo. De allí el 
que la conciencia política haya desaparecido y 
. reemplazádosela por las conveniencias que impe- 
ran á merced de las necesidadas materiales. 

Si hubiera de continuarse el desarrollo de los 
elementos constitutivos de las actuales democra- 
cias, valdría mas pensar, como han pensado ya en 
los Estados Unidos de la Améríca del Norte, en 
salvar la pureza de la república adoptando como 
punición la idea monárquica. 

Es preferible que la verdad se estampe, á oon^ 
tinuar viviendo en el eng^o. 

Todo el trabajo del presente tiene que din jirse 
á dar fuerza á la propagranda de los pocos que bata- 
llan por la revindicacion de la verdad democrática. 



Manubl Bilbao. 

Abogado jr PabUoUla. 



Buenos Airei, 1880. 



LOS EJÉRCITOS PERMANENTES 

EK LAS BEPÍÍBLICAS 8ÜD-AKBBIOAKA8 

Los ejércitos permanentes han causado mJales 
muy serios en aquellos Estados americanos donde 
han desarrollado el militarismo hasta hacerlo la 
clase grobemante. Ya hemos visto reproducirse 
en ellos las escenas de los pretorianos de Boma, 
y ya hemos visto á los grobiemos dispensarse de 
todo respeto á las voluntades de los pueblos, 
segruros de la adhesión de sus soldados y fiados en 
el número de estos. 

Mas no por ello debemos condenar esos ejérci- 
tos, menos aun el espíritu militar que educa en 
la energía y dignidad, en la rectitud del carácter, 
el valor y respeto profundo al deber. Es su exage- 
ración la que merece ser condenada como amenaza 
para una paz sólida y fecunda en el interior y en 
el exterior. Pero los ejércitos permanentes que 
sirvan de base para alistar y disciplinar las fuer- 
zas de la nación encarg^adas de defender su honra 
é integrridad territorial, son una de las necesidades 
primordiales de todo país bienorg^anizado. Enton- 
ces se tiene una nación de soldados y se conjuran 
todos los peligros del militarismo. 



Justo Abteaoa. 



Santiago de ChiU, 1877. 



SECCIÓN POLÍTICA— EEPÚBLicA db chile 



59 



El ejército de Cliile, aunque reducido en su 
númerOflia contribuido poderosamente al progre- 
so del país en todas sus manifestaciones. 

Ha ahogado la demagogia en su cuna; y en 
consecuencia el trabajo j la industria que solo se 
desarrollan á la sombra del orden, encontrándose 
sin trabas que la enerven, inician ya su carrera 
j tomarán en el porvenir un ruelo desconocido. 

Estricto observante de la disciplina, ha estado 
siempre del lado de la ley y cooperado así al afian- 
samiento de las libertades públicas. 

A la vez que, con pesar, se vé enervado el desar- 
rollo de las Bepúblicas americanas por repetidas 
luchas intestinas, admira ver á Chile seguir la 
senda del progreso sin que la contagie aquel mal 
endémico. Ello tiene una sola explicación: la 
moralidad de sus tropas. 

Ese ejército que ha dado tantas glorias á su 
país; que mantiene tan alto su nombre en punto 
á virtudes militares, y que si la ocasión se presenta 
cosechará aún nuevos laureles, es la base sobre la 
cual Chile puede contar para organizar fuerzas 
respetables en breve tiempo; y si es verdad que á 
las buenas tropas se debe la estabilidad de los 
gobiernos, el respeto de las naciones, y, por consi- 
guiente, el incremento de su comercio y riqueza, 
el ejército de Chile tiene conquistado el derecho 
á la gratitud de su patria. 

Ebásmo Escala. 

GenenU, Bz-Dirootor de L» ▲eademia Militar. 
Santiago de Chüe, 1877. 



CHILE Y SU MARINA 

Creo no equivocarme al pensar que la mayoria 
de nuestros hombres públicos abriga el conven- 
oimiento de que Chile, por infinidad de causas, 
debe contar con sus elementos maritimos como 
indispensables á su prosperidad y engprandeci- 
miento. 

Muy pocos son los que desconocen la poderosa 
influencia que nuestra marina mercante está lla- 
mada á ejercer en el desarrollo del comercio y 
riqueza nacional. 

¿Quién puede poner en duda que nuestra mari- 
na de guerra es el baluarte de la BepúblicaP 

Establecida esta verdad, se me ocourre una 
idM. 



Atendida nuestra situación geográfica, ¿cuál 
seria el porvenir de Chile si se llegara á realizar 
el pensamiento de abrir una via de comunicación 
interoceánica en el Istmo de Panamá ó en sus 
inmediaciones? 

Es indudable que llevado á cabo esta proyecto 
— que es muy posible que algún dia se realice — 
Chile sufriria una depresión considerable en su 
prosperidad é importancia política. 

Creada aquella situación, ¿cómo conjurar •! 
mal? 

En mi concepto, nuestras marinas de guerra 
y mercante son las llamadas á salvar al país. 

Un acontecimiento tan trascendental para la 
Kepública, aunque remoto todavía, debe desde 
luego preocupamos; pues es necesario no olvidar 
que la Europa y la América del Norte tienen 
intereses muy considerables y un comercio bas- 
tante activo en todo este continente, para renun- 
ciar á un proyecto que es considerado practicable. 

Juan Williams Rebolledo. 

Oapltan de Navio (U la Marin» Nadonal. 
Valparaíso, 1877. 



En el centro de un hermoso paseo y entre los 
de sus preclaros hijos, ostenta la Capital de Chile 
el grandioso é imperecedero monumento, por la 
gfratitud del pueblo chileno elevado á la memoria 
del ilustre General Don José de San Martin. 

El General San Martin no era chileno! 

El vino, sin embargo, del otro lado de los 
Andes á dar, en esta tierra agradecida, el golpe 
de muerte á la amenazante dominación española, 
para ir después, á la cabeza de un ejército de 
chilenos y argentinos, á combatirla en el centro 
mismo de su poder. 

Así pensaban y obraban los héroes de la revo- 
lución americana. 

Para éUos no habia aquí diversas nacionalida- 
des, para ellos la América entera no era mas que 
una sola nación, una patria común, siempre que 
se trataba de su independencia y libertad. 

Si mantuviéramos vivo y activo el espíritu de 
nuestros padres, \ cuánto podríamos acelerar la 
prosperidad y engrandecimiento de esta vasta y 
rica porción del universo! 

Domina en este precioso libro el pensamiento 
de la unidad de la gran familia americana, y por 



60 



AMÉRICA LITERARIA 



eso tribntamoB á sa antor nuestros sinceros y j positivos. Y qne la' palabra de orden de todo 
entusiastas aplausos. hombre de progreso sea: 

— ; Fuera de las aulas la mitología profana j 
religiosa! 

¡Paso ¿ la ciencia que di alas á la industria! 



Jo8Í Bkbnabdo Liba. 

▲bogado. Profator de Práetim Fofrenwc eo la UBireraidMl 
de Santlaco de Chile. 



SonKoyo dé ChiU, 1877. 



DuriBL Fbliú. 

▲bocudo jr PerlodMa.* 



Vdlparaiio, 1877. 



HEMOS ERRADO EL RUMBO 



La industria j la ciencia son las dos mas pode- 
rosas palancas de que la civilisacion moderna se 
Tale para operar verdaderas maravillas. 

La ciencia y la industria están removiendo y 
concluirán por arrojar muy lejos las moles in- 
mensas del vicio, de la ignorancia, de las preo- 
cupaciones 

Por medio de la industria, el hombre hace 
suyas todas las fuersas de la naturaleza y dá 
útil empleo á los productos mas insig^nificantes 
de la tierra. 

Por medio de la ciencia, la industria perfec- 
ciona cada dia sus procedimientos, y ambas f uer- 
las reunidas han elevado al hombre á la sublime 
categoría de creador. 

Sin ciencia, sin industria, ¿ qué vale hoy un 
pueblo P 

Con ellas todo lo tendremos. 

Sin ellas no existirían ni telégrafos, ni ferro- 
carriles, ni vapores, ni imprentas... 

Pero no eran leguleyos, ni teólogos, ni siquie- 
ra bachilleres los que idearon esos y otros gran- 
des inventos, que hoy nos son familiares y que 
habrían asombrado en épocas recien pasadas. 

T, sin embargo, son bachilleres, teólogos 6 
leguleyos los que la Améríca latina forma en 
sus oolejios, con el vicioso sistema de enseñanza 
que hoy impera. 

Estadistas amerícanos : 

Si queréis que Améríca sea próspera y flore- 
ciente, rectificad el rumbo dado á la instrucción. 
Qne cese la era de las palabras contradiotorías 
que solo reposan en la autoridad de uno 6 de 
muchos hombres, y que empiece de una vez el 
imperio de los hechos fundados en la observa- 
ción y la experiencia. Que las sofisterías de una 
estéril metafísica cedan su lugar á conocimientos 



Si la noción de patria se redujera á vejetar 
tranquilamente en un rincón de tierra mas 6 
menos feraz, en compañía de una comunidad mas 
ó menos reducida y ordenada, diría: ¡tengo una 
patrial Pero, desgraciadamente — para mf, yo 
habia asociado, desde niño, en mi espíritu, á esa 
idea, á ese sentimiento, algo de gnu^oao, que 
parecía dilatarse indefinidamente en vastos y 
radiantes horízontes... Saliendo de los límites 
materiales, yo habia soñado en una patria moral, 
en que cupieran todas las aspiraciones destinadas 
á realizar los altos fines de la vida humana; — 
que fuera á la vez, recuerdo y esperanza, — ^tradi- 
ción gloríosa, presente cargado de promesas, 
futuro ilimitado. . . Que fuera libertad, descentra- 
lización, gobierno propio, expansión y cultivo de 
nuestras vírgenes regiones, extinción del estonco, 
del inquilinaje, y de todos los rastros denunciado- 
res de nuestra pasada esclavitud colonial . . . Qne 
fuera, en suma, vida activa y fecunda, anhelo juve- 
nil, impulso vigoroso, ilustración, industria, ríque- 
za, engrandecimiento y progreso incesante! . . . 

¿Te has aproximado á ese ideal, ¡oh! cara 
patríaP... 

AlBJANDBO CÁBBA.8CO AXBAHO. 

Beerltor. 

Santiago dé ChiU, 1877. 



La Religión libre, el Estado libre, la Ley. igual, 
equitativa y justa, hé aquí lo que siempre he esti- 
mado como el bello ideal de toda sociedad que 
aspira á organizarse sobre bases sólidas y eternas. 

£1 predominio de uno ú otro de esos elementos 
sobre el otro, ó su degeneración, constituye, á mi 
juicio, una tiranía; su violenta separaoion, la 
anarquía; su choque, la revuelta. 



SECCIÓN POLÍTICA— EEPÍ^LicA de chile 



61 



Y en cnanto ¿ partidos, no comprendo otro qne 
el de la patria; el de sn gloria y sn prosperidad, 
ñn sujeción ¿ intereses mesqninos, sin odios ni 
rencores sino al mal. 

Este jMiriuIo— el de las gentes de bnen sentido, 
de patriotismo y bnena fé — ^pidiendo á cada parti- 
do, 6 mas bien al país, sin distinción de partidos 
— todas sns capacidades, todas sns probidades, 
todas sos ideas, todas sns luces y todas sns abne- 
gaciones, es, segnn creo, á la vei el único qne no 
ha existido basta el presente, el único qne debiera 
existir en el porvenir. 

Por qné, entonces, ese partido tarda tanto en 
organiíarseP 

Dante vio á la entrada del Infierno, á los iner- 
tm,ytn limbo: «nocbe sombría, en qne no brilla 
luí alguna ** ; pero conducido por Beatriz, derrotó 
las bestias feroces y penetró en las moradas sin 
límite, ni espacio. 

La humanidad tiene un guía mas seguro que 
Dante: la Libertad — Y cuando, hastiada del 
espectáculo de Tulgrares ambiciones, de necios 
adornados de vanos títulos, de abusos, de errores, 
de autoridades con librea, y libreas con autorida- 
dad, de dioses de yeso á quienes una gota de 
agua reduce á polvo, lo quiera sinceramente, ese 
partido se habrá organisado, y sobre esa base, un 
edificio del que pueda decirse, como Cristo de la 
Iglesia: 

Loi puerUu del infierno no prevalecerán con- 
tra él 

Josa J. LA.BBAIN ZáSjlutv (a) Athos. 

OompUador. 
SaiUiago de CMU, 1877. 



Coneiliar la libertad con el orden, es el gran 
problema de los hombres de Estado. 

Su resolución no depende exclusivamente de 
kyes mas 6 menos liberales. La ilustración, los 
hábitos sociales y la industria, son los elementos 
decisivos; y aunque las ciencias tienen parte en 
esa grande obra, su generalización, á la par de 
imposible, seria infructuosa. 

La educación en los diversos ramos de indus- 
tria y su libre ejercicio, son los medios de adqui- 
rir los bienes necesarios al hombre; y el trabajo 
empleado con inteligencia, engendra la prospe- 
ridad pública y particular, forma costumbres 
■ooiales, produce el orden, y con él la libertad. 



I 



No son, pues, las mejores leyes, ni la imposible 
generalización de las ciencias, las que dan la liber- 
tad y el orden, son la instrucción industrial y el 
trabajo; y esto es lo que debe llamar la atención 
de los gobiernos y de los hombres públicos. 

La Inglaterra y los Estados-Unidos de la 
América del Norte, testifican estas verdades. 
Sigamos su ejemplo, y las nuevas Repúblicas de 
la América Española llegarán á ser verdadera- 
mente libres y felices. 

Maküel Camilo Vial. 

FiaoU de la Suprenuí Odrte de JaetteúL 
Santiago d$ Chüe, 1877. 



Las naciones americanas de origen latino ven 
aproximarse el momento de solucionar gravísi- 
mas cuestiones sociales y políticas, que pueden 
producir notables y dolorosas perturbaciones, si 
al resolverlas no se procede con patriotismo y 
circunspección. 

Al establecer en la legislación la libertad de 
cultos, el matrimonio civil, la comunidad de las 
tumbas y la conveniencia de que el Estado dirija 
la enseñanza pública, es deber de los hombres 
públicos llamados á intervenir en las decisiones 
de la autoridad sobre estas materias, ya sean 
defensores de los derechos del Estado, ya sostene- 
dores de los fueros de la Iglesia Católica, procu- 
rar que la solución sea prudente y práctica, sin 
que por una parte pueda importar opresión, ni 
por la otra terca 6 tenaz resistencia. 

José Antonio Gandasillas. 

Miniatro de Is Corte de ApelMotosee. 
Santiago de Chile, 1877. 



Uno de los fines primordiales de los gobiernos 
es promover y fomentar el verdadero progreso 
de las naciones, es decir, el armónico desarrollo 
é incremento de la riqueza y prosperidad gene- 
ral, de la instrucción, ciencias, artes y de la mo- 
ralidad de los ciudadanos, respetando el derecho 
y la libertad y dentro de los límites de la justicia. 

Los bienes materiales proporcionan á los pue- 
blos los medios necesarios á su crecimiento y 
bienestar: la instrucción, las ciencias dilatan la 
razón, ensanchan la esfera de la inteligencia en 



62 



ÁMÉBICA LITERARIA 



todos los órdenes de las relaciones del ser humano, 
le dan el mas perfecto conocimiento de su propia 
naturaleza, de su dignidad; y la moral, cuya 
base mas poderosa es la religión, patentisándole 
sus deberes, le engrandece j purifica con el bri- 
llo de la virtud j con la conciencia de la plenitud 
de sus destinos, 

El equilibrio j armonía en estos tres ramos 
del progreso, así concebido, es una ley natural é 
invariable y cuyo quebrantamiento conduce á 
los Estados á la corrupción, pobreza y atraso, y 
los precipita en la decadencia. 

En aquellas Repúblicas latino-americanas, en 
que ya el orden tiene sólidas raices, y sus ante- 
cedentes y costumbres se han amoldado á las 
instituciones que adoptaron al separase de Espa- 
ña, es menos difícil para sus gobernantes desem- 
peñar esta alta é importantísima misión. 

Sin el pauperismo que existe en naciones de 
otros continentes, con una población muy infe- 
rior á la extensión y riqueza de sus territorios, 
sin necesidad de grandes ejércitos permanentes, 
sin divisiones de sectas religiosas y sin bandos 
políticos que pretendan cambios fundamentales 
en la forma de sus gobiernos, esto es, que inten- 
ten sustituir el sistema republicano democrático 
por el monárquico, no tienen los gobernantes los 
fuertes obstáculos que pueden embarazar á los de 
los imperios europeos, y están en condiciones 
propicias para impulsar á sus gobernados por 
este verdadero progreso que debe hacer desple- 
giur á la raza latina en América, con todo su 
esplendor, las nobles cualidades y las virtudes 
que le son propias. 

Jos¿ Nicolás Httbtado. 

Diputado ftl OoncTMO, «x-IMploinátioo. 

Basnüag^ d$ Chile, 1877. 



El Ministro de Instrucción Pública, Miguel 
L. Amunátegui, se ha puesto en Chile al frente 
de ese movimiento tardío, pero incesante de las 
sociedades mas adelantadas que la nuestra, para 
emancipar á la mujer, dándola condiciones de 
vida independiente, adquiridas por su propia 
actividad. 

Ha abierto liceos de niñas, para poner la ins- 
trucción de las ciencias á su alcance. 



Ha buscado oficios é industrias en que ganen 
su sustento. 

Y el trabajo de sus manos y el cultivo de n 
espíritu conquistará para la mujer el respeto 
del hombre y su independencia en la familia. 

Amunátegui ha sacrificado sin escrúpulos la 
estendida tendencia de ciertos literatos que sob 
rodean de poesía á la mujer, contemplándola en 
el mudo retiro del hogiur como deidad misterion 
velada entre las sombras del santuario. 

Esto nos lleva á un noble progreso sooiaL 

Concluye un odioso despotismo de sexo. 

El rayo de luz que arroje la ciencia sobre el 
espíritu y la inteligencia de la mujer, fecundar* 
su pensamiento, elevándola al nivel social que la 
corresponde. 

Y si, para abrirse camino en la lucha de la vids» 
comparte el trabajo del obrero, del escritor 6 del 
artista, no hace sino enaltecerse, obedeciendo á im 
progreso, á una ley moral promulgada desde lar- 
go tiempo en la conciencia humana. 



Moisés Yaroás. 

BMrttor. 



SanHago dé Chü$, 1877. 



Uno de los mayores beneficios que* puede lia- 
cerse á las sociedades americanas, es el de procu- 
rar su unión y su conocimiento mutuo. 

Separados por vastos desiertos, por caudalo- 
sos ríos ó por elevadísimas montañas, necesitan 
poblar los primeros, cruzar por activa navega- 
ción los segundos y trasmontar los últimos por 
medio de los ferro-carriles, esos soberbios caba- 
llos de fuego y de humo que tan dócilmente obe- 
decen á la mano del hombre. 

Mientras que la inmigración llene los darof 
de nuestras tierras y que el comercio estreche 
nuestras fronteras, los hombres de buena volim* 
tad deben trabajar y deben unirse para hacer la 
propaganda de nuestra unión por medio del dia- 
río, del libro, de la cátedra y de la tribuna. 



Santisígo d$ ChiU, 1874. 



Adolfo Mübillo. 

Hédtoo. 



SECCIÓN POLÍTICA— EBPÚBLicA de chile 



63 



Si Ift América de cuyos actuales prohombres 
86 ocupa el Autógrafo, es hoy el refugio de algu- 
nos aflijidos» mañana será la regeneradora átü 
mundo, por sus instituciones demoor&tíoas y repu- 
blicanas. Será también la que marche á la cabeza 
de la humanidad, por sus descubrimientos y por 
su progreso, y la que está llamada á satisfacer 
las necesidades del hombre con su producción y 
con su abundancia: producción emanada del tra- 
bajo libre de inteligentes y viriles pueblos; y 
abundancia desparramada sobre todo este prívi- 



legfiado suelo por la voluntad omnipotente y 
miaerioordiosa del Supremo Hacedor. 

La América será, pues, el futuro Edén en 
que venga á gozar y regocijarse la humanidad 
entera, así como es ya hoy el variado é inagota- 
ble almacén del que se surte y del que aprovecha 
la gran mayoría de los habitantes del globo. 



Mastín Palma. 

Baorifeor. 



Folporaifo, 1877. 



REPÚBLICA DEL PERÚ 



EL AMERICANISMO 



Si no hñ de oonyertirse en miserable egoismo, 
8Í ha de corresponder á la grandeza del NneTO 
Mnndo, necesario es que el americanismo junte 
la heroica abnegación del amor á la patria con 
las sublimes inspiraciones de la sabiduría: ha de 
ser una gran virtud mas bien que un sentimiento 
irreflexivo. El nombre de América, sag^^ado para 
el verdadero patriota, puede ser invocado ya por 
las pasiones mas ruines, ya con miras insensatas: 
con el mas hermoso y benéfico sentimiento quer- 
rán ennoblecerse y adquirir popularidad la ambi- 
ción sin escrúpulos, la codicia sin entrañas, el 
charlatanismo sin pudor, la ruin envidia, la ciega 
repulsión de toda mejora procedente del exterior, 
cuantas resistencias torpes y cuantas aspiraciones 
bastardas retraen á los pueblos del progreso gene- 
ral ó los sacrifican á intereses mezquinos. Mas 
el sincero americanismo, hijo del Evangelio, 
heredero de la civilización europea, desarrollán- 
dose sin los ingentes obstáculos, que en las viejas 
sociedades ha amontonado el tiempo, y pudiendo 
desplegar su actividad en regiones inmensas 
vírgenes, ricamente dotadas por la Divina Pro- 
videncia, debe ofrecer el mas bello modelo del 
espíritu público, espíritu de fé y amor, espíritu 
de libertad y orden, espíritu de paz y progreso, 
espíritu que á las aspiraciones humanitarias de 
la fraternidad cristiana reúna el intenso patrio- 
tismo de las repúblicas antiguas. En el mundo 
de Colon, donde la miseria social no tiene que 
luchar con la fatal escasez de recursos, sino que 
siempre es facticia y reconoce por causas acciden- 
tales faltas reparables de los gobiernos 6 de los 
pueblos, el trabajo recibiendo los honores y estí- 



mulos, que en otras partes fomentan la ooioddad 
estéril ó las profesiones desmoralizadoras, puede 
realizar prodigrios de bienestar y cultura; domi- 
nando una democracia ilustrada, sin privilegios 
de nacimiento y sin predominio de ninguna dsse, 
establecida la solidaridad en el destino de los 
ciudadanos por la igualdad de derechos y por el 
sentimiento de los deberes, comunes, cesará de 
estar expuesta la vida de cada república á lu 
perturbaciones violentas de la fuerza bruta, y á 
las convulsiones duraderas que nacen de la opre- 
sión, de la ignorancia y de la discordia. Hacién- 
dose también solidaria la suerte de los Estados 
americanos por la comunidad de miras y de 
esfuerzos, la paz internacional favorecerá sos 
adelantos recíprocos, y cualquier desacuerdo que 
pudiera dar ocasión á los horrores de la guem, 
será cortado por el imparcial arbitraje; el ascen- 
diente de todo un mundo, rebosando vida y aq^i* 
raudo sinceramente á ensanchar sus relaciones 
pacíficas con todas las naciones cultas, acabará 
con las agresiones de potencias extrañas, cuya 
osadía solo puede tomar bríos del aislamiento y 
rivalidades, que debilitan á la América. Al núsmo 
tiempo las simpatías de origen, la necesidad de 
inmigración, las costumbres hospitalarias, las 
instituciones liberales, la fundada confianza de 
mejorar su situación, todo atraerá á estos afor* 
tunados países, si en ellos prevalece el americz- 
nismo de buena ley, á los hombres de inteligenois 
y de trabajo; su eficaz cooperación, cuando no sn 
fusión en la gran ñunilia americana, que cuenta 
con tan poderosos elementos, facilitará los mss 
sorprendentes adelantos en la industria» la cien- 
cia, las bellas artes y demás ramos de la actividad 
humana; la América, llegada de las últimas á la 
civiUzaoion cristiana, podrá marchar la primera 



SECCIÓN POLÍTICA— REPÚBLICA del pekü 



65 



en el camino de la libertad, de la paz, de la ilus- 
tración, de la regeneración social, de la gloria y 
del engrandecimiento. 

Sbbastl/ln Lobbnte. 



HittorlAdor, Dmauo de la FMulted de letras 
de la Unirenidad. 



lÁma,íS77. 



Dos nneyas razas de hombres se están fundan- 
do en América por la f nsion de varias : una en los 
£stados-ünidos del Norte j otra en la América 
española; j como los problemas de la población 
son los mas importantes para el progreso social, 
político j económico, las naciones americanas que 
mas feliz j rápida solución les den serán las pri- 
meras que lleguen al apogeo de su poder. 

Manuel Pabdo. 



£«010,1875. 



Fre*ldente de la República, hombre de 
Betado j Literato. 



INSTRUCCIÓN POPULAR 

Pienso como Juvenal; no considero el progreso 
de los pueblos por sus hombres de Estado, sus 
universidades, sus oradores, sus publicistas y sus 
poetas, ni por sus grandes industrias j monumen- 
tos nacionales; los pueblos pueden tener todo esto 
y ser, no obtante, pequeños, porque todavía se 
encuentran lejos de la civilización real y fecunda. 
He recorrido toda la Europa del Norte j Occi- 
dente j cuasi toda la América, y he visto, obser- 
vado y comparado unos pueblos con otros; y be 
deducido que los mas cultos y mas grandes son 
aquellos que cuentan mayor número de escuelas 
de instrucción popular, porque tienen mayor 
número de ciudadanos, mayor número de hombres 
ilustrados en la conciencia de sus derechos y sus 
deberes, mayor número de fuerzas militantes y 
activas al presente y para el porvenir; por esto, 
la Alemania y la gran Kepública americana han 
demostrado ser y son verdaderamente grandes y 
dominarán el mundo moderno. 

Porque la instrucción primaria ha estado des- 
cuidada en la América española, porque los de la 
indo-americana no hemos tenido suficiente 



instrucción popular; por esto somos todavía muy 
pequeños, después de cincuenta años de emanci- 
pación política; después que hemos heredado 
gratuitamente todas las conquistas filosóficas, 
jurídicas y económicas de los enciclopedistas del 
siglo XYIH, como doctrina ; el calvario de Luis 
XVI, Danton y Yergniaud en la revolución fran- 
cesa, como terrible lección; y medio siglo de la 
República democrática de Franklin y de Was- 
hington, como ejemplo y enseñanza. 

Y porque Domingo Faustino Sarmiento, en la 
Kepública Argentina, y Manuel Fardo, en la 
nuestra, son los que mas se han contraido, como 
jefes del Estado, á la instrucción popular, contri- 
buyendo á la verdadera cultura, desenvolvimiento 
y progreso moral c intelectual de sus compatrio- 
tas, por eso los considero tan acreedores y tan 
dignos, como San Martin y Bolívar, al reconoci- 
miento de la posteridad. 

El día que se levante un hombre, de grande y 
elevado espíritu, que trabaje tanto ó mas que 
aquellos por la instrucción popular de los pueblos 
indo-americanos, ese hombre merecerá, como 
corona cívica, una inmortal corona de estrellas. 



Febnando Casos. 

Jurieoonsiüto, Orador y Publioiita. 



Lima, 1877. 



Las sociedades modernas reposan sobre funda- 
mentos diametralmente opuestos á los que sirvie- 
ran de base al modo de ser de los pueblos antiguos. 
La diferencia cardinal que existe entre el espíri- 
tu del cristianismo que inspira á las primeras y 
la índole de las teogonias pagpanas que domina- 
ban en los últimos, explica esa distinta condición 
de las comunidades humanas en tan apartadas 
épocas; y si todavía hay algunas que esquivando, 
con más ó menos franqueza, la bienhechora 
influencia de una civilización realzada por diea 
y nueve siglos de tan fecundos como gloriosos 
triunfos, se esfuerzan en retemplar los gastados 
resortes del régimen feudal y del sistema de los 
privilegios, palpable es, sobre todo en América, 
que nos acercamos rápidamente al dia venturoso 
en que los pueblos se habrán emancipado para 
siempre de aquellas inveteradas usurpaciones y 
de los errores que las engendraran. 

El perfeccionamiento progresivo del ser racio- 

9 



ee 



AMÉRICA LITERARIA 



nal lissta volver al seno del Creador, qne es la 
perfección misma, constituye la afortunada ley 
de su destino; y esta se cumplirá en el orden 
moral, á despecho de los que quieran retardar 6 
impedir su realización guiando al hombre por las 
tenebrosas sendas de la ignorancia, así como en 
el mundo físico las aguas que de la eminencia 
descienden á la bonda sima, arrollando los valla- 
dares que se alzan en su camino buscan presuro- 
sas y llegan de un modo necesario á su nivel. 
Pero la perfectibilidad de que somos susceptibles 
y que estriba en el concierto de la razón, en la 
armonía del sentimiento y en la conformidad de 
las acciones del ser inteligente con los eternos 
principios de la verdad, del bien y de la virtud, 
solo puede este alcanzarla de un modo cierto y 
fructuoso por medio de la instrucción, que es la 
luz del entendimiento. Difundirla es, pues, la 
primera necesidad y el primer deber del Estado, 
mas imperiosa aquella y mas serio é imprescindi- 
ble este en los pueblos del Nuevo Mundo, porque 
aparte de ser estos las personalidades ma^ inci- 
pientes en la sociedad de las naciones, están 
llamados por el carácter de sus instituciones, por 
el espíritu cada dia mas levantado y mas greneroso 
de sus habitantes y hasta por la especialidad mis- 
ma de sus costumbres y de sus hábitos, á afianzar 
la verdadera libertad, la justa igpialdad y la san- 
ta confraternidad humanas, en que se resume el 
credo de la democracia. 

Cumple esta misión salvadora á gobernantes y 
gobernados. La asociación así de las voluntades, 
como de los esfuerzos y de los recursos de todos, 
sin imponer á nadie especial sacrificio, es el agen- 
te mas poderoso del progreso en las tareas de la 
instrucción popular. El preceptor y el libro, la 
escuela y la prensa en sus múltiples manifesta- 
ciones, son las fuentes inmediatas de tan precioso 
bien. 

Que la prensa, la escuela y la asociación de 
todos los nobles corazones llenen su deber, y la 
América llegará á ser aquello para que el cielo 
parece haberla formado: la patria anhelada del 
hombre justo en la familia moral, del hombre 
ilustrado en la sociedad ordenada y culta, que es 
el verdadero hombre libre — el hombre creado por 
Dios. 

José Antonio Gabcía y Gabcía. 

Jarlaoonsolto j PublicitU. 
£ima« 1877. 



LA EDUCACIÓN DE LA MUJER 

Es innegable que la educación de la mujer vá 
tomando en las repúblicas Sud-americanas la 
importancia que reclama asunto tan trascenden- 
tal, puesto que tiene que influir de una manera 
eficaz y decisiva en la felicidad de las familias y 
en el porvenir de las naciones. Pero no basta 
ilustrar la inteligencia de la mujer, dotándola 
de ciertos conocimientos que casi siempre olvida 
poco después de haberlos adquirido, sin que 
llegruen á producir un resultado práctico; es 
necesario que esa educación comprenda alguno ó 
algunos ramos que puedan aseg^urar á las educan- 
das en el curso de su vida una subsistencia inde- 
pendiente y decorosa, según sus facultades y 
especiales condiciones, á fin de que puedan 
cuando la necesidad lo requiera, vivir cómoda- 
mente con los recursos de su profesión, arte 6 
industria, sin tener que recurrir á extrañas pro- 
tecciones, ni implorar la caridad pública 6 priva- 
da, ni sacrificar su existendlt en el ímprobo y 
casi improductivo trabajo á que hoy se vé redu- 
cida la mujer que, careciendo de bienes de fortu- 
na, no cuenta, al menos, con el apoyo de un 
padre, un esposo 6 un hermano. 

Cuando esa educación no sea de simple adorno 
y de meras teorías, sino de práctica aplicación 
en las diversas emergencias de la vida, y cuando 
se abra paso á la mujer á diversas y lucrativas 
ocupaciones, que se armonicen con la debilidad 
y delicadeza de su sexo, su posición social estará 
debidamente garantida; entonces buscará en el 
matrimonióla felicidad doméstica, y no abrazará 
tan delicado estado por cálculos egoistas y como 
refugio contra la indigencia; entonces contará 
su moralidad con un poderoso auxiliar, que la 
pontra al abrigo de los riesgos que trae consigo 
la miseria; entóneos, en fin, se habrá completado 
la obra de la emancipación de esa preciosa mitad 
del género humano, y no veremos tristísimos 
cuadros de virtuosas familias, á quienes la pér- 
dida de su jefe y único amparo dejan abando- 
nadas á la mendicidad y expuestas á grandes 
é irreparable desgracias. 

José JO&OB LOAYZA. 
Joriaoonaollo y Pobttoiat*. 



Lima, 1877. 



SECCIÓN POLÍTICA — rbpítblica dbl pbeú 



67 



Dos gnuáes destinos, dos misiones importan- 
tes reserva la Providencia á la raza hispano- 
americana; — ^la completa realización del sistema 
representativo en sus amplias y genninas condi- 
ciones de libertad civil, j la abolición del cadalso, 
empleado basta abora como medio de represión j 
de castig'o. Ambas conquistas las ba iniciado el 
espíritu humano, desde fines del siglo anterior j 
principios del presente; pero la una, tanto como 
la otra pasan por esas intermitencias que experi- 
mentan todas las verdades, que nacen boy para 
morir mañana, sin perjuicio de volver á la vida 
de la sociedad, con doble vigor y mas medios de 
aplicación. 

Nuestras repúblicas vacilan, pero no caen; 
sufren, pero progresan: sus adelantos se mani- 
fiestan, no obstante todas las alternativas de su 
historia. El Perú signe á sus hermanas en este 
desarrollo lento, si bien seguro de todas las ins- 
tituciones políticas, y de todas las artes de la 
civilización moderna. 

JxTAN Antonio Bibeybo. 

Jorlaooiiialto, PubUeist» 7 Hagiatndo. 



Contemporáneo de los grandes hechos que han 
dado por resultado la emancipación del continen- 
te americano, nacido en esa época de gloria, tan 
fecunda en los mas admirables rasgos de valor, 
de abnegación, de heroísmo, de desinterés, he 
visto con placer los progresos de nuestras repú- 
blicas. Data de medio siglo tan solo su vida 
independiente, y, sin embargo, en tan pocos años, 
¡cuántos adelantos cuentan, cuan gigantescos 
pasos han dado en la senda del progreso! 

La odiosa y degradante esclavitud no existe 
ya sino como un recuerdo, y millares de hombres 
libres bendicen hoy en todas las secciones del 
mundo de Colon la aurora de nuestra indepen- 
dencia. La soberanía popular es reconocida y 
acatada por doquiera; la instrucción fomentada 
y protejida por los gobiernos, por la administra- 
ción local y por los particulares, porque todos 
han comprendido que el porvenir de estos países 
dstá cifrado en la ilustración de las masas; la 
riqueza pública decuplada en algunas de nuestras 
repúblicas, y en todas triplicada, cuando menos. 
Nuestros códigos, basados casi siempre en la 
justioia y la equidad, están á la altura de muchas 



de las mejores leyes europeas. La agricultura 
en el Perú, en Chile y otros países, ha progresado 
inmensamente; y hasta las comodidades de la 
vida, que han llegado al nivel de las del Viejo 
Mundo, han cambiado el modo de ser de estos 
pueblos. 

No por esto diré que hemos obtenido todo el 
fruto que debíamos esperar de nuestra gloriosa 
independencia. Las convulsiones políticas que, 
como los estremecimientos del suelo, trastornan 
á menudo la América del Sud, desvian de su 
noble objeto la actividad que impulsa á estas 
naciones. Nuestros ensayos sobre el modo de 
gobernarnos, son todavía muy imperfectos, y 
necesitamos adquirir los hábitos de respeto á la 
ley mas que al mandatario, para que el orden 
público sea inconmovible. Cuando llegruemos á 
ese estado y nuestras elecciones no traspasen los 
límites de la ley, entonces habremos logrado todo 
el fruto de nuestra independencia. 



Josa Vicente Oyagüe. 

Banquero. 



Lima, 1877. 



La buena administración de justicia es no solo 
la primera y mas imperiosa necesidad de los pue- 
blos civilizados, que aspiran á ocupar un puesto 
distinguido en el rol de las naciones, sino que es 
un fiel reflejo de su estado de cultura y moralidad: 
ella garantiza el sagrado derecho de propiedad, 
base de la riqueza social; conserva incólume el 
precioso derecho de libertad, reprimiendo los 
extravíos de los ciudadanos y los excesos del poder^ 
á quien contiene dentro de sus límites, estable- 
ciendo así la armonía entre el orden, que este debe 
mantener, y la libertad de acción, de que deben 
gozar la sociedad y el individuo; ella fomenta 
poderosamente la inmigración de brazos y capita- 
les, trayendo al seno de la nación la ciencia y la 
riqueza, la industria y el trabajo. 

No puede consegpiirse una buena administra- 
ción de justicia, sino á la sombra de la paz: la 
guerra civil la corrompe y llega hasta hacerla 
degenerar en arma peligrosa de la facción domi- 
nante. 

No puede formarse sino á fuerza de severidad 
en la elección de sus miembros y de constancia 



J 



68 



AMÉBICA LITEBABIA 



en el onmplimiento de ens deberes de parte de los 
encargados de tan augustas fnnoiones. 

Los pueblos libres 7 morales, que bnsoan en 
las inspiraciones de la justicia la regla modera- 
dora de sus acciones, 7 en el trabajo 7 la indus- 
tria, la fuente de su riqueza, son los únicos que 
pueden alcanzar 7 poseer tan gran bien. 

José Abanibab. 

Jurisconsulto y Magittnulo. 

Lima, 1877. 



En algfunas de las repúblicas de América, al 
calor de las instituciones democráticas está ger- 
minando 7 alimentándose la tiranía mas odiosa 
que puede afligir á un pueblo, la tiranía de las 
facciones. 

Al advenimiento al poder de una facción 6 
llámese impropiamente partido, la República 
dejó de ser el gobierno de todos para todos, con- 
virtiéndose simplemente en el gobierno de la 
facción para la facción. 

Fuera del grupo no lia7 mas que parias des- 
heredados 6 proscriptos. 

Y es de todos bien sabido que no lia7 tiranía 
que mas cruelmente persiga á la Libertad, que 
la de un bando que se eleva proclamándola, 7 
que la toma por lema de su bandera. 

En posesión del poder, la facción marcha hacia 
sus fines sin detenerse ante los obstáculos, 7 todos 
los medios son lícitos para satisfacer su misión 
— el provecho de los afiliados. 

Entre las prevaricaciones de la facción, nin- 
guna mas irritante ni que revista mas el carác- 
ter de la tiranía, que la usurpación del sufragio 
público que vicia 7 falsea con el mas audaz des- 
caro en la época de la renovación periódica. 

La prerrogativa parlamentaria de calificar á 
sus miembros, importa para el partido el derecho 
de repudiar la mas legítima votación, si eUa ha 
recaído en persona indiferente ó profana. Una 
fingida elección, una supuesta dualidad, son el 
medio de sustituir al legítimo representante con 
un cofrade de su comunión. 

A fuer de republicano 7 amante de la libertad 
á CU70 servicio he consagrado una larga vida, 
quisiera para mi patria la reforma de sus insti- 
tuciones en sentido diverso al de los estadistas 
que las dictaron. Quisiera un poder fuerte, mu7 



fuerte, que matase con la autoridad la hidz» que 
nos devora, que estableciese en los pueblos la 
moral política 7 les impusiese los hábitos 7 las 
prácticas de la Bepúbliea, como los conquistado- 
res imponían á los pueblos que dominaban, su 
religión, su civilización 7 sus costumbres. 

El Mabiscax Antonio G. db La-Fihbntb. 

Antlgao J«lé BaprMDO de te BtpúMIe». 
Lima, 1877. 



FRAGMENTO 

Yo recuerdo que el célebre libertador de la 
Lrlanda supo mantener el orden en su pueblo, 
repitiéndole siempre esta máxima digna de la 
grandeza de su alma*. «El que viola las le7es 
vende á su patria u, ¡ Oh, señores! Mu7 pocos son 
los que entienden por completo la profunda ver- 
dad que encierra este pensamiento del inmortsl 
O'ConneU. El crimen de alta traición patriótioa 
no se comete únicamente, vendiendo la Patria á 
un soberano extranjero; también se comete degra- 
dando la libertad nacional; 7 esa libertad se 
degrada cuando las pasiones imperan sobre la 107. 
Entonces tiene lugar el mas humillante colonia- 
je : un coloniaje en el que los vicios desempeñan 
el papel de amo despótico, 7 el orden se trastor- 
na, 7 la vida de la Patria se vá extinguiendo 
lentamente, hasta que termina por un marasmo 
espantoso. 

Juan Ambbosio Hubbta. 

Antlgno Obifpo de Pono, PnbUdeU y Orador Sagrado 
Lima, 1877. 



Absorto en el interés con que siempre se eeeu* 
cha al sabio 7 en la admiración que despierta una 
sólida 7 probada virtud, conversaba en P^dn, 
allá por Febrero de 1874, con monseñor de La 
Place, arzobispo de tan remota arquidiooesis. Bo- 
daba nuestra amistosa plática sobre los recientes 
progresos del catolicismo en el dilatado 7 populo- 
so Celeste impeifio, 7 oomo le manifestase lo 
sorprendentes que para mí eran las oonversionei, 
por ellos alcanzadas, me dijo: atribÚTalo usted 



SECCÍON política— KBPéBLICA dbl pbbó 



6d 



iodo el 1111670 sistema que hemos adoptado — la 
edmeaeum de lo9 niñoB, Merced á ella se ha hecho 
en los últimos Teinte años lo que nuestros ante- 
pasados no pudieron lofirrar en dos centurias. 
Persuadir á ignorantes idólatras, enyejeoidos en 
el error, equivale á querer enderesar el árbol tor- 
cido que ha llegado ¿ su pleno desarrollo. 

Hoy con los buenos ejemplos 7 la enseñanza 
formamos el corazón 7 la inteligencia de las gene- 
raciones que Tan levantándose, las cuales anima- 
das por el entusiasmo 7 fuerza que dan el propio 
convencimiento, realizan en lo íntimo de la 
familia, donde nosotros no podíamos llegar, los 
prodigios de propaganda que usted admira. 

Estos hábiles oonceptos, fruto de la mas dila- 
tada experiencia 7 perseverante observación, 
fuenm semilla caida en buen campo, puesto que 
no haoian mas que fortificar mis propias convic- 
ciones; con las palabras de aquel apóstol, creo 
como pensaba antes: que lo hecho ahora con tan 
buen éxito para el orden religioso en el extremo 
Oriental, es igualmente en el orden político la 
única salvación para apartar del abismo á que en 
los últimos tiempos camina la democracia en el 
Perú. 

Fundando la escuela que generalizará la ins- 
tmooion hasta en los mas apartados de nuestros 
pueblos, 7 no de otra manera, de ninguna otra, 
tendremos hombres que, cumpliendo sus deberes 
para con la sociedad, hagan á su vez respetar á 
los gobernantes los derechos individuales; quiero 
decir, verdaderos ciudadanos. 

Solo así, se pondrá dique á la revolución, ale- 
jando de la escena política á la ignorancia, la 
intriga 7 la osadía; triple amenaza para nuestro 
sistema republicano: único posible en el nuevo 
aundo. 

AvBBLio Gabcía t Gabcí a. 

O»piteo do Nftrio y Diplomáttoo. 

Imm, 18T7. 



Ninguna forma de gobierno exige mas virtud, 
en los ciudadanos, que la republicana; pero no 
hs7 virtud sin instrucción, porque esta es la luz 
que hace conocer á los hombres sus obligaciones 
7 sus derechos. 

La república no existe allí donde los ciudada- 
nos se mueven al menor impulso de ágenos inte- 
rnes, mas 6 menos egoístas. 



El legislador que quiera hacer á un pueblo 
libre, hágalo ilustrado; entonces será también 
laborioso, 7 el hombre ligado á su patria por el 
noble vínculo del amor 7 de la justicia será el 
sostenedor de la paz interna 7 el soldado de la 
independencia. 



Lima, 1877. 



Bafael Yblabdb. 

A1x>gwlo. 



A MI PATRIA 

Los pueblos que miran indiferentes 7 toleran 
impasibles, que las le7es solo sirvan para hacer 
á sus gobiernos déspotas 7 á sus conciudadanos 
víctimas, son pueblos desgraciados 7 dignos de 
su mala suerte. 

Los que se esfuerzan 7 luchan por recuperar 
su libertad perdida, por revindicar su nombre 
mancillado 7 sus instituciones escarnecidas, están 
en camino de ser grandes, 7 tienen justo título 
á la estimación de los demás. 

Los que á costa de su sangre 7 del martirio, 
consiguen hacer prácticos los preceptos de la 
moral, real el imperio de la 107, respetada la jus- 
ticia, 7 amada la honra nacional, son pueblos 
heroicos 7 deben ser libres. 

Estos pueblos, 7 solo estos, son los únicos que 
tienen derecho de llamarse republicanos: aque- 
llos, se llamarán como les plazca; pero no por 
eso serán mas que los humildes vasallos de un 
tirano. 



Pbdbo a. dbl Solab. 

Abogado y Boeiltor. 



lAma, 1877. 



Así como el crimen es contemporáneo del lina- 
ge humano, así también lo es la justicia. 

El anatema de Caín, la sentencia Salomónica, 
el laudo de Ginebra son expresiones de la justicia. 

Sentimiento, noción, clara conciencia de los 
elementos que la constitu7en, la justicia es el 
garito de la naturaleza que clama castigo, repa- 
ración! equidad!... 

El individuo, la familia, las personas morales 



70 



AMÉRICA LITERARIA 



Tiven sometidos á un juez cuyos verediotos se 
invocan, se temen y acatan ! 

Por eso la justicia es en los pneblos cultos 
prenda de pas y la mas sólida garantía de 
libertad. 

Únicamente las naciones no Han constituido 
su Juez, el supremo tribunal de la Razón, que- 
dando todavía en pleno siglo diez y nueve, las 
débiles á merced de las poderosas, y desempeñan- 
do la fuerza el papel de arbitro en sus diferen- 
cias. 

Los Parlamentos de las naciones, así en Amé- 
rica como en Europa, deberían imponer á sus 
gobiernos la misión de discutir, de acordar, de 
establecer la fundación de ese tribunal de la Paz. 

jPor qué América, en su continente no reali- 
zaría con mejores auspicios el pensamiento? 

¿ Acaso no fué la primera, antes que la Euro- 
pa, en proclamar el Evangelio de los derecbos 
del hombre?... 



Lima, 1877* 



J. C. Julio Rospioliosi. 

Jorlaooniatto y PoblldaU. 



Cuando se trata de intereses generales y par- 
ticulares, es muy sabido que aquellos deben ser 
preferidos á estos, y no habrá quién no haga 
suya la sentencia del virtuoso y amable Fenelon, 
que así decia: — -prefiero mi familia á mi, mi 
patria á mi familia, y el género humano á mi 
patria. Mas esta espresion puede y debe emplear- 
se únicamente en los casos posibles de conflicto : 
fuera de eUos, el individuo de familia se complace 
en servirla sin hacer comparación, y el ciudadano 
en el servicio de su patria, sin olvidar uno y otro 
que son hombres, y precisamente por ser hom- 
bres. jNo es verdad que el padre de familia 
sirve á la patria al educar & sus hijos? ¿Y que 
el buen ciudadano en la nación á que pertenece, 
sería bueno igrualmente en otra nación, y en la 
nación inmensa de la humanidad? 

Una reflexión mas respecto de nuestra Amé- 
rica. Las relaciones que actualmente existen entre 
sus repúblicas, no bastan á satisfacer los deseos 
de un sincero y puro americanismo. Hace algu- 
nos años que publiqué un opúsculo intitulado — 
Faz perpetua en América ó Federación am^- 
cana, del que copiaré los periodos siguientes: — 
u Conviene á las repúblicas hispano-americanas 



no permanecer por mas tiempo como se hallan 
todavía, separadas unas de otras, sin otros vín- 
culos que los universales de fraternidad, y espnes- 
tas al peligro de la g^uerra con sus funestos 
resultados, porque no se han prevenido para 
evitarla. Conserven su independencia en los asun- 
tos domésticos» pero júntense en los comunes y 
generales, y sean todas representadas por auto- 
ridades que cuiden de ellas y de las relaciimes 
exteriores, y aparezcan á la ^ de Europa y del 
universo como una gran nación i/. 

Me contraje después á examinar cuál seria la 
forma mas conveniente en la asociación denuestns 
repúblicas; sostuve que no era suficiente la alian- 
*a, y ocurrí á hk federación, proponiendo el ejem- 
plo de los estados anglo-amerícanos, que unidos 
al principio en estrecha álianta, sintieron su 
inconvenientes, establecieron un gobierno gene- 
ral, y dieron la Constitución de 1787 que rige 
hasta ahora con algunas pequeñas modificaciones 
bajo la forma estríctamente federal. 

En el mismo escríto decia también: — «No 
proponemos un cambio súbito, porque enemigos 
de toda precipitación, hemos dicho antes de ahori» 
que el bien mismo hace mal, cuando se procede 
con violencia ó sin preparación... « «Levánten- 
se en nuestras repúblicas sociedades federales, 
que tomen á su cargo la discusión de este asunto 
imporíantísimo, y consignen sus ideas en perió- 
dicos al caso, comunicándose unas con otras, 
llevando cuenta de sus tareas, y publicando nn 
resumen en tiempos determinados «. 

Lo que dije entonces lo repito ahora, deseando 
que nuestras repúblicas se acerquen mas de lo 
que actualmente se hallan, y aviven el dnloa 
sentimiento de fraternidad, no contentándoso 
con la palabra, hasta que algún dia puedan decir 
los amerícanos — Améríca es la patria. 



Fbakcisco db Paula G. Víqil. 

PoblloItU, Sx-BibUotaoaHo. 



Lima, 1874. 



Al recordar los nobles esfuerzos hechos por loi 
pueblos Sud-amerícanos para conseguir su eman- 
cipación de la antigrua metrópoli, se presenta 
magestuoso Buenos Aires, iniciando en 1810 tan 
grande causa, y fomentándola con los elementos 
que en su patríótico afán pudo reunir y confiar 



SECCIÓN POLÍTICA—EBPÚBLiCA del pbbú 



71 



i los ilustres caudillos Belgrano y San Martin, 
que en tenas lucha, supieron leyantar triunfante 
sobre el poder de tres siglos el hermoso pabellón 
que el primero designara como el emblema de la 
nueva nacionalidad argentina. Si á Buenos Aires 
le pertenece la gloria de semejante iniciativa, al 
Perú le toca la de haber respondido á ella con el 
himno de la completa victoria, que después de un 
largo periodo de abnegación y de sacrificios, y de 
un designad y denodado combate, resonó al pié 
del memorable Condorcanqui. Por eso es que 
Buenos Aires y Ayacucho son las dos páginas 
mas gloriosas de esa heroica epopeya. 

¡ Ojalá, pues, que esta feliz circunstancia cons- 
tituya siempre un vínculo de la mas estrecha 
nidon entre ambos pueblos, á fin de que asi logre- 
moa alcansar los grandes destinos, que sin duda 
les están reservados en el brillante porvenir de 
1* América. 

Pedbo Dibz-Canseco. 

General, ex-VÍoe-FreaÍdeiite de la República. 
Arequipa (Perú) 1876. 



Ia oivilisacion debe á la marina gran parte de 
sa notable desarrollo; donde quiera que arribe un 
buque Ueva un germen de progreso: las ciencias, 
las artes, el comercio, la industria han sido espar- 
cidas en el mundo, por medio de la navegación y 
por ella las naciones mas separada^ han estrecha- 
do sus relaciones y tienden al engrandecimiento 
oomun. 

Los primeros navegrantes, Fenicios y Cartagi- 
neses, adquirieron su mayor preponderancia á 
impulsos de la navegación, que entonces se con- 
cretaba á recorrer las costas vecinas; mas tarde, 
el siglo catorce nos dio la brújula, invento pro- 
digioso y guia seguro, por cuyo medio los nave- 
gnjites pudieron dirig^irse con acierto á todos los 
pontos del horísonte; y así, un siglo después, las 
naves de Colon trajeron al nuevo mundo las luces 
del Oriente. 

Hasta principios del presente siglo, el viento 
agitado por las leyes de la naturaleza era el único 
agente que impelía los buques á su destino; pero 
desde esa época el vapor aplicado á4a navegación, 
nuevo propulsor sugeto á la voluntad del hombre, 
dio á la marina un poderoso é importante auxilio. 

A medida que las ciencias y las artes han ido 



perfeccionando la rapidez y seguridad de la nave- 
gación, esta, á su ves, ha contribuido en mucho» 
á esparcir sobre la faz de la tierra la civilización 
y sus efectos materiales é intelectuales. 

El adelanto progresivo de las repúblicas Sud- 
americanas desde el año 1840, en que por primera 
vez surcaron sus aguas los buques á vapor, es el 
mejor testimonio de su influencia marítima. 

Una misión importante y transcendental está 
reservada á la marina de nuestras repúblicas, el 
sostenimiento de su autonomía y de sus institu- 
ciones; cuando por principios y oonveniencias 
aparezcan en un caso dado formando una sola 
nación, cuando una marina respetable enarbolan- 
do el pabellón de la alianza haga prevalecer sus 
derechos, nada tendremos entonces que temer; 
nuestros actos serán juzgados con la justicia que 
debe reinar en el mundo de la civilización y habre- 
mos afianzado nuestro porvenir. 

A la presente generación toca, pues, preparar 
el camino de la preponderancia americana. 

MiGUBL Gbau. 

Contra* Almirante. 

Callao, 1877. 



Cuando se considera que á pesar de las garan- 
des conquistas de la civilización, el mar, ese 
inmenso y magnífico patrimonio de la humanidad 
es todavía un elemento á cuyo dominio pretenden 
tener solo derecho las naciones poderosas, un 
sentimiento de honda tristeza se apodera de los 
que siempre han luchado por la Libertad. 

Mirando la cuestión bajo el punto de vista 
americano, hay que convenir en que es deber 
para todos nuestros hombres de Estado trabajar 
por el aumento de poderío de nuestras nacientes 
repúblicas, casi desheredadas hoy por su impo- 
tencia marítima, de aquel derecho universal. 

Las leyes internacionales tienen aun una 
página en blanco que es preciso llenar, y las 
naciones débiles, las de nuestra América en espe- 
cial, á fin de llegar á ese estado de preponderan- 
cia que tanto necesitan en sus mares, para hacer 
respetar no solo su independencia, sino todos sus 
derechos soberanos, deben propender al afianza- 
miento de las instituciones liberales, y al fomento 
de la navegación y de su poder marítimo, que son 
los verdaderos elementos impulsivos del desarro- 
llo moral y material de los pueblos modernos. 



72 



AMÉRICA LITEBABIA 



Estrechando cada dia mas sus relaciones, 7 for- 
mando cansa oomnn en todas las cnestiones inter- 
nacionales, la América latina pnede hacer qne 
BU bandera sea en los mares, 7 ante las demás 
naciones del globo, símbolo de unión, de libertad 
7 de fuerza. 



Lima, 1877. 



LiZABDO MOKTBBO. 

Oonfcra* Almirante. 



Los hombres de corazón que trabajan por el 
triunfo de un principio político 7 marchan en 
línea recta al fin que se proponen — ora aplau- 
diendo el bien que hacen sus contrarios 6 sus 
correligionarios — ora censurando razonablemen- 
te los males que unos otros causan, son incapaces 
de dejarse arrastrar por el huracán de las pasio- 
nes exaltadas del partidarismo 7 los únicos que» 
lleg^ada la vez, conservan el ánimo sereno 7 pue- 
den salvar á la sociedad de los peligros que la 
amenacen. 

La tranquilidad del espíritu 7 la meditación 
son poderosos elementos con que debe contarse 
para resolver los grandes problemas sociales. 



II 



En medio de la tempestad que las pasiones 
políticas han hecho desencadenar sobre nuestra 
joven América, cubriendo su hermoso cielo con 
negras 7 espesas nubes; divísase en lontananza 
un pequeño espacio del firmamento, brillante por 
sus magníficos colores, 7 que hace presagiar, para 
mas tarde, un tiempo bellísimo. Ese foco de luz 
es la vigorosa juventud americana que mañana se 
levantará fuerte 7 amaestrada por una dolorosa 
esperiencia para trabajar por el completo desar- 
rollo de las instituciones liberales 7 por la estre- 
cha 7 sincera unión de todas las repúblicas del 
oontinente, único medio de arribar mas pronto á 
la altura á que están llamadas. 

Adelante, pues, obreros del porvenir. Vuestra 
tarea es grande 7 bella. Estudiad el pasado. 
Aprovechad de la esperiencia de las generaciones 
que 7a no existen; 7 dando un vigoroso impulso 
á vuestro gigantesco trabajo, haced que desapa- 



rezcan las nubes que cubren el hermoso délo de 
nuestra patria, la América^ á fin de merecer las 
bendiciones de las generaciones futuras. 

Aníbal Y. de la Tobbb. 

Mfdatnáo j Dlplomátlflo Xlnlatro FlenlpotaiieUrl9 dd 
Peni en 1» Bepübttoft Axieattm^ 

BumoB Aires, 1878. 



El patriotismo que se alimenta perennemente 
con las reminiscencias de la inibncia 7 de la ju- 
ventud, recordando el tierno hog«r de nuestros 
padres; que nos liga al país en que nacimos, soñan- 
do siempre con su bienestar 7 mejora, que asimila 
nuestro ser á las instituciones que nos rigen, 7 
al carácter nacional que determinan, es el senti- 
miento que mas heroicos hechos realiza, que mas 
heroicos sacrificios exige. 

Por esto es que el patriotismo ejerce una eficaz 
infiuencia en la moralidad de las naciones 7 abre 
el camino que las conduce á la prosperidad 7 á 
la gloria. 

Nada contríbu7e mas al mantenimiento 7 pro- 
greso de las sociedades, que el amor á la patria 
en los hombres del poder. La autoridad ensan- 
chando las facultades individuales, añade la acdon 
al sentimiento, que unidos, engendran el movi- 
miento, la actividad 7 la vida en la obra de la 
prosperidad general. 

£1 dia en que los Estados Sud-Americanos, 
obedeciendo á Jas inspiraciones del patriotismo» 
7 aprovechando de sus luces 7 esperiencia, rin- 
dan un homenaje sincero á los derechos del 
individuo, 7 á los intereses sociales, prestándose 
sin egoísmo recíprocos auxilios; entonces serán 
fáciles para todos ellos las vías del progreso, 7 
sus glorias serán eternas, porque habrán reali- 
zado los sublimes destinos de la América del Sud* 

GeKBBAL MABLA.KO I. PaBDO. 
Preeldeote de 1» BepúMleft. 

Lima, Octubre 14 de 1877. 



Ha7 hombres virtuosos que se aislan del mo- 
vimiento de los asuntos públicos de su patria por 
creerse impotentes para variar la corriente im- 
petuosa del mal, ó por las decepciones que han 
sufrido. 



SECCIÓN POLÍTICA — república del perú 



73 



Es sfrave daño para nn país el retraimiento 
de sos mejores hijos: él produce la perversión 7 
aniquilamiento de las f uersas yiriles de un pue- 
blo 7 es el precursor de la anarquía. 

Ni la decepción ni la impotencia justifican el 
escepticismo qne es la destmccion del espíritu. 

El hombre honrado con solo serlo 7 cumplir 
sus deberes, oontribu7e eficazmente al bien de 
loe demás; por que las fecundas fuentes de ilus- 
tración 7 de enseñanza para las sociedades son 
el ejemplo de la práctica del bien; esa grande 
escuela propagando las luces del individuo á la 
familia, 7 de ésta á la patria, dá á los ciudada- 
nos la conciencia de sus deberes. 

Entonces la influencia de los pueblos en la di- 
rección de sus propios negocios será una verdad 
evidente, como lo es el dogma de la soberana 
libertad del hombre. 



lÁma, 1877. 



General Luis La- Puerta. 

Vioe*Pref{dente de la RepúbUo». 



En esta segunda mitad del siglo XIX, se ha 
inventado para los ejércitos 7 la marina, armas 
de fuego 7 elementos de destrucción de tan devas- 
tador poder, que la gpierra podria hacerse cada 
dia mas desastrosa para las naciones, si los inte- 
reses recíprocos derivados de la humanidad, de 
la política 7 del comercio, no tendiesen á evitarla 
mediante las sabias combinaciones de la diplo- 
macia. 

En las nacientes repúblicas de la América, 
mas que en ninguna otra parte del mundo, con- 
viene evitar, siempre que el honor 7 esos altos 
intereses no estén seriamente comprometidos, no 
solo las gpierras internacionales, sino las luchas 
fratricidas que desgarran el seno de la patria 7 
arrancan brazos al trabajo, base de toda pros- 
peridad 7 único fundamento de la paz 7 del pro- 
greso de las instituciones que han proclamado. 

General Juan Buendia. 

Presidente del Coneejo de Mlnietros. 
Lima, 1877. 



halla en vísperas de alcanzarse por la grnerra 
misma. 

Los elementos bélicos se perfeccionan 7 sim* 
plifioan de tal manera, que pronto no servirán 7a 
para destruir á los hombres, sino meramente a<2 
effectwm videndi ó mas bien ad terrorem. 

La guerra habrá desaparecido del orbe en fuer* 
za de la guerra misma, 7 se habrá cumplido en 
todo su rigor material, 7 pasará á ser una pro* 
fesía este antiguo axioma de la ciencia interna- 
cional : 8% vis paceUf para hellum. 

Antonio A. de la Haza. 

Contra • Almirante. 
Lima, 1877. 



Hallándose la juventud llamada necesaria- 
mente á dirijir mas tarde todos los negocios 7 la 
administración misma del Estado, debe cuidarse, 
con el ma7or esmero de su educación; impidiendo 
que en los establecimientos destinados á la ins- 
trucción pública se enseñen ó propaguen doctñ- 
trinas que puedan estraviar la inteligencia ó 
corromper el corazón 7 la moral. 

Escabroso es, en verdad, el camino de la vida, 
7 conviene allanarlo, en cuanto sea posible, á los 
que por él transitan, para evitarles su propia 
caida 7 el daño que pudieran ocasionar á la 
sociedad. 

Manuel Morales. 

MinUtro de Jaatlci». 
Lima, 1877. 



Lo que la filosofía 7 la religión no han podido 
^^^'¡Uñgmr en tantos siglos, la paz perpetua, se 



Las avanzadas instituciones políticas de los 
Estados de la América Española, en tan visible 
contraste con su educación social, han sido el 
origen de esas constantes perturbaciones é ins* 
tabilidad de todo régimen; 7 han hecho oreer á 
los que son estraños á nuestra raza, que estos 
pueblos son los menos aptos para la vida propia 
é independiente, 7 en particular para compren- 
der 7 practicar el gobierno democrático. 

Pero ese fenómeno cu7a espHoacion aa tan 
desconsoladora para los estadistas europeos, es 
el efecto natural de la diferencia de condicio- 
nes sociales entre los pueblos del antiguo 7 del 
nuevo continente. En los pueblos de Europa, la 



74 



AMÉBICA LITEBABIA 



profunda diferencia de clases establecida por la 
tradición de la servidombre 7 por el gran dese- 
quilibrio económico entre ellas, requiere todo el 
poder de sus gobiernos j la sagacidad de sus 
Hombres de Estado y de sus economistas, para 
establecer instituciones libres que no se con- 
viertan en desborde por una brusca transición* 
En América, por el contrario, la libertad 
civil nacida junto con la libertad política y 
los inagotables tesoros de una naturaleza exbu- 
berante, no han permitido el antagonismo de 
xdases ni que aparezca el pavoroso problema del 
pauperismo; y el espíritu móvil y ardiente de 
sus razas ba concentrado en la vida política toda 
su actividad y su enerjía. En los pueblos euro- 
peos se necesita la mas consumada obra de arte 
para adaptar á sus condiciones sociales las ins- 
tituciones políticas; en América, la libertad no 
necesita espansion ni correctivo, dando los pue- 
blos paulatinamente á sus gobiernos lo que en el 
antigpio continente reciben de ellos. Por eso en 
este último, todo cambio político es la amenaza y 
casi el principio de un cataclismo social; y en 
América, todo el esfuerzo de los mas ardientes 
demagogos para producir una revolución social, 
terminará siempre por un simple cambio po- 
lítico. 



Bamok Bibeybo. 

Abogado 7 Eacritor. 



Lima, 1877. 



La gran extensión del territorio que ocupan 
los paises bispano-americanos fué la causa de que 
se emanciparan sucesivamente, y de que forma- 
sen diversos Estados, regoldos por gobiernos y 
leyes diferentes. Esta división de pueblos que 
tienen el mismo origen, que durante alg^unos 
siglos estuvieron reg^idos por las mismas leyes y 
que, desgraciadamente, no hablan alcanzado el 
grado de cultura y prosperidad que habrían adqui- 
do bajo el gobierno de una metrópoli menos preo- 
cupada que la España y que conociera mejor sus 
propios intereses, ha debilitado sus fuerzas, ha 
fomentado ambiciones personales, de fácil realiza- 
ción en pequeños Estados que principian su vida 
independiente, y ha debilitado también los víncu- 
los que entre ellos existían. 

Robustecer esos vínculos entre los Estados 



hispano-amerícanos, uniformar la leg^islacion civü 
y comercial que en estos rige, abolir para sis 
productos los derechos de importación, mult^H- 
car las vias de comunicación y promover el desar- 
rollo de sus relaciones mercantiles, es uno de los 
mas imperiosos deberes de los que gobiernan á 
estos pueblos; así se consegfuirá que sea ben^ca 
la división en pequeños Estados que la naturale- 
za y los acontecimientos impusieron á la América 
española. 

Alejandbo Abskás. 

▲boftado 7 Btorltor. 
Lima, 1877. 



Las naciones, cuyos gobiernos tienen la verda- 
dera obediencia de sus pueblos, siguen la via del 
positivo progreso, porque se hallan á cubierto 
de las funestas consecuencias de la traición, sedi- 
ción ó rebelión; porque cuentan siempre con la 
muy importante cooperación de todos los subditos 
del Estado; porque emplean y pueden emplear 
los medios apropiados, con la precisa oportunidad; 
y porque solo así es posible el orden, á cuja 
sombra se establecen y desarrollan las indus- 
trias, fuente inagotable de la creciente é impere- 
cedera riqueza de las naciones. 

Y las secciones Sud- Americanas que, durante 
mas de tres siglos, permanecieron bajo la mas 
abyecta sumisión, sin otros derechos, que los que 
plugo á su amo y señor acordar á las colonias que 
le pertenecían, al reconquistar su libertad perdi- 
da, establecer su independencia, y recuperar sa 
autonomía, á la manera que un resorte oprimido 
por una fuerza muy superior á su resistencia 
natural, que queda brusca y repentinamente libre 
da la causa de su opresión, al prestar obediencia 
á la ley fatal que le obliga á restablecerse, se 
despedaza, se destruye y aun se aniquila, las se- 
ciones Sud-Amerfcanas que, elevando su impo- 
nente voz, levantando su poderoso brazo, y 
descargándolo centra el usurpador de sus mas 
sagrados derechos, rompieron para siempre la 
ignominiosa cadena que atara sus libertades, al 
cumplir la ley moral que les obligaba á restable- 
cer el orden naturalmente alterado, sin el tiempo, 
sin la previsión necesaria para preparar á sus 
pueblos á rendir una obediencia racional, justa y 
legal, sin los hábitos indispensables para regir 
los destinos de los Estados; sin la abnegación 



SECCIÓN POLÍTICA— REPÚBLICA del perú 



75 



debida para deponer, en bien general, aun las 
mas nobles aspiraciones personales; y en nna 
palabra, sin los elementos de todo pnnto precisos 
para implantar el sistema republicano, eatre 
individúes que de cosas pasaban á ser, no como 
quiera personas, no como pudieran ciudadanos, 
sino ciudadanos libres de Repúblicas esencial- 
mente democráticas, la anarquía con sus mas 
funestas consecuencias, kan detenido mas ó menos 
el curso natural del desarrollo á que están llama- 
das, por la inteligpencia de sus bijos, por la vasta 
ostensión de sus terrenos, por la fertilidad de ellos, 
y por las diversas j escepcionales riquezas con 
que la Providencia ba sido pródiga para ellas. 

La felicidad de los Estados, constituida por el 
desarrollo prog^resivo de todas las industrias que 
es posible establecer en ellos, exige indispensable- 
mente la mas perfecta paz y permanente tran- 
quilidad de todas sus dependencias. Será, pues, 
mas felis la nación, cuyos gobiernos sean cons- 
tituidos y sostenidos, en todo tiempo, por la 
positiva 7 espontánea voluntad de la verdadera 
mayoría de sus pueblos. 

Fernando Palacios. 

Abogado. 

Linuí, 1877. 



La empleomanía, que es una plagia en las ag^ru- 
paciones políticas en la América del Sud, es 
especialmente en mi patria un verdadero cáncer 
fiscal. 

Todo empleado escódente para el movimiento 
de la máquina administrativa es una fuerza de 
producción que se paraliza y un elemento de 



consumo que se aumenta: el doble efecto de estas 

fuerzas encontradas y en constante actividad se 

traduce en el orden social y económico bajo la 

siguiente fórmula: — '^descapitalizacion pública y 

desnivel del presupuesto ó sea decadencia del 

Estado, u 

Combatir la empleomanía en la generación 

naciente es un deber impuesto á los políticos 

contemporáneos. 

Adán Melgar. 

Médico 7 FttriodlMa. 
Lima, 1878. 



La prosperidad económica de un Estado, trae 
necesariamente como consecuencia su prosperi- 
dad moral, política y social. La dignidad del 
bombre se bace tanto mas exquisita y ostensible, 
cuanto mayor es su seguridad de satisfacer por 
la independencia de su renta, las necesidades de 
su vida. 

Los bombres pensadores de todas las naciones 
deben, pues, emplear su inteligencia y baoer 
converger sus esfuerzos todos á aumentar la 
producción de riqueza, á facilitar su circulación, 
á bacer su distribución equitativa y su oonsumo 
provecboso; es decir, á cimentar el principio de 
propiedad y á bonrar el trabajo por todos los 
medios posibles. 

Solo de esta manera podrá oonseguirse la 
independencia individual, y con ella el Hfiania- 
miento de todas las libertades y la elevación 
moral de la persona bumana. 

Joaquín Capelo. 

Lima, 1877. '^'^' 



REPÚBLICA DE BOLIVIA 



Para el hombre pensador hay en las repúbli- 
cas nacientes de la América del Sud nn problema 
cuya solución está librada al porvenir. Las almas 
superficiales, las que juzgan de los grandes 
acontecimientos con lijereza ó atolondramiento, 
oreen que la ley del progreso jamás se cumplirá 
en esta hermosa porción del globo llamada Boli- 
▼ia. Yo, que fortalecido con el estudio de la histo- 
ria tengo té en los destinos de la humanidad; 70, 
que creo que el porrenir de todas las naciones es 
la democracia, aguardo tranquilo el cumplimien- 
to de los designios de la ProTÍdencia. 

Cierto es que los espíritus elevados y justos se 
llenan de una santa indignación al ver los males 
que añijen á Bolivia, 7 las mas veces para curar 
esos males ocurren á la revolución. Hé aquí el 
motivo por qué en cincuenta 7 dos años de exis- 
tencia independiente, Bolivia no ha podido llegar 
al estado de progreso material, moral é intelec- 
tual que han alcanzado los otros Estados de Sud- 
América. 

La anarquía nacida de las impaciencias de la 
libertad produce el despotismo, 7 el despotismo 
engendra la anarquía. Cual de estos males sea 
mayor, solo puede decir el que ha7a presenciado 
los horrores causados por la soldadesca desenfre- 
nada, 6 por el populacho ebrio y delirante invo- 
cando la libertad. 

El despotismo es odioso bajo todos sus as- 
pectos. 

El examen atento de nuestra situación econó- 
mica y política; una mirada á la época del 
ooloniage español; los hábitos de abyección y 
servidumbre de entonces; la ignorancia general 
de las clases sociales á escepcion de los pocos 



conocimientos del derecho romano y de te(4og{s 
metafísica, nos manifiestan que á pesar de nues- 
tra deplorable situación topográfica y de nuestros 
constantes disturbios, hemos adelantado algo en 
el camino de la civilización moderna. La cues- 
tión compleja de progrreso político, material é 
intelectual, marchan á su solución. 

Fé en los destinos del género humano; amor 
al trabajo y á la industria, y, sobre todo, amor 
decidido, pero calmado y reflexivo por la libertad 
en todas sus manifestaciones, he aquí lo que 
necesita Bolivia para borrar las huellas profnn- 
das que aun quedan del coloniage. 

Todo esto solo puede consegirse gastando en 
la instrucción del pueblo los caudales que hoy 
consumimos en las estériles luchas del partída- 
rismo personal. 

Cuando el pueblo sea ilustrado y fuerte, los 
mandatarios aprenderán á respetar las instita- 
ciones, y no oiremos ya á algunos hombres de 
Estado repetir la blasfemia política de qne 
Bolivia, pais escepcional debe grorbemarse sin 
asamblea, sin municipio, sin libertad de impre- 
ta y sin instituciones constitucionales. 



José Manuel dbl Caspio, 

MuffUtrado 7 OooM^OTO de Estado. 



La Pos, 1877 



¿QUE ES LO QUE BOLIVIA NECESITA? 



u Bolivia neeesiia un bautismo de sangre', dijo 
en su cólera el General Belsu. Y hay quiáiei 



SECCIÓN POLÍTICA— EEPüBLicÁ Di fióLiVíÁ 



77 



repiten todavía esas fatídicas palabras. ¡Qué 
delirio! 

Al Teñir al mundo, recibió ya Bolivia un pro- 
longado banti«o de sangre; y mas tarde confir- 
mó también oon sangre sn autonomía nacional, 
bajo el sol de este glorioso dia. En su trabajosa 
Tida, sangfre igualmente es lo qne ba transpirado 
por todos sns poros, hasta convertirse en nn 
espectro qne espanta y ahuyenta 4 las nacio- 
nes... 

Pues qne su destino es vivir lidiando, lo que 
BoUüia necesita e$: — cambiar de armas sin tar- 
dansa, y trasladar el teatro de la lid á sus quie- 
bras profundas y á sus escabrosas sierras; ya que 
por Sud y Norte la provocan el conductor eléc- 
trico y el silbato del vapor. 

El pueblo boliviano, tan acostumbrado á la 
fatiga, recogerá abundantes é inmarcesibles lau- 
ros en este nuevo género de combate. 

Y la patria, hoy tan mal vista por las gentee 
wtk en el mundo internacional lo que la natura- 
leía quiso que fuera en el mundo material: — fe- 
cunda, como sus valles; lujosa, como sus bosques; 
rica y poderosa, como sus inagotables minerales; 
magestuosa y espléndida, como sus cordilleras de 
nieve. 

Entonces, y solo entonces, podrá gloriarse de 
haber sido — "la hija predilecta del Gran Bo- 

LTVABií!!! 



Gbne&al Narciso Campbbo, 

Hombre dfl Letraa. 



Toto9(, 1S75. 



Dos cosas son de desear que se acrecienten en 
Bolivia, un gran odio y una gran fuersa: el gran 
odio es el de las vias de hecho, de las asonadas 
populares y de los motines de cuartel, que llama- 
mos nuestras revoluciones; la grande fuerza es la 
conciencia páblica... 

Mientras la soberanía no se ejerza realmente; 
mientras no se traslade de la vociferación tumul- 
tuosa de las calles á la lej^ escrita, buena 6 mala, 
pero reformable y progresiva con su propia fuer- 
sa, no habrá criterio para las acciones políticas . . . 
Hi conclusión es sencilla. No busquemos el 
imperio de la justicia en las evoluciones inoon- 
eientes de las masas. Persigamos sin descanso 



la noción legid. Salvemos sus fragmentos por 
entre los escombros del hecho, pasado ó venidero. 

Mariano Baptista, 

Hombre de BtUdo 7 QnAon PAriamMiUrio 
La Pos, 1875. 



El militarismo que hoy ha dispuesto de Espa- 
ña, que avasalla la Francia, tiene en compresión 
las partes componentes del Imperio Alemán, y 
que amenaza destruir la libertad de la gran nación 
americana; no abandonará sin combates repetidos 
el suelo hispano-americano. 

A la Confederación Argentina aun le esperan 
luchas. El Perú y Bolivia deben contar verlo otra 
vez en el poder. Mientras los militares sean regi- 
dos por leyes escepcionales, y tengan hábito 
especial formando castas no habrá paz en Sud- 
América. 

A Bolivia la amenaza, además, la oclocracia de 
la clase proletaria y de los aborígenes, quienes 
ven todavía á aquellos con desconfianza. 

La influencia de los gobiernos que la rodean 
disminuirá su autonomia; y al formar en el cen- 
tro de esta parte del continente un Estado nece- 
sario para su equilibrio político, á causa de las 
rivalidades de sus limítrofes, tiene de recoger 
mas daño que beneficio de ellos. 



Pedro José de Guerra. 

Hombre de Estado 7 INpIomátieo. 



La Pos, 1875. 



La neutralización perpetua y el gobierno fede- 
ral son condiciones lógicas en teoría política, y 
constantes en la historia. 

Sin paz internacional la descentralización po- 
lítica del poder es un peligro extemo. La forma 
unitaria es el carácter de los pueblos guerreros; 
y la federal la de los neutralizados. 

La primera federación embrionaria fué la 
griBgtk, que ejerció la neutralización virtual de 
las guerras defensivas. La Confederación helvé- 
tica es neutral y federal; y los Estados Unidos 
de la América del Norte han sido y serán, por 
su distancia geográfiioa, neutrales ante la bélica 
Europa. 



78 



AMÉRICA LITERARIA 



No en lejano porvenir el Nnevo Continente, 
deliberará la neutralización perpetua de Bolivia, 
como medio de garantizar el equilibrio de las 
naciones que lo pueblan; 7 esa deliberación será 
la invencible causa de que se constituya en ella 
el gobierno federal, si antes no lo realiza la pre- 
sente generación directamente. 

Llegado este caso, ¿dónde funcionará la capital 
federal? Sobre el Pacifico, en el litoral. Recor- 
dar las tres zonas hidrográficas de que está 
compuesta Solivia, es lo mismo que reconocer lo 
vario 7 alternativo de su destino. Mientras se 
halle sujeta á la única influencia del Pacífico, 
quedando en reserva las del Plata 7 Amazonas, 
la capital debe buscarse sobre la región corres- 
pondiente. La Paz Bustitu7e actualmente á Chu- 
quisaca bajo el imperio de esta le7 natural, 
aunque de un modo imperfecto. 

La capital de Chuquisaca fué generadora de 
la civilización colonial alto-peruana durante el 
período históríco del Yireinato de Buenos Aires; 
roto el vínculo sintió debilitada su infiuencia: 
volverá mas poderosa el dia que el Plata nos 
vuelva á su comunidad. 

La capitalía de Cochabamba espera el mas 
lejano imperio de la influencia amazónica. 

La capitalía es una función de las mas com- 
plejas; la ciudad convertida en funcionaría: la 
constitución debiera inscríbir el derecho de 
elegfirla en todas las gerarquías de la cirouns- 
orípcion administrativa. En ella se concretan 
tantísimas le7es sociales. 

Reconocida la geografía á que corresponde 
la capital en el actual período, indicamos á Chiw 
ehiu colocada en el encuentro de las mesetas de 
la sierra 7 de la costa atacameña. El agua que 
falta en el Litoral es allí potable 7 apropiada 
para regfar, debiendo mejorar cuando se ejecu- 
ten trabajos de canalización que separen la 
corríente mineral de la buena. 

Colocado el gobierno boliviano en el litoral, 
recibiría la influencia benéfica 7 amigable de 
Chile 7 el Perú; desenvolvería los intereses 
marítimos 7 aduaneros; 7 lanzaría sobre los 
departamentos federales del interíor, el ferro- 
oarríl central boliviano 7 continental hispano- 
ameríoano, que hemos diseñado en otra parte. 

Este pensamiento no es provincialista; Chiu 
éhiu está en el Sud. 

Julio Méndez 

PabUeiite. 
La PoM, 1877. 



Todo el mundo sabe que el suelo de BoIítís 
es uno de los mas favorecidos por la naturaleza, 
con una varíedad asombrosa de producciones que 
supera á todo encarecimiento. Lo que el paíi 
debe tener en mira para explotar 7 hacer valer 
sus ríquezas, es vencer los obstáculos que pro- 
vienen de su posición mediterránea. El espirita 
de empresa tendrá una parte considerable en 
esta obra trascendental; pero es innegable qos 
una política elevada, proseguida con volimtad 
constante, como una tradición sagrada jamás 
puesta en olvido, 7 CU70 numen de inspiraciones 
sea el objetivo invariable de exhibir á Boliría 
ante el mundo civilizado 7 en el rango que la 
corresponde por los designios de la Providencia, 
una política semejante, digo, será la causa efi- 
ciente 7 primordial que la arranque de su estado de 
postración 7 la coloque resueltamente en el cami- 
no de BUS futuros destinos. Esto quiere decir que 
Bolivia necesita fomentar 7 mantener su diplo- 
macia, sin interrupción, oon esmerad» solicitud, 
f como objeto de predilección, á fin de oultÍTir 
sólidas 7 cordiales relaciones, 7 para concluir 
tratados 7 convenciones que, eliminando de una 
vez para siempre la enojosa cuestión de limites, 
funden las bases de amistad, paz 7 comercio que 
han de estrechar mas 7 mas sus vínculos oon los 
Estados vecinos. El punto cardinal que esa 
política debe consagrar como doctrina predomi- 
nante del derecho internacional Sud-Amerícano, 
es el principio del libre tránsito, que la justida 
proclama, las conveniencias mutuas aconsejan 
7 el sentimiento de fraternidad amerícana invoca. 
Bolivia sostiene 7 deberá sostener en el porvenir 
mas acentuadamente todavía la doctrina del libre 
tránsito, como su bandera favoríta 7 el emblema 
de los principios preponderantes en su política 
tradicional. Pero no se contentará oon invocar 
un derecho perfecto; anhela granjearse la bene- 
volencia 7 la cordial amistad de sus vecinos; 
quiere que el noble 7 fecundo principio de lasoli- 
darídad Sud- Amerícana sea una realidad. 



La PoM, 1878. 



Antonio Qüijabbo, 

PtiiAiioiaU 7 mplomáüoo. 



Pensemos un poco en Améríca — 7 lo sabéis — 
pensar en Améríca es pensar en Europa, en el 
mundo todo. La solidarídad humana no es un 



SECCIÓN POLÍTICA — república de bolivia 



79 



mito poétíoo: como dog^ma, es la revelación del 
arcano mas ang^oato: como lógica, es la fórmula 
mas científica: como Mstoria, empiesa con Adán 
en el Paraíso, continúa en el Ctólgota con la 
sangre qne vertiera el Dios mártir para la reden- 
ción del mondo; 7 la última palabra se pierde 
allá, en el dintel qne guarda el arcángel del 
Apocalipsis. 

En ese concierto misterioso y armónico, cada 
pueblo, cada región tiene marcada su hora 7 su 
labor. — La civilización, obedeciendo la ley tan 
inescrutable como omnipotente, que impele los 
mundos del Oriente al Ocaso, desoribe su órbita 
en el mismo sentido; y Colon al dirigir al Po- 
niente la proa de sus naves tenia la mas sublime 
intuición. 

La América es el mundo del porvenir, es la 
válvula de seguridad de la civilización moderna. 

La Europa está al borde del abismo; tiene 
sobre su cabeza, pendiente de un hilo, la espada 
ezterminadora de la guerra continental. Un 
duelo á muerte rigurosamente titánico, es inelu- 
dible, entre ejércitos casi fabulosos, henchidos 
de odio, sedientos de venganza, armados con esas 
máquinas de destrucción que el genio del mal 
improvisa cada dia para consumar la devasta- 
ción del mundo. 

Y como si se acercara la hora suprema de los 
tiempos, oleadas de muchedumbre hambrienta y 
desesperada zapan por la base el edificio social; el 
altar, el trono, la libertad, la propiedad: la civi- 
lización toda está minada, y esas furias inferna- 
les, mas terribles que las hordas del Norte* 
amenazan talar la Europa como el casco del ca- 
ballo de Atila. 

Pero ved aquí la América para salvar á la 
Europa. 

Allí la plétora de población, aquí el desierto; 
allá la ciencia, la máquina, el capital, aquí la tier- 
ra prometida, el jardín de las Hespéridos, la 
montaña que atesora en su seno el oro y la pla- 
ta, bosques vírgenes que ostentan la magostad 
de la creación, y la riqueza y variedad de los 
frutos mas opimos; pero todo eso al estado de 
vellocino, secuestrado por el dragón de la dis- 
cordia, por el genio del error. 

¡Siempre, en todas partes, las sublimes armo- 
nías de la Providencia que lo vé todo, que cuida 
de todo, que provee á todo! 

Los hijos desheredados del viejo mundo están 



invitados en el nuevo á un banquete espléndido 
de porvenir y de ventura. 

La América salvará á la Europa, y la Europa 
levantará la América á la altura de sus glorio- 
sos destinos. 

¿ Y por qué no contemplamos ya ese hermoso 
espectáculo? ¿por qué no se realiza esa noble y 
santa predestinación P lo diremos francamente. 

Porque los pueblos de América escandalizan 
al mundo con sus locuras y sus crímenes, porque 
esta tierra volcánica, sacudida siempre por el 
huracán de las pasiones mas candentes no inspira 
seguridad ni al capital, ni al trabajo; y en vez de 
atraer al hombre de Europa, lo ahuyenta y aterra 
con el estampido del canon fratricida y la brutal 
algazara del motin. 

La revolución no solo es el oprobio de Améri- 
ca, sino el obstáculo para todo progreso. 

¿ Pero de dónde salen las revoluciones P de los 
cuarteles, dice el grito uniforme de los salones, 
de la prensa, de la tribuna. El ejército, noble y 
generosa institución destinada á sostener el impe- 
rio de la ley y las libertades públicas, está acusa- 
do por el mundo entero de ser casi siempre el 
elemento del desorden. 

iQué! ¿La ley y la libertad son incompatibles 
con el cuartel? Los pretorianos trasladaron la 
soberanía del foro al vivac; vendían el Imperio 
al mejor postor, y destrozaban el ídolo de la vís- 
pera con el mismo brutal capricho que le colo- 
cara sobre el altar. Los motines y las tiranías 
corrompen y envilecen de tal modo á los pue- 
blos, que bastaron unas hordas salvajes para 
derribar el trono de los Césares. 

No puede concebirse un pueblo mas infortu- 
nado que aquel que sufre el yugo del cuartel. 
Todo el sudor de su frente, toda la sangre de sus 
venas no bastan para saciar la voracidad, siem- 
pre creciente, de este monstruo. 

¿Y sabéis cómo paga el cuartel esa sangre, 
esos sacrificios P Levanta hoy sobre el pavés un 
sangriento tirano, y para sostenerlo, degüella 
las poblaciones, las saquea y las incendia y rom~ 
pe mañana las instituciones mas venerandas, 
secuestra toda libertad, paraliza todo progreso, 
y veis un pueblo mustio, aterrado; un silencio 
sepulcral, apenas interrumpido por las orgías 
del cuartel, y el compás duro y monótono del 
batallón que marcha para ejecutar la pantomi- 
ma de todos los dias, para amaestrarse en el arte 



80 



AMÉBICA LITEBABIA 



bárbaro de matar hombres con la velocidad del 
rayo y la preoisioii del cálculo. 

Pero el cetro del cuartel solo puede erguirse 
en pueblos tímidos, inermes, ignorantes. Civili- 
zad las masas, inspiradles amor á las leyes y la 
libertad, retemplad su espíritu en la fragua del 
trabajo y de la independencia; y ningún grupo 
de soldados será bastante fuerte para imponerse 
á un pueblo libre y viril. 

Mientras en America se conserve salvaje la 
mitad de la población, para dominarla y esplotar- 
la,8erá imposible el orden, imposible la libertad. 

Una ley inexorable del mundo moral, vengadora 
de la libertad y del derecho, condena á todos los 
tiranos, gobiernos ó pueblos, al tormento de Pro- 
meteo. En vano el déspota pediría un instante de 
tregpia á la implacable Nemesis que tortura sus 
entrañas, ni á la sombra de Hamlet que conturba 
y aterra su sueño. Sí, en vano. Dios maldice la 
tiranía como el delito mas atroz. Todo tirano 
tiene que expiar el crímen de la tiranía, y la 
espada del ángel vengador amenaza dia y noche 
su cabeza. ¡Oh! nadie puede ser tirano impune- 
mente. Solo la libertad hace dichosos á todos; 
á los que mandan y á los que obedecen. Solo ella 
teje guirnaldas y levanta aliares para los héroes 
que, como Sucre, rinden culto á la ley, al honor 
y á la gloría. 

¡ Sublime concierto de sabiduría y de justicia 
que protege las naciones y sanciona y garantiza 
los destinos del mundo. ¡Plegué al cielo que lo 
comprendan bien todos los autócratas de la tierra! 



Mabiako Bbyes Cardona. 

lUgtstrado y niplomátioo. 



La Paz, 1878, 



En Solivia, como en otros Estados america- 
nos, existe un funesto principio de derecho 
político consuetudinario, que parece ha fijado 
poco la atención de sus hombres públicos, y al 
que atribuyo sus infortunios y las anomalias de 
su vida. Me refiero á " La legitimación de los 
Foderes de usurpación" : simulacro de libertad 
pública y sarcasmo á la soberanía popular. 

En mas de medio siglo de constante lucha 
constitucional, esa nación no ha podido todavía 
cimentar sus instituciones democráticas. ({Por 
qué? Porque ha aceptado como inconcusa la 



doctrina que llevamos insinuada, y no solo no 
trata de condenarla, sino que la acata como ans 
ley de la fatalidad: dolorosa y terrible, al miimo 
tiempo que ineludible y forzosa. 

Becorred su historia, y ved lo que ella ofrece 
en todas sus páginas. 

Incesante anhelo de poseer las mejores instita- 
ciones; personajes de ideas avanzadas que concur- 
ren á sus legislaturas; cartas fundamentales que 
se promulgan hoy, asaltadores del poder que lat 
abrogan mañana, apoteosis del usurpador en los 
altares de la primera magistratura; formación de 
nueva carta que consulta el carácter de este, 
antes que las condiciones de la sociedad; repetí- 
cienes subsiguientes de las mismas escenas y de 
los mismos escándalos; edificación en un diz, 
demolición en otro; tal es el círculo de hierro eo 
que gfira esa sociedad, verdadera Penélope que no 
levanta las manos de su labor, sin llegar á termi- 
nar la obra que está en espectacion del mundo 
entero. 

¡Cómo! Un pueblo que se precia de soberano 
¿ consiente en ser impunemente despojado de su 
soberanía? Tin atentado criminoso que merece 
severo castigo, ¿ha de no solo ser consentido, 
sino premiado y glorificado f ¿Dónde está enton- 
ces la justicia, dónde la moral pública y dónde 
la autonomía nacional ? 

No viola el hombre impunemente las eternzs 
leyes de la lógica y de la moral, ni pueden las 
naciones olvidarlas, sin correr en rápido descen- 
so á los abismos del error y del envilecimiento. 

¿ Cómo se quiere deducir lo permanente de li 
contingencia, ni fundar instituciones estables en 
la movible base de una persona mortal ? ¿ No vale 
esto tanto como "edificar en la arena? « 

¿ Cómo asegurar aquellas contra los siniestros 
revolucionarios ni tenerlas á cubierto de frecnen- 
tes mudanzas, cuando se permite á la osadía el 
suprimirlas, si su ambición lo exije; cuando se 
ensalza y se aplaude el acto criminoso y cuando 
complacientes hasta la delincuencia los represen* 
tantos de la soberanía, no solo no atematisan el 
atentado, sino que aprueban y sancionan todo lo 
obrado bajo sus auspicios y se apresuran á forma- 
lar las nuevas leyes que él les demanda? 

¿ Cómo, en fin, sequiere fundar costumbres re- 
publicanas, si aceptando los golpes de Estado de 
ayer, se preparan los golpes de Estado de maña- 
na, y si laureando á bastardos ambiciosos, se les 
deifica ante los ojos de la muchedumbre y se dejas 



SECCIÓN POLÍTICA— BBPüBUCA dk solivia 



81 



sin g'loria la Tirtud del patriotismo y la mora- 
lidad política? 

El día en qne Bolivia escriba en la bandera de 
sus conquistas el lema : Todo poder de hecho es 
üegiUnuible; el dia en qne comprenda que sn 
soberanía no es nna palabra vana, sino la indis- 
pensable condición de su existencia; es decir, qne 
es sn voluntad libremente manifestada, sin impo- 
sición del qne manda ni de la fuerza material qne 
la amenaza, j siempre dirigida en sentido del bien 
procomunal; el dia en qne así piense y en qne 
para sostener sn idea, oponga á la organización 
gubernamental la organización social, ese dia 
comenzará para ella el reinado del derecho en 
sus gobiernos y el reinado de la libertad en el 
pueblo. 

Elbodobo Camacho. 

Coronel, Bsoritor. 
Tacna, 1878. 



NO MAS GUERRA 

La moral que condena el robo y el asesinato 
anatematiza la guerra, que es el robo y el asesi- 
nato en grande escala. 

La humanidad, ofuscada por el brillo de una 
falsa gloría, La prestado hasta ahora un culto 
estúpido á esos grandes devastadores que se lla- 
man héroes. 

Es tiempo ya de que los horrores de la guer- 
ra figuren al lado de la ordalia y de las torturas 

de la edad media. 

Que las soluciones que dicta el cañón sean 
reemplazadas por los cánones de la justicia en 
un códigt) internacional destinado á toda la 
humanidad. 



Luis Mabiano Guzman, 

Jurlaoonanlto é Hiatorlador. 



Cochabamha, 1874. 



EL PROGRESO 



Todos confiesan que el mundo marcha con una 
Tertigiuosa precipitación á su progreso moral, 
material é intelectaal, desde cien años atrás. 



Y en verdad que un atento estudio de todo lo 
que sucede, no puede menos que producir una 
grande admiración al ver el estupendo movi- 
miento que en este siglo se ha apoderado del 
género humano, con motivo de los transcenden- 
tales descubrimientos científicos; con la aplica- 
ción del vapor, de la electricidad y de otros nue- 
vos agentes á la mecánica, á la industria y al 
comercio; con la aceptación y adopción de cier- 
tas instituciones sociales en el sentido de la liber- 
tad; con el triunfo de los verdaderos principios 
derivados del estudio de la religión, la filosofía 
y la historia, que han emancipado la conciencia 
la razón y el derecho; y con otros tantos adelan- 
tos, perfeccionamientos y reconquistas que se 
están efectuando todos los dias. 

Hoy se han suprimido las distancias: se puede 
comunicar una noticia en pocos instantes, de 
cualquiera parte del mundo: no se pregunta ya 
cuántas leguas hay para llegar á un punto deter- 
minado, sino cuántas horas. El tiempo ha susti- 
tuido al espacio. Y en virtud de este grande 
adelanto, las naciones se han aproximado; y los 
pueblos de remotas regiones se han puesto en 
contacto estableciendo un comercio recíproco de 
ideas, costumbres, intereses, industrias y pro- 
ducciones. 

Es un hecho que el género humano se enca- 
mina apresuradamente á realizar el giun dogma 
democrático de la Fraternidad Universal, 

Hace 19 siglos que el Mártir del GhSlgota 
proclamó la fórmula del progreso en pocas pala- 
bras: — //Amaos los unos á los otros, dijo; porque 
//todos somos hijos de ese Padre común, que es 
//Espíritu y Verdad, y á quien debemos orar, 
//pidiéndole: venga anos tu reino, para que se 
//haga tu voluntad, así en la tierra como en el 
//cielo, fr 

Desde entonces han comenzado á modificarse 
completamente los errores y preocupaciones, las 
supersticiones y el fanatismo que en todo orden 
de ideas y sentimientos servían de barrera al 
progreso, perfección y libertad del hombre y de 
la sociedad: y desde entonces ha comenzado la 
lucha entre el oscurantismo y la civilización, 
entre los opresores y los oprimidos, entre los 
hombres del retroceso y los hombres de pro- 
greso. 

Dios es nuestro Padre: á todos nos quiere 
igualmente; y para todos ha dictado indudable- 
mente las mismas leyes, dándoles los mismos 



82 



AMÉRICA LITERARIA 



dereolios j oblig^ttoiones. Esas leyes no pueden 
menos que ser de bondad, de jnstioia, de verdad y 
de libertad, como son los atributos de Dios : y es 
indudable también que la humanidad debe mar- 
char á la realisacion y cumplimiento de esas leyes 
sobre la tierra, para obedecer la voluntad del 
Soberano Legislador. 

A ello tiende fatalmente el género humano, tal 
Tei sin apercibirse claramente; y para ello se 
encaminan todos los pueblos y naciones á aproxi- 
marse, unirse y asimilarse, combatiendo los obs- 
táculos morales y materiales que se oponían al 
supremo fin de formar una sola familia de todos 
los hombres y de conyertir el mundo en la patria 
común para el bienestar de todos. 

Y esto es tan cierto, que no tiene otra esplica- 
cion esa admirable y rápida transformación que 
se está yerificando en el mundo, en la religión, 
en el derecho de gentes, en la legislación, en el 
comercio, en la adopción de los mismos pesos, 
medidas y monedas, y hasta en el idioma, cos- 
tumbres, intereses y oonyeniencias sociales, que 
tienden á uniformarse, identiñcarse y uniyersa- 
lizarse. 

Dia yendrá en que esta transformación sea un 
hecho en el mundo. 

Verdad es que aun hay muchas resistencias 
que yencer para Ueg^ á ese fin. La obra es 
garande y difícil; pero también es cierto que en 
este siglo se ha avanzado mucho, merced á la 
sostenida batalla que dia por dia libran los hom- 
bres del progreso contra los tiranos de la inteli- 
gencia, contra los opresores de la conciencia, 
contra los enemigos de todo derecho y de toda 
ley y contra los adyersarios de toda libertad y 
de todo adelantamiento. 

Felices los que contribuyen, aunque sea con 
un grano de arena, al triunfo de las buenas ideas, 
combatiendo en su esfera á los que se oponen á 
la instrucción, libertad y dignificación del pue- 
blo por medio del trabajo, de la yirtud, de la 
honradei y del amor sincero á sus semejantes. 
Felices los que utilizan en tan santo objeto el 
pulpito, la tribuna, la prensa, las asambleas del 
pueblo, el gabinete del sabio y hasta el modesto 
taller del artesano. Felices, porque cumplen 
con un deber como individuos de la gran fami- 
lia humana, consagrando su vida en beneficio de 
la vida de la humanidad. Trabajar, y sacrificarse 
por los verdaderos intereses y conveniencias del 
pueblo, es cumplir la voluntad de Dios. 



Trabajemos, pues, hasta conseguir que dest- 
parezcan las preocupaciones de raza, de religión, 
de nacionalidad y hasta de familia: trabajemos 
en la extirpación de los errores que hacen vene- 
rar á los tiranos y opresores de sus semejantes: 
trabajemos, en fin, hasta obtener que el himibre 
en cualquiera parte donde esté, viva como en su 
patria, con las mismas g^arantfas y deberes, sin 
que nadie fiscalice sus creencias políticas ó reli- 
giosas, sin que le averigüen á qué raza 6 naci<a 
6 familia pertenece; y sin que nadie ponga en 
discusión la mayor 6 menor amplitud de dere- 
chos y obligraciones que le corresponden. £1 db 
que reinen las mismas leyes en toda la tierra, qne 
serán, á no dudarlo, las leyes de Dios, ese dia el 
hombre tendrá al mundo por patria, á la huma- 
nidad por familia, y al individuo por hermano, 
sin mas autoridad que la ley. 

Esto, que alguno calificará de utopía, es mi 
creencia: y es el modo como veo marchar al géne- 
ro humano á su creciente adelantamiento y civili- 
zación. 



Casimibo Cobbal, 

▲bosMlo r PobUoista. 



Tacna, 1878. 



FRAGMENTO 

!>■ UNA COmTNICACION DIBIGIDA AL MIKISTBO 
PLENIPOTSNCIABIO DV BOLIVIA. VM BUSHOS AIBM 
DOCTOS DON ANTONIO QÜIJA&BO 

El angustioso cúmulo de calamidades que en 
los dos años precedentes oprimieron á Bolivia de 
improviso, ha comprometido mas seriamente qne 
nunca antes de su autonomía geográfica, y no 
puede ya contraponérseles la fuerza improvisads 
de alianzas bélicas, que es siempre equívoca. Si 
los cincuenta años en que ella por sí sola persi- 
guió esa autonomía con tantos sacrificios, no 
hubieran sido esterilizados, por falta de constan- 
cia en la devoción de sus gobiernos á ese fin 
primordial, desde que recibió su emancipación, 
consag^rándola con su nombre nacional, ntdie 
tendría por aventurado el afirmar, como yo afir- 
mo, que ahora quince años tasadamente habris 
entrado en real posesión de su terrítorío maríti- 
mo, en vez de haberlo comprometido á la suerte 
que tiene de ser teatro y estímulo de guerrts 
seculares. La actual puede ya suspenderse por el 
agotamiento mas ó menos próximo de cada nns 



SECCIÓN POLÍTICA — eepública de solivia 



83 



de Ias tres Bepúblioas beligerantes. Usted lo lia 
espresado con previsioii. Pero ese agotamiento, 
¿será acaso compensado con la enseñanza que 
deja para no mas perder de vista su fin primor- 
dial de geográfica nacionalidad? En este pnnto, 
tampoco es aventurado decir, qne no cabe otra 
seguridad qne la organización militar á la mo- 
derna que está basada sobre el servicio obligato- 
rio para todos, así como las constituciones libe- 
rales se basan sobre la instrucción primaria 
obligatoria de igual modo, según dije en otra 
ooamon. Bastaría para eso, que no se subordine, 
como hasta aquí, en sus Congresos, el fin primor- 
dial á los secundarios, la existencia á los realoes 
de ella; bastarla, que dejando á un lado teorías 
mas bien filosóficas que políticas, se preocupen 
de hechos del orden natural que por ser del inte- 
rés de todo el mundo, toman el nombre genérico 
de intereses. Por tanto felicito á usted cordial- 
mente, á mi ves, por los resultados que en ese 
orden ha comenzado usted á obtener, así en esa 
capital como en el Paraguay, de posición tan 
fatalmente análoga á la de Boliyia 

Con las armas de precisión y con la maquina- 
ria poderosísima con que se hace ahora la gpuerra, 
el servicio militar tiene que ser como el taller 
inmenso de una industria única, cuya dirección 
absorberá forzosamente la atención de su Direc- 
torio por mas altas que sean sus facultades inte- 
lectuales y morales, como sucede con los de tantas 
empresas industriales de primer orden en Ban- 
cos, Ferro-carriles, empresas mineras, en fin, en 
la producción 6 ya en la distribución y consumo 
económicos modernos. 

En lo que importa fijarse es, en el gran beneficio 
de la evolución ec<mómica de la antigua indus- 
tria á la grande de hoy. Este se reduce á dismi- 
nuir y aún á suprimir el trabajo humano material, 
reemplazándolo con las fuerzas naturales, mil 
Teces mas poderosas y menos costosas — Así en 
la g^nerra se han suprimido las dos décimas partes 
del trabajo y fatigas del soldado^Es cierto que 
n ha agravado en la misma proporción el riesgo 
de la vida; lo que importa decir que ahora nece- 
nta en fuerza moral é intelectual todo lo que 
^tes gastaba en fuerza física y muscular. Lo 
que importa á la vez decir, que la parte mecá- 
lúca de la gpuerra es menos gravosa en la propor- 
<úcn que la parte directiva es mas difícil y 
«aerada. De ahí viene, que el servicio militar se 



hace umversalmente obligatorio, así como la ins- 
trucción primaria en los Estados modernos. 

TomXs Fbias. 

Bz-Presidente de 1» Sapúblto*, hombre de Bstedo j Dlplomákle* 
Parit, 1880. 



CORRIENTE BENÉFICA 

A medida que las sociedades humanas pro- 
gresan, y según las condiciones peculiares en que 
llegan á encontrarse al cruzar por las distintas 
épocas de su existencia política, sienten, acaso 
sin pensarlo, la necesidad de dar aliento á cierto 
género de ideas, y hacer preponderar ciertos 
principios, que no son sino el producto de las 
exigencias de la época y del giro que sucesivamen- 
te van tomando los destinos de la humanidad. 

A mi juicio, la marcha que esa desconocida é 
irresistible corriente imprime en nuestros dias á 
las leyes de la moral internacional, ha sido reve- 
lada en 1856 — por la memorable, aunque incom- 
pleta declaración de 16 de Abril de aquel año; y 
es hoy, sin duda, una de sus mas espléndidas 
manifestaciones, el progreso de la doctrina que 
consagra el respeto general de la propiedad pH' 
vada durante la guerra. 

Tengo fé en que bien pronto su triunfo defi- 
nitivo dejará á los pacíficos é industriosos habi- 
tantes de todos los países, libres de la gran parte 
de calamidades y sufrimientos de que hoy se les 
hace participar, sin razón algnina, en todas esas 
guerras provocadas por la ligereza, el capricho 
ó la ambición de los malos gobernantes. 

Fbdbbico Diez db Mbdina. 

JarlMODBulto 7 PobUeiita. 
iki Pos, 1877. 



El Nuevo mundo, obedeciendo á la ley de sus 
condiciones geogrráficas, al origen de las razas 
que lo pueblan y á su sistema político orgánico, 
está llamado á consumar definitivamente la civi- 
lización humana, resolviendo el problema de la 
perfectibilidad ind^nida, por la perfectibilidad 
posible, bajo el doble carácter que constituye y 
de que es susceptible el hombre. 

El germen civilizador pertenece á la raza aria- 



J 



84 



AMÉRICA LITERARIA 



na; surgió del Oriente, se ha trasformado y 
desenvuelto en el Mediodía j debe perfeccionar 
7 terminar su elaboración en Occidente. 

Tres acontecimientos presagian esta consu- 
mación: la colonización de America por las razas 
indo-europeas (ananas); la aplicación del princi- 
pio de libertad en su forma genuina mas amplia 
7 mas exacta; 7 la unidad del sistema del gobier- 
no americano — la democracia. 

Tres cuestiones, á su vez, debe resolver el pre- 
sente, para prevenir la solución futura: la cons- 
titución federativa de los Estados americanos, 
determinando por el equilibrio económico-polí- 
tico, la demarcación de sus fronteras limítrofes; 
la uniformidad del derecho público americano, 
resultante de la identidad de instituciones civiles 
7 políticas; 7 la declaración de comunidad de 
ciudadanía entre los pueblos americanos, base 
moral de la ciudadanía universal, última expre- 
sión de la civilización mas perfecta. 

Santiago V. Guzman. 

▲bog*do y Escritor. 

Buenoi Aires, 1874. 



Los funestos resultados del aislamiento acon- 
sejarán un poco mas tarde, á las Repúblicas Sud 
americanas á fortalecer su vitalidad, agrupán- 
dose en confederaciones que las hagan mas 
consistentes 7 respetables. 

Manuel Buitbaoo. 

Hftslvtnulo. 



Me preocupa la situación de mi patria, tanto 
mas dolorosa, cuanto es mas próspero el estado 
de otras secciones americanas, 7 es por eso que 
repito mi modo de pensar, toda vez que para ello 
encuentro ocasión. 

Ningún pueblo se ha levantado, ni es dable 
que se levante sino á influjo de estas dos causas: 
la cultura intelectual de su población 7 el des- 
arrollo de su industria. Y tan poderosa es la 
primera, que por sí sola promueve 7 facilita el 
advenimiento de la segunda. El régimen mas 
beneficioso, el gobierno mas digfno de su alta mi- 
sión es, pues, el que consagra en ma7or escala los 
recursos nacionales á la difusión de los conocí* 



miento3. Ejemplo palpitante de esta verdad son 
los Estados-Unidos del Norte. 

Bolivia, fatalmente alejada, por su posición 
mediterránea, de las corrientes civilizadoras del 
exterior; pobre é inactiva, porque no sabe ni 
puede explotar sus inmensas riquezas naturales, 
esparcidas en el seno de un vasto territorio; presa 
del predominio militar, 7 por esto mismo, sujeta 
á incesantes perturbaciones engendradas por las 
luchas de la libertad contra los poderes de origen 
7 carácter violento; desprovista de costumbres, 
republicanas 7 sintiendo amenguarse, en raion 
de sus propias desgracias, la energfía del espíritu 
público que solo se mantiene 7 robustece allá 
donde la opinión es la gran fuena moral de la 
sociedad, — no saldrá de tan aflictivo estado, sino 
cuando la instrucción se estienda de las clases 
acomodadas que ho7 forman una débil minoría» 
á la generalidad de los habitantes, en cu7a acción 
conciente 7 armónica está cifrada toda transfor- 
mación seria, capas de producir, en pos del des- 
envolvimiento intelectual el adelanto moral, polí- 
tico 7 económico de la nación. 

Obrar en este sentido importa tanto como em- 
pujar la suerte del país hacia las saludables 
conquistas del porvenir. T para que se apresure 
ese resultado, solo ha7 un medio : —abandonar las 
controversias sobre formas constitucionales que 
nos entretienen 7 dividen, sirviendo de remora 
á las ideas útiles 7 á las sólidas convicciones; 7 
llamar el esfuerzo decidido 7 perseverante de 
nuestros legisladores, de nuestros hombres de Es- 
tado 7 de nuestras ilustraciones sobre el problema 
de la regeneración positiva de la República, con* 
sistente, á mi juicio, en la multipUoaoion de los 
focos de enseñanza, 7 por ahora á lo menos, en 
la mejora de las vias de comunicación que habrán 
de influir por su lado en los progresos de la in« 
dustria. 

Dar luz á la inteligencia, aplicación al traba- 
jo 7 arrimo á las instituciones, oolocándolas baje 
el amparo de la opinión ilustrada, — ^hé ahí el se- 
creto de los futuros destinos de Bolivia. 



Mblchob Tbbbazas. 

(Hombre d« Estado). 



Coehahcmba, 1877. 



L i actual rdunion de una Asamblea Constitn- 
7ento en la ciudad de La Paz, dá lugar ¿ graves, 



SECCIÓN POLÍTICA — ebpública db solivia 



85 



pero tristes oonsidenicioiies, que sino al presente, 
mas tarde qnizá podrán tener algún valor é in- 
fluencia en la política de la República. 

Nadie ignora qne Bolivia es el país clásico de 
las Constituciones; qne estas desde Sucre, su pri- 
mer Presidente, liasta nuestros días, lian venido 
atropellándose unas á otras, con tan vertiginosa 
rapidez, que no nos han dado tiempo ni lugar 
para esplicar esa asombrosa y desconsolante ins- 
tabilidad de instituciones, que dio orígpen al cé- 
lebre dicho del General Belzu, uno de sus muchos 
mandatarios: éiBolivia es ingobernable, u 

Mas no; lo que estas terribles, y hasta cierto 
punto justificadas palabras significan es: que un 
pueblo donde ha penetrado escasamente la luz de 
la eivilisacion, donde la revolución ha fallado por 
completo en la principal de sus bases, la de las 
ideas, dejando en pié la ignorancia, las preocu- 
paciones, el fanatismo, la ociosidad, con el cortejo 
de todos los vicios bajo un régpimen absolutista y 
teocrático, como el que le habia dominado, por 
tan dilatados años; que semejante pueblo, mien- 
tras no se regenere, no podrá jamás constituirse 
democráticamente; esto y no mas significan esas 
tres palabras. 

Por ello fué, sin duda, que el experto político 
Sucre, desde la aurora de nuestra independencia, 
al sentar las bases de la futura Bepública, no 
vaciló en acometer con mano firme reformas ra- 
dicales, para prepararla convenientemente á la 
nueva vida política en que iba á entrar de lleno, 
en unión y armonía con las demás Repúblicas 
sns vecinas y hermanas y realizar de esta manera 
las esperanzas, no solo de la América, sino de la 
humanidad entera. 

¡Qué poco duró aquella venturosa época de 
nuestra regeneración! pasó ella, y todo volvió á 
sepultarse en las tinieblas del caos. 

Vuélvase, pues, al punto de partida; retroce- 
damos cronológficamente, para avanzar lógica- 
mente por el sendero del progreso; y si se quiere 
de buena fé que la nueva carta de 1877, no corra 
la triste suerte de sus antepasadas, que enarbole 
resueltamente la banderado las reformas; el país 
estará siempre al lado de una Constitución que, 
consultando sus verdaderos intereses, los ponga 
á cubierto de las góticas pretensiones de la igno- 
rancia y el fanatismo. 



REFLEXIONES 



Domingo Dblgadillo. 

Hombre de Estado. 



8n€!n,Vm, 



Con el propósito de curar la instabilidad polí- 
tica de casi la totalidad de las repúblicas hispano- 
americanas, se han tenido generalmente en consi- 
deración solo sus causas de segfundo término : el 
pretorianismo, la falta de industria, la igfnorancia 
del pueblo, la situación geográfica; mas los 
esfuerzos que se han hecho para combatirlas han 
sido golpes de hacha, mas ó menos ineficaces, que 
han herido únicamente las ramas sin llegar al 
tronco. Este, de donde brotan aquellas, que las 
' alimenta y dá vida perniciosa, cual planta de 
maldición, es la inmoralidad política, que tenien- 
do su raiz en muchos puntos de las altas regio- 
nes de los pueblos, ha llegado á cubrir con su 
follaje hasta las mas bajas, secando y exting^uien- 
do con su sombra venenosa todas las virtudes y 
abnegaciones cívicas de que vive la república. 

Aun en las monarquías de Europa y de Amé- 
rica se observa que el imperio de la ley es todo, y 
el hombre nada; pero, en la mayoría de los pue- 
blos Sud americanos es lo contrario : el hombre 
es todo, y la ley es nada. De aquí la falta de 
poder legal de los gobiernos, el desprestigio de 
las instituciones, el escarnio de las verdades y 
principios políticos, la carencia de fé y de con- 
vicciones, el menosprecio del derecho, la omnipo- 
tencia de la fuerza y la deplorable debilitación 
de la dignidad del ciudadano ■. 

En Bolivia está actualmente reunida la décima 
Asamblea constituyente para dar la décima 
constitución á los bolivianos. ¡ Triste fecundidad ! 
¡Lamentable engaao! ¡Se busca el remedio en 
las variantes de la ley que no se comprende; que 
no se ama ni respeta; que se la ha hecho siempre 
pavesas al fuego de los rifles y entre la algazara 
de las muchedumbres y de las que no son mu- 
chedumbres! — ¿Y será difícil prever el destino 
que le aguarda al niño que se trata de dar á luz ? 

Montesquieu ha dicho : *> la república vive de la 
virtud », Enséñese esta é inspírese asiduamente 
al pueblo y á la juventud en las escuelas y en 
las universidades, en los talleres y en las plazas, 
en los meetings y en los templos; den los garan- 
das á Io3 peíiuaños, los ilustrados á los ignoran- 
tes ejemplos pr«vcfcico3 de respeto y sometimiento 
á la ley; dense treguas las ambiciones en un 
régimen legal y esperen su hora; en resumen. 



86 



AMÉRICA LITEBABIA 



llágase la moralidad polftioa, 7 estará hecha la 
rerdadera república. 

José Manübl di la Bbza. 

Abogado. 

Coehahamha, 1878. 



u La marcha de toda institución nneya es lar- 
go tiempo una lucha u, ha dicho el prisionero de 
Sedan. 

Esta verdad, confirmada por una larga expe- 
riencia 7 explicada por la inperfeccion natural 
de toda obra humana, sirve de justificativo á los 
desaciertos del viejo mundo, á la vez que de tema 
para las acusaciones mas injustificables 7 para la 
censura mas cruel contra la América española. 
Para aquel, esta es inquieta, turbulenta 7 hasta 
salvaje. Su emancipación fué un hecho prema- 
turo :-^stá en estado de conquista. 

¿Por qué? — Por la instabilidad de sus gobier- 
nos; — por la continua perturbación del orden 
público; — por el estado de agitación normal que 
constitu7e su modo de ser político. 

Los que así juzgan de la América olvidan la 
naturaleza de las cosas; — carecen en lo absoluto 
del talento práctico de la observación; — descono- 
cen que todo en la naturaleza está sujeto á la 
le7 de la evolución como condición de desarrollo. 

En la naturaleza física, — ^los misterios de la 
creación del mundo, el diluvio, los terremotos, las 
tempestades, etc., etc., no son sino otras tantas 
evoluciones que el globo terrestre ha sufrido 7 
sufre todavía en el sentido de su perfecciona- 
miento. 

En el reino vegetal, — la fior, el fruto, la simien- 
te, su germinación en la tierra; la aparición de 
la planta, su crecimiento, etc., no son sino evolu- 
ciones 6 modificaciones indispensables para su 
desarrollo 7 perfección. 

En el reino animal, del que forma parte el 
hombre por su organización, 7 del que difiere por 
la chispa celeste que lo anima; los secretos de la 
generación; el nacimiento; los tropiezos 7 las 
caídas, á pesar de los cuidados en la primera 
edad; la alucinación, los peligros 7 fracasos de la 
juventud, 7 las lecciones de la vida práctica, son 
otras tantas condiciones de vida 6 evoluciones 
indispensables para su desarrollo físico 7 moral. 

Y lo que digo del hombre individual es exac- 



tamente aplicable al hombre colectivo llamado 
sociedad, nación 6 Estado. 

Según esto; ¿por qué estrañar, pues, la conti- 
nua agitación política, el estado normal de 
revolución en que vivimos? Son otras tantu 
condiciones de vida 7 desarrollo. 

La república en América es una aimiaiite 
implantada aiyer en un tenfeno amasado oon Ui 
lágrimas del despecho que arrancaba el odio 
hacia una dominación orgnllosa. Tierna planta 
ho7 todavía, lucha por aclimatarse contra la 
aridez del terreno 7 la inclemencia del tiempo. 
Cuando ha7a triunfado de los obstáculos que se 
oponen á su leg^ítima aspiración 7 llegado á ser 
planta robusta, desafiará tranquila el furor delta 
tempestades 7 las ahogará en su cuna. Doblegue 
entonces todo á su pujanza, reposará tranquila, 
como reposa el obrero después de concluir su 
obra, como descansó Dios al séptimo día de la 
creación. 

La agitación política en América es, pues, 
síntoma de vida, oondidon de desarrollo, elemento 
de perfección. 

Lo que debe alarmar, por consigrniente, no son 
esas evoluciones tempestuosas de la polítict, 
propias de nuestra edad 7 expresión de nuestrts 
legrítimas aspiraciones, sino la enervación de k 
vejes en el periodo de la juventud. 

Zoilo Flobes. 



Dlplomátleo, Miembro del OoDfrMO 
de Joiieeoaealtoe 



Lima, 1877. 



Fanático por el principio del ¿rden, como 
simple ciudadano ó en el poder, vencedor 6 ven- 
cido, constante predicador de ese principio en la 
prensa, en la cátedra, en la tribuna, en los clubs, 
no me apartaré de ese programa de mi vida públi* 
ca, porque sé bien que solo en el terreno del 
orden se cultiva frondoso el árbol de las instila* 
clones liberales: solo de sus fuentes puras pueden 
desprenderse los torrentes que fecundizan Is 
prosperidad nacional. 

Sebapio Bbybs Obtiz. 

Jarieeonialto f üecletrmdo. 

Sucre, 1876. 



SECCIÓN POLÍTICA — república de boliyia 



87 



Haj una yerdad que amarga el patñotismo: 
que Bolivia no ha podido constitiiirse de una 
manera definiÜTa en mas de medio siglo que 
UeTa de existencia política independiente. 

La instabilidad de sos gobiernos j de sus 
instituciones, que caen al embate de sus revolu- 
ciones, le han creado un estado anormal que, si 
no la llera al retroceso, la tiene por lo menos 
estacionaria; lo que importa lo mismo al frente 
del progreso de los Estados vecinos. 

La cansa de tan lamentable situación la ban 
oreido encontrar mucbos en su posición mediter- 
ránea; en su falta de industria y de cómoda 
viabilidad. 

A mi juicio, se toman los efectos por las 
causas. La verdadera paréceme encontrarla en 
su forma de gobierno — la unitaria, que absoluta- 
mente es conveniente á Bolivia. 

La mas bella forma de gobierno, es sin duda 
la federativa. 

La federación es la perfección de la Bepública: 
■olo en ella son una verdad los principios demo- 
crátioos. El unitarismo los desvirtúa, sino los 
baoe ilusorios. 

El gobierno unitario es la absorción, la con- 
centración de toda acción j todo poder. 

Por su misma naturaleía tiende al despotismo. 
Si no ahogra la libertad y las garantías, las 
dispensa al pueblo como un favor y con odiosas 
restricciones. 

La desoentralizacion es la tendencia natural 
y universal: ella es imposible bajo el régimen 
unitario. 

Bolivift, territorio vasto, comprende pueblos 
heterogéneos por muchos aspectos y separados 
por largas distancias, poco menos que desiertos. 

Están fuera del alcance de la acción adminis- 
trativa, ó les llega tardía y extemporáneamente. 
Y cuando sus necesidades no son llenadas en la 
medida de sus justas exigencias, nace el descon- 
tento que no tarda en traducirse por resistencia 
armada contra ese poder de quien no recibe bene- 
ficios. « 

Este es el origen de la guerra civil. 

En el régimen federativo el poder local atien- 
de con ventaja las necesidades de sus últimos 
cantones. Ueva la luz y el trabajo á sus últimas 
aldeas. 

Escuelas y caminos, y con estos elementos no 
será posible el despotismo. 



La federación permite á cada localidad inver- 
tir sus recursos en provecho suyo. 

De Bolivia hay que hacer un pueblo mas indus- 
trioso y menos político y militar. Que sus hijos 
sepan explotar las inmensas riquesas oon que la 
mano de Dios ha favorecido su suelo. 

La experiencia ha demostrado hasta la convic- 
ción que Bolivia no adelanta en el camino del 
progreso. Su remedio es la federación. T el dia 
en que llegue á implantarse este principio rege- 
nerador, conforme á la aspiración general, se 
habrá colocado en la via de su felicidad para 
tocar á su fin anhelado, — á su venturoso porvenir. 

Bblisabio Salinas. 

PoUtiooyBMritor. 



La FoM, 1877. 



Bolivia, que formaba parte del Yireinato de 
Buenos Aires en la época del coloniaje, con el 
nombre de Alto Perú, fué la primera que lanzó 
el grito de Independencia y Libertad contra la 
dominación española el 25 de Mayo de 1809 en la 
ciudad de Chuquisaca, asiento de la sede metro- 
politana; grito secundado por los moradores de las 
riberas del Plata, en ig^ual dia del año siguiente 
y seguido casi simultáneamente por la Paz en 16 
de Julio y por Coohabamba en 14 de Setiembre del 
mismo año diez, con la notable circunstancia de 
que los inermes é indisciplinados hijos de la 
última ciudad, obtuvieron el primero y el mas 
espléndido triunfo contra las aguerridas y disci- 
plinadas huestes españolas, el memorable 14 de 
Noviembre de 1810, en los campos de Aroma, 
triunfo que demostró á toda la América que era 
posible sacudir el ominioso jugo que por tres 
centurias la habia oprimido, y cuya verdad ha 
comprobado la terminación de la guerra de los 
quince años, guerra que la iniciaron los Arze, los 
Quiten, los Rivera y los Guzman, vencedores en 
Aroma, y la continuaron los Belgfrano, los Cas- 
telli, los Diaz-Yelez y tantos otros esclarecidos 
patriotas. 

Obtenida la independencia por el esfuerzo co- 
mún, era de esperar que las dos nacionalidades 
que surgieron del antiguo Yireinato de Buenos 
Aires, corrieran paralelas en la via del progreso; 
pero la diversa forma de gobierno que adoptaron, 
federal la República Argentina y unitaria la da 



88 



AMÉRICA LITERARIA 



Bolivia, ha sido una de las principales causas del 
adelanto de la primera y el atraso de la segunda. 

Para salvar á Solivia de esta desventajosa si- 
tuación, se intentó en la Asamblea constituyente 
de 1871 mudar la forma unitaria sustituyéndola 
con la federal; pero la desmesurada ambición 
del mandatario de entonces y sus tendencias orgá- 
nicas á la arbitrariedad y á la dictadura, f ustraron 
las nobles y patrióticas miras de los Diputados 
que, aunque en minoría, sostuvieron en el Par- 
lamento, la oportunidad y las ventajas de adop- 
tar el sistema federal. 

Desde entonces, el pensamiento se ha propa- 
gado de una manera asombrosa, en todos los 
círculos políticos y especialmente en la juventud 
ilustrada del país; y es de esperar que un dia, 
acaso no lejano, se implantará pacíficamente la 
federación en Solivia y entonces se llenarán los 
deseos y aspiraciones del suscrito. 

José Mabia Gütiebbbz MutiscAL. 

(Jariaoontnlto 7 Mai^istrado) 
Cochabamba, 1878. 



EL SISTEMA FEDERAL 

El sistema federal es seductivo y alucinante 
para todo pueblo, porque á primera vista ofrece 
libertad en la ley. Satisface también donde pue- 
de aclimatarse tan preciosa planta las justas 
aspiraciones que alimenta toda sociedad, de mane- 
jar por sí y en su propio provecho sus intereses 
locales, con el noble fin de dirigirlos al importan- 
te objeto de labrar el procomunal; pero ese siste- 
ma de tan hermosa estructura supone para ser 
sólidamente establecido, que el pueblo no solo 
comprenda todo su mecanismo y sus esenciales 
fines, sino que además esté dispuesto á sostenerlo 
y defenderlo contra los embates de una ambición, 
y las demasías de cualquiera facción que conspire 
por destruirlo. 

¿Qué sucedería en Filadelfia, por ejemplo, si 
algún genio audaz y sediento del mando, se 
levantara á la cabeza de algunos facciosos á asal- 
tar el poder público y destruir el orden legal 
establecido ? Segruro es que en el momento toma- 
rían las armas millares de ciudadanos, con el 
objeto de aniquilar al ambicioso y sus cómplices 
y restablecer inmediatamente el orden perturba- 



do, ¿ y por qué ? — porque ese pueblo conoce y 
comprende sus instituciones, y sabe que de sa 
estabilidad proviene la garantía del trabajo y de 
la industria que lo alimenta. Sabe muy bien que 
destruido el poder legal, el ciudadano, su f amilii 
y su grande ó pequeña domesticidad, quedan i 
merced de la rapacidad y de la violencia de loe 
conspiradores. 

¿Se halla Solivia en semejantes condiciones? 

— Melgarejo atacó á la cabeza de 200 rifleros 
el palacio presidencial, depuso al mandatario 
constitucional, y al dia siguiente se proclamó 
por sí y ante sí Presidente provisorio de li 
República. 

El pueblo inteligente, pero muy reducido en 
número relativamente á la población, lamentó en 
secreto el atentado, y guardó silencio. La gene- 
ralidad de ese mismo pueblo, admirando el valor 
del ambicioso, se mostró indiferente porque no 
comprendia lo que pasaba en el escenario político 
que tenia á su vista. Esa indiferencia es una 
prueba concluyente de que ninguna combinación 
política puede ser estable si el pueblo no la oom- 
prende y tiene la resolución de sostenerla. 

Melgarejo tiranizó á Bolivia por espacio de 
seis años, ofreciendo á la vista de todos los boU- 
víanos un conjunto de atentados y de vicios, y 
de prodigalidades de que solo hay ejemplo en Is 
historia del bajo imperio. Es verdad que hubo 
tentativas en todas partes de la República pan 
destruir ese monstruoso poder, pero esos esfuer- 
zos por débiles é impotentes que fueron, no llega- 
ron á tener un éxito feliz. 

Decidnos vosotros, jóvenes animosos que com- 
batisteis esa inmoral y corruptora tiranía, ¿por 
qué no os fué dado coronar con la victoria vues- 
tros heroicos sacrificios en defensa de las insti- 
tuciones y de la libertad del país? ¿No es cierto 
que vuestros esfuerzos se hicieron impotentes 
ante el frió egoísmo de la alta clase de la socie- 
dad y ante el indiferentismo de la generalidad 
del pueblo? 

T lo que sucedió con Melgarejo en 1864, tuvo 
ya su precedente en 1848, en que Belzu con igual 
audacia que Melgarejo, detentó la autoridad Su- 
prema, la retuvo en sus manos por siete años, y la 
dejó cuando hastiado del poder quiso bajar de ¿1 
espontáneamente, porque nuestros lectores no 
ignoran que muchos personajes del país y algunas 
representaciones de artesanos, le rogaban que 
permaneciese á la cabeza de la administración. £1 



SECCIÓN POLÍTICA — bepüblica db solivia 



89 



pueblo en general, j salvas muy honrosas escep- 
ciones en la alta clase social, se mostraba impa- 
sible, por no decir contento, delante de esa dicta- 
dura que tuvo por tan largo tiempo encadenado 
el progfreso moral del país. 

De estos hechos históricos y de otros que nos 
escusamoB de citar, se deduce, que existe una 
muy esencial diferencia entre el pueblo Norte 
Americano que en todos sus actos se muestra 
conaeonente á esas virtudes de amor al trabajo, 
de dignidad personal'y de respeto á la autoridad 
que tradicionalmente heredó de los Padres pere- 
grinos de Moravia y del austero cuákero Gui- 
llermo Peen; y el de Bolivia que, dividido en 
razas antipáticas, hablando diferentes idiomas 
que oponen á la entrada de la civilización una 
barrera de granito, y que por fin no se ha des- 
prendido de los usos y costumbres del vasallaje, 
no comprende todavía el organismo del régimen 
representativo bajo la forma de unidad, y en tal 
estado de atraso, ¿ será posible que pase de un 
sistema, aun no conocido, á otro mas desconocido 
y cuya base es la industria y un grado mayor de 
ci?ilizacion ? 

Algunas monarquías del continente Europeo, 
pobladas, industriosas y civilizadas, se afanan 
por implantar en su suelo el régimen constitu- 
cional inglés, pero hasta ahora no se puede 
asegurar que lo hayan conseguido en toda su 
regularidad; y la Francia, particularmente, que 
anhela por esa constitucionalidad desde hace 90 
años, después de haber atravesado nueve grandes 
y sangrientas revoluciones, no sabe hoy '.si la 
conseguirá, volviendo á la dinastía de Luis Felipe 
ó forcejeando en dar estabilidad á la reaparecida 
Bspública. T Bolivia, escasa de población, pobre 
de industria y mas pobre todavía en luces, ¿po- 
drá sin g^vísimos inconvenientes hacer una 
transición política, para la cual no tiene prepara- 
ción alguna? 

Se nos dice que la América de 1810 empren- 
dió la difícil obra de independizarse sin estar 
preparada debidamente para el tránsito de un 
gobierno colonial á otro doméstico, y que sin 
embargo consiguió su fin, de cuyo beneficio esta- 
mos disfrutando. Nosotros decimos que ño fué 
así. Los paises litorales de América tuvieron en 
1810 conciencia de lo que hacían, y los centrales 
dieron instintivamente el grito de independen- 
cia, porque en ellos dominaba la idea de libertarse 
de los españoles, sus señores de mas de 300 años. 



Bolivia, por no estar suficientemente predis- 
puesta y bastante civilizada, para variar en fede- 
ral su forma unitaria actual, no puede pensar en 
ese cambio. Muy á la ligera hemos insinuado las 
dificultades que tocan las viejas naciones del 
antiguo mundo, para implantar en su suelo la 
nueva organización política á que aspiran; y 
aparte de esos ejemplos que pueden ó no ser 
aplicables á nuestro caso, está bajo nuestros ojos 
la vecina República Argentina, que en 30 años 
de guerra civil permanente, no ha podido aclima- 
tar la planta Norte Americana, puesto que mar- 
cha á tropiezos en esa difícil empresa. 

Miguel María db AauíBBS. 

PubUolstft. 
CochcLbamba, 1871. 



El Autógrafo Americano es un documento para 
la posteridad. 

IJn pensamiento del pasado, una hoja cualquie- 
ra suelta abre ancho horizonte al hombre pensa- 
dor. Se llega á conocer el grado de civilización 
de un país, sus costumbres y sus ideas. 

El estilo es el hombre; y el estilo es también 
el pueblo: revela todo su carácter y el de la 
misma época. 

Característico fué del pueblo oriental el estilo 
alegórico, como lo fué el picante y conciso del 
pueblo de Atenas, como ardiente lo es el del 
francés. 

Por los escritores americanos se vé que, á pesar 
de ser hijos de una misma raza, las maneras de 
la espresion de ideas varían de nación á nación. 

Si todo esto se manifiesta en lo literario, mani- 
fiéstase también en los intereses, tendencias y 
preocupaciones dominantes en cada localidad, y 
revela todo el modo de ser de un pueblo. 

En el Autógrafo vemos, por ejemplo, que los 
mas de los manuscritos bolivianos son de política. 

Hé ahí Bolivia. 

La política es la gran preocupación de este 
país; y porque su código fundamental es esen- 
cialmente político, es por esto que se prefiere 
emplear el tiempo en discutirlo, á fin de formular 
uno nuevo y mejor, que en escogitar medios de 
prosperidad material, industrial é intelectual. 

Es que todo esto no es político. 

El pensamiento argentino, chileno ó peruano, 
estampado en aquel repertorio de ideas, en aquel 



90 



AMÉRICA LITERARIA 



reflejo de la presente civilización — el Autógrafo 
—dirá inmigración, libertad de enseñanza, tra- 
bajo, comercio, ferro-carril, gas, vapor, etc., y 
ofrecerá nn contraste digrno de estudiarse y me- 
ditarse. 

Por eso decimos, qne el trabajo del inteligente 
señor Lagomaggiore, es un documento histórico, 
una bruñida página de los anales americanos. 

La posteridad — nuestros descendientes, verán 
y contemplarán las firmas de los que boy estam- 
pamos en aquel proceso, y quizá compadecerán, 
y quizá maldecirán, y quizá también admirarán 
la época circunscrita en la septengentésima cen- 
tena del siglo diez y nueve. 

Hé aquí un pensamiento destinado al Autó- 
grafo: — i/ el estado normal de Solivia ba sido el 
desorden u, 

Hé aquí otro: '/las escuelas y los caminos son 
de preferente necesidad, porque ni caminos ni 
escuelas tiene Solivia </, etc., etc. 

MHola! — esclamará la posteridad: — ¿pues 
qué hicieron nuestros padres? u 

Cuántas otras consideraciones podríamos espre- 
sar como naturalmente fluidas de unos pocos 
renglones consig^nados en ese gran álbum de la 
América! 

CésAR Sevilla. 

FertodUta. 
La Paz, 1878. 



Solivia, para ocupar un lugar preferente en 
la América del Sud, necesita ilustrar las razas 
indias de Quichuas y Aimaraes, que forman una 
gran mayoría de su población. Esta obra dífloil 
y necesaria, hasta hoy, ha sido descuidada por 
sus hombres de Estado, quienes han pretendido 
levantar el ediflcio de una democracia, teniendo 
por base la ignorancia y la miseria de las razas 
indias. 

Otra de sus necesidades consiste en la carencia 
de caminos en sus bosques, en sus valles, serra- 
nías y su estensa altiplanicie. 

Escuelas y caminos deben formar el objetivo 
de BUS miras actuales, para alcanzar un porvenir 
de ilustración y riqueza. 

Si la inmigración tiene que ser real y efectiva 
en el suelo boliviano, prepárese este con buenas 
vías de comunicación; y, sus naturales dispon- 



ganse, por medio de la educación, á recibir el 
ósculo fraternal de los inmigrantes del viejo 
mundo. 

Abdok S. Okdabza. 

Sacritor. 
La PoM, 1878. 



Si en Solivia, mi patria, no se hace de li 
carrera militar una verdadera profesión; si no se 
educa debidamente á sus distintas clases, no sdo 
en los diversos conocimientos de la institución, 
sino también, respectivamente, en los generales 
que lo ilustren y le hagan comprender su elevada 
misión, forzoso es declararlo : — la paz y el orden, 
de que tanto necesita esta naciente y preciosa 
porción Sud- Americana no llegarán á implan- 
tarse; y el militar por su modo de ser, obrando 
bajo la influencia de los que se llaman ilustrados, 
seguirá sirviendo siempre no mas, que intereses 
de explotadores políticos. 

General Claudio Agosta. 

Inspector Q«neral del Ejército. 
La Pa», 1878. 



La sola idea del desorden me ha inspirado 
desde mi niñez la aversión mas profunda;— sea 
que él nazca del seno íntimo de la familia, en la 
que todo debe ser fraternidad y armonía; — sea 
que surja del fondo de la organización política, 
en la que no debe admitirse mas choque que el 
de los principios y de las ideas, diferentes en su 
camino, pero tendentes á un mismo fin; — sea, por 
último, producido por la pug^na de Estados oítí- 
lizados, en los que el respeto mutuo y la gran 
ley de la solidaridad humana solamente deben 
imperar. 

Esa instintiva repugnancia al desorden ha ido 
progresivamente creciendo en mi ánimo, á me- 
dida que lo he ido encontrando casi santificado 
en mi patria, donde parece el único conato, el solo 
medio que conocen las aspiraciones de todo género 
para surgir. 

¡ Insensatez ! Nadie busca la meta por los es- 
calones del trabajo, de la virtud, del valor y del 
talento ! Son sendas inexploradas que no oondn- 
cen sino al desierto. Así que se confunden hon- 



91 



SECCIÓN POLÍTICA— BBpéBLicA db solivia 



ludes y vicio, virtud y crimen, en ese caos de la 
anarquía, y se pierde la noción de lo jnsto y de 
lo injnsto en donde se tiene por único dogma la 
inmoral máxima de qne ''el fin justifica los 
medios. " 

Tal espectáculo es desconsolador, pero no al- 
cansa á producir decepción completa. Tengo f é 
profunda en los destinos de mi patria. Hay en 
ella mucha virilidad, muchos elementos vírgenes 
que tarde ó temprano se han de sobreponer á 
nuestros vicios tradicionales y han de hacer de 
Bolivia la Suiza americana por el trabajo y la 
libertad, 

Nicolás Agosta. 

Eteritor biblióttlo. 

La PoM, 1877. 



No se desespere del porvenir de la raza abori- 
gfene en nuestra América. La figura histórica 
de Benito Juárez es la muestra de lo que puede 
ser esa raza, regenerada por la aura vivificante 
de la verdadera civilización. Procurémosla, pues, 
y quizá podremos decir como nuestros hermanos 
del Norte, ''la América para los americanos". 

Una República en que domine el militarismo 
solo por sarcasmo puede llamarse república, 
cuando no es sino un cuerpo sin alma ni voluntad 
propia, un gran cuerpo... de guardia. 

Algpunos llaman "pobre hombre" al que no 
capituló jamás con su conciencia; pero si en las 
escenas del gran mundo solo es visible su pobreza, 
allí, en las regiones de la moral se le llama "un 
hombre de bien". 



Sum, 1878. 



Jos£ Mabía Yalda. 

JurÍw(mtalto. 



El mas grande beneficio que puede hacerse á 
un individuo, es darle educación; porque con este 
bien se le habilita para el goce de los derechos 
políticos, se le hace creyente ilustrado, y miem- 
bro honorable de la familia y de la sociedad. La 
limosna que se dá á un pordiosero, no produce 
tan inmenso beneficio: satisface una necesidad 
de momento. La educación que se dá á un niño, 
pordiosero de conocimientos, dura mientras vida 



tiene éste. Mas importante es el pan que nutre 
el espíritu que el que sustenta el cuerpo. 

La educación es la mas grande fuerza de que 
se puede disponer para levantar desde sus bases 
la sociedad, cambiarla y transformarla; con ella 
puede hac;irse mucho bien, y también mucho 
mal: es un instrumento como la libertad. No 
debe, por lo tanto, encomendarse la suprema di- 
rección de este motor á quiénes no conocen ni la 
potencia que tiene, ni el fin para el cual sirve. 
Desgraciadamente la generación, cuyo destino 
ha sido mal comprendido, y la dirección hacia él 
pésimamente determinada y ejecutada. 

La educación es un medio de creación. Se pue- 
de formar de los individuos de una generación 
naciente un pueblo á nuestro modo á imagen y 
semejanza de un tipo ideal, como ha hecho Dios 
al hombre á su imagen y semejanza. Mediante 
este poder se levantará la república ó la monar- 
quía, la teocracia ó la burocracia, la autocria ó 
bien la oclocracia; ó cualquier otra cosa que 
se quiera. Poroso ha dicho Leibnitz:— dadme 
la educación y yo cambiaré el mundo. 



Cbispin Andbade y Pobtugal. 

▲bogado y Edooaoloniat». 



La PoM, 1878. 



NEUTRALIDAD DEL PODER JUDICIAL 

Jusgo que los magistrados del Poder Judicial 
deben ser neutrales y prescindentes en la con- 
tienda de la política de partidos. Así como el 
sacerdote prodiga los socorros de la religión al 
vencedor y al vencido, tienen aquellos que sus- 
tentar con el pan de la justicia á vencedores y 
vencidos, sin distinción ; y como la pasión política 
es intolerante, perderían los magistrados que se 
alistasen en los bandos políticos aquella tranquila 
imparcialidad, tan necesaría en el jusgador. Sus 
fallos serían muchas veces el refiejo de ocultas 
prevenciones. 

Jamás deben los jueces suscribir esos docu- 
mentos que en las guerras civiles abundan con 
el nombre de protesUu, y que casi siempre son, 
ó la expresión de un exagerado servilismo, ó 
pasquines en que se tortura la honra del adver- 
sario. 

Otro es el medio levado y digno qne la Ma- 



92 



AMÉRICA LITERARIA 



gistratara tiene á su alcance para protestar 
contra las tiranías y los poderes abusivos, que, 
saliéndose de la esfera de sus funciones, se entro- 
meten á dictar leyes que se oponen á la Consti- 
tución del Estado, 6 hacen cometer violencias 
que deprimen al ciudadano. 

Protesta juzgando con valor y severa rectitud 
los desmanes de los agentes del Poder, retando 
en caso necesario al poder mismo. T desde que 
el dereclio público moderno ba escrito en las 
constituciones la facultad del mas alto tribunal 
de justicia para declarar la inconstitucionalidad 
de las leyes, protesta también, cuando se presenta 
un caso concreto, rehusando la aplicación de 
actos legislativos contrarios 4 la Constitución, 
vengan ellos del gobierno ó de las asambleas. 

De este modo la autoridad judicial, reprimien- 
do las arbitrariedades ó declarando la inconsti- 
tucionalidad de las leyes, prepara en el orden 
político el reinado de las garantías y del respeto 
á la carta fundamental. 

La magistratura en Bolivia ba dado en oca- 
siones ejemplos de tan digfuas y significativas 
protestas; y es consolador decir, que en el nau- 
fragio de las instituciones patrias y en medio de 
escollos, ha guardado el arca santa de la justicia. 

Melquíades Loayza. 

Juritooninlto y Compilador de leyei. 

La Paz, 1878. 



IDEAS SOBRE DtlRECHO CONSTITUCIONAL 



Hf^''' ;."■■» 15 



La Constitución es la cúpula que corona el 
gran edificio social, y la Suprema ley del Estado 
que sirve para ejercitar de una manera fácil é 
independiente los eternos principios de libertad 
é igualdad. 

Una Constitución nunca crea derechos, no es 
otra cosa que un Código político que declara los 
derechos del hombre dándole garantía, y que 
señala los deberes de los altos poderes de una 
Nación. 

La Constitución debe ser siempre la carta fun- 
damental que se dá un pueblo en virtud de su 
soberanía. Esta soberanía se puede delegar, pero 
jamás adjudicar á uno ó muchos individuos y 
haoerlo así, es proclamar el absolutismo. Negar 



á un pueblo el poder supremo de la soberanía, es 
destituirlo, deja de ser nación en el sentido cien- 
tífico de la palabra, porque este como cualquier 
otro derecho está fundado en su naturaleza mismi 
de pueblo. Es negar á ese pueblo el derecho de 
pensar, de tener voluntad; es privarle del sagrado 

derecho de decidir de su suerte. Por estas consi- 

« 

deraciones, en una nación verdaderamente demo- 
cnítica, se debe tender muy especialmente á que 
no exista individuo de ella que no pueda ser 
electo ó elegido, esto es, representante 6 rq^ 
sentado. 

JuAK Fedebico Zuazo. 

Abogado, 

La Paz, 1878. 



La precipitación, el despotismo ó la anarqníi 
serán siempre la fisonomía del Poder Legisla- 
tivo, organizado en una sola Cámara, ya sea en 
las repúblicas democráticas constituidas bajo el 
régimen federal ó del unitario, ya sea en las 
monarquías constitucionales. 

La sabiduría y el acierto, la prudencia y la 
circunspección en las deliberaciones legislativas, 
estaran aseguradas solo en el sistema bicama- 
rista. 

La Cámara única, siempre veleido«i por su 
continua renovación, carece de precedentes tra- 
dicionales, y no puede contar en su seno con el 
I elemento conservador, que es la columna mas 
firme que apoya la estabilidad de las leyes. 

Mariano Nayabko. 

Juriaocmaolto j Hiifftttndo. 
La Paz, 1877. 



BOLIVIA MI PATRIA 



Tan feliz por los dones de Dios, como desgra- 
ciada por la incuria de sus hijos, marcha moy 
lenta en la senda del progreso; porque le cierran 
el paso cuatro obstáculos : pauperismo, anarquía, 
militarismo y aislamiento. 

Para removerlos, necesitan sus gobiernos em- 
plear con férrea constancia los medios siguientes: 

Sistema prusiano de educación popular.— 
Sistema norte americano de guardias nacionales. 



SECCIÓN POLÍTICA— REPÚBLICA de bolivia 



93 



— Sistema inglés de finanzas y crédito. — Sistema 
federal de administración ; j — todos los esf aerzos 
de su diplomacia en el exterior, para atraerle 
brazos, industria y capitales extranjeros, abriendo 
con el rapor su clausura geográfica. 

Dos lustros juzgo bastantes para la aplicación 
de esos medios; y en los tres restantes del siglo 
XIX, el desarrollo de sus dormidos elementos de 
futura grandeza, seria tan rápido como la elec- 
tricidad y tan pujante como el vapor. 



Benedicto Medinaceli. 

EMritor. 



Sucre, 1875. 



gencias de la larga y heroica lucha sostenida 
contra la España. Estas concesiones debilitaron 
el poder civil, y terminada aquella lucha, era 
preciso ahogar en su origen ese formidable poder 
de los cuarteles que con los atentados del 14 de 
Noviembre de 1826 y 25 de Diciembre de 1827, 
se presentaba ya como una amenaza constante 
contra las garantías sociales. 

El General Pedro Blanco se afrontó contra 
ese poder, que, con la viciosa organización social 
legada por el coloniaje, y las influencias con que 
el gran Protector lo ensanchó, ha causado tantos 
males á Bolivia, inaugurando esa era de conspi- 
raciones y despotismo que ha hecho de la fuerza 
armada el titulo de todo poder. 



El militarismo es una consecuencia necesaria | 
de las concesiones hechas á las necesidades 6 exi- ' Cochaba.nba, 1377. 



Federico Blanco 

Escritor. 



ESTADOS UNIDOS DE COLOMBIA 



En lo que lia de hacer consistir nn gobierno 
honrado bu digfnidad, es en mantener el sufragio 
popular, única fuente del poder legítimo, en la 
mayor pureza j libertad. Sin tales condiciones 
en el sufragio, la República es la mas costosa de 
las ficciones, la menos aceptable de las tiranías; 
porque sin ellas, el gobierno queda reducido al 
caudillaje anónimo de los intrigantes, á la co- 
barde oligarquía de los falsarios y suplantado- 
res de la voluntad de los pueblos. Por el con- 
trario, asegurada en la práctica la libertad 
electoral, toda opinión en mayoría se abre in- 
defectiblemente camino al poder; y con esto, la 
alternación providencial de los partidos tiene 
lugar, como la rotación de la tierra, sin sacudi- 
mientos ni desorden. Con el respeto al sufragio, 
el predominio de la mayoría se establece y man- 
tiene cual debe ser; esto es, moralizado por la 
acción subordinada, pero legítima y benéfica de 
las minorías, á las cuales no hay obligación de 
obedecer, pero tampoco derecho de exasperar, ni 
prudencia en proscribir. 

Santiago Pebez, 

Ex-Presidente de U BepúbUea, literato 
y hombre de Estado. 



LA NUEVA ADMINISTRACIÓN NACIONAL 

{Fragmento de un artículo escrito en 1868). 

ünpaís libre no puede ^gober> 
nado Binó por hombree honrados j 
republicanos. 

Acaba de cumplirse en la República un suce- 
so importante. 

Ha tomado posesión de la Presidencia Nacio- 
nal un hombre honrado y republicano. 

Para llenar la difícil misión que se le con- 
fia, se asocia á hombres honrados y republicanos 
también. 

El nueyo Presidente, se sienta en la silla de 
los Boliyar y de los Santander aclamado y apo- 
yado por sus compatriotas. 

El país lo ha elegido, con admirable uno, do 
por las dotes militares que todos reconocen, sin6 
por sus títulos de hombre de bien. 

El país lo espera todo de la probidad, pues 
'/está cansado de palabras y busca resultados, ft 

Tenemos confianza en que esos resultados serán 
muy satisfactorios para el patriotismo. 

Hay labios que no mienten y palabras qne 
salen de la conciencia en las grandes horas de la 
vida. 



SECCIÓN POLÍTICA—E. fnidos de Colombia 



95 



El General Gutiérrez ha pronunciado algunas 
de esas palabras qne se repetirán con entusiasmo. 
Ha dicho : 

« Convencido de qne el extravío de las pasiones 
políticas es la cansa principal de las desgracias 
de nuestra patria, yo os prometo consagrar todos 
mis esfuerzos á la obra de la reconciliación entre 
mis compatriotas, i/ 

T llamando en su auxilio á todos los colom- 
bianos, para sostener limpia y honrada la bandera 
nacional, ha dicho también : 

*»Ciudcídano9: Elejido popularmente para ejer- 
cer el Poder Ejecutivo, después de encargarme de 
él ante el Congreso Nacional, creo llenar un 
deber renovando ante todos vosotros la promesa 
que he prestado de cumplir y hacer cumplir la 
Constitución y las leyes de la Union. Esta es la 
la tarea señalada al primer Magistrado y por 
consiguiente la quo forma su programa; por 
que si á los ciudadanos la República exige que 
le sirvan en cuanto lo puedan hacer, á los funcio- 
narios públicos ella no acepta otros servicios que 
los que la Constitución les impone, ni de otro 
modo que el que las leyes prescriben. 

La práctica honrada de las instituciones es el 
medio único de demostrar su bondad ó su inconve- 
niencia, luego en esa práctica deben estar intere- 
sados los que las quieran conservar como los que 
las quieran variar, sin olvidar unos ni otros que 
la decisión de los gobernantes es insuficiente al 
faltar la buena voluntad de los ciudadanos. La 
elección con que me habéis honrado comprueba 
que hacéis la justicia de reconocer en mí patrio- 
tismo y buena fé; solo, pues, por procedimientos 
mios que sean contrarios á esas cualidades y que 
no provengan del error á que todos estamos suje- 
tos, podréis negaros á rodearme sin distinciones 
banderizas ningunas, para que me sea posible 
seg^uir una política nacional y moralizadora, 
que cambie nuestra agitación belicosa en bené- 
fica actividad, una vez que la paz es nuestra 
primera necesidad y la libertad nuestra común 
aspiración, u 

Los que gustan de frases pomposas, que en lo 
general solo contienen promesas frágiles y pérfi- 
das, no darán tal vez á las que hemos trascrito 
todo el mérito que tienen por su sencillez y su 
verdad. Así hablan los hombres modestos que 
desean gobernar de acuerdo con la ley y apoya- 
dos por la opinión pública. Palabras de igual 
sencillez pronunciaban los Washington y Lincoln 



' cuando se encargaban de gobernar con honradez 
y firmeza á la gran nación americana. 

T ellos conquistaron la inmortalidad oon accio- 
nes de honradez y de justicia. 

Ellos probaron, no con palabras sino oon he- 
chos, que amaban á su pueblo. 

Cuando juraban sobre los Evangelios cumplir 
sus deberes, los mártires de Bunker HUÍ y de 
cien campos mas dictaban esa feliz inspiración. 

Y hoy ved sus tumbas! El pueblo americano 
vá á ellas siempre en respetuosa peregrinación. 
*íPor qué? Porque esos hombres tuvieron la 
grandeza de la honradez, de la virtud. 

Y ved la historia. ¿Q,né dice de olios? "Fue- 
ron leales á sus promesas, amaron á su pueblo, 
trabajaron por la libertad, ti 

Hé aquí la gloria verdadera: un pueblo que 
llora aún al recordar esos nombres, y la vida de 
los dos insignes ciudadanos que servirá de ejem- 
plo á sus descendientes hasta la mas remota 
posteridad. 

Adriano Páez, 

Litemtu y periodista. 



Me pide usted un autógrafo, con el fin de agre- 
garlo á un!> colección que se ocupa en formar, 
para hacer conocer algunos escritores am arícanos. 

Yo no me he atrevido jamás á pretender tal 
título: <í Por qué? — se muy bien porque; pero 
no considero oportuno dar la esplicacion en este 
momento. 

Obligación será, sin embargo, complacer á 
usted, que tan gtilantemente sabe pedir las cosas. 

Sabrá usted, señor mió, que los colombianos 
acabamos de pasar una sangríenta guerra de 
batallas. Yá esa guerra concluyó; mas sigpue la 
lidia en otra forma; cañoneo de ideas y de prin- 
cipios; revolución grave, en que todo se debate 
con calor, y en que la itepública parece haber 
entrado en un periodo de fiebre inflamatoria. 

Ayer, al doblar la esquina, me encontré con 
un joven amigo mió, porque, entienda usted, que 
aunque viejo, tengo dos cualidades que no pare- 
cen de mi edad : 

If ; Mucho interés por la educación de las masas, 
para formar pueblo republicano: y, 
2» ; un intenso cariño por la juventud. 

— Buenos dias, abuelo, me dijo Arturo. 
— Buenos dias, hijo, ¿y qué hay de bueno? 



96 



AMÉRICA LITERARIA 



Eáo me dijo el amigo, y eso le dije y le pre- 
gante. 

— <J De bueno ? \ Cáspita! Macho, machísimo, 
agregó alegremente. La idea marcha, los princi^ 
pios trianfan, la libertad se entroniza. Sí, persaá. 
dase usted de eso; andamos con rapidez de telé- 
grafo, con velocidad de pensamiento. 

— Seria mejor, me atreví á decirle, qae anda- 
vicsemos menos á la ligera, si tenemos la pre- 
tensión de llegar á las tierras prometidas, por la 
libertad. 

— Ideas fósiles, ideas añejas, ideas inacepta- 
bles. Nos ha llegado la época de romper lanzas 
con el pasado; la demolición total, es el único 
programa posible, y la prontitud el mas seguro 
medio de obtener la reforma. En la rapidez de 
acción consiste el triunfo. 

— Vea usted, hijo, le observé: Quien anda muy 
de prisa, tropieza con frecuencia. La locomoto- 
ra para no descarrilar necesita dos cosas ; válvula 
de seguridad y medida racional del movimiento. 
De otra manera, es fácil ó que estalle ó que haga 
falsa ruta. Por el camino del progreso social ó 
por la senda de la perfectibilidad política, sino 
se vá con tiento, se suele tomar por el atajo y 
llegar á la anarquía. Las conquistas hechas por 
la civilización, para que sean fructuosas, sólidas 
y estables, deben ser lentas, bien calculadas y 
metódicamente fundadas. 

— Ideas de anciano. Sin embargo, está usted 
en su derecho; ya hizo usted su camino; nosotros 
vamos en busca de la luz y de la vida — la luz es 
la verdad — la vida es la civilización. 

— Sea en buenahora, repliqué. Nosotros va- 
mos por el camino de la tumba y de la muerte; 
la tumba es la oscuridad y el olvido; la muerte 
es el aniquilamiento en un tiempo relativo. En 
el porvenir nos encontraremos, v allá aplaudi- 
remos á la juv( ntud si hubiese llenado digna- 
mente su misión. Ella, por lo menos, nos hura 
justicia. 

— ¿De qué porvenir me habla usted? 

— Pues, claro esta, del porvenir en el sentido 
profano de la frase: de la Historia, 

Manuel TJbibe Akoel. 



Geólof^ y Mtnermloglstft. 



Medellin {Colonilia), 1877. 



UNION UTINO-AMERICANA 

Discurio pronunciado el 29 de Enero de 1879 en Parit. 

Señores t queridos compatriotas: 

Habiéndoos reunido en este banquete ¿ todos 
vosotros que gentilmente habéis correspondido 
á nuestro llamado no es intención nuestra de 
entrar en cuestiones teóricas, ni filosóficas; no 
queremos tratar de un humanitarismo estéril, 
sino el proponeros establecer una asociación prác- 
tica con tendencias claramente definidas, y medios 
de acción enérgicos y leales; queremos que los 
países divididos por su historia reciente, pero 
pert'Cnecientes á un mismo tranco se asocien y se 
unan; que los hombres nacidos bajo diferentes 
grados de latitud, pero de una misma familia 
social, lleguen á convencerse que en la anión de 
la3 nacionalidades, como de los individuos, está 
la influencia y la fuerza; queremos, en una pala- 
bra, que desde las orillas del Orinoco hasta lis 
riberas del Plata, la América Latina tenga lo 
mas pronto posible una sola bandera que Heve 
escrita esta divisa: ¡UNION LATINO- AME- 
CANA! 

En verdad, la humanidad es una y nosotros 
sabemos que el hombre doquiera tiene, á mas de 
la misma naturaleza, los mismos derechos, los 
mismos deberes y las mismas responaabilidades; 
nosotros oreemos del mismo modo que no habrii 
de haber mas cuestiones que respecto á la diver- 
sidad de aptitudes, y que es una ofensa a la Din- 
nidad deducir de esta diversidad de aptitudes ana 
diferencia respecto á la participación del adelanto 
personal y social. Por cuanto que las cuestiones, 
así normales como ficticias, de que nos habla U 
etnografía, creemos que no deben salir del círculo 
de la teoría científica, y que vendrá un tiempo 
en que no existirá otra diferencia entre estas 
nacionalidades que la psioológfica, fisiológica o 
lengüística, entonces siendo así la paz general lua 
consecuencia de los principios de justicia y déla 
solidaridad de intereses, no habrá mas lucha qoe 
la que se librará en el campo pacífico del comer- 
cio y de la industria. 

Mas mientras esperamos este tiempo feUi* mi> 
consideración imperiosa invade nuestro espirito. 

En vista de los progresos del panslavismo, del 
pangermanÍ6ino y sobre todo del onglO'Sajonisntíi^ 
bajo todo punto respetables, creemos que por 



SECCIÓN POLÍTICA — e. unidos db Colombia 



97 



nosotros los latinos y latino- americanos es nece- 
sario afirmar altamente este noble 7 grande 
sentimiento, este deber sagrado qne se llama 
patriolUmOf y de desplegar resueltamente nues- 
tro pabellón, convidando á estrecharse á su alre- 
dedor todas las razas latinas, donde el espíritu de 
iniciatíya y el trabajo fecundo ban traido los mas 
grandes inventos, y en todas partes han hecho 
predominar los principios del derecho, de la 
igualdad, de la independencia y de la confrater- 
nidad. 

Todos nosotros conocemos la historia de la 
America anglo-sajona; todos nosotros admiramos 
su gran producción industrial, agrícola y mine- 
ral; nosotros amamos á sus ciudadanos libres y 
trabajadores; nosotros envidiamos casi su pre- 
sente y no dudamos de su porvenir. Si al con- 
trarío, nosotros volvemos la mirada hacia la 
Améríca latina, donde la inteligencia es tan clara, 
la imaginación tan viva, las cualidades naturales 
tan brillantes, nosotros vemos muy á menudo al 
lado de grandes ríquezas naturales faltar los 
medios de esplotacion, y las mas serías empresas 
paralizadas por falta de una ñrme dirección ó de 
nna unidad de vista y de acción de parte de los 
gobernantes. 

La Améfiea del Norte es fuerte porque está 
Unida; La América Latina es débil jporque está 
dividida. 

¿Qué se hará para remediar este estado de 
cosas? 

Bealizar resueltamente el dorado sueño de Bo' 
LIVAB: La unión Latino- Americana. ¿ La unión 
política? No: la cuestión política pertenece al 
porvenir: vendrá á su tiempo. 

Lo que importa ahora, por la falta de pobla- 
ción, los inmensos terrenos aún incultos, las 
grandes distancias á recorrer, y los caminos de 
oomunicacion defectuosos, es hacer desaparecer 
la inferioridad que el aislamiento produce á cada 
uno de los Estados latino- americanos en ma- 
teria de diplomacia, de tratados de comercio y 
de relaciones internacionales, por la creación de 
una confederación, liga 6 unión que reúna en un 
solo y robusto haz todas las fuerzas esparcidas 
de la Améríca central y merídional para formar 
una gran Nación, mientras que cada Estado con- 
servaría su autonomía particular, adhiriéndose 
á ciertos garandes principios generales discutidos 
en común y que se podrían formular de este 
modo: 



PRINCIPIOS GENERALES 

1^ Admisión del principio de la nacionalidad 
común respecto de los hijos de todos los Estados 
latino- amerícanos, que se considerarán como ciu- 
dadanos de una misma patria, y deberán, cual- 
quiera que sea el lugar de su nacimiento, gozar 
de los mismos derechos civiles y políticos en toda 
la confederación. 

2° Adopción de un principio fijo en materia de 
límites terrítoriales, cuyo punto de partida será 
q\ uti possidetis de 1810; base adicional; admi- 
sión de límites naturales, no escluyendo siempre 
las compensaciones territoríales cuando fuere 
necesarío fijar de una manera definitiva y justa 
las fronteras del territorio disputado y que con- 
vendría conceder á un Estado mas que á otro. 

3^ Creación de un ZoUverein americano mas 
liberal que el ZoUverein alemán. 

4° Adopción de los mismos códigos, pesos, me- 
didas y monedas. 

5^ Establecimiento de un Tríbunal Supremo, 
al cual se deducirán las cuestiones que pudieren 
surgir entre dos ó mas Repúblicas Confederadas, 
y que, en caso de necesidad, haría ejecutar sus 
sentencias con la fuerza. 

6^ Adopción de un sistema liberal de conven- 
ciones postales, estableciendo la libertad y fran- 
quicia absoluta para los diarios, revistas, boleti- 
nes, libros, etc. 

7° Admisión en todo el terrítorío de la Confe- 
deración con carácter obligatorío en la parte 
sustantiva, de la validez de todo acto público y 
prívado de una ú otra de las Repúblicas Confe- 
deradas. 

8^ Establecimiento de un sistema federal en 
matería de comercio, sin esceptuar el comercio de 
cabotaje. 

9^ Adopción de un sistema uniforme de ense- 
ñanza, declarando obligatoría y g^tuita la ins- 
trucción primaría. 

10. Consagración del gran principio de la liber- 
tad de conciencia y de la tolerancia de los cultos. 

11. Adopción de los principios modernos en 
materia de extradición, admitida por delitos de 
derecho común, jamás por delitos políticos. 

12. Abolición de los pasaportes, de todo sistema 

de bloqueo y de los privilegios de marca, esoepto 

en la guerra que podría haber entre una ó mas 

Repúblicas Confederadas, y una ó mas potencias 

estranjeras. 

13 



98 



AMÉRICA LITERARIA 



13. Fijación de un contingente de tropa para 
la defensa común. 

14. Fijación del modo y de lo3 términos en los 
cuales se deberá, llegado el caso, declarar el casiis 

15. Adopción de principios en materia de tra- 
tados de comercio y de convenciones consulares; 
adopción de los mismos principios en lo tocante á 
los hijos nacidos de estranjeros en el país. 

16. Admisión de este principio: que no sola- 
mente el pabellón defiende la propiedad; mas aun, 
que las mercadenas enemigas son libros bajo el 
mismo pabellón enemigo, limitando siempre la 
naturaleza de los artículos que deben considerarse 
como contrabando de guerra. 

17. Obligación para todos los Estados latino- 
americanos de uo ceder jamás parte alguna del 
territorio confederado, á poder estranjero, ni de 
aceptar el protectorado de ningún gobierno es- 
tranjero. 

18. Creación de una Dieta latino- americana, 
que cada año se reunirá en un punto designado 
del territorio confederado, á ñn de estudiar las 
grandes cuestiones de interés general, de quien 
las decisiones tendrán fuerza de ley. 

19. Proclamación de este principio salvador 
de todo Estado débil, que un gobierno legítimo 
no es responsable respecto de los estranjeros de 
todas las pérdidas causadas por facciones ó guer- 
ras civiles, que es la misma medida que aplica á 
sus nacionales. 

20. Propaganda activa contra la esplotacion 
del hombre por el hombre ; y poco importa que 
el esclavo sea negro, amarillo ó blanco. 

21. Fundación de un diario redactado en idio- 
ma francés, cuya misión será defender los in- 
tereses laimo-americanos, y de hacer conocer las 
leyes, las riquezas, los progresos, las instituciones, 
de hacer ver la geografía y la topografía misma 
de cada Estado, que constituye la gran patria 
I itino-a/mericana, 

CONCLUSIÓN 

Bajo estas bases, creemos posible la Union; 
creemos que se puede hacer en América lo que se 
pudo hacer en todos los países europeos. 

Recordemos á la Francia bajo la Ligue, la 
Grecia bajo los Jarls, la Rusia bajo los Grays, y 
mas cerca de nosotros la Italia bajo sus prínci. 
pes. Todos estos paises han conseguido su uni- 
dad. ¿ Por qué no la conseguirá la América, 
puesto que ella no aspira tan alto, ni tan lejos. 



y que no tiene necesidad mas que de su unidad 
económica? 

No, yo no me alucino. Esta idea grande y 
noble de la Union latino -amei^icana traerá sus 
f rutoá, porque todos vosotros, señores, qu3 tan 
gentilmente habéis querido corresponder á nues- 
tro llamado, vosotros conocéis aquel país por 
la vegetación exhuberante y magestuosa, y voso- 
tros sabéis como yo, que si aquel está llamado á 
ser fuerte y próspero, no es solamente porque aUí 
se crian árboles magníficos y plantas útiles, mas 
porque allí hay aun el germen de las ideas gene- 
rosas. Tengamos fé y con la fé la perseverancia; 
en los pliegues de nuestba bandera es- 
tán abeigados los destinos de un mundo. 

José M. Tobbbs Caicsdo. 

Áhox^o, l'octs 7 Diplom&tioo. 



DISCURSO 

Inaufirnml de la Exposición Nacional Colombiana de 1872, 
diripi 'o al ciudadano Presidente de la Repúbli.» porel 
de la Junta Directiva de dicha Exposición. 

CIUDADANO PREEIDENTE : 

Habiendo merecido do mis colegas de la Junta 
Directiva de la Exposición Nacional, la alta dis- 
tinción de presidirlos, me corresponde también el 
honor, constituyéndome en int^érprete de los sen- 
timientos del pueblo 'colombiano, de presentaros 
las felicitaciones mas cordiales por la perseve- 
rancia con que habéis llevado á cabo, coadyuvado 
por nuestros ilustrados Legisladores y vuestros 
dignos Secretarios, la feliz idea de aclimatar entre 
nosotros esas fiestas civilizadoras de moderna 
creación, conocidas con el nombre de Exposiciones^ 
y que tan poderosamente han contribuido al ade- 
lantamiento de las artes, al desarrollo de la in- 
dustria y del comercio, y á estrechar los vínculos 
de fi*atemidad entre las naciones. 

Si el primer ensayo que de esas fiestas hicimos 
entre nosotrr.s en el último aniversario de nuestra 
gloriosa Independencia, superó por sus resulta- 
dos á lo que todos nos habíamos prometido, la 
que hoy se inaugura no cede á aquella ni por el 
número, ni por la variedad, ni por la importancia 
de los objetos que van á exhibirse, como podréis 
juzgarlo vos mismo cuando honréis sus salones 
con vuestra visita. No esperéis, sin embargo, 
encontrar agrupadas allí esas obras portentosas 
del genio que inmortalizan los nombres de sos 



SECCIÓN POLÍTICA — e. unidos de Colombia 



99 



aatorea, ni esos artísticos productos que la in- 
dustria se vé obligada á perfeccionar y aiín á 
inventar constantemente para satisfacer hasta 
los capnclios del goisto, tanto mas refinado y 
exigente cuanto mas avania la civilización: no, 
que la mayor parte de los objetos que constituyen 
nuestra modesta Exposición, son estraidos del 
seno de nuestras majestuosas montañas, cosecba- 
dos en nuestros campos todavía imperfectamente 
cultivados, ó recogidos al acaso en nuestras esten- 
sas y feraces selvas, que los brotan como brotan 
las estrellas en nuestro espléndido firmamento al 
ocultarse en el Occidente el astro de la luz. 

Mas, si poco bay allí que pueda servir de ha- 
lago á los sentidos, en cambio la imaginación se 
asombra al contemplar la prodigalidad con que 
la mano benefactora del Creador derramó tan 
preciosos dones en nuestro vasto territorio; y si 
al asombro sigue la reflexión, el espíritu patrió- 
tico se contrista al recordar cudn pobres somos 
en medio de tantas riquezas. Y ¿por qué? Por- 
que, insensatos, hemos sacrificado una gran parte 
de nuestra robusta juventud en sangrientas lu- 
chas fratricidas, privando á las industrias de tan 
útiles brazos, y dilapidado en la adquisición de 
elementos destructores nuestros exiguos recursos, 
que de preferencia debiéramos haber destinado á 
procuramos elementos de labor. Felizmente la 
paz vá afianzando su dominio entre nosotros; el 
goce de sus beneficios nos la hace apreciar cada 
vez mas; á su abrigo los pueblos aprenden a 
conocer sus legítimos derechos y sus verdaderas 
obligaciones, formándose así los buenos ciudada- 
nos, con lo cual se dificultan las revueltas, por- 
que ellos no se prestan fácilmente á ser los viles 
instrumentos de muerte y devastación. 

Mas, para que las riquezas naturales que en tan- 
ta abundancia y variedad poseemos, produzcan to- 
do el fruto que de su explotación debemos derivar, 
no basta solamente que las cobije la sombra bené- 
fica de la paz, sino que es indispensable facilitarles 
la salida, abriendo vias de comunicación por las 
cuales podamos trasportarlas á poco costo y con 
rapidez. Felizmente también, este fué el pensa- 
miento dominante en el Congreso de 1871, que 
dejó echados los fundamentos del progreso en la 
memorable ley sobre " fomento de varias mejoras 
materiales ^; y aunque os ha faltado tiempo para 
dejar cumplidas las disposiciones de esa ley, habéis 
iniciado su desarrollo, que vuestro digno sucesor 
impulsará, no lo dudemos, con entusiasmo, porque 



su clara inteligencia le hará comprender que sin 
el uso del vapor en nuestros caminos, nos quedare- 
mos rezagados en la marcha veloz de la cirilizacíon. 
La ejecución de las obras ordenadas en la ley 
de que he hablado es muy superior á nuestros pro- 
pios recursos pecuniarios, y para realizarlas ten- 
dremos que solicitar el concurso de los capitalistas 
extranjeros. Tino de los medios más adecuados 
para inducirlos á que nos presten ese concurso, 
es hacer llegf^r hasta ellos la fama de los inago- 
tables tesoros que en su seno guarda nuestro 
extenso territorio, y á este resultado tiende sin 
duda la Exposición que hoy inauguramos: ella 
es, pues, oportuna y sus consecuencias serán bené- 
ficas para el país. T aunque el número de los 
productos que no figuran en sus salones escode al 
de los que vamos á presentar, allí se verán reuni- 
dos, sin embargo, todos los materiales necesarios 
para la construcción de las vias férreas y todos los 
elementos que requiere la rápida locomoción. Allí 
están representados también los productos de 
nuestras actuales industrias, tan variados oomo 
variados son los climas de donde proceden, y que 
si hoy limitamos á nuestras necesidades interiores, 
podremos multiplicarlos indefinidamente para su- 
plir las escaseces de otros países, cuando aquella^ 
vías nos faciliten su trasporte. Veremos también 
las muestras de innumerables productos natura- 
les, que hoy no tienen valor alguno para noso- 
tros, y que, sin embargo, podrán ser objeto de 
especulaciones gigantescas, cuando repercutién- 
dose por todos los ámbitos de la República el 
agudo silbido de la locomotiva de vapor, nos anun- 
cie que ha llegado para nosotros la era de la 
prosperidad y del engrandecimiento. 

Como la Exposición del año anterior tuvo lugar 
durante el receso de las Cámaras legislativas» 
creísteis justo y conveniente decretar su reaper- 
tura en el presente mes, para presentar á los 
honorables miembros del Congreso, actualmente 
reunidos en esta capital, la ocasión de visitarla, no 
con la mira de procurarles un recreo, sino para 
que pudiesen juzgar por sí mismos de la conve- 
niencia de provocar de vez en cuando ese pacífico 
concurso de los hombres del trabajo y de la indus- 
tria. Esperemos que si el juicio que ellos for- 
men fuere favorable á esa idea, otra Exposición 
llenará cumplidamente su objeto, pues al regreso 
á sus hogares los delegados del pueblo harán 
comprender á este las tendencias de esos actos. 

Largo seria nombrar, para recomendarlos á la 



100 



AMÉRICA LITERARIA 



gratitud nacional, á los qne han coadyuvado 
patrióticamente ji vuestras miras y correspondido 
á las oscitaciones de la Junta Directiva, envian- 
do objetos á la Exposición. Sus nombres serán 
conocidos mas tarde, cuando se dó publicidad al 
Catálogo en el cual se consignarán. Disimúlese- 
me, sin embargo, que haga ahora mención espe- 
cial de determinado grupo de expositores, porque 
este lo forman compatriotas nuestros, que entu- 
siastas como son por todo lo bello, se han censa- 
grado con particular esmero y por vía de recreo, 
al cultivo de las flores ; del)i«'ii(lo.se, sin duda 
alguna, á la circunstancia que de estas cuiden 
manos tan delicadas, el que nuestros jardines las 
ostenten tan hermosas y lozanas. Creyóse que 
las flores podrían exhibirse con ventaja al lado 
de los demils productos de nuesíro suelo, y con 
tal fin se creó para ellas una sección especial, 
encomendando principalmente su abastecimiento 
al bello sexo de esta ciudad, cuya natural bene- 
volencia nos dá derecho á esperar qne habrán 
enviado las mas delicadas producciones de sus 
pensiles. Permitidme, pues, ciudadano Presidente, 
que asocie vuestro nombre á los de los miembros 
de la Junta Directiva y comisarios especiales de 
aquella sección, para presentarles un público 
testimonio de nuestra gratitud, tributándoles las 
mas rendidas gracias. 

Ag^rupados están aquí á mi red odor la mayor 
parte de los estimables caballeros que han inter- 
venido en los trabajos de la Exposición: si los 
resultados de esta satisficieren á sus visitantes, se 
deberá únicamente á sus esfuerzos, pues yo no he 
hecho otra cosa que ser el fiel ejecutor de sus ins- 
piraciones. Los recomiendo ala gratitud nacional. 

Llevasteis al solio presidencial altas miras 
patríóticas, rectitud de intenciones y buena volun- 
tad: durante vuestra administración habéis satis- 
fecho las aspiraciones de los colombianos, que se 
resumen en estas dos palabras : paz y progreso; — 
dentro de pocos dias descenderéis do aquel puesto 
para confundiros con vuestros conciudadanos, 
feliz el magistrado que como vos puede hacerlo 
volviendo al hogar doméstico acompañado de la 
gratitud de los pueblos, porque esta es la mas 
digna de las recompensas á que debe aspirar el 
sincero republicano. 

Termino, ciudadano Presidente, pidiéndoos que 
declaréis abierta la Exposición Nacional de 1872. 

Gbegobio Obbeoon. 

Economista. 



CRITERIO EN LEGISLACIÓN 

Las leyes son buenas siempre qne acierten i 
espresar verdaderamente una necesidad sociid, 
y asegurar los medios de satisfacerla. Fnera de 
este oficio, son, ó superfinas ó perjudiciales, ors 
supongan necesidades que no existen en la natn- 
raleza humana, ora estorben la satisfacción de las 
que realmente existen, restríngiendo la libre 
acción omnímoda de las facultades del hombre 
con prohibiciones arbitrarias, que en los malos 
sistemas de leyes forman el largo catálogo de los 
delitos artificiales creados por ellas. 

Luego el punto de partida de la Ciencia de la 
Legislación debe ser el examen y la clasificación 
de las necesidades del hombre como individuo y 
como asociado á sus semejantes, de los medios 
adecuados para satisfacerlas, y de la consiguiente 
libertad de acción para hacerlos efectivos. Todo 
lo que asegure esta libertad será justo y bueno: 
lo que la restrinja 6 anule, sea por disposición de 
la ley, ó por oposición del hombre, será injusto y 
malo. 

¡ Cuan sencilla y clara se presentaría la Cien- 
cia de las leyes tratada de esta manera, y reda- 
cida á una exacta observación de los hechos 
humanos, resultantes de las necesidades físicas, 
intelectuales y morales inherentes al hombre! 

Manuel Ancízab. 

Hombre de Estado y PubUotat». 



Si es necesarío que una constitución polítíea 
determine cuilles son los derechos que los ciuda- 
danos de un pueblo libre poseen de una manera 
absoluta, sin que los poderes constituidos puedan 
variarlos, restringirlos ó anularlos, no lo es me- 
nos el que establezca medios adecuados para que 
tales derechos se hagan efectivos, cuando sean 
contestados ó atropellados por los que ejercen 
autoridad pública. Toda ley fundamental qne 
declara derechos y no comprende al mismo tiempo 
una combinación idónea de medios para asegurar 
su posesión á los ciudadanos contra todo ataque 
ó invasión do ellos por los encargados del poder 
empleado en regir la sociedad política, es una 
constitución incompleta é inefioas para realixar 



SECCIÓN POLÍTICA — e. unidos de Colombia 



101 



el propósito social bajo los auspicios de la libertad 
j del derecbo. 

Florentino González. 

Profesor de Derecho Conatitnctonitl de 1» 
UniTenddiid de Baeuos Airea. 

Buenos Airet, 1874. 



La estabilidad en los goces no solo les qnita 
la fealdad anexa á todo desorden, sino qne les 
comnnica la belleza y la respetabilidad que Dios 
ha fincado en el orden. 

Toda adquisición súbita y casual viola el orden, 
es inmoral. La esposa es respetable, la prostituta 
es vil. La riqueza adquirida regrularmente por 
el trabajo, dá bonor; la que se adquiere repenti- 
namente por combinaciones de suerte y azar, se 
reputa deshonrosa. 

Pues, ({cómo no habia de ser aplicable esta 
misma sanción al poder público? Nada mas res- 
petable que las funciones públicas cuando son 
permanentes y se han obtenido por promoción 
gradual 6 á virtud de licitación ó examen, lo 
que supone siempre una preparación progresiva. 
Nada mas despreciable que las mismas funciones 
cuando son transitorias, inseguras, y obtenidas 
por medio de esas loterías públicas que se llaman 
elecciones. 

Miguel Antonio Caro. 

Hamanista, Poeta y Eeoritor. 



ciudadanía política de la mujer 

No negamos que la mujer tenga, 6 pueda lle- 
gar á tener, — lo propio que el hombre, — capaci- 
dad para comprender la importancia de la función 
política del snfrajio, así como también la de todas 
las otras funciones de igual clase; y ni aun que 
tenga en circunstancias dadas, 6 pueda llegar á 
tener de ordinario la independencia que el ejer- 
cido de cualquiera de esas mismas funciones 
exija, lo negamos tampoco. Pero sí negamos en 
absoluto, la conveniencia de llamarla al ejercicio 
de cualquiera de ellas, por ser incompatible ese 
ejercicio con el destino que la naturaleza parece 
haber dado á la mujer en la sociedad. La mujer, 
menos fuerte que el hombre, tanto en lo físico 
como en lo intelectual, se muestra donde quiera, 
y en cualesquiera circustancias, mas ó menos 
dependiente de él, como si no pudiese existir sino 



bajo su amparo y protección. En una palabra, 
aparece formada por Dios, primero que para la 
sociedad en general, para la familia; y, para ocu- 
par dignamente su puesto en e^ta, há menester 
virtudes, — ^virtudes inactivas, si se quiere, pero 
inestimables, — que perdería infaliblemente en las 
luchas donde pugnan los hombres por la posesión 
del poder público. Modestia, recato, pudor, honra, 
— todo lo que constituye el encanto y la verdadera 
valía de su sexo, lo perdería allí la mujer; y tal 
perdida sería no menos dolorosa para el hombre 
que para ella misma. Dejémosla, pues, donde 
principalmente, sin duda, ha querido Dios colo- 
carla; que ahí, en el goce de sus naturales exen- 
ciones y prívilejios, es ella mas feliz, y oontríbuye 
mejor á la felicidad común. Ella puede prestar 
directamente á la sociedad en general servicios 
de otra especie, y coronar así su misión en el 
mundo. De institutora pública, por ejemplo, su 
parte en la labor social del hombre es tan fecun- 
da como beneméríta. 

JiL COLTJNJE. 
Poeta, Escritor y Magistrado. 



La civilización actual y la benevolencia de las 
instituciones democráticas que rigen en las repú- 
blicas de Améríca esplican satisfactoriamente la 
existencia tranquila de una monarquía constitu- 
cional en ese continente. 

No medra la libertad donde se la mutila en 
beneficio de clases prívilegiadas. 

Antonio González Cabazo. 

PabUcista. 



Cartagena de Colombia, 1877. 



Habiendo ido Franklin con un nieto suyo á 
visitar 4 Voltaire, dijo el Kuácaro al niño; 
// Arrodíllate delante de este grande hombre, u 
El filósofo dio al niño su bendición con estas 
palabras: Dios y Libertad, 

La profundidad de estas frases, dada la ocasión 
y las circunstancias, es una de las muchas prue- 
bas del gran talento de Yoltaire. La palabra 
DioSf es el vínculo de las generaciones en la eter- 
nidad, y la palabra Libertad, el vínculo de estas 
mismas en el tiempo. Nunca hubo, pues, una 
fórmula mas completa de cosmopolitismo religio- 
so y político, ni un mejor saludo del Yiejo al 

Nuevo Mundo. 

Felipe Pebez. 

Bogotá, 1878. 



Publicista. 



ESTADOS UNIDOS DE VENEZUELA 



La inteligencia, el valor y el patriotismo de 
sus hijos, •hacen de Venezuela y la República 
Argentina, los pueblos mas semejantes de la 
América del Sud, y Bolívar y San Martin son sn 
gloria inmarcesible. 

GuzMAN Blanco. 

Gonrral, Presidente de 1a Eepúbllca y hombre de Estado. 
Caracas, 1830. 



Hay dos políticas: la política de las circuns- 
tancias, y la política trascendental de los grandes 
hombres de estado que trabajan sobre los inte- 
reses permanentes de los pueblos con la vista fija 
en el porvenir: la política del dia y la política 
de siempre. 

Para llenar las necesidades de la primera, 
basta tener el conocimiento actual de los porme- 
nores transitorios, y llamar por consiguiente á 
Tulio á un Ministerio, a Craso al Consejo, á Se- 
yano á la Magistratura: y cubrir tal posición 
con el valor de uno, y aquella con la lealtad de 
otro, y dictar esta medida que concilie y aquella 
que reprima, para ir sosteniendo el equilibrio coti- 
diano que responda del reposo que se necesita 
para continuar la marcha administrativa durante 
el periodo que nos toca gobernar. Esta política, 
aunque no es fácil, según nos lo dá á entender el 
hecho de no haberla sabido practicar siquiera la 
mayoría de los gobernantes que ha tenido Vene- 
zuela, está, sin embargo, al alcance de mayor nú- 
mero de capacidades; y si bien es útil, sus bene- 
ficios no traspasan los límites de su tiempo: 
tienen la vida del periódico y la condición del 
cohete, que sirven en su momento, y al dia si- 
guiente no tienen utilidad alguna. Esa es Fran- 
cia gobernada por el paraguas de Luis Felipe. 



Para la otra se necesitan dotes especiales, 
concedidas á pocos hombres, que por eso se des- 
tacan tanto en el Gobierno de los pueblos y fun- 
dan época y dan su nombre á aquella en que han 
figurado. Esta política consiste en no tomar el 
presente sino como elemento y semilla del porve- 
nir, en hacerse superior á las preocupaciones 
existentes en vez de lisonjearlas, en subir á la 
mas alta cumbre para distinguir los mas dilata- 
dos horizontes, y echar puentes sobre las honda- 
nadas, y aplanar las colinas, y trazar en la mente 
y ejecutar después en la obra la anchurísima via 
por donde ha de empujarse á la Nación hada 
grandes, seguros y gloriosos destinos. Bismark 
en Prusia; Cavour en Italia; Napoleón en Fran- 
cia. 

Consagrarse al porvenir pacientemente, ha- 
ciendo de lo presente un elemento y del tiempo 
un colaborador; con planta firme sobre su cúspi- 
de para que la ola irritada de la contradicción 
inconsciente se rompa á sus pies sin conmo?erlo, 
y con el intenso fuego del patriotismo en el alma 
sirviéndole de inspiración, de faro y de estrella 
conductora en el agrio camino de su gfigantesca 
empresa, — tal es la misión de esos hombres, — 
jamás comprendidos por la mediania, siempre 
combatidos por la emulación, eternamente inju- 
riados por los últimos dispersos del pasado en 
derrota. Pero al mismo tiempo, siempre com- 
prendidos, justificados y apoyados por las masas 
populares, cuyo buen sentido no tuerce vanidad 
alguna, cuyo criterio no trastorna ninguna am- 
bición, cuya conciencia no tiene mas luz que la 
razón, inocente de los corruptores consejos de 
las pasiones desordenadas. 

Esa ha sido la política, y la talla y la suerte 
de Guzman Blanco en Venezuela. 

Pero él ha seguido imperturbable en su gran- 



SECCIÓN POLÍTICA — b. unidos de Venezuela 



103 



de obr», ya santificada por los espléndidos resal- 
tados que ha ofrecido á la Nación. 

Basgo de esa política eminente y trascenden- 
tal del verdadero hombre de Estado, es el pode- 
roso esfuerzo que acaba de hacer en Europa para 
traer á la Bepública los capitales y los brazos 
que operarán la definitiva redención del pais, ele- 
Tándolo á la categoría de un gran pueblo, des- 
pués de haber barrído todos los obstáculos que 
embarazan su marcha y le crean la vida difícil, 
tormentosa y oscura que lleva en presencia de 
otras naciones que, en idénticas condiciones an- 
teriores, se le han adelantado por los mismos 
medios que hoy se propone realizar el Regene- 
rador de la patria. 

Ouráau, 1879. 

Eduardo Calcaí^o. 

Poeta, PoUtioo y Utareto. 



EL CIRCULO DE VICO, EN LA DEMOCRACIA 

La historia se repite, dice Vico; y esto no 
contradice la ley del progreso, que no es un círcu- 
lo eterno el que describe la vida humana sino 
una espiral infinita. Es un drama en que repre- 
•entan siempre los mismos actores — los hombres — 
en un mismo lugar — el universo — al mismo tiem- 
po — los siglos — la misma acción — el progreso 6 
sea el ennoblecimiento de la conciencia huma- 
na, la espirítnalizacion indefinida del ser moral 
liasta su endiosamiento; todo esto bajo el mismo 
apunte, EL pensamiento de dios. Lo que cam- 
bia son los trajes, el lenguaje, el estilo, las deco- 
raciones del teatro. La acción en sí misma es una 
combinación de cuatro letras, que puede, desde 
luego sufrir infinitas metamorfosis, con solo ha- 
cerlas cambiar de lugar, pues en realidad los 
sistemas filosóficos que los hombres se han figu- 
rado creaciones suyas para explicar el mundo 
moral, no son mas que diversas traducciones de 
un solo oríginal formado por la síntesis ecléctica, 
pero críterizada por la verdad del materialismo, 
el esplritualismo, el misticismo y el escepticis- 
mo... 

Una colección de hombres quiere vivir en el 
mismo territorio: los fundadores se habitúan á vi- 
vir á su modo y estrañan el espíritu innovador de 
Im generaciones vinientes, mas cerca por supuesto 



que ellos, del más allá faro del progreso; dasde 
luego se ven sin puesto y piden lugar; los otros 
para cederlo ponen condiciones; aquellos insis- 
ten, no comprendiendo la razón que tengan los 
primeros para alegar mejor derecho, pues el 
derecho no tiene edad, ni la justicia prescripción; 
la conciliación se hace difícil, imposible, porque 
la conciliación de intereses supone mutuas renun- 
cias que apenas duran el tiempo de convalecen- 
cia que emplean en reponer sus fuerzas; llega 
aquí la época de los legistas, que conservan las 
fórmulas del tiempo pasado creyendo poder hacer- 
las pasar por eternas; ^" sigue la época de los 
Flavio y Elío; esclavos que se roban las doctri- 
nas secretas de los amos y las revelan á sus 
co-ex-herederos; todavía quedan recursos á los del 
monopolio, llaman en su auxilio á sus cómplices 
sagrados, adivinos, agoreros, falsos profetas, 
periodistas, según la época, que conjuran los mi- 
lagros de Moisés, falsificando ellos los suyos, nie- 
gan la verdad y los principios, las leyes de Dios 
ó las proclaman unísonos con el eco desinteresa- 
do, pero á reserva de bastardearlas ó explotar- 
las en su aplicación ... ley atea! ...ya esta es 
señal de ruina y sometimiento que prolongan 
cuanto paeden, aunque sea á costa de destrozos 
materiales y morales... ya no luchan con espe- 
ranzas, se vengan con desesperación: llega la 
época de Sila á quien nunca falta un Mario, la 
de Cicerón á quien no le falta un Catilina, la de 
Antonio, y Pompeyo, y César. . que al fin se pone 
á la cabeza del pueblo, atraviesa el mar rojo y se 
interna en el Desierto por tiempo indefinido. . . 
que aunque espuesto á vacilaciones, dificultades 
y caldas, promete la entrada á Canaan á todo 
aquel que no haya vacilado en su fé. 

Hé aquí la historia eterna de la vida humana, 
siempre girando sobre sí misma, pero siempre 
adelantando; siempre tendiendo á separarse en 
línea recta para alejarse del centro, pero siempre 
volviendo á él atraída por esa fuerza misteriosa 
que armoniza las perturbaciones celestes, físicas 
y morales, llamada fuerza de las cosas por los 
impíos, Providencia por los cristianos. 

Ramón Eamibez. 

Abogado 7 pnbliciit*. 



(1) Llciiifo j Solón M destermron de tn patii» creyendo asi haoer 
eternas sua leyes. Moda se ha hecho en las constituciones moderaaa 

Soner trabas al "soberano" para su refonna. I<os pueblos al parecer 
an hecho promesas, como los oatt^licos fanáticos, de no llegar al 
"Sanota-Santorum" sino andando de rodillas, con U lus de la refle- 
xión en sus manos. Fórmulas de los lexistas.que solo han conseguido 
que la Democr&cia obtenga "per saltium" lo que sin ellas podría obte* 
Q9r llenando pacificamente )o« interstloloa de la Ignorancia. 



104 



AMÉRICA LITERARIA 



La Inclia es la primera condición de la huma- 
nidad. 

Los pueblos, de suyo esencialmente progresis- 
tas, Tiven en agitaciones continuas. Triunfan 
hoy para ser vencidos mañana. Caen y alterna- 
tivamente se levantan; pero la semilla dnl pro- 
greso, regada con el sudor y la sangre de esos 
combates fecunda y dá opimos frutos de civiliza- 
ción para las naciones. 

Caracas, 1873. 

Jacinto 11. Pachano. 

Genoriil y Ewiltor. 



La revolución que se efectuó en Snd- América 
en 1810 — fué obra de sus hombres mas ilustra- 
dos, adinerados y muchos condecorados con títu- 
los nobiliarios, quienes con abnegación acome- 
tieron la ardua empresa de la emancipación 
americana, proclamando en alta voz los derechos 
del hombre, sustentando en los plebiscitos popu- 
lares y en las asambleas legislativas la República, 
la Independencia y la Democracia; lo que es 
mas, empuñaron las armas y arrastrando á los 
suyos todos á los campos de batalla, en defensa 
de tan santa causa, allí derramaron con profu- 
sión su generosa sangre — muchos, muchísimos 
hasta perder su existencia en holocausto de la 
patria. Mas tarde empezaron á comprender sus 
derechos los hijos del pueblo, lo que los indujo á 
enrolarse en las filas libertadoras; prestaron 
servicios inapreciables; gran número de ellos 
conquistaron merecido puesto y ocuparon rango 



conspicuo en el ejército y en la magistratura, 
inmortalizando sus nombres. Quince años de 
combates cruentos y millares de victorias esplén- 
didas dieron por resultado la independencia Sad- 
Americana, y el establecimiento del gobierno re- 
publicano desde " las bocas del Orinoco " hasta 
el "Cabo de Hornos". 

Me asalta en este momento un triste recuerdo 
¡ la recompensa que dieron á sus egregios liber- 
tadores los mismos libertados! ¡ Bolívar, elmag- 
Ufánimo, el libertador de cinco repúblicas! en 
1828 en la noche del 25 de Setiembre, de funes- 
ta recordación, en Bogotá y en su propio palacio, 
fué acometido puñal en mano. ¡Salvó! por- 
que la Providencia no quiso que se consnmaae 
tan horrendo parricidio. ¡ Sucre, el soldado án 
nube ni mancha, el gran mariscal de Ayacucho, 
es asesinado en las lóbregas montañas de Ber- 
ruecos, el 4 de Junio de 1830! ¿y cuántos otros 
varones ilustres fueron víctimas del puñal homi- 
cida ? . . . 

Los que escaparon de la muerte fueron víctimas 
de las persecuciones mas injustas y tenaces, en- 
tre otros, San Martin y Belgrano, argentinos; 
0*Higgins y Mackena, chilenos; Pando, perua- 
no: Arce, centro-americano; Bravo, mejicano, 
y otros, y otros! Desventurados de los anti- 
guos soldados y servidores de los tiempos heroi- 
cos que hemos tenido la desdicha de sobrevivirlos! 
¡Oh, Repúblicas!!! 

Estado de Carabobo {Venezuela) 1875. 

Clemente Zábbaga, 

Ooner»l, Guerrero de la Indepeii<l«ndft. 



DIVERSAS REPÚBLICAS 



Si el militarismo^ puesto al servicio de una 
oaosa bastarda, ha sido funesto para las naciones; 
mantenien4o la tiranía, conculcando los derechos 
de los pueblos j conquistándolos con detrimento 
de sus fueros; también en el mayor número de 
casos ha servido con gran provecho á la gran 
causa de la humanidad. 

Jamás pueden constituir una regla general 
para formular un juicio histórico los casos par- 
ciales que deben observarse, como manchas en el 
despejado cielo de todas las naciones. 

En América, como en el mundo todo, la espada 
ha sido la redentora de la humanidad. Solo 
Jesucristo conquistó prosélitos con la palabra j 
el ejemplo; pero las revoluciones políticas no han 
podido fian su contingente de sangre, para des- 
gracia de los pueblos, llegar al término de su an- 
siado bienestar — La revolución francesa, cruenta 
por los medios que empleó, dio el toque de alarma 
á todos los oprimidos. Las colonias del Norte 
entraron en lucha con sus dominadores, y aquel 
pueblo viril, reconociendo por Jefe á Washing- 
ton, consumó su independencia. Se constituyeron 
como república-modelo los puritanos del Norte, y 
á la fecha constituyen esa nación poderosa por 
su forma de gobierno, por su industria, por su 
ciencia, y mas que todo por el dogma republicano 
que sabe practicar. La esclavitud habia de termi- 
nar casi totalmente con la guerra del Sur, que 
es tan memorable en los fastos de la historia, y 
que tanto nombre dio á Abrahan Lincoln, liber- 
tador de centenares de esclavos. 

También en la América-española observamos 
el militarismo en persecución de la realización 
de la Lidependencia de la metrópoli española, y 
entre sus mas notables caudillos, tenemos á Bo- 
lívar, Pies, Sucre y San Martin. 



Si después de consumada aquella, tenemos 
ejemplos tan tristemente célebres como Kosas, 
Santa Ana, Carrera (Centro- América), Melga- 
rejo y tantos otros que ahogaron los últimos sus- 
piros de su patria; también hay Jefes como 
Ghizman Blanco, Mitre, Morozan, Gronzalez, 
Cabanas y tantos otros que son honra de la Amé- 
rica. 

En Centro- América, constituyendo estos esta- 
dos una sola familia, casi no hemos soportado la 
funesta influencia del militarismo. Las revolu- 
ciones se han fraguado en el pueblo vecino, y 
una política mal entendida ha venido desgarrán- 
donos por mucho tiempo. La fuerza armada en 
la mayor parte de los casos ha estado al servicio 
del orden y de la autoridad. La revolución de 
1871 que acaudilló el Mariscal González no 
entronizó el militarismo corruptor; antes bien 
ha contribuido con notable éxito á moralizar 
al soldado mas y mas, y á estimular esa carrera 
que puede acarrear grandes males á la sociedad, 
cuando no se la sabe dirijir debidamente. 

El establecimiento de la Escuela en el cuartel 
es una prueba innegable de lo que afirmamos. La 
tropa al presente dista mucho en su educación y 
disciplina de lo que era anteriormente. ¡Feliz 
consecuencia de tan acertada medida ! 

En el Colegfio Militar se instruye al soldado 
desde ^ niñez, •siendo ventajosos los resultados 
hasta ahora obtenidos. 

Aun los países mejor constituidos ó colocados 
en privilegiadas zonas, tienen también siempre 
que hacer uso de la fuerza armada para mantener 
el orden y para dar garantías á la sociedad. Bien 
estipulada aquella, no es una amenaza inminente 
para la sociedad, sino una arma poderosa contra 
todos los desafueros. 



106 



AMÉRICA LITERARIA 



Juzgar á nna oomniiioii cualquiera por una 
de BUS faces, juzgando mal de ella por desvíos 
que se hayan notado en algunos casos, es un 
error fatal. El hombre tiende siempre á perfeccio- 
narse : en la vía de esa perfección debe procurar 
ser consecuente con lo que enseña la razón. La 
educación republicana es la que mejora la condi- 
ción de todas las clases sociales: esa educación es 
la que en el Salvador se imprime á sus hijos: la 
fuerza armada como elemento de autoridad, para 
velar por la conservación del orden, y garantizar 
los derechos de los ciudadanos, no como enseña 
del desenfreno, de la tiranía y el despotismo. 

Baltasab Estupikian. 

PabUeitta Centro Americuio. 
8an Salvador— 1875. 



{Estraño contraste el que presentan los pueblos 
todos de la tierra con el prodigioso pueblo Norte 
Americano! Aquellos parten de la mas oprobiosa 
esclavitud: marchan por una' vía de dolores y de 
sangrel: luchan sin tregua'ni descanso para alean* 
Bar cada derecho: la fuerza, unida a la injusticia 
se alza siempre ante ellos, como una barrera in- 
franqueable, '¿y solo en un núcleo de errores y 
desgracias os que llegan á columbrar el suspira- 
do dia de la justicia. Este, por el contrario, nace 
en medio de las selvas sin sujeción, sin trabas, 
amparado por la tolerancia y desde el primer 
dia navega viento en popa y á velas desplegadas 
por el libérrimo mar de las instituciones popu- 
lares. 

Y es porque en las primeras, la comuna em- 
brionaria durante un periodo interminable, ha 
tenido que vencer la inmensa resistencia de las 
castas, de los privilegios, de la intolerancia, de 
los abusos, apoyados todos en la fuerza bruta, 
mientras que en el segundo, la comuna ha nacido 
en completo desarrollo : allá el municipio ha sido 
el medio de transición, aquí ha sido el punto de 
partida; en los demás pueblos el municipio se 
encuentra ahogado, maniatado por el centralismo 
administrativo; en el Norte- Americano es libre 
como el aire, y nadie puede ni aun pretender 
cortar sus alas; en aquellos el autoritarismo es 
una remora que retarda el completo desarrollo 
de las instituciones libres; en este solo es una 
palabra sin sentido. Por eso es que el pueblo de 
Washington se presenta grande y sublime ante 



los ojos del mundo y en tan breve plazo ha alcan- 
zado mayores conquistas que ningún otro pueblo 
sobre la tierra ; por eso es que con mano poderosa 
empuña el glorioso estandarte con que dentr*) de 
muy poco guiará á la humanidad. 

Aquel pueblo que como jug^ando realiza loi 
mas portentosos progresos en todos los ramos que 
imaginarse pueden, ha comprendido que bu gran- 
deza descansa solo en el derecho de la libertad* 
el derecho del ciudadano que solo se halla limi- 
tado por el derecho de los otros; la libertad 
individual que solo termina, donde comienza la 
libertad de los demás; se ha penetrado que tan 
sagrado depósito no puede confiarse á un hom- 
bre solo, y lo ha colocado en las manos de la 
libertad de sus ciudadanos: ha visto que tan po- 
derosa carga no puede descansar en los hom- 
bros de un individuo, y la ha asentado en los de 
toda la nación : se ha convencido de que el auto- 
ritarismo, centralizador y absorbente, es una 
institución de muerte para la libertad, porque es 
la negación del municipio, esclusivo sostén de 
aqueUa, y ha borrado esa palabra de su idioma: 
sabe que el municipio no puede tener existencia 
propia, firmeza incontrastable, sino con ciudada- 
nos que conozcan sus deberes para cumplirlos, 
sus derechos para hacerlos respetar, y ha plan- 
teado la instrucción gratuita y obligatoria; y 
semejante descentralización como la que impera 
en ese pueblo de prodigios es el primer baluarte 
de su poderosa unidad. ¡ Tal es el fruto del Muni- 
cipio en la América del Nort« ! 

La ola de la democracia avanza por todas par- 
tes en alas de la instrucción ; no de esa instmc- 
cion abortada que solo dá conocimientos estériles, 
sino de la que lleva consigo la educación social 
del individuo; que le muestra sus derechos/ 
deberes, que le enseña el rol que debe desempeñar: 
resistir á semejante empuje, no es mas que pro- 
vocar sangrientos conflictos y conducir á lospue- 
blos á la destrucción y al abismo. 

No basta escribir en un código la hipótesis 
de que todos deben conocer la ley; es necesario 
poner al ciudadano en aptitud de cumplir aquel 
precepto. Do nada sirve que se pronuncien las 
mágicas palabras de libertad, igualdad, fraterni- 
dad, cuando la libertad solo es mito, la igualdad, 
una hermosa mentira; y cuando en lugar déla 
fraternidad, solo existe el mezquino y sangriento 
espíritu de partido. 

Y este, aunque mi corazón mane sangre al 



SECCIÓN POLÍTICA— DIVERSAS rbpóblioas 



107 



afinaarlo, es el estado de easi toda la América 
española; por eso se agita sin término y sin fin, 
en nna serie de insens'^tas revolnciones; por eso 
se exhibe ante el mando convnlsa y desangrada, 
porque dirige su vitalidad y energía, á aniquilar- 
se en estúpidas guerras, de bandos mas estúpidos 
aún. 

Beeorramos con una ojeada la historia de nues- 
tras Bepúblioas desde el dia de su independencia 
y veremos á sus pueblos, siempre sedientos de 
derecho, hambrientos de libertad! 

Matemos su hambre; ahoguomos su sed: halla- 
remos que el municipio se asfixia; que sea nuestra 
mano la que lleve el aire á su pecho, y con el 
aire la vida de que carece: el autoritarismo este- 
rilisador y absorbente solo ha producido cruentas 
revoluciones: hagamos la última contra tan absur- 
do sistema, disipando las tinieblas que cercan á 
los pueblos, borrando la fea mancha de la igno. 
rancia que oscurece su conciencia. 

Las revoluciones no son mas que la reacción 
contra todo sistema opresor : aniquilemos la reac- 
ción, inundándola en un torrente de luz, ahogán- 
dola en un océano de libertad ! 

Manuel J. Morales. 

Abofado, político j pabliolit» Oontro Americano. 
Son Salvador— 1879. 



No me puedo esplicar porque hemos descui- 
dido el establecer y definir las relaciones entre 
todos los Estados que antes formaron una sola 
¿milia bajo la corona de España, mientras que 
nos hemos afanado en hacerlo respecto de los 
Estados Unidos de Norte- América y con Europa. 
Triste es que, tratándose de pueblos hermanos, 
apenas conservemos esas relaciones de pura cor- 
tesía, para anunciamos los cambios de adminis- 
tración; y, sin embargo, creo que no habrá quien 
niegue la necesidad de fijar los principios de nues- 
tro derecho internacional particular fundado en 
los intereses puramente americanos. 

Vicente Herrera. 

Jorifcontolto r hombre de Bftado, Preai- 
dente de CoaU-Eioa (Oeatro-Amérioa). 



Es de notarse, que el sentimiento en favor de 
la paz, de la justicia y del trabajo, es el que hoy 
predomina en el ánimo de los pueblos, y me satis- 
face en alto grado que ese sentimiento forme la 
segura base de nuestra política internacional. 
Podemos, pues, felicitarnos porque en nuestros 
países se ha dado de mano al antiguo y ruinoso 
sistema de promover y fomentar rivalidades sin 
fundamento, intervenciones sin justificación y 
guerras sin objeto, de todo en todo atentatorias 
al derecho, y aun á la dignidad y decoro de los 
pueblos Centro- Americanos. 

Esta beUa porción del globo atrae en la actua- 
lidad las miradas del mundo oivilisado, pues vá á 
resolverse sobre la realización del Canal de Nica- 
ragua, mejor dicho, del Canal Centro- Americano, 
obra de gigantescas proporciones que hará de 
nuestros países, pobres y desiertos, el centro del 
comercio y de la civilización del continente. 

Para el logro de obra tan benéfica, llamada á 
asegurar el porvenir de nuestros pueblos, entran 
por mucho el buen sentido, la cordura y la amis- 
tosa inteligencia de nuestros gobiernos, que por 
sus rectos principios y generosas tendencias, 
satisfarán cumplidamente los sagrados deberes, 
que en la espectativa del mas grande aconteci- 
miento de nuestra Historia, hoy mas que nunca 
nos impone con fuerza irresistible, la alta conve- 
niencia de los pueblos, y las exigencias mas lejf- 
timas del patriotismo ilustrado. 

MARCO Aurelio Soto. 

Prealdente da la BepdbUea da UoDdorM. 
Tegueigalpa (Honduras) 1880. 



Harto notorio es que las íntimas relaciones que 
dichosamente existen entre nuestros Estados, no 
pueden ser mas francas ni mas leales; pero eso 
no obstante, entra en los propósitos de nuestros 
gobiernos, el no prescindir de todo acto, de toda 
manifestación, que contribuyan á evidenciar la 
sinceridad de esas relaciones, y á robustecerla 
mas y mas, si ello fuera posible; máxime, si se 
tiene en mira, como hasta hoy, asegpuiu* la paz, 
porque asi también se asegura la prosperidad de 
nuestras naciones. 

To me entusiasmo, ante la perspectiva de una 
paz sólida y permanente para estas Bepúblioas; 
deseo como el que mas, su positivo progreso y 
adelanto, y juzgo, que viviendo la vida de la 



108 



AMÉRICA LITERARIA 



confraternidad en las aspiraciones levantadas y 
la identidad de trabajos en pro del mejoramien- 
to de los pueblos que se gobiernan, llegará á ser 
un hecho el que los países Centro- Americanos 
se levanten basta la altura que les corresponde, y 
aparezcan ante el mundo, grandes, prósperos y 
felices. 

Cayetano Díaz. 

Aboi^ndo y Diploro&tico Centro Americano. 



El dia que impere por completo la unión entre 
las naciones latino-americanas seremos grandes, 
fuertes y poderosos : la dificultad está en la rea- 
lisacion práctica de esta unión, que tanto nos 
interesa. 

Benito Juabbz. 

Libertador de México. Jnriiicontalto. Literato 7 
Hombre de Bstado. 



Cuando el Continente Americano llegue á 
poblarse tan densamente como ahora lo está el 
europeo, el emporio del globo terrestre se fijará 
en el mundo de Colon. La América del Sud 
Berá entonces, no solo por sus inmensos ríos, sus 
grandes llanuras y sus elevadas sierras, sino tam- 
bién por su posición geográfica, el centro del 
universo ; y la República Argentina, con su cau- 
daloso Plata y sus inmensas pampas, llegará á 
tener el monopolio natural de los productos ani- 
males tanto para la subsistencia como para la 
industria. 



Matías Romebo. 

PoIItloo. DiplomAtieo. 7 pubUoiata Hexloano. 



MéxicQ, 1879. 



El que menospreciando su propia dignidad 
hace alarde ^e su vileza, no reconoce sagrado en 
la patria, en la amistad, ni en la familia, y siem- 
pre ettá dispuesto á sacrificar por un puñado de 
oro todos estos bienes celestiales. 



Memo, 1879. 



Tbinidad Gabcia. 

l'oHtloo y Literato Hexicaoo. 



La libertad gloriosa que alcanzaron Tiuestros 
padres y que concibieron en su mente para 1a * 
redención social de nuestros pueblos, ¿en dónde 
está ? ¿ cuáles son sus frutos después de sesenta j 
siete años que resonara por la vez primera el 
siempre memorable 25 de Mayo de 1810? 

¿Para qué negarlo? gi, la libertad entre noso- 
tros poco ha sido conocida, poco ha dominado en 
nuestras sociedades, donde desgraciadamente des- 
de los dias de nuestra emancipación política á 
nombre de la libertad, se han llevado á cabo todas 
las tiranías mas odiosas y execrables: no ha sido 
en muchos pueblos de la virgen América, im 
derecho ó una institución social alcanzada á costa 
de tan terribles sacrificios ; ni una idea grande, 
gloriosa y fecunda que fuera la fuente de todo 
orden y de todo progreso; no, la libertad ameri- 
cana ha sido profanada, contrariada y detenida 
en su majestuosa carrera de civilización. En 
vano la vemos proclamada á grandes gritos en 
todas partes: ella está inscripta cx>n caracteres 
indelebles al f ^nte de nuestros códigos, en el 
libro de las constituciones que rigen á los pue- 
blos americanos y grabada en la conciencia de 
todos y cada uno de los buenos ciudadanos. Más 
después de todo esto, ¿en dónde la encontraremos? 
Ella no existe en medio de nosotros, desde que 
nuestras falsas apariencias de libertad, no son 
mas que una tiranía encubierta, á la manera qne 
bajo las elegantes formas de un precioso monu- 
mento se cubren las miserias de la corrupción de 
un cadáver que mana podredumbre para después 
convertirse en cenizas. 

La libertad solo ha sido el dogal con que el 
fuerte, el poderoso y el grande, han oprimido al 
débil, al humilde y al pequeño. 

Los frutos de la libertad solo han sido las am- 
biciones y las tiranías, los crímenes y las ingra- 
titudes. 

Y esas ambiciones nos han dividido y subdiri- 
dido; han enervado nuestras fuerzas, han sido el 
mayor y mas grande de los obstáculos que se han 
interpuesto en nuestro camino, pues cuando los 
pueblos americanos debian ser hoy garandes, ricos, 
temibles y poderosos á la Europa entera, presen- 
tándose como grandes colosos, por su fuerza, sa 
poder y sus virtudes, no son sino naciones pobres, 
desiertas y abandonadas, cuyos campos, en ves de 
presentarse cubiertos de doradas mieses, solo m 
ven teñidos con la sangre de sus mismos hijos... 

Nuestras llanuras y nuestros bosques y aun las 



SECCIÓN POLÍTICA — divebsás repúblicas 



109 



mismas ciadades, se lian aoostombrado ya a esa 
Tida inqnieta y agitada, oyendo con frecuencia el 
ronco estallido de las armas de fuego y el choque 
de las espadas, para sufrir sin intermisión y sin 
descanso, ora aquf, ora allá, las funestas conse- 
cuencias de la guerra fratricida que trae en pos 
de sí, las lágnrimas y el esterminio... 

¡ Hé aquí bosquejada la libertad americana! 

José Agustín de Escudero. 

Abogado 7 PnbUetat* Mexioaiio. 



DEMOCRACIA 

No intento tratar ampliamente de la democra- 
cia, á que hoy tienden todos los pueblos con 
pavura de las decrépitas monarquías ; solo diré 
dos palabras sobre su lema: «/Igualdad, libertad 
y fraternidad M, precioso fundamento del derecho 
poUtioo de las naciones modernas, bella trinidad 
que simbolisa los mas caros intereses humanos. 
Nada mas importante y trascendental para los 
destinos de la humanidad, para su marcha firme 
hacia el progreso indefinido que debe perfeccio- 
narla, como fijar bien el sentido en este lema, 
como esplicarlo debidamente para que no se con- 
vierta en triste enseña de desolación y llanto. 
Con frecuencia se lo toma como un engañoso 
pretesto para encender los corazones y provocar 
esas funestas luchas de partido, en que no se 
debaten sino intereses particulares de ciertas 
indiyidualidades, en que no se defienden los sagra- 
dos derechos del pueblo, sino, por el contrario, 
se conculcan, simulando el bien de la patria. 

La democracia debe, pues, definir su lema para 
que la astucia de los que suspiran por galvanizar 
la aristocracia del feudalismo no -lo tome en ter- 
rible fantasma que llene el alma de pavoroso 
espanto; debe definirlo para que aparezca su ver- 
dad palingenésica como una dulce esperanza, 
como una noble aspiración que dé alas al pensa- 
miento, y encauoe la filosofía y la política por la 
senda de la regeneración moral é intelectual del 

■ér humano. 
Proclamar la igualdad de todos los hombres 

no debe ser pretender, como Licurgo, abolir el 

desarrollo de la razón ni comprimir el libre 

yjuüo de la acción individual con el comunismo 

7 nefastas teorisa socialistas para lograr un 



absurdo é insensato nivel que degradarla la espe- , 
cié humana. El perfeccionamiento popular, el 
perfeccionamiento de las masas llevará á la igual- 
dad que se propone la verdadera democracia, á 
esa igualdad que enaltece, y que acabará por 
resolver todas las cuestiones sociales, cuyo plan- 
teo tan difícil es hoy por el orden de cosas, que 
viene estableciendo el abominable monopolio de 
la inteligencia y de los mas queridos derechos 
del hombre, los aun subsistentes privilegios que 
legara el feudalismo. Ser todos iguales en sus 
derechos y deberes; estar todos sometidos á las 
mismas leyes, es la igualdad democrática, y no 
esa igualdad natural que en nada existe, y no esa 
igualdad de escuelas comunistas que lleva consi- 
go las bayaderas, bacantes, familismo, rehabilita- 
ción de la carne y asquerosa promiscuidad. 

También figuran en Jí lema la libertad; ine- 
fable sentimiento que enciende el alma; sagrado 
principio que los griegos dejaron triunfante con 
heroísmo en los campos de Marathón, Platea y 
Salamina; sublime culto porque se inmolaron 
Bruto, Casio y tantos otros mártires de la reden- 
ción humana. Empero, al calor del ardoroso entu- 
siasmo que inspira el santo amor á la libertad, 
pueden arder revoluciones desastrosas que con- 
muevan, que devoren la humanidad, si no se 
reflexiona que solo la virtud y el saber hacen 
libre al hombre, como decían Platón, Sócrates y 
Zenon. Bajo el nombre de libertad, los romanos, 
á semejanza de los griegos, concebían un estado 
en que nadie era subdito sino de la ley, y en que 
esta era mas poderosa que todos. Obrar conforme 
á la ley, sujetar á esta el pensamiento, la pala- 
bra y las acciones, y no á autócracas individuales 
ni dictaduras tiránicas y despóticas, es ser libre. 
Así debe serlo el verdadero demócrata. 

Y si esto no bastara á contener los tristes 
efectos que pudieran surgir del exagperado entu- 
siasmo por la igualdad y la libertad,' vienen los 
lazos solidarios á estrechamos en dulce frater- 
nidad para apaciguar la fiera, sí, pero noble 
altivez de la democracia. Dios mismo formó her- 
manos á todos los hombres, por cuanto en los 
actos apostólicos escrito está //que hizo salir de 
uno soloá todos los hombres que habían de llenar 
la superficie de la tierra//. Por esto sacó la mu- 
jer de una costilla del hombre para que todo 
fuese uno en el género humano, y por esto que 
en la renovación de la humanidad hizo que todos 
procediésemos de Noé y su familia, á fin de que. 



lio 



AMÉRICA LITERARIA 



teniendo un mismo padre, todos fuésemos her- 
manos. En tal verdad están unánimes las tradi- 
ciones genésicas de todos los pueblos, que vienen 
á dar realidad tangible á la fraternidad demo- 
crática. 

Véase, pues, cómo nada es mas sabio que el 
lema democrático, ni nada puede contener mas 
sanos elementos para baoer de la humanidad una 
sola familia, noble aspiración de la democracia 
que echa abajo las castas, los señores feudales y 



los reyes de derecho divino. Llevémoslo al pue- 
blo para que logre su redención por el perfecto 
conocimiento de sus derechos y deberes, y así m 
habrá dado un gnu paso hacia la perfeotahilidad 
humana. 

J08¿ M. YlLLAFAftl T YltALS. 
BaOTttor 7 ÜMánaÉtíao (Oubaao). 



SECCIÓN LITERARIA 



KEPÚBLICA AEGENTINA 



CENTENARIO DE RIVADAVIA 

OBAOIOV FUVXBBS PBOKÜirClÁDA XN LA PLASÁ D> LA TICTOftXA 

D> VUmmOB AIBX8 



El Tazón ilustre que ha aabido llenar la 
Tida. no títíó para al, no; — ririó para an 
patria, para an especie... Aaí briUa el hom- 
bre de bien t la dignidad del ciudadano, 
como reaplandeoe la magostad del hombre. 

BITAOATIA. 



C0NCIUDADO8: Estamos aqaf congregfados 
hombres de todas las rasas y pueblos del mondo, 
ancianos, mnjeres, niños, antiguos guerreros, 
jóvenes trabajadores j magistrados del pueblo, 
para conmemorar el primer centenario del nata- 
licio de D. Bbbkabdino Biyadayia, el mas 
grande hombre civil de la tierra de los argentinos, 
padre de sus instituciones libres, cuyo espíritu 
renace en este dia á la vida de la inmortalidad 
en los siglos. Bepúblico abnegado, estadista pro- 
fundo, genio inspirado por el anhelo del bien, 
de este varón justo, para quien la verdad fue un 
numen y la virtud una fuerza, puedo decirse en 
presencia de su posteridad secular, que pertenece 
i la raza de los hombres selectos, cuyo molde 
rompen y renuevan las naciones cada cien años. 

Para comprobar la rigurosa exactitud histórica 



de este postulado, basta mirar hacia el pasado y 
luego interrogar nuestra conciencia. 

De las instituciones políticas y sociales de 
nuestro país durante el siglo trancurrido, ¿ cuá- 
les son las que sobreviven por su propia virtud 
á mas de las que Bivadavia fundó hace sesenta 
años? Sin ellas, ¿cómo habría encontrado su 
fórmula constitucional la revolución argentina? 
Sin las semillas que con previsión depositas en el 
surco del trabajo y sin los elementos de vida 
orgánica que nos legó, ¿cómo habría sido posi* 
ble la resurrección inmediata de la república, 
apta para funcionar en bu complicado mecanismo 
y equilibrada en sus necesidades, después del caos 
y la misería que nos dejó la tiranía de veinte 
años? 

Y si nos estudiamos á nosotros mismos, para 
investigar qué ideas y sentimientos tradiciona- 
les constituyen una parte de nuestro ser, qué 
doctrinas y qué moral pública profesamos como 
herencia del pasado, ante qué formas consagradas 
nos inclinamos con respeto, qué fuerzas vitales 
trasmitidas nos impulsan en el camino de las me- 
joras, encontraremos, que el alma, la mente y la 
fuerza inicial de Bivadavia está en nosotros; que 
su acción benéfica se prolonga en nuestra exis- 
tencia, y que junto con nosotros su sombra vá 
todavía en marcha hacia mejores destinos, á la 



112 



AMÉRICA LITERARIA 



cabeza de la gran columna de los jornaleros del 
progreso. 

Esta grandeza, paramente civil, inteleotnal y 
moral, ha sido sometida á todas las pruebas que 
determinan la acción eficiente de la potencia hu- 
mana, que obra intensamente sobre los hechos j 
las conciencias; y ha triunfado del tiempo y del 
espacio, imponiéndose á los venideros como un 
espíritu de vida durable que realiza la comunión 
de las almas de todos los tiempos. 

Pasó por la prueba del poder supremo, la prue- 
ba del fuego, que convierte en cenizas las ambi- 
ciones mezquinas, y purifica las generosas aspira- 
ciones. 

Pasó por la prueba de la iniciativa y del 
esperimento en tierra inexplorada, y en la huella 
de sus pasos dejó marcado un itinerario que 
muestra que tuvo rumbo fijo, y que si alguna vez 
se extravió, fue persiguiendo un ideal sublime. 

Pasó por la prueba de la incredulidad, de las 
resistencias brutales, de la inercia cobarde ó pere- 
zosa, y hasta de la amarga burla de amigos y 
enemigos; y llegó al término de su jornada, ani- 
mado por la fortaleza de sus creencias. 

Pasó por la dura prueba de la persecución, de 
la calumnia, del ostracismo, de la ingratitud, del 
olvido, de la soledad triste, de la patria esclavi- 
zada, y si en sus últimos momentos pudo pensar 
que sus instituciones hablan sucumbido para 
siempre, la reparación postuma y el apoteúids de 
BU pueblo le esperaban. 

Ha pasado por la última y definitiva prueba, 
que cuenta y tasa la labor de cada jornalero en la 
existencia colectiva de sus semejantes; y cuando 
BUS bendiciones nos alcanzan, cuando sus institu- 
ciones retoñan, cuando sus sueños se realizan, 
cuando la ilustración que promovió se difunde, 
cuando la inmigración que él llamó afluye como 
una nueva corriente de vida á nuestras playas* 
cuando nuestros campos producen los opimos fru- 
tos cuya semilla tardía depositó en sus entrañas 
vírgenes y fecundas, cuando el tiempo le ha dado 
la razón y nosotros recogemos la cosecha, pode- 
mos decir que ya no le queda sino la prueba eter- 
na del tiempo que hoy registra en letras de oro 
y bronce su primer centenario. 

Por eso su figura se agranda mas y mas á me- 
dida que se aleja el tiempo, como se alargan las 
sombras de la montaña cuando el sol traspone su 
meridiano, que diseña sus grandes perfiles aún 
después de ocultarse en el horizonte remoto. 



Y por eso, hoy tributamos á su memoria este 
homenaje secular, examinando á la luz moribim* 
da del siglo que se vá y al resplandor de la au- 
rora del siglo que viene, cuáles son los títulos 
legítimos de don Bebkabdiko Riyadayia ala 
admiración de los siglos venideros en presencia 
de su posteridad agradecida, que por los labios 
de mas de dos millones de hombres libres, lo acla- 
ma grande y padre de la patria 



No cabe en el cuadro de una oración Gonme- 
morativa, ni aún el bosquejo de la reforma liberal 
y social que Rivadavia inició y llevó á cabo; pero 
procuraremos sintentizarla y condensarla. 

La creación y la distribución de la riqueza pú- 
blica, es la parte mas difícil de la ciencia del go- 
bierno. A Rivadavia cabe haberse adelantado á 
su tiempo en su práctica y en su teoría, reflejando 
sobre nosotros la gloria de que Chevalier, uno de 
los primeros economistas de nuestro tiempo, di- 
jese treinta años después de su primer esperi- 
mento, estudiando nuestra legislación económica, 
que las semillas sembradas á orillas del Sena á 
fines del siglo pasado, únicamente hablan flore- 
cido en las márgenes del Plata. ¡Bendito sea el 
que nos trn jo su semilla ! 

Con los escritos de Adam Smith, Say y el pa- 
dre de Stuart Mili por delante, él, primero que 
ningún hombre de Estado en el mundo, antes que 
Huckinson, Roberto Peel y Cobden, proclamó la 
libertad de industria y de comercio como el pri' 
mer derecho y la primera necesidad de la especie 
humana, según muy exactamente se ha dicboi 
Como Bastiat, después de él, pensó que los inte- 
reses de las naciones eran armónicos y solidarios, 
y que no existia antagonismo posible entre su 
riqueza, su progreso y sus cambios respectivos. 

Conforme á estas doctrinas, operó la reforma 
aduanera, aboliendo las prohibiciones oomeroiales 
y bajando todos los altos derechos al quince p<ff 
ciento. Sobre esta base fundó un nuevo sistema 
de hacienda, acabando con las contribuciones 
tiránicas de la colonia, con los auxilios espoliado- 
res y los empréstitos forzosos de la revolución j 
creó las contribuciones regulares que hasta boy 
alimentan el tesoro público para bien de los go- 
bernados. 

Atrajo el capital estranjero por el vehículo 
del comercio y por medio del crédito esterior 



SECCIÓN LITERARIA— HKPi^BLici. aboentina 



113 



nsado por la primera vez, dejando abierta la puer- ' 
ta de los meroados y bolsas europeas para el 
futuro. La acción fecundante del capital fué 
acrecentada por el establecimiento del crédito 
público y fondos con renta y amortización, que 
hasta hoy vive. Por la primera ve« hiío conocer 
en América el mecanismo y la potencia de los 
grandes establecimientos de crédito, de cuyas 
ruinas hemos formado un poderoso agente de 
prosperidad, que redimirá el pasado y nos habi- 
lita para ensanchar la esfera de nuestra activi- 
dad. La deuda interna fué consolidada, hacién- 
dola productiva; planteó las cajas de ahorros 
para los pobres; decretó la primera Bolsa mer- 
cantil ; y dejó en las tierras públicas, revindican- 
do su dominio y entregando el usufruto á los 
contemporáneos por el enfiteusis, la mas rica 
herencia de los propietarios del suelo. Esta parte 
de su reforma fué coronada introduciendo por la 
primera vez en América, el estudio profesional 
de la economía política. — Poco mas se ha hecho 
después. 



VI 



Pero Rivadaviano cifraba la riqueza única- 
mente en el capital y el comercio que lo hace 
circular.— Como él mismo lo dijo: "La mas ó 
menos abundancia de los elementos naturales de 
riqueza, no determina los diferentes grados de 
prosperidad de las naciones; porque el .hombre 
moral, no el hombre de la naturaleza ni sus ins- 
trumentos materiales, es el verdadero agente de 
la riqueza pública. " — Por eso se contrajo n sis- 
temar la educación pública, aun antes que en los 
Edtodos- Unidos se pronunciase el movimiento 
que la ha incorporado á su organismo constitu- 
cional, proclamando esta máxima, que después 
se ha vulgarizado: — La Escuela es el se- 

CBETO DB LA PB08PEBIDAD DE LOS PUEBLOS 
NACIENTES. " 

Emprendiendo por medio de la escuela la re- 
forma y la mejora social, generalizó las escuelas 
para niños de ambos sexos en la ciudad y campaña 
y fundó colegios especiales para niñas. Presin- 
tiendo una verdad que la esperiencia ha revelado, 
á saber, que el local es el primer agente educador, 
erigió los primeros edificios adecuados á la ense- 
ñanza primaria, asegrurándose su propiedad per- 
petua. Introdujo nuevos métodos y textos de 
enseñanza que popularizaron los conocimientos 



elementales en Sud- América, y al inaugurar en 
un pueblo de campaña la primera escuela Lan- 
casteriana que se conoció en esta parte del mun- 
do, dijo: u La ilustración pública es la base de 
té todo sistema social bien arreglado : cuando la 
u ignorancia cubre á los habitantes de un país» 
«^ ni las autoridades pueden con suoeso promover 
u su prosperidad, ni ellos mismos proporcionarse 
u las ventajas reales que esparce el imperio de 
u las luces //. 

En esta lucha contra el pasado y esta elabora- 
ción casi improvisada de los elementos sociales 
del porvenir, el tiempo no daba espera: — la masa 
de la ignorancia aumentaba, y los combatientes 
eran pocos para contener en los límites del dere- 
cho su irrupción barbarizadora en la vida públi- 
ca: — era necesario dotar á la sociedad con nuevas 
y bien templadas armas para defenderse, mientras 
las luces se difundían y las instituciones adqui- 
rían consistencia. Para proveer á esta exigencia 
de conservación vital, multiplicó las fuerzas 
educadoras, levantando el nivel de los estudios 
superiores, y fundó la Universidad bnjo el plan 
adelantado que aun subsiste, dando á la ense- 
ñanza secundaría una amplitud hasta entonces 
desconocida en Sud- Améríca. Con el mismo obje- 
to organizó el Colegio de u Ciencias Morales </, 
que nacionalizó los estudios preparatorios llaman- 
do á la juventud de las provincias á educarse en 
él, lo que le ha dado su temple á una gpeneraoion, 
creando una raza de monitores apta para propa* 
gar la enseñanza mutua por todas partes y bien 
preparada para el combate de la vida en pro de 
la civilización. 

Pero la educación, lo mismo que la ríqueza sin 
bases científicas, no tenia para él ningún valor, y 
así decia al romper con el arado perfeccionado 
las entrañas vírgenes de la tierra patria, y de- 
positar en el surco la semilla: ^Nada importa- 
u ría que nuestro fértil suelo encerrase tesoros 
u inapreciables en los tres reinos de la natura - 
u leza, si prívados del auxilio de las ciencias, ig- 
it norásemos lo mismo que poseemos, u Conse- 
cuente á esta premisa, que hoy mismo es un 
desiderátum, introdujo el estudio de la química» 
de la física, de las matemáticas, de la medicina y 
la cirugía, de 1& botánica, de la astronomía y del 
dibujo. Para dar aplicación práctica á esta masa 
de conocimientos indispensables, hoy vulgariza- 
dos, promovió la instrucción profesional de la 
agrícultura, de la aclimatación de plantas y ani- 



114 



AMERICA LITERARIA 



males exóticos, de la geodesia, de la metereolo- 
gía, de la industria y de las artes, de la arqnitec- 
tura civil j de la ingeniería, importando para 
ganar tiempo, la ciencia ¿ la vez qne el sabio 
que la traia almacenada en sn cabeza como rica 
simiente qne debia prodncir mil por uno, multi- 
plicándose al infinito. 

Este programa enciclopédico y racional, — que 
fué llenado, — señala la mas luminosa esplosion 
de los conocimientos humanos entre nosotros, y es 
el punto de partida del sólido sistema de educa- 
ción que definitivamente hemos adoptado, dándole 
por base la ciencia positiva, sin la cual todo sa> 
ber es estéril. 

vn 

La luz de la educación intelectual y moral, 
que se difundía por las ciudades y los campos, y 
gubia á las cátedras magistrales, penetró á los 
hogares, brilló como una llama celeste en la ca- 
beza de la madre de familia, alumbró la cuna del 
recien nacido, y derramó sus suaves resplandores 
sobre el lecho del enfermo desvalido, confiando á 
la mujer el cuidado de mantener encendido este 
fuego sagrado. 

Rivadavia fué el primero que entre nosotros 
se ocupó seriamente de la educación de la mujer, 
imitando en esto el ejemplo dado por Beigrano, 
su compañero y su amigo en la revoluciotí, que 
desde los tiempos coloniales la habia promovido 
con amor; pero fué mas original, y en la manera 
de realizarlo se anticipó mas que en ningfuna otra 
de sus creaciones á la ciencia y la esperiencia de 
BU tiempo. 

Antes de él, se habia hablado de la mujer como 
factor en la labor colectiva de la humanidad, pero 
aun no se habia encontrado la fórmula que esta- 
blece que ''el hombre y la mujer, constituyen el 
individuo social ", Rivadavia planteó el problema 
y lo resolvió prácticamente, introduciendo á la 
mujer á la vida pública por las puertas de la ca- 
ridad y de la educación común, asignándole debe- 
res activos apropiados á su naturaleza en la 
dirección de los negocios sociales. Recien en 
estos últimos años, la Inglaterra ha llamado á la 
mujer por medio del voto público á intervenir 
en la educación, y en los Estados unidos, la 
práctica mas que la ley autoriza su presencia en 
los consejos oficiales de este género. Por oso 
admira aun hoy mismo, la creación de la Socie- 



dad DE Bensficekcii., á la que encomendó 
esa misión moralizadora, habilitándola para es- 
timular y premiar las virtudes sociales. 

Las palabras con que se promulgó el decreto 
de esta. nueva institución, muestran que su fun- 
dador tenia la conciencia del alcance y del sig- 
nificado de su obra, u La existencia de la mujer, 
^ decia, es aun vaga é incierta. La naturaleza 
'/ dio á la mujer distintos destinos y medios de 
» hacer servicios, que con los que rinde al hombre 
>/ satisfacen sus necesidades y llenan su vida..., 
'z y el hombre se alejaría de la civilización smó 
» asociase á sus ideas y sentimientos á la mitad 
'' preciosa de su especie. No hay medio ni se- 
/' oreto para dar permanencia á todas las reía- 
» clones políticas y sociales, sino el de ilustrar 
» y perfeccionar asi hombres como mujeres, j á 
'/ individuos y á pueblos, u 

Esta Sociedad de Beneficencia, la hij¿ 
predilecta de Rivadavia, que aun vive derraman- 
do en tomo suyo las bendiciones de la vida, es la 
que treinta y cinco años mas tarde, imitando el 
ejemplo de la Antígonegríega, trajo de la tierra 
de la proscrípcion los huesos de su ilustre padre, 
y la misma que hoy vá á fijar sobre su sepulcro, 
que piadosamente custodia como el altar de su 
apoteosis, la plancha de bronce que eternice sn 
oentenarío. 

vin 

La reforma política y social, que dio consis- 
tencia á las instituciones libres y regeneró los 
hombres, penetró al templo lo mismo que al ho- 
gar doméstico, y equilibrando las conciencias, se 
infiltró en las cosas y presidió todos los actos de 
la vidaordinaría, asimilándose las mismas fuenas 
que modificaba y aplicaba con mano firme y pru- 
dente. 

La reforma eclesiástica, que fué su obra mas 
controvertida, en que atacó de frente las preocu- 
paciones y los abusos inveterados, tuvo por efi- 
caces colaboradores á los mas ilustrados y vir- 
tuosos sacerdotes del clero argentino. Ellos, 
en sus libros, en la prensa y en la^ tríbuna, pro- 
clamaron también la tolerancia de cultos, sostu- 
vieron los matrimonios mixtos y entre disidentes, 
la redención de los censos y capellanías, la abo- 
lición del fuero personal de los eclesiásticos, así 
como de los diezmos y primicias, la jurisdicción 
de los tribunales en la materia que no oorrespon* 



SECCIOIí LITERARIA— república abgentika 



115 



de á los saoramentos, el registro civil, atributo 
del Estado, la estincion de las oomnnidades pa- 
rásitas, la supresión de las propiedades de mano 
muerta, sin retroceder ante la suspensión de los 
Totos perpetuos, haciendo estensiva la seculari- 
saoion libre hasta fi las mujeres sujetas a perpe- 
tua esclavitud bajo la protección tiránica de la 
fnena pública, Todo esto constituye hoy nues- 
tro corpu8 juris en la materia, y puede decirse 
del reformador, que fué el verdadero fundador 
de la Iglesia Argentina, que siguiendo las tra- 
diciones de la escuela regalista de Campomanes» 
selló su hermandad con todas las comuniones 
religiosas del mundo civilizado levantando la 
autoridad de la razón y de la filosofía, sin violar 
las creencias sagradas del alma ni turbar las con- 
ciencias piadosas. 

Y la reforma alcanzó á los muertos lo mismo 
que á los vivos. Las sepulturas, que convertian 
las iglesias en focos de infección, fueron sacadas 
de su recinto; — la campana que por ellos dobla, 
ba, fué medida en sus vibraciones; — el cadáver 
dejó de ser un objeto con que se traficaba en los 
templos; — los cementerios fueron colocados bajo 
la administración civil, y no hubo ya reprobos 
en presencia de la muerte. Estos adelantos, que 
la iglesia ha sancionado, son todavía materia de 
cuestión en muchos países civilizados, y no eran 
muy numerosas las naciones que entonces los 
hubiesen alcanzado. 

T ha sido necesario quo pasase medio siglo, y 
que la peste nos azotase por tres veces arreba- 
tando treinta mil víctimas, para aprender las 
lecciones higiénicas que aquel sabio maestro nos 
enseñó, fundando nuevos cementerios fuera de las 
grandes aglomeraciones humanas! 

IX 

Sigamos á Rivadavia en el gran escenario de 
la política nacional é internacional, y veremos 
ftoentuarse los magistrales contomos de su figura 
histórica. 

La organización constitucional de la provincia 
de Buenos Aires como Estado autonómico, fué 
la célula orgánica de la futura vida nacional; la 
nebulosa quó apareció en el cielo oscurecido de 
la patria hace sesenta años, como núcleo do la 
constelación de las'^catoroe estellas argentinas, 
que hoy giran en su órbita de atracción obede- 
ciendo á la impulsión inicial- 
De esta ooncepoion tan original como sencilla, 



nacieron las constituciones locales vaciadas en el 
molde típico, animándose por el soplo vital del 
derecho las partes rudimentales del conjunto, 
dotado de movimiento propio y subordinado á 
una ley suprema. Esto, que entonces fué como 
una revelación, y que en nuestros dias hemos 
complementado y perfeccionado dando coheren- 
cia al gran todo, respondía al instinto de la con- 
servación, á la vez quo al progreso gradual en el 
orden político. 

Las grandes novedades de la reforma, — que lo 
eran en la mayor parte del mundo, con escepcion 
de los Estados- Unidos, y parcialmente en Ingla- 
terra, — penetraron á las provincias argrentinas, 
que postradas por la anarquía y mansas víctimas 
de los cacicazgos arbitrarios, vegetaban en el 
aislamiento y la miseria. Ellas crearon un nuevo 
vínculo moral en la familia dispersa y reanima- 
ron su organismo rudimental, incitándolas á 
arreglarse n derecho, establecer representaciones 
populares y gobiernos amovibles. Estas innova- 
ciones, que al menos obtuvieron una sanción 
teórica, formaron á imagen y semejanza de las 
instituciones de Rivadavia, Estados autonómi- 
cos, con su mecanismo propio y su articulación 
orgánica y constitucional. 



El impulso de la propaganda no se detuvo en 
|os límites nacionales: con el vuelo de sus robus- 
tas alas, esas instituciones atravesaron las fron- 
teras, y como las armas argentinas en sus tiem- 
pos heroicos, dieron la vuelta de la América 
Meridional, y enseñaron á pueblos y gobiernos 
lo que era el sistema representativo en que el 
orden y la libertad se ponderan, y le demostró 
cómo se cierran las revoluciones bajo los auspi- 
cios de los mismos principios que las inauguran. 

Este era el complemento pacífico de la revolu- 
ción americana, que tuvo por objetivo fundar 
gobiernos justos y pueblos libres. Faltábale toda- 
vía su corona cívica de luces apacibles, y vais á 
ver al hombre civil, sin mas armas que las del 
pensamiento, ofrecerla á la América redimida de 
las viejas instituciones de la colonia, corrigiendo 
sus estravíos y luchando con serenidad y con 
éxito contra el coloso que habia fulminado los 
últimos rayos de la guerra de la independencia, 
y que aún era el arbitro de los destinos de las 
nuevas repúblicas triunfantes, merced á su genio 
y á su espada. 



lie 



AMERICA LITERARIA 



Cuando las Pbovincias Unidas del Rio 
DE LA Plata, renovaron en 1825 el pacto nacio- 
nal del Acta de sn emancipación, y colocaron á 
BU cabeza como Presidente legal á D. Bernardino 
RiTadavia, habíase disparado el último cañonazo 
de la guerra de la independencia en Ayacucbo. 
Boliyar con su ejército triunfante, acampaba en 
la frontera norte de la República Argentina, 
Ueno de gloria, de ambición j de soberbia. Fun- 
daba allí dándole su nombre, una república oligár- 
quica con una presidencia vitaUcia, un sistema 
de elección hereditario para la trasmisión del 
poder, 7 una constitución cuasi-monarquica, la 
cual debia servir de modelo á las tres repúblicas 
á la sazón sometidas á su espada. Soñando ser el 
gran protector ó regulador supremo de una heje- 
monia continental, habia convocado su Congreso 
de anfictiones en Panamá para formar una con- 
federación americana, que evocando los recuerdos 
del Istmo de Corinto llevase sus armas redento- 
ras al archipiélago de las Antillas y hasta las 
Canarias j Filipinas. 

El Libertador de Colombia y redentor de tres 
repúblicas, se habia trazado su itinerario político 
y militar, desde las bocas del Orinoco y las costas 
del Pacífico hasta el estuario del Plata y sus rios 
superiores en el Atlántico, meditando subordinar 
á su poderío las Provincias Unidas, conquistar el 
Paraguay, y derribar el único trono lenvantado 
en América, remontando de regreso la corriente 
del Amazonas en su marcha triunfal al través 
del continente subyugado por su genio. — Estos 
gigantescos planes son en parte del dominio de 
la historia conocida, y lo demás consta de docu- 
mentos diplomáticos que aún no han visto la luz 
pública, pero que existen en nuestros archivos. 

En víspera de su famosa conferencia con San 
Martin en Guayaquil, Bolívar habia brindado 
cuatro años antes en presencia de varios jefes 
argentinos, por el dia en que desplegase sus 
banderas libertadoras en la Plaza de la Victoria 
de Buenos Aires. En Arequipa, después de Aya- 
cucho, trepó delirante á la mesa de un banquete 
ofrecido por el General argentino Alvarado, y 
rompiendo con furor copas y platos bajo el taco 
de su bota, prorrumpió: » Así pisotearé la Repú- 
blica Argentina ! « — Dueño á la sazón de Bolivia, 
teniendo por reserva á su espalda el Perú y Co- 
lombia que le obedecían ciegamente, meditaba 
intervenir en el régimen de las Provincias Uni- 
das, único obstáculo al logro de su dominación 



absoluta. Con tal propósito las amenazaba con la 
guerra, desmembraba su territorio y organizaba 
alianzas en su daño, para poner á raya, — segnn 
lo hacia decir oficialmente, u — los amaños éá 
u gobierno de Buenos Aires y sus máximat 
ü divergentes del plan político y organitacum 
u social (á la Bolívar) que convenía á la Amé- 
u rica u. (Instrucciones del Ministro Pando al 
Enviado del Perú cerca de Bolivia en 1826> : 

Estasamanazas y estos proyectos, encontraban 
eco simpático en el partido de oposición á Bivt- 
davia, así en Buenos Aires como en las provin- 
cias, cuyos jefes iban á pedir á Bolívar sos 
inspiraciones en Chuquisaca, mientras su nom- 
bre resonaba en los disturbios de Tarija y Cór- 
doba; y la prensa oposicionista propiciaba su 
intervención armada, declarando que la Repúbli- 
ca Argentina era incapaz de ser libre y triunfar 
por sí sola del Emperador del Brasil, ni organi- 
zarse sin la asistencia del ^'génio de la América,* 
como por antonomasia le llamaba. 

Fué entonces cuando Rivadavia, poniéndose 
al frente del gobierno supremo de las Provincias 
Unidas, aceptó el reto, y dijo con resolución: — 
» Ha llegado el momento de oponer los principios 
á la espada." — Esta actitud salvó en aqudUa 
ocasión el porvenir de las instituciones verdade- 
ramente republicanas en la América Meridional. 

El gobierno argentino, fuerte en sus princi- 
pios, reaccionó contra el plan absorbente del 
Congreso de Panamá, compuesto de cinco Repú- 
blicas sometidas á la influencia de Bolívar, y el 
proyecto quedó desautorizado, La prensa del 
litoral del Rio de la Plata, empezó simultánea- 
mente á analizar los planes ambiciosos de aquella 
democracia confusa, que era la negación del sis- 
tema representativo-republicano; y estos escrítoé 
que repercutieron en toda la América, encontra- 
ron eco hasta en la opinión general de Colombia 
y en sus poderes públicos. 

El ejemplo de nuestras instituciones demo- 
cráticas,, había ido conquistando voluntades 7 
gobiernos, hasta convertirse en opinión y con- 
ciencia continental. Chile, donde los principios 
argentinos habían cundido, bajo una administra- 
ción modelada por la de Rivadavia, fué la primera 

república que se unió á la resistencia de las Pro- 

• 

víncias Unidas. El Congreso del Perú, que Bolí- 
var habia disuelto y vuelto á convocar para 
imponerle su constitución de gobierno vitaUcio— 
como se la impuso momentáneamente» — se snble- 



SECCIÓN LirERARlA— BEPtJBLlCA a&óSIítiná 



117 



t6 en masa, y se emancipó de su pesada inflnen» 
oía. La República de Bolivia, levantándose contra 
sn Presidente yitalicio j rompiendo sn constitu- 
ción impuesta, convocó nna convención popular 
y nniformó sn sistema con los principios argen- 
tinos. Y hasta Colombia, base militar de sn glo- 
riosa hejemonia, protestó contra sus planes de 
engrandecimiento personal, con su congreso civil- 
mente acaudillado por el Yice-Presidente Santan- 
der, segundo de Bolívar, que era y fué basta sus 
últimos dias un admirador de Rivadavia. 

Fué aquella una verdadera insurrección parla- 
mentaria, en que toda la América republicana 
levantó sus escudos contra la monocracia de un 
grande hombre, que tuvo que retroceder vencido 
ante los principios que se habia imaginado poder 
pisotear como las copas del festín de Arequipa! 

Así fué cómo el genio polítíco de RIvadavia 
hizo prevalecer los principios de las instítuoiones 
libres en las repúblicas independizadas por el 
genio militar j polítíco de San Martin y Bolívar. 
— Los tres murieron en el ostracismo, pero de 
cada uno de ellos se conserva la obra que los glo- 
rifica 

XIV 

El programa de trabajos que Rivadavia formu- 
ló dentro de grandes lincamientos, no está llenado 
aún. Las instítuoiones que él planteó, unas viven 
todavía, 7 las ruinas de otras han servido para 
fundar sobre sus antiguos cimientos, fábricas 
mas acabadas: — el tiempo ha dado el fruto que 
él le confiara ; los presentes continúan la obra, 
perfeccionándola; pero aún queda á los venideros 
mucho por hacer. Por eso Rivadavia sigue presi- 
diendo con su espíritu á la tarea de cada día, y 
gobierna hoy mas que en vida, siendo sus manda- 
tos mejor comprendidos, porque se imponen, va- 
liéndonos de sus propias palabras, ^como leyes 
irresistíbles del imperio del bien u 

El plan de viabilidad que él concibió para dar 
articulaciones ál comercio interior, es el que está 
en ejecución. El Bermejo cuya esploracion confió 
¿ Soria en un barquichuelo sin vela ni remos 
(histórico ) para poner en comunicación á las pro- 
vincias del Norte de la República con el litoral, 
Be navega hoy; y el Ferro-carril Central respon- 
de á la misma idea. El canal de los Andes, cal- 
onlado para dar puerto á las provincias del Oeste, 
batido ejecutado con rieles de fierro; pero el 



canal acuátíco que él proyectó, tiene que hacerse 
y se hará, porque es posible y porque es mas bara- 
to para el transporte, como lo prueban el canal 
del Erie en competencia con los ferro-carriles, 
siendo otra idea suya que cambia simplemente de 
forma por los progresos de la mecánica. El Ferro- 
carril de la Ensenada, está fundado sobre el pri- 
mer camino macademizado que él hizo construir. 

El puerto de Buenos Aires, cuyos planos mandó 
levantar, aún está por realizarse, como está por 

realizarse la perfección ideal con que soñó su al- 
ma generosa. 

Calculando la multiplicación de la oveja fina 
por él introducida, previo que habia de necesitar- 
se del agua inagotable de que carecen nuestros 
campos, y dio el típo de la noria que después se 
ha generalizado, y buscó el agua artesiana en las 
entrañas de la tierra en medio de las burlas de 
sus contemporáneos. Y el agua artesiana, que él 
no encontró, pero que adivinaba, existe! Perfo- 
rada la capa impermeable del sub- suelo, el pozo 
inagotable se forma; quedando únicamente al 
porvenir resolver el problema del agua surgente 
que él buscaba como un nuevo Moisés en el de- 
sierto. 

Previendo que una gran ciudad necesita aire, 
luz y agua como condición de vida sana, delineó 
sus plazas y ensanchó sus calles, proyectó las 
aguas corrientes del municipio, y es obedeciendo 
á su traza y sus inspiraciones, después de haber 
sido dolorosamente aleccionados por la esperien- 
cia, que caen diariamente las casas que obstruyen 
las anchas avenidas que él reservó para sus des- 
cendientes; que se ochavan las esquinas geomé- 
tricamente, como él lo mandó, después de haber 
olvidado por largo tiempo la saludable prescrip- 
ción ; y que las fuentes urbanas manan agua pura 
como una bendición del cielo. 

El está presente en el gobierno, como el ideal 
del mandatario por su iniciativa, su moderación 
animada, y su virtud cívica. Preside nuestros 
parlamentos, como el genio que les dio vida y los 
adiestró en su táctíca; — está en efigie en la es- 
cuela, como el maestro que puso la cartilla en 
manos del niño. Proteje todas las creencias y la 
igualdad de los derechos civiles, por la ley que 
declaró unas y otros eternamente inviolables. 
Activa las corrientes de la inmigración y del capi- 
tal, que él fué el primero en atraer y promover. 
Es el inspirador del progreso continuo, cuyo 
impulso invisible, pero eficiente, obra constante- 



lis 



AMÉRICA Literaria 



mente en el sentido del bien. Está vivo en nues- 
tras almas, y vela hasta el sueño de los muertos, 
en ouja morada proyectó grabar esta insoripoion: 
u Pasaron^ y deicaman esperando I *» 

BABTOLOMé MlTBE, 

GeMbnU, Bz*Pre>ident« de la B«pilbUea Argentina, 
hombre de Estado, Literato é Historiador. 



EL GENERAL BELGRANO 



(Discü&so DSL Fresidkktb dx la Rkpdbica, eh la imaüoü- 

BACIOM DB LA ESTATUA DEL GXHXKAL BbLORAVO. ) 

Conciudadanos: 

Llenamos uno de los mas nobles deberes de la 
vida social, rindiendo homenaje á la memoria de 
los altos hechos que inmortalizan el nombre de 
uno de nuestros antepasados. Un montículo de 
tierra sobre los restos mortales de un héroe, fué 
el primer monumento humano. Las pirámides 
eternas del Ejipto conservan aun el plan de esta 
arquitectura primitiva, y es hoy idea aceptada 
que, alrededor de una tumba, se despertó en el 
hombre, aun salvaje, el sentimiento religioso que 
nos liga al Ser Supremo, y empezaron á bos- 
quejarse la familia, el orden social y las leyes. 

Cuando el sentimiento artístico, innato como 
el religioso en nuestra alma, se hubo espresado 
en las formas plásticas de la belleza, la estatua 
suplantó al Mausoleo; y nosotros mismos, los 
últimos venidos á participar de las bendiciones 
de la civilización, repetimos lo que la Grecia y 
Roma haoian para perpetuar la memoria de sus 
héroes, de sus padres y de sus grandes ciudada- 
nos. Ante la imagen de uno de nuestros hom- 
bres públicos, repetimos este acto instintivo de 
nuestra especie, volviendo á lo pasado, trayendo 
hacia nuestra época, y legando á la posteridad 
el recuerdo en hombres y hechos de nuestro orí- 
gen, como pueblo que tiene hoy su puesto con- 
quistado y aceptado entre las naciones del mundo. 

Aunque nuestra alma sea inmortal, la vida, 
en los estrechos límites que la naturaleza ha 
asignado al hombre, es pasajera. Pero la especie 
humana se perpetúa hace mil siglos, dejando 
tras sí, entre el humo de las generaciones que se 
disipan en el espacio, una corriente de chispas 



•que brillan un momento, y pueden, segim ra 
intensidad y duración, convertirse en lumina- 
res, en llama viva, en rayos perpetuos de luz, 
que pasen de una á otra generación, y se irradien 
de un pueblo á otro, de un siglo 4 otro si^^o, 
hasta asociarse á todos los progresos futuros de 
la sociedad y ser parte del alma humana. 

¿ Quién se profesa republicano, y no siente oi 
su espíritu rebullirse el alma de Washington, la 
última y mas acabada personificación de las vir- 
tudes públicas; la mayor de todas, hacer triunfar 
el derecho sin apropiarse los despojos de la vic- 
toria, trazando el camino por donde habrán de 
avanzar los demás pueblos hacia la conquista de 
la libertad? 

Hay, pues, una inmortalidad humana que se 
adquiere por el genio, la abnegación ó el sacrifi- 
cio; pudiendo estenderse, según la perfección é 
influencia de aquellas virtudes, á un pueblo, á 
toda la tierra, á un siglo, á todos los que le snee- 
dan mientras exista la raza humana. Belgrano, 
cuya efijie contemplamos, participa para nos- 
otros, y en la medida concedida á cada uno, de 
esas cualidades que hacen al hombre vivir mía 
allá de su época. Hace cincuenta años que desapa- 
reció de la escena, y no ha muerto, sin embargo. 
Apenas se oorserva el recuerdo de la casa en qae 
nació aquí, y todas las ciudades y pueblos argen- 
tinos lo reclaman como suyo. Su apellido puede 
estinguirse según la sucesión de las generacio- 
nes; pero dos millones de habitantes desde ahora 
lo aclaman Padre de la Patria. 

No es la biografía del General Belg rano la que 
intentaría trazar, para dar mas vida al bronce, 
que la que le ha comunicado el artista. Belgrano 
era muy hombre de la época crespnscular en qne 
apareció. General sin las dotes del genio militar, 
hombre de estado sin fisonomía acentuada. Sos 
virtudes fueron la resignación y la esperanza, la 
honradez del propósito y el trabajo desintere- 
sado. 

Su nombre, empero, sin descollar demasiado, 
se liga á las mas grandes faces de nuestra Lide- 
pendencia, y por mas de un camino, si queranos 
volver hacia el pasado, la candorosa figura de 
Belgrano ha de salimos al paso. 

Cuando el Gobierno, agradecido, quiso premiar- 
lo, por la memorable victoria ganada en Tnon- 
man en este dia, disminuyendo su pobreza fundó 
con el premio cuatro Escuelas Primarias, las 
primeras, que cuatro ciudades, que son hoy capí- 



SECCIÓN LITERAEIA— BBPÚBLiCA argentina 



119 



tales de Provincia, yeian abrirse para la educa- 
ción de 8U8 hijos. Acaso algun Senador hoy, 
asistdó á alguna de ellas en su niñez. 

Estos desYelos por levantar al pueblo de su 
postración intelectual, sin lo cual no hay liber- 
tad duradera; su empeño de establecer la moral 
relajada en escuelas y ejércitos; su profundo 
sentimiento religioso que difundía sobre el solda- 
do, para santificar la causa de la Independencia, 
poniéndola bajo la protección de la Virgen de 
Mercedes que conserva aun el bastón del mando, 
depositado por él al pié de su imagen en Tucu- 
man ; su eclipse de la escena, cuando en los tiem- 
pos de discordia y de guerra civil como dice 
Tácito, t* el poder pertenece á los mas perversos, u 
su muerte oscura; su carrera tan gloriosa, tan 
olvidada, todo esto lo caracteriza como á Riva- 
davia, como el General Paz y á otros; y es esa 
la base firme que se asienta la estatua que hoy 
levantamos en su honor. 

Los primeros movimientos del patriotismo 
americano, se sienten en el alma de Belgrano. 
Funda la primera Escuela de Educación Cien- 
tífica que existió en Buenos Aires, pues Charcas 
y Córdoba eran hasta entonces el centro de la 
civilización colonial. 

Como el malogrado Montgomery que llevó en 
vano al frí jido Canadá la noticia de que sus her- 
manos estaban en armas para conquistar la liber- 
tad, Belgrano llevó al tórrido Paraguay la ense- 
na de la nueva patria. La historia castiga á los 
retardatarios de la primera hora. El Canadá es 
todavía dominio de la corona, como el Paraguay 
menos feliz, por haberse tapado los oídos al llama- 
do de sus hermanos, entonces, cayó en las redes 
sombrías del tirano Francia, en las garras del 
tigre López, y todavía no ha visto el último dia 
de sus tribulaciones. 

Como Franklin, Belgrano fué á buscar acomo- 
do con la dinastía real, para poner término al 
conflicto, y como Franklin volvió desesperando 
de la prudencia y de la previsión humana á acti- 
var el Acta de nuestra Independencia. 

En nombre del pueblo argentino abandono á la 
contemplación de loa presentes, la Estatua Ecues- 
tre del General D. Manuel Belgrano, y lego á las 
generaciones futuras en el duro bronce de que está 
formado, el recuerdo de su imájen y de sus vir- 
tudes. 

Que la bandera que sostiene su brozo flamee por 
siempre sobre nuestras murallas y fortalezas, á lo 



alto de los mÁstiles de nuestras naves, y ala cabe» 
za de nuestras legiones ; que el honor sea su alien' 
to, la gloria su aureola, la justicia su empresa! 

Todos los Capitanes pueden ser presentados 
como en esta estatua, tremolando la enseña que 
arrastra las huestes á la victoria^ 

En el caso presente, el artista ha conmemorado 
un hecho casi único en la historia, y es la inven- 
ción de la Bandera con que una Nueva Nación 
surjió de la nada colonial, conduciéndola el mis- 
mo inventor, como Porta-Estandarte. Nuestro 
signo, como nación reconocida por todos los pue- 
blos de la tierra, ahora y por siempre, es esa 
Bandera, ya sea que nuestras huestes trepasen 
los Andes con San Martin, ya sea que surcaran 
ambos Océanos con Brown, ya sea, en fin, que 
en los tiempos tranquilos que ella presagió, se 
cobije á su sombra la inmigración de nuevos 
arribantes, trayendo las Bellas Artes, la Indus- 
tria y el Comercio. 

Tal dia como hoy, el General Belgrano en los 
campos de Tucuman, con esa Bandera en la mano, 
opuso un muro de pechos generosos á las tropas 
españolas; que desde entonces retrocedieron y no 
volvieron á pisar el suelo de nuestra Patria, 
siendo nuestra gloriosa tarea, de allí en adelante, 
buscarlas donde quiera conservasen un palmo de 
tierra en la América del Sur, hasta que por el 
glorioso camino de Chacabuco y Maipú fueron 
solo escalones, nos dimos la mano en Junin y 
Ayacucho con el resto de la América, indepen- 
diente ya de todo poder estraño. 

Y sea dicho en honor y gloria de esta Bande- 
ra. Muchas repúblicas la reconocen como salva- 
dora, como auxiliar, como guía en la difícil tarea 
de emanciparse. Algrmas, se fecundaron á su 
sombra; otras, brotaron de los jirones en que la 
lid la desgarró. Ningún territorio fué, sin em- 
bargo, añadido á su dominio; ningfun pueblo 
absorvido en sus anchos pliegues; ninguna retri- 
bución exijida por los grandes sacrificios que nos 
impuso. 

En la vasta ostensión de un continente entero» 
no siempre son claros y lejibles los términos que 
Dios y la naturaleza imponen á la actividad de 
las grandes familias humanas que pueblan la 
tierra. ¿ Cuál es la ostensión de la que cubre hoy 
y protejo nuestra bandera? 

La Itepública Argentina ha sido trazada por 
la regla y el compás del Creador del Universo. 
Ese anchuroso Bio que nos dá nombre, es el 



120 



AMÉRICA LITERAEIA 



alma y el cerebro de todas las rejiones qne sus 
agftias bañan. Puerta de esta América que abre 
bácia el ancho mar que toca al umbral de todas 
las naciones, por ahí subirían ríos arriba con la 
alta marea del desarrollo, las oleadas de hombres, 
de ideas, de ci^lisacion que acabarán por trans- 
formar el desierto en Nación, en pueblo. Aquí, 
en estas playas, han de cambiarse los productos 
de tan vasta oya, de tantos climas, por los que 
hayan en todo el globo preparado siglos de cul- 
tura, y la lenta acumulación de la ríqueza. Aquí 
ha de hacerse la trasmutación de las ideas; aquí 
se amalgamarán las de todos los pueblos; aqui 
se hará su adaptación definitiva, para aplicarse 
á las nuevas condiciones de la existencia de pue- 
blos nuevos sobre tierra nueva. 

No hablo del porvenir. Es ya, este sueño de 
nuestros padres, un hecho presente. 

Hé ahí, en esos millares de naves, nuestros 
misioneros hasta el seno de la América. Ved ahí 
en la masa de este pueblo el ejecutor de la gran- 
de obra, acudiendo de todas partes á alistarse en 
nuestras filas, y por el trabajo, la industria, el 
capital, las virtudes cívicas, hacerse miembro de 
la congregación humana que lleva por enseña en 
la procesión de los siglos hacia el engrandeci- 
miento pacífico, la Bandera bi-celeste y blanca. 

Esta Bandera cumplió ya la promesa que el 
signo ideográfico de nuestras armas espresa. Las 
Naciones, hijas de la guerra, levantaron por 
insignias, para anunciarse á los otros pueblos, 
lobos y águilas carniceras, leones, grifos, y leo- 
pardos. Pero en las de nuestro escudo, ni hipó- 
garifos fabulosos, ni unicornios, ni aves de dos 
cabezas, ni leones atados, pretenden amedrentar 
al estranjero. El Sol de la civilización que albo- 
reaba para fecundar la vida nueva; la libertad 
con el gorro frijio sostenido por manos fraterna- 
les, como objeto y fin de nuestra vida; una oliva 
para los hombres de buena voluntad; un laurel 
paralas nobles virtudes; he aquí cuanto ofrecieron 
nuestros padres, y lo que hemos venido cumplien- 
do nosotros, como repúbli^^a, y harán ostensivo á 
todas estas regiones como Nación, nuestros hijos. 

Hasta la esclusion del sangriento rojo, del 
blazon de todos los pueblos, hasta el color celeste 
quo no tiene escrutura propia en la heráldica, se 
avienen con la idea dominante en este emblema. 

Las fajas celestes y blancas son el símbolo de 
la soberanía de los reyes españoles sobre los domi- 
nios, nó de España, sino de la corona, que se 



estendian á Flandes, á Ñapóles, á las Indias; y 
de esa banda real hicieron nuestros padres divist 
y escarapela, el 25 de Mayo, para mostrar que 
del pecho de un Bey cautivo, tomábamos nuestra 
propia Soberanía como pueblo, que no dependió 
del Consejo de Castilla, ni de ahí en adelante, del 
disuelto Consejo de Indias. 

El General Belgrano fué el primero en hacer 
flotar á los vientos la Banda Real, para coronar- 
nos con nuestras propias manos. Soberanos de 
esta tierra, é inscríbimos en el gran libro de las 
naciones que llenan un destino en la historia de 
nuetra raza. Por este acto levantamos una esta- 
tua en el centro de la plaza de la revolución de 
Mayo al General Porta- Estandarte de la Repú- 
blica Argentina. 

Y si la barbaríe indíjena, 6 las pasiones per- 
versas intentaron alguna vez desviamos de aquel 
blanco que los colores y el escudo de nuestra 
Bandera señalaban á todas las jeneraciones que 
vinieran en pos, reconociéndose argentinas á su 
sombra, los bárbaros, los tiranos y los traidores 
inventaron pabellones nuevos, oscureciendo lo 
celeste para que las sombras infernales reinasen y 
enrojeciendo sus cuarteles para que la violencia 
y la sangre fuesen la ley de la tierra. En Caseros 
esta era la Bandera que enarbolaba el Tirano con- 
tra el proscrito pabellón que volvía para ^lastar 
la sierpe, con sus hijos dispersos en toda la Amé- 
ríca. En Caseros por la unión de los partidos, 
reaparecieron esas dos manos entrelazadas, como 
siempre lo estarán en defensa de la Patria. Al 
dia siguiente de Caseros vuestras madres y her- 
manas; ¡ oh pueblo de Buenos Aires! tiñeron de 
celeste telas, para victoriar á los libertadores; 
porque, sea dicho para recuerdo del odio de los 
tiranos á nuestra Bandera, en 1852, no habiaen 
una gran ciudad civilizada, emporío de un gran 
comercio, una vara de tela celeste para improvi- 
sar un pabellón ; y una generación entera existía, 
que no conoció los colores de la Bandera de sa 
Patria. Eáe pendón negro con sus gorros san- 
grientos es, por fortuna nuestra, el que en los In- 
válidos de París, recuerda la ruptura de la cadena 
con que Rosas intentó amarrar la libre navega- 
ción de los ríos. 

La Bandera blanca y celeste, ¡Dios sea loado! 
no ha sido atada jamás al carro tríunfal de nin- 
gún vencedor de la tierra. 

La petipieza de la horríble trajedia que con- 
cluyó en Caseros se está representando ahora es 



SECCIÓN LITEEARIA — república argentina 



121 



la otra márjen del paterno Kio; y no seria estra- 
go que oyéramos desde aquí los cañonazos con 
qne acaso en estos momentos, nuestro pabellón 
somete los últimos restos de la barbarie y de los 
oandillos. Hé aquí el pendón de la rebelión, qne 
solo pide, al parecer, empapar en sangre el de la 
Bepública. Habíalo dejado olvidado el General 
ürqnisa al tomar la Bandera Nacional por saya, 
á fin de hacer servir la victoria para fnndar la 
Magna Carta de nnestras libertades. XJn asesino 
la reoojió del suelo y para simbolizar la barbarie 
y el crimen lo opone rebelado á la Bandera Na- 
cional. La traición á la Patria está detrás de ese 
sangriento trapo. 

Al abandonarlo á la execración de los presen- 
tes y de los venideros, no temáis qne hiera senti- 
mientos, ni ann preocupaciones nobles del pueblo, 
ni de las masas entre-rianas. Allí, en aquella esco- 
jida fracción de nuestro territorio, el sentimiento 
nacional se agita mas vivo, si cabe, que en parte 
alguna de él. 

La vil trama del rebelde vencido, sorprendió 
^ las poblaciones, merced de las tinieblas de la 
noche, y amanecieron bajo el imperio de la rebe- 
lión, que muchos aceptaron por las funestas divi- 
siones de partido, que á tantos estravian. 

Cerremos los ojos sobre ese cuadro y contem- 
plemos el presente, que él vindica el nombre 
entre-riano del baldón que han querido arrojarle 
los traidores. 

Batallones de infantería entre-rianos guar- 
neciendo las ciudades; los ejércitos nacionales 
considerablemente aumentados por regimientos 
numerosos de caballeria de la misma Provincia; 
el guardia nacional Miguel Ocampo, arrancan- 
do de la mano de un traidor la enseña de la 
rebelión y empapándola en su propia sangre, 
realizando con ese hecho, acción igualmente he- 
roica que el lejendario Falucho, muriendo al pié 
de esta misma Bandera en las fortalezas del 
Callao, libradas por traición al enemigo; la 
Banda Oriental llena de emigrados, los bosques 
pululando de prófugos, las islas pobladas de esca- 
pados, ¿dónde está el pueblo rebelde entre-riano, 
en que quiere apoyarse la traición ? Si : hay trai- 
dores es cierto; hay algunos miles de oprimidos, 
liay niños y ancianos arrastrados por la leva, 
retenidos por el terror del degüello, generales y 
aventureros estranjeros: hé ahí el ejército y el 
poder de la rebelión. 

Quiero que el último paisano que en este 



momento sufre los rigores de la estación y las 
fatigas de la guerra por vivir siempre & la som- 
bra de esta Bandera, sepa que el Gobierno de su 
Patria tiene en cuenta su humilde, pero valioso 
sacrificio, porque dá lo único que posee, que es 
la vida, pues ni un hombre tiene el pueblo anó- 
nimo que en'la guerra se Uama sAdado. Sepan 
los valientes y fíeles entre-rianos que están com- 
batiendo, que con ello ponen el capital al edificio 
de nuestra nacionalidad, y cierran para siempre 
el abismo de las segregaciones del territorio que 
recibimos en herencia de los fundadores de la 
Bandera Nacional. 

Al terminar la historia, la misión y los obstá- 
culos con que ha luchado esta Bandera, necesito 
añadir que aun le falta recibir como hijos suyos, 
millares de los que aquí están presentes y que la 
acatan y saludan como huéspedes. 

En los Estados- Unidos, nuestros predecesores 
y compañeros de peregrinación en este Nuevo 
Mundo, no hay estrangeros, sino los viageros 
que visitan sus playas. Hay dos millones de ale- 
manes ciudadanos, y otros tantos irlandeses, in- 
gleses y de todo orí jen, hasta venidos del Celeste 
Lnperio: Aquí la amalgamación marcha con mas 
lentitud. Acaso el fuego sagrado de la Libertad 
no es tan vivo todavía, para fundir las naciona- 
lidades y hacer correr el duro bronce del pueblo 
regenerado, en que la humanidad vá á presentar 
un nuevo tipo americano. 

No importa. La Providencia sigue aquí otro 
sendero, tal vez. Debemos á la España la sangre 
que corre en nuestras venas, y cuando la desgra- 
cia afiije á sus hijos, podemos pagar las de sus 
héroes, los Solís, los Ayalas, los Irala, los Gkuray, 
que se sacrificaron por fundar estos pueblos. Ha- 
brá patria y tierra, libertad y trabajo para los 
españoles, cuando en masa vengan á pedírnosla 
como una deuda. Y para los Italianos, cuya histo- 
ria es la de los pueblos de nuestra lengua, cuya 
arquitectura es el ornamento de nuestros edificios 
cuyas bellas artes con intérpretes como Bistori, 
Tamberlick, Mansoni y tantos otros, que nos han 
visitado embelleciendo la existencia, habrá siem- 
pre una carta de ciudadanía para ellos y sus des- 
cendientes; y nuestros ríos y nuestras ciudades 
y nuestros campos, para teatro de sus variadas 
industrias. 

Y los hijos de la Francia, que tanto ha sufri- 
do por la redención de la inteligencia, que tantos 
errores ha cometido, rescatándolos y rescatan- 



122 



AMERICA LITERARIA 



doBe por la gloría 6 el patríotismo, tendrán bajo 
esta bandera, ancho Ingar en nuestros gustos, en 
nuestra cultura y en nuestras ideas. 

T la poderosa Albion, laenérjica raza inglesa, 
cuya misión parece ser someter el mundo bárbaro 
de Asia, Af ríca y de los nuevos continentes é 
islas al influjo del comercio, é improvisar nacio- 
nes que trasplantan el Habeas Corpus, la libertad 
sin tumulto, la máquina y la industria bienveni- 
da fué siempre, y bien empleados serán sus capi- 
tales en las grandes empresas que completan 
nuestra existencia como nación civilizada. 

Y á todas las nacionalidades de la tierra, cuyos 
hijos tocan estas playas en busca de un lugar 
para hacerse un domicilio y una pátría, ofrezco- 
les en nombre del pueblo que esta Bandera repre- 
senta, la protección que ella dá gratuitamente, 
recordándoles solo, que el hombre es familia, 
tribu, nación, con deberes para con los demús, y 
que los sentimientos mas generosos, el heroismo, 
la gloria, el amor de la patria, se amortiguan no 
ejercitándolos; y que la elevación del alma huma- 
na desciende y desaparece con la satisfacción 
esclusiva de las necesidades materiales. 

Conciudadanos : 

Una nación está destinada á prevalecer, cuan- 
do obedece en su propio seno á las inmutables 
leyes del desenvolvimiento humano. 

Sin el espíritu de conquista, Roma vive en 
nosotros con sus códigos, como Grecia con sus 
artes plásticas, su lengua y sus instituciones 
republicanas, completadas por el sistema repre- 
sentativo: Acaso es Providencial que debamos 
existencia y nombre á Colon y á Américo Yes- 
puoio; y si Chkribaldi ha de tener su parte en la 
reconstrucción de la Italia romanizada, su lugar 
en la historia lo eonquistará, mezclando aquí su 
sangre á la nuestra, para endurecer los cimien- 
tos de nuestra constitución, libre, republicana, 
representativa. 

Hagamos fervientes votos, porque, si á la con- 
sumación de los siglos, el Supremo Hacedor lla- 
mase á las naciones de la tierra para pedirlas 
cuenta del uso que hicieron de los dones que les 
deparó, y del libre albedrio y la inteligencia con 
que dotó á sus criaturas, nuestra Bandera, blan- 
ca y celeste, pueda ser todavía discernida entre 
el polvo de los pueblos en marcha, acaudillando 
cien millones de argentinos, hijos de nuestros 
hijos hasta la última generación, y deponiéndola 



¡ sin mancha ante el solio del Altísimo, puedan 
mostrar todos los que la siguieren que en civili. 
zacion, moral y cultura intelectual, aspiraroa 
sus padres á evidenciar, que en efecto fué creído 
el hombre á imagen y semejanza de Dios. 

Domingo F. Sarmiento. 

GrmL. rrt»«tdent« de la RepúbHo». Literato y hombre d« Bitodo. 



INAUGURACIÓN DEL PARQUE "TRES DE 

FEBRERO" 



(Dúcurso del Presidente de la Bepública) 

Señores: 

He obedecido la indicación del Presidente de 
la Comisión, y queda plantado por mis manoe 
un árbol en conmemoración de esta fiesta. 

Es la Magnolia Americana del bosque primi- 
tivo, con BU blanca flor salvaje, que pueblos 
numerosos de la América enredaban en el suelto 
cabello de sus jóvenes mujeres, como símbolo de 
pui*eza. Podemos nosotros adoptarla como em* 
blema de la intención sana y del propósito bueno 
que hemos tenido al ejecutar las obras de este 
Paseo público que entregamos hoy al solaz del 
pueblo, con sus lagos, sus sombras y sus grandes 
avenidas, que encuadran dentro del horizonte 
vasto y solemne, — por un lado los monumentos 
de la ciudad vecina, y por otro el espectáculo de 
las aguas del Plata, dilatándose en ondulaciones 
vagas, azuladas, infinitas. 

Habéis espresado, señor Presidente de la Co- 
misión, el pensamiento de todos, al afirmar qne 
la Nación debe estar presente con su aynda, 
donde quiera que se agita un proyecto de interés 
público buscando medios para su realización. Lo 
había dicho en otra ocasión, y lo repito bajo U 
solemnidad del momento, en presencia de nüs 
conciudadanos. Esta obra de un paseo público 
en la grande y bella ciudad de la BepúbUot, 
cosmopolita para los extranjeros, común psrs 
los argentinos, es una obra eminentemente nacio- 
nal según la Constitución que llevamos escrita 
en nuestros corazones. ¿ Quién, después de haber- 
se asociado á nuestra vida, puede ignorar lo qne 
esta ciudad de Buenos Aires es para nosotros, y 
oomo todo lo que contribuye á ataviarla en sos 
galas de pueblo civilizado y libre, dá tono y grtn. 
deza al orgullo, al sentimiento, á la dignidad 



SECCIÓN LITEEARIA — bepublica abgentina 



123 



argentina? Podemos nombrarla como el poeta 
latino á Boma : — alma parens. 

Habéis llamado, señores de la Comisión, al 
nuevo Paseo, «Parque 3 de Febrero «, ligándolo 
al recuerdo de la victoria obtenida sobre la tira- 
nía de Rosas. 

Debíamos apresuramos. El tirano que vive 
en Southampton cuenta ya ochenta años, j pues- 
to que le ha sido acordada vida tan larga, era 
necesario que no continuara arrojándonos al 
rostro una ironía sangrienta, al mostrar en su 
« Palermo de San Benito u el Paseo favorito de 
Buenos Aires. El viejo y rústico Palermo es 
desde hoy mas el Parque 3 de Febrero, y osten- 
tará pronto en sus fuentes de aguas surgentes, 
en sus estatuas, en sus calles rectas 6 curvas, y 
en sus bosques artísticamente formados para dar 
sombras y luz al paisaje, cuanto las artes, el 
buen gusto y el sentimiento de lo bello ofrecen 
en los parques de Santiago de Chile, de New- 
Tork, de París y de Londres, como una suave 
voluptuosidad á los sentidos, como un encanto á 
la imaginación ó un llamamiento á los senti- 
mientos mas elevados del hombre. 

Después de haber visto levantarse en las már- 
genes del Sena aquella Comuna de París ilus- 
trando su horror á la tiranía con los resplandores 
de la antorcha del incendiarío, cuando la llama 
del petróleo habia quemado el Louvre porque la 
edificaron los monarcas del derecho divino, y las 
Tullerias porque se desplegara allí entre pompas 
imperiales el despotismo armado que gobernó la 
Europa al redoble de sus tambores, no debimos 
ni pudimos pensar que era menester, en odio al 
tirano, sembrar de sal este suelo, y abandonarlo 
para siempre, dejando crecer la yerba en los 
caminos. 

Pensamos mas acertadamente. Creímos que el 
horror á las tiranías puede convertirse en un 
sentimiento de destrucción ciega, cuando no se 
halla vivificado por el amor al progreso y á la 
libertad. El espírítu de los pueblos libres es 
cristiano. No es iconoclasta. Depura, restaura, 
santifica el monumento por nuevas advocaciones; 
pero no lo destruye. 

Era mejor convertir la mansión sombría del 
tirano cauteloso en jardines cultivados al uso del 
pueblo. ¿ Dónde hay, á la verdad, otro espectá- 
culo igualmente democrático demostrando mejor 
nivelados los rangos, y que cada hombre por fin 
es siempre igual á otro hombre, como el que se 



presenta cada dia en un paseo público? Las con- 
diciones sociales desaparecen. Todo lo que pue- 
den mostrar de precioso ó raro los favorecidos 
de la fortuna en sus jardines ostentosos, es aquí 
el patrimonio común. 

El hijo d^l pobre y el hijo del ríoo mesolarán 
bajo estos árboles al gríto jubiloso de los pája- 
ros, sus juegos igualmente inocentes. No son 
gotas de sudor ilustre ú oscuro sino gotas de 
sudor humano, las que vendremos á secar por la 
tarde en la frescura de las fuentes, tras del tra- 
bajo afanoso del dia, como no son trístezas de 
pobres ó de ricos las que sentiremos removerse 
en nuestras almas, cuando atraídos por los silen- 
cios de la noche callada, hayamos penetrado en 
la gran avenida del bosque, escuchando el ruido 
de las hojas que se despiertan bajo nuestros pa- 
sos, y viendo á lo lejos las cimas oscuras y ele- 
vadas de los últimos árboles caer en sombras 
gigantescas sobres las aguas. 

Estos trabajos, como los otros que la Nación 
tiene emprendidos, no han cesado durante la 
guerra, y serán proseguidos activamente, á pesar 
de la disminución de las rentas públicas. Así, 
después de dejar instalada en el extremo límite 
de nuestro dominio civilizado una Estación de 
ferro-carril, que reemplaza al fortin militar de 
las fronteras, vengo á presidir esta fiesta deco- 
rada por los esplendores de la cultura mas avan- 
zada, al mismo tiempo que escuchamos el silbato 
de la locomotora que nos llamará pronto á pre- 
senciar su entrada tríunfal en las lejanas Pro- 
vincias del Norte de la República. Oigo, sin 
embargo, decir que estos hechos son'citados como 
signos de decadencia. Debe haber una pasión 
visible ó encubierta tras de estas afirmaciones; 
— y solo querría advertir á los que las profieren, 
con la gran voz del Dante Allghieri — «Tomáis 
por una noche profunda vuestra sombra que pasa 
llena de vanidad «. 

Señores de la Comisión Auxiliar del Parque 3 
de Febrero : Habéis desempeñado cumplidamente 
vuestra tarea — Señor Presidente de la Comisión: 
Después de haber tenido el honor de la iniciativa, 
os ha tocado una parte principal en la ejecución, 
y debo recordar que habéis así siempre comple- 
tado las grandes faces de vuestra vida pública, 
uniendo el pensamiento á la acción. 

Señor Gobernador de Buenos Aires — Señores 
de la Comisión — Señoras y Señores: Reunámo- 
nos todos para entregar al dominio de la culta 



124 



AMÉRICA LITERARIA 



Ciudad de Baenos Aires, la primera sección de 
sn vasto Paseo. Principiaremos desde mañana 
á consignar la estadística de sus concurrentes, 7 
estos crecerán cada ano por millares y hasta por 
millones, cambiándose de este modo radicalmente 
las habitudes sedentarias que distinguen á las 
poblaciones de nuestro origen. Los paseos públi- 
cos, ejerciendo una atracción irresistible sobre la 
masa de los habitantes, sirven para mejorar, 
ennoblecer y elevar los sentimientos de las mul- 
titudes, y pueden contribuir á dar formas cultas 
y suaves á las luchas duras y severas que engen- 
dra la vida democrática. Hago votos para que 
nuestra Comisión escriba en uno de sus próxi- 
mos informes, estas palabras que encuentro en 
un discurso del Presidente de la Comisión del 
Parque Central de New- York: — //Desde que 
nuestros paseos públicos son mas concurridos, 
nuestras elecciones políticas empiezan á ser 
menos agitadas //. 

Horas melancólicas del crepúsculo de las tar- 
des, rayos primeros del Sol naciente, murmullos 
de los vientos que formáis sobre las aguas y 
en los bosques la voz doliente de las noches, 
coloco bajo vuestros inefables misterios que os 
ligan con los movimientos mas secretos del cora- 
zón humano, las avenidas, los lagos, los jardines 
del Parque 3 de Febrero. Cada generación ven- 
drá á mezclar verdades, sueños, pasiones, al mo- 
vimiento de las hojas de sus árboles, hasta que 
la naturaleza y el hombre, con sus estrechos 
enlaces y sus afinidades íntimas, desciendan 
igualmente bajo el eterno reposo. 

Nicolás Avellaneda. 

Presidente de la BepúbUoa, Literato y Hombre de Estado. 
Buenos Aires, 1875. 



INAUGURACIÓN DEL FERRO-CARRIL CEN- 
TRAL DEL NORTE 



(Digotino del Presidente de la Bepública) 
SeÑOBES : 

La primera y la mas estensa Sección del Fer- 
ro-Carril del Norte queda inaugurada. 

La locomotora, después de haber recorrido 
centenares de leguas, ha entrado, por fin, en la 
tierra prometida, — la tierra del Sol ardiente, del 



suelo fecundo y del laurel altivo que ha abatido 
sus frondosas hojas para alfombrar su paso. 

Ella ha venido: — y ella es la industria, el 
comercio, el arte, la ciencia, la poesía, la condne- 
tora de hombres y la regeneradora de pueblos. 

Esta tierra es desde hoy suya; y yo le entrego 
en dominio perpetuo los árboles de la selva vir- 
gen, la caña azucarada, el café aromático, el añil 
con sus vivos tintes y los productos todos del 
suelo intertropical, para que los derrame pródiga 
y triunfante por los demás pueblos privados de 
estos dones. 

Las creaciones geológicas han pasado pan 
dar lugar á una nueva que no es producida por 
cataclismos ciegos — la transformación del mon- 
do por el ingenio humano. Vivimos en esta 
América los dias maravillosos de otro Génesis, 
— y será contado entre ellos el día en que le vio 
por vez primera á la locomotora partir desde el 
magestuoso Estuario del Plata, agitando sus alas 
de relámpago y volando sobre rieles de acero, 
para detener, después de breves horas, su carrera 
vertiginosa, en el centro del Continente y á la 
falda del Anconquija. 

Subiremos luego la montaña y espaciando lai 
miradas por los horizontes luminosos, divisare- 
mos desde las excelsas cumbres los nuevos desti- 
nos de estas regiones. 

El primero y grande esfuerzo está realindo. 

— La locomotora se encuentra al pié de los 
Andes. — Los Andes están en la América, para 
atestiguar nuestros grandes hechos. ^Cnando 
queremos contar la epopeya de la guerra, deei- 
mos : — » Traspusimos con San Martin los An* 
des tt, — No ejecutamos ya otras hazañas sino las 
del trabajo creador y pacífico, pero no daremos 
por terminada la tarea, sino cuando podamos 
también decir: — u Hé ahí el último canto de la 
nueva epopeya. — Las ramificaciones de los An- 
des no nos han detenido y tendemos el último rí^ 
de fierro al frente de la frontera boliviana. — He- 
mos luchado con el coloso mismo ; y éste ha incli- 
nado de nuevo ala ardua frente para ^^paseotn 
vez el vencedor^, — Hé ahí á la locomotora triun- 
fante, cambiando la geografía del Continente f 
ligando el Océano Atlántico al Océano Paoífieo". 

Pero detengámonos en esta jomada del gn^ 
camino. — Hé ahí la gran Ciudad del Tucuman;— 
y quiero presentarla á los recien venidos. 

Era apenas una aldea y fué elegida como nna 
trípode, por el genio de la revolución, para !»• 



SECCIÓN LITÉRABIA— BBPÍBLiCA aegíntina 



125 



sar desde su recinto aquel grito que hizo alborear 
los korisontes de medio mondo. Creció desde 
entonces amando la libertad 7 execrando á los 
tiranos; y cnando nno de eUos estendia por la 
tierra del Argentino sn ominoso imperio, Tnon- 
man se levantó casi sola en santa y patriótica 
lucha, oonyooó á sns hermanas del Norte y fué 
á la gnerra. 

¿Para vencer P Nó. Tenia tan solo la sed de 
la consagración y del martirio : y el noble pueblo 
se abrió estoicamente las venas, para que noso- 
tros podamos hoy decir qne las tiranías no aver- 
güenzan, cnando han suscitado héroes por la 
desesperación y derramado hasta la fatiga, san- 
gre de mártires. 

Todo esto ya pasó. No tenemos hoy por delante 
sino á Tncnman, la industriosa y la bella. 

¿ La veía elevando con esfuerzo los blancos 
campanarios de sus iglesias sobre la corona de 
naranjos y limoneros que la circundan? El 
naranjo y el limonero que producen flores y fru- 
tos, que embalsaman el ambiente de las tardes 
con sus perfumes, alimentan al pueblo y dan 
techumbre á sus hogares, son sus árboles predi- 
lectos porque son su emblema, asociando lo útil 
á lo bello.^No hay suelo hermoso, sino el suelo 
fecundo. 

Buscaremos mañana al Tucuman de la leyenda 
poética y lo encontraremos penetrando en la 
espesura de las selvas, escuchando sus rumores 
sordos que parecen los ecos doloridos de una 
lejana y vaga tristeza, ó viendo descomponerse 
los rayos vividos del sol sobre las copas movedi- 
zas de los árboles, para caer en hebras de luz 
matizadas de colores infinitos. 

Pero lo encontraremos aun mas, cuando haya- 
mos ascendido sobre la cumbre de las montañas, 
en medio de la transparencia de la atmósfera que 
aleja y hace desaparecer los horizontes, viendo 
los bosques descender en graderías hasta la lla- 
nura, y ésta abrirse y dilatarse en panoramas 
formados por los árboles, por las sombras y por 
los variados matices del campo fértil; al mismo 
tíempo que el ojo abarca el mayor espacio some- 
tido jamás á su inspección, el pecho se dilata y 
se respira con espansion indecible, repitiendo 
instintivamente los versos de Goethe que Hum- 
boldt recordó en las cimas del Chimborazo. 
u Sobre la montaña mora la libertad u. 

Oigo decir que este Tucuman poético desapa- 
recerá en breve, porque el humo de la locomo- 



tora espesa la atmósfera y empaña los cielos. 
No lo creo. 

XJn país es doblemente hermoso, cuando á los 
maravillosos aspectos de la naturaleza se han 
agregfado las creaciones del arte. La Grecia no 
desplegó por completo la fascinación de sus 
prestigios, que después de veinte siglos encantan 
aun la memoria, sino cuando el pincel de Fidias 
animó los blancos mármoles de Paros, y cuando 
hubo atraído por el comercio, las industrias y los 
cultivos de otros pueblos, al mismo tiempo que 
los pintores imitaban en la pureza de sus líneas 
la suavidad de sus horizontes y los poetas busca- 
ban la luz fulgente de sus creaciones en el ma- 
jestuoso esplendor de sus cielos. 

La naturaleza se embelleoe y se completa bajo 
la acción fertilizante de la industria. — Lo que 
vemos, lo que admiramos en los valles y en las 
montañas, no ha tenido hasta hoy por autores, 
sino los tres artífices primitivos: — el aire, el 
agua y la luz del sol. ¿Cuántos prodigios se 
producirán, cuando se agregue á ellos el trabajo 
viril é inteligente, cuando ningún hilo de agua 
descienda de la montaña para insumirse estéril, 
cuando el árbol espontáneo y el árbol cultivado, 
la fior de las praderas y la fior de los jardines, 
entretejan sus ramajes ó confundan sus per- 
fumes? 

La inteligencia humana habrá entonóos pasa- 
do como un soplo de vida animando la segunda 
creación. El nuevo Tucuman se presentará al 
viajero transformado y embellecido — y si Dios 
nos depara la suerte de verlo otra vez, lo saluda- 
remos con el grito de admiración del poeta 
latino: ¡Oh mater pulcra filia pulcrior! — Oh hija 
mas hermosa que iu madre hermosa!! 

Señores: — El ferro-carril que hoy inaugura- 
mos, vá á ponerse al servicio de un pueblo que 
practica las instituciones libres, cultiva el suelo 
y educa á sus hijos.' — Ha sido acogido entre 
transportes de entusiasmo, porque viene en hora 
oportuna, cuando las industrias creadas lo espe. 
raban para dar otros mercados á sus productos. 
— El azúcar tucumana se consume después de 
veinte dias en Córdoba y llega en estos momen- 
tos al Litoral. La apertura de esta via es así 
bajo todos los aspectos un acontecimiento nacio- 
nal, y su influencia se hará muy pronto sentir 
en los consumos del país entero. 

Señores: — El hecho presente, es garande, pero 
no debemos absorbemos en su contemplación.— 



126 



AMÉRICA LITERARIA 



No nos es permitido olvidar que solo estamos en 
una estación del camino, que las dos grandes 
yias férreas que bascan por el Oeste y el Norte 
los confines de la República, no pueden quedar 
suspendidas, porque ellas llevan dentro de sus 
líneas paralelas el progrreso para los pueblos j 
la unidad para la República. No hay crisis para 
los trabajos necesarios y ampliamente reproduc- 
tivos; y deben ser siempre atendidos en los dias 
de escasez, con poco, y en los dias de abundancia 
con mucho. 

Permitidme ahora una espansion personal, que 
es la primera y que será la última en mis discur- 
sos públicos. 

He vuelto á mi ciudad natal tras de largos 
años — Quería despuee de tantas fatigas ver nue- 
vamente los rayos de su sol y esperaba anhelante 
las brisas tibias de la tarde que jugaron con mis 
cabellos de niño, para que refrescaran mi frente 
con su blando y perfumado aliento — Doy gracias 
á todos, por haber encontrado esas acogidas 
penetradas de cariño y palpitantes en su efu- 
sión, que identifican á un hombre con millares 
de hombres y que hacen esperímentar la suprema 
de las emociones, — la ebriedad del corazón. 

Nicolás Avellaneda. 

PrMldente de la BepáblicA. Literato y Hombre de EeUdo 

Tueuman, 1876. 



LA poesía 



El Correo abre desde hoy una sección que 
llevará por título Poesía Americana. En ella 
trataremos de reunir las inspiraciones notables, 
las verdaderas perlas de la Musa del Nuevo 
Mundo, pensadas y escritas en el hermoso idioma 
castellano, desde el €h)lfo de Méjico hasta el 
Rio de la Plata, sin predilección hacia ninguno 
de los Estados en que se halla subdividida la 
vasta tierra que fué conquista española. 

Una clasificación trazada á compás, es útil 
para el estudio de las flores de un herbario; pero 
importuna y fastidiosa cuando se trata de flores 
poéticas, cuya lozanía se agosta y cuyo aroma se 
desvanece, desde que la palpa la mano avejentada 
y pedantesca de la retórica. Las nuestras apare- 
cerán en desorden, como producen las suyas las 
márjenes de los rios patrios, desiguales en el 



tamaño, en el color, en la forma; humildes unai 
y melancólicas como la flor-del-aire y la pasio- 
naria; otras arrogantes, embriagradoras y volup- 
tuosas como la roaa de todo el año, la díamela y 
las encendidas arirumas. 

Pero no por esto habremos de proceder tm 
alguna regla. Será la que nos guie, la que está 
escrita con caracteres misteriosos, en el corazón 
de quien le tiene acostumbrado á recojer tcdaí 
las gotas generosas del sentimiento, todas Us 
chispas del entusiasmo, antes que caldas al suelo 
se mezclen con el lodo ó con la ceniza. Cuando 
una página en verso nos haga pensar, ó nos 
oprima el pecho, ó nos acelere el movimiento de 
la sangre, la trasladaremos inmediatamente á lai 
del Correo, seguros de que producirá en sus lec- 
tores la misma impresión que nos causó á nos- 
otros; mostrando así, que, lo que se llama el buen 
gusto, no es otra cosa mas que una centeUa, 
componente indispensable de toda alma humana, 
que si no brilla á veces, es por falta de un wp\o 
que la avive. Hé aquí nuestra estética y noestrt 
arte poético. 

Ah! no desdeñéis los versos, vosotros espiritas 
positivos que os afanáis en prosa por lograr los 
bienes tangibles de este mundo ! Reflexioniid nn 
momento y veréis que un endecasílabo bien hecho 
tiene todas las calidades de una guinea inglesa 
—el sonido metálico, el brillo, la gracia perfec- 
ta del sello, la buena ley y el peso íntegro,— 
y que por esta razón los renglones que acuñaba 
el genio de Byron, se cotizaban á la par de 
las libras esterlinas sobre el mostrador de sn 
librero. 

Hay pobres de espíritu, que en servicio de lo 
que entienden por moral, levantan como á mane- 
ra de un cordón sanitario de libros indi jestos, en 
tomo de las mariposas de su cariño que consti- 
tuyen la ventura de sus hogares. Pero qué, ¿no 
se aperciben que con esa táctica paraguaya, las 
echan á volar por los desiertos, espuestas al pico 
voraz de mil aves de pésima ralea? Denlas por 
el contrario un rumbo salvador en las correrías 
de la imaginación. Su mejor piloto será un poeta, 
y la mas segura barquilla de su aerostático, na 
libro de versos selectos. La mujer nacida en el 
Paraíso en medio de fantasías, seducciones j 
deseos, fraguará á su modo, entre puntada J 
puntada de su costura, poemas enmarañados é 
imposibles que la produzcan vértigo y caldas, si 
no se los dan hechos de antemano por algnno de 



SECCIÓN LITERARIA — república argentina 



127 



esos maest]?os del corazón, diestros en educarla 
j en oonduoirle con riendas de seda. 

Las cosas mas vitibles se nos esconden entre 
las sombras d« nuestras distracciones. Desdeña- 
mos la poe^ia mientras que todo es música 7 
poesía en la naturaleía, puesto que cantan las 
sTes, susurran las ram^ y los arroyos, y silba 
el huracán, tn las montañas, en la cima de las 
ondas hinchadas del mar. £1 libro por excelen, 
cia, la fuentf perenne df la mejor moral, el que 
rabosa en espíritu de sabiduría, ya que le dictó 
el Espíritu Santo; el código de nuestra religión, 
en una palabra, está escrito en verso con el cála- 
mo de los Tates. David lo era, y compuso en rima 
sa Salterio para que fuese mas digno de Jehová. 
Job se lamenta en consonantes hebraicos, y los 
Profetas vieron lo futuro porque estaban dota- 
dos con los ojos inspirados de aquellos seres que 
Tíven en el porvenir. 

Por consentimiento unánime de las naciones 
eivilisadas, los maestros primeros de la juventud 
8on los poetas. Virgilio, Horacio, desde que rena- 
cieron las letras, son quienes abren las puertas 
del alma á la claridad de lo bello, imprimiendo 
el carácter de su inteligencia á cuantos cultivan 
sus facultades intelectuales en las escuelas y 
liceos. Sus nombres, sus gustos, sus ideas, á 
manera de ondas que cunden sin detenerse ni 
agotarse, pasan de generación en generación, 
rejuveneciéndose por medio de mil traducciones 
y comentarios que dan á luz las imprentas de 
ambos mundos. 

Los grandes reyes y los héroes famosos, nece- 
sitan para no caer en profundo olvido, que la 
muio piadosa de la historia los levante, de tiem- 
po en tiempo, de sus tumbas. Los grandes poetas 
áempre están vivos en la memoria, y nacen dia 
á dia, como soles, sobre el inmenso horizonte de 
la literatura. 

El poeta es el único mortal que se trasustan- 
cie en pueblo y se convierta en muchedumbre; el 
único capaz de interpretar en lo presente, en el 
üempo que fué, en el que ha de venir, la índole, 
el sentimiento y las aspiraciones de toda una 
nación. El alma de Schiller es el alma de la 
Alemania. Dante es después de seis siglos, el 
representante lejítimo de la Italia, en el dia que 
se incorpora unida y casi íntegra en la Asam- 
blea de las naciones independientes. Los dias de 
esos mortales se cuentan por centurias, y las 
fiestas natalicias que se les consagra, son solem- 



nidades seculares como las que la antig^io^lad 
consagraba á los Dioses. 

El hálito de los pechos que ellos saben conmo- 
ver, es el fluido que los levanta á tan eminentes 
alturas. Todas las opiniones, todas las ciencias, 
los intereses mas rivales, se ponen de acuerdo 
para aplaudirlos y para amarlos. Son como luce- 
ros del cielo estrellado, sublimes, hermosos para 
cuantos pueden levantar la vista mas arriba del 
techo de sus casas. 

La sing^aridad de este destino de los poetas 
se esplica por la función que desempeñan: está 
prevista por el mismo Dios. Si el océano oare' 
ciese de ciertas sales con que le dotó aquel gran 
químico, sus aguas estarían muertas y pestilen- 
tes como las de un lago maldito. La poesía es el 
grano de aroma que mantiene incorruptible á la 
sociedad que se ajita en el piélago de sus malas 
pasiones. Es la oración al cielo que nos le vuelve 
propicio y nos alcanza su misericordia; es el 
vínculo de unión de nuestros espíritus con el 
eterno espíritu. Allí donde hay poesía, hay san- 
tidad, consuelo, alegría, porque ella es bálsamo, 
brísa y luz. 

Su poder se manifiesta y se encierra en un 
átomo, como el incendio en una chispa. Tanto 
puede contenerse en un poema como en un ren- 
glón, y basta una pajina inspirada de poesía 
para inmortalizar el nombre de quien la sus- 
cribe. Santillana, Manriquez, Cetina, Alcázar, 
son nombres imperecederos en la literatura poé- 
tica de la España, y sin embargo las obras 
completas de estos afamados autores podrían 
contenerse en veinte pajinas in 8°. Con la mejor 
prosa no habrian conseguido semejante milagro, 
ni llegar hasta los tiempos actuales presentando 
tan cortos renglones como título á la celebridad. 
D. Alfonso Tostado, por ejemplo, con todo el 
bagaje de sus veintisiete infolios de opera amma, 
apenas es conocido per uno que otro teologazo y 
por la polilla, y solo ha conseguido con su prodi- 
giosa facundia que se le tenga por modelo, un 
tanto irrisorio, de constancia en ennegrecer 
papel blanco. 

La lectura de los poetas es una necesidad 
impuesta por la naturaleza, é impera tanto en 
nosotros como la de nutrimos. Hasta las horas 
de este pasto de nuestra sensibilidad, están seña- 
ladas en la sabiduria de su código. Al comenzar 
el dia, entre el rumor de los aires mansos y las 
agracias á Dios u de los seres que despiertan del 



128 



AMERICA LITERARIA 



rueño; en la tarde, á la liu mustia del último 
rayo del sol que nos abandona, esperímentamos 
ciertas sensaciones yagas j melancólicas caja 
significación solo pnede dárnosla la ciencia del 
alma, que es la poesía. Entonces apelamos á los 
poetas, 7 ellos nos preparan con sus himnos 
armoniosos á comprender la solemnidad del dia 
6 de la noche en que Tamos á entrar, y á condu- 
cimos como hombres durante las veinte y cuatro 
horas de ese instante que media entre la aurora 
j el ocaso del sol. 

8i hay cielos y climas propicios á la imajina- 
oion como los de Grecia é Italia, deben contarse 
entre ellos los del Nuevo Mundo, en donde sus 
primeros descubridores creyeron hallar el Pa- 
raíso terrenal, y admiraron constelaciones desco- 
nocidas y esplendentes. No solo el mundo mate- 
rial se agrandó con el hallazgo de América, 
sino que tomó creces con él la fuerza intelectual 
del hombre, á quien vemos desde ñnes del siglo 
XY, desplegar mayor inventiva y audacia. Colon, 
piloto y cosmógrafo, se transforma en poeta en 
presencia de las primitivas y fragantes florestas, 
y dirijo á los Reyes Católicos aquellos bellísimos 
trozos de poesía descriptiva, rebosando en pro- 
fundo sentimiento de la naturaleza, que la histo- 
ria nos ha dado á conocer con el humilde título 
de cartas. Su vida misma es una odi<«ea, así 
como las narraciones de las proezas de los con- 
quistadores pueden considerarse como Romance- 
ros escritos con sus espadas tintas en sangre de 
indíjenas. 

Pero existen hechos mas positivos para demos- 
trar la influencia que nuestro continente ejerce 
sobre las facultades de crear y de sentir. Los 
españoles no han notado esos hechos ó intenoio- 
nalmente los han dejado sin mención, siendo así 
que se manifiestan por sí mismo. ¿ Cómo podrá 
negarse que la musa épica de los castellanos, es 
Una Amazona americana? En sus manifestacio- 
nes mas robustas y bellas, es hija lejítima y fruto 
propio de las rejiones vírjenes en donde la luz, 
el aire, el agfua, los vejetales, revelan misterios 
al pensamiento y á la espresion de quienes com- 
prenden y oyen ese lenguaje. 

Convienen los mejores críticos en que los poe- 
mas sobresalientes del parnaso de nuestros padres 
son tres: la Araucana, el Bernardo y la Cristia- 
da. Pues bien, todos tres fueron escritos en 
América. El primero, por el noble batallador 
EroiUa; el segundo por un obispo, maestro tanto 



ó mas que Ovidio y Petrarca en achaques dri 
corazón, apellidado Yalbuena; el tercero por u 
santo varón que parece embriagado en el amor 
del crucificado cual hubiera bebido el vino hecho 
sangre de la última cena. En estas tres produe- 
clones resalta sin esfuerzo el sello impreso por al 
lugar en que fueron concebidos. Las octavas de 
Ercilla resuenan como clarines de guerra y pin- 
tan caracteres inquebrantables y hechos de bra- 
vura y de patriotismo dignos de los hijos jtmis 
domados de las selvas y breñas de Araaoo. Ls 
impetuosa fantasía de Yalbuena corre con extre- 
mada libertad en sus cantos y compUcadoe ^iso- 
dios, á remedo del magnífico desorden con qos 
la naturaleza sembró los bosques de ceibas y 
desató los tortuosos torrentes sobre el suelo de 
las Antillas. T, bajo la apacible atmósfera de ls 
ciudad de los Reyes ¿ qué otras inspiraciones que 
las del amor y de la caridad pudieran despertane 
en las sensibles entrañas del Padre OjedaP 

Antes que la civilización cristiana penetrtse 
en América, era ya muy estimado en eUa el 
talento poético. 

Algunos príncipes mejicanos, difundieron lie 
máximas de la moral, lloraron su esplendor de- 
caído y celebraron los primores de la naturale- 
za, bajo las formas de la poesía. El nombre de 
Haravicus con que se distinguían los vates du- 
rante el reinado de los Incas Peruanos, significa 
en lengua de los mismos, inmenlor, probando ssi 
que exijian de sus cantores el ejercicio de la nuu 
alta facultad del espíritu humano. La voz de los 
haravicus, según el testimonio de Garsilaso, se 
alzaba en los triunfos, en las grandes solemnida- 
des del imperio; y sus poesías como la historia 
estaban destinadas á perpetuar el recuerdo de las 
hazañas y de los acontecimientos nacionales. 

Mas no por eso estaba encerrada esclusivamen- 
te la poesía en aquellos emporios de civilisaci(m 
antigua. Las tribus indómitas que inspiraron 
los cantos de Ercilla, tenían sus Jempin nombre 
espresivo que significa «'dueños del decir*, y qne 
comviene perfectamente á los poetas de Araaoo, 
estando á la opinión de uno de sus mas afamados 
cronistas. 

Quienes adoraron al astro del dia como ánade 
sus primeras divinidades, debieron esperimentar 
el entusiasmo que distingue al poeta, ayudándo- 
se para espresarlo de las imajénes pintorescas 
propias de los idiomi^ primitivos. Por esa raion 
I es, que según los viajeros en América y sus M" 



dECCION LlTEBABIA—BiPÚBLiCÁ aroentiná 



129 



BMroK» biftoriadores, oad no haj una tribu, ya 
mmn en las llanuras 6 en las montañas, que no 
p<í6ea sus Yarones inspirados y su poesía mas 6 
menos rústioa. 

Cuando la lengua de Castilla se arraigó en la 
parte meridional de nuestro oontinente, sus hijos 
eariqueeieron á la madre patria ^no menos oon 
les tesoros de su suelo que oon sus aventajados 
talentos que íeoundisa un sol ardiente y desar^ 
rolla una naturaleía grandiosa y magnítíca^v <i). 
Ellos oantaron en el habla de Mena y de León, 

no oon rodft uunpoña 
tino oon lira grare <2) 

y muchas y muy losanas hojas del Laurel de 
Apolo, dejó caer el monstruo de los ingenios 
españoles sobre sienes amerioanas. 

D. Juan de Alaroon, guia del gran Oomeille 
en sus mas celebrados adertos, y la virgen meji- 
osna (Sor Juana Liés de la Cruz), no son los 
unióos nombres gloriosos del Parnaso Ameri- 
cano en la época colonial. Oña, Castellanos* 
Agoirre, Delso, Olayide son los precursores de 
Nsfarrete, que riyaUsa con el autor de la i' Noche 
Serena^ en elevación y candor; de Gbrostisa, 
que logró colocarse á la par de Moratin, entre 
Martines de la Bosa y el fecundo Bretón de los 
Herreros, y de otros muchos que, como Lavarden 
en el Bio de la Plata, cultivaban la literatura 
poética espontáneamente y casi sin estímulo. 

Por entonces el sonido de las liras americanas 
se perdia entre el grande concierto de las espa- 
ñolas: el hilo de agua, por decirlo así, se engol- 
faba sin dejar huella en el mar ¿ cuyo aliento 
oontribuia. Pero la revolución política que con- 
virtió los Vireynatos en Repúblicas, encordó con 
bronce aquella lira. Y como la única ocupación 
de los braios fué el manejo de la espada, y la 
vieloria la esclusiva inspiratrix del ingenio, el 
carácter de la poesía, durante la lucha de la 
emancipación, fué puramente guerrero. 

Entonces canta Femandes Madrid al Podre 
de Colombia y á los LibertadoreM de VeneMuela ; 
Lopes entona su himno imperecedero; Olmedo 
etemisa el nombre de Juntn á par del suyo; y 
otros muchos, entusiastas y nobles, siguen el 
Mrre de la victoria hasta el término de su 



(1) D. I. Ochoa—TMoro del Teatro Español, T. Y. 

(2) Lope do Vega — 'Laarel de Apolo*, publicado por pri* 
Tes en 1080, haUando de nn antiguo poeta dtOeno. 



De entonces hasta los dias actuales, toma la 
poesía otra dirección en América. 

Los poetas pudieron pensar en sí mismos é 
interesar oon sus dolores ó con sus dichas perso- 
nales. Las flores, el cielo, la mujer, la natura- 
leza, la tradición histórica, los recuerdos, en ñn, 
Idjos del silencio, entraron como colorido en el 
pincel del poeta. Aquellos mismos que antes can- 
taron á los héroes, cantan á las Roscu, ó vierten 
á la lengua materna las descripciones de Delille 
ó los pensamientos de Pope. Pesado traduce á 
David y se inspira en los sagrados libros. Várela 
(infatigable atleta poético) traduce á Horacio y 
muere con la Eneida en la mano, esforzándose 
por continuar la versión de este poema. 

Todos nuestros escritores en verso han res- 
petado religiosamente las conveniencias de la 
decencia y de la moralidad y cada uno ha podido 
escribir al frente de sus producciones estas pala- 
bras de un vate de la antigüedad: ^ Sacerdote 
de las Musas, canto para las almas inocentes y 
puras, u La trivialidad no tiene sonido en la lira 
americana. Sus notas son levantadas y nobles, 
como son grandiosos los objetos de la naturaleza 
que la inspira. El cinismo y las provocaciones á 
la risa, propias de las literaturas aolycosas y 
artificiales, se buscarán en vano entre los bue- 
nos versos firmados por nuestros poetas. 

Téngase presente que el poeta americano es 
un ser activo, mezclado al movimiento de la vida 
social; ya magistrado, ya orador parlamentario, 
ora ministro de Estado, ora capitán de una com- 
pañía ó general de un ejército: escribe en verso 
cuando el sentimiento ahoga por su abundancia 
la idea que solo en prosa tendria representación 
adecuada, ó cuando quiere apoderarse de la ima- 
gpinacion de sus conciudadanos. 

Esta gran familia que sentamos en el hogar 
de estas páginas, no se compone de miembros 
contemplativos, aislados de la sociedad á que 
pertenecen, ni de meros artifioes de producciones 
literarias encomendadas por un editor, ó escritas 
por oficio. Es la familia de la América militante 
representada por sus hijos mas genuinos, por los 
corazones mas ardioites, por las mentes mas 
claras: es la América pensadora revelando su 
civilización actual y anunciando la que la espera 
para lo futuro. Léanse sus cantos y se verá que 
esa civilización es tan perfecta como puede exi- 
girla el siglo; que tiene por base la generosa 
libertad, amor al hombre oomo á lo bello, interés 



130 



ÁMÉEICA LITEEAEIA 



hacia todos los problemas cuya resolución inte- 
resa á la humanidad y nna fé ciega en los bie- 
nes prometidos por la democracia, cuyo estable- 
cimiento radical es la obra del presente para 
repúblicas del habla española. 

Juan Mabia Gutiérrez, 

Utento. Poeto « Htttoiiador. 



LAMARTINE 

La noticia de la muerte de Mr. de Lamartine, 
cundió por el mundo como un relámpago que 
iluminase una tumba; tumba sagrada del genio, 
cuya herencia recoge ya la posteridad enterne- 
cida. La gran voz que se ha apagado para siem- 
pre, no resonó solamente en el corazón de la 
Francia. Esa voz pura y melodiosa en sus cantos, 
atronadora y sublime en las borrascas políticas y 
en la defensa de la humanidad, de la libertad, de 
la justicia y de la patria, se derramó por los 
ámbitos de la tierra durante medio siglo en 
ondas vibrantes de grandiosa elocuencia. 

Y taiibien nosotros poníamos el oido á esos 
acentos inspirados, ya nos llegasen bajo la forma 
de tiernas elegías, de flamantes odas, ya en ora- 
ciones magníficas, y fijos los ojos en la brillante 
constelación de las obras del insigne escritor, no 
nos cansábamos de admirar hasta en las negli- 
gencias y en las rápidas improvisaciones de su 
fecunda vena, la variedad maravillosa y la vasta 
plenitud de su talento. El manantial copioso 
dónde todos hemos ido á refrescar, á ennoblecer 
nuestro espíritu, ha cesado ya de brindamos sus 
cristalinas aguas. ; Lamartine no existe ! . . . 

Si la naturaleza tuviese el sentimiento de las 
cosas. Horaria, sin duda, al mas gentil de sus 
amantes. El meditó sobre sus secretos augustos, 
la contempló reconcentrado en sí mismo oon el 
pensamiento en las alturas, de donde bajaba for- 
talecido á sondear los abismos del corazón huma- 
no; habló de ella en el idioma de Platón cuando 
á orillas del Iliso dejaba correr su libre y gene- 
rosa facundia; la pintó oon los colores arrebata- 
dos al iris; aprendió para traducírnoslo en versos 
fáciles, imitativos y cadentes, el murmullo de los 
vientos, el canto de los pájaros, el fragor de los 
torrentes en la agreste montaña y las ondula- 
ciones armónicas de aquel lago romántico, tran- 



quilo espejo de los délos, donde todos hemos 
navegado alguna vei, y que columpió en su 
olas suspirantes la frágil barca de su felicidad y 
de su amor, eternizado por su numen divino. 

¿En qué tiempos, bajo qué estrella pareció 
en las letras el inspirado vateP ¿Cuál fué ú 
carácter de sus obras, su influencia literaria 7 
el papel que le tocó representar en su peregri- 
nación por este mundo P A tales interrogadones 
apenas se puede contestar en el limitado eq>aoio 
de un periódico. Pero haremos lo que los viaje- 
ros que pasan rápidamente por las costas de Is 
Ática: dibujaremos las clásicas cumbres á Is 
vista y las columnas en pié de los templos der- 
ruidos. 

La época en que el poeta empezó á flgurar, es 
ya del dominio de la historia. 

Alejandro, dice Séneca, arrebató á las ciuda- 
des de la Grecia lo mejor que tenían : la libertad 
á los Lacedemonios, la elocuencia á los atenien- 
ses. Otro tanto pudo decirse de Napoleón i y de 
la Francia. Allí el canon tenia la palabra. £1 
estro radiante de juventud de Andrés Ghenier 
se habia eclipsado entre vapores de sangre, mien- 
tras el eco de sus himnos se perdía confundido 
en el estrépito de los clarines de Austerlitz y 
Marengo. Las 3f usas, estremecidas, habían huido 
al fondo de los bosques sagrados. Entretanto, 
las huestes imperiales, en la embriaguez de sa 
gloria, soñaban con avasallar el universo, olvi- 
dando lastimosamente el César, su soberbio cau- 
dillo, que no las armas, sino las ideas, tienen el 
poder de perpetuar sus conquistas. Vino la Bes- 
tauracion y con ella una especie de renacimiento 
de las buenas letras, que hacia recordar la época 
de Luis ziv ó de los Médicis. 

Lamartine ha narrado con maestría ese perio- 
do brillante de la historia y de la literatura de 
su patria, pero sin asignarse en éí la parte prin- 
cipal que le cupo en la dirección de los ánimos, 
al lado de Mme. de Stael y de Mr. de Chateau- 
briand, ni señalar el encanto oon que mas pro- 
fundamente que nadie penetró en las almas y se 
inmortalizó en la memoria de los hombres. 

Sus Meditaciones cayeron sobre la frente dolo- 
rida de la Francia como una guirnalda de flores 
venida del Olimpo. Todos se apresuraron á aspirar 
aquellos perfumes nuevos y agrestes, que al diz 
siguiente de las pavorosas refriegas, hacían soñar 
con las delicias de la Arcadia. Aquellos versos He- 
nos de luz y de rocío refrescaban el alma. Lss 



SECÓION LITERABIA— REPÚBLICA argentina 



131 



armonías de la radiante juventad se desprendían 
de aquella Ura de oro, como de un manantial guar- 
dado por el ángel de los dulces recuerdos y de las 
lágrimas espontáneas y puras. El Parnaso fran- 
cés no conocía esos acordes. Bonsard, coronado en 
los juegos florales, que á pesar de su pedantesca 
erudición j de sus extravagantes neologismos, 
tuTO en la oda titulada: i' De la elección de mi 
sepulcro n acentos de verdadera ternura: Du Be- 
llay, ensalsando á Venus en sus u Juegos rústi- 
cos « con ligereza y gracia inimitables: Bertaut, 
cantando en ondulantes estrofas, que un siglo 
entero lia repetido, el recuerdo de la felicidad 
pasada: Mallierbe, el severo y cadencioso depu- 
rador de la lengua: Juan Bautista Rousseau, en 
sus odas solemnes y sus angélicas cantatas: Le- 
franc de Pompignan, en los raptos líricos de sus 
poesías místicas tomadas de los salmos y de las 
profecías: los enamorados caballeros Bertin, y 
de Pamy, comparado por sus contemporáneos á 
Tibulo: Millevoye, el conmovido cantor de ^El 
poeta moribundo u j áe ^ La caída de las hojas » ; 
Andrés Cbenier, bañado en los esplendores in- 
mortales de la musa antigua, todos ellos repre- 
sentantes del lirismo francés en su mas alta 
espresion, no dan una idea de la nueva poesía 
que se presentaba llena de unción patética, de 
elegíante molicie, de voluptuosa morbidez, de 
incensado misticismo, de melancolía arrobadora 
y estática. Circulaba en esos versos radiosos el 
soplo virginal de la aurora y brillaba en ellos 
como un reflejo del alma tierna de Petrarca- 
Tenían la transparencia, la melodía que se ad- 
mira en las composiciones de Kacine, y á veces 
la vigorosa entonación y la sublimidad de Cor- 
neille. El poeta había bebido en todas las fuentes 
de la inspiración : Dios, la naturaleza, el arte y 
el amor. Empero lo que dominaba en sus cua- 
dros era principalmente el colorido, la frescura, 
la luz. El numen de Lamartine flotaba en el 
éter como en su elemento natural. El conocía 
las altas cumbres donde tronaba el genio volcá- 
nico de Byron, y donde mas tarde debía remon- 
tarse el genio de Hugo, para recorrer los espa- 
cios como el profeta Elias en su carro dé fuego; 
pero amaba mas los valles nativos, llenos de re* 
cuerdos y de apacibles sombras, — la gruta mus- 
gosa donde la Náyade murmura á las violetas 
pálidas «US mas dulces secretos, — el penacho de 
humo de la cabana del pastor perdiéndose entre 
los celajes de una tarde de otoño, — ^las frescas 



islas del golfo de Ñápeles donde un día debía de 
encontrar á Grazíella, semejantes en su perpetuo 
júbilo á las cestas de flores que las canéforas 
griegas alzaban graciosamente en sus brazos en 
las fiestas de las Panaténeas. 

Confidente de la naturaleza, dejábase arrullar 
por todas sus caricias. La índole de su talento 
se avenía mal á los impetuosos arranques de la 
imaginación, de donde proviene que el horror, 
las pasiones en convulsivo tumulto, no entraban 
en el dominio de su imperio. La poe^a, decía él, 
*t es la emoción por lo bello n, y bajo el influjo 
de esta idea y de este sentimiento, hermoseó 
cuántos objetos rozaron las alas de su rutilante 
fantasía. No es esto decir que no se encumbrase 
á elevadas esferas. Su vuelo, sin embargo, no es 
el del águila, sino el de la paloma; la paloma 
que lleva en el pico la rama de olivo, símbolo 
de paz y de esperanza. Lamartine entró, pues, 
triunfante por las puertas de la vida. A sus pri- 
meros ensayos, acogidos con tan calorosos aplau- 
sos, siguieron multitud de poemas, ora coleccio- 
nados, ora sueltos, raudal armonioso de noble y 
elevada poesía. 

¿A qué reflexiones, á qué influjo se sometió su 
ingenio? (jQué rayo celeste coloreó y maduró el 
fruto de su imaginación ? ¿ Cuál era, según él, la 
misión excelsa reservada á la poesía en la socie- 
dad moderna? Nosotros principalmente creemos 
en los instintos soberanos, que en las naturalezas 
superiores atizan el fuego de la inspiración. No 
obstante, dejemos hablar á Lamartine; él nos 
dará la clave de sus convicciones artísticas. En 
el prólogo de las '^ Meditaciones^, interrogán- 
dose respecto al carácter que debe revestir la 
poesía en nuestros días, y á su tendencia mas 
natural y declarada, se contesta á sí propio: ' la 
poesía será la razón cantada; hé ahí por largo 
tiempo su destino; será filosófica, política, social, 
como las épocas que el género humano vá á 
atravesar; será íntima, sobretodo, personal, me- 
didativa y grave; no ya un juego del espíritu, 
un capricho melodioso del pensamiento ligero y 
superficial, sino el eco profundo, real, sincero, 
de las mas altas concepciones de la inteligencia, 
de las impresiones mas misteriosas del alma; 
será el hombre mismo y no solo su imagen, el 
hombre sencillo en su perfecta integridad, u 

No bastaba á la poderosa organización del 
poeta el dulce clima de las verdes colinas donde 
le coronaron las Musas. Necesitaba mas ámbito 



láá 



AMÉRICA tilTÉÉAftíA 



y mas luz: partió para el Oriente. Lnegfo él 
mismo escribió su espléndida odisea, llena de 
interesantes peripecias, de mórbidos y pastosos 
paisajes, de resplandecientes descripciones, de 
reflexiones profundas, de amena y galana emdi. 
cion. De melta á sus bog^ares, despnes de la 
revolución de Julio, el Toto de sus conciudadanos 
lo elevó al Parlamento. La tribuna fué para 
Lamiurtine el Sinaí dónde la libertad vino ¿ 
iniciarle en sus grandezas. Allí el idealista soña- 
dor, e8pai;piendo tesoros de sublime doctrina, 
mientras bombres prácticos discuten las cuestio- 
nes políticas, se ocupa de las cuestiones sociales 
bajo el punto de vista humanitario y filosófico. 
Sus colegas, que admiran su facundia, se sonrien 
de su fé candorosa. Mas el mundo, poco atento á 
los detalles administrativos calorosamente deba- 
tidos en la Cámara francesa, escucba con entu- 
siasmo creciente al fervoroso tribuno que defien- 
de la libertad en las costumbres y en las leyes, 
y que, inspirándose en el evangelio, propugna en 
magníficas arenga.s por la emancipación de los 
esclavos, la abolicicm de la pena de muerte y la 
fraternidad universal. 

Cercano estaba el tiempo en que, conquistan- 
do la opinión, bablaria al pueblo desde una mas 
encumbrada eminencia. El orador, como si qui- 
siera levantar un pórtico por donde pasase la Be- 
pública, escribe la » Historia de los Girondinos </, 
que no es sino la dramática epopeya de la revo- 
lución francesa. En vano ba de buscarse en este 
libro famoso aquella simplicidad tan recomenda- 
da por Quintiliano y por Lengüino. El pensa- 
miento, en él, á modo de una ave de riquísimo 
plumaje, se guarece en la frondosidad del estilo, 
que corre oon un clarisimo resplandor de pala- 
bras, fluido, insinuante y vivaz, á través de las 
atrevidas metáforas y de deslumbrantes hipér- 
boles, buscando el cauce profundo de las ideas 
que por todas partes se desbordan. En esa obra 
monumental y excesiva, que seduce, contra los 
preceptos del arte, y en que el historiador parece 
haber escrito sus juicios sobre la tripode ardiente 
de la Pitonisa, todo, hasta el crimen, se encuen- 
tra embellecido. — Si hiciéramos una critica, con- 
denariamos esa falta de energía moral. Pero lo 
que por una parte es censurable, viene por otra 
á atestiguar el mágico poder del escritor, que en 
«u bondad ingénita, en su candoroso optimismo, 
se inclina oon frecuencia á las atenuaciones, 
como si el hombre, frágil instrumento de la 



voluntad suprema, arrastrado por la ola su. 
grienta de las revolucicmes, no mereciete ónó U 
compasión acá abajo y el perdón en el seno de 
la misericordia divina. 

Sea como fuere, los Girondidos son mas qae 
un libro. En ese drama se encuentra una gakrla 
de estatuas severas, iracundas, nobles, bdks, 

« 

gloriosas; las sombras de los verdugos y las We- 
timas contemplan oon asombro la patria rege- 
nerada al resplandor del incendio que loa unos 
atizan y en que la mayor parte perecen : inmo- 
lación expiatoria de muchos siglos de degrada- 
ción y esclavitud. En el fondo del tremendo 
cuadro, se alza velado entre nubes el tea^^o 
egregio de la Libertad, y en el santuario de es» 
templo, como un lábaro de redención, la bandera 
de la República, que el pueblo enardecido ante el 
grandioso espectáculo y los heroicos recuerdos 
del pasado, se lanza á arrebatar para ir á golpear 
oon su asta fuerte el viejo alcázar de los reyes, 
que antes de preguntar quién les demanda, huyen 
despavoridos entre la turba de sus fámulos azo- 
rados, á ocultar en el extranjero su derrota y sn 
afrenta. 

La revolución del cuarenta y ocho llevó al 
poder á Mr. de Lamartine: nueva y culminante 
faz de su t^npestuosa carrera. — Due&oyade la 
autoridad, fortalecida por su elocuencia que se 
ha tomado formidable, realiza inmediatamente, 
en comunidad oon sus colegas, los sueños que los 
incrédulos calificaban ayer no mas de ilusorias 
utopias. Proclámase la República, las penas mas 
bárbaras desaparecen de la legislación, suprfmsse 
el juramento y la pena de muerte por delitos 
políticos, dictándose al mismo tiempo la libertad 
de los esclavos. Los huérhmos, los proletarios, 
los desvalidos, encuentran en el gobierno prori- 
sorio protección y amparo. Semejante reaookm 
no podia efectuarse sin un sacudimiento terrible. 
Las corrientes subterráneas que minan al suelo 
de la Francia, estallaban á la ves y remontaban 
en olas aterrantes hasta el Ejecutivo, amena- 
zando inundar la nación entera con desoiadara 
pujanza. En el momento supremo Lamartine 
tomó sobre hÍ el empeño de conjurar la teaq)e8- 
tad. Armándose con la espada de la palabra, 
según la expresión bíblica, fulminó la anar- 
quía, conquistando para sí en el puita<to de la 
historia su rango al lado de los maa .gvandN 
oradores. 

Algunos han abrigado dudas x«spaot<> á«ui 



áÜCCIOÍT LITEHÁBIÁ— BBPÚBLIOA ÁBOBNTINA 



m 



íáoaltades de gobierno, y hasta se le ha acusado ' 
Béríamente de haber torcido el curso de la revoln- 
eion. La historia dará sn fallo sobre tan graves 
hechos. "En cnanto á nosotros, no nos sentimos 
en disposición de acriminarle hoy estemporánea- 
mente. 8i acaso cometió alguna falta, la Francia 
no podría exonerarse ie su responsabilidad. Solo 
los pueblos enyilecidos acusan de sus errores á 
BUS dueños. El que tiene en sus manos el destino 
de las naciones, es el único juez imparcial de los 
sucesos sancionados por la multitud. 

Destruida la Bepública, Lamartine cayó en 
Tuelto en sus ruinas. Empero, su ánimo robusto 
no se dejó abatir. £1 hacha que hirió el tronco 
del árbol gfeneroso, hizo brotar de nuevo su per- 
fame y su savia. Lamartine salvó su pluma de 
entre el polvo del combate, en que sus virtudes 
cívicas y su valor antiguo le sirvieran de auréola, 
y recorríendo con rapidez pasmosa la escala del 
pensamiento humano, nos da esa serie no inter- 
rompida hasta su muerte, de historias, de bio- 
grafías, de sentimentales novelas, de espansiones 
íntimas, de trabajos literaríos de toda especie, 
magníficas pinturas al fresco ó graciosas agina- 
das, que llevan, cual mas, cual menos, el sello de 
su ingenio vivaz y de la florida belleza de su 
estilo. En esta ímproba labor las fuerzas de la 
vida se fueron agotando. El grande obrero que 
en la prodigiosa actividad de su mente, no tuvo 
tiempo de ocuparse de sus intereses materiales, 
se vio de súbito en la necesidad de vender hasta 
el sagrado techo de sus antepasados. Entonces 
no pudo contener un grito de dolor. La vanidad 
humana no soporta sin sarcasmo estas humilla- 
ciones del gánio; gózase en el espectáculo de las 
garandes caídas, habiendo llegado en este easo 
hasta el extremo de mofarse de la debilidad y la 
miseria d^ varón ilustre que reclamaba en voz 
alta el pan de cada dia, después de haber dado 
alimento intelectual durante una larga vida á 
millares de sus semejantes. Nosotros debemos 
considerar oon mas blandura los desfaUecimien- 
toa de quien gtwtó sus fuerzas en busca de la 
Jerasalen «eleste. Quizá consideró que era dema- 
siado tarde para viajar mendicante de ciudad en 
eiudad como el ciego de Smima; quizá el que 
había emancipado tantos hombres, no tuvo, como 
Ctmoens, un esclavo, un amigo, diremos mejor, 
que pidiese Hmoana por las calles para, socorrer. 
W en sn penuria. Por ñn su patria eseuchó la voz 
de iiis afanes. La Francia no quiso dehonrarse 



desatendiendo el clamor de la ancianidad de uno 
de sus hijos mas preclaros. 

Estas nubes aglomeradas sobre una existencia 
tan llena y luminosa, las ha disipado ya el vien- 
to de la muerte. Queda solo frente á frente de la 
posteridad su noble imagen-. Ella dirá que si 
Mr. de Lamiurtine no fué un faro inconmovible 
en medio del océano, habiendo participado de las 
oscilaciones de su siglo, hubo en él la unidad 
del pensamiento en la virtud; dirá que fué una 
de las inteligencias mas vastas, de las naturale- 
zas mas prodigiosas, conjunto múltiple de facul- 
tades eminentes, y que en su pecho tierno y 
varonil latió un corazón formado para compren- 
der y para amar todas las cosas grandes de la 
tierra y del cielo. 

Si ya en la decadencia de su vida y en el 
eclipse de sus facultades mentales, se mostró al- 
guna vez injusto hacia la América, no seamos 
demasiado severos con ese augusto peregrino de 
viaje al infinito. Antes bien estemos persuadidos 
de que á haber fijado la vista en nuestro Conti- 
nente, la rectitud de su juicio nos habría hecho 
justicia, mayormente cuando llegase á conven- 
cerse que él era el padre intelectual de toda una 
familia de poetas, ornato y prez de la naciente 
literatura americana. Es especialmente bajo la 
faz literaria que le hemos amado á la distancia, 
que nuestro pensamiento le acompaña oon vene- 
ración hasta el humilde sepulcro de sus padres, 
donde hoy reposan sus cenizas. Ese sepulcro eri- 
gido en el fresco valle de Saint Point, asilo de 
su infancia, fué levantado por él mismo. //Entre 
el cementerio y el jardín, u dioe en su carta á 
Mr. de Esgrigny, la cual sirve de íntroduooíon 
á sus Armonios, uhñ fabricado yo, (siendo este 
el único edificio que haya fabricado en este mun- 
do) un monumento fúnebre: una capilla de ar- 
quitectura gótica, rodeada de un claustro, oon 
piedras esculpidas señalando tumbas, y que pro- 
tejen algunas fiores tristes. Tal fué el paraje 
donde deposité los negrros atMides de las perso- 
nas que mas había amado, y cuya pérdida me 
causara mayor desolación en este valle de lágri- 
mas //. ^Siempre que visito á Saint Point, agrega 
con ternura, ó me ausento de esta heredad, 
voy solo, al ponerse el sol, á decir da yodíUas 
una palabra de despedida á esos huéspedes de la 
paz eterna, en ese lugar intermedio entre el 
destierro y la felicidad; y con la frente apoyada 
en la piedra que me separa de sus nsios, les 



134 



ÁMfiEICA LITEBAElA 



liablo en secreto snplioiindoles que amenicen la 
aridez de nuestra existencia con un rayo de amor, 
con un rayo de pas nuestras dudas, con un rayo 
de verdad nuestras tinieblas, u 

Hoy nos toca á nosotros inclinamos ante esa 
fosa veneranda, meditando en la fragrüidad de 
las cosas humanas y en los misterios inexcruta- 
bles de la eternidad. No lo liaremos, con todo, 
sin repetir á nuestros compatriotas aquella voz 
solemne que oyó el Dante en la mansión del 
dolor, cuando vio aproximársele el grupo glo- 
rioso en que descollaba la figura de Homero : 

Onoraie L'altiisimo Poeta 

CÁBL08 Guido y Spano. 

PoeU y Literato. 



LA GLORIA 



Contradice la tendencia de la revolución, en 
vez de continuarla, esa independencia altiva, 
insolente, salvaje, insociable, como el hombre 
que la proclama, (Bosas) y que se oculta siem- 
pre á los representantes de las naciones extran- 
jeras. ¡Tanto es el odio que las profesa! 

Un caudillo semejante puede ser grande, céle- 
bre; pero no es glorioso. ¿Cuáles son las condi- 
ciones de la gloria del siglo ? Ella no bautiza la 
fama sino de los hombres bienhechores de la 
humanidad, de aquellos cuyo corazón palpita en 
presencia del infortunio de los pueblos y cuya 
mente se abre á las luces de la civilización 
actual. 

¿Cuáles son los caracteres de esa civilización? 
Ella es religiosa y positiva á la vez. Religiosa, 
porque en ning^una época, tanto como en la pre- 
sente, se han inspirado las ciencias sociales del 
espíritu evangélico en favor de las clases menes- 
terosas de la humanidad. Positiva, porque nunca 
mas que hoy los intereses de la industria dan 
impulso al adelanto de los pueblos. 

La gloria del dia es, por lo mismo, mas vir- 
tuosa que la de los pasados tiempo. Por esto van 
desapareciendo las grandes reputaciones perso- 
nales; por lo menos las hijas de la ambición 
militar y egoísta. Napoleón sabia que no bastaba 
ser guerrero en el siglo xix, y se hizo legislador. 
La abneg«cion, el desinterés, son los títulos de 
las celebridades contemporáneas. Asi Washing- 



ton, 0*Connell, son los tipos de la gloria mo- 
derna. 

Bosas es grande, sin duda, pero lo es por el 
crimen. El crimen nunca fué glorioso; lejos da 
eso, él empaña la mas bella gloria. £1 que 
asesina á un grande hombre ó abate una gran 
institución, hereda convertida en oprobio toda 
la gloria del hombre ó de la cosa. ¿Qué diré de 
los tiranos enemigos de toda reputación y de 
toda ley? 

Bosas es grande. — Se necesita un brazo ro- 
busto, un pecho de bronce, para asesinar á un 
pueblo, para quitarle una á una todas sus liber- 
tades, todos sus derechos, todas sus afeodomeá 
de honor y dignidad. 

I Cómo no ha de mostrarse grande! Está de 
pié sobre los trofeos conquistados en cien campos 
de victoria, sobre los cadáveres de millares de 
mártires de la patria sacrificados á sus bárbaras 
venganzas, sobre las mas altas pirámides que la 
libertad fabricó en el suelo americano. Por esas 
gradas de oro ha subido al apojeo de su grande- 
za, y el pueblo que venció al leopardo de AIVíod 
y al león de España, está postrado á sus plantas. 
¡ Cómo no ha de aparecer grande el hombre que 
se ha colocado en medio de la Pampa sobre todas 
esas grandes cosas! 

Pero esa grandeza de Bosas no es la gloria. 
Cuando contemplo esta celebridad americana, me 
imagino delante de una de esas altas montañas, 
cuya cima nevada siempre é insensible á los 
rayos del sol, no baja sus aguas para fecundar 
los terrenos que la circundan. To nunca he sabi- 
do para lo qué sirven en la organización del 
mundo esos gigantes de la naturaleza, ni be 
sentido la curiosidad de preguntar este secreto á 
la gfeologfía. Lo que yo sé es que el hombre de 
la libertad y de la industria jamás plantó sos 
estandartes en esas alturas. Lo que yo sé es 
que ni Bolívar ni Humboldt pudieron trepar al 
Chimborazo. En esas elevaciones falta el aire 
para el pecho del hombre, aunque este hombre 
sea el genio de la libertad ó el de la ciencia. A 
esas regiones de los altos cerros solo se Üega en 
las ligeras alas de la imaginación del poeta. 

Solo el fuego de los volcanes derrite de ves 
en cuando esas nieves. Así es Bosas, á cuyo <ádo 
jamás alcanza la voz del pueblo, ó insensible, 
frió á sus padecimientos y esperanzas, ó arreba- 
tado por el fuego destructor del terror y la vwi* 
gtmza. Jamás n^ abrigó en su pecho el oalnroso 



SECCIÓN LITEBABIA— BBPbBLiCA aboentina 



135 



entnsiaamo de simpátioa y generosa adheúon al 
decoro j los intereses nacionales. 

Así es Rosas grande, sí. En la altara á que 
el demonio del crimen lo ha elevado, no hay 
rincón del mundo del que no pueda ser visto. 
Pero no por eso es glorioso : como no lo fué el 
que puso fuego al templo de Diana, no lo es este 
incendiario de los altares de la patria argentina. 
Todos lo miran, en verdad, pero ¿cuáles son los 
que lo admiran de buena féP 

En los espectáculos de la naturalesa, como en 
las escenas de la política, yo amo la llanura, 
porque amo la civilisacion, que no habita los 
bosques ni las montañas. Nunca he sentido mas 
exaltado en mi pecho el amor de la propia na- 
eionalidad, que cuando me he visto solo en la 
Pampa, pisando su verde alfombra, aspirando 
el purísimo aroma de su modesta vegetación, 
mirando extasiado & mi frente el lejano hori- 
lonte, cuyos lindos y dorados colores anuncian 
ks promesas risueñas del porvenir; sobre mi 
eabeía el cielo magestuoso y sublime siempre, 
sea que el Pampero ahuyente sus nubes hacia el 
Plata, sea que el trueno y el rayo me recuerden 
U omnipotencia de Dios. 

Me parece que la Pampa es el mas bello sím- 
bolo de la igualdad política y por eso la quiero. 
Todo lo colosal es, á mis ojos, monstruoso en el 
mondo social. Así me imagino siempre á Dios, 
la grandeía suprema, tal cual la Iglesia Católica 
nos lo pinta, del tamaño del hombre. 

Para mí, Rosas, en ves de haber aumentado un 
solo timbre á las glorias de Mayo, las ha deslus- 
trado. Las manchas de sangrre que veo en el sol 
de nuestros padres, han sido puestas en él por su 
mano criminal; y si el sol de las revoluciones no 
fuera un astro fijo y brillante siempre para el 
destino de los pueblos, Rosas hubiera apagado 
su lumbre. 

Esa gloria no es, pues, legfítima, 6 mas bien* 
no hay gloria alguna en la grandeza de Rosas. 
Conosco que muchos colores tomará el pincel del 
poeta de esta existencia extraordinaria para la 
composición de sus dramas y romances ^^K Los 
futuros Shakespeare se felicitarán de su terrible 
aparición en el Rio de la Plata. Lo deforme, lo 
grotesco, lo oolosal impresiona vivamente ]a<; 
ímaginacionas poéticas. Pero, aunque en el dia 



(1) En el dÍ*M publica una DOTela en los £«t»dot-Unido«, 
títolwlA «La Dolorea', cujro asunto es tomado de las trajedias 
poUUcas del Bio de la Plata. 



las doctrinas del romanticismo no estuvieran en 
decadencia, yo, patriota argentino, contemporá- 
neo del oolosal despotismo, lo maldigo; y prefiero 
en la política las bellezas clásicas, esas belleías 
que se ajustan á las reglas eternas é inmutables 
de la religión y la libertad; prefiero la llanura y 
el curso tranquilo del rio de mi patria á los 
torrentes devastadores, que lanzan de su cumbre 
las montañas. 

No pienso que opiniones semejantes relativa- 
mente a Rosas sean diotadas por las prevenciones 
del espíritu de partido. La historia lo juzgará 
así, lo clasificará en la raza do los Nerones, 
Calígulas, Robespierre, lo llamará famoso han- 
dido, como Thiers; y deplorará las derrotas de 
sus adversarios políticos, á cuyos mártires tribu- 
tará únicamente los honores de la gloria. Hablo 
de la historia, tal cual Tácito la entendía, ver- 
daderamente filosófica, que no cree en el fatalis- 
mo, ni aplaude todas las victorias. Ella dirá al 
maldecir esta celebridad oprobiosa lo que Cha- 
teaubriand, que el crimen, lejos de ser uno de los 
medios de las revoluciones, es el obstáculo que 
embaraza su marcha y la retarda. 

¿Cuál será la suerte de la América desde que 
arrojemos de sus altares los ídolos de la revolu- 
ción para ensalzar la lejitimidad de la fuerza 
victoriosa? No, yo no respeto esas patentes de 
inmortalidad dadas al crimen por la victoria. 
¡El que clava el puñal alevoso en el pecho de un 
hombre será execrado, y el que degrüella por 
centenares á sus semejantes glorificado! ¡Con- 
sagraremos así el patíbulo para el asesino de un 
hombre y la apoteosis para el verdugo de los 
pueblos! 

Atroz política seria esa que aconsejara lavar 
con sangre las manchas de sangre; la que dictara 
este réjimen homeopático para curar las heridas 
de la conciencia. Así el criminal pudiera profe- 
sar para llegar á una honrosa celebridad una doc- 
trina análoga á esta profunda máxima de un 
filósofo: //Poca filosofía, aleja de la religión; mu- 
cha filosofía, conduce á ella u. De esta manera, 
á medida que subiera el delincuente las gradas 
del crimen se aproximarla al templo de la glo- 
ria; y los Sud-americanos nos inclinaríamos en 
presencia de esta nueva aristocracia de sangre! 

FÉLIX Frías. 

PolUieo. Diplomático y Publicltto. 



136 



AMÉRICA LITERARIA 



EL MAL DE LA ¿POCA 



Las oondioiones especiales del centro social en 
que nos hallamos, y las doctrinas que se propa- 
gmn en la edad contemporánea, urgen á los cató- 
licos á oongregturse y trabajar de consnno en la 
difosion del dogma y de la moral de sn santa 
religión. Somos nn pueblo apasionado, imitativo, 
alucinable. Nuestros padres, favorecidos por la 
Providencia que indudablemente quería se cum- 
pliera en estos paises la ley en cuya virtud las 
sociedades se independizan cuando están en apti- 
tud de bastarse á sí mismas, nos desligaron de la 
antigua metrópoli. Fuimos independientes, y des* 
pues de largas luchas, somos libres. Pero nuestra 
situación es grave y está preñada de peligros. 
La libertad es un don precioso que dignifica á los 
hombres y á los pueblos; entre tanto, si ella no 
obedece á la ley moral, cuya base es la idea reli- 
giosa, se convierte, de un modo inevitable, en 
licencia y en depravación. Ahora bien, es preci- 
samente la ley moral y la idea religiosa; son los 
intereses del alma, y, en consecuencia, los funda- 
mentos mismos de la sociedad, lo que se encuen- 
tra profundamente conmovido en nuestros dias. 

La raiz del mal consiste, á mi juicio, en la 
filosofía de la época presente, en la doctrina 
positivista que rechaza como objeto de investiga- 
ción, todo cuanto no sea los fenómenos ó las con- 
diciones en que se producen. Esta filosofía baja 
y perver&ora influye necesariamente en la vida de 
los individuos y de los pueblos. Su carácter con- 
creto, su alianza con las ciencias naturales, que 
son las que en la actualidad se desenvuelven casi 
exclusivamente, y los halagos que ofrece á los 
hombres sensuales, le dan boga y la hacen cómo- 
da y atractiva. 

Oímos á cada momento hablar de las maravillas 
de la ciencia contemporánea, y nos llega en mil 
formas el resultado de sus aplicaciones. ¿Qué 
cosa no podrá realizar la humanidad? se exclama 
en presencia de los descubrimientos hechos ya y 
de tantos secretos arrancados al seno de la natu- 
raleza. Los hombre están absortos los unos, 
ensoberbecidos los otros, al contemplar esas con- 
quistas de la inteligencia. Los jóvenes, sobre 
todo, mas vivamente sensitivos y en quienes el 
org^o de la vida es mas impetuoso, parecen 
creer que el entendimiento humano no tiene 
limites en el porvenir, y esperan^por consiguiente, 



que tampoco los tendrá el humano pod^r. IM 
mismo modo que en los primeros dias del mundo, 
se escucha en los nuestros, aquel pérfido: — $ems 
como Dioset! de la serpiente hAaL La ciencia 
social por excelencia es la que trata de las rique- 
zas, y se cree habernos dicho todo lo que nos coa- 
viene saber, cuando, según el criterio epicúreo, n 
nos ha enseñado cómo se producen, se distribiiyeii 
y se consumen aquellas. La abneg^acion y la nn- 
tidad van en camino de ser olvidadas. Se quiere 
reemplazar el Evangelio por el Código de Comer- 
cio. La aptitud para adquirir los bienes de la tier- 
ra y la ostentación de esos bienes, son el objeto 
preferente de la consideración y del respeto. 
Estudiar la naturaleza física y aprovecharse de 
eUa, tal es el programa y la síntesis de nuesfciz 
época. 

La infatuación de la cienda es, mientras tanto, 
castigada terriblemente. La naturaleza abre n 
seno á los que la escudriñan con anhelo cual a 
fuera el único objeto digno de ser conocido, pero 
cuando nuestros sabios creen vanidosamente que 
la conquistan como sus únicos señores, olvidán- 
dose de Dios, la materia se toma en conquista- 
dora de los mismos sabios, los baja á su nivel y 
los absorbe. Ellos no se cuidan del alma, ni del 
Creador; no se interesan sino por el mundo 
extemo, le observan, le penetran en todas direo- 
clones, le analizan minuciosamente, pero aoabín 
por identificarse con él y oondderarse un detsUe 
del vasto conjunto. Uno de esos sabios, deq^nM 
' de largas investigaciones, nos dirá oomo la pela- 
bra suprema sobre nuestro origen, que sobos na 
perfeccionamiento del mono; otro afirmará qi» 
es un síntoma de locura creer en Dios. Partiflndo 
de ahí, no es extraño que toda la moral se redns- 
ca á la higri^ne y que se considere la priméis 
ciencia social, aquella que trata de la produooioB 
y el consumo de los objetos materiales. Ls dig- 
nidad humana es, de esta manera, profuadsounte 
rebajada. El hombre creado por Dios para nn 
destino inmortal, es asimilado á las cosas y á los 
bmtos. La muerte es para los filósofos de nues- 
tro tiempo, la última línea de las oosas, vlüm 
linea rervm, como dijo el escéptico Horacio en 
■una de sus epístolas. 

¿Qué puede esperarse de todo esto, señereei 
sino la mas espantosa perturbación social? üi 
pueblo gobernado por tales ideas, podrá desenTol- 
verse materialmente con mucha rápidos, pero 
llevará en su seno el germen de la muerte. E*- 



SECCIÓN LITERABIA— BEPÚBLiCA aboentiná 



137 



oritores sensatos de los dos pueblos mas grandes 
en el orden de la industria y del comercio, pintan 
Tivamente el espectáculo disgustante de esas 
sociedades, que espíritus poco reflexivos conside- 
ran como modelos intachables. Las creaciones 
de la escuela positivista, hielan el corazón con el 
desencanto 6 inspiran esa natural repugnancia 
que el espíritu cristiano debe transformar en 
amorosa compasión. Allá en la patria del capital 
y del crédito, allá en la patria de la riqueza y la 
prosperidad material, el ser humano u es duro, 
es áspero, es avaro; no ve en la vida mas que 
pérdidas y ganancias; es banquero, negociante, 
estadístico; pero no es ya hombre u. Cuando ha 
pagado su cuota para el socorro de los pobres, 
no es estraño que oiga con perfecta indiferencia, 
los lamentos del infeliz que se muere de hambre 
y de frío á bus puertas, mientras el, con la pereza 
de su hartura, se arrellana cómodamente en un 
sillón al lado del fuego. La caridad es solo una 
cuestión de impuesto. T en la pátría de los 
grandes inventos y de la poderosa iniciativa 
en las empresas industríales, el positivismo nos 
muestra igualmente espectáculos repugnantes, la 
corrupción administrativa, el fraude y la venali- 
dad dominando el sufragio, y el lucro, la ganan- 
cia c<Smo ley suprema de la existencia. 

({Pueden estas llamarse sociedades crístianas? 
Señores, el positivismo, el materíalismo es el mal 
de nuestra época. No nos dejemos pervertir por 
él. £1 hombre es, ante todo, una alma. El cuer- 
po es la condición de su vida terrestre, pero esta 
vida no es mas que una preparación para la vida 
inmortal en el seno de Dios. El poeta latino 
deoia, hablando de la muerte, que ella nos lleva 
al destierro eterno, in ee^emicm exüium; y uno de 
los mas grandes santos que venera la Iglesia, 
dice que 1a muerte nos vuelve á nuestra pátría 
verdadera. En estas dos espresiones está marca- 
da la diferencia entre la doctrina del paganismo, 
que es la de la ñlosof ía contemporánea, y el dog- 
ma y la moral del «atolicismo. El hombre tiende 
á la belleza por el sentimiento, á la verdad por 
la inteligencia, al bien por la voluntad. Nuestro 
destino, pues, no se realiza en el mundo; nues- 
tro destino debe realizarse en Dios, que es la 
eterna belleza, la eterna verdad y el sumo bien. 
Así, dijo el Cristo, nuestro Salvador, á los que 
se afanan por los tesoros de la tierra: buscad 
primeramente el reino de Dios y su justicia, y 
todas estas cosas os s^rán añadidas, 



Nada de cuanto nos ofrece la naturaleza puede 
calmar el anhelo del alma. Por eso vemos que 
fuera de Dios, aun en medio de los mas preciosos 
dones de la vida, aun con la posesión de grandes 
talentos, de estenso poder y refinados placeres, 
el alma de los preferídos del mundo llega á en- 
contrarse tríste hasta la muerte. Tomemos tipos 
salientes de nuestro siglo, y veamos cuál fué su 
destino sin el suave amparo y los consuelos de 
la religión. El celebre Lord Byron definía la 
vida tal como la habia sentido: un poco de vino, 
un poco de voluptuosidad y mucho fastidio. 
Alfredo de Musset y Enríque Heine, dos poetas 
galanos, chispeantes de imaginación y de gracia, 
sensitivos, apasionados, quisieron renovar la vida 
pagana, la adornaron con todos los atavíos de la 
fantasía, y ceronados de flores y con la copa de 
la orgfía en la mano, se extinguieron lamentable- 
mente en la sensualidad. Ninguno de los dos fué 
dichoso. Los que sigan sus huellas, los que se 
dejen impregnar por el espírítu de la literatura 
enfermiza que ellos han creado, y busquen el 
ideal allí donde los paganos lo pusieron, no pue- 
den esperar un porvenir mejor. 

Así el materialismo, bajo cualquiera forma 
que se manifieste, en la ciencia, en la sociedad, 
en el arte, es siempre corruptor y deletéreo. 
Nos presenta al hombre perdiéndose y confun- 
diéndose en el mundo material, cómo algo que le 
está del todo subordinado, por mas que se orea 
su dominador; nos presenta sociedades indus- 
triales y mercantiles donde no hay lugar para 
lo mas noble que tiene el ser humano, la piedad, 
el amor, la carídad, el temor de Dios; y en el 
orden político nos ofrece el espectáculo de la 
venalidad ó de la fuerza, de la fuerza bruta 
suplantando á la justicia y al derecho. En el 
arte, solo reproduce las formas de placeres de- 
gradantes siempre, ya sea que se ostenten en 
grosera desnudez, ya sea que se encubran con las 
galas de la imaginación. 

T no se piense que desdeño la ciencia, y no 
se diga que soy un enemigo de la industría y 
del comercio, que viene á predicar el misticismo 
universal, la transformación de todos los hom- 
bres en monjes y del mundo en un convento. 

No, señores; el hombre ha sido creado por 
Dios con facultades que lo hacen apto para la 
formación de las ciencias, y estas son el resulta- 
do de la aplicación metódica de aquellas faculta- 
des á s^s objetos. Pero toda ciencia bien organi^. 

18 



138 



AMÉRICA LITERARIA 



sada termina en Dios, razón final de todas las 
cosas. Hay, por otra parte, verdades que no por 
ser inexplicables para nnestra inteligencia, dejan 
de ser tales Terdades. Debemos inclinamos con 
profundo respeto ante la bondad de Dios que ba 
querido revelárnoslas para nuestro bien. Empeño 
temerario é indisculpable es en nuestros dias, 
después de diez y nueve siglos de fecundísimos 
resultados producidos por el Catolicismo, preten- 
der sustituir á los dog^mas de la Iglesia, sistemas 
filosóficos que desde entonces, y desde mucho 
antes, ban oscilado perp(^tuamente en la contra- 
dicción, sin producir nada estable y definitivo. 
Sobre el origen del hombre, sobre su destino, 
sobre Dios, ¿ qué han dicho los filósofos, antes y 
después del Cristianismo, que no sea deficiente y 
vacilante ? La Iglesia nos da la solución de esos 
grandes problemas. Las mas elevadas escuelas 
filosóficas solo llegan á un deismo frío, á un 
Dios casi desvinculado de sus críaturas, respecto 
del cual no se sabe hi oye los megos del alma 
afiigida que le pide consuelos en la tríbulacion- 
La Iglesia nos enseña á Dios de otra manera, y 
nos exhorta á levantar hacia Él nuestros corazo- 
nes, con amor y esperanza filiales, que jamás ins- 
piró la filosofía. El Dios de los filósofos es el 
objeto del concepto racional. El Dios del Catoli- 
cismo es el Dios vivo que ha venido á la tierra, 
y en la inefable sublimidad del misterío, se ha 
hecho hombre, ha cargado el peso de nuestras 
iniquidades, ha sufrido el contacto de nuestras 
miserias y nos ha redimido con sangre cuya 
pureza el labio humano no sabria decir. Nada 
igual han visto, ni verán los siglos! Nada com- 
parable siquiera sospecharon los filósofos. Puedo 
asegurarlo, porque he consagrado algunos años 
de mi vida al estudio de sus sistemas y de sus 
teorías. La filosofía es un eterno crepúsculo. El 
Yerbo es la luz; el Yerbo es la via, la vida y la 
verdad. 

T volviendo ahora al otro punto de vista, á la 
vida individual y á la vida social, que varian 
según las doctrinas imperantes, he señalado 
ligeramente las consecuencias que se derivan del 
sistema filosófico preconizado en este tiempo. 
Ciertamente, seria desconocer las mas vulgares 
exigencias de la vida humana sobre la tierra, 
combatir la industria y el comercio, la adquisi- 
ción y formación de objetos adecuados á la satis- 
facción de las necesidades físicas. La tierra ha 
sido, sin duda, entregada á nuestra* actividad 



cómo un campo explotable. La organización del 
hombre y las propiedades de los objetos que le 
rodean, muestran á las claras y sin necesidid 
de minucioso examen, que debe aquel tener con 
estos indispensables relaciones. Es evidente, por 
otra parte, que desde que el hombre ha de con- 
servarse y desenvolverse, poniendo á contribu- 
ción tales objetos, desigualmente distribuidos, 
debe combinar su acción con la de sus semejan- 
tes, para obtenerlos con mayor facilidad y en 
mejores condiciones. Pero hay una grande, enor- 
mísima distancia de aquí á reconocer que en ves 
de ser las cosas para el hombre, el hombre ha de 
ser para las cosas; que en lugar de hacerlas ser- 
vir, en la medida de lo lícito, á la satisfacción 
de sus necesidades presentes y futuras, ha de 
esclavizarse, por avaricia ó sensualidad, hasta el 
punto de consagrar, por entero, á su obtención 
el ejercicio de sus facultades, como si ningún 
otro fin le estuviera deparado. Es indigno de la 
naturaleza humana dar por base principal á las 
relaciones entre los hombres, la necesidad ó las 
conveniencias del comercio. Ellas los vinculan 
entre sí, y esta vinculación es provechosa; pero 
hay sentimientos mas altos en el corazón, que 
aquellos á cuyo impulso obedecemos al asumir el 
carácter de vendedores y compradores, de pro- 
ductores y consumidores, ó de intermediarios 
entre unos y otros. Las relaciones de indivi- 
duo á individuo, de nación á nación, deben 
estar regidas por principios de mn orden diver- 
so. La timocracia no es el gobierno de la jus- 
ticia. El Evangelio ha traído al mundo la 
verdadera doctrina en esta materia como en 
todas las demás que interesan á la humanidad. 
Santifica el trabajo y lo premia en cuanto 
es el cumplimiento de la ley divina; pero 
lejos de colocar en la riqueza la excelencia del 
hombre, le dice: «atesorad para vosotros tesoros 
en el cielo en donde no los consume orin y poli- 
lla y en dónde ladrones no los desentierran, ni 
roban. « 

Es el perfeccionamiento del alma, es la santi- 
dad de la vida lo que hace crecer á los hombres 
en mérito ante los ojos de Dios. Y sin duda que 
el rico, y sin duda que aquel á quién los bienes 
de la tierra pertenecen en abundancia, tiene en 
ellos el medio de hacerse agradable al Dispensa- 
dor de todos los beneficios, contribuyendo con 
su patrimonio al socorro de sus hermanos. Lo 
superfino de los ricos debe servir para lo neoesa- 



SECCIÓN LITERAMÁ— eep6blicá abokntina 



Í3á 



g> I 



río de los pobres, 7 no lo necesario de los pobres 
pars lo snpérfluo de los rióos, como ba dicho nn 
grejí jnrísoonsnlto, inspirándose en el Evange- 
lio. Dar, dar con bnmildad 7 con amor, es el 
precepto cristiano, 7 no dar solamente el pan 
que alimenta el cuerpo, sino el pan del alma, la 
doctrina, la luí 7 los consuelos. El positivismo 
Lace de nosotros, hombres de cálenlo 7 de conve- 
niencias. La Iglesia nos manda ser hombres de 
caridad 7 hermanos en Jesá-Cristo. 

Así, tanto en la ciencia como en la vida, el 
Catolicismo no pretende suprimir elementos que 
son legítimos porque son naturales, es decir, 
establecidos por Dios, sino asignar á esos ele- 
mentos el lugar 7 grado que tienen en el plan 
providencial del mundo, según la voluntad divina 
revelada á la Iglesia. El gran trabajo que nos 
incumbe en estos dias, es propender, con to- 
das nuestras fuerzas, al predominio de los inte- 
reses morales 7 religiosos. Los mismos elementos 
económicos 7 políticos en la medida que justa- 
mente les corresponde, se mantendrán en orden 
7 obtendrán el conveniente desarrollo, cuando 
los principios morales 7 religiosos prevalezcan. 
Ni las rentas, ni el crédito se desenvuelven nor- 
malmente si faltan la moralidad 7 la concordia; 
7 la habilidad de los estadistas es impotente para 
evitar ó suprimir situaciones deplorables 7 cri- 
ticas, producidas por la intemperancia de pasio- 
nes que solo enfrena la religión. 

La fecundidad poderosa del Catolicismo ha 
producido en cada siglo, en cada evolución his- 
tórica, los institutos 7 las corporaciones adecua- 
das para subvenir á las necesidades 7 poner 
remedio á los males que en esas emergencias 
aparecieron. Buenos Aires cuenta con muchos 
establecimientos religiosos que se consagran á 
la obra evangélica, con diversos fines especiales. 
Ha7 por fortuna, desde hace mucho tiempo, quien 
se dedique á endulzar la amargura de la orfan- 
dad, á repartir alimentos 7 vestidos á los pobres, 
á cuidar los enfermos, á dar educación á los adul- 
tos privados de ella en la primera edad; pero se 
hacia sentir, desde mucho tiempo también, un 
vacío que ojalá pudiéramos llenar nosotros: la 
falta de un centro que sirviera para la reunión 
de los católicos, 7 en el cual combinaran sus 
esfuerzos para la defensa 7 difusión de sus creen- 
cias. A la iniciativa del señor don Félix Frias 
■e debe la formación de. este núcleo que espero 
aloauce tan nobles fines, con la a7uda de Dios, 



sin la que nada bueno 7 saludable se realiza. 
Los ataques contra el Catolicismo son cada 
vez mas vivos 7 apremiantes. Nuestra prensa, 
por lo general indiferente en materias religiosas, 
se muestra 7a, en frecuentes ocasiones, decidida- 
mente hostil contra la religión, contra el sacer- 
docio 7 contra los seglares que abandonando la0 
timideces del respeto humano, profesan pública- 
mente su fé. La circulación de los productos de 
una literatura enfermiza bajo formas insinuantes, 
7, por lo mismo, mas peligprosa, infiltra su espí- 
ritu dañino en la juventud. Un liberalismo mal 
inspirado, que pretende asociar las instituciones 
democráticas con el descreimiento en religión, se 
propaga lastimosamente por todas partes. Estas 
circunstancias son otros tantos motivos que de- 
ben impulsamos á difundir los buenos principios 7 
refutar las doctrinas subversivas, que, bajo apa- 
riencias halagüeñas para los espíritus poco refle- 
xivos, tienen desgraciadamente tantos órganos 
de publicidad. Y conviene aquí hacer presente 
que la enseñanza 7 las decisiones de la Iglesia, 
no traban al ciudadano en el ejercicio de los de- 
rechos 7 en el cumplimiento de los deberes que 
tiene en tal carácter. Preciso es evitar la confu- 
sión que mañosamente establecen los sectarios 
del falso liberalismo, entre los términos '/cató- 
lico'/ 7 '/adversario de las instituciones demo- 
cráticas. M No, señores : la Iglesia no es enemiga 
de la libertad política; por el contrario, ella nos 
enseña el únioo modo de alcanzarla, cuando nos 
dice por boca de uno de sus Pontífices, estas 
memorables 7 profundas palabras: //sed virtuo- 
sos, si queréis ser republicanos. // Veamos, entre 
tanto, cómo se entiende la libertad 7 cómo se 
respetan las garantías constitucionales por los 
gobiernos que traducen en la política, la filosofía 
en que se apo7a el liberalismo á que me refiero. 
El Canciller del Imperio Alemán, el genio 7 el 
órgano de un gobierno que es la resultancia de 
las doctrinas filosófico-positivistas, ultraja á los 
católicos, encarcela á los sacerdotes 7 establece 
una verdadera idolatría, haciendo del Estado una 
especie de Divinidad, como lo dijo en las Cáma- 
ras prusianas cierto diputado, CU70 testimonio 
es intachable para los enemigos de la Iglesia, 
porque no profesa la religión católica. Y los 
liberales no tienen una palabra de protesta con- 
tra semejantes iniquidades! Por lo demás, en un 
dia ú otro, el desenlace del conflicto será el 
mismo que ha tenido siempre la lucha entre los 



ÍM 



AMÉRICA LITERARIA 



representantes de la fuerza, j la Iglesia de Jesu- 
cristo. M Napoleón i, dijo otro diputado en las 
Cámaras citadas j dirigiéndose h Bismark, Na- 
poleon I con su omnipotencia, no pudo vencer al 
Papa. A las amenazas que proferia el déspota, 
Pío VII respondió, cómo se sabe, con esta pala- 
bra: tragediante!... Tres años después, Napoleón 
era derrocado y el Papa volvía á entrar en 
Roma..." 

El Catolicismo, á pesar de tan violenta per- 
seoucíon, renace j reverdece como una planta 
inmortal; j lo es en efecto, porque en sus ramas 
circula savia divina. Un anciano octogenario 
ocupa la Silla Pontificia. Confinado dentro del 
Vaticano, despojado de la potestad temporal, 
Pío IX continúa gloriosamente, en nuestro siglo, 
las tradiciones del martirio cristiano. Es mas 
fuerte que los fuertes; reina sobre las almas 7 
recibe de los confines de la tierra, los testimonios 
del amor j la veneración de millones de fieles. 

Si las escuelas filosóficas, en sus últimos desen- 
volvimientos y en el pafs que se jacta de llevar 
mas adelante que todos, lo que se llama el libre 
ejercicio del pensamiento, producen lógicamente 
la política de Bismark; 7 si las ciencias han de 
aplicarse á organizar satánicamente la matanza 
de los hombres j á perfeccionarlos como solda- 
dos, — combatamos esas escuelas j volvamos el 
espíritu hacia la fuente inestinguible de doctri- 
nas saludables á las cuales se halla reservado el 
porvenir del mundo. 

No se diga que el respeto al derecho 7 á la 
libertad, es la bandera 7 el distintivo de los 
libres pensadores en nuestros días. El derecho 7 
la libertad son, al contrario, atacados por ellos 
en los católicos 7 especialmente en el Jefe de la 
Iglesia. H07, después de diez 7 nueve siglos, 
aquella gran lucha del paganismo con los pri- 
meros cristianos, se renueva entre las sombras 
del dolor. El momento es luctuoso, 7 el Padre 
de los fieles, 0U70 nombre vivirá perpetuamente 
en la historia, bebe el cáliz de amargura que su 
Maestro Divino apuró un día por la salvación 
del género humano. Tras de estas angustias pre- 
valecerá la buena doctrina, 7 cuando se desha- 
gan en polvo los poderes efímeros que ho7 la 
combaten, brillará, como siempre, aquella Cáte- 
dra de San Pedro, que ninguna tempestad puede 

conmover. 

Pedeo Goyena. 

Jorlsoootolto y LitenUo. 

Buenoi Aires, 1877. 



MEDEA 



Cuando las impresiones nuevas, terribles j 
multiplicadas del cuadro á que asistimos dejas 
el espíritu aturdido 7 el corazón lleno de indefi- 
nibles palpitaciones, no es por cierto semejante 
momento el aparente para analizar con claridad 
lo que pasa dentro 7 fuera de nosotros mismos. 

Las grandes impresiones no encuentran sn 
elocuencia en las frases. 

El dolor intenso, la alegría infinita, el amor 
supremo, el entusiasmo vertiginoso, no tienen 
palabras, sino gritos. 

Estallan, no hablan. 

Para hablar es necesario salir del imperio de 
las emociones, sacudir la fascinación poderosa; 
hacemos dueños, en fin, de nuestro ser embar- 
gado; 7 esto es difícil que suceda cuando le 
conservan aun en el oído los acentos terriblefl 
de la gran trágica italiana. 

Por eso tomamos con desconfianza la ploma, 
como un interprete inhábil, cuando se trata del 
espectáculo á que hemos asistido en la noche del 
miércoles. 

Un gran pintor de la Grecia, trazando el sa- 
crificio de la hija de Idomeneo, representó vuelta 
de espaldas la figura del padre 7 sacrificador. 

Consideraba que el pincel era impotente para 
reproducir aquella situación inaudita del espí- 
ritu, dibujada en los rasgos de un semblante 
humano; 7 dejaba que el alma de cada uno ter- 
minase el cuadro incompleto. 

Una columna en blanco es tal vei el unido len- 
guaje cuando no puede reproducirse la impresión 
7 la multiplicación de lo sublime que quita toda 
personalidad á los espectadores para convertirlos 
en satélites arrastrados sin voluntad donde los 
lleva la voluntad del genio. • 

Pero el público no se contenta con páginas en 
blanco. 

A nosotros el deber de llenarlas, aunque sea 
violentando las le7es de la sensación 7 cambian- 
do con dolorosa violencia el mágico prestigio qne 
aun nos envuelve en su atmósfera poderosa. 

Medea fué algo mas que la interpretación su- 
blime de un gran papel. 

Adelaida Bistori ha sido anteanoche, para el 
pueblo de Buenos Aires, la revelación de lo de^ 
conocido ó mas bien la realización del ideal qne 
está en todos los espíritus 7 de que apenas en- 



SECCIÓN LITERAHIA— REPÍBLiCA argentina 



141 



contrábamos en el mundo exterior una traducción 
tronca 6 un fra^rmento deforme. 

Adelaida Bistori es para nosotros la revelación 
de la tragedia; pero la revelación, grande, com- 
pleta, perfecta y evangélica, si puede usarse esta 
palabra para espresar la grandeza j la verdad 
típica que no admite mas allá. 

Su frente alta parece dar un límite sobrehu- 
mano al pensamiento. Sus ojos están preñados 
de relámpagos. Su boca parece aspirar atmósfe- 
ras superiores. Su ademan tiene la magostad 
olímpica. En su voz vibran todos los tonos, des- 
de las notas varoniles del imperio, desde el grito 
salvaje de la pasión furiosa, hasta la modulación 
suavísima empapada en las lágrimas tibias de la 
ternura. 

La Bistori no es una actriz, ni una mujer 
simplemente. 

Es la Musa fatídica de la tragedia. 

Es la Melpomene antigua, con su manto azul 
7 su túnica de largos plieg^e.^, calzando el trá- 
gico coturno y apoyada en la diestra, armada del 
puñal, sobre los altares de la Tracia. 

Su actitud y juego escénico, es el esfuerzo su- 
blime del arte que se esconde á sí mismo para 
hacerse olvidar y confundir con la verdad. 

Tómese una actitud cualquiera de la Bistori. 

Sea que ella abrume con su desprecio como 
cuando Jason le ofrece hacerla partir en una 
nave cargada de tesoros; 

Sea que estienda su brazo para fulminarle con 
la acusación del parricidio; 

Sea que caiga desesperada al pié de los altares 
de Saturno; 

Sea que en la reacción del dolor á la venganza, 
medite al levantarse de sus grradas en aquella 
actitud admirable que es imposible describir; 

Sea que suplique, doblando su frente altiva á 
los pies de su rival; 

Sea que oprima á sus hijos contra el pecho» 
con el hondo g^to de la desesperación y la ter- 
nura, aplicando sus mejillas contra sus mejillas, 
8u cuerpo contra su cuerpo y materializando la 
aspiración de confundir tres almas en una ; 

Sea que, como la leona irritada los arrebate en 
808 brazos, abrasando con su mirada el muro hu- 
mano que la aprisiona; 

En cualquiera de esas actitudes, decimos, la 
Bistori seria un modelo sublime ofrecido á la 
obra maestra de un escultor. 

T en nada de esto hay, sin embargo, el menor 



estudio aparente, la menor afectación, el menor 
recuerdo de la propia persona. 

No se podría cambiar una sola línea de aque- 
lla magnífica estatua sin dejarla imperfecta; y, 
sin embargo, ella las cambia todas, obedeciendo 
á una nueva situación y encontrando otra acti- 
tud nueva irreprochable hasta en las gesticula- 
ciones de las manos y hasta en los pliegues de 
la túnica. 

De lo sublime á lo ridículo no hay mas que 
un paso, se ha dicho siempre. Pero ese paso 
tiene la profundidad de un abismo. 

En el teatro es donde mas de cerca se toca 
esta verdad. 

Queriendo ser sublimes, los actores son sim- 
plemente exagerados. 

La alegría, la tristeza, el amor, el odio, son 
como nadie los ha soñado, como no es posible 
que sean. Instrumentos falsos, que no vibran al 
unísono con el corazón de los espectadores, no 
pueden producir armonías. Su llanto eterno ins- 
pira risa y sus huecas declamaciones se estrellan 
contra la frialdad del que escucha. 

Esos son los que no han podido salvar el 
abismo. 

Bealizar la verdad ideal, hé ahí la obra del 
genio y la que ha alcanzado Adelaida Bistori. 

Parece que en esto hay contradicción, pero no 
es así. 

Praxíteles no busca las formas en el primer 
modelo. Beune las bellezas dispersas y evoca de 
la masa marmórea la Yénus antigua. 

Esa es la vercUid ideal de la forma, pues no 
por ser escepcionalmente hermosa, deja de ser 
esa Venus una estatua de mujer. 

Esa es la verdad ideal de la Bistori. 

Su pasión no es la verdad vulgar de cada 
momento y de todas las personas. Es la concep- 
ción mas grande y elevada de lo posible, sin 
dejar de ser lo verdadero. 

Jason le dice que tiene un medio de probar 
que ama á sus hijos. 

— ¿Cómo? contesta Medea. 

— Arrancándolos á la vergüenza y á la des- 
g^racia. 

— ¿CómoP 

— Inmolándose á su salvación ! 

— Pero ¿cómo, díme, cómo? 

La última de estas preguntas la hace Medea 
oprimiéndose la frente y como queriendo arran- 
car de ella la revelación que no alcanza. 



Ui 



ÁU ERICA LITERÁItlÁ 



-ás. 



\ Es sublime de espresion y naturalidad ! 

Medea llamando á sus hijos, agitando los bra- 
zos alargados con febril impaciencia, espresando 
en su fisonomía el espasmo del amor materno, al 
escuchar su voz 6 al sentir en sus rodillas el 
contacto de sus manos, ha llegado sin duda al 
ideal de la espreakm, sin que esos grandes ras- 
gos tuvieran otra luz que la verdad. 

Pero donde mas se muestra el genio de la 
artista es en las situaciones que ella misma crea. 

Toda la escena del último acto reposa en esta 
sola palabra: tú! que Medea arroja contra Jason 
como un anatema. 

La situación es obra de la artista j en esta 
parte es algo mas que intérprete del poeta. 

Desde las primeras palabras del primer acto 
ya se comprende esa facultad creadora. 

La nodriza le pregunta, al verla presentar 
una ofrenda á los dioses griegos, si son también 
los suyos: 

Responde Medea: 

—Ah I no I non SLggna^UBi le mié 
Alie tne deitá. Le mié tuoi doni 
Disdegnano; il lor coito é aparentoflo 
£ un sempiterno aTvicendar di stragri ; 
Venere noetra por di sangne anch'ella 
Ha setel 

'/No compares tus dioses á los mios. Los mios 
despreciarían esa ofrenda. Su culto espantoso es 
una cadena de atrocidades. Nuestra Venus mis- 
ma tiene sed de sang^. " 

Estas palabras parece que debían ser pronun- 
ciadas con lentitud y entonación para dejar el 
tiempo de producirse á los cuadros que envuel- 
ven. 

La Bistori las pronuncia con rapidez y con 
voz sorda, como aquellos espectáculos horribles 
de los cuales nos hace volver la cara, dejando á 
la imaginación que los complete. El auditorio 
mismo se hace así instrumento de la acción. 

Sus hijos tienen hambre y se lo dicen. 

Medea exclama con desesperación: 

Kon poter motar mié vene 

Fino all'eetrema goocia, e dir préndete, 

KntriteTi, l)eTete il sangue miol 

Este pasaje hace erizar el cabello. 

El diálogo con Creusa es sin igual. 

La historia que cuenta Medea de su vida de 
joven, la llegrada de Jason, sus impresiones pri- 
meras, es algo que no puede describirse. 

La sola aodon y espresion de la Bistorí tra- 






duce el cuadro trazado en los sigfuientes venoi 
con mas elocuencia que la palabra: 

Al primo Bgnaxdo ano 
Beetoi stnpida e muta, itenmoaoaao 
Le raganti pupille. Entro mi rodé 
Aspra tmania; rien men Tinta la oafana... 
SofEro... Ei paria... e di mhtto a torrenti 
Dentro mi soorre del gioir la piena. 

({Quién no ha conservado el recuendo de aqael 
rugido de la terrible leona, cuando Crenaa le 
pregunta, candidamente, qué haria con la mvj» 
que le hubiese robado á Jason, si la enoontcaieP 

¿che farei 
Loro? Che &k nel cupo della Mlva 
n leopardo allor che con subitano 
Salto, mgrgendo di terribil gioia, 
Pecipita qnal folgore e ghermiace 
La preda, e in boo epeoo la porta e i meml»i 
Sanguinanti ne sqnatra a brano a hrano?... 

Medea se transfigura y se cree ver en ells al 
leopardo arrancando á su presa los miembros pal- 
pitantes con que siembra su sombría cueva. 

El vedremo ! con que responde al anuncio de 
Creusa de unirse á Jason, es digno de la Bistori. 

La escena con Jason, del segundo acto, es 
magnífica. 

Medea aparece; Jason hace retirar á los que 
le acompañan, para quedarse solo y el público ae 
conmueve ya porque presiente lo que vá á su- 
ceder. 

La primera transición es sublime. 

<f E desso ! Ah tutto obblio ! u esclama la aman- 
te abandonada. 

Pero Jason vuelve la espalda. 

La espansion del amor vuelve á encerrarse en 
aquel corazón altivo y Medea dice con indescrip- 
tible amargura: 

Forae ü lacrimar di sna 
Korte alia vocee un diBi>erar che conta 
Sei Inne, e un lungo aspro cammin, la mía 
Sembianza gnastar ai, che pell^rina 
Gli api>ar... 

Y luego agrega con la ironía acerba que pare- 
ce una sonrisa del dolor : 

Jiasone, io son Kedea! 

Jason le pregunta si ama á sus hijos. 
Medea responde esta sola palabra : i< se li amo.^ 
Pero ahí está el asombro que causa la nega- 
ción de la evidencia y la duda de lo mas santo; 
ahí está la apelación al cielo que atestiguan los 
ojos levantados / las manos juntas; ahí está ei 
latido que responde á esa duda, contenido por 
los brazos que oprimen el pecho. 



SECCIÓN LITERARIA— EBPéBLicA argentina 



14a 



El pintor que pndiera reproducir esa actitud 
y la espresion de esa flsonomia, pasaría sin duda 
en su obra á la posterídad. 

¿Qué decir de la terríble recriminación con 
que responde Medea á las palabras del que la 
ofrece conducir á reinos remotos? 

¿Irá á la patria que le cobraría sus tesoros, 
robados para JasonP ¿Irá á Metona, cuyo rey 
fué muerto para darle un trono? ¿O á Tracia, 
dónde la mar irritada revuelve todavía los hue- 
sos del hermano asesinado por él ? 

— ¡No! exclama. 

'Tiü che oonaorti noÍ complici siamo". 

El recuerdo del moríbundo lansando su anate- 
ma á sus asesinos, hace temblar. Medea gime con 
BU acento, recoge en sus manos la sangre escapa- 
da de su herída y con la cual salpicó sus rostros. 

Todo lo que sigue de aquí es incomparable- 
mente bello. 

La escena con los hijos, que viene mas ade- 
lante y de que hemos hablado de paso, muestra 
el genio de la Ristorí para pulsar las cuerdas 
profundas de la ternura, dejándolas vibrar por 
largo tiempo en el alma. Su profunda ciencia 
en las transiciones, su ímpetu terríble en los 
arranques de la pasión, se manifiestan maravillo- 
samente aquí y en la escena con Creusa, al es. 
conder el puñal con que iba á matar á su rival, 
cuando esta declara que venia á salvarla. 

En la escena 5* del tercer acto hay un cuadro 
sublime de espresion. 

Medea, sorprendida cuando amenazaba á la 
luja de Creonte, es condenada á partir y le arre- 
batan sus hijos. 

La leona vencida, cae doblando una rodilla, y 
BU cara toma esa espresion de dolor idiota que 
indica el último límite del sufrimiento, rayando 
casi en la insensibilidad. Nadie puede figurarse, 
sino viéndola, esa línea ondulada que forma la 
contracción de una boca abierta por el espasmo 
del dolor. 

Recordamos una figura de Scheffer, en su cua- 
dro de la matanza de Heredes. Allí se veía una 
joven judía cuyos labios contraidos espresaban 
por sí solos ese dolor infinito que se revelaba con 
la misma intensidad, aun cuando se cubriera el 
resto de las facciones. 

La boca de Medea, en aquella situación, deja- 
ba pálido aquel signo sublime del dolor sorpren- 
dido á la naturaleza por Scbeffer. 



De estas sorpresas tiene la Ristorí á cada ins- 
tante. 

Sus ojos, sus facciones todas, su actitud, sus 
movimientos, sus dedos, sus pies, todas esas son 
notas que concurren, como rayos concentrados, 
al foco de la pasión suave ó tremenda que espre- 
sa con una intensidad incomparable. 

Del tercer acto no se puede hablar. 

Es necesarío verlo. 

El genio de la grande artista crece á medida 
que se hacen mas dramáticas las situaciones. 

La escena en que se le permite escoger entre 
sus dos hijos; en que ella renuncia á ese dere- 
cho, porque «una alma no puede partirse en 
dos«; en que, dejando la elección á sus hijos 
mismos, estos le responden con el silencio; en 
todo eso, Medea se supera á sí misma, si es po- 
sible. 

Y luego, cuando cae anonadada á los pies de 
la estatua de Saturno, cuando vuelve en sí de 
su desesperación, se palpa sus lágrimas, se pre- 
gunta si es ift terríble Medea la que llora, pro- 
nuncia el nombre de Creusa, vé brillar en ese 
nombre su venganza y se levanta diciendo : 



"Ama i tre, nei tre muora". 

Esto solo puede compararse á la espantosa 
espresion que dá á los versos del segundo acto, 
cuando se figrura y descríbe la muerte de su 
ríval. 

Come spegnerlaP Qnali arme? H releno? 
Scoprir r insidia ella potrial H pugnale? . . . 
Piü corto; ai oolpi duce il cor. . . GMoso 
Del Telen fora il braocio! Oh gioial la notte, 
Baaente i foschi mnri, entrar, qnal ombra, 
Dove ella posa e in sue pióme giacente, 
Botto mia man mirarla l'aborrita 
Greca e col ferro che improriso piomba 
Snl 8UO seno cercar nelle latebre 
Del i>etto l'alma... apre gli occhi, mi vede; 
All' estremo sao grido, in snbitano 
Bisregliamento de la reggia amante, 
Congianti accorron tntti esterrefatti, 
E veggon salla salma di Creosa 
Terribilmente in pié sorger Kedeal 

La imprecación á Saturno es terríblemente 
sublime. 

De la iiltima escena con los hijos y la nodríza, 
lo mismo que de la escena última, hemos hablado 
incidentalmente y están grabados sus recuerdos 
en todos demasiado hondamente para que sea 
necesarío reavivarlos. 

Confesamos que no éramos muy partidaríos 
de la tragedia antes de oir á madama Ristorí, 

Esto 8(» esplica perfectapiente, 



144 



AMERICA LITERARIA 



Para hablar el lenguaje de los héroes es nece- 
sario tener el alma de los héroes. 

Para hablar el lenguaje de las grandes pasio- 
nes, es necesario el genio capaz de sondear su 
inmensidad. 

Ese idioma no puede ser traducido por todos; 
7 es por eso que la tragedia, tan ridicula y de- 
testable como es en su medianía, es sublime 
cuando encuentra sus grandes intérpretes. 

Decir ahora que el público hizo á la célebre 
trágica la ovación mas completa, sería repetir 
lo que todos saben. 

Nosotros creemos que si no aplaudió hasta 
romperse las manos, fué porque estaba impre- 
sionado con demasiada intensidad para reaccio- 
nar inmediatamente a cada paso. 

Asimismo condenamos los intempestivos aplau- 
sos que vienen á interrumpir frasos y situacio- 
nes, con grave incomodidad del verdadero público 
inteligente. 

Se concibe un hravo 6 uno de esos sordos ru- 
mores de la conmoción profunda de un público, 
acompañando un gran momento del artista; pero 
ponerse á hacer bulla á designio durante dos 
minutos, para manifestar que ha gastado una 
palabra ó un gesto, es querer hacer constar esa 
aprobación perjudicando al artista mismo j á 
los que desean escucharlo. 

Aplaúdase enhorabuena después del acto ó de 
la escena, cuantas veces se quiera; pero el aplau- 
so debe ser una aprobación inteligente j no una 
interrupción de mal género. 

Imposible nos sería señalar todos lo^ admira- 
bles momentos que tuvo madama Ristori durante 
la tragedia. Tendríamos que hacer una diserta- 
ción sobre cada palabra, porque no hay una «ola 
en que no se haya mostrado á la altura del genio. 

Volvemos á repetir que nos consideramos in- 
capaces de espresar lo que la grande artista ha 
hecho sentir al pueblo. Busque! o cada uno en 
su propia historía, que es la de todos. 

En efecto, es indudable que anteanoche todos 
hf mos salido del teatro cambiando palabras de 
admiración y entusiasmo; hemos ido á buscar en 
seguida en el libreto un alimento á nuestras im- 
presiones; hemos cerrado los ojos sobre el libre- 
to, para escuchar toda la noche, la plegaría 
desesperada 6 la imprecación terrible de Medea, 
viendo ondear los pliegues de su túnica y bríllar 
la luz de su puñal en 1& noche de los sueños. 

Y en seguida nos hemos levantado y hemos 



vuelto á hablar de madama Ristorí hasta volrer 
esta noche á colgar nuestras almas de sus labios, 
como dicen los andaluces en su lenguaje pinto- 
resco. 

Jo8£ Majiia Gutivbbkz. 

Abogado j Pubtteitte. 
La Nación Argentina, 1869. 



fantasía 



Cuando en los bancos de la escuela se nos lle- 
naba la cabeza con las revoluciones políticas de 
los patríelos romanos, que, de la placa pábliet 
subian á la tríbuna, de la tribuna al consulado 
y del consulado á la horca; cuando se nos hada 
aprender de memoría que Roma, la señora del 
mundo, la vencedora de la Ai ríca, de las Oalias, 
de la España y de toda la tierra conocida, se 
hacia llamar Urbi para distinguirse de todas Ut 
otras ciudades; cuando en medio del invierno, en 
esas largas y heladas salas de la Universidad de 
Buenos Aires, entre el fastidio, la risa ó el poco 
respeto por el maestro, se nos llevaba á partici- 
par de los banquetes de Lúculo y de los furores 
patríóticos de Catilina, nos habíamos formado li 
idea de que Roma estaba situada sobre la mayor 
altura de la tierra, y que una vez en el Capito- 
lio, se debia dominar la creación entera y vene 
los otros pueblos como enanos que se estinn 
por alcanzar á las rodillas del gigante, una reí 
de pié sobre la montaña, nos decíamos, el espí- 
ritu debe dominar las artes, las ciencias, todo lo 
que los hombres han creado, como dominaron 
los romanos; allí el hombre será mas hombre; 
grande y vasto en sus concepciones, porque en 
Roma, coloso del mundo inteligente, nada puede 
ser chico, y cuando descendamos para llevar i 
nuestras riberas del Plata el producto del esta- 
dio, el fruto de los peligros y de las fatigas, 
volveremos con el bautismo de una regeneración 
completa, y seremos útiles... 

Esta ilusión duró veinte años. ¡ Poder mágieo 
de la pasión ! . . . Oh ! sí, vendrá el dia, nos decía, 
mos, en que pongamos los pies sobre la roca 
Tarpeya, en que refresquemos el cuerpo en los 
mármoles de Caracalla, y en medio de esas 8<Mn- 
bras gigantescas podamos lanzar el grito del 
tríunfo conseguido. 



SECCIÓN LITERARIA— BBPtBUCA argentina 



145 



«Vimos á Roma, hemos pisado sa polvo j 
saludado su corona inmortal. » ¿ Queréis que os 
diga que la fantasía era preferible á la reali- 
dad?... ¿que con ella murieron ilusiones que ya 
eran parte I» la existencia, secretos que se sabo- 
reaban en silencio, en la amargara de los desen- 
gaños cuotidianos? No, porque vosotros sabéis 
que el deseo satisfecho j la dificultad vencida... 

Roma está situada, como muchos pueblos ita- 
lianos, ni mas alto ni mas bajo que otros... pero 
ella tiene su San Pedro, su Moisés, su Coliseo y 
algo mas... ¿Queréis que os hablemos de las da- 
mas romanas? Las que sirvieron de modelo á la 
Eva de Miguel Ángel, valen bien un recuerdo 
que acaso reemplaza la fantasía que acabó con 
la visita. 

Bien, pues — y podéis creerme bajo mi palabra. 

La dama romana es bella y elegante, lujosa, 
llena de poesía en su traje y en sus maneras. 
No observa la sencillez de la dama francesa en 
los colores de su traje, tal vez porque bajo ese 
cielo caprichoso ama imitar sus contrastes. Su 
palabra es melodiosa y tranquila; el estranjero 
no encuentra en ella la altiva reserva de las da- 
mas del Norte, y es curiosa, apasionada de todo 
lo que está fuera de Roma, aunque se nota siem- 
pre el orgullo de la sangre. Dotada de imagina- 
ción, es fanática por las narraciones fantásticas, 
y las simples aventuras de viaje la tendrían ocu- 
pada la noche entera, sin fijarse en el tiempo. 
De esta cualidad sacan partido los hombres de 
espírítu, y los hombres que saben interesar con 
la palabra, sean feos ó bonitos, jóvenes de veinte 
años ú hombres de treinta y cinco. Una vez que 
la dama romana os ha devuelto vuestro saludo, 
podéis contarla en el número de vuestras rela- 
ciones, y si el cielo os ha dotado de un poco de 
osadía, ese mero cumplimiento de civilidad po- 
dría serviros de título de introducción... ¿Que- 
réis una prueba? 

una de las noches crepusculares del mes de 
Mayo, nos vino la idea de visitar las ruinas del 
palacio de los Césares, que los siglos han des- 
truido, se diría de una manera calculada, para 
despertar la melancólica poesía de los recuerdos; 
la eaüe del Corso buUia de gente y ese movi- 
miento puramente convencional no ofrecía á 
nuestros ojos sino la imitación de lo que pasa en 
los Boulevards de París, en la Strada Nuova de 
Genova y en la ria Calsaiuoli de Florencia. 

Vamos á las ruinas, nos digimos, y vamos solos 



á sentir en el silencio la voz de esos restos que 
han presenciado tantas grandes acciones, tan 
profundas maldades y tantas miserías, porque el 
hombre es siempre el mismo, bajo todos los cli- 
mas y bajo todos los tiempos. 

Fácil es la satisfacción de los deseos de ese 
género. Llegados á la puerta, fuimos sorprendi- 
dos por la vista de una bella y elegante calesa 
descubierta, de cochero y lacayo en uniforme ga- 
loneado, y que al parecer esperaba á sus amos. 

Tiramos el cordón de la gruesa campana y 
pronto se presentó la guardiana, buena y sencilla 
mujer, que por un franco nos había permitido 
ya otras veces visitar su palacio de recuerdos. 
Conociónos inmediatamente, y con su franqueza 
habitual nos dijo:— Adelante. 

— Tememos perdernos si vamos solos, la di- 
gimos. 

— Hay gente en las ruinas. 

— Entonces vamos también nosotros. 

Y nos lanzamos por esas escaleras seculares, 
cuyas piediVB contienen millares de nombres de 
los viajeros que creen hacerse eternos uniendo 
el nombre propio á la vida de esos restos y pasar 
á la posteridad, como si el viaje á Roma fuese 
una peregrinación como el viaje á la Meea. 

No habíamos subido treinta escalones, cuando 
oímos la voz dulce y melodiosa de una boca ro- 
mana, que decía en el tono de la rísa— ¡Qué gra- 
ciosa, hoy tienes miedo, como si fuera la prímera 
vez que lo haoemos! En dos brincos nos pusimos 
al lado de la que hablaba, y con el sombrero en 
la mano la digimos : 

— Señora, á título de hombres y en medio de 
las ruinas, nos es permitido ofreceros nuestra 
compañía. 

El gradas prosaico vino á helarnos la sangre; 
pero el momento era exigente y replicamos : 

— Ofrecemos nuestra compañía, mas en nues- 
tro interés, acaso, que como mera forma de civi- 
lidad. Estamos ciertos de extraviamos si recor- 
remos solos estas ruinas, y al lado de vosotras 
no se corre ese peligro. 

— Entonces aceptamos la compañía, dijo una 
de las dos damas, y os serviremos de guia. Esta 
loca, agregó dirigiéndose á la otra, ha querído 
venir á visitar sus minas á estas horas, y ahora 
tiene miedo... oh! cómo somos incomprensibles 
nosotras las mujeres! 

— Pues bien, que la que tiene miedo, tome 
nuestro brazo, y vamos juntos á descubrir este 

19 



146 



AMERICA LITEBABIA 



mundo sombrío, como Mzo el Dante 6 Cristóbal 
Colon. 

Cuando la dama que tenia miedo dejó caer su 
brazo sobre el nuestro, sentimos de Teras que se 
había posado uno de aquellos que sirren á las 
bellas creaciones de los estatuarios romanos, que 
copiando al natural, mandan al estranjero esas 
perfecciones que luego Tenden como adivinacio- 
nes del genio. 

— ¡Qué bella idea habéis tenido, señoras, en 
Teñir aquí esta noche, 7 qué buena es la provi- 
dencia que nos ha inspirado la misma! 

— Debemos partir para Liorna, á pasar allí el 
yerano. 7 70 no puedo abandonar mis ruinas sin 
darles un adiós, dijo la que nos daba el brazo. 

— Van dos veces que os oímos decir mis ruinas 
7 la curiosidad es cualidad esencial en los viaje- 
ros. ¿Por qué decis mis ruinas? ¿por qué sois de 
Boma 7 porqué estos restos son romanos? 

— No porque son mias 7 es una parte de la 
herencia de mis padres. 

— ¡Qué! ¿todas las ruinas no sott. de propie- 
dad pública? 

— Al contrario, ha7 mu7 pocas que no sean 
de propiedad particular. 

— Entonces, señora, ¿ debemos trataros como 
á una de las herederas de los Césares? 

— Simplemente como á la vizcondesa L. L. 

— Mucho honor, señora, de haUamosen vues- 
tra sociedad. Habéis sido de una tolerancia infini- 
ta. puAs nuestro aspecto, en el traje que vestimos, 
debe haber puesto delante de vuestros ojos uno 
de esos bandidos que hace la moda, ó un artista, 
porgue ambos visten poco mas ó menos. 

—No; 08 hemos tomado por lo que sois pro- 
bablemente; un viajero que ama las lindas vistas 
7 las bellas noches, 7 que acaso tiene algo dentro 
del pecho que lo aleja de la bulliciosa sociedad. 

— Gracias, señora, si es un elogio. No somos 
de Europa 7 nuestro país se pierde en la carta 
del mundo á fuerza de estar lejos; somos de las 
riberas del Plata, en la América del Sud. 

— Es la primera vez que oigo nombrar ese 
país. No lo extrañéis, señor, porque S07 de una 
ignorancia completa en geografia. 

— Perdón, señora; ha7 ministros de Estado que 
no harian esa confesión 7 esos ministros tienen 
pendiente con nuestro país una cuestión diplo- 
mática desde ocho años atrás 7 todavía no están 
bien ciertos de si el Bio de la Plata es tributa, 
rio del Nilo ó del Océano. 



— ¿Y cómo se viene hasta Boma? 

— Se puede venir hasta Civitaveochia, por mar 
en buques que hacen los viajes ultramarinos, 7 
si es buque de vela serian necesarios tres meses 
de navegación á lo menos; 7 en buen buque da 
vapor 45 ó 50 dias. 

— ¡Dios mió! ¿T qué se hace todo ese tiem- 
po?... ¡siempre en el mar, sin hacer escala como 
los vapores que van á Marsella! 

— Siempre en el mar, sin otra compañía que 
el cielo que os cubre 7 el agua que os soporta: 
no es alegre por cierto una travesía tan larga; 
pero el hombre es hijo de los hábitos 7 llega á 
acostumbrarse á todo. En el mar se lee mucho, 
se estudia, se piensa también, se duerme j se 
come cuando el corazón está contento 7 el físieo 
no padece. 7 se piensa mas que en todo en la que 
quedó llorosa en la pla7a de la patria ó en la que 
espera palpitante de esperanzas en el puerto de 
llegada. ¿Veis como todo se encuentra compen- 
sado en este mundo ? 

— Por mi parte nunca tendría suficiente valor 
para hacer un viaje tan largo. 

— Escusadme ... ¿ sois casada ? 

— S07 viuda. . . ¿ por qué P 

— Porque para responderos me era necesario 
averiguar antes si habíais sentido 7a el influjo 
de las pasiones. Todas ellas se parecen, 7 hasta 
la que consiste en no tener ninguna es dominan- 
te 7 tiránica; sabéis que al non far niente se le 
dá siempre la cualidad de dulce. El comerciante 
atraviesa los mares por satisfacer la pasión del 
lucro; el avaro por ocultar ó salvar lo que tiene; 
el viajero de placer por satisfacer su curiosidad; 
el sabio por estudiar la tierra 7 las sociedades 
que no conoce; 7 los desgraciados como nosotros 
por huir de una pena que les sigue á todas partes. 

— Debe ser bi«n profunda. 

— Depende de la naturaleza de cada uno: á 
vos no os afligiría tal vez. 7 á nosotros nos mata. 
Hemos perdido la compañera de la vida. 

— ¿ Tan joven 7 viudo ? 

— Nos casamos niños 7 nos amábamos como 
gandes. 

— ¿Y la habéis perdido? 

— Si, ahora cuatro años... ¿Veis, señora, como 
este sitio arrastra á los asuntos tristes?... vos 
debéis sufrir también, porque ha7 una afinidad 
cruel entre todas las penas 7 me habéis diclio 
que erais viuda. 

— Sí, he perdido un amigo, no una paáon... 



dCCCiON LITEU A KT A —itEPtJBLicA abobktika 



147 



•ra imposible, paes él tenia cinonenta y ocho 
años j yo tengo veinte j dos. .. lo estimaba como 
á protector j como á padre.» . 

— Comprendo bien esa ley europea de matri- 
monios de eonyeniencia... no se puede ser moral, 
bueno y felis, sino cuando el coraxon está con- 
tento, porque las comodidades y el lujo impre- 
sionan el primer dia, y mueren luego. ¿No es 
Terdad? 
— ¿Cómo queréis que os responda? 
— ¿ No conocéis la palabra que ha poetizado 
el Dante? Si hubieseis tenido por marido al 
primer hombre que hiso palpitar de amor vues- 
tro pecho, al joven por quien en el Corso, en el 
Pinoio, en la Argentina, os adornabais para ser 
bella, al que esperabais siempre sin haberle dado 
antes una cita, al que por veros hubiese expuesto 
su vida corriendo cien peligros, decidme, ¿ estas 
ruinas no hablarían á vuestro corazón mas que 
á los ojos y al espírítu ? El recuerdo de los dias 
felices, de las alegrías extintas para siempre, ¿no 
vendría á interponerse entre los testimonios de 
la historia y vuestros recuerdos ? Si él estuviese 
ahora conmigo, os diríais en el secreto del alma, 
aquf á mi braso, bajo este cielo que no tiene una 
nube, á extasiarse sobre ese rayo de luna que 
eae sobre esa ruina y la viste de melancolía y 
de respeto, ¿no apretaríab su brazo y le arran- 
caríais 4 las trístes meditaciones ? 

— jCómo se conoce que esa reflexión pasa por 
vuestra mente! 

— No os ofendáis: las ruinas tienen una analo- 
g^ía bien cruel... huyamos de este sitio... y bus- 
quemos á vuestra hermana que me parece alegre 
de carácter. ; Qué dichosos los que son dichosos! 
Y fuimos á perdemos en el laberinto de esos 
restos, que iluminados por la luna de mayo del 
eielo de Italia, recuerdan las fantasías de los 
dulces años que pasaron. 

MiouKL Cañé (padu). 

UtanUo 7 JurUeousalto. 
Boma, 1858. 



PERÚ 



ÜN FESTIVAL CHINO 



Fuera de los domingos, el chino contratado 
no tiene mas dias de reposo que los dos desti- 



nados d festejar su año nuevo. En los valles, se 
reúnen cada año en una hacienda diferente y 
allí se entregan á una orgía de cohetes de la 
China, comilonas, representaciones dramáticas, 
juego, opio; holgazanería, en una palabra. Por 
una feliz coincidencia, el año nuevo chino cayó 
en lunes de carnaval, y la hacienda elegida, 6 
de turno, en el valle de Caravayo, fué «Caudi- 
villa «. 

Cuando descendimos en la estación de Puente 
Piedra, de la línea de Lima á Ancón, para to- 
mar el tren particular de la hacienda, nos espe- 
raban ya unos 500 chinos que se encaramaron 
como les fué posible en wagones de carga, natu- 
ralmente provistos de una cantidad enorme de 
cohetes, que durante el camino nos destrozaron 
el tímpano y estuvieron á punto de quemamos. 
A nuestra llegada, habría reunidos no menos de 
1,000 chinos. Después de un alegre almuerzo, 
en el que el noble y antiguo juego de carnaval 
reivindicó sus derechos, saliendo todo el mundo 
empapado, dimos el brazo á las señoras y pasa- 
mos á visitar la morada de los chinos, previa- 
mente provistos de pañuelos embebidos en aguas 
de olor. 

Todo el mundo estaba de fiesta; i cada paso 
encontrábamos capillas adornadas con lujo-— En 
el fondo del altar se veia la imagen de un ídolo, 
sentado en cuclillas y con aquella faz caracterís- 
tica de los dioses mongoles. A los lados pendían 
tapicerías de seda entretejida de oro y frente i^ 
altar, oiríos enormes encendidos, rodeando una 
mesa llena de comestibles, destinados á aplacar 
el apetito del Santo, como desig^nan los chinos 
en español á su ídolo. Dulces, cigarros, semillas 
de sandía tostadas, y un cerdo enorme, asado, 
pintado y barnizado el exteríor, de un color cao- 
ba oscuro. La descripción de los elementos que 
entran en la composición del relleno requeríria 
un volumen, y un estómago mas fuerte que el 
mió. Estas capillas se sucedían á cada paso y 
eran cuidadas por un par de chinos, en traje 
común, encogidos y sosteniéndose en equilibrío, 
sobre una delg^ada tabla sostenida en dos postes. 

En el patio había una infinidad de mesas, 
rodeada cada una por numerosa concurrencia, 
entregfada desesperadamente al juego de cartas 
y dados. Los naipes que usan son unos pequeños 
rectángulos de una especie de cautchou negro 
y lustrado, de media pulgada de altura, por una 
y media de base, sobre los que hay algrnnos sig- 



US 



AMÉRICA LITERARIA 



nos grabados. Jaegan con suma Toracidad can- 
tidades insigpnifícantes; pocas caras he visto mas 
áyidas, mas alegres, que la de nn chino, con 
qnien jugué hasta que tuvo á bien comunicarme 
por una mímica bien sigrnifícatiya, que me habia 
ganado tres 6 cuatro soles. 

Entramos en los dormitorios, salones largos y 
desnudos, divididos á ambos lados por pequeños 
compartimentos de madera, semejantes á cama- 
rotes de buque, cada uno con su correspondiente 
tarima, donde duermen dos chinos. Casi todas 
estaban ocupadas por fumadores de <Spio. Sin 
mas traje que un calzón corto de tela azul, ten- 
didos boca arriba sobre la tarima, uno de ellos 
esperaba que el compañero concluyera de pre. 
parar la pipa de madera, dentro de cuya boca 
péqueñfsima se coloca una bolita de opio, lenta- 
mente preparada á la lumbre- de una lamparilla 
de aceite, insoportable al olfato. Una vez lista, 
un chino pone la punta de la pipa en la boca del 
otro, quien en tres inhalaciones poderosas, se 
satura completamente, entre-cierra los ojos y 
concluye por caer inerte, muerto, sin espresion 
ninguna en la fisonomía. El otro prepara de 
nuevo la pipa, hace para sí la misma operación 
y muy luego queda en idéntico estado. He pa- 
sado cerca de media hora contemplando chinos 
dormidos bajo la acción del opio, buscando en 
8u fisonomía un rastro de esas curiosas sensacio- 
nes morales que el narcótico produce, sin encon- 
trar mas que el repugpnante aspecto del embru- 
tecimiento. M. Richet, uno de los fisiólogos mas 
distinguidos de Francia, publicó últimamente 
en la Revue un estudio interesantísimo sobre 
los venenos de la inteligencia, como llama al ta- 
baco, el alcohol, el hatchis, el opio, el café y el 
cloroformo. En cnanto á los efectos del opio y 
del cáñamo de la India, se limitaba á trascribir 
las brillantes páginas de Teófilo Gautier en sus 
dos fantasías del Club des Hatchichins y la Pipe 
d*Opium, declarándolas rigurosa y científica- 
mente exactas, y esplicando por la fisiología el 
porqué de esos ensueños y fantasías, la acción 
del narcótico sobre las celdas cerebrales, etc. 

Todo eso recordaba mientras contemplaba al 
chino dormido, y comprendía por qué estos infe- 
lices, para quienes la vida es una maldición, una 
tarea infame, buscan con avidez ese veneno ce- 
leste que los arranca de la mísera existencia 
positiva, para pasearlos triunfantes entre rique- 
zas deslumbradoras, mujeres blancas de mejilla 



roja, de ojos estirados, nariz chata, frente ancha, 
lisa y descubierta, cuerpo pequeño y pies atrofia- 
dos (jj. Pero ¡qué duro debe ser el despertart 
¡Con qué desaliento debe ese infeliz tomar ma- 
ñana el machete y entregarse de nuevo á la lucha 
contra la caña jugosa y cortante, que le destrón 
las manos, mientras el sol penetra en su cráneo! 
Entre tanto, el chino no inspira la compasión 
que el negro esclavo ha despertado siempre j 
tengo para mí que Missis Beecher Stowe, la 
autora de la '/ Cabana del tio Tom " ese QuijoU 
de la esclavitud, no habría podido obtener sos 
efectos patéticos, poniendo la escena en un in- 
genio de asiáticos, como llaman en el Perú á loi 
eoolíes. El chino no tiene mujer, no tiene htjos. 
El espectáculo de la madre esclava, de cuyos 
brazos se arranca el hijito, de la mujer en cuja 
presencia se azota ó se mata al mando, del viejo 
padre ante cuyos ojos el hijo que ha oaido' des- 
fallecido bajo un sol de fuego, es levantado por 
el látigo de siete nudos, todos los horrores de la 
esclavitud que sublevan el alma mas apática, no 
se ven por aquí. Luego, Itr idea de que la condi- 
ción de estos miserables es peor mil veces en so 
país, sirve de consuelo. 

En cada cuarto, en cada pequeña pagoda, en 
cada círculo, se nos obsequiaba con un detestable 
cigarro que, señoras y hombres, todos teníamos 
que aceptar, so pena de inferir una ofensa á esos 
infelices. A cada instante llegaban diputaciones 
de las haciendas vecinas, precedidas por tres 6 
cuatro parejas de chinos, unidos de dos en dos 
por largas cañas sostenidas en los hombros y de 
las que pendían innumerables cohetes que hacian 
un ruido infernal. En sogruida y en andas, el 
consabido cerdo relleno, bien barnizado y relum- 
brando al sol, y mas atrás, las vituallas menu- 
das, para la indispensable " reparación de abajo 
de la naríz », como decía Rabelais, el alegre cura 
de Meudon. 

A las ocho de la noche del lunes de camavil, 
nos vinieron á avisar que solo se esperaba nues- 
tra presencia para dar principio á la función 
dramática, á cuyo efecto los chinos, cotizándose, 
hablan contratado mediante mil quinientos soles 
(papel 15,000 m/c.) la compañía que fnnoicma 
permanentemente en Lima. 

Recostado en una de las paredes de un inmen- 
so corralón, dentro del que estaban apiñados unos 
mil quinientos ó dos mil chinos, de pié, inmóvi- 

(l) El tipo de la bellos» entre los chinoe . 



SÉCCIOlí LITERARIA— BEP^BLICÁ AltOENTlNA 



149 



les, silenciosos j de sombrero puesto, se habia 
levantado el escenario. La iluminación consistía 
en diei 6 doce enormes candilte, cnyas meabas 
despedían nn bumo denso j sofocante j que un 
chino yiejo j barapiento escandilaba á cada ins- 
tante, iout á fait san fa^on, pasando entre los 
artistas é interrumpiéndolos á reces. A nosotros 
se nos babia preparado un pequeño cobertijo, 
como palco de honor, donde nos instalamos gra- 
Temente. 



Me encuentro impotente para poder dar una 
idea de aquella función, pero puedo asegurar que 
pocos espectáculos han producido en mí una im- 
presión mas curiosa. Por supuesto que no en. 
tendí una palabra, á pesar de haberme provisto 
de dos chinos que nos habían servido á la mesa 
y que hablaban algo de español. Uno de ellos se 
me desertó á la media hora; le encontré razón 
porque me figuré lo que yo mismo hubiera hecho, 
fd un vecino, en pleno terceto de Roberto el Dia- 
blo, me hubiera codeado para decirme, con la 
cara de cretino que siempre acompaña esa frase 
espiritual : « ¿ Qué dice ? u 

Por otra parte, la pieza, que según parece era 
original de un famoso y antiguo autor, estaba 
escrita en el puro y verdadero idioma chino, tan 
diferente del dialecto que hablan los coolies, como 
el grriego de Píndaro del que habla un marinero 
del archipiélago en el dia. Todos los chinos ten- 
dían ávidamente los oídos y cuando pescaban 
algo, se reñejaba sincera alegría en sus caras. 

To no sé lo que aquello era y sospecho que el 
autor mismo nunca lo supo bien; el hecho es que 
á la hora de espectáculo la cabeza se me habia 
trastornado y me encontraba bajo una jaqueca 
de primer orden. Toda la parte dialogada, que 
era lo mas, tenia este invariable y constante 
acompañamiento: un bombo, un par de platillos 
enormes y discordantes, un tambor y una cam- 
pana agria, sin tono. Jamás variaban el tiempo, 
J, para mayor desventura, los instrumentos suso- 
dichos nunca sonaban á un tiempo, sino que la 
campana hacia rancho con el bombo, mientras 
los platillos pretendían armonizarse con el tam- 
bor. ¡ Qué infierno aquel ! De pronto cesaba y se 
dejaba oír un pequeño instrumento de dos cuer- 
das, que un chino sostenía sobre sus rodillas y 
del que sacaba un acompañamiento siempre idén- 
tieo, pero armonioso y de una monotonía adormi- 



dera, ün oboe, con sonido de octavín destemplado, 
ejecutaba un exceso análogo y sobre esa base 
comenzaba un canto gutural, insoportable, en el 
que el artista se esforzaba por hacer perder á su 
voz toda la dulzura natural, para darle una aspe- 
reza, una acritud semejante á rujidos, mahuUí- 
dos, todo lo que se quiera, menos eco humano. 

Pero, ¿ qué decían ? ¿ Qué hacían P ¿ Qué era 
la pieza? Mí chino intérprete, el único leal que 
me quedaba, gozaba como un salvaje y todas sus 
respuestas se reducían á esta frase nunca varia- 
da : ii Sabes tú . . como Chile con Perú . . .pelea ! i 
Era ya algo ; estábamos en una guerra. Por un 
lado penetraba un mandarín con su cohorte, se 
arrellenaba en una silla y al lado de su hija, re- 
cibía homenages . . 

¿A\ lado de su hija? Entendámonos. El teatro 
chino no admite mujeres sobre las tablas, como 
las costumbres no las admiten en ninguna exhi- 
bición pública. Son, por consiguiente, hombrea 
los que representan los papeles femeninos, pero 
con una perfección admirable. Sus movimientos, 
la manera de pintarse el rostro y los ojos, el 
pié encerrado en un zapato que es un semi-círcu- 
lo, la voz, la espresion, todo engaña. Son hombres 
que han pasado toda su vida en ese aprendizaje, 
ayudados por el aspecto femenil del chino en 
general y muchas veces por ciertas costumbres 
no comunes entre los occidentales. A ese pro- 
pósito, diré que no he visto sino una china 
en el Perú; fué traída de siete años. Es hoy 
una mujer de veinte; casó en Francia con un 
sirviente francés, tiene dos hijos, chinos puros 
de aspecto y no sabe una palabra de su idioma. 
Los pocos chinos que tienen aquí mujer, la han 
tomado de las indígenas, china-chola, zamba, in- 
dia, mulata, etc. Nunca emigran con familia, y 
además, creo haber dicho ya que la mayor parte 
son muy jóvenes. 

Cada pieza parece abarcar una época, un rei- 
nado entero, los altes hechos y virtudes de un 
héroe, una Diada completa. Naturalmente, los 
principales personajes son los garandes mandari- 
nos, cuyo distintivo son dos arrogantes, inmensas 
y bellísimas plumas de pavo real, que se levan- 
tan y ondean oon gallardía sobre su casco indes- 
criptible y que el guerrero, con un gesto tan 
petulante y provocativo como el de un gentil 
hombre del siglo XYH retorciéndose el bigote, 
acaricia y arquea bajo su mano. A cada instante 
hay combates; el arma son unas lanzas pequeñas, 



150 



AMÉftICÁ LITEBABIÁ 



algo como la antigua pica, que manejan con ma- 
raYÍllosa habilidad. El vencido se aleja grave- 
mente y el trinníador gira velozmente sobre sí 
mismo, queda suspendido en nn pié, redobla sus 
molinetes y luego, con una estúpida sonrisa es- 
tereotipada en la fisonomía, permanece mirando 
al público, estático, durante cinco minutos. 

Algunos personajes usan máscaras análogas á 
las del teatro griego primitivo, allá en los tiempos 
en que el buen Agamenón se avanzaba mages- 
tuosamente, saludaba á la plebe, decia simple- 
mente: //Yo soy Agamenón // y cedia el sitio á 
8u poco afortunado hermano Menelao para el 
mismo objeto. Bolo que entre los chinos, la 
máscara no es sino pintada. Se cubren el rostro 
de un albayalde de insoportable blancura y por 
medio de lineas y sombras se componen unos 
ojos enormes, con cejas aterradoras y unas bar- 
bas de tres pies de largo. Sin embargo, la mayor 
parte usaban su cara natural. ¿En qué oonsistia 
eso? Obsequié á mi chino con un vaso de chicha 
morada que acababan de pasarme y luego de 
obtener una mirada de gratitud, hice mi pregun- 
ta, que no fué entendida. Verdad que la chicha 
era deplorable. 

Pero lo grande de aquella función, the great 
atiraetion para señoras y hombres, lo realmen- 
te admirable, eran los trajes. Nunca creí que 
me fuera dado admirar telas tan bellas como las 
que cubrían los cuerpos de los artistas chinos. 
Todos los sueños del Oriente, toda la poesía de 
la Biblia, en las deslumbrantes leyendas de Sa- 
lomón, cuando la reina de Saba venia del fon- 
do de su imperio, con mil esclavos cargados de 
perfumes, piedras preciosas, estofas, tejidos de 
oro, arneses, púrpura, etc., todo revivía á mis 
ojos, al ondular esos mantos de seda de mil co- 
lores, incrustados de oro, acariciando la mirada 
y dando al espíritu la verdadera nota de la vida 
en aquellos países queridos del Sol. No he visto 
jamás nada mas rico. Los europeos, con los me- 
dios poderosos de una industria admirable, con 
los portentosos adelantos de la ciencia en el arte 
de la combinación de los colores, Lyon con sus 
sederías, Yenecia con sus cristales y mosaicos, 
la pintura del Benacimiento con sus audacias de 
colorido, la arquitectura colorista moderna, con 
8U reminiscencia árabe, no han obtenido el tono 
unido, armonioso y deslumbrante de las telas 
chinas. Ese tejido debe ser eterno en la dura- 
ción y el color. Todo desaparece; artistas, pieza. 



teatro, espectadores, el ruido insoportable de li 
orquesta sui géneris, cuando ondulan las cortínai 
tendidas sobre 1m puertas que dan paso 4 ks 
personajes. Esas dos cortinas, de un metió y 
medio de ancho por tres de altura, haeiaa mi 
desesperación. Mientras las señoras oonoebiu 
bellísimos vestidos de fantasía con uno solo 4» 
los trajes talares llevados por los manduiaes, 
yo miraba mis cortinas con una codicia cobibo- 
vedora. Nunca he sentido mas vivo deseo de ts- 
ner un objeto de arte en mi poder, que esa 
noche. Yo mismo sonreía al sorprenderme lis- 
ciendo tácitas combinaciones sobre la manera de 
arreglar las dos cortinas, bien dobladas, en él 
fondo de mi baúl. ¡Qué buen regalo para algoiea 
que yo me sé!... Eáas cortinas me van á quittr 
el sueño... algo tengo que hacer por obtenerlas. 

Me fué imposible; ni aun de precio quisieron 
oír hablar los chinos de la compañía. 

A las diez de la noche abandonamos el teatro 
seguidos por la mirada estupefacta de la con- 
currencia, que no comprendía cómo era posible 
desprenderse de aquel espectáculo embriagador, 
máxime teniendo un palco propio y disfrutando 
de cómodas sillas. A las seis de la mañana nn 
atronador ruido de cohetes me despertó: con- 
cluía el primer acto ! El segundo empezó á lae 
doce del día martes, concluyó á las seis de la 
tarde : empezó el tercero á las ocho de la noche 
y acabó á las siete de la mañana del miércoles. 
El director de la compañía, en vista de la pre- 
mura del tiempo, había elejido la pieza mas corta 
del repertorio, habiéndose visto asimismo obliga- 
do á hacer cortes considerables. 

La duración normal de una pieza china, en el 
teatro de Lima, es de veinte ó treinta noches, 
desde la puesta á la salida del soL La concnr- 
rencia come, duerme y fuma opio en el teatro, 
mientras los artistas, con toda gravedad, suspen- 
den cada hora la representación para tomar sen- 
das tazas de té, en la escena misma y sin bajar 
el telón. 

Los que hemos nacido en el seno de la áfi- 
lizacion occidental, estamos condenados i una 
monotonía de aspectos, ideas y sentimientos real- 
mente cansadora. Es en vano viajar en Europa 
y América; la cultura del hombre es en todas 
partes igual, el encanto de la mujer el mismo, 
el menú del banquete no varia jamás» el pela- 
quero en todas partes tiene idéntica charla, Feni- 
llet, Daudet y Cherbuliei ooi^»an el primer 



SECCIÓN LITEEARIA— REPÚBLICA abobktina 



151 



puesto en la eterna librería francesa, Mendels- 
thon y Chopin flptan sobre todos los teclados de 
occidente j par» enamorar a nna mnjer no haj 
mas qne recordar el procedimienU) seguido con 
la anterior. Una pequeña escapada, pnes, á un 
mundo nnero, desconocido, de costumbres pro- 
fundamente diversas, con un ideal distinto, con 
sus tipos de belleza, virtud y fuerza divergentes 
de los nuestros, tiene un encanto poderoso. Nues- 
tra civilización es sin duda superior á la Mant- 
choux, por la sencilla razón de que no somos 
chinos. Pero cuando observaba la mirada de in- 
diferencia suprema que aquel millar de bombres 
arrojaban sobre las bellísimas mujeres peruanas 
que asistían á la representación de Caudivilla, 
comprendía que estaban fuera de su ideal esté- 
tico. Era un verso de Byron murmurado al oído 
de un cafre, una anécdota parisiense contada á 
un beduino, una tela de Carlos Dolci puesta ante 
los ojos de un tebuelche. Esa gente vive en me- 
dios morales que no podemos sospechar, ni aun 
cuando la curiosidad nos empuje á vivir largo 
tiempo entre ellos. Hasta ahora no he podido en- 
contrar un libro, que, como las u notas sobre la 
Inglaterra " de Taine, pueda darme una idea de 
la sociabilidad china. Loa viajeros hacen obser- 
vaciones, pero no penetran en la constitución 
íntima de esa sociedad secular — Cuando hemos 
dicho los occidentales que la China es una nación 
estacionaria, con la correspondiente é inevitable 
figura retórica de que ''es una petriñcacion en 
el seno del Asia » creemos haberlo dicho todo. 
— Mas aún, las historias j geografías univer- 
sides, para llenar algunas páginas, porque al fin 
cuatrocientos millones de hombres tienen derecho 
i que algo se diga de ellos, no tienen mas re- 
cuno que hacer una exposición razonada de la 
doctrina de Confuoio y de sus adulteraciones por 
la introducción del Budhismo. ¿Quien será el 
descubridor de la China social?. 



Miguel Cañé íhuo). 

Abogado j Lltemto. 



üma, 1880. 



BELGRANO Y SAN MARTIN 



Repartida la labor política entre las guerras 
de la independencia y la revolución interior, ha- 
brían sido débiles los esfuerzos del pueblo argen- 



tino en favor de la emancipación sud-americana, 
si esta no hubiera sido por sí sola un propósito 
bastante atractivo para dominar ciertos espíri- 
tus con exclusión de cualquier otro interés. £1 
sentimiento de la fraternidad continental fué 
extraordinariamente fecundo en aquella época, y 
le representan en nuestra historia dos persona- 
jes, diversos por su índole, pero igualmente ad- 
mirables por su patriotismo y por su fé incon- 
trastable. 

Era el primero un hombre manso y austero, 
sano y pensador, desinteresado y superior á todas 
las tentaciones del poder y de la gloria. No 
sobresalía del pueblo sino por el cultivo de su 
espíritu, por la fisonomía moral que le impri- 
mían sus ideas, y por la lealtad con que, desde 
las mas remotas manifestaciones de inquietud 
social, se puso en la primera línea de los refor- 
madores, chocando intereses bastardos, esclare- 
ciendo los derechos comunes é ilustrando, por 
medio de luminosas controversias, los problemas 
económicos y los principios salvadores. Presti- 
giado por su patriótico concurso en las guerras 
de 1806 y 1807, el pueblo le arma en el día de 
la revolución, y encabezando soldados valerosos 
y voluntarios, es el primero qne enarbola la ban- 
dera nacional y la consagra con victorias decisi- 
vas. Modesto en el triunfo, como era paciente 
y fuerte en la adversidad, — aquel noble varón, 
el primer representante del pueblo bajo su fas 
guerrera, esquiva el poderío, rehuye los laureles, 
entrega sin resentimiento su puesto á los que 
ganan el prestigio que él pierde, — y termina eo. 
la desgracia y bajo la pesadumbre de la injusti- 
cia una vida ilustre por sus virtudes cívicas y su 
abnegación. 

Era Manuel Belgrano. 

El otro es Son Martin. Predilecto de la glo- 
ria, nació para la guerra. — ^Tenia el numen que 
improvisa la victoria, la prudencia que la prepa- 
ra sabiamente. El pueblo hizo de Belgrano un 
héroe. San Martin hizo del pueblo armado un 
Ejército. — Amenazada la ultima almena de la 
libertad sud-americana, le arrebata una inspira- 
ción, capaz de arredrar á quien no tuviera sus 
nervios de acero y su alma de espartano. Pero, 
¿ qué son las montañas erguidas sobre la cascara 
del globo para estorbar la redención de pueblos 
que tienen Aníbales en la guerra y Cincinatos 
en la paz? San Martin salvó la revolución y la 
condujo triunfante por tres naciones, cuya liber- 



152 



AMERICA LITERARIA 



tad aseguró, huyendo del teatro político sin es- 
cuchar los llamamientos de su ambición, gozoso 
de haber completado la obra mas hermosa que se 
haya acometido en el Nuevo Mundo con el hierro 
y con la sangre. 

Belgrauo y San Martin son las dos grandio- 
sas personificaciones del sentimiento americano 
y de la edad homérica de la patria. Explican 
una faz entera de la revolución, porque tuvieron 
todos sus instintos y solo sus pasiones, todos 
sus propósitos y solo sus ideas, inaccesibles como 
fueron á cuánto diferia del programa emancipa- 
dor de 1810, semejantes á aquellos seres, reme- 
morados en los libros santos, que vienen á este 
mundo en sus dias de crisis para salvar á los 
hijos de los hombres, y cuyo oido se cierra para 
todo lo que no les habla de la ley peculiar que 
les imponen Dios ó los pueblos inspirados por 
Dios. 

José Manuel Estrada. 

PubilclBU. 



LA QUENA 



La nauta de los indios peruanos, inspi. anio ú 
la fábula, ha despertado universal interés entre 
los que leyeron, ú oyeron referir que la quena 
reproduce con sus melodiosas lamentaciones el 
milagro de Amphion, porque obliga á la fantasía 
á reconstruir el abatido imperio de los Incas y 
sus pulverizados monumentos. 

Cuenta la crónica oral, ^^^ que cierto joven 
peruano, apellidado Camporeal, hijo de español y 
de india, se enamoró de una doncella descendiente 
de los conquistadores. Lo que la naturaleza ó el 
destino unió, fue separado por la arbitraria vo- 
luntad de los hombres. Los padres españoles de 
la virgen peruana, entendieron que los amantes 
no podian llamarse esposos por la desigualdad 
de sus cunas. Alejado Camporeal de Lima, se le 
hizo saber que su prometida habia dejado de amar- 
le, enlazándose voluntariamente con un apuesto 
cabaUero. 

El desdeñado galán abrazó, en su desespera- 
ción, la carrera del sacerdocio. Transcurrido al- 



(1) La señora doña Juana Mannela Qorriti ha sacado de 
ella una intereeante novelita titulada "La Quena". £1 nom- 
bre del héroe r algron incidente de nnestra relación son to* 
madoe de esa obra. 



I gun tiempo, regresó á Lima, d^de, en un 4ii 
señalado en los anales del 3iJ|^fiemo, volfió i 
encontrar en su camino á la ingrata que lo trti- 
clonara. Celebrando en u)i,. templo, al volverse 
al pueblo para decir á los fíeles: u'El Señor set 
con vosotros », la mujer iuiíel le respondió oon 
su inteligente y atractiva mirada: '«tú sem 
conmigo «. Desde aquel momento despertóse en 
el pecho de Camporeal la dormida y fiera pasión. 

La casualidad descorrió el velo que habia en- 
lutado la vida del sacerdote. Acudió la tentación, 
atraída por el amor, y Camporeal fué perjoro á 
sus sagrados votos. Nunca mayor tempestad des- 
trozó el alma de un hombre amante de la virtnd. 

Pero Camporeal amaba mas qne todo á María, 
quién para él era acabado compendio de lo bello 
y de lo bueno. Vencido él y vencida ella, ambos 
se dejaron deslizar por el plano inclinado en qne 
la fatalidad los colocara. Camporeal y María, 
huyeron á las montañas y les pidieron asilo. 

Establecidos en una pobre é improvisada ca- 
bana, pasaron algún tiempo gustando un amor 
mezclado con la hiél de los remordimientos. La 
mano de la desgracia señaló á la muerte, el apar- 
tado lugar en que ellos hablan burlado la saña 
de sus perseguidores. El alma de la infortunada 
peruana, al abandonar la tierra, arrastró consigo 
la razón del mas infortunado Camporeal; y el 
avaro no quiso desprenderse de su tesoro. 

Aquel amante dantesco, sacó del lecho el he- 
lado cuerpo de María, lo colocó en el banco de 
tosca piedra en que ella acostumbraba á sentarse; 
ocupó el sitio de la derecha, y formó el propósito 
de presenciar la lenta descomposición del ca« 
dáver. 

Durante las fúnebres veladas que con la muer- 
ta pasó, compuso un canto, no imitado ni imita- 
ble. En cada estrofa consignó la metamórfons 
de una de las gracias de María, operada por la 
disolución de la carne, que iba desprendiéndose 
gradualmente de los huesos. 

Luego que el cadáver quedó reducido á un 
blanco y descamado esqueleto, él formó con una 
de las tibias una flauta; y con ella, después de 
sepultados los despojos de María, evocaba el alma 
de su amante, en la noche callada ó rumorosa. 

Eran tan desgarradores los sonidos del horri- 
ble instrumento, que los pastores de las cerca- 
nías, percibiendo lamentos emanados de una 
región misteriosa, abandonaron sus humildes ca- 
banas. La música y las palabras del canto de 



SECCIÓN LITERARIA— BBpéBLicA abgbntina 



153 



Camporeal, son conocidas en el Perú con el 
nombre de maihchaúpuitu, ^'^ 

Tal es la crónica de la qnena, sneño de algu- 
na fantástica imaginación. 

La qnena existia en el Perú, mncho antes de 
que los españoles pensaran en conquistar el im- 
perio de los hijos del Sol. Nadie ignora tampoco, 
y esto esplica el origen de la leyenda, que los 
romanos tenian una flanta llamada tibia; ^'^ de 
la ooal, por analogía de forma, se tomó el nom- 
bre con que es conocido el bnoso inferior de la 
pierna hnmana. 

La qnena, fabricada generalmente con nna 
caña peculiar de las montañas del Perú, mide 
media vara de largo y dos tercios de pulgada de 
diámetro. Abierta por sus dos estremos, con la 
embocadura formada por un resorte en forma de 
rectáng^o, pero cuyo lado superior está elimi- 
nado y el opuesto á este cortado, como en los 
clarinetes, bácia el interior y en forma de cha- 
flán, tiene cinco agujeros en la parte superior y 
mío al costado, por cuya razón solo produce 
semi-tonos fúnebres. ^'^ 

Los indios introducen algunas veces una par- 
te de la quena en cántaros de barro, horadados 
exprofeso. Por medio de esta operación, las me- 
lancólicas Yoces de la flauta americana, adquie- 
ren una resonancia y una tristeza impondera- 
bles. 

El Yaraví 6 Haraví, que se canta acompañado 
por la quena, existia también en la época de la 
dominación de los Incas. El nombre de esta 
composición es derivado del de Haravicus, um- 
ventores'', con que eran conocidos los elegiacos 
poetas peruanos. 

La desgarradora tristeza del yavarí, proviene 
mas del presentimiento del destino adverso que 
aguardaba á la raza de los compositores, que de 
esa especie de nostalgia que domina á los poetas 
que se creen peregrinos en la tierra. La indo- 
lencia y melancolía de los antiguos indígenas del 
Perú puede achacarse á una causa parecida á la 
que produjo el abatimiento de los hombres en el 
milenio. 

El presentimiento de la esclavitud ó de la 
muerte, arranca lágrimas á los débiles, mientras 
los fuertea se aprestan para luchar ó esperan el 
golpe fatal sumergidos en indolente reposo. Es 

(1) *1Caiich&i-piiita" ó sea el cántaro ateirador". 

(2) Véuue los Estadios Fisiológicos de Mr. Williams 
Hogim. 

(3) Vésse la Ctoografia de Paz Soldán. 



conocido el vaticinio de Yiracochea ^'^ . Cuando 
Huaina-Capac fué advertido de la Uegrada de los 
españoles al Perú, recordó inmediatamente que 
habia sido anunciado que en el reinado del duo- 
décimo Inca, el imperio seria conquistado ''por 
hombres blancos y barbudos u. 

Un escritor peruano dice que la música y el 
canto de la quena, son gemelos del Sv^er fiwmvna, 
Bahilonis del pueblo hebreo. El hijo de Améri- 
ca, á semejanza de los hijos de Sion, ha cantado 
y ha llorado su cautiverio en sentidas estanciaB, 
mezclando sus lágrimas con las aguas del lago 
Titicaca y con las ondas del rio Apurimac. Eco 
de aquel quejido del Profeta, — //contemplad y ved 
si hay dolor semejante al dolor mió//, — lanzado 
desde las barbacanas de Jerusalen, es el triste y 
desgarrador acento de los haravicus, repetido de 
generación en generación, en las profundidades 
de las yungas y en las alturas de las pufuu, 

//La música del yaraví, escribe Paz Soldán ^^\ 
es por término menor, pasando muy rara vez al 
mayor, en cuyo caso el grave bemol, el dulce 
sostenido y el agradable becuadro son los que 
entran en su composición, que admite prodigfio- 
sas apoyaturas, oportunos ligados, calderones y 
los mas primorosos trinos. Casi no tiene un 
compás determinado, ni arreglado á los princi- 
pios estrechos de la música, aunque hay algunos 
de tres por ocho, seis por ocho y tres por cua- 
tro. Se puede decir que son caprichos ó fanta- 
sías musicales. Consiste su principal mérito, en 
la estrecha y admirable armonía que guarda la 
música, que llaman la tonada, con los versos, que 
tienen el nombre de letra. Las penetrantes y 
sentidas notas del yaraví llenan el alma de mil 
inexplicables tormentos, hasta cierto punto dul- 
ces y gratos porque nacen del amor//. 

En Bolivia se cree generalmente que la músi- 
ca de La Traviata ha sido inspirada por algunos 
de los yaravíes mas populares de esa República. 
Muchas personas ilustradas se adhieren á este 
parecer, asegurando que los principales motivos 
de la ópera nombrada son americanos, lo cual 
no debe maravillarnos, si recordamos que Áida, 
última partitura del maestro Yerdi, ha sido es- 
crita sobre aires populares del Egipto, recogidos 
por un italiano residente en el Cairo. 

Los tocadores de quena ejecutan dúos inolvi- 
dables para el que es capaz de percibir, dentro 

( 1) Véase la Historia del Perú por Lorente. 

(2) *'aeografia:delPerú". 

20 



154 



AMERICA LITERARIA 



de tan imperfecto instrumento, el alma sollozan- 
te del indio triste. Una de las quenas lleva el 
canto j otra el acompañamiento, ó la primera 
hace una especie de reclamo, al cual responde la 
segrunda á la distancia. 

Es imponderable la sensación que produce el 
diálogo de las flautas, cuando se le escucha en la 
montaña, áspera como el camino de la vida, y en 
una noche nebulosa como eí destino del músico 
desdichado. Pero aun mayor y mas impondera- 
ble efecto produce el monólogo de la flauta 
americana. 

El dúo nos inclina á pensar en el dolor com- 
partido: el monólogo es la querella del solitario 
sin consuelo. Estos monólogos suelen partir del 
corazón del indio errante ó del alma del amante 
traicionado. El primero llora su libertad y su 
esposa, dos ilusiones perdidas: el segundo suplica 
á Pachacamac, ''el que da vida y anima el uni- 
verso // , ó á la luna, púdica amada del padre de 
los Incas, que le devuelva el corazón de la mu- 
jer, á quien pretende levantar en la montaña un 
altar, adornado con flores de amancai y perfu- 
mado con resinas de sus selvas tropicales. 

La música de la quena no encuentra atmósfe- 
ra propicia, ejecutada á la luz del dia: es música 
de la noche, del misterio y de la soledad. 

To la escuché por primera vez al pié del ne- 
vado Tacora. 

El agua de una acequia murmuraba no sé 
qué historia de la lejana vertiente, y los insec- 
tos formaban con sus zumbidos, una especie de 
vibración de cuerdas formadas con hilos de luz. 
Se aspiraba un aroma tan leve, tan delicado, 
como el perfume que dejan tras sí las vírgenes 
que pasan adornadas para la fiesta. En el azul 
firmamento brillaba la luna, muestra transpa- 
rente del reloj de los amantes, despojada por las 
hadas baenas del horario que señala las divisio- 
nes del tiempo, pero que siempre marca el mo- 
mento de la cita. 

Era uno de esos instantes en que la memoria 
recuerda, detalle por detalle, la historia de largos 
y melancólicos dias; instantes que nos dejan el 
alma herida ó la frente cubierta de nieve. En 
las alturas del recuerdo cae nieve incesantemen- 
te, y el hombre pierde en ellas la voz, como al 
tocar la cima de la' encumbrada montaña,- des- 
pués de una ascensión fatigosa. Mudo, cual to- 
dos los que en la noche, á la luz de la Inna, con 
los ojos puestos en los Andes, y el pensamiento 



fijo en el amor de la patria, recuerdan y se la- 
mentan en silencio, comprendí entonces que la 
voz de la quena es la voz de los dolores ínti- 
mos, la única voz capaz de espresar fielmente 
las amarguras de la ausencia, del peregrinaje j 
óbI olvido. 

Santiago Estrada. 

Uterato. 



CERTAMEN POÉTICO DE MAYO 

(MOimCTXDIO— 18il) 
(Informe de la Comisión Clasificadora) 



"Si queréis coronar mi ezelaa franta. 
Pedid al Cielo que la rnestra alambre". 

(De ana oompoaiolQO del oertfmen). 



Son los poetas sacerdotes encargados de lu 
festividades de la Patria; 7 ciertamente que, 
en esta vez, no han desertado sus aras. Si se 
recuerda el breve tiempo concedido por el pro- 
grama del Certamen Poético áe Mayo, la acci- 
dental ausencia de algunos de nuestros vates 
esclarecidos; si se mide sobre todo la indiferen- 
cia con que se acoge, por lo común, toda idea 
nueva de este género, la primera vez que se 
promueve, no parecerá reducido el número de 
concurrentes á esta liza de la inteligencia 7 del 
genio, monumento de gloria para la Nación que 
solemniza con ella sus grandes aniversarios. 

Diez son las composiciones poéticas que esta 
Comisión ba recibido, y es preciso decir— en 
honor de la República — que, á esoepcion de dos 
que no merecen aquel nombre, revelan todas Jas 
demás, aunque en proporciones distintas, eleva- 
ción de espíritu y de ideas, conocimiento del 
arte y de las condiciones que la civilización 7 el 
estado social piden hoy á la poesía y á los ramos 
todos de la literatura. 

El estrechísimo tiempo concedido á esU Co- 
misión para examinar las piezas, clasificarlas 7 
redactar su informe, no le permite analizarlas 
todas ni detenerse como desearla, sobre las que 
ha de analizar. Dejará, pues, sin examen, aque- 
llas que no tuvieron la fortuna de merecer el 
lauro, ni una especial recomendación; limitan* 
dose á decir sobre ellas que aun las menos aven- 
tajadas reflejan algunos destellos del genio qne 
campea en otras arrogante y altivo, y qne no 



SECCIÓN LITERARIA— REPt)BLicÁ argentina 



155 



faltan en algunas ráfagas de brillantísima luz, 
annqne eclipsadas hoj por resplandores mas 
puros. — Cample la Comisión en estas breves 
lineas con nn deber de justicia. 

Cuatro son entre todas las piezas qne ha mi- 
rado como dignas de fijar su atención. 

Ha destinado el lanro á la primera; ba acor- 
dado á la segunda el accésit , j usando de la 
libertad que el programa la concede, ba creido 
deber baoer especial j bonorifica mención de las 
otras dos. 

Es este fallo la expresión de un juicio, cuyos 
fandamentos desea la Comisión exponer, aunque 
muy rápidamente, para corresponder al bonor 
que se le ba dispensado : y porque tampoco com- 
prende que pueda ser otra la materia de este 
informe. 

Colocada en la altura de que la critica no 
puede descender, la Comisión ba mirado, ante 
todo, las piezas que examinaba bajo el aspecto 
de su mas 6 menos armonía con el carácter pre- 
sente de la poesía nacional, 6 por decir mejor. 
Americana. Ha creido qne aquel merecía mas 
en este punto, que mejor bubiese comprendido 
las modificaciones, los cambios decisivos, que la 
literatura recibe de la Tariacion y progreso de 
las costumbres, de las creencias, de los elementos 
todos que constituyen la vida de los pueblos. 

Ninguna literatura americana pudo baber 
mientras duró la dominación de la España; co- 
lonia ninguna puede tener una literatura pro- 
pia; porque no es propia la existencia de que 
goza, y la literatura no es mas que la espresion 
de las condiciones y elementos de la existencia 
social. El ponsamiento del colono, lo mismo que 
sos brazos y su suelo, produce solo para la me- 
trópoli de quien recibe bábitos y leyes, preocu- 
paciones y creencias. Si alguna luz intelectual 
le alumbra, es apenas el reflejo — pálido por muy 
brillante que sea — del grande luminar á quien 
sirre de satélite. ¿ Qué escucbábamos, en las már- 
genes de nuestro Plata, antes de 1810 P Ecos 
desfallecidos de los cantos que se alzaban en las 
orillas del Manzanares. Las liras que llamába- 
mos Americanas, se pulsaban solo para llorar 
oficialmente sobre la tumba del Monarca que 
cerraba los ojos, ó para cantar en la coronación 
del que le sucedía sobre el trono. Nuestros pue- 
blos arrancaban al estranjero triunfos espléndi- 
dos en las calles y plazas de nuestras ciudades, 
adornaban la techumbre de nuestros templos con 



los pendones arrebatados al Tencido, y el genio 
apocado de los hijos de la lira no encontraba 
para tan altas hazañas, motivo mas noble que el 
amor á Carlos y Maria Luisa. 

Mengua grande, á la verdad, borrada después 
por dias de gloria perennal. Alumbró la llama de 
la libertad, alzóse el pueblo de la condición de 
colono á la de soberano, y en el grsn sacudi- 
miento nació también la poesía nacional, herma- 
na gemela de la independencia. Su carácter no 
podia ser otro que el de la época en que nacia. 
La inteligencia y los brazos del pueblo nuevo 
no tenia otra ocupación que meditar empresas 
de guerra, ganar batallas y reparar los descala- 
bros de las derrotas. Ninguna otra podia ser la 
entonación de las liras americanas: — cantos de 
guerra, himnos de victoria, lamentos de dolor 
iracundo sobre la tumba del guerrero oaido bajo 
la enseña del Sol, maldiciones contra sus verdu- 
gos ; esto, y nada mas podia pedirse á los que no 
tenian fuego en la mente, patriotismo en el cora- 
zón. T ese y ningún otro, es el acerado temple 
de los materiales que forman el honrosísimo mo- 
numento de nuestra primera poesía nacional. 

Pero la lucha de la independencia terminó y 
con ella los odios que la gnerra enciende. Inter- 
valos de paz, breves, por desgracia, como el 
relámpago, dieron treguas al pensamiento para 
elevarse á la contemplación de las grandes ver- 
dades filosóficas y morales, permitieron mirar en 
derredor con ojos, que no anublaba la pólvora de 
las batallas: empezaron los pueblos á meditar en 
su destino, á buscar el fin porque hablan derra- 
mado 8u sangre; á correr tras de las mejoras y 
el progreso social. Levantábase entonces, una 
jeneracion, que no babia asistido á los combates 
de sus padres; pero que habla aprendido de sus 
labios, los dogmas santos de Mayo : imposible era 
que resonasen en sus liras, ecos de guerra que 
ya no ardia, ni clamor de venganza contra ene- 
migos que eran ya nuestros hermanos. La poesía 
empezó naturalmente á tomar un tinte mas filo- 
sófico, mas templado, se vistió por la primera 
vez, con las riquísimas galas de nuestro suelo, 
que los poetas de la revolución no distinguieron 
entre el polvo y el estruendo de las armas, y 
refiejó, por fin, esa melancolía que imprime en 
el ánimo el espectáculo continuado casi, de las 
gruerras civiles y del hondo infortunio de la pa- 
tria. 

Tal es el carácter de nuestra poesía actual : y 



156 



AMÉRICA LITÜRARLA 



la Comisión ha creído deber buscar en las com- 
posiciones del concurso la espresion práctica de 
estas verdades como un mérito de la mas alta 
estimación. Ha preferido, por consigfuiente, aque- 
lias que han mirado la revolución de Mayo por 
el lado de su intención moral, política, civiliza, 
dora, sobre las que no han tenido en vista sino 
la parte de sus glorias militares. 

Las que aparecen revestidas de las nuevas f or- 
mas del arte, á las que no han acertado todavía 
á desnudarse de la cota y de la lanza, que vistió 
la musa de 1810. 

Después de aquella circunstancia que juzgo 
primordial, ha buscado en las piezas presentadas, 
el mérito de un plan acertado, y que llenase las 
condiciones dadas en el programa del certamen: 
ha preferido en este punto los que ha creído mas 
vastos en su comprensión, ma» arreglados en su 
distribución, y sobre todo mas orijínales; pues 
que la orijinalidad es el sello que mas caracte- 
riza al genio y la condición primera de la actual 
literatura. 

Por eso mismo, la novedad en las ideas, su 
elevación, su oportunidad, su tendencia á des- 
pertar sentimientos de patriotismo, y de virtud 
social, ha sido también uno de los méritos que 
ha buscado la comisión, y prefiriendo las piezas 
en que con mas acierto encontró reunido el apo- 
teosis de los héroes muertos, con la exposición 
elevada de sus dogmas, y con la exhortación á la 
perseverancia y á la f é de la jeneracion que vive. 

Ha buscado, por último la perfección en aque- 
llas condiciones del arte, que pudieran llamarse 
puramente macánicas, y que no por eso ceden á 
ninguna otra en importancia. Si la poesía es un 
arte, fuerza es juzgar al poeta por las reglas que 
ese arte estableció para enfrenar el desbocamien- 
to de la imajinacion, para vestir esteriormente 
las concepciones morales, que pertenecen al ge- 
nio. El ritmo, por consiguiente, el mecanismo 
de la veriñoacion, la corrección y la cultura del 
lenguaje, la gala y la lozanía del e^o, — dotes 
que todas las escuelas y sistemas exí jen para lo 
bello — han sido otros tantos motivos de examen 
y de preferencia en los juicios de la Comisión. 

Si esos juicios tomados en su conjunto y últi- 
ma espresion, han sido acertados y justos, lo 
decidirá la razón pública — tribunal mas compe- 
tente que este — á quien la Comisión presenta 
las composiciones preferidas, que son las que 
pasa á designar. 



Ha obtenido el lauro único de la medalk de 
oro la que lleva por tema estos versos del lírico 
latino. 

Taqne duin procedis ¡Yo trinmpliel 
Non semel dicemus |Yo triamphe! 
Ci vitas omnia, dibinnuqne Diria 
Thoia benignifl 

Se ha presentado como su autor el señor D. 
Juan María Gutiérrez, que ha sido reconocido 
por el sello especial que le revestía. 

Unánime fué y por aclamación el voto que k» 
concedido á esta pieza la supremacía sobre todas. 
Ninguno, sin duda, entre los ooncurrentes, ha 
comprendido la grandeza de la revolución, sos 
glorías y sus fines como el señor Gutiérrez. Nin- 
guno ha estendído como él el círculo de sus ideas, 
ninguno se ha revestido de la imponente majes- 
tad que reina en su poema, ninguno alcanzado 
á la corrección extremada de su dicción; y, n 
era de desear, en sentir de la Comisión, que el 
discurso fatídico del anciano fuese menos exten- 
so, que algunas de las ideas diseminadas en él 
fuesen menos comunes, y mas vigorosas, que se 
borrase una que otra espresion poco feliz, no 
puede desconocerse que esos lunares desaparecen 
en la tersura general de la composición; y están 
mas que lavados por la invocación religiosa y al- 
tísima con que desde el principio pone recogi- 
miento en el alma del que le oye, pidiéndole pan 
la suya ; por las ricas y maestras pinceladas qne 
dibujan el magnífico cuadro del navegador geno- 
vés en los momentos en que oponía á la demente 
incredulidad del amotinado equipaje, la reidídad 
asombrosa del mundo que descubría, y perla 
sentida rememoración de los muertos Poetas de 
la Patria, con que cierra el poeta su largo canto. 

La Comisión no puede dejar de recomendar el 
autor de esta pieza á la estimación del pueblo en 
cuyo seno ha recibido tan altas inspiraciones. 

Sígnele de cerca y casi le rivaliza en mérito 
la qUe lleva por divisa estas palabras del abate 
Lamennais. 

ti La libertad es la gloría de los pueblos"; 
producción que pertenece al señor D. Luis Do- 
mínguez, según la señal de reoonocimíento que 
ha presentado. 

Si esta pieza no alcanzó á la majestad y alta- 
ra de la que precede, no se la puede dilatar 
una concepción vasta y feliz, un plan acertada- 
mente distribuido, fecundidad de ideas, elevada 
entonación, elocución correctísima, y pasajes qne 



SECCIOlí LITERARIA— EEPÍBLiCA aeóéntiná 



157 



reTelan, por cierto, el genio del poeta. No es 
posible, hablando de ella, dejar de recordar las 
estancias qne le dan principio, el anatema qne 
fulmina contra los tronos, que nsnrpan en la 
tierra la majestad del único y eterno trono qne 
el poeta reconoce, y el tributo que pag'a á los 
grandes capitanes de la revolución; si bien es 
doloroso encontrar en este punto inyertida la ero- 
nologfía de nuestros triunfos, mas de lo que, á 
juicio de la Comisión, es permitido á la poesía 
Apartarse de la senda de la historia. Tampoco 
quisiera haber hallado el nombre admitido de 
Motesuma reemplazado por otro que, aunque mas 
conforme á su pronunciación primitiva, es duro, 
poco poético y no llena la condición de la Rima 
para que fué variado. 

Tan digna cree la Comisión esta pieza del 
aceesBÍt que la ha concedido, que pide & la auto- 
ridad á quien debe su investidura, el permiso de 
presentar á su autor, como prueba del aprecio 
que la obra le merece, un volumen que encierra 
las ricas producciones de la lira de Espronceda, 
una de las espléndidas columnas que sustentan 
hoy el magnífico templo que levanta la España 
á la literatura y á las artes. 

Dos piezas mas ha creido la Comisión que 
meredan una recomendación especial, aunque no 
debe esperarse de ellas el mérito de las anteriores. 

Es la primera la que tiene á su frente estas 
líneas del poeta del siglo, del portentoso Lord 
Byron: 

"Where, Chimboraso, OTer air, earkh, ware 
''Olaves with hú Titán eye, and sees no slaTo". 

Se ha presentado como su autor D. José Már- 
mol. Ofrece esta pieza una prueba práctica de 
lo que antes dijo la Comisión, sobre las condi- 
ciones del arte, que llamó mecánicas. Ciertamente 
que si la versificación, el estilo, el uso de la len- 
gua, correspondiesen en esta pieza á la entona- 
ción y á las ideas, no seria este el lugar que 
ocuparía entre las del Certamen. 

No se comprenderá toda la exactitud de esta 
clasificación hasta que se oiga la lectura de la 
pieza misma. La elevación, la novedad, el fres, 
cor, la abundancia de sus ideas sorprenden en la 
primera lectura, y hacen casi olvidar los pecados 
contra el arte, que la fuerzan á flaquear ante los 
ojos de la crítica. Frecuente violación de la sin- 
taxis y de la pureza de la lengua; inexactitud, 
aunque no tan común en la rima; quebranta- 



miento de las condiciones de versificación que el 
mismo poota se impone; y una que otra locución 
sumamente oscura son los defectos que empañan 
el terso brillo de las ideas y luchan con el eleva- 
do entono de esta pieza. La Comisión reconoce 
que el molde en que fue vaciada, es sin disputa 
una cabeza poética, y ha querido mostrar el 
aprecio que la merece tomando de ella los dos 
versos que ha colocado al frente de este informe. 
Se complace en esperar que su autor, recono- 
ciepdo como indispensable la disciplina del arte, 
y sujetando á ella sus fogosas inspiraciones, pre. 
sentará cuando este certamen se renueve, frutos 
mas sazonados que ocupen un lugar mas distin- 
guido en el banquete que la Patria ofrece á sus 
poetas. 

La segunda composición recomendada presen- 
ta exactamente el reverso de la anterior. Aque- 
lla campea por las ideas y desfallece por la forma 
poética; esta descuella por la forma y flaquea 
por las ideas. 

Cualquiera reconocerá én ella un hábil versi- 
ficador, un hablista consumado, un hombre de 
comercio íntimo y frecuente con las musas; pero 
que en esta ocasión no tuvo la fortuna de re- 
cibir inspiraciones elevadas y nuevas. Puede 
decirse que hay en esta pieza un solo defecto de 
forma, pero sus ideas son humildes, reflejadas de 
las que brillan profusamente en los cantos de la 
revolución. La distingue este verso latino: 

Solé novOf preclara luce, libertas noAcitur orhi; 
y su autor es D. Francisco A. de Figueroa. 

Termina aquí la tarea de la Comisión. Alto, 
muy alto ha sido el honor que sus miembros 
han recibido; y siempre contarán como una glo- 
ria el hallar sus nombres asociados al primer 
acto de esto género que ven las Repúblicas del 
Bao de la Plata. Quisieran ellos aumentar por 
todos los medios su solemnidad presente, y su 
memoria futura. En lugar, pues, de cerrar este 
informe con una exhortación á los vates del Pla- 
ta, inútil desde que ninguna puede ser mas elo- 
cuente que el acto mismo á que asisten, y desde 
que no puede faltar emulación en el pecho, cuan- 
do hay extro en la mente, le cerrará la Comisión 
proponiendo á la autoridad á quien competa una 
idea en que, al deseo puro de solemnizar este 
acto, confiesa que se mezcla un ligero tinte de 
propia vanidad. Consiste la idea en que termi- 
nada esta festividad se requiera á los autores de 
las cuatro composiciones distinguidas que las 



ns 



AMERICA LITERARIA 



escriban todas y las fínueu de bu mano para 
qne, escribiendo la Comisión al pié de la primera 
la palabra laureada, accessit al pié de la segunda 
y recordada con distinción en las otras dos, fir- 
men los miembros de ella, y se depositen estos 
autógrafos en la Biblioteca Nacional, con una 
copia autorizada del Programa del Certamen, y 
este informe. 



Florencio Várela. 

Juri^ounsulto y Publicista. 



Montevideo, 1841. 



ORACIÓN FÚNEBRE 

(En la tamba del doctor don Juan María G atierres) 



Señores: 

Hemos alcanzado al borde del sepulcro y vamos 
¿ entregar á la tierra el cuerpo sin vida de nues- 
tro noble amigo. Ha llegado la hora pavorosa 
de la eterna despedida. 

¿ Por qué ha venido tras este féretro la ancia- 
nidad con su paso tardo y sus nubladas ilusiones, 
la juventud que pisa los umbrales de la vida, la 
virilidad que se ajita en medio de la acción y de 
la lucha, todos con el rostro velado por tristísi- 
mo dolor? 

Es que ese féretro encierra los restos de uno 
de esos hombres escepcionales que el tiempo ha 
respetado, para que la generación actual sepa 
cómo han sido sus nobles abuelos y pueda con- 
servar el recuerdo de esos espíritus privilegiados 
que nacieron en la aurora de nuestra emancipa- 
ción, que crecieron en medio de las emociones 
tumultuosas de una grande época y que se dedi- 
caron con abnegación al culto de la Patria, á 
conservar y levantar sus glorias, á inmortalizar 
su nombre con grandes hechos 6 con grandes 
ideas. 

Si quisiéramos acompañar al doctor Gutiérrez 
en su larga existencia, tendríamos que volver á 
la primera década de este siglo, á los dias de 
nuestros grandes alumbramientos históricos, 
para seguirle con su generación al través de los 
tiempos y de los acontecimientos, admirando á 
Rivadavia, y sirviendo de punto de apoyo a su 
colosal iniciativa, preparando con Echeverría 
los elementos del porvenir, luchando en el des- 



tierro al lado de Várela y de Rivera Indarte 
contra el sangriento despotismo de Rosas, orga- 
nizando la República con López y con Alberdi, 
coadyuvando mas tarde á la obra de la recons- 
trucción nacional, con Yelez, con Mitre y wm 
Sarmiento y poniendo, por último, toda su acti- 
vidad, todo su patriotismo, la experiencia de sa 
trabajada vida, los tesoros de bu ilustración, ú 
esfuerzo de su fecunda iniciativa, al servicio de 
la juventud, que debe reanudar en el porrenir 
la cadena rota de nuestras glorías. 

Pero el camino seria largo y muchas veces 
penoso — mas de una vez tendríamos que pasar 
de la luz á las tinieblas y los desfaUecimientos 
del pasado acrecentarían el inmenso dolor que nos 
domina en este momento 

Bastaba mirarle para leer en su rostro la grt- 
cia y delicadeza de su espíritu. 

Tenia la frente elevada y fugitiva del artista 
— una de esas frentes serenas y límpidas que no 
podrían ocultar una mancha, si la tuvieran. Sus 
párpados pesados cubrian con esfuerzo su mirada 
sagaz c investigadora y en las extremidades de 
sus labios gruesos, que le daban cierto aspecto 
serio y adusto, se dibujaba la crítica indulgente 
que podia llegar a la burla mordaz de la sátira 
vengadora. 

Con dificultad, la tierra argentina producirá 
una organización mas esencialmente literaria 
que la del doctor Gutiérrez. 

Si no hubiera sido uno de nuestros primeros 
poetas, uno de nuestros críticos mas finos j 
perspicaces, uno de nuestros pensadores mas 
cultos y severos, si no hubiera cantado á la ban- 
dera de Mayo, si no hubiera escríto su obra 
monumental sobre la Instrucción pública, si no 
hubiera enriquecido la Historía Argentina con 

sus escrupulosas investigaciones, t^avia habría 
sido el primero de nuestros hombres de letras, 

por sus gustos, por sus costumbres, por las irre- 
sistibles tendencias de su espíritu, por su amor 
á lo bello, por su insaciable curiosidad, por el 
entusiasmo que despertaban en su alma, siempre 
juvenil, las formas completas del estilo, como 
todas las grandes obras artísticas. 

El doctor Gutiérrez deja, como productor 
intelectual, un caudal de gracia en sus compo- 
siciones poéticas, y un tesoro de erudición en 
sus obras históricas. 

¡ Ouátos de nuestros hombres mas diétlngai- 
dos se han salvado del olvido, la última de las 



SECCIÓN LITERARIA— BBPÚBLicA argentina 



159 



tumbas, grwÁAa á sus nobles esfuerzos y á esa 
paciente constancia qne no le ha abandonado 
hasta el momento de sn muerte. 

Despnes de setenta años de vida, el doctor 
Ghitierres disfruta sn primera hora de descanso 
en la tnmba. 

Era un hombre de trabajo. 

Jamás sn inquieto pensamiento se entregaba 
al reposo. 

Pobre, necesitaba muchas veces dedicarse á 
tareas de segundo orden para alcanzar á satisfa- 
cer las modestas exigencias de su hogar honrado, 
j cuando esto sucedia, después de seis ú ocho 
horas de trabajo abrumador, todavía buscaba el 
descanso en la pluma ó en los libros, para hacer 
resucitar á sus muertos queridos. 

Pocos dias hace, nos decia que se preparaba 
i continuar su grande obra sobre la Universidad 
de Buenos Aires, y al mismo tiempo, nos habla- 
ba de los últimos libros que han salido de las 
prensas europeas, de la última entrega de la 
«Revista de ambos mundos'/ de las últimas con- 
quistas de la ciencia en Alemania y en Italia. 
¡Todo lo abarcaba en su anhelo insaciable de 
saber! 

El doctor Gutiérrez ha muerto, después de 
haber asistido á la apoteosis del héroe por quien 
sentía mayor admiración y á quien habia dedi- 
cado alguna de sus mejores páginas. 

¡Ha sido la última de sus alegrías! 

Su alma se ha ido á confundir con la Divini- 
dad, arrullada por el recuerdo de las glorías de 
la Patria. 

Quizás su última hora haya sido la hora mas 
feliz de su existencia. 

Doblemos la frente sobre su tumba y sofo- 
cando nuestro dolor, pidamos á su memoria y 
busquemos en su ejemplo la fuerza de todas sus 
Tirtndes. 

Aeistóbulo del Valle. 

Jarlaoonsolto j Pablicitta. 
Buenos Aires, 1878. 



EL INDIO PLATERO 



Un proverbio negro dice: el sueño no tiene 
amo. 

Todos dormimos perfectamente bien. 

£1 cansancio nos hizo hallar deliciosa la mo- 
rada del cacique Ramón. 



Cuando yo me desperté eran las ocho de la 
mañana; mis compañeros roncaban aún con una 
espansion pulmonar envidiable. 

Llamé á un asistente, pedí mate y me quedé 
un rato mas en cama, gozando del placer de no 
hacer nada, — placer tan combatido y censurado 
cuanto generalmente codiciado. 

Según un amigo, pensador no vulgar y egre- 
gio poeta, — no hacer nada es descansar. Así él 
sostiene que el dia es hecho para eso y la noche 
para dormir. 

Lástima que un mortal de gustos tan patriar- 
cales, que sería dichoso con muy poca cosa, se 
vea condenado como tanto hijo de vecino, á la 
dura ley del trabajo, cuando innumerables pró- 
jimos desperdician lo superfino y aun lo nece- 
sario! 

Qué hacer! el mundo está organizado así y el 
Eclesiastes que sabe mas que mi amigo y yo 
juntos, dice: 

^El insensato tiene los brazos cruzados y se 
^consume diciendo: 

'/Lleno el hueco de una mano, con reposo, 
'/vale más que las dos llenas, con trabajo y 
'/mortificación de espíritu.// 

Con la luz del dia examiné el lecho en que 
habia dormido tan cómodamente, como en elás- 
tica cama á la Balzae, provista de sus corres- 
pondientes accesoríos, almohadones de finísimas 
plumas y sedosos cobertores, ^ran unos cueros 
de potro mal estaqueados y unas pieles de car- 
nero, — la cabecera un mortero cubierto con mis 
cojinillos. 

En seguida tendí la vista á mi alrededor. 

En Tierra Adentro yo no habia pernoctado 
bajo techumbre mejor. 

El toldo del Cacique Ramón superaba 4 todos 
los demás. 

Mi alojamiento era un galpón de madera y 
paja, de doce va^as de largo por cuatro de ancho 
y tres de alto. 

Estaba perfectamente aseado. 

En un costado se veía la fragua, y al lado 
una mesa de madera tosca y un yunque de fierro* 

Ta he dicho que Ramón es platero y que este 
arte es común entre los indios. 

Ellos trabajan espuelas, estribos, cabezadas, 
pretales, aros, pulseras, prendedores y otros 
adornos femeninos y masculinos como sortijas y 
yesqueros. 

Funden la plata, la purífican en el crisol, la 



160 



AMÉRICA LITERARIA 



ligan, la baten á martillo, dándole la forma qae 
quieren 7 la cincelan. 

En la chafalonía, prefieren el gusto chileno; 
porque con Chile tienen comercio, y es de allí de 
donde les llevan toda clase de prendas, que cam- 
balachean por ganado vacuno, lanar y caballar. 

La fragua consistía en un paralelipípedo de 
adobe crudo. 

Tenia dos fuelles y se conocía que el dia an- 
terior habían trabajado; las cenizas estaban ti- 
bias aún. 

En un saco de cuero había carbón de leña y 
sobre la mesa se veían varios instrumentos cor- 
tantes, martillos y limas rotas. 

Los fuelles llamaron sobremanera mi atención 
por Su estraña estructura. 

Antes de examinar su construcción entablé 
un diálogo conmigo mismo. 

— A ver, me dije; representante orgulloso de 
la civilización y del progreso moderno en la 
pampa, ¿cómo barias tú un fuelle? 

— ¿ Un fuelle ? 

— Sí, un fuelle; ¿no se llama así por la Aca- 
demia Española //un instrumento para recojer 
viento y volverlo á dar//, — aunque habría sido 
más comprensible y digno de ella decir; un ins- 
trumento construido, según ciertos principios de 
física, para recojer aire por medio de una vál- 
vula y volverle á despedir con mas 6 menos vio- 
lencia, á voluntad del que lo manejo, por un 
cañón colocado á su estremo? 

— Entiendo, entiendo. 

—Y bien, si entiendes, dime, cómo lo harías? 

— ¿Cómo lo haría? 

— Sí, hombre, por Dios! parece que te hubie- 
ra puesto un problema insoluble. 

— No digo eso. 

— ¿Entonces? 

— Es que... 

— i Ah ! es que eres un pobre diablo, un fatuo 
del siglo XIX, un erudito á la violeta, un insen- 
sato que no quieres confesar tu falta de ingenio. 

—Yo... 

— Sí, tú, has entrado en el miserable toldo de 
un indio á quien un millón de veces has califica- 
do de bárbaro, cuyo esterminio has preconizado 
en todos los tonos, en nombre de tu decantada y 
y clemente civilización, te ves derrotado y no 
quieres confesar tu ignorancia. 

— Mi ignoranda? 

— Tu ignorancia, sí. 



— Quieres acaso que me humille? 

— Sí, humíllate y aprende una vez más que 
el mundo no se estudia en los libros. 

Incliné la frente, me acerqué á la fragua, oojí 
el manubrío de ambos fuelles, los que estaban 
colocados en la misma línea horizontal, tiré, aflo- 
jé y se levantó una nube de ceniza. 

Eran feos; pero surtían el efecto neoesario, 
despidiendo una corríente de aire bastante foar 
te para inflamar el carbón encendido. 

Todo era obra del mismo Ramón; invento es- 
clusivo suyo. 

Con una panza de vaca seca y robada lu^ia 
hecho una manga de una vara de largo y un 
pié de diámetro; con tientos la había plegido, 
formándole tres grandes buches con comunica- 
ción; en un estremo había colocado la mitad del 
cañón de una carabina y en el otro un tarugo de 
palo labrado con el cuchillo; el canon estaba em- 
butido en la fragua y sujeto con ataduras i 
un piquete. Naturalmente, tirando y apretando 
aquel aparato hasta aplastar los buches, el aire 
entraba y salía, produciendo el mismo efecto 
que cualquier otro fuelle. 

Pensaba el tiempo que habría empleado jo 
con todos los recursos de la civilización, si por 
necesidad ó afición á las artes liberales, me hu- 
biese propuesto hacer un fuelle; se me ocurría 
que quizá habría tenido que darme por derrota- 
do, — cuando un cautivo, blanco y rubio, de doce 
á catorce años, entró en el galpón y después de 
saludarme con el mayor respeto, tratiíndome de 
usía, me dijo: 

— Dice el cacique Ramón que si se le puede 
ver ya; que cómo ha pasado la noche. 

Le conteste que estaba á su disposición, que 
podía verme en el acto, si quería, y que había 
dormido muy bien. 

Salió el cautivo y un momento después se 
presentó Ramón, vestido como un paisano prolijo, 
aseado que daba gusto verlel; sus manos acostum- 
bradas al trabajo, parecían las de un oabaUero, 
tenía las uñas irreprochablemente limpias, ni 
cortas ni largas y redondeadas con igualdad. 

No estuvo ceremonioso. 

Al contrario, me trató como á un antiguo co- 
nocido, me repitió que aquella era mi casa, que 
dispusiera de él, me anunció que ya iban á traer 
el almuerzo, que más tarde me presentaría á su 
familia y me dejó solo. 



SECCIÓN LITERABIA— BBPüBLiOA abgbntina 



161 



En seguida yoMó, se sentó 7 trajeron el al- 
mnerso. 

Era lo consabido, puchero con sapallo, choclos, 
asado, etc. 

Todo estaba hecho con el mayor esmero: hacía 
mucho tiempo que yo no veía un caldo más rico. 

Durante el almuerso, hablamos de agricultura 
y de ganadería. 

El indio era entendido en todo. 

Sus corrales eran grandes y bien hechos, sus 
sementeras vastas, sus ganados mansos como 
ninguno. 

Es iaiDA que Bamon ama mucho ¿ los cristia- 
nos: lo cierto es que en su tribu es dónde hay más. 

Una de sus mujeres, de la que tiene tres hi- 
jos, es nada menos que Da. Fermina Zarate, de 
k villa de la Carlota. 

La cautivaron siendo joven; tendría veinte 
toos; ahora ya es vieja. 

Allí estaba la pobre ! 

Delante de ella Bamon me dijo: 

— La señora es muy buena, me ha acompaña- 
do muchos años, yo le estoy muy agradecido; por 
eso le he dicho ya que puede salir cuando quiera 
Tolverse á su tierra, donde está su familia. 

Doña Francisca le miró con una expresión 
indefinible con una mezcla de cariño y de horroi^ 
de un modo que sólo una mujer observadora y 
penetrante habría podido comprender, y con- 
testó: 

— Señor, Bamon es buen hombre. Ojalá todos 
fueran como él! Menos sufrirían las cautivas. 
Yo, ¿para qué me he de quejar ? Dios sabrá lo 
que ha hecho 

Y esto diciendo, se echó á llorar sin recatarse. 

Bamon dijo: 

— Es muy buena la señora» — se levantó, salió, 
y me dejó solo con ella. 

Doña Francisca Zarate no tiene nada de nota- 
ble en su fisonomía; es un tipo de mujer como 
hsy muchos, aunque su frente y sus ojos revelan 
cierta conformidad paciente con los decretos pro- 
Tidenciales. 

Está menos vieja de lo que ella se cree. 

— ¿Y por qué no se viene V. conmigo, señora? 
la dije. 

— ^Ah! señor, me contestó con amargura, y 
¿qué voy á hacer yo entre los crístianosP 

— Pero reunirse á su familia. Yo la conozco, 
está en la Carlota, todos se acuerdan de Y. con 
fpnn cariño y la lloran mucho. 



* — ¿Y mis hijos, señor? 
- -Sus hijos... 

— Bamon me deja salir á mí, porque real- 
mente no es mal hombre; á mi al menos me ha 
tratado bien, después que fui madre. Pero mis 
hijos, mis hijos no quiere que los lleve. 

No me resolví á decirle: — Déjelos V; son el 
fruto de la violencia. 

Eran sus hijos! 

Ella prosiguió: 

— ^Además, señor, qué vida seria la mia entre 
los cristianos, después de tantos años que íolto de 
mi pueblo? Yo era joven y buena moza cuan- 
do me cautivaron. Y ahora ya vé. Estoy vieja. 
Parezco cristiana, porque Bamon me permite 
vestirme como ellas; pero vivo como india; y 
francamente, me parece que soy más india que 
cristiana, aunque creo en Dios, como que todos 
los dias le encomiendo mis hijos y mi familia. 

— Á pesar de estar Y. cautiva ¿cree en Dios? 

— Y él qué culpa tiene de que me agarraran 
los indios? la culpa la tendrán los cristianos que 
no saben cuidar sus mujeres ni sus hijos. 

No contesté: tan alta filosofía en boca de 
aquella mujer, la concubina jubilada de aquel 
bárbaro, me humilló mas que el soliloquio á pro- 
pósito del fuelle. 

Una mujer, joven y hermosa, demacrada, sucia 
y andrajosa se presentó diciendo con tonada cor- 
dobesa : 

— ¿Usted será, mi señor, el Coronel Mansilla? 

— ^Yo soy, hija, ¿qué quiere VdP 

— Yengo á pedirle que me haga el favor de 
hacer que los padrecitos me den á besar el cor- 
don de nuestro padre San Francisco. 

— Pues no ? con mucho gusto — y esto dicien- 
do llamé á los santos varones. 

Yinieron. 

Al verlos entrar la desdichada Petrona Jof ré 
se postró de hinojos ante ellos y con efusión fer- 
viente tomó los cordones del Padre Marcos, des- 
pués los del Padre Moisés y los besó repetidas 
veces. 

Los buenos franciscanos, viéndola tan angus- 
tiosa, la exhortaron, la acariciaron paternalmen- 
te y consiguieron tranquilizarla, aunque no del 
todo. 

Sollozaba como una criatura. 

Partía el corazón verla y oiría. 

Calmóse poco á poco y nos relató la breve y 
tocante historia de sus dolores. 



81 



162 



AMERICA LITERARIA 



Doña Fermina conñrmaba todas sus refer^i- 
oias. 

La vida de aquella desdichada de la Cañada 
Honda, mujer de Cruz Bustos, — era una yerda- 
dera yiacrucis. 

La tenía un hombre malísimo llamado Car- 
rapí. 

Estaba frenéticamente enamorado de ella; y 
ella resistía con heroísmo á su lujuria. 

De ahí su martirio. 

— Primero me he de dejar matar, ó le he de 
matar yo, que hacer lo que el indio quiere, decia 
con expresión enérgica y salvaje. 

Doña Fermina meneaba la cabessa y excla- 
maba: 

— Vea qué vida, señor! 

Yo estaba desesperado. 

¿ Que otro efecto puede producir la simpatía 
impotente? 

Nada podia hacer por aqueUa desdichada; nada 
tenia que darle. 

No me quedaba sino lo puesto. 

Ni pañuelo de mano llevaba ya. 

Doña Fermina me contó que Carrapí no que- 
ría venderla para que la sacaran y que un cris- 
tiano por candad la andaba por comprar. 

El indio pedia por ella veinte yeguas, sesenta 
pesos bolivianos, un poncho de paño y cinco chi- 
ripaes colorados. 

— ¿Y quién es ^se cristiano? le pregunté: 

— Crisóstomo, me contestó. 

— ¿ Crisóstomo. . . ? 

— Sí, señor, Crisóstomo. 

Crisóstomo era el hombre aquel que en Cal- 
cumulen hubo de pasar á caballo por entre los 
Franciscanos; que tanto me exasperó, que me 
dio de comer después y me relató su interesante 
historia. 

Está visto, los malvados también tienen co- 
razón. 

Bien dice Pascal: 

u'El hombre no es un ángel ni una bestia. 

Es un ser indefinible, — hace el mal por placer 
y goza con el bien. 

En medio de todo es consolador m. 

Me invitaron á pasar al toldo de Ramón. 

Dejé á doña Fermina Zarate y á Petrona 
Jofré con los franciscanos y entré en él. 

La familia del cacique constaba de cinco con- 
cubinas de distintas edades, una cristiana y cua- 



tro indias; de siete hijos varones y de tres híju 
mujeres, dos de ellas púberes ya. 

Estas últimas y la concubina, que hacia cabe- 
za, se habían vestido de gala para recibirme. 

No hay indio ranquel mas rico que Bsmon, 
como que es estanciero, labrador y platero. 

Su familia g^asta lujo; ostentaba hennoBoe 
prendedores de pecho, zarcillos, pulseras y oolk- 
res, todo de plata maciza y pura, — ^hecho á mir- 
tillo y cincelado por Ramón; mantas, hjtA j 
pilquenes de ricos tejidos pampas. 

Las dos hijas mayores se llamaban, — Comeñe, 
la primera, que quiere decir ojo8 lindos^ de co- 
me, lindo, y de ñe, ojos; Pichicaiun la segunda 
que quiere decir, hoca chica, de pichicata ohioo, 
y de ttn, boca. 

Se habían pintado con carmín los labios, las 
mejillas y las uñas de las manos; se habían som- 
breado los párpados y puesto muchos lunaroitoe 
negros. 

Tanto Pichicaiun, como Comeñé, teman nom- 
bres muy apropiados; la una se distinguía por 
una boca pequeñita, lindísima; la otra, por nnos 
grandes ojos negros llenos de fuego. 

Ambas estaban en la plenitud del desarrciUo 
físico, y en cualquier parte un hombre de buen 
gusto les habria mirado largo rato eon placer. 

Me recibieron con graciosa timidez. 

Me senté, Ramón se puso á mi lado; sa mi- 
jer principal y sus hijas en frente. 

Las dos chinitas sabían que eran bonitis,— 
coqueteaban como lo hubieran heoho dos oria- 
tíanas. 

Ramón es muy conversador, no me dejaban 
conversar con él; el lenguaraz trabucaba sos 
razones y las mías. 

Qué maldita condición tienen nuestras caras 
compañeras! 

Con su permiso diré, — que son como los gztoa; 
antes de matar la presa juegan con ella. 

— Spañolü Spañolü grritó Ramón. EloanÜTO 
blanco y rubio se presentó. Recibió órdenes, ae 
marchó, y volvió trayendo cubiertos y platos. 

Sirvieron la comida. 

Yo acababa de almorzar, pero no podia rdin- 
sar el convite que se me hacía. Me habria den- 
creditado. 

Comí, pues. 

El cautivo no le quitaba los ojos a Bamon; 
éste lo manejaba con la vista. 

— ¿Cómo te llamas? le pregunté, creyendo qu» 



SECCIÓN LlTERABIA^BBP^BLioA abgbntina 



163 



las palabras Spañol,! Spañol! tenían nna signi- 
ficación araucana. 

— Spañol, me contestó. 

— Spañol, repetí 70, mirando á Mora 7 á Ba- 
mon altematiyamente. 

— Sí, señor, Sp^cd, — me dijo Mora, así les 
TlamaTi á algunos cantÍTos. 

— Spañol, afirmó Bamon, qne habia entendido 
mi pregunta. 

— Pero, ¿qué nombre tenías en ta tierra? le 
pr^TQi^té al cautivo. 

— Ko sé, se me ha olvidado; era mn7 chico 
cuando me trajeron, repuso. 

— ¿De dónde eres? 

—No sé. 

— ¡Cómo no has de saber! ¿Te han prohibido 
que digas tu verdadero nombre 7 el lug^ en 
dónde te cautivaron P 

— No, señor. 

— Si no ha de saber nada, señor, dijo Mora; 
por eso le llaman Spañol — hasta que sea más 
grande 7 le den nombre de indio. 

— ¿Y esa es la costumbre? 

— Sí, señor. 

—¿Pregúntele á Bamon, qué quiere decir 
Spañol? 

Bamon contestó: 

— Spañol, quiere decir, — de otra tierra. 

En esto estábamos, cuando el capitán Bivada- 
via se me presentó 7 hablándome al oído me dijo): 

Que Crisóstomo acababa de llegar de Leubucó 
7 que á su salida se decía allí que habia habido 
invasión por San Luís. 

Le pedí permiso á Bamon para retirarme, co- 
municándole la ocurrencia, me retiré, 7 un mo- 
mento después el capitán Bivadavia se separaba 
de mí con una carta bastante fuerte para Mariano 



Le ezijía en ella el castigo de los invasores, 
apo7ándome en el Tratado de paz, 7 le decía que 
en la Yerde esperaba su contestación : que á la 
tarde estaría allí. 

Bamon vino á hablar conmigo 7 me manifestó 
n disgusto por el hecho; me dijo que habia de 
ler Wenchenao, calificándolo de gaucho ladrón j 
me preguntó que á qué hora pensaba ponerme 
en marcha. 

Le dije que en cuanto medio quisiera ladear 
^ sol, — estilo gauchesco, que vale tanto como 
después de las doce. 

Me hiio presente que entonces habia tiempo 



de carnear una res gorda 7 unas ovejas para que 
llevara carne fresca. 

Le espresé que no se incomodara, 7 me hixo 
entender que no era incomodidad sino deber 7 
que estrañaba mucho que Mariano Bosas me 
hubiera dejado salir de Leubucó sin darme carne. 

En efecto, de allí habíamos salido con una 
mano atrás 7 otra adelante — resueltos á comer- 
nos las muías. 

To habia hecho el firme prftpósito de no pedir 
qué comer á nadie. 

Era una cuestión de orgullo bien entendido, 
en una tierra dónde los alimentos no se comr 
pran; dónde el que tiene con necesidad pide ton 
vuélixí. 

Trajeron una vaca gorda 7 dos ovejas; mandé 
á mi gente á carnearlas 7 entramos con Bamon 
en la platería. ' . 

EL indio me habló así: 

— To S07 amigo de los cristianos, porque me 
gusta el trabajo; 70 deseo vivir en pai, porque 
tengo qué perder; 70 quiero saber si esta pai 
durará 7 si podré ir con mi indiada al Cuero que 
es mejor campo que éste. 

Le contesté: 

— Que me alegrraba mucho de oirle discurrir 
así; que eso probaba que era un hombre de jui- 
cio. 

Añadió: 

— 'To conozco la razón; ¿Yd. cree que no me 
gastaría á mí vivir como Coliqueo? ¡Pero cuándo 
van los otros! 

Están mu7 asustadizos! Es preciso que pase 
mucho tiempo'para que le tomen gusto á la paz. 

To repuse: 

— Entonces, ¿Yd. cree que es mejor vivir to- 
dos juntos 7 no desparramados? 

— ¡Ta lo creo! me contestó, viviendo así tan 
lejos unos de otros, todos ]soii "perjuicios, no ha7 
comercio. 

Llegaron algunas visitas. Tuve que recibir- 
las. Entre ellas venia el padre de Bamon, un 
indio valetudinario 7 setentón. Me contó su vi- 
da, sus servicios, me ponderó sus méritos, con 
un cinismo comparable solamente al de un hom- 
bre civilizado, me dijo que habia abdicado en su 
hijo el gobierno de]la tribu, porque Bamon era 
como él; me hizo] mil ofertas, mil protestas de 
amistad 7, por último, me pidió un «baquetón 
de paño forrado de ba7eta. 

Me avisaron que la carneada estaba hecha; 



164 



AMÉRICA LITERARIA 



mandé arrimar las tropillas y le previne á R*- 
mon qae ya pensaba marcharme; á lo cual con- 
testó qne yo era dneño de mi voluntad, qne, 
jcómo había de ser! sino podía hacerle nna vi- 
sita mas larga y qne iba á tener el gusto 
de acompañarme con algunos amigos hasta por 
ahí. 

Le di las gracias por su fineza, le manifesté 
que para qué quería incomodarse; que no hiciese 
ceremonias, y me respondió que no había inco- 
modidad en cumplir con un deber; que quizá no 
nos volveríamos á ver. 

To no tenia qué replicar. 

Pensé un momento para mis adentros, que en 
Carrilobo soplaba un viento mucho mejor que en 
Leubucó, como que Ramón no tenia á su lado 
orístianos que le adularan; que era el indio más 
radical en sus costumbres, el que me había reci- 
bido más á la usanza ranquelina; era el que se 
manifestaba á mi regreso más caballero y cum- 
plido, y acabé por hacerme esta pregunta: — ¿el 
contacto de la civilización será corruptor de la 
buena fé primitiva? 

Sentí el cencerro de las tropillas que llega- 
ban, mandé ensillar y le dije á Ramón: 

— Bueno, amigo, jqué tiene que encargarme? 

— Necesito algunas cosas para la platería, me 
contestó. 

— ^To se las mandaré, y ei<to diciendo saqué 
mi libro de memorias para apuntar en él los en- 
cargos, añadiendo, ¿qué son? 

— TJn yunque. 

— Bueno. 

— Un martillo. 

— Bueno. 

— Unas tenazas. 

— Bueno. 

— Un tomo. 

— Bueno. 

— Una lima fina. 

— Bueno. 

— Un alicate. 

— Bueno. 

— Un crisol. 

— Bueno. 

— Un bruñidor. 

— Bueno. 

— Piedra lápiz. 

— Bueno. 

— Atíncar. 

Ramón había ido enumerando las palabras an- 



teriores sin necesidad de lenguaraz, pronuneiáa. 
dolas correctamente. 

Al oír decir atíncar, le pregrnnté: 

— Atíncar? 

— Sí, atíncar, repuso. 

— Dígame el nombre en lengona cristiana. 

— Así es, atíncar. 

Iba á decirle: ese será el nombre en artuet- 
no; pero me acordé de las lecciones que acabibt 
de recibir de mi humillación en presencia del 
fuelle, do mi humillación ante Doña Fermint, 
discurriendo como un filósofo consumado y en 
lugar de hacerlo, le pregunté: 

—Está Vd. cierto? 

— Cierto, atíncar es; así le llaman los cldle- 
nos, y esto diciendo se levantó, se acercó á la 
fragua, metió la mano en un saquito de cuero 
que estaba colgado al lado de la orqueta de ims 
tijera del techo y desenvolviéndolo y pasándo- 
melo me dijo : 

— Esto es atíncar. 

Era una sustancia blanquecina, amarga Qomo 
la sal. 

Apunté atíncar, oonvenoido de que'la palabra 
no era castellana. 

En cuanto llegué al Rio 4^, uno de mis pri- 
meros cuidados fué tomar el diccionario. 

La palabra atíncar trotaba por mi imagi-^ 
nación. 

Atíncar, hallé en la página 82, maaonlino, 
véase bórax. 

— ¡Alabado sea Dios! exclamé. Yo sabia lo 
que era bórax; sabía que era una sal qne se 
encuentra en disolución en ciertos lagos; salni 
que en metalurjía se la empleaba como funden- 
te, oomo reactivo y como soldadura. 

— ¡Loado sea Dios! volví á esclamar, que así 
castiga sin palo ni piedra. 

Tanto que declamamos sobre nuestra sabidu- 
ría, tanto que leemos y estudiamos! 

¿ Y para qué ? 

Para despreciar á un pobre indio, llamándole 
bárbaro, salvaje; para pedir su esterminío, por- 
que su sangre, su raza, sus instintos, sus aptita- 
des, no son susceptibles de asimilarse con nuestra 
civilización empíríca, — que se dice humanitsriai 
recta y justiciera, aunque hace morir á hierro 
al que á hierro mata, que se ensangríenta por 
cuestión de amor propio, de avarícia, de engran- 
decimiento, de orgullo; que para todo nos pre- 
senta en nombre del'dereoho el filo de una espade» 



SECCIÓN LITERARIA— EEPÓBLIOA argentina 



161 



en nna palabra, que mantiene la pena del talion, 
porque ai yo mato me matan; qne, en definitiva, 
lo que mas respeta es la faerza, desde que cual- 
quier Breno de las batallas ó del dinero es capas 
de bacer inclinar de su lado la balanza de la 
justicia. 

. |Ab! mientras tanto el bárbaro, el salvaje, el 
indio, ese qne reobazamos j despreciamos, como 
d todos no derivásemos de nn tronco coman, 
como si la planta hombre no fuere única en sn 
especie, el dia menos pensado nos prueba que 
somos muy altaneros, que vivimos en la ignoran- 
cia de una vanidad descomunal, irritante, que 
ha penetrado en la oscuridad nebulosa de los 
cielos con el telescopio, que ba suprimido las dis- 
tancias por medio de la electricidad y del vapor» 
que volará mañana quizá, — convenido; — pero que 
no destruirá jamás, hasta aniquilarlo, una sim- 
ple partícula de la materia, ni le arrancará al 
hombre los secretos recónditos del corazón. 

Todo estaba pronto para la marcha. 

Me despedí de la familia de' Ramón, cuyas 
hijas, apartándose de la costumbre de la tierra, 
nos abrazaron y nos dieron la mano, regalándo- 
les sortijas de plata á algunos de los que me 
acompañaban. 

En seguida marché; me acompañaba Ramón 
y cincuenta de los suyos al s<Sn de cornetas. 

Bamon montaba un caballo bayo domado 
por él. 

Parecia un animal vigoroso. 

— ^Yo no soy haragpan, me dijo. Yo mismo 
domo mis caballos; me gusta mas el modo de los 
indios que el de los cristianos. 

— ¡Y qué! ¿doman de otro modo Vds. P le pre- 
gunté. 

— Sí, me contestó. 

— ¿Cómo hacen? 

— Nosotros no maltratamos al animal; lo ata- 
mos á un palo, tratamos de que pierda el miedo, 
no le damos de comer si no deja que se le acer- 
quen; lo palmeamos de á pié; lo ensillamos y no 
lo montamos hasta que se acostumbra al recado, 
hasta que no siente ya cosquillas; después lo 
enfrenamos; por eso nuestros caballos son tan 
briosos y tan mansos. 

Los cristianos les enaeñan más cosas, á trotar 
más lindo; nosotros los amansamos mejor. 

— Hasta en esto, dije para mis adentros, los 
bárbaros pueden darles lecciones de humanidad 
á loa que les desprecian. 



Ramón me habia acompañado como una legua. 

— Hasta aquí no más, le dije, haciendo alto. 

— Como guste, me contestó. 

Nos dimos las manos, nos abrazamos y nos 
separamos. 

Su comitiva me saludó con un ¡burra! 

— I Adiós! ¡adiós! gritaron varios á una. 

— ¡Adiós! ¡adiós, amigo! gritaron los otros. 

Y ellos partieron para el Sur y nosotros para 
el Norte, envueltos en remolinos de arena, que 
oscurecían el horizonte como negra cortina. 

Mi cálculo era llegar á la Yerde al ponerse el 
sol. 

Llegué á un campo pastoso é hice alto un 
momento; la arena nos ahogaba. 

Lucio V. Mansilla. 

Coronal de la Bepúblie» j EMritor. 



EL IDIOMA NACIONAL 



(Fragmento) 



¿ Cómo pretende la E-eal Academia de la len- 
gua conservar castizo y puro el idioma español, 
si deja fuera de su recinto y lejos de su acción 
á las naciones hispano-americanas P 

¿ Por qué no convoca de tiempo en tiempo un 
Congreso Lengüístico Español, para que el Dic- 
cionario y la Gramática de la Academia, sean 
el resultado del estudio de todas las naciones de 
la misma habla P 

¿ Le bastaría por ventura á la España la glo- 
ria de haber estendido su hermoso lengpuaje en 
el Nuevo Mundo, para que desdeñe á estos 
pueblos y les niegue participación en obra que 
debe ser común] á sus hermanos en sangre, en 
costumbres y lenguaje, como dice el señor Hart- 
zenbuschP 

Es evidente que la iniciativa en esta materia 
debe partir del gobierno español; pero no es me- 
nos evidente la conveniencia y la necesidad de 
apoyarla, por parte de todos los pueblos de la 
misma lengua. Lejos de que la conservación 
castiza del idioma pueda ser traba para el des- 
envolvimiento de la civilización de los estados 
hispano-amerícanos, por el contrarío seria medio 
eficaz para su progreso, para su cultura, para su 
perfeccionamiento intelectual: seria un nuevo 



lee 



ÁMÉEicA Literaria 



YÍnoulo que los nniria por el trabajo coman en 
oonservar pura, y enriqueciéndola siempre, la len- 
gona nacional. En vez de introducir la anarquía 
j el desorden en la ortografía y la gramática, y 
como consecuencia la corrupción del lenguaje, 
aceptando modificaciones arbitrarias é ilógicas, 
bajo el frivolo protesto de necesidades extrañas y 
nuevas á la metrópoli antigua — la razón aconseja 
que esta y las que fueron sus colonias, acepten 
las voces nuevas con que incesantemente se enri- 
quecen y aumentan las lenguas vivas, para que 
se conserve en la estructura y giro de la frase y 
en la ortografía, la posible uniformidad: la pureza 
del lenguaje nacional, hermoso y rico, por otra 
parte, pero de ninguna manera estacionario. 

Descuidos indisculpables en algunos estados 
americanos, han dejado que extranjeros poco 
versados en el conocimiento é índole de la len- 
gua española, fuesen profesores en las escuelas 
primarías. De manera que los niños han apren- 
dido en fuentes impuras el conocimiento de la 
gramática, y es esta causa originaria é innega- 
ble, la que ha producido principalmente el des- 
parpajo en la frase, los galicismos frecuentes, 
los giros extraños, las palabras extranjeras y los 
vocablos con sentido diferente del que por su 
etimología representan; á pesar del altísimo 
crédito y fama de que gozan los escritores cas- 
tizos, como el venezolano don Andrés Bello ^'^K 
La lectura de obras en idiomas extranjeros y la 
consider&ble inmigración en Buenos Aires, han 
contribuido á la corrupción del lenguaje; pero 
no son la causa única, puesto que Bello, clasifi- 
cado de maestro, residió en Londres 19 años y 
oonocia el inglés y el francés, en cuyas litera- 
turas era versado. 

Nueva Granada, México, el Perú y Colombia, 
sin embargo, reaccionan contra este culpable 
abandono, y últimamente el Gobierno Nacional 
Argentino, inspirándose en la buena doctrina, 
ha modificado los reglamentos de los colegios 
nacionales, dedicando al estudio de la lengua 
materna el interés y la atención que merece en 
todo pueblo .culto. 

La Academia Española, «que es, respecto á 
la lengua, como decia don Patricio de la Esco- 



cí) El señor don José M. Bojas, miniítro de Venezuela en 
España, llama 4 Bello "príncipe de los poetas y escritores 
del nuevo mundo". "Bello, dice Cánovas del Castillo, es uno 
de los mas nundes poetas que hayan pulsado la lira castella- 
na, es también de los mejores maestros de la lengua y estilo ' 
que jK>damos señalar en la antigua y moderna literatura 
española". 



Bura, en primer lugar, un gnu jurado que, pre- 
vio examen, declara, pura y simplemente, u 
hecho á su parecer evidente: tal voi no se un 
ya: tal otra perdió su primitiva significaoioii, 7 
la tiene hoy nueva: este neologismo adqmrii 
entre nosotros carta de naturaleza, estotro no It 
merece'/: la Academia, decía, ha tomado mit 
honrosa iniciativa. Ha empelado por nombrar 
cuarenta y un miembros correspondientes ea It 
América que fué española. «De esta breve noti- 
cia estadística resulta oon evidencia, deoia é 
señor Escosura: primero, que los literatos, tanto 
del norte como del centro y sur de la Américt 
que fué un tiempo parte de la monarquía cas- 
tellana, se asocian oon gusto á la Academia Es- 
pañola; y segundo, que la Academia misma, 
apreciando en su justo valor la oooperaoioiL de 
aquellos, los llama á su seno en la forma posible 
y en mucho mayor número que cualesquiera otioi 
extranjeros, u 

No creyó, empero, bastante eficaí este medio 
para mantener la unidad y pureza del lenguaje, 
y por la noble y dignísima iniciativa de los Srei. 
Hartzenbusch, Puente y .^»ecechea, y algim 
otro, propusieron la formación de Academias 
Americanas, correspondientes de la Academia 
Española. Este pensamiento, previo examen lie- 
cho por una comisión nombrada por la misma 
Asociación, fué aceptado, dándole formas prácti- 
cas, porque reconociendo que los hispano-amerí- 
canos son tan extranjeros como los alemanes ó 
los franceses, no puede negarse que el idioma 
español, como lengua materna, es de forsost en- 
señanza en las repúblicas americanas, y que por 
tanto no debian quedar fuera de aquel centro 
lengüístico, naciones cuya población asciende i 
mas de diez y ocho millones de habitantes de la 
misma lengua. 

Los americanos ilustrados comprendieron cnan- 
to interesaba al bien común, el mantenimiento 
de la lengua madre, que en nada afecta á la na- 
cionalidad el conservarla castiza y pura; y se 
han formado ya la Academia Colombiana en 
Santa-Fé de Bogotá, la Ecuatoriana en la an- 
dad de Quito y en México la de aquella repúblioa. 
Cito complacido estos hechos de nobilísima fra- 
ternidad, porque sirven para desvanecer las 
preocupaciones engendradas por mezquinas sus- 
ceptibilidades, que han perturbado á espiritas 
esclarecidos, al sostener que es ofensivo á las 
nacionalidades de América, la oonservadon oii' 



SECCIÓN LITEEABIA— BEPijBLicA argentina 



167 



dadoM de 1a hermosa lengua de naestros proge- 
nitores. Yerdad que son pocos los que taleB ideas 
propalan, puesto que, hasta para injuriar á la 
Academia, se servian del lenguaje cnyo brillo 7 
pnreía conTiene conserrar. 

«Escaso podrá parecer, decia el señor Esco- 
lara, á primera vista, ese número de Academias 
con relación al que convendría qne en Amcríca 
hubiera; mas si se consideran las preocupaciones 
que ha habido qne vencer, la distancia qne de 
aquellas naciones nos separa, y sobre todo, las 
incesantes vicisitudes porque en estos últimos 
IDOS han pasado, así las repúblicas hispano- 
americanas como su antigua metrópoli, no se 
me figura que aventure nada en decir que debe- 
mos felicitamos de los resultados obtenidos, que 
son realmente superiores á las esperanzas que al 
comeniar la empresa pudieron realmente conce- 
birse, y en fin, que en su virtud, no es temerario 
prometerse, en un porvenir no muy lejano, la 
realisacion completa del noble deseo de la Aca- 
demia: restablecer en lo literario la unión polí- 
ticamente rota entre España y Ajnérica, para 
que pueda decirse «que en los dominios de la 
lengua de Cervantes el sol nunca se pone, u 

Pretender que la lengua española, solo por 
haber sido la de los conquistadores, deba con- 
vertirse en dialectos peculiares á cada República, 
es una idea atrasada y poco en armonía con las 
necesidades de la civilización moderna, que, ha- 
ciendo fáciles las comunicaciones por medio del 
v^or y del telégrafo, ha borrado las fronteras 
y condenado los odios internacionales. De mane- 
ra que hoy mas que nunca se han aumentado los 
lectores en la lengua española, que es la general 
en la América, y de ahí la necesidad que el libro 
impreso en Lima, México, Quito, Buenos Aires 
é Bogotá pueda leerse en Madrid, y vice- versa. 

Chile, que intentó modificar la ortografia de la 
lengua materna se convenció de que era un pro- 
yecto falaz, y volvió en parte noblemente sobre 
sos pasos. En todos los demás poises americanos, 
es la ortografia de la Academia Española la que 
se enseña, y la que se observa en todas sus pu- 
blicaciones. 

¿Qué razón positiva, qué conveniencia racio- 
nal podría alegiurse para no estudiar el lenguaje, 
puliendo el estilo y limpiándolo de las impurezas 
y galicismos, producto de malos hábitos? ¿Acaso 
la lengua española es una traba para el vuelo 
libre y fecundo del pensamiento? De ninguna 



manera : hablar y escribir correctamente es un 
distintivo de cultura, tan apetecido en las repú- 
blicas como en las monarquías. Esto no quiere 
decir que se vuelva la vista al pasado para bus- 
car únicamente en los antiguos clásicos españo- 
les, modelos y ejemplos, puesto que los idiomas 
esperimentan transformaciones inevitables; pero 
son los hombres instruidos, los literatos, ya reu- 
nidos en Academias, ya por su esfuerzo personal 
y aislado, los que pulen y autorizan esas trans- 
formaciones, de acuerdo con la índole caracterís- 
tica del idioma: no son los maestros ignorantes, 
no son los malos traductores, los que pueden dar 
carta de naturaleza á este neologismo, á tal 
vocablo extranjero, á tal giro inusitado. Esa 
transformación es la obra común, presidida y 
dirígida por los escrítores eminentes ó por las 
Academias. 

La Academia Española, como lo he manifesta- 
do, ha empezado á abrír sus puertas á ameríca- 
nos distinguidos, que han aceptado este honor» 
que permite traer á un centro común las fuer- 
zas intelectuales de la antigua metrópoli y la de 
las colonias emancipadas. Pero esto no es bas- 
tante, y por ello creo necesarío promover la 
reunión de un Congreso del lenguaje español. 

Y tanto mas necesario me parece, cuanto que, 
las lenguas amerícanas han incorporado multi- 
tud de vocablos al idioma de los conquistadores, 
enríquecíéndolo así, y desde luego no puede des- 
deñarse el concurso que la Ajnéríca puede y debe 
prestar, para la mayor cultura y bríllo de la len- 
gua española y para su conservación castiza. 

// Y si toda lengua, como dice el Sr. Hartzen- 
busch, lleva en sí el germen de su desorganiza- 
ción y á la par el principio de un desarrollo 
nuevo *t — (i por qué razón los amerícanos rehusa- 
rían la labor común en un Congreso del lenguaje 
español? 

¿Sería posible que ocurra al buen sentido que, 
por conocer y aprender las lenguas extranjeras, 
no se debe estudiar cuidadosamente la propia, 
contentos con hablarla según la nodriza y la ni- 
ñera la enseñaron ? 

u Para aumentar el caudal de nuestra lengua 
materna, dice el Sr. Hartzenbusch. necesitamos 
lo primero, saberla bien: mal podemos conocer 
lo que le falta, sino averíguamos con escrupulo- 
sidad qué es lo que tiene u. 

Los galicismos de construcción y de régimen 
y la mania de españolizar vocablos extranjeros 



168 



AMEBIOA LITERARIA 



ouando hay voces propias en la lengua nacional, 
es vicio comnn en la metrópoli y en las repú- 
blicas americanas; no es el resoltado del cmza- 
miento de las razas, como alguien ha pretendido, 
sino de la ignorancia del idioma. ¿ Hay por ven- 
tura conveniencia en desdeñar el conocimiento 
del lenguaje nacional, solo porque se hablen 
otras lenguas P ¿ Se ataca acaso á la libertad y 
á la independencia, se traba el libre examen, por 
hablar y escribir correctamente, imitando, por 
ejemplo, al americano Bello? 

En apoyo de cuanto expongo voy á reproducir 
la opinión del americano D. Antonio Flores. 
Dice: ^Después de espresar el autor de la His- 
toria del Ecuador (Pedro Fermin Cevallos), con 
las galas de su brillante estilo, el entusiasmo 
que le causa la invitación de la Academia Espa- 
ñola, manifiesta la ventaja de que las quince 
repúblicas, levantadas en el nuevo continente 
sobre las ruinas de la dominación de CastiUa, 
como también la hermosa isla, patria de la Ave- 
llaneda y del malogrado Plácido, constituyan 
diez y seis Academias que concurran con la de 
Madrid á la formación de un diccionario comple- 
to de la lengpua . . . Prescindiendo de la antigua 
metrópoli, de la cual parece nos apartamos cada 
dia mas y mas, especialmente las repúblicas del 
Pacífico, así en punto á idioma como en relacio- 
nes de todo género, cada estado hispano-ameri- 
no tiene sus idiotismos peculiares y espresiones 
propias, derivadas con frecuencia del idioma in- 
dígena predominante, quichua, aymara, pehuen- 
che, guaraní ó azteca. Tal voz de uso familiar 
en una república, es no solo desconocida en la 
otra, sino, lo que es mucho peor, empleada á 
veces en un sentido inculto ó deshonesto, i'ara 
no esponerse á horripilar á las damas, el viajero 
procedente de los antiguos Estados de Colombia 
á las repúblicas del sur, deberá consultar ante 
om/nia, — u Diccionarios de Provincialismos y 
sobre todo, la nomenclaiara vergonzante, que 
deberá ir anexa. De lo contrario, las frases mas 
honestas y castizas, como: ¿la he cogido á F. 
descuidada?... pueden hacerle cerrar para siem- 
pre las puertas de la buena sociedad ^. 

u Si no establecemos lazos de unión y frater- 
nidad literaria, levantaremos poco á poco una 
verdadera torre de Babel, en la cual para no 
entenderse, opina un amigo mió, no debió haber 
menester de confusión de lenguas, sino pura y 
simplemente de hablar todos el español. Las dife- 



rentes acepciones de las voces en los dÍTenoi 
estados latino-americanos, al paso que nos dariía 
la clave para la cifra de su lenguaje familiv, 
contribuirían mas que las decisiones de la Aca- 
demia Española, á fijar el verdadero sentido de 
las palabras...'' 

u Por mas que clamen los conservadores filo* 
lógicos, el gran mecanismo de la dvilisadoa 
requiere la asimilación de nuevas palabras, y d 
abandono de otras inútiles. Los esfuerzos pan 
detener la oorríente invasora de nuevos nedo- 
gismos serán tan inútiles como los del Tiejo 
Catón que, después de haber batallado toda sa 
vida contra la invasión helénica, se puso si fií 
él mismo á aprender el griego que detestaba.' 

Considero en vista de estas necesidades, que 
no debe juzgarse irrealizable la convocatoria é» 
un Congreso del leng^uaje español, oomo el que 
propongo, cuando en París acaba de reimine 
con gran provecho un Congreso Internacional 
de las Ciencias Geográficas, otro se ha rennido 
en Bruselas para las ciencias médicas, y doi 
veces se ha reunido el Congreso Internacional 
de Amerícanistas, reuniéndose por último en Fi- 
ladelfia y luego en Londres, un Congreso de 
bibliotecarios. 

Este movimiento científico de carácter inter- 
nacional es un rasgo que caracteriza la época 
presente, que en vez de localizar y circunscri- 
bir los conocimientos á las divisiones polítioaa, 
tiende, por el contrario, á generalizarlos y ar- 
monizarlos. Y entonces creo poder decir con la 
autoridad del ejemplo, que es en la actualidad 
mas que nunca conveniente y necesario, conser- 
var la pureza del idioma por su cultura y ni 
cuidadosa y esmerada enseñanza, para mantener 
las fáciles comunicaciones con los pueblos de 
nuestro mismo lengpuaje, en vez de aspirar men- 
guadamente á convertirlo en dialectos mas 6 
menos oscuros, que arraigarian el aislamiento, 
que es contrario á la civilización cosmopolita 
moderna. Sostengo por esto, la conveniencia de 
que el Diccionario y la Gramática de la Acade- 
mia reciban la sanción de un Congreso del len- 
guaje español. 

Mr. Laboulaye decia en Paris, con motiro de 
la estatua de la libertad en los Estados-Unidos, 
como un faro colosal, estas palabras: ''El Canadá 
ha permanecido fiol al recuerdo de la madre 
patria: conserva piadosamente su lengw^e^ sos 
leyes y sus costumbres; pero veréis que las neo^ 



SECCIÓN LITERARIA— BBPtjBLicA abobntina 



169 



sídades de la América le han dado la práctica 
de la libertad, 7 que nuestros canadienses se 
entienden también para gobernarse á sí mismos 
como los americanos u, 

Y bueno es recordar que la población del Ca- 
nadá ha aumentado de una manera prodigiosa: 
tenia 02,000 habitantes como colonia francesa 7 
ho7 cuenta con 1.200,000 almas. Este hecho 
prueba que la inmigración no es un elemento 
disolvente para la lengua materna, cuando se 
cuida de enseñarla en las escuelas, de cultivarla, 
de purificarla por los escritores que se distin- 
guen, 7, sobre todo, que los pueblos libres oon- 
lervan piadosamente el lengueje de la madre 
patria, sin que por esto sean serviles 7 atrasados. 

Tícente G. Quesada. 

Abogado j Pablioista. 



EL CENTENARIO DE BROWN 
(22 de Junio de 1777 J 



"...Son nom Mt du» tontea les bonohet... 
Jámala che< luí IHntérét ne balanw rbon> 
nenr... Valnqoeur du Bréail et de quatre 
oenta Taiaaeaox, 11 mourut daña la médto- 
crité " 

Thomui— Eloge de Dngnajr-Trontn. 



El tiempo en sus eternas evoluciones marca 
este dia en que vino al mundo Guillebmo 
Bbowk, la primera gloria naval de la Repú- 
blica, en la guerra de su emancipación 7 en la 
campaña del Brasil. 

Pocos mortales tan favorecidos como él por 
los caprichos de la suerte, durante una vida 
entera consagrada al mar 7 á los combates. 

Abierto el drama revolucionario, es el prime- 
ro que en 1814 logra forzar la portada de gra- 
nito de Martin Ghurcia, prólogo feliz del Buceo 
de la Luz, en cu7as aguas quedó sellada con 
brillo extraordinario la campaña de Oriente. 

El fué el primero que en 1815 montaba el Ca- 
bo de Hornos, ese cuartel general de las borras- 
cas australes, para llevar á las pla7as del Pacífico 
habitadas por esclavos, el fausto mensaje de 
libertad que anunció con sus cañones, izando á 
la luí opaca de la región polar ó bajo los círcu- 
los calientes del ecuador, nuestros colores teñi- 
dos con el azul de los cielos 7 la blancura de las 



nieves, 7 que el mundo vio pasar como una 
visión de gloria 7 de heroísmo! 

Todavía es el único que en el Plata 7 en el 
Atlántico, sin mas recursos que los del ingenio, 
sin mas elementos que su valor 7 su constancia, 
enfrena el orgullo tradicional de otro monarca 
europeo, 7 sus hazañas merecen el aplauso de 
aquella lira de cuerdas metálicas que resonaron 
como clarines cuando ardia Cangallo... 



♦ ♦ 



La Gran Bretaña eri je estatuas 7 llora incon- 
solable á Nelson del Nilo, su hijo favorito, hon- 
rando también la memoria de Effingham y 
Drake, domadores de la Invencible; de Rodney, 
vencedor de Grasse; de Howe, salvador de Gi- 
braltar; de Jervis, triunfante sobre el Cabo de 
San Yicente; de Collingwood, ilustrado en el 
de Traf algar ; de lord Exmouth, humillador del 
arrogante De7 de Argel. 

Yenera la Francia el bronce perdurable de 
Lucas, el único que halló digno de ella en las 
aguas sombrías de Trafalgar, á la vez que se 
ufana de haber producido á Duqueane, vencedor 
generoso de Ru7ter; á Tourville, que ^vencido 
en la Hogue, muestra los destellos del genio en 
su celebrado crucero de alta mar; á Jean Bart, 
el hazañoso corsario de Dunkerque; á Forbin, á 
quien despedía un ministro de Luis xiy, dicién- 
dole: Solo á vos y á Turenne se ha dado caria 
blanca en Francia; á Dugua7-Trouin, conquis- 
tador de Rio Janeiro; á d'Estrées, que en Yelez- 
Málaga fulmina el postrer refiejo de gloria de 
la armada de aquel gran príncipe; á la C^llis- 
soniére, que bate á B7ng en Mahon 7 motiva su 
arcabuceamiento; al científico d'Orvilliers, que 
en Ouessant devuelve la libertad á los mares del 
globo 7 es cantado por Gilbert como el regene- 
rador de la marina de su patria; á D'Estaing, 
hábil en la guerra de América, victorioso en 
Granada, 7 recompensado ¡a7! con el tajo de la 
guillotina . . . ; á Guichen, su afortunado sucesor 
en las Antillas; á Suffren, admirado por su 
campaña de la Lidia; á los indomables republi- 
canos del Vengueur du Peuple que abrazados de 
su bandera se sumerjen en las tinieblas del abis- 
mo; á de Linois, memorable en Algeciras. 

Ei<paña se envanece con los nombres de Juan 
de Austria, que en Lepaoto afirma la Cruz sobre 
la Media Luna; de Navarro, que queda dueño 
del disputado Cabo Sicié; de Blas de Lezo, 



22 



170 



AMÉRICA LITERARIA 



ínclito defensor de Montevideo y Cartagena de 
Indias; de Baroeló, terror del agareno; de Ma- 
zarredo, táctico oonsnmado; de Gravina, víctima 
expiatoria de Trafalgar. 

Se gloría la Italia en ser madre de los pala- 
dines de Lepanto, Marcantonio Colonna, y Do- 
ria; de Caracciolo, sacrificado á la perfidia de 
nna reina; y del caballeresco Fáa di Bruno, que 
en dias menos lejanos, con el dolor de la derrota, 
empaña la pistola de combate y al dispararla 
sobre su sien, exclama: un comandante soccombe 
col 8U0 bastimento ! 

La pequeña Holanda, agazapada tras de sus 
diques, con el recuerdo embriagador de otro 
tiempo, saborea en silencio la fama de Ruyter, 
caido en su defensa en las aguas de Siracusa; 
de Van Tromp, que convertido en monarca del 
mar, paseaba una escoba de reto por las bocas 
del Támesis — ^y de aquel abnegado Patry, quien 
antes que rendirse á los españoles, se envuelve 
tranquilamente en su bandera y al echarse al 
Atlántico, dice á sus oficiales que intentan dete- 
nerle : El Océano es el único sepulcro digno de un 
almirante bátavo ! 

Los tres reinos de origen escandinavo reve- 
rencian la memoria del comodoro Fischer, el 
defensor inteligente de Copenhague y de la coa- 
lición del Norte en 1801. 

Rusia hizo feliz á Heyden, que honró sus 
armas en Navarino. 

La Turquía á Jair-eddin, aquel bajá de tres 
colas, rival y vencedor de Doria, azote de la cris- 
tiandad y digno hermano de Barbarroja. 

Grecia de Salamina ya regenerada, proclama 
á Miaulis, su archi- na varea, y á Constantino 
Kanarís, su viejo león de la guedeja nevada, 
cantado por Byron, Hugo y Lamartine. 

El Austria ennoblece 4 Tegetthoff, que obtie- 
ne en Lissa el tridente del Adriático, y Portu- 
gal con la trompa épica de Camóes perpetúa los 
hechos de Martin Affonso de Souza. 

Si en seguida recorremos los almirantes de 
mayor nombradía en el hemisferio americano, 
Paul Jones y David Glascoe Farragut, susten- 
tan en primera línea la diadema naval de los 
Estados- Unidos en la conñuencia de este y el 
pasado siglo. 

Colombia (porque México no tuvo héroes de 
Neptuno), nombra con engreimiento á Brion, 
el compañero de Bolívar, y á Padilla el vencedor 
de Laborde. 



El Perú, á Martin Jorge Guise, émulo de 
Cochrane, muerto en el Guayas. 

Chile, á Cochrane apresador de la Esmeralda, 
y á Blanco Encalada de la Marta Isabel, 

El Brasil, rinde justicia i los méritos de Taj- 
lor y de Grenfell, sus primeros marinos en li 
campaña del Norte y en la guerra del Sur. 

T la República Argentina, ¿qué ha heebo 
por GUILLERMO BROWN, cuyos serricioí 
y merecimientos puede oponer sin rubor á loe 
de cualesquiera de los nombrados? 

Hablen los vivos... ante los que repercnten 
ya los ecos de su posteridad ! 

El patriota que desde los albores de Mijo 
desnuda el acero que debía ser fértil en empre- 
sas memorables : el vencedor de Romarate en las 
aguas del Guazú y de Sierra en las de Monten- 
deo; el que vencido en el Guayas remoto, ee 
lanzaba á sus corrientes plagadas de caimanee 
sin mas escudo que la bandera de 1812; el lau- 
reado en los Pozos; admirado el 30 de Jnlio; 
condecorado en el Juncal; y el que sobrevive al 
duelo cruento de la Ensenada para decir al pue- 
blo de Buenos Aires, mostrándole sus carnee 
magulladas por el plomo de invasor estranjero: 
Compatriotas! vuestra estimación es el hum dnUe 
premio á que podría yo aspirar. Mi vida es vuss- 
ira, y rendirla por la gloria del país, es mi pri- 
mar deber! ... duele confesarlo... seextíngniéen 
la soledad, en la melancolía, allá, en los snbor- 
bios de la ciudad que fuera el encanto de su vida, 
el objetivo de sus servicios ínclitos, y por coya 
honra luchó con la coalición tremenda de loe 
hombres y de los elementos, venciendo á loe 
unos, domando á los otros! 

T como si esto no fuera bastante, su viada 
Elisa Chittt, hermana de uno de los eafona- 
dos de Maracaibo, retírase de la vida ya octoge- 
naria, el 26 de julio de 1868, con el deaconsnelo 
de haber tenido que enagenar, llorando el egoie- 
mo de los gobiernos, el único patrimonio de sus 
hijos, la quinta histórica en que su esposo ex]ia- 
lara el postrer suspiro, ¡quién lo creyera! para 
costear esa modesta columna fúnebre, que señala 
á propios y estraños el lugar de su eterno des- 
canso ! . . . 

Así es la justicia humana; y tenían raion los 
antiguos paganos, cuando compararon con sus 
dioses á los varones insignes, porqae los colma- 
ban de beneficios sin esperar recompensa. 
Figurando en épocas de vicisitudes y calamL 



SECCIÓN LITERABTA— SEPÚBLicA aboen!MMá 



171 



dades, en que los huracanes políticos y las pasio- 
nes embraTecidas imprimen á los hombres el 
delirio de la reTolncion 6 las flaquezas de la 
lealtad — ¿qué estraño, si Brown comete errores, 
alucinado por su criterio ya enerrado, cuando 
faé su rumbo constante el deber y el sacrificio 
por la patria? 

Nelson mismo los cometió mayores en Ñapó- 
les, seducido por una beldad tan frágil como 
intrigante ; pero la Inglaterra, justiciera é in- 
dulgente, solo recuerda á Abou-Qyr y Trafalgar 
— ^y corriendo sobre ellos un sudario de púrpura, 
abre á sus despojos triunfantes el panteón de 
los soberanos, la abadía de Westminster y le 
erige en u Trafalgar sguare u una columna ros- 
tral, altísima como su gloria! 

Pero la sombra de Brown era demasiado pro- 
minente para que los furores que suelen agitarse 
en las democracias contra los grandes, dejaran 
de dirigirle sus tiros impíos. 

Soporta prisiones, consejos de guerra, destitu- 
ciones, amargos desencantos ... y en la miseria» 
con el espíritu acongojado por la calumnia y la 
ingratitud, que eran sus hlue deviU* — una sola 
Tei desahogábase con estas palabras en el seno 
de la amistad — Thú is á great counlry, but, 
what á piiy there are many black-guards ! 



¿Y que fué de sus compañeros de fatigas y de 
peligros en las campañas de 1814 y 26? 

Benjamin Franklin Seaver y Eliseo Smith; 
Martin de Jaume y Koberto Stacy, todos jóve- 
nes y bravos, caen los primeros al frente de las 
baterias de mar y tierra que disputan la entrada 
al Guasú. Norther y Spiro, sucumben en el Uru- 
guay también luchando, pero con desventaja 
contra la bandera española. Hubac en el Paraná, 
oponiendo sus naves á la anarquía que se des- 
borda. El brioso Bussell va á sepultarse en los 
abismos antarticos con el bajel que tremola los 
colores de su patria adoptiva. Mueren Cerretti y 
Love en la toldilla de los suyos, que es el pues- 
to de honor de los comandantes en combate. 
Morlote en Sipe-sipe; Bobinson, Curry y Cha- 
varria, al pié de las murallas de la Colonia. Par- 
ker, en un hospital de sangre — Drummond y 
Thomas en el Monte de Santiago. El benemé- 
rito Dr. Jaime Phillips, apenas canjeado, se deja 
llevar por el abatimiento. Francisco Balcarce y 
Eustaquio Zapiola, ahogados en servicio público 
delante de San Nicolás, y Luis Clark en las 



aguas del Buceo. Ferrery, asesinado por los suyos 
en las playas patagónicas — Calero, muerto por 
una granada á la vista de la Habana, y Bou- 
chard por los negros en los arenales del Perú. 
Foumier, el rayo esterminador del comercio bra- 
silero, es devorado por los tiburones y tintore- 
ras de las costas insalubres de la Guayana — 
Espora, abandona la vida abrumado de pesa- 
dumbres; Granville y Riohitelli en el hospital 
y son enterrados de limosna. Bosales, en el des- 
tierro — Ford en los calabozos húmedos de un 
déspota imperial, y Bathurst en los cuarteles 
inhospitables del tirano de la patria. Linch, Luis 
Julien y Murguiondo degollados; Martines, 
fusilado por los sicarios de aquel. Schannon, 
Benaud y Maurice, por las balas fratricidas— 
De Kay, carácter novelesco, aletargado en un 
rincón de Nueva Tork; Beazley, en las selvas 
del Brasil; Wames en las sierras de Chile; 
Azopard, Theodoro, Keamey, Boncayo, La- 
marca. Picón, Mac-Dougall, Dupont, Taylor, 
Chaytter, Jones, Jewett, Soulin, Hidalgo, Four- 
mantin y Mom, en el olvido. Fisher, Máson, 
Dautant, King, Campbell, Cavassa, Elordi, 
Craig, Donati y Harris en la miseria y el desen- 
gaño — así como los Erézcano, los Seguí, los 
Jorje, Toll, y el brillante Fonrouge de Lesseps, 
que encanecido en las mazmorras del enemigo 
brasilero y con el cuerpo desgarrado por sus 
proyectiles, buscaba en vano hasta la víspera de 
apoyarse en el sepulcro, las puertas cerradas de 
los Ministerios — ignorando en su desventura 
¡aberración humana! que no siempre el mérito 
y el sacrificio preceden al favor en su dorado re- 
cinto! 

Así se eclipsan los cientos, los miles, de esa 
f alan je macedonia; de esos tipos olímpicos por 
la misión sublime de que fueron investidos en 
la vida — cubiertos por las brumas del pasado ó 
con el lapilo de la discordia intestina, sin que 
ni la tradición, no siempre piadosa, salvara los 
nombres de tantos, como hicieron resonar el de 
su patria en mares y climas apartados... 

Sin embargo de tales profanaciones, quedan 
todavía algunas de esas efigies acuñadas en bron- 
ce, que pasan á nuestro lado, ancianos, descono- 
cidos, harapientos, apoyados en la muleta del 
inválido porque llevan en sus carnes las hórridas 
mutilaciones del cañón ó del hacha, presentan- 
do como Belisario el casco de combate á la 
caridad del transeúnte... Ah! duélanos lo fatal 



172 



AMÉRICA LITERAIIIA 



de su destino . . . qne son ya los últimos repre- 
sentantes de aquellos tiempos épicos, en qne 
nuestras escuadras regidas por un coloso, asom- 
bran al mundo j conquistan la libertad de las 
Repúblicas del Plata, consolidando su indepen- 
dencia, con el respeto 7 encomio de los pueblos 
yecinos. 



# 
• ♦ 



Los hombres de la posteridad, saludamos en 
este dia, la sombra augusta de GUILLERMO 
BROWN — que héroe, fué humilde en el esplen- 
dor de la gloria, j cristiano, resignado en la 
noche de la adversidad... 

Su fisonomía perecedera, cediendo al embate 
de los años desaparece de la escena, pero nos 
lega el ejemplo que ha de fortalecemos si nue- 
vos peligros amagaran la integridad de la patria, 
7 un nombre con igual derecho á los honores 
extraordinarios discernidos á San Martin 7 Bel- 
grano por la justicia postuma. 

No lloréis, viejos marinos, sobre sus cenizas 
que 7acen en quietud, aunque abandonadas por 
la incuria de los gobernantes, por la indiferen- 
cia de sus compatriotas... 

La fama de nuestro ALMIRANTE en alas 
de los vientos, cruzará las edades... T si la Re- 
pública que premia sus servicios con el olvido 
cruel, desapareciera en el futuro del número de 
las naciones — ella seria proclamada en los espa- 
cios por la Cordillera Andina, cu7as sumidades 
coronadas de nieve, divisaron su insignia victo- 
riosa en ambos Océanos — 7 por el Plata amigo, 
que conmovieron de gozo las palmas laureadas 
con qne una generación entusiasta ciñó la frente 
7 entrelazó las armas de su TITÁN! 

Anjbl Justiniano Carranza. 

Abogado, PubUoiata 6 HistorUdor. 

Buenos Aires, 1877. 



DISCURSO 



(Pronunciado en la reunión tenida en el Teatro de Colon 
con motiTO de los sucesos del Perú (1864) 



Señores : 

No me propongo agregar una frase mas de 
entusiasmo: hacer brotar una sola chispa, que 
se perdería en medio del volcan que desde las 



márgenes del Pacífico ha iluminado 7 encendido 
todas las almas republicanas. Mi palabra no sen 
ardiente, 7 para que lo sea menos, he querido 
hasta privarla del calor de la improvisación; 
paralizarla sobre el papel donde he de consignir 
á grandes rasgos la verdad de esa idea que nos 
reúne ho7; la verdad históríca de ese proyecto 
de monarquizar la Améríoa, que viene desarro- 
llándose desde los Congresos de Yiena 7 de Ye- 
roña, pro7ecto con el que permita Dios que 
muera el último de los Ite7es. (Aplausos). 

Solo la prensa europea de Buenos Aires no 
ha encontrado bien que este pueblo, cuna de la 
Independencia de la América Española, forme 
causa común con una de las Bepáblicas que ¿1 
a7udó á levantar con su mente 7 oon su bnto. 
Esa prensa ha tomado por tema no creer en el 
peligro qne amenaza á la Democraria en Amé- 
rica... 

— u No somos profetas, ha dicho un brillante 
escritor; pero cuando vemos por la tarde eargt- 
do de nubes el horizonte, presagiamos la prózimi 
borrasca''. 

Pero nuestro horizonte viene cubriéndole da 
nubes desde antes de A7acucho : 7 á f é que lie- 
mos visto descargar no hace tanto, un fuerte 
nubarrón sobre Méjico á donde 7a ya en viaje 
Maximiliano á tomar la corona de Iturbide oon 
que le brinda Napoleón iii. Los repnblieanoi 
aplauden: es corona de laureles que se cambian 
en espinas. (Aplausos). 

T luego, señores: desde Tácito, desde Moisés, 
las historias están llenas de la prueba de que U 
ocasión atrae 7 precipita las grandes concepcio- 
nes, que de otro modo habrían permanecido años 
7 siglos en la forma latente de la idea. A bien 
que nosotros mismos sin las rídículas abdicacio- 
nes de Carlos lY 7 Femando Tii oon que estuvo 
jugueteando la mano del otro Napoleón, — quién 
sabe hasta cuando habríamos seguido siendo i 
nuestra vez el juguete de aquellos Monarcas 6 
de sus favorítos! (Aplausos). 

Y si esa fué la ocasión^ el hecho material qne 
determinó la época de hacemos señores, — «i quién 
puede asegruramos que la Europa para hacemos 
otra vez colonos, no haya visto esa ocasión 7 ese 
hecho on el atleta desangrando, en el coloso 
dividido que no puede ahora tendemos su demo- 
crática mano desde el Norte ? ( Aplausos ). 

Proteja Dios á esa Gran República, 7 permi- 
ta que en punto ma7or, así como ho7 al frente 



SECCIOIÍ LITERARIA— REPÚBLICA á&qentiná 



173 



del peligro que toma formas, nos congregamos 
y fraternizamos en la fé j en el amor de la In- 
dependencia los hombres de todos los partidos 
políticos, — asi se estienda cnanto antes nn cielo 
sereno sobre las brillantes estrellas qne cnbren 
la bandera Norte-americana: estrellas ganadas 
por los estados del ^ Norte y los del Snd para la 
Patria comnn qne simbolizan. ( Aplansos). 

Qne el grito del Perú y Méjico despierte al 
gigante dormido qne no se apercibe de qne la 
ierra de la Monarqnia, acaricia 7 lame sns ar- 
mas fratricidas para envenenarlas ! (Aplansos). 

Pobre patria de Washingrton ! Ella acababa 
de decidir generosa el reconocimiento de nnestra 
Independencia, cnando el Congreso rennido en 
Florencia j luego en Yerona, amenazaba á los 
libres del mnndo con estas palabras fulminantes 
j poco conocidas de su tratado secreto de 22 de 
Noviembre de 1822. Reclamo vuestra atención. 
Árt. 1.° Las altas potenciíis contratantes, conven- 
cidas de que el sistema de gobierno represen- 
tativo es tan incompatible con los principios 
monárquicos, como lo es la máxima d^ la sobera- 
nía del pueblo, con él derecho divino, — se com- 
promete mutuamente del m^o m^as solemne á 
hacer uso de todos sus esfuerzos para poner fin 
al sistema de gobiernos representativos en cual- 
quiera país donde exista en Europa, y para 
impedir que se introduaca en donde no es conocido 
aún: (Firmados: Mettemich, por el Austria, 
Chateaubriand por la Francia, Bemslet por la 
Proaia, 7 Nesselrode por la Rusia). 

Impios! Reconocen derecho divino en sus 
gobernantes absolutos sobre quienes hacen des- 
cender al Espíritu Santo, 7 lo niegan á la huma- 
nidad, a los pueblos de estirpe divina, como no 
lo son sus castas 7 dinastías. . . ( Repetidos aplau- 
sos). 

Los Estados Unidos del norte eran á la sazón 
demasiado pujantes, 7 aquellos diplomáticos de- 
masiado peritos en su oficio para qne hubiesen 
osado terminar ese artículo con una amenaza 
mas esplícita contra las Repúblicas que 7a em- 
pezaban á formarse en el Snd de la América. 

Es agradable recordar aquí que el Ministro 
Inglés se abstuvo de ñrmar aquel tratado por 
falta de instrucciones 7 que la Gran Bretaña, el 
mas liberal de los Gobiernos de Europa, no solo 
tprobó su conducta, sino que dio parte á los 
Estados-Unidos. 

Esta Nación, 7 un hombre CU70 genio valía 



otra nación, Bolívar, se pusieron en guardia ante 
la Inquisición de Yerona que en nombre de Dios 
fulminaba ra70s contra la heregia de la sóberania 
de los pueblos. Bolívar trató de oponer al Congre- 
de Yerona el Congreso del Panamá, donde las 
doctrinas del primero serian contrarestadas por 
los principios del republicanismo continental en 
una forma imponente 7 salvadora. ¡ Ojalá Bue- 
nos Aires 7 Chile hubiesen volado á tomar parte 
en esa gran Representación democrática, con el 
mismo entusiasmo con que lo hicieron otros Es- 
tados; como Méjico 7 el Perú, que revelando un 
soberano instinto de propia conservación 7 hasta 
cierto espíritu profetice sobre sí mismos, fueron 
los primeros en tomar asiento en aquella Asam- 
blea de pueblos, que compacta, habría sido de 
incalculables consecuencias en el porvenir! 

Pero Buenos Aires 7 Chile fueron acaso víc- 
timas de su propio celo por la República. Es 7a 
del dominio de la historia, que se ha atribuido al 
libertador de Colombia la aspiración de buscar 
solo como medio la unión de los Estados, 7 como 
fin, su coronación. Así el exceso de susceptibili- 
dad en los pueblos, les hace á veces perder la 
confianza en los que mas voluntad tienen, 7 mas 
capaces son, de hacerlos libres 7 felices ! 

Habíase, sin embargo, instalado el Cong^reso 
de Panamá en 1823, 7 aun ensanchádose des- 
pués á virtud de una circular de Bolívar del año 
siguiente. 

Los Estados Unidos, entre tanto, no permane- 
cieron mudos ante la invasión de derechos, de 
los bárbaros del absolutismo, 7 con la hermosa 
llaneza que siempre ha caracterizado á aquellos 
bravos republicanos, opusieron en 1825 al Tro» 
todo Secreto de las testas coronadas, esta decla- 
ración pública: 

— Que ellos no permiHrian colonización últe» 
rior hecha por Potencias Europeas en parte algu* 
na del Continente Americano, 

— Que considerarían como peligroso para su 
paz y tranquilidad el que aqaeUas potencias Ue- 
gasen á hacer estensivo á cíialquier punto de este 
hemisferio su sistema de intervenciones; 

— Y que toda interposición de un Gabinete 
Europeo, tendente á perturbar de cualquier ma- 
ñera á los Gobiernos de América que habían 
establecido su Independencia, seria considerada 
como una manifestación de enemistad hacia los 
Estados- Unidos, 

Escusado es decir, que la Soberana Nación 



174 



AMÉRICA LITERAfitá. 



que así proclamaba á la faz del mundo la solida- 
ridad de la República en America, fué desde 
luego invitada al Congreso de Panamá. Pero 
aunque nombró sus diputados, aquel quedó di- 
suelto antes de la reunión acordada para Febrero 
de 1827. 

Sin embargo, la Europa de Yerona debia ver 
en aquellas declaraciones de la franca política 
de los Estados Unidos, nuevas columnas de Hér- 
cules. 

Y así lo fueron en realidad, por mas que nun- 
ca haya renunciado á sus propósitos. Tanto, que 
á la caida de Luis Felipe se encontraba muy 
adelantada ya una coalición armada contra las 
Repúblicas hispano-amerioanas, la cual vino á 
sucumbir en la tempestad de los pueblos contra 
los tronos que estalló el 48, y que cargada de 
electricidad se reconcentró en la atmósfera euro- 
pea para descargar sobre ellos mas tarde, y sal- 
var así á la Polonia, á la Hungría, al Piamonte, 
á la Italia, á la Francia, á casi todos los pueblos 
de la Europa, medidos boy por la vara de hierro 
del absolutismo. (Aplausos) 

Y si este, indígena del otro Continente, se 
conduce así en su propio recinto, ¿esperaremos 
nosotros mas amor de los que han jurado en Ye- 
rona estirpar el sistema representativo de Euro- 
pa y América? ¿Es racional creer que aquel 
juramento que cada dia se cumple con la prime- 
ra, aguarde para realizarse respecto de la última, 
á que los Estados Unidos hoy postrados, se pon- 
gan nuevamente de pié enseñando en su diestra 
BU declaración de 1825?... 

Basta, señores. No puede agregarse una pa- 
labra mas á las pruebas y á las presunciones 
de los hechos, en presencia de los cuales Bue- 
nos Aires se ha levantado á la altura de sus an- 
tecedentes gloriosos, cuando ha escuchado la 
descompasada voz de un almirante español, ha- 
blando de treguas de la guerra de la Indepen- 
dencia. 

Pero esas treguas obligan á la República Ar- 
gentina, apesar del reconocimiento por la Espa- 
ña, de su propia autonomía, porque esa República 
tenia empeñada su palabra de honor y compro- 
metidos sus hombres y sus tesoros en salvar al 
Perú de la dominación Española; y si esta no 
ha terminado, si resucita alegándose un largo 
desmayo que le dura desde Ayacucho, nuestro 
compromiso queda restablecido y electrizada y 
con vida la colosal figura del Protector del Perú 



que manda de nuevo formar filas á sus psisanofl! 
(Aplausos). 

Dejo la palabra con que os he fatigado, adhi- 
riéndome á todo proyecto, cualquiera que sea sa 
alcance y compromiso, tendente á asegunr li 
democracia en el gran territorio conquistado i 
la libertad en 1^ años de duro lidiar, desde Saa 
Lorenzo hasta Junin; y no distingo puebloi, 
porque en la guerra de la independencia no loi 
distinguieron nuestros padres, para quienes Chi- 
le y el Perú fueron siempre cercanías de Buenoi 
Aires, de Salta y Tucuman! (Aplausos). 

Miguel Nayabbo Yiolá. 

JorUeoiualto y Pobllolata. 



EL PERÚ Y LA DEMOCRACIA 

(Fragmento) 

... Para demostrar que las ideas democrátiey 
son absolutamente inadaptables en el Perú, p 
no citaré el autor del E^íritu de las Leyes, ni 
buscaré en los archivos del genero hnmano 
argumentos de analogía, que mientras no varíe 
su constitución física y moral, probarán siempre 
lo mismo en igualdad de circunstancias. Las 
autoridades y los ejemplos persuaden poco, ooan- 
do las ilusiones del momento son las que dan la 
ley. Solo nn raciocinio práctico puede enténoei 
suspender el encanto de las bellezas ideales, 7 
hacer soportable el aspecto severo de la verdad. 

Tó pienso que antes de decidir si las ideas 
democráticas son ó no adaptables en.el Perú, es 
preciso examinar la moral del pueblo, el estado 
de su civilización, la proporción en que está dis- 
tribuida la masa de su riqueza, y las mutuas 
relaciones que existen entre las varias clases 
que forman aquella sociedad. He reducido a 
estos cuatro principios cuanto se ha dicho por 
los mejores maestros de la ciencia del gobierno, 
y en su elección he seguido mis propias obser- 
vaciones, sin tomar ningún sistema por modelo: 
mi plan es indicar hechos que nadie ponga en 
duda, y que cada uno amplíe sus reflexiones 
hasta donde yo no puedo estenderlas por mira- 
mientos que no será difícil penetrar. 

La moral de los habitantes del Perú, conside- 
rada con respecto al orden civil, no podia ser 



SECCIÓN LITERARIA— BBPÍBLiCA arobntina 



175 



otra qae la de un pneblo qne ha sido esolayo 
hasta el año 21, 7 qae aan lo es en mucha parte 
de su territorio. La censura á que están sujetas 
sns costumbres en este punto de vista, es un 
argrumento de execración contra la España, 7 
im motÍTO mas para sustraer aquel país á las 
nueras desgracias en que se vena envuelto por 
la falta de sobriedad, en la reforma de sus insti- 
tuciones. Sus principales 7 mas antiguos hábi- 
tos han sido obedecer á la fuerza, porque antes 
nunca ha gobernado la 107 ; servir con sumisión 
para desarmar la violencia 7 ser menos desgra- 
ciado: atribuir á las clases privilegiadas esos 
derechos imaginarios que todo gobierno despó- 
tico sanciona, interesado en exaltar á los prime- 
ros que oprime, para que estos sean opresores á 
8U tumo; en fin, ser todos en general, esclavos 
y tiranos á la vez, desde los que ocupaban el 
range mas elevado hasta los que dirigían el tra- 
bajo de los negaros en las plantaciones de la 
costa. La cadena era siempre la misma, aunque 
algunos eslabones brillasen mas que otros. 

La virtud 7 el mérito solo servían para atraer 
i los ra70S del despotismo sobre las cabezas mas 
Oustree.. Una inversión total en el objeto 7 en 
los medios de ser feliz, hacia buscar los honores 
7 las recompensas por las sendas mas extravia- 
das de la moral pública: el dinero suplia la 
idoneidad, la adulación valía mas que la modestia, 
7 las súplicas interpuestas por medio de blandas 
voces, alcanzaban lo que no podia obtener el he- 
roísmo de algunos peruanos superiores á los obs- 
táculos de su educación, 7 á las costumbres de 
su siglo. 

ün pueblo que acaba de estar sujeto á la cala- 
midad de seg^nir tan perniciosos hábitos, es inca- 
paz de ser grobemado por principios democráticos. 
Nada importa mudar de lenguaje, mientras los 
sentimientos no se cambian ; 7 exi jir repentina- 
mente nuevas costumbres, antes que ha7a pre- 
eedido una serie de actos contrarios á los ante- 
riores, es poner á los pueblos en la necesidad de 
hacer una mezcla monstruosa de las afecciones 
opuestas que producen la altaneria democrática 
7 el envilecimiento colonial. De aquí resulta esa 
lucha continua entre el gobierno 7 el pueblo, 
^ unas veces obedece como esclavo, 7 otras 
quiere mandar como tirano: tan presto recibe 
las reformas con veneración, como trata de abo- 
lirías, desplegando el orgullo lejislativo que es 
inherente á la democracia: cada uno en su clase 



se esfuerza á conservar las prerogativas 7 ascen- 
diente que antes gozaba, 7 al primer grito de un 
ambicioso demagogo, todos gritan igualdad sin 
entenderla, ni desearla: en fin, los empleos se 
solicitan sin trabajar por merecerlos 7 los des- 
contentos que forman el ma7or número, denun- 
cian como una infracción de los derechos del 
pueblo, la repulsa de sus pretensiones. 

El estado de la civilización del Perú, es propor- 
cionado á la latitud que concedían las le7es 7 
repetidas cédulas que la generosidad de los re7es 
de España dictaba en favor nuestro. La educación 
de un pueblo destinado á la obediencia pasiva, se 
reduce á hacer á los hombres metafísicos, para 
que nunca descubran sus derechos en ese caos de 
abstracciones, donde toda idea práctica desapa- 
rece. Algunos sabios que se formaban como por 
sorpresa en el fondo de la soledad, han procurado 
en varios tiempos introducir el estudio de las 
ciencias exactas 7 naturales, al menos con apli- 
cación á los usos mas necesarios de la sociedad. 
Sus esfuerzos nunca han tenido algún efecto, no 
han podido estenderse mas allá del estrecho círcu- 
lo á que las limitaban los cautelosos permisos de 
la corte de Madrid. Entre tanto, la masa de la 
población seguia siempre sepultada en las tinie- 
blas, 7 su ignorancia llenaba de placer ¿ los es- 
pañoles, por que era natural que se deleitasen en 
contemplar la obra de sus manos, 7 calcular la 
duración de su imperio por las fuerzas de las 
preocupaciones en que se ap07aba. 

Yo quiero ahora contraerme á la clase de ilus- 
tración que exije el gobierno democrático para 
que sea realizable. Todo el que tiene alguna par- 
te en el poder civil, debe conocer la naturaleza 7 
término de sus atribuciones, 7 la relación que 
estas dicen al sistema administrativo en general. 
En el gobierno democrático, cada ciudadano es 
un funcionario público: la diferencia solo está en 
el tiempo 7 modo de ejercitar esa especie de ma- 
jistratura que le dan las le7es: el ma7or número 
usa de este derecho en las asambleas electorales, 
'7 los demás en la tribuna. Pero la frecuencia de 
las elecciones aumenta sin cesar la lista de loa 
candidatos, 7 exije un sobrante indefectible de 
hombres capaces de administrar los intereses de 
su país, que supone en circulación las luces nece- 
sarias para llenar esta continua demanda. Por 
desgracia, la ma7or parte de la población del Pe- 
rú carece de aquellos conocimientos, sin los cuales 
es imposible desempeñar tan difíciles tareas. El 



176 



AMÉRICA LITERARIA 



estudio de la Política y de la Lejislacion, ha sido ' 
liasta aquí tan peligroso como inútil : la ciencia 
económica estaba en diametral oposición con las 
leyes coloniales; la diplomacia no tenia objeto, 7 
babria sido tan snpérfluo contraerse á ella como 
aprender en Lima el Yeidam de ios Bracmanes; 
en ana palabra, todos los conocimientos que son 
aoeesorios á estas ciencias, ó no babia medios 
para adquirirlos ó era preciso arrostrar aDate* 
mas para no ignorarlos. Yo pregunto, si el pe- 
queño número de los que han cultivado aquellas 
ciencias, es capaz de suplir el inmenso déficit 
que se encuentra en la totalidad de la población, 
para poder realisar las formas democráticas. 

La proporción en que está distribuida la 
riqueza nacional, que es la suma de las fortunas 
particulares, merece un examen no menos dete- 
nido; porque, después de las luces, nada deter- 
mina tanto como las riquezas, el gobierno de 
que es capaz un pueblo. Cuando la generalidad 
de los habitantes de un pais puede vivir inde- 
pendientemente con el producto que le rinde el 
capital, hacienda ó industria que posee, cada 
individuo goza de mas libertad en sus acciones 
7 está menos espuesto á renunciar sus derechos 
por temor, ó venderlos a vil precio, porque así 
lo compra todo el poderoso al miserable. Es ver- 
dad que los que viven en la abundancia pueden 
ser algfuna vez tan corrompidos como los que 
gimen en la miseria: pero no es probable que 
todos los que cuentan con una subsistencia 
segrura, vendan su voto en las asambleas del 
pueblo, prostitu7an su carácter en el seno de la 
representación nacional, busquen los empleos 
con bajeza para abusar de ellos, preparen los 
tumultos 7 se reúnan en las plazas públicas á 
gritar con el despecho de la mendicidad. El que 
posee un capital de cualquiera especie, con el 
cual puede satisfacer sus necesidades, solo se 
interesa en el orden, que es el principal agente 
de la producción: el hábito de pensar sobre lo 
que perjudica 6 favorece á sus intereses, le sujie- 
re nociones exactas acerca del derecho de pro- 
piedad; 7 aunque ignore la teoría de los demás, 
conoce su naturaleza por reñexion 7 por prác- 
tica. Donde existen tales elementos, no seria 
difícil establecer la democracia. 

Examinemos la situación del Perú, en ese 
punto de vista. Calculando su ostensión, fecun- 
didad 7 producciones que encierra en los tres 
reinos de la naturaleza, ciertamente es uno de 



los paises mas opulentos del globo, á los ojoi 
de un filósofo. Pero si se considera su riqneti 
económicamente, 7 solo se estiman los vbIotm 
que están actualmente en circulación, dista mu- 
cho de poderse igualar aun á estados qve se 
hallen en la mediocridad. La falta de datos esU- 
dísticos en unos pueblos CU70 gobierno ha igno- 
rado la aritmética política, no permite avaluar 
su riqueza con exactitud, aunque para mi objeto 
basta observar por ma7or la proporción en qie 
ella está distribuida. La cantidad mas conside* 
rabie resulta del precio de las fincas rústicas 6 
urbanas, 7 en especial de las primeras, por los va- 
lores que en ellas se acumulan para las tareas do 
la agricultura, ó para las mezquinas fábricas que 
permitía el gobierno español. Las mas, ó están 
vinculadas en cierto número de familias, ó lo qno 
es peor, pertenecen á manos muertas. El número 
de los particulares propietarios de bienes raicea 
sobre ser mu7 corto en proporción á la superfi- 
cie de] territorio 7 al total de sus habitantes, 
son pocos los que no están gravados con pendo- 
nes á favor de las clases monopolistas. A esto 
se agrega que, atendida la poca demanda que 
ha7 de los bienes raices por la falta de chítales, 
su precio es mu7 bajo en el mercado, 7 la renta 
que producen, deducidas las pensiones ordinarias, 
en general no basta para que sus poseedores 
puedan vivir independientes. 

Los capitales del Perú, siguiendo la ac^xóon 
económica de esta voz, aun se hallan distrürai* 
dos en menor número de individuos, porque los 
obstáculos que hasta aquí se han puesto á la 
producción, no han permitido^ que* aquellos se 
multipliquen, para que en proporción se difun- 
dan. El dinero, que, siendo meroancia interme- 
diaria, influ7e en el aumento de las demás, es 
escaso 7 se halla en pocas manos: las materias 
primeras 7 todos los otros productos, cuTa acu- 
mulación forma los capitales, no corresponden ¿ 
la demanda que se hace de ellos, ni pasan de nn 
estrecho círculo en cada provincia. Con respecto 
á la industria del Perú, apenas ha7 materia para 
un análisis: ella supone, como lo observan los 
economistas, un gran número de sabios que co- 
nozcan las le7es de la naturaleza; ma7or númoro 
de emprendedores que apliquen los conocimientos 
de aquellos para dar utilidad á las cosas, 7 obre- 
ros que ejerciten las varias tareas que exijo la 
la subdivisión del trabajo. A escepcion de esta 
última clase, que tampoco es capas sino de aqne- 



SECCIÓN LITERARIA— BBPÚBLiCA abobntina 



177 



lio á qne está aoostninbrada, es doloroso tener 
que decir qae las dos primeras no existen: hay 
sabios en el Perú, pero no son de aquella clase 
qae necesita la industria para inventar y per- 
feccionar sus productos: los emprendedores están 
reducidos á obrar por rutina, y ofrecer en el 
mercado algfunos artículos para los usos mas 
comunes, y casi siempre para las últimas clases. 
El resultado es que la distribución de capitales 
y de industrias en el Perú, no asegura la inde- 
pendencia individual de sus habitantes de un 
modo adecuado al espíritu de las instituciones 
democráticas. 

Las mutuas relaciones que existen entre las 
varías clases que forman la sociedad del Perú, 
tocan al máximum de la contradicción con los 
principios democráticos. La diversidad de condi- 
dones y multitud de castas, la fuerte aversión 
que se profesan unas á otras, el carácter díame- 
tralmente opuesto de cada una de ellas; en fin, 
la diferencia en las ideas, en los usos, en las 
costumbres, en las necesidades y en los medios 
de satisfacerlas, presentan un cuadro de antipa- 
tías é intereses encontrados, que amenazan la 
existencia social, si un gobierno sabio y vigoroso 
no previene su inñujo; Este peligro es hoy tanto 
mas grave, cuanto mas se han relajado los mira- 
mientos y habitudes que sirven de freno á las 
animosidades recíprocas: ellas serán mas vehe- 
mentes y funestas á proporción que se generali- 
cen las ideas democráticas, y los mismos que 
ahora las fomentan serán acaso sus primeras 
víctimas. 

Aun los hombres' que piensan y son capaces 
de analizar loa nuevos principios que adoptan, 
cometen frecuentes errores en su aplicación, has- 
ta que la esperíencia rectifica su juicio. Las 
diversas castas que forman la mayor parte de la 
población del Perú, lejos de poder entrar en el 
análisis de la mas simple idea, apenas ejercitan 
su inteligencia, porque la política feroz de los 
españoles empleaba todos los medios de extin- 
guirla. En tal estado, y sin mas criterio que 
aquel de que son susceptibles los hombres opri- 
midos é insultados por continuos ultrajes, natu- 
ralmente oreen, al oír proclamar la libertad y la 
igualdad, que la obediencia ha cesado ya de ser 
un deber; que el respeto á los magistrados es un 
favor que se les dispensa, y no un homenaje que 
se rinde á la autoridad que ejercen; que todas 
las condiciones son iguales, no solo ante la ley, 



porque esta es una restricción que no compren* 
den, sino en la mas absoluta latitud del signifi- 
cado que admite la igualdad; y en fin, que es 
llegado el tiempo en que, si se les niega el ejer- 
cicio de sus quiméricos derechos, hagan valer el 
número y robustez de sus brazos endurecidos en 
las fatigas de la servidumbre, y demasiado desi- 
guales en fuerza respecto de los que animan á la 
democracia con escritos que se resienten de la 
debilidad de su complexión. Es necesario con- 
cluir de todo, que las relaciones que existen entre 
amos y esclavos, entre razas que se detestan, y 
entre hombres que forman tantas subdivisioneB 
sociales cuantas modificaciones hay en su color, 
son enteramente incompatibles con las ideas de- 
mocráticas. 

Bernardo Montbagudo. 

PolIUoo j pobUolit*, PaxKUdor de 1» Independend» del Perú. 



PROPÓSITOS DE U REVOLUCIÓN DE MAYO 

Hay muchos, que fijando sus miras en la justa 
emancipación de la América, á que conduce la 
inevitable pérdida de España, no aspiran á otro 
bien que á ver rotos los vínculos de una depen- 
dencia colonial, y creen completa nuestra felici- 
dad, desde que elevados estos paises á la dignidad 
de estado, salgan de la degradante condición de 
un fundo usufructuario, al que se pretende sacar 
toda la substancia, sin interés alguno en su be- 
neficio y fomento. Es muy glorioso á los habi- 
tantes de la América verse inscriptos en el rango 
de las naciones, y que no se describan sus pose- 
siones como factorías de los españoles europeos; 
pero quizá no se presenta situación más crítica 
para los pueblos, que el momento de su emanci- 
pación: todas las pasiones conspiran enfurecidas 
á sofocar en su cuna una obra, á que solo las 
virtudes pueden dar consistencia; y en una carre- 
ra enteramente nueva, cada paso es un precipicio 
para hombres que en trescientos años no han 
disfrutado otro bien que la quieta molicie de una 
esclavitud, que aunque pesada, habia extinguido 
hasta el deseo de romper sus cadenas. 

Resueltos á la magnánima empresa que he-, 
mos empezado, nada debe Retraemos de su conti- 
nuación : nuestra divisa debe ser la de un acérrimo 
republicano que decía : malo periculosam liberta-' 

83 



178 



AMÉRICA LITERARIA 



<em, ^uam sevitium y quieiumi ^*^ pero no repo- 
semos sobre la seguridad de unos principios, que 
son muy débiles, si no se fomentan con energía; 
consideremos que los pueblos, así como los hom- 
bres, desde que pierden la sombra de un curador 
poderoso que los g^uiaba, recuperan ciertamente 
una alta dignidad , pero rodeada de peligros, que 
aumenta la propia inexperiencia : temblemos con 
la memoria de aquellos pueblos, que por el mal 
uso de BU naciente libertad, no merecieron con- 
servarla muchos instantes; y sin equivocar las 
ocasiones de la nuestra con los medios legítimos 
de sostenerla, no busquemos la felicidad general 
sino por aquellos caminos que la naturaleza mis- 
ma ha prefijado, y cuyo desvío ha causado siempre 
los males y ruina de las naciones que los desco- 
nocieron. 

¿Por qué medios conseguirá el Congreso la 
felicidad que nos hemos propuesto en su convoca- 
ción? La sublime ciencia que trata del bien de 
las naciones, nos pinta feliz un estado, que por 
su constitución y poder es respetable á sus veci- 
nos; donde rigen leyes calculadas sobre los prin- 
cipios físicos y morales, que deben influir en su 
establecimiento; y en que la pureza de la admi- 
nistración interior asegura la observancia de las 
leyes, no solo por el respeto que se les debe, sino 
también por el equilibrio de los poderes encar- 
gados de su ejecución. Esta es la suma de cuan- 
tas reglas consagpra la política á la felicidad de 
los estados; pero ella mas bien presenta el re- 
sultado de las útiles tareas, á que nuestro Con- 
greso se prepara, que un camino claro y sencillo 
por donde pueda conducirse. 

Seremos respetables á las naciones eztrange- 
ras, no por riquezas, que excitarían su codicia; 
no por la opulencia del terrítorío, que provocaría 
su ambición; no por el número de tropas, que 
en muchos años no podrían igualar á las de 
Europa; lo seremos solamente cuando renazcan 
entre nosotros las virtudes de un pueblo sobrio 
y laboríoso; cuando el amor á la pátría sea una 
virtud común, y eleve nuestras almas á ese gra- 
do de energía y de constancia que arrostra las 
dificultades, y que desprecia los peligros. La 
prosperídad de Esparta enseña al mundo, que 
un pequeño estado puede ser formidable por sus 
virtudes; y ese pueblo reducido k un estrecho 
recinto del Peloponeso,. fué el terror de la Grecia 

(1) Quiero mM una libertad peligrosa, que una serridum- 
bre tranquila. 



y formará la admiración de todos los sigloi 
¿ Pero cuáles son las virtudes que deberán pre- 
ferir nuestros legisladores? ¿Porqué medioi 
dispondrán los pueblos á mirar con el mas gran- 
de interés, lo que siempre han mirado con indi- 
ferencia? ¿Quién nos inspirará ese espíritu 
público que no conocieron nuestros padree? 
¿Cómo se hará amar el trabajo y la &tigi,¿ 
los que nos hemos criado en la molicie? ¿Qoién 
dará á nuestras almas la energía y firmeza nece- 
sarias, para que el amor de la patria, que felix- 
mente ha empezado á rayar entre nosotros, no 
sea una exhalación pasagera, incapaz de dejar 
rastros duraderos y profundos, ó como eeu 
plantas que, por la poca preparación del terreno 
mueren á los pocos instantes después de liaber 
nacido? 

Nuestros representantes van á tratar sobre li 
suerte de unos pueblos que desean ser felices, 
pero que no podrán serlo hasta que un código 
de leyes sabias establezca la honestidad de lii 
costumbres, la segurídad de las personas, la 
conservación de sus derechos, los deberes dal 
magistrado, las obligaciones del subdito, y los 
límites de la obediencia; en fin, la justicia, qne 
es la base verdadera de toda libertad. ¿Podrá 
llamarse nuestro código el de esas Leyes de In- 
dias, dictadas para neófitos, y en que sejvende por 
favor de la piedad lo que sin ofensa de la nata- 
raleza no puede negarse á ningún hombre? ün 
sistema de comercio fundado sobre la miñosa 
base del monopolio, y en que la franqueu del 
giro y la comunicación de las naciones se repata 
un crímen que debe pagarse con la vida: títulos 
enteros sobre precedencias, ceremonias, y aato- 
rizaoion de los jueces; pero en que ni se enen- 
entra el orden de los juicios reducidos á las 
reglas invariables que deben fijar su forma, ni se 
explican aquellos prímeros principios de raion, 
que son el fundamento eterno de todo dereolio, 
y de que deben finir las leyes por sí mismas, sin 
cttras variaciones que las que las circunstancias 
físicas y morales de cada pais han hecho nece- 
sarias; un espírítu afectado de protección y pie- 
dad hacia los indios, explicado por reglamento* 
que solo sirven para descubrir las crueles ve- 
jaciones que padecían, no menos que la hipo- 
cresía é impotencia de los remedios que hin 
dejado continuar los mismos males, á cuya refor- 
ma se dirigían : que los indios no sean oompeli* 
dos á servicios personales, que no sean castigados 



SECCIÓN LITERARIA— BBPiJBLicA aboentina 



179 



al oapríolio de sus encomenderos, que no sean 
cargados sobre laa espaldas; á este tenor son las 
solemnes declaratorias, que de cédalas partí- 
colares pasaron & código de leyes, x>or que se 
reonieron en cuatro volúmenes, 7 hé aquí los 
decantados privilegios de los indios, qne con 
declararlos hombres, habrían gozado mas exten- 
samente, j cayo despojo no pudo ser reparado 
sino por actos qae necesitaron vestir los sobe- 
ranos respetos de la ley, para atacar de palabra 
la esclavitud, que dejaban subsistente en la rea- 
lidad. Guárdese esta colección de preceptos para 
monumento de nuestra degradación ; pero guar- 
démonos de llamarlo en adelante nuestro código; 
y no caigamos en el error de creer que esos cua- 
tro tomos contienen una constitución sus reglas 
han sido tan buenas para conducir á los agentes 
de la metrópoli en la economía lucrativa de las 
factorías de Améríca, como inútiles para regir 
un estado, que como parte integrante de la mo- 
narquía, tiene respecto de si mismo iguales dere. 
ches que los primeros pueblos de España. 

Mabiano Mobeno. 

FoUtieo, Pnblloiita, Procer de k RerolooloD de 1810. 



BOLÍVAR Y SAN MARTIN 

PABÁLELO 

Tarea grata para un Amerícano es la de estu- 
diar á esos dos hombres, cuyo carácter ofrece 
afinidades y contrastes qne dan mas relieve á 
ras nobles figuras. 

Ellos estuvieron dotados de altísimas prendas 
del oorason y del ingenio, que si esplican su mi- 
ñón providencial, nos mueven, empero, á obser- 
var puntos opacos en esas estrellas del Sur. 

Uno y otro gozaron de las ventajas del naci- 
miento y de la educación bajo el régfimen me- 
tropolitano. 

lios sucesos de la primera edad modificaron 
aquellos dos espírítus, cuyo molde se quebró con 
n muerte. 

Los viajes y el cultivo de la primera sociedad 
mas que los estudios teórícos, desenvolvieron las 
iaeultades de uno y otro, á qne los sucesos de- 
bían dar un vuelo extraordinarío. 

Bolívar, aunque educado en España, advirtió 



temprano en su Patria los vicios de la esclavitud, 
y las preocupaciones que esterilizaban la savia 
de esas generaciones anhelantes de la felicidad á 
que convidaban los esplendores de su clima. 

Después, visitando la Europa, presenció en la 
coronación de Napoleón el apoteosis del primero 
de los mortales en su tiempo; pero ese espectá- 
culo casi olímpico no alteró la melancolía de sus 
meditaciones sobre las ruinas de Roma. Desde 
las colinas de la ciudad eterna, contempló, como 
Rienzi, las tumbas cubiertas con el a&oso musgo 
y las sombras de los tríbunos que parecían recla- 
mar un vengador. Existen páginas palpitantes 
de entusiasmo bajo esas inexplicables impresio- 
nes. 

San Martin robustecía la instrucción adquirí- 
da en el Seminarío de Nobles con su ejercicio 
profesional en la lucha de los Españoles contra 
sus invasores, que renovó las hazañas mas ro- 
mánticas de esa nación de leones. 

Los libros no le aleccionaron mejor que su 
observación inmediata de la táctica de los gefes 
que le guiaron con sus ejemplos, perfectamente 
aprovechados por su bizarro discípulo. Esa épo- 
ca le comunicaba enseñanzas profundas de la 
inconstancia y de los furores de la muchedum- 
bre. — El cadáver del gobernador Solano, víctima 
del populacho, no se borró de su memoria, y aun 
años después, asomaban sus lágrimas al mirar el 
retrato de su amigo. 

Los trabajos de uno y otro caudillo en favor 
de un mismo pensamiento, presentaron notables 
diferencias en cuanto á los medios que emplea- 
ron, y en cuanto al campo mismo en que sobre- 
salieron. 

No hay en los anales militares combinaciones 
mas astutas, ni resultados mas completos que los 
de la campaña sobre Chile, organizada con admi- 
rable previsión desde el terrítorío de Cuyo. 

El paso de los Andes frustrando la perfidia de 
los indígenas, y la vijilancia de un enemigo po- 
deroso, solo es comparable al de los Alpes por 
otros dos insignes capitanes; y si la superíorídad 
se mide por los obstáculos vencidos, ella está en 
el guerrero sud amerícano— San Martin, plan- 
tando la bandera de la libertad humana en esas 
alturas, fué mas sublime que Bonaparte, cuando 
descendía de los desfiladeros alpinos para humi- 
llar la casa de Austria; ó que Aníbal cuando 
después de caer sobre las llanuras italianas, las 
abandonó, para acudir al Ai ríoa amenazada por 



180 



AMÉRICA LITERABIA 



EsoipioQ. — Boma había sido salvada por sus 
cónsules. 

El Tenoedor de Cliacabaco y Maipo fundó 
rápidamente la independencia en los valles tra- 
sandinos, 7 preparó la célebre expedición del 
Pacífico, para recibir en sus manos victoriosas el 
viejo estandarte que la madre de Carlos Y. bordó 
para Pizarro. 

Bolívar, oreando recursos de la nada, é' impro- 
visando ejércitos, adquirió un ascendiente irresis- 
tible. ^Iia guerra ardió cruel j desapiadada en 
toda la región que los descubridores apellidaron 
Costa Firme. 

Cipreses j palmas coronaban alternativamente 
la frente del hijo de Caracas, abrasada por el sol 
del Ecuador, ó bañada por los torrentes de los 
trópicos. El odio al dominio español centupli- 
caba su prodigiosa actividad. Yeíasele frecuen- 
temente poner por alfombra á sus pies el pendón 
de Castilla que no se abatiera ante el opresor de 
la Europa. Habia en lo íntimo de aquella orga- 
nización una perpetua electricidad, como en el 
seno de la tierra fermentan las sustancias de los 
mas puros ó sólidos metales. 

Las jomadas de Boyacá y Carabobo dieron 
por resultado la consolidación de Venezuela y 
Nueva Granada en una sola comunidad nacio- 
nal. Ellas fueron precursoras de Junin y Aya- 
oucho que consumaron la epopeya Americana, 
encumbrando sobre todas las reputaciones con- 
temporáneas del nuevo mundo, la de Simón Bo- 
lívar. 

El teatro de los sucesos ofreció una fisonomía 
análoga á la magnitud de este ínclito torneo. 
Sus límites erein ambos océanos; y esa tierra 
iluminada por volcanes, cruzada de ríos sober- 
bios y dotada de una variedad infinita de aspec- 
tos, imprimió á la insurrección y á la guerra una 
novedad y una serie de accidentes extraordina- 
rios, á que era necesario se plegase el genio fér- 
til de los generales, frecuentemente desorientados 
por los caprichos de la fortuna, y por los de una 
naturaleza portentosa. 

Tanto el gefe argentino, como el venezolano 
han sido ídolo del ejército. 

El primero poseía una elocuencia incisiva y 
flexible como el acero de su sable. — Trataba con 
la mas franca deferencia á la mayoría de sus 
compañeros de armas, Uevando su sencillez es- 
partana á un grado sorprendente á sus subordi- 
nados. 



Los discursos, las proclamas, los brindis del 
segundo, radiantes de inspiración y de oportuni- 
dad, electrizaban en los dias geniales de la repá- 
blica. 

Pero fué á veces injusto con algunos de sus 
amigos mas entusiastas, y tiránico con sus infe- 
riores, á quienes solia tratar con lenguaje acer- 
bísimo. 

Quizá las asperezas de una lid sin cuartel b 
arrebataran algo de su nativa generosidad; 6 
acaso se persuadirla que sus defectos no pareee- 
rian tales á sus fieros veteranos , á esos ginetes 
de los llanos, ó á esos criollos salidos de las sier- 
ras y de las ciudades. Pero la amistad deseaiii 
arrojar uno de sus velos sobre esas flaquezas de 
tan buen caballero. 

En San Martin la autoridad produjo el desen- 
canto, y cierto escepticismo; ni las pompas tra- 
dicionales de los palacios de Santiago y de Lima 
le deslumhraron un instante. 

El ofrecimiento de la corona del Imperio de 
los Incas que el Consejo de Estado le hiso en 
una sesión secreta, pero memorable, fué recha- 
zado con lójica tan clara y decisiva que patentiió 
á los nobles y á los ministros allí congregadoi 
toda la sobriedad de juicio, así como el desprtn- 
dimiento de su candidato. 

La sed inextinguible de supremacía y de glo- 
ria fué en Bolívar origen de esfuerzos heroicos 
y de graves errores. El procuraba extender la 
vasta esfera de su dictadura sobre Estados dis- 
tantes. La confederación americana fué nno de 
sus sueños, anhelando avasallar la naturaleía i 
sus planes, y trasplantando á este hemisferio nna 
imitación de la liga de las Repúblicas griegas. 

San Martin no se alucinó desde el principio 
sobre la falta de preparación de estos paises, / 
sobre los riesgos de la transición que se efectua- 
ba por el triunfo. No participaba del fanatismo 
contagioso de las revoluciones, ni del de las 
doctrinas exclusivas. Tuvo culto por el orden j 
la subordinación. Abandonó el mando ejercido 
con moderación, y la perspectiva de afiuizar la 
regeneración peruana, mas bien que sacrificar á 
algunos de sus camaradas que no fueron tan 
austeros como él mismo, en el cumplimiento áú 
deber. Es mas que probable, que acabó de deci- 
dirlo el fundado recelo de un rompimiento con 
Bolívar, cuyos celos eclipsaron su criterio, orean- 
do un ominoso peligro para los mas eagnáoB 
intereses. 



SECCIÓN LITERARIA— REPÚBLICA aboektina 



181 



El gobernante colombiano aspiró á la fama 
de Legislador. Las constituciones que inspiró ó 
escribió, fneron mas bien ensayos pasajeros que 
im monamente del adelanto de las ciencias mo- 
rales en el último siglo. Esas leyes eran el cla- 
mor de la filosofía para serenar las facciones. 

Nada de durable se fundó en ese terreno, y la 
unión Colombiana, anhelada por él, fué dilace- 
rada por la espada de sus tenientes. 

Si la abdicación del Protector del Perú no le 
fué impuesta sino por su propio albedrío, ó por 
las fatigas de su ánimo, contristando derrepente 
á todos sus amigos, la caida del primer soldado 
de Colombia se debió á las conspiraciones y á 
la pérdida de los elementos con que tantos años 
habia pesado sobre el ejército, los pueblos y el 
Congreso. 

Uno muere en las orillas del Sena, en un ho- 
gar patriarcal, y rodeado de la Teneracion de su 
familia. 

El otro en la fuerza de la edad, pero devorado 
de pesares, y menos intrépido contra la calumnia 
que contra los puñales, rindió su último aliento 
en una playa trastornada por los terremotos, y 
amenazada por el mar de las Antillas, como si 
ni la tumba fuera albergue tranquilo para el 
Libertador. Se despidió de sus compatriotas, 
dirigiéndoles consejos dignos de grabarse en sus 
templos. 

Las opiniones se dividen sobre el mérito res- 
pectivo de tan excelentes varones, y sobre los 
móviles de algunos de sus hechos gubernativos; 
pero la preeminencia de capacidad militar se 
atribuye universalmente á San Martin. 

No pueden equipararse exactamente sus res- 
pectivas aptitudes para organizar fuerzas, per- 
feccionar su mecanismo, ó combinarlas para un 
fin ya preparado ó imprevisto. 

La aplicación de la táctica sabia á nuestro 
país, con las modificaciones exigidas por los 
hábitos y por la topografía, comprobó la pericia 
del antiguo coronel de granaderos á caballo. Im- 
petuoso en la iniciativa, pero avaro de la sangre 
de sus soldados, calculaba con singular precisión 
los elementos de disolución del enemigo, adivi- 
nando BUS designios, ó engañándole sobre sus 
propios movimientos. Manejaba hábilmente las 
eosas y los hombres; y su entendimiento que 
tendía á la unidad, y capaz de todos los detalles, 
abrasaba un vasto horizonte, penetrando en la 
profundidad del porvenir. 



Bolívar conocía la sublime estrategia, y la 
historia de la guerra; pero impaciente de toda 
traba, poco habituado á las lentitudes de los 
campos de instrucción, y urgido por la suprema 
necesidad á dirigir frecuentemente cuerpos irre- 
gulares ó revolucionarios, no pudo ser estricto 
observador de la disciplina y del arte. No siem- 
pre alcanzó todas las ventajas de su arrojo, no 
siempre calculó con certeza; ni el éxito corres- 
pondió de continuo al mérito de sus sacrificios, 
ó á la trascendencia de sus miras. Pero estos 
desaires de la suerte no le impidieron tomar bri- 
llantes desquites, ni batir entre otros, á Morillo, 
el mas temible campeón de la dominación espa- 
ñola. 

Se ilustró, sobre todo, por aquella calidad de 
los fuertes que hizo exclamar á Alejandro Mag- 
no que él solo se reservaba la esperanza. Su 
constancia fué igual á las resistencias de un 
sistema elaborado por los siglos, y defendido 
con o? as de sangre. 

El desinterés que le caracterizaba habría me- 
recido la clásica predilección de Plutarco. Prin- 
cipió por libertar á sus numerosos esclavos. Los 
tesoros no eran nada á sus ojos, sino como ofren- 
das opimas á la libertad. 

Donó para escuelas el millón que el Perú le 
forzó á aceptar; y un dia, en una fiesta triunfal, 
desprendió de sus sienes los laureles de brillan- 
tes con que orló las de Sucre. 

Cualesquiera que sean los destinos de la gran 
familia, esos hijos serán los predilectos. El pas- 
tor de las pampas, el indio en su cabana, el sol- 
dado en el fogón del campamento, el poeta en 
sus mas bellos himnos, el patriota en los conflic- 
tos nacionales, y el filósofo al trazar los fastos 
de la excelsa virtud, anunciarán á nuestros des- 
cendientes dos nombres robados al olvido. 

La armonía, sello divino de la creación, no 
existiria en América, si las ondas del Amazonas 
y del Plata no murmurasen sino el eco de pue- 
blos ingratos á sus bienhechores. 

José T. Guido. 

Publicista. 



Mayo 25 de 1868. 



182 



AMÉRICA LITERARIA 



LOS CAUDILLOS 



La brega constante de los candillos en sos 
combates con las tropas del gobierno 6 con los 
ejércitos españoles, babia desenvuelto por la ema- 
lacion de la audacia, la astncia y el valor, diver- 
sas figuras de aspecto duro y bravio, llamadas á 
tener colocación y grande inñuencia en los suce- 
sos que debian señalar con rasgos indelebles la 
funesta época en que se disolvieron los vínculos 
nacionales. 

Muy pronto debia descollar en la escena el 
gaucho Ramírez, el prototipo del caudillo selvá- 
tico; valiente, sufrido, enérjico llevaba su caba- 
llo, su lanza y sus gauchos armados, hasta el 
centro de las poblaciones para manifestar á las 
muchedumbres admiradas, la omnipotencia de su 
poder. 

Hombres de su temple eran el imán de las 
masas, y en pos de una atracción misteriosa, sin 
violencia y por un cariño inconsciente, los hom- 
bres se apadrinaban á su lado llevándole un tribu- 
to de fuerza en cambio de la seguridad personal. 

Aquel que era capaz de retar al Congreso y 
desobedecer al gobierno; que se avocaba y resol- 
vía todas las cuestiones suscitadas en sus domi- 
nios, fallando autoritativamente sin mas freno 
que su conciencia, representaba á los ojos del pai- 
sanaje estólidojla encamación de la ley, y le acá- 
taban con tanto mayor respeto cuanto era vo- 
luntaria su obediencia. 

Es así como se demuestra que lo que se llamó 
caudillaje 6 montoneras, no fué sino el resulta- 
do consiguiente y necesario de la gran ignoran- 
cia de la población campestre. Era el mal del 
desierto, que no permitiendo el contacto de los 
habitantes, los embrutecía por el aislamiento. 
Ellos no conocían la autoridad mas que por su 
lado malo: cuando castiga. El juez se habia crea- 
do, según su juicio, para imponer penas y no 
para administrar justicia. Sustraerse á su con- 
tacto era ahorrarse un dolor. El instinto monta- 
raz los tomaba asustadizos, y el hombre de las 
ciudades no daba asidero á sus simpatías; lo 
oreian desprovisto de su valor y arrojo temera- 
rio, y dispuesto por sus hábitos urbanos á temer 
el contacto de sus ponchos y avips grasientos. 

Ágenos á toda noción disciplinaria de la inte- 
ligencia, no admitían otra superioridad que la 
que tangiblemente se les demostraba. Es así 



que las gradaciones jerárquicas se escalaban por 
medio del valor y de la astucia. Bolear un pobo 
y domarlo, haciendo de él un caballo, era imo 
de los primeros títulos para considerarse buen 
gaucho. El mas vulgar de los títulos, si se quie- 
re, porque eso lo hacían todos; la diferenoia 
estaba en la precisión y gallardía con que se 
ejecutara. Vencer dos 6 tres adversarios en una 
riña á cuchillo, saliendo ileso y dejando en el 
sitio uno 6 mas de los contendientes: huir de 
la justicia, pelear y vencer con solo su puñal i 
toda la partida, merecía la mas alta oonsíden- 
cion; nadie negaba asilo al gaucho guapo y des- 
pertaba en toda la comarca las simpatías mas 
ardorosas. Pialar en las yerras de sol á sol sin 
errar un tiro, uno, dos y tres dias continuos, sin 
dar muestras de fatiga; sufrir la inclemencia d^ 
tiempo por semanas y meses, en la ronda noe- 
tuma de los ganados; y practicar, en fin, todas 
las faenas mdas y agrestes, donde el hombre de 
la campaña se transforma en un ser sufrido j 
constante en la dura gleba de la vida, eran las 
credenciales para salir de la esfera oomim j 
condecorarse por la prueba esperimental, con im 
título cualquiera en la milicia, el dia que, dejan- 
do el lazo, era preciso enristrar la lanza 6 cebar 
la tercerola para pelear. 

Esos paisanos, dotados de singulares prendas, 
aunque faltos de instrucción, acopiaban en sa 
organismo y en el embrión de sus ideas, todos 
los elementos constitutivos de los seres eepe- 
ciales; predestinados á imponer el sello de sn 
influencia en el momento en que, sobr^nestos i 
los hombres y á las cosas por su propia faena, 
se encontraban dueños de la situación y la diri- 
gían. 

Organizaciones vigorosas no tenían mas alU 
del palenque de las faenas rurales, el pato, lai 
carreras y el baile, otro teatro donde lucir sa 
destreza y bravura que la milicia. Al presentana 
un gaucho de estos, llevando en la mirada los 
signos del valor, y en su aspecto marcial y sere- 
no los rasgos de la caballerosidad, los jefes no 
podían eximirse de distinguirlos con su aprecio 
y probarlos á cada paso en arriesgadas empresas: 
y este gaucho giiapo y ladino, que tenia su repu- 
tación hecha en los tres 6 cuatro pagos donde 
era conocido, empezaba á rodearse de un nuevo 
prestigio: el primero en la disciplina, firme en 
su puesto, jamás el sueño le sorprendió en la 
facción ; 8Í el comandante ó su jefe le confiaba 



SECCIÓN LITERARtA.— BBPÚBLicA abobntina 



183 



ilgun oficio Babia cruzar el campo enemigo sin 
ser descubierto; si lo sentían, peleaba j, herido ó 
nó, cumplia su mandato. En la batalla, cuando 
no paraba la estocada mortal asestada al pecho 
de sa coronel, recibía la herida, y si este perdía 
sn caballo en la refriega, allí estaba el fataro 
caudillo qne lo hacia subir á la grupa del suyo, 
si no le presentaba otro oportunamente prepa- 
rado. 

La heroicidad del ganeho corria de boca en 
boca; los boletines hablaban de él: el general lo 
mencionaba en su parte al gobiemo,¡y en el Con- 
greso se habia pronunciado su nombre. Tales 
noticias y novedades lo ponian en duros atrenzos 
y le acosaban, las ganas de leer el boletín; y 
algunas lecciones dadas por el cabo á la dudosa 
Ins del fogón, le permitian al fin satisfacer su 
ardiente curiosidad, descifrando bien 6 mal todos 
los bandos y proclamas que circulaban en el 
ejército: y por esa emulación intintiva del gau- 
cho que todo lo somete á cotejo, pronto era el 
qne mejor leia en todo el regrimiento. 

Así se transformaba ese hombre rudo. El 
contacto con los oficiales que partían de las po- 
blaciones y con los jefes distinguidos, limaba 
las asperezas de su primera descuidada existencia. 

Los contomos morales del gaucho llegaban 
i reTeetir las líneas severas del deber en el 
servicio, hasta que este deber, mirado con otro 
críteriQ mas independiente, le hacía variar de 
conducta; unas veces aconsejado por el egoísmo 
personal, y otras guiado por un interés patrió- 
tico, noble y generoso. 

Artigas, Güemes, Bamirez, López, Bustos, 
Ibarra y Quiroga, caudillos formados en el seno 
de la barbarie, 6 en medio de turbas incultas, 
tienen la primera página de su historia narrada 
en las precedentes líneas. Aldao, Besas, Carrera 
y otros aspirantes de buen origen, no eran hom^ 
bres elevados de la esfera humilde que aquellos; 
hijos de las ciudades, educados y conociendo 
todos los beneficios de la vida civilizada, se con- 
virtieron en caudillos y son lo que fueron, por 
tiendas mny opuestaj<. 

Mabiako a. Pelliza. 

Llt«r»to. 



EL PARANÁ 

El rio Paraná, el Nilo del Nuevo Mundo, 
llamado por algunos el Missisipi de la América 
del Sud, ha recibido como este, de los aboríge- 
nes, un nombre que espresa su amplitud y mag- 
nificencia. Paraná en la lengua guaraní significa 
padre de la mar y Missisipi en la de los Nátchez, 
padre de las aguas. No parece sino que esos dos 
pueblos indígenas de dos opuestos continentes, 
hubieran sentido la misma impresión de asombro, 
al contemplar por primera vez sus grandiosos 
ríos, para significarla con palabras que en su res- 
pectívo idioma esprimen el mismo pensamiento. 

Para formarse una idea clara del gran Para- 
ná, sería necesarío comprender en su conjunto el 
vasto sistema fluvial de que él forma el cauce 
mayor, é inventar un nombre que conviniese á 
ese gran todo. Por falta de esa palabra, los geó- 
grafos denominan, ya rio Paraná, ya río Para- 
guay, ya río de la Plata, la cuenca principal de 
esas aguas. 

Figuraos un árbol desmesurado, tendido so- 
bre una vasta Uanura. Su pié es bañado por las 
aguas del océano atlántico del Sud á los 36° de 
latítud. Con una elevación de seiscientas leguas, 
las estremidades de sus ramas alcanzan á los 13^, 
penetrando en Bolivia, en el Brasil, en el Esta- 
do Oríental del Uruguay, y en todo el Norte de 
la Confederación Argentina, y entrelazándose 
con las vertientes del gran río de las Amazonas* 

Su dilatada copa, tan ancha como elevada, 
abraza en todas sus ramificacienes una superfi- 
cie de ciento ochenta mil leguas cuadradas, que 
encierra los terrítoríos mas ríeos y los climas 
mas sanos y fértiles del mundo. 

Su tronco, semejante al del Ombú que corona 
sus márgenes, corto de 50 leguas y de base des- 
proporcionada, mide sesenta leguas de anchura 
en su unión con el mar, y diez en su primera 
bifurcación formada por sus dos mayores brazos, 
el río Uruguay y el río Paraná, los cuales tíe- 
nen por ramas secundarías numerosos tríbutaríos 
tan caudalosos como los mayores ríos de la Eu- 
ropa. El Paraná, que es la continuación del 
tronco, forma con el Paraguay la segunda grran 
bifurcación, recibiéndolo á la altura de trescien- 
tas leguas, frente á la ciudad de Corríentes. 

El río Paraguay, á la manera del Misurí 
norte-amerícano, al unirse al Paraná, parece 



184 



AMÉRICA LITERARIA 



una prolongación de este, por la identidad de 
dirección de N. á S. y su copioso caudal; con 
todo eso, su concurrente es el que ha participado 
del nombre del principal, porque como este, se 
dilata por entre innumerables islas. Así también 
el Misuri, aunque mayor que su confluente el 
Mississipi, no ha recibido el nombre del que le 
debe la mayor parte de sus aguas. 

El Paraguay, poderoso brazo del Paraná, 
atraviesa los ricos territorios brasileros de Ma- 
tto-Grosso y Cuyabá. Sus numerosos anuentes 
navegables que bajan del Este, facilitan la comu- 
nicación con los distintos minerales de oro y 
diamantes del Brasil, y mas abajo con los de la 
República del Paraguay, abundante en maderas 
exquisitas y en los ricos productos intertropi- 
cales. 

Sus mayores anuentes del Oeste son el Pilco- 
mayo y el Bermejo, que nacen en los Andes, 
corriendo el primero por el territorio boliviano, 
y el segundo por el argentino, y atravesando 
ambos la vasta ostensión del gran Chaco des- 
aguan en el Paraguay, mas abajo de la ciudad 
de la Asunción. 

El gran rio Paraná, que rivaliza en ostensión 
con su afluente el Paraguay, tiene su origen en 
la Sierra*Do-Espinazo, de riquísimas minas de 
diamantes al N. O. del Rio- de- Janeiro, y su 
dirección general es hacia el S. O. Es engrosa- 
do por varios grandes rios que recibe del Este, 
entre los|[cuales los mas notable son el rio Gran- 
de ó Para, el Tieté, el Paraná-Pané y el Curi- 
tibá. 

En las fértiles llanuras que atraviesa el Para- 
ná es donde florecieron las célebres misiones de 
guaraníes, establecidas por los jesuítas. Mien- 
tras corre por los distritos montañosos del Bra- 
■il, no es navegable, á causa de sus muchas 
cascadas y saltos, que están mas arriba de los 
pueblos de Misiones; especialmente uno llamado 
el Salto- Grande ó de Guaira, que merece men- 
ción especial, porque es una de las maravillas 
que dan celebridad á nuestro rio. 

El Salto de Guaira está cerca del trópico de 
Capricornio en los 24°. «Es, dice Azara, una 
catarata espantosa digna de ser descrita por los 
poetas. El Paraná, que* en este pasaje puede 
decirse que está en los principios de su curso, 
tiene ya mas agua que una multitud de los ma- 
y ores rios de Europa reunidos. Poco antes de pre- 
cipitarse tiene cerca de una legua de ancho con 



mucho fondo. Esta enorme anchura, se reduce 
de pronto á sesenta varas en un paso peñasooso 
desde el cual se arroja con tremenda impetuosi- 
dad y atronador estrépito, por un plano indiiUMlo 
de una altura perpendicular de veinte varas. El 
ruido se oye de seis leg^uas, y al aproximarse se 
cree sentir temblar bajo los pies las rocas de Li 
proximidad. Los vapores que se elavan por cho. 
que violento de las aguas contra las puntas de 
peñascos que se hallan en las paredes y el oaaoe 
del precipicio, se ven á la distancia de machas 
leguas como grandes columnas de humo; y de 
cerca forman á los rayos del sol diferentes arco- 
iris de los mas vivos colores y en los que se per- 
cibe algún movimiento de temblor, además, estos 
vapores producen una lluvia eterna en los alre- 
dedores''. "A la inmediación de la catarata, dice 
Centenera en La Argentina, el aire está siempre 
tenebroso; su estruendo causa espanto á las aves, 
pues en los dilatados y espesos bosques de sus 
orillas no se vé pájaro alguno, y todos los au- 
males huyen despavoridos de aquellos sitios''. 

Si la parte superior del Paraná es de una 
sublimidad imponente; si es impracticable por 
la multitud de sus cascadas y arrecifes; en el 
resto de su curso ofrece el carácter opuesto, por 
su hondura, su silencio, su mansedumbre y la 
belleza de su lecho sembrado de islas cubiertas 
de naranjos, de palmeras y una gran variedad 
de árboles, arbustos y plantas peculiares al Nue- 
vo Mundo. 

I Quién pudiera abrazar de una mirada todo el 
conjunto de hermosura, magostad y grandesa 
del Paraná incomparable ! ¡ Quién tuviera las alas 
del cóndor para contemplar desde las nubes esa 
inmensa balsa de aguas serenas que reflejan el 
mas hermoso de los cielos, con ese archipiéla- 
go prodigioso de innumerables islas de variedad 
indescribible! Aparecieran aquellos grupos de 
verdor, profusamente esparcidos en la planicie 
cerúlea de las aguas, cual colosales cestas de 
flores y frutas destinadas á decorar el festín del 
pueblo venturoso que algún dia ha he gozar ¡oh 
patria hermosa! de tus gracias virginales. 

¿A qué compararé el rio espléndido? ¿A qué 
cosa podrá ser asimilado el foI para ponderar sa 
magostad y brillo? — Vedlo— Pues mirad también 
al Paraná. Su aspecto es magestuoso, dilatado 
su álveo, suave su corriente. Los altos buques 
desplegan su velamen y surcan libremente por 
su canal profundo y anchuroso. Estiéndese con 



SECCIÓN LITERARIA— RBptlBLiCA abobntina 



185 



sus afluentes caudalosos por miles de leguas, sin 
obstáculos, brindando á la industria j al comer- 
cio inmensas regiones, las mas salubres y férti- 
les del globo, donde algunos pueblos nacientes 
abren hoy sus brazos ^témales á todos los 
pueblos de la tierra. 

Aun el maravilloso Nilo, arbitro de la ezis- 
tencia del Egipto, al lado del Paraná quedaría 
oscurecido. Este, como aquel, cada año se espacia 
por estensas llanuras, aunque la fecundidad que 
producen sus crecientes es un lujo de la natura- 
ralesa perdido para el hombre en medio de las 
Tastas comarcas que atraviesa, y de las dilatadas 
y numerosas islas que ríega. Sus dichosos habi- 
tantes, tan reducidos en número, no disfrutan 
sino de una porción imperceptible de tantas y 
tan variadas producciones espontáneas. 

Si se emplearan el arte y el trabajo, serían 
incalculables los beneficios del cultivo ¿e mas de 
cuatro mil leguas cuadradas, abonadas períódi- 
camente por sus aguas. 

El Paraná, como el Nilo, se divide en mu- 
chos brazos, al vaciar sus aguas, y ambos tie- 
nen su embocadura en iguales latitudes, aunque 
en opuestas direcciones. 

Su inundación, como la del Nilo, se efectúa 
en la estación de las lluvias tropicales; no con 
la violencia de las crecientes de otros ríos, sino 
poruña lenta gradación; de modo que, aunque 
86 eleva muchos pies sobre algunas tierras, los 
árboles asoman ilesos sus copas por encima de 
las aguas, cediendo blandamente su follaje á los 
halagos de la mansa oorríente, y todas las plan- 
tas sumergidas, reaparecen en la bajante con 
mayor belleza y lozanía. 

En un suelo t^ rícamente abonado por el 
paao de las aguas y los restos vejetales, se redu- 
ce la labor á reprimir la exuberante vegetación 
de aquella esponjosa mezcla de limo y de man- 
tiUo. 

¿Y cómo se han de equiparar las aguas tur- 
bias y cenagosas del Nilo con las del Paraná, 
tan saludables y tan puras? Aquellas, antes de 
la creciente se ven casi agotadas é impotables, 
cuando los cristales del Paraná son siempre co- 
piosos, claros y exquisitos. 

¿Ni cómo puede compararse este clima begni- 
no y sano, con el caluroso y mortífero de la re- 
gión del Nilo? El Simún, viento abrasador y 
ponzoñoso, viene cada año á difundir el terror y 
la muerte por las llanuras del Egipto, cubrién- 



dolas de inmensos turbiones de arenas ardientes 
y de miasmas perniciosos que agostan los plan- 
tíos y arrebatan la existencia á hombres y ani- 
males. 

¡Paraná incomparable! tus escenas son siempre 
risueñas y de vida, tu verdor es eterno; las llu- 
vias á la par de las crecientes perpetúan la fron- 
dosidad de tus riberas y tus islas; nunca empaña 
el polvo el esmalte de tus hojas, ni el brillante 
colorido de tus flores y tus frutos; jamás el hu- 
racán turbó la paz de tus florestas; y si el pam- 
pero impetuoso pero benéfico, agita con violencia 
las ondas del Plata, indefenso, apenas frisa tus 
canales protegidos por la espesura de tus islas, 
y solo esparce el bien en tus dominios, depuran- 
do los mas ocultos senos de tus bosques. 

No solamente es admirable el Paraná por lo 
estenso de su curso, la mole y excelencia de sus 
aguas, la profundidad y limpieza de su cauce, lo 
feraz y salubérrimo de sus islas y riberas, la 
profusión de .sus producciones naturales, la be- 
nignidad de su clima y sus inundaciones periódi- 
cas, sino también por tantos afluentes navegables 
que concurren con el Uruguay y sus tributarios 
á formar el magnífico estuario del gran Rio de 
la Plata, ofreciendo á la navegación y á la agri- 
cultura el mas vasto y grandioso sistema de 
canalización é ii'rigacion, que puede concebir la 
mente humana. 

Inmensas st^edades, rios caudalosos, dilatadas 
pampas, valles donde rebosa la abundancia, mon- 
tañas henchidas de tesoros . . . Las mas impor- 
tantes regiones del continente sud-amerioano 
están aún por habitarse; sus mas feraces tierras 
por cultivarse; sus mayores riquezas todavía 
están por explotarse. 

La nueva tierra de promisión, destinada acaso 
por el Omnipotente para el asilo de la libertad 
y de la dicha, ¿será la conquista de la iniquidad 
y de la fuerza? ¿ó el apanaje de la moralidad y 
la inteligencia? ¿Para quién estará reservada» 
después de tantos miles de años? 

Tres centurias hace que en medio de este 
Oasis del mundo nuevo, se agita un pueblo va- 
liente y hospitalario, á quien está encomendada 
su guarda, hasta la realización de los altos des- 
tinos de esta porción privilegiada de la herencia 

humana. 

Mabcos Sastbb. 

EMjrítor 7 EdnoMloQLrta. 



84 



186 



AMÉBICA LITEBABIA 



APOLOGÍA DEL HATAHBRE 

Un estranjero qae ignorando absolatamente 
el castellano ojese por primera Tez pronnnoiar, 
oon el énfasis que inspira el hambre, á nn gran- 
cho qae ya ayuno y de camino, la palabra ma- 
tambre, diría para sí may satisfecho de haber 
acertado: ''Este será el nombre de alguna persona 
ilustre, 6 cnando menos el de algnn ríco hacen- 
dado. Otro qne presumiese saberlo, pero no 
atinase con la exacta significación que unidos 
tienen los vocablos mata j hambre, al oírlos salir 
rotundos de un gaznate hambriento, creería sin 
duda que tan sonoro j espresivo nombre era de 
algún ladrón ó asesino famoso. Pero nosotros, 
acostumbrados desde niños á verlo andar de boca 
en boca, á chuparlo cuando de teta, á saborearlo 
cuando mas grandes, h desmenusarlo y tragarlo 
cuando adultos, sabemos quién es, cuáles son sus 
nutrítivas virtudes y el bríUante papel que en 
nuestras mesas representa. 

No es por cierto el matambre ni asesino ni 
ladrón ; lejos de eso, jamás, que 70 sepa, á nadie 
ha hecho el mas mínimo daño: su nombradia es 
errando; pero no tan ruidosa como la de aquellos 
que haciendo gemir la humanidad se estiende 
oon el estrépito de las armas, 6 se propaga por 
medio de la prensa 6 de las mil bocas de la opi- 
nion. Nada de eso; son los estómagos anchos y 
fuertes el teatro de sus proezas, y cada diente 
sincero apologista de su blandura y generoso 
carácter. Inci^az por temperamento y genio de 
mas ardua y grave tarea, ocioso, por otra parte, 
y aburrido, quiero ser el órgano de modestas 
apologías, y así como otros escríben las vidas de 
los varones ilustres, trasmitir, si es posible, á la 
mas remota posterídad, los históríco verídicos 
encomios que sin cesar hace cada quijada masti- 
cando, cada diente crugiendo, cada paladar sabo- 
reando el jugoso é ilustrísimo matambre. • 

Yaron es él como el que mas; y si bien su 
fama no es de aquellas que al oro y al poder 
prodiga la rastrera adulación, sino recatada 7 
silenciosa como la que al méríto 7 la virtud trí- 
buta á veces la justicia; no por eso á mi entender 
debe dejarse arrinconada en la región epigástríca 
de las innumerables criaturas á quienes dá gusto 
7 robustece, puede decirse, con la sangre de atis 
propias venas. Además, porteño en todo, ante 
todo 7 por todo, quisiera ver conocidas 7 menta- 



das nuestras cosas allende los maree, 7 que noe 
vengan los de exirangis echando en eara nuestro 
poco gusto en el arte culinario, 7 ensalzando á 
vista 7 paciencia nuestra los indigestos 7 empa- 
lagfosos manjares que brinda sin cesar la gas- 
tronomía á su estragpado apetito: 7 esta rihgh 
también de espíritu nacional, me mueve á ocurrir 
á la comadrona intelectual, á la prensa, para que 
me aTude á parir si es posible sin el auxilio del 
fórceps, este mas que discurso apologético. 

Griten en buenahora cuanto quieran los tad- 
tumos ingleses, roast-heef, plum puding; chillen 
los italianos, maceheroni y vá7anse quedando 
tan delgados como una I ó la aguja de una torre 
gótica. Yoceen los franceses, omelette «h/Im, 
omelette au sucre, omelette au atable; digan loe 
españoles con soma, chorizos, olla podrida, 7 
mas podrida 7 rancia que su ilustración secular. 
Griten en buenahora todos juntos, que nosotroe 
apretándonos los flancos soltaremos zumbando 
el palabrón, matambre, y taparemos de cabo á 
cabo su desmedida boca. 

Antonio Pérez decía: ''solo los grandes estó- 
magos digieren veneno '^ , 7 70 digo : solo loe 
grandes estómagos digieren matambre. No ee 
esto dar á entender que todos los porteños ke 
tengan tales; sino que solo el matambre alimen- 
ta 7 cria los estómagos robustos, que en las 
entendederas de Pérez eran los corazones mag- 



nánimos. 



Con matambre se nutren los pechos varonOee 
avezados á batallar 7 vencer, 7 con matambre 
los vientres que los engendraron : con matambre 
se alimentan los que en su infancia, de un salto 
escalaron los Andes, 7 allá en sus nevadas cum- 
bres entre el ruido de los torlentes 7 el rugido 
de las tempestades, oon hierro ensangrentado 
escribieron: independencia, libertad; y matambie 
comen los que á la edad de veinte 7 cinco años 
llevan todavía babador, se mueven oon andaderas 
7 gritan balbucientes, papá... papá. Pero » 
juventudes tardías, largas 7 robustas vejeces, 
dice otro apotegma que puede servir de cola ti 
de Pérez. 

Siguiendo, pues, en mi propósito, entraré á 
averiguar quien es este tan ponderado señor 7 
por qué sendas viene á parar á los estómagos de 
los carnívoros porteños. 

El matambre nace pegado á ambos costilla- 
res del ganado vacuno 7 al cuero que le sirre 
de vestimenta; así es, que hembras, machos 7 



ÓÉCCION UTEBARIÁ — BBPifrBLiCA abobntiká 



187 



Mm capones tienen sns sendos matambres, onyas 
calidades comibles varían segrnn la edad y el 
sexo del animal; macho por consiguiente es todo 
matambre, onalqniera qne sea sn origen, y en 
loa costados del toro, yaca 6 novillo, adquiere 
jogro 7 robustos. Las recónditas transformacio- 
nes nutritivas y digrestivas que esperimenta el 
matambre, basta llegar á su pleno crecimiento y 
sason, no están á mi alcance; naturaleza en esto 
como en todo lo demás de su jurisdicción, obra 
por sí, tan misteriosa y cumplidamente que solo 
nos es dado tributarle silenciosas alabansas. 

Sábese solo que la dureza del matambre de 
toro rechaza al mas bien engastado y fornido 
diente, mientras que el de un joven novillo y 
sobre todo el de vaca, se deja mascar y comer 
por dienteoitos de poca monta y aun por encias 
octogenarias. 

Parecer común es, que á todas las cosas huma- 
ñas, por mas bellas que sean, se les puede aplicar 
pero, por la misma razón que la perspectiva de 
un valle 6 de una montaña varía según la dis- 
tancia ó el lugar de donde se mira y la potencia 
visual del que la observa. El mas hermoso rostro 
mujeril suele tener una mancha que amortigua 
la eficacia de sus hechizos; la mas casta resbala, 
la mas virtuosa cojea: Adán y Eva, las dos cria- 
turas mas perfectas que vio jamás la tierra, 
como que fueron la primera obra en su género 
del artífice supremo» pecaron; Lili por flaqueza 
y vanidad, el otro porque fué de carne y no de 
piedra á los incentivos de la hermosura. Pues de 
la misma mismísima enfermedad de todo lo que 
entra en la esfera de nuestro poder, adolece tam- 
bién el matambre. Debe haberlos, y los hay, 
buenos y malos, grandes y chicos, flacos y gor. 
dos, duros y blandos; pero queda al arbitrio de 
cada cual escoger el que mejor pete á su paladar, 
estómago ó dentadura, dejando siempre á salvo 
el buen nombre de la especie matambruna, pues 
no es de recta ley que paguen justos por peca- 
dores, ni que por una que otra indigestión que 
hayan causado los gordos, uno que otro sinsabor 
debido á los flacos, uno que otro aflojamiento de 
dientes ocasionado por los duros, se lance anate- 
ma sobre todos ellos. 

Cocida ó asada tiene toda carne vacuna, un 
dejo particular ó sui generis, debido según los 
qnünicos á cierta materia roja poco conocida y 
á la cual han dado el raro nombre de osmasona 
Ulor de caldo). Esta sustancia, pues, que noso- 



tros los profanos llamamos jugo esquisito, sabor 
delicado, es la misma que con delicia paladeamos 
cuando cae por fortuna en nuestros dientes un 
pedazo de tierno y gfordiflaco matambre: digo 
gordiflaco porque considero esencial este requi- 
sito para que sea mas apetitoso: y no estará 
demás referir una anecdotilla, cuyo recuerdo 
saboreo yo con tanto gusto como una tajada de 
matambre que chorree. 

Era yo niño mimado, y una hermosa mañana 
de primavera, llevóme mi madre acompañada de 
varias amigas suyas, á un paseo de campo. Hízo- 
se el tránsito á pié, porque entonces eran tan 
raros los coches como hoy el metálico: y yo, 
como era natural, corri, salté, brinqué pon otros 
que iban de mi edad, hasta mas no poder. Lle- 
gamos á la quinta: la mesa tendida para almor- 
zar nos esperaba. A poco rato cubriéronla de 
manjares y en medio de todos ellos descollaba 
un hermosísimo matambre. 

Repuntaron los muchachos que andaban des- 
bandados y despacháronlos á almorzar á la pieza 
inmediata, mientras yo, en un rincón del come- 
dor, haciéndome el zorrocloco, devoraba con los 
ojos aquel prodigfioso parto vacuno. ^Yete, niño, 
con los otros u me dijo mi madre, y yo, agachan- 
do la cabeza, sonreía y me acercaba: "vete, te 
digo tí repitió, y una hermosa mujer, un angelí 
contestó: "no, no, déjelo usted almorzar aquí, u 
y al lado suyo me plantó de pié en una silla: 
Allí estaba yo en mis glorias: — el primero que 
destrizaron fué el matambre; dieron á cada cual 
su parte, y mi linda protectora con hechicera 
amabilidad me preg^untó: "quieres, Pepito, gor- 
do ó flaco? u uYo quiero, contesté en voz alta, 
gordo, flaco y pegado '/ , y gordo, flaco y pegado 
repitió con gran ruido y risotadas toda la feme- 
nina concurrencia, y dióme un beso tan fuerte y 
cariñoso aquella preciosa criatura, que sus labios 
me hicieron un moretón en la mejilla y dejaron 
rastros indelebles en mi memoria. 

Ahora bien, considerando que este discurso es 
ya demasiado largo y pudiera dar hartazgo de 
matambre á los estómagos delicados, consideran- 
do también que como tal, debe acabar con su 
correspondiente peroración ó golpe maestro ora- 
torio, para que con razón palmeen los indigestos 
lectores, ingenuamente confieso que no es poco 
el aprieto en que me ha puesto la maldita humo- 
rada de hacer apologías de gente que no puede 
favorecerme con su patrocinio. Agotado se ha 



188 



AMÉRICA LITERABIA 



mi caudal encomiástico y mi paciencia y me 
siento abrumado por el enorme peso que incon- 
sideradamente eché sobre mis débiles hombros. 

Sin embargo, allá yá, y obre Dios que todo lo 
puede, porque seria reventar de otro modo. Diré 
solo en descargo mió, que como no hablo ex- 
cátedra, ni ex-tribuna, sino que escribo sentado 
en mi poltrona, saldré como pueda del paso, de- 
jando que los retiSricos apliquen á mansalva á 
este mi discurso su infalible fallo literario. 

Incubando estaba mi cerebro, una hermosa 
peroración y ya iba á escribirla, cuando el inter- 
rogante "¿qué haces P u de un amigo que entro 
de repente, cortó el revesino á mi pluma, u Qué 
liacesP repitió. — Escribo una apología. — ¿De 
quién? — Del matambre. — ¿De qué matambre, 
hombre? — De uno que comerás si te quedas, 
dentro de una hora — ¿Has perdido la chave- 
ta? — No, no, la he recobrado, y en adelante solo 
escribiré de cosas tales, contestando á los imper- 
tinentes con: fué humorada, humorada, humo- 
rada, u Por tal puedes tomar, lector, este largo 
artículo; si te place por peroración el fin; y todo 
ello, si te desplace, por nada. 

Entre tanto te aconsejo, que si cuando lo 
estuvieses leyendo, alguno te preguntase: ¿qué 
lee usted? le respondas como Hamlet á Polonio: 
uvxyrds, words, words ', palabras, palabras, pues 
son ellas la moneda común y de ley con que 
llenamos los bolsillos de nuestra avara inteU- 
gpencia. 

Esteban Echeverría. 

Poete y LltanUo. 



LA LLUVIA 

No creo que haya un hombre que guste mas 
de la lluvia que yo. 

La siento con cada átomo de mi cuerpo, la 
anido en mis oidos y la gozo con inefable delicia. 

La primera vez que me acuerdo haber visto 
llover fué durante la convalecencia de una gra- 
ve enfermedad, en mi infancia. 

Habia tenido la gran dolencia, la terrible fiebre 
tifoidea, esa enfermedad simpática, á pesar de 
BUS horrores. 

Me acuerdo todavía de la tarde que oaf en 
cama, de la situación de esta, del aspecto del 



cuarto vacio de muebles, de su aire frío y del 
número de tirantes del techo sin cielo raso. 

Estuve cerca de cuarenta dias enfermo y mis 
percepciones fueron, por lo que recuerdo, oonfa- 
sas y sin ilación. Me acuerdo que me quemibi 
y que no podía sudar, que pasaba horas enteni 
pellizcándome los labios cubiertos de costras que 
arrancaba sacándome sangre. Yeia y oia todo, 
pero como si fuera yo otra persona; paredi vn 
desterrado de mí mismo. El tiempo en eteno 
y en su eternidad yo tomaba todos los brevtJM 
imaginables que tenian el mismo grusto detesta- 
ble. Soñaba cosas increíbles, pareciéndome sueños 
las realidades y realidades los sueños. Los midoi 
eran lejanos: los oia como si mis oidos faeru 
ágenos. Yeia las cosas 6 muy lejos ó muy ceros; 
cuando me sentaba todo daba vueltas y cuando 
me acostaba mi cama se movia como un buque. 
Yeia animales silenciosos y muebles con vidi. 
Las personas de mi casa me parecían recien Ue- 
gradas y estrañas. Un dia me sangraron; al sentir 
la picadura de la lanceta y ver la sangre me 
desmayé. Cuando volví en mí, cerca de mi cami 
estaba parada mi madre con su cara pálida j 
seria; era una estatua. 

El médico me miraba con aquella dulce aten- 
ción tan propia de su misión; su fisonomía no 
espresaba nada; yo creo que lo tomé por nn 
hombre tallado en madera, como un santo nn 
pintar que habia en la iglesia. No me acuerdo 
haber tenido dolores durante mi enfermedad. La 
naturaleza en los graves estados nos dota gin 
duda de una melancólica y suave indiferenda 
cuyos beneficios son innegables. 

Poco á poco me fui restableciendo. 

El dia que me levanté me miré en un esperto 
redondo, como esos que usan los viajeros (siem- 
pre he sido un poco presumido) y en lugar de dos 
mejillas abultadas y coloradas que tenia antes, 
encontré dos huecos pálidos y chocantes; foí i 
pararme y me faltaron las fuerzas; llevé las ma- 
nos á mis pantorrillas y no hallé nada, no tenia 
tales pantorrillas. ¿Y mi pelo rubio y ensorti- 
jado, qué se habia hecho P 

No tenia muslos, ni vientre, ni e^ma^ 
no tenia nada. Todo se habia llevado la fie- 
bre. « Pero que la busquen á la fiebre y le pidan 
que me devuelva mis cosas *i, me dio ganas de 
decir. 

La fiebre me habia dejado, sin embargo, nn 
apetito insaciable, una hambre homérica y mor* 



SECCIÓN LITÜRáUIÁ— bbptíblicja ABaENTiNA 



189 



tifioantemente deliciosa, como pude obserTarlo 
en los días siguientes. 

Si durante mi convaleoencia hubiera oido á 
alguien decir qne no tenia apetito, habría creido 
oir la mentira mas hiperbólica. 

Yo soñaba con comidas j componía platos 
imaginarios con todo lo que nno podia llevarse 
á la boca. Si alguna yez ture una idea clara de 
la eternidad fué entonces, al considerar los millo- 
nes de siglos que habia entre el almuerzo 7 la 
comida. 

El que no ha sido conyalesciente no sabe lo 
que es bueno, como el que no tiene callos no 
conoce las delicias de sacarse las botas. Yo no 
he tenido nunca ni callos ni botas, pero sé lo 
que digo por el testimonio de personas fidedig- 
nas y eaperimentadas. 

La conyalecencia es una nueva vida que se 
comienza siendo grande. Uno nace de la edad 
que tiene al salir de su enfermedad. 

¡Cómo se aspira la vida, cómo se siente uno 
vivir! Para el convaleciente la vida tiene sabor, 
perfume, música y color; la vida es sólida, pue- 
de uno tocarla, sentirla, alimentarse con ella 7 
absorberla con todo el cuerpo. 

La luz es mas luz, el aire mas puro, mas fres- 
co, mas joven; la naturaleza es nueva, risueña, 
alegre, coqueta, sabrosa, encantadora. 

Los órganos que asimilan el alimento con 
incomparable rapidez, se apoderan de todo con 
la energía del hambre y la ambición de las nece- 
sidadeá imperiosas de la vida. 

Convalecer es una suprema delicia! 

Parece que la debilidad nos vuelve niños y 
nuestros sentidos gozan con el espectáculo de la 
naturaleza, hallándole la novedad y el atractivo 
que los niños le encuentran. 

Ninguna mala pasión, ninguna de esas ideas 
insanas que son el sustento de la sociedad, ger- 
mina en la cabeza de un convaleciente; él no 
quiere sino vivir, comer y descansar! 

Se levanta tan pronto como puede para tomar 
el dia por la punta, vive con gusto su vida du- 
rante unas cuantas horas y se acuesta después 
para dormir con un sueño profundo, robusto, 
intenso, dormido de una pieza. 

Y luego las gentes son buenas, compasivas; las 
caras amables, hay sonrisas en todas las bocas 
para el convaleciente que se deja adular, rega- 
lar, felicitar y cuidar sin inquietarse siquiera con 
la sospecha de que sus contemporáneos no espe- 



ran sino que se ponga fuerte para volver á agar- 
rarlo por su cuenta y morderlo, despedazarlo y 
combatirlo como se usa entre hombres que se 
quieren y que por eso viven en sociedad. 

En fin, yo estaba convaleciente, pálido, flaco, 
sin fuerza. 

¡Qué traza la que tenia! me parecía que yo 
era mi propio abuelo; un abuelito chico, dismi- 
nuido, como si me hubiera secado y acortado; 
era mi antepasado en pequeño, un antigfuo con- 
centrado que no habia comido nada durante mu- 
chas generaciones; mi apetito era del tiempo de 
Sesostris y yo habia estado en el sitio de Jerusa- 
lem; la conciencia de mi persona se confundía con 
las mas remotas tradiciones y no podia entender 
cómo pudo llegar hasta mí la noticia de mi exis- 
tencia, siendo como era una momia mayor que sí 
misma y contemporánea de los mastodontes. 

La enfermedad habia retirado en mi memoria 
las épocas y yo tenia por sensaciones todas esas 
paradojas dit<paratadas. 

Conforme iba ganando en fuerza los dias eran 
mas plácidos. Durante algfunas horas me senta- 
ba á recibir el sol que entraba en la pieza y mi 
silla lo seguía en sus cambios de dirección hasta 
la tarde. 

Nunca he visto sol mas amable, mas abrigado 
ni mas cariñoso. 

Verdad es que mi dicha se aumentaba con las 
delicias de una escepoion le j (tima: no iba á la 
escuela y mis hermanos iban. No ir yo era por sí 
solo una bienaventuranza; que otros fueran era 
el colmo de la dicha. ¡Tan cierto es que no hay 
nada que abrigue tanto comí» saber que otros 
tienen frió! 

Un dia de tantos no hubo sol, pero en cambio 
llovió; llovió á torrentes. El patio se llenó pron- 
to de agua y las gotas saltaban formando cande- 
leritos que la corriente arrastraba. Estos millones 
de existencias fujitivas corrían como si estuvie- 
ran apuradas, al son de la música del aguacero 
con acompañamiento de truenos y relámpagos. 
Habia en el aire olor á tierra mojada, perfume 
inimitable que ningfun perfumista ha fabricado 
y revoloteaban en la atmósfera las luces de cris- 
tal de las gotas saltonas y acompañadas por el 
ruido inmutable, acompasado, monótono, varia- 
do, uniforme, caprichoso, metálico y líquido pro- 
pio solo de la lluvia. 

Yo habría querido petrificar mis sentidos 7 
que la lluvia continuara eternamente. 



190 



AMÉRICA LITERARIA 



Allá lejos en el horizonte limitado por cerros 
rojos ó grises que punzaban el cielo con sos picos, 
el agua caía en hilos paralelos á veces ó en tor- 
bellino, en polvo cuando el viento arreciaba, en 
bandas ó fajas impetuosas según los sacudimien- 
tos de la atmósfera j precipitándose por las hen- 
diduras y las pendientes llegaba roncando al rio 
para enturbiar su clara corriente. 

Las nubes viajaban por los cielos en montones 
oomo arrastradas por caballos invisibles, azotados 
por los relámpagos que cruzaban como látigos 
de fuego en todas direcciones. 

El cielo en sus contines semejaba un campo 
de batalla; el oído estremecido recogía el fragor 
de la pelea y los ojos seguían el fulgor de los 
disparos de la gruesa artillería eléctríca. 

¡Pobres viajeros con semejante lluvia! Mi 
imaginación los acompañaba en su camino por los 
desfiladeros, por los bañados y los veía recibiendo 
el agua en las espaldas, con el sombrero metido 
hasta las orejas y con la inquietud en el alma; 
¡aquí atraviesan un río cuya corríente hace per- 
der pié á los caballos, allí cae* una carga, mas 
allá se despeña un compañero cuya cabalgadura 
se espantó del rayo! 

¡ Pobres navegantes con semejante lluvia ! 
Sobre la cubierta de la nave solitaria que toma 
un baño de asiento y una ducha al mismo tiem- 
po en el océano, corren los marineros con sus 
ropas de tela perfumadas con brea, á recoger las 
velas, mientras el capitán se moja las entrañas 
con rom en su camarote para que todo no sea 
pura agua. Las puntas de los mástiles convidan 
centellas, la lona ^ muestra indócil, la madera 
cruje y el buque se ladea sobre las ondas como 
si fuera un sombrero de brígadier puesto sobre 
la oreja del mar irrítado. 

Solamente los mineros está á sus anchas con 
un tiempo tan hidráulico; no saben siquiera que 
ha llovido y cuando salen de su trabajo, negros 
de polvo de carbón ó de metal, se sorprenden de 
que haya podido llover sin su consentimiento y 
dn BU noticia. 

¿Y las lavanderas? Nunca he podido espli- 
oarme porque dejan de lavar cuando llueve y las 
vemos recoger sus atados, ponerlos en la cabeza 
y ganar su domicilio bajo ese paragua absorbente. 
¡Pura rutina! 

Cuando estaba yo en la escuela, tiempos duros 
aquellos, y comenzaba la lluvia, el maestro, un 
terrible maestro, se distraía 6 se dormía con el 



ruido narcótico del agua y Ini Catón, mi Bobin. 
son Crusoe y mi plana se retiraban al infinito j 
yo solo existía para adormecerme con la elegía 
de la lluvia. Un» deliciosa estupidez se iqK)deit- 
ba de mí sin que fueran ci^Muses de sacarme de 
ella todos los Catones posibles, todos los parientes 
de Robinson, todaa las generaciones de maestroit 
ni todas las planas de la tierra. 

i Con qué envidia miraba á los pobres diabki 
que pasaban por la oídle chapaleando en el birro 
y pegándose en las paredes para evitar el tgos, 
ó á los provistos de paraguas que haoitn un 
redoble al enfrentar Us ventanas, merced i Im 
gruesas gotas del tejado que resbalando por k 
tela de seda ó de algodón, iban á colgarse de las 
varillas como lágrimas en una pestaña colosal! 

Nunca pude comprender porque no daban üve- 
to en los dias de lluvia. 

El aire era libre, los pájaros volaban libre- 
mente, el ganado pastaba con libertad en los 
campos, el agua corria independiente por el suelo 
buscando á su albedrio ó al de la gravedad los 
declives. ¿Por qué todo esto no estaba oi la 
escuela como yo, ó por qué la escuela no era el 
campo, nosotros las vacas, los libros la yerba j 
el maestro un buey manso y gordo, semejante á 
esos aradores incansables é indolentes que miras 
con estoicismo la picana y con supremo desden á 
los transeúntes P 

Años mas tarde, en el oolegfio, la lluvia adía 
venir á embargpar mis sentidos y muchas maña- 
nas, antes que sonara la fatídica campana que 
nos llamaba al estudio, me despertaba ojendo 
llover como si el agua hubiera trasnochado 7 
estuviera ya en movimiento á esa hora. 

Mi pensamiento volaba entonces á mis prime- 
ros años; me cubria la cabeza con las frazadas 7 
mientras la lluvia cantaba en voz baja todas las 
elegías de la desdicha, mi delicia era represen- 
tarme mi casa, las personas que conocí y amé 
primero y mi propia figura correteando sin zapa- 
tos por el patio anegado. 

Mas tarde todavía, en el hospital, mientn* 
estudiaba medicina, en mi cuarto húmedo y aom- 
brio, la lluvia caia mansamente sobre los árlx^ 
de los grandes y solemnes patios, acompañando 
á bien morir á los que espiraban en las salas. 
La lluvia tristísima sonaba entre las hojas, y el 
cráneo de algún pobre diablo, ez-número de la 
sala tal y famosa pieza anónima de anfiteatro, 
que me miraba con sus cuencas triangulares y 



SECCIÓN LITERAEIA— EBPÚBLicA aeobntina 



191 



oscuras como si quisiera entrar en conyersaoion 
conmigo aoerca del mal tiempo. 

Alguna canilla, nnas cuantas costillas y otros 
huesos de difunto amarillentos, adorno indispen- 
sable de todo coarto de estudiante, tiritaban de 
frió en un rincón ó se estremecían al sentirse 
trepar por un ratón de hospital, de esos ratones 
calayeras y descreídos que no saben lo que es la 
inmortalidad del alma y que viven entre hue- 
sos y entre cadáveres como en la mejor com- 
paoia. 

Y mientras tanto el agua eterna, siempre 
sgua viajando de la flor al océano, de la fosa á 
las nubes, del vapor al hielo, continuaba su ruta 
jurada por los fenómenos naturales, entonando 
m música en los mares, en los ríos, en las peñas, 
en los valles y, por fin, en los tejados, haciendo 
diq»arar á los gtdos que, como se sabe, tienen 
uia marcada animadversión contra ese líquido. 

El agua eterna sirviendo de espejo á los pas- 
tores en el campo, amontonando hielo en las cor- 
dilleras, haciendo trombas en los mares, regando 
las sementeras, hirviendo en algún tacho de 
cocina 6 lavando la cara de cualquier muchacho 
de cuatro años, pues todos los de esa edad tienen 
la cara sucia, continúa su ruta de la flor al océa- 
no, de la fosa á las nubes y del vapor á la nieve. 

El agua eterna, siempre agua, empujando las 
locomotoras, haciendo navegar á los buques, sur- 
giendo de los posos artesianos, vendiéndose a 
peso de oro en las boticas, lavando las ropas en 
todo género de vasijas, entrando en la confección 
de las comidas, sirviendo para inyecciones higié- 
nicas ó ahogando gantes en las inundaciones, 
continúa su ruta bajo el imperio de las fuerzas 
físicas de la planta á los cielos, del corazón á los 
ojos para desprenderse en lluvia de lágrimas so- 
bre las mejillas abatidas. 

No tengo preferencia por ninguna clase de 
lluvia; me gusta la lluvia mansa, la niebla, la 
bruma, la llovizna, la lluvia fuerte, la torrencial, 
la continua, la intermitente, la con sol y la Ido- 
pinada, esa que toma sin paraguas á todo el mun- 
do en la calle haciendo la delicia y el negocio de 
los paragüeros. 

Las gentes de esta ciudad han podido verme 
con mi sombrero grande caminando lentamente 
por las veredas, mientras otros corren presurosos 
buscando un abrigo contra la lluvia. Yo prefiero 
mojarme y salgo á gozar cuando llueve como los 
demás hombres cuando hace lo que ellos entien- 



den por buen tiempo. ¡ Y pensar que hay países 
donde no llueve nunca! 

Por mí, bien podia no haber paraguas ni capas 
de goma, ni water-proof, y me irrito cuando 
algún tonto llama mal tiempo al lluvioso. 

Cuando llueve las ciudades presentan un es- 
pectáculo encantador. El aire está fresco, la luz 
es ténut) y delicada, no grosera como en los dias 
de sol. Los edificios se lavan y se asean, el agua 
limpia las calles, los viandantes andan de prisa 
vestidos de fantasía, los carruajes se ponen en 
movimiento y van dando cabezadas á un lado y 
otro como quien opina de diferente modo, los 
carros de los vendedores atraviesan despavoridos 
las boca-calles provistos de su perro malhumo- 
rado cuya misión es gruñir sin motivo á los que 
no piensan robar; los caballos trotan haciendo 
saltar chispas de diamante, las mujeres levantan 
coquetamente sus vestidos y los célibes se paran 
en las esquinas esperando algo que no Uegn, hasta 
que no pasan las que se avistan en todas direc- 
ciones. 

Quizá también un carro fúnebre con su acom- 
pañamiento correspondiente, se dirije al cemen- 
terio seguido de veinte coches con sus cocheros 
agachados, provistos de su látiga á modo de para 
rayo, todos iguales y dibujando la misma silueta 
oscura. En la casa mortuoria las jentes vestidas 
de luto, oyen en silencio la lluvia que canta acor- 
de con sus sentimientos, cayendo gota á gota, 
como si espendiera una plegaria al menudeo. 

Los enamorados que fomentan el amor de las 
jóvenes obreras, hormiguean por los barrios le- 
janos y van á hacer su visita tierna por no poder 
emplear mejor su tiempo con semejante dia. 

En cualquier casa junto á la ventana, miran- 
do pasar la jente y oyendo la lluvia que con sus 
dedos amantes golpea los vidrios, cosen distnd- 
das dos hermanas, una mayor y otra menor (po- 
dían ser mellizas) la menor es mas bonita, la 
mayor mas interesante; las dos alzan la cabeza 
al oír el mas leve ruido y suspiran si es el gato 
el causante. Entre ellas está la mesita con su 
hilo, sus tijeras, su alfiletero y su pedazo de cera 
arrugada como la cara de una vieja, merced á las 
injurias del hilo, su mortal enemigo. El ouarto 
tiene piso de ladrillo, hay un brasero cerca de la 
puerta en el cual canta suavemente una caldera 
con aquella melancolía uniforme del agua que 
está por hervir y que dice todo lo que uno quiere 
oír, al unísono con las voces interiores del sen- 



192 



AMÉRICA LITERARIA 



timiento. Hay además en la pieza nna cómoda 
de caoba en cuyos cajones moran mezclados los 
cubiertos sucios, las ropas, una redecilla, dos ó 
tres abanicos, varias horquillas y añadidos de 
pelo, una estampa de modas, la libreta del alma- 
cén, un borrador de carta amorosa que comienza 
con esta ortografía ** mi corrido bamigo de my 
qorason u y una multitud mas de objetos de to- 
das las épocas. 

Sobre la cómoda se ve una cajita con tapa de 
espejo toda desvancijada, un libro de misa con 
las hojas revueltas que lo asemejan á un repollo, 
un florero roto con una vela adentro, un santo 
de yeso con la cara sucia, un busto de Ghiribaldi, 
otro de Fio Nono y el contiguo lienzo de pared, 
clavados con alfileres los retratos en tarjeta de 
todos los visitantes de la casa, ostentando una 
variedad grotesca de modas y de actitudes, unos 
con pantalón largo y pelo corto, otros de melena 
y pantalón comido, unos con Ubro en mano y 
aire sentimental, otros tiesos como si fueran de 
madera y todos con aquel aspecto pretencioso 
que toman las jentes ante las máquinas fotográ- 
ficas. 

— Como llueve, dice la menor. 

— Hoy no viene, dice la mayor. 

— (jPor qué? siempre que llueve viene. 

La lluvia hace una pausa y la conversación 
otra: se oye ruido de pasos y de gotas de tejado 
sobre tela tendida. 

Y la imágren de la lluvia, con el paraguas 
cerrado, la levita cerrada, el cuello cerrado y el 
corazón y el estómago mas cerrados aun, entra 
en la pieza bajo la forma de un elegante joven, 
pobre de esperanzas, rico de amor y elocuente 
como son todos los abandonados de la fortuna. 

Una de las niñas, después de los saludos, con- 
tinúa haciendo silbar su hilo en el género nuevo, 
mientras la otra abre los oidos á la música siem- 
pre adorable del labio amante. 

Y la lluvia batiendo su compás comienza de 
nuevo, fuerte, calmada, violenta, bulliciosa, alter- 
nativamente, acompañando con sus tonos dulcí- 
simos las vibraciones de dos corazones henchidos 
de amor y de zozobra. 

La lluvia lenta y suave canta en tono menor 
BUS tiernas declaraciones, formula esperanzas, 
prodig^a consuelos y adormece los cuerpos con 
sus secretas voces misteriosas. 

La lluvia furiosa, torrencial, vertiginosa, re- 
lata batallas, catástrofes, aparta la esperanza. 



despedaza el corazón y haoe brotar en los ojm 
esferas de cristal que balanceándose en las pes- 
tañas parece que vacilan antes de soltarse psn 
regar la tierra maldita. 

Mas allá, en la vieja ciudad, álzase un con* 
vento sombrío, pesado, vetusto, como un ek&ate 
entre las casas; una ventana microscópica, tre- 
pada en la pared enorme, dá paso á la luí que 
penetra sigilosamente en la celda de un fnüe, 
para insultar con la novedad de sus rayos, mu 
cama vieja, una mesa vieja y una silla TÍejí 
también, tres muebles hermanos en flacura qne 
instalaron allí su osamenta haoe dos siglos y en 
los cuales mil generaciones de insectos han lle- 
gado en la mayor quietud á la edad sinil. Li 
bóveda amarillenta da atadura á cortinas colo- 
sales de tela-arañas, donde yacen aprisionadaí 
las momias de las moscas fundadoras y donde 
merodean silenciosas arañas calvas y sabandijts 
bíblicas enclaustradas, aun cuando no siguen li 
regla de la orden. Alli se han enloquecido de 
hambre las pulgas mas aventureras é ingenióos 
y las polillas, después de haber roido todas las 
vidas de los santos, han entregado su alma si 
creador bajo los auspicios de la religión. Un 
libro con tapas de pergtunino se aburre de sí 
mismo entre las manos de un padre también 
de pergamino, que mira desde la altura de sas 
setenta años con ojos mortuorios de ágata des- 
lustrada, las letras seculares de las hojas decré- 
pitas é indiferentes. 

En el patio del convento, crecen los árbdei 
sobre las tumbas de los religiosos y la Unfis 
que cae revuelve el olor á sepulcro de la tient 
abandonada. 

La mente del padre huida de su cerebro, raga 
por no sé donde, mientras él, estúpido de pnio 
santo y sordo de puro viejo, no oye los salmos 
que canta el agua desplomándose de los campa- 
narios y azotando los claustros. 

Las pasiones han abandonado su corasen, los 
años han secado su cuerpo, han oscurecido sns 
sentidos y lo han arrojado ahí sobre esa silla» 
para que vejete en vida sin mas instigador qne 
el tañido de la campana que estremece su cere- 
bro, habituado á conmoverse á hora dada por la 
costumbre cotidiana que lo obligtt á cumplir sss 
deberes maquinales. 

¡Dulce vejez sin dolores y sin enfermedades, 

premio de la vida austera, tú que marchitas loe 

( sentimientos y despojas de aguijones el coraaon 



SECCIÓN LITERABIA — bepíblica argentina 



193 



del hombre ¿por qué no dejas siquiera los oídos 
abiertos para escachar la lluvia que dice tantas 
dnlniras al desfalleciente j al moribundo? 

Y mientras el viejo duerme su vida, en la 
tosencia de todos los escitantes de los sentidos, 
abandonado de sí mismo en su celda helada, la 
lluvia saltando sobre los tejados, aparada por las 
calles, chorreando por las rendijas, mandando su 
agoa por los albañales ó formando arco-irisen 
los horizontes, refresca, anima y vigoriza la na- 
turaleza, 6 enferma y destruye los gérmenes de 
la existencia humana. 

Y mientras el viejo reposa sus órganos faltos 
de acción en su silla fósil, la lluvia, deslizándose 
por los muros grises, serpentea lentamente por 
las hendiduras, buscando su tumba al pié del 
edificio, ó chocando con los obstáculos, produce 
con sus gotas desarticuladasjun sonido de péndu- 
la que convida á morir. 

La lluvia redobla en las bóvedas; en la iglesia 
desierta resuena la voz del religioso que dice sus 
rezos con murmullos nasales, teniendo la soledad 
por testigo; las naves están frias, el piso yerto, 
los altares estáticos como decoraciones enterradas 
en el teatro de alguna ciudad ahogada por las 
cenizas de un volcan y las imágenes de los san- 
tos, con los ojos fijos y los brazos catalépticos 
parecen aterrorizados por la lluvia que asedia, 
«nbiste y gpelpea las dobles puertas claveteadas. 

Eduabdo Wildk. 

Kédloo y Literato. 

Bum)$ Aires, 1880. 



LA MUJER CRISTIANA 

La mujer, es la imagen de la historia. — En 
esa necrópolis de los hechos humanos, ella apare- 
ce como la estatua egregia de todos los tiempos. 

levantada sobre el pedestal de las edades, los 
pueblos se han inclinado ante ella, para depositar 
á sos plantas la corona de su civilización. 

Buscad á la mujer en todas las épocas, y la 
hallareis siempre, como suave fanal, iluminando 
las tinieblas del pasado. 

Las oondiciones en que ella se os presente, os 
hadm apreciar la civilización del pueblo que os 
pr(^ngais ocmocer. 

£1 arte griego se revelaba, en la Yénus de 



Citerea, en la belleza sublime, que ha tomado á 
la naturaleza las líneas curvas que producen el 
encanto. 

En pos de la diosa del amor impuro, veis sur- 
gir la mujer independiente. 

La esposa casta; la amante que ha obtenido 
el favor de ser llevada al tálamo, ha vendido al 
porvenir su destino. — El silencio y la soledad 
la cercan; y las sombras que la envuelven son 
su aspiración ideal. — Lo desconocido es para 
ella la gloria; y el olvido es la única luz de su 
esperanza. 

La Yénus Púdica, — la diosa del amor tranquilo, 
aquella que posaba su planta sobre una tortuga 
apoteosis mística de la inmovilidad, — es el único 
altar de su plegaria. 

El esposo es el amo. — Ella no tiene ni perso- 
nalidad ni derechos. — Humilde sierva, su cuerpo 
y su alma son un instrumento mudo, que solo 
llega á vibrar cuando lo pulsa la pasión que 
ella inspira. 

El hogar antígruo, tiene la fuerza por base; y 
el hombre del paganismo, que destruía en la 
mente del esclavo la esperanza de la inmortali- 
dad, dominaba, con el imperio de su barbarie, á 
los descendientes de su raza. 

El genitor era el jefe, era el señor de todo. 
Repudiaba á la esposa; vendia los hijos, y el 
testamento que pronunciaba su labio de mori- 
bundo, era la ley suprema de su hogar postumo. 

Ah! pero al lado de esa familia; al lado de ese 
hogar, donde la esposa no conocía otra misión 
que la obediencia al esposo, se levantaba la ftmjer 
despótica que, dominando á los vencedores, subyu- 
gpaba los pueblos á su capricho. 

Hypathia, que encanta á la tierra, cuando 
medita, contemplando las estrellas; 

Aspasia, la cortesana erudita, encantó al filó- 
sofo; 

Servilla, la austera hermana de Catón, quizá 
produjo el parricidio con su silencio; — pero no 
es ese el tipo de la mujer pagana. 

Mesalina, que abandona su lecho de empera- 
triz y de esposa, — es pálida figura al lado de la 
hetaira griega. 

El pagranismo no amaba la familia. 

Si abolió la poligfamia, fué para crear la 
hetaira. La cortesana, sin f é y siempre perjura^ 
es el tipo ideal del arte, de la belleza, del senti- 
miento antiguo. 

Ella nacia á U vida intelectual, como su diosa 



S6 



194 



AMÉRICA LITERARIA 



paganm, de las espninas de un mar, donde se 
ahog^aban los amores castos. 

Pero ella vendía caros sus favores. — En sns 
labios se había roto el sello qne sofocaba la pala- 
bra de la esposa; 7 la hetaira fué la mnjer inde- 
pendíente. 

El amor la cobijó con sus alas; el deseo dí6 
forma, á sus caprichos, j, el hombre vencido, la 
levantó del cieno de sn degradación hasta el 
pinácnlo de la gloría. 

La esposa está proscrita del festín; pero la 
hetaira, arranca de las cnerdas de sn lira la 
armonía, qne conmueve al esposo. — El hogar 
está desierto y silencioso; pero entre el ruido 
del banquete, la hetaira acaba de entonar al 
genio griego, que personifica en su amante, el 
himno ardiente de Sapho, y, acaso la primera 
armonía de la estrofa, se confunde con el rumor 
del último beso, palpitante todavía en sus labios. 

Ella es la inspiración; ella es la idea, — el 
pensamiento único del poeta y del guerrero. 

Los carros del triunfador afortunado, son el 
homenaje de la reina vencida, y Cleopatra de 
Egripto ocupa el tálamo romano del .vencedor de 
las CkJias. 

La mujer es «I premio pactado con la victoria; 
porque la mujer antigrua, no era el ser conciente 
y amado de nuestros tiempos actuales. — Era la 
belleza, la forma que inspiraba el deseo y encen- 
día las pasiones, cuando el seno latía como los 
ritmos de un himno viviente, cubierto apenas 
por la purpúrea gr^sa, menos tenue que los per- 
fumes del Hymeto. 

Ah! pero llegó el Cristianismo! ... 

Un día apareció en las edades, teñido con la 
lus de lo desconocido y lo anunciado. 

¡ Cruzaba la tierra un hombre, hermoso como 
los sueños del poeta creyente! 

Su larga túnica inconsútil, cubría mal sus 
sandalias de peregrino. Andaba errante, como el 
viajero extraviado, buscando al último entre los 
postreros, y al pobre entre los proscritos. 

Quería "dar consuelo á los que grimen", y 
donde quiera que encontraba una alma aflig^ída, 
una alma atribulada. Él pronunciaba aquellas 
palabras, que bastaron para conmover á un mun- 
do: ''Bienaventurados los que lloran, porque 
ellos serán consolados u. 

Era el hijo de María, la Virgen de Naiareth. 
Había nacido en un establo, y, mas de una vez, 
su sueño de niño, debió ser interrumpido por los 



gfolpes del martillo, con que labraba la miden 
el santo esposo de su casta madre. 

Descendiente de reyes, su condición fué hu- 
milde! 

Industriales fueron sus apóstoles; induitaialeí 
sus favorecidos; industriales los testigos de m 
milagros; y, cuando quiso señalar á la huinsnidad 
su destino, igualó al hombre de la fuerza brota 
con la mujer del sentimiento puro. 

El pasado había muerto. El bautismo estsUe- 
cía la igrualdad de los dos sores oreados; 7 ea 
igrualdad que nace en?la pila, donde el alma bebe 
sus creencias, se dilata por todos los horisontes 
de la vida, y se trasmite al hijo que nace de k 
unión deseada. 

Jesús redime á la mujer impura. — Levanta i 
la hetaira al lado de la matrona, perdonando i 
Magdalena; y enseña el perdón en el hog^, absol- 
viendo Á la adúltera. 

El cristianismo organiza la familia, y, bajo e[ 
techo bendecido del amor y de la religión, surge 
radiante esta estrella de la civilización moderna, 
que se llama la mujer del siglo xix. 

Ya no hay pasado! — La mujer no permaaeoe 
sumida en la noche de su inteligencia, siempre 
inclinada sobre la rueca antigua. 

El límite está roto, y la mujer casta puede 
hoy reunir en ella misma, la virtud de la eq>osa 
y la instrucción de la hetaira. 

Lee; escribe; conoce la3 fruiciones dinnasdel 
espíritu; ha llegado á sorprender en sn mundo 
misterioso las leyes de la armonía, y, como dice 
el poeta, "le ha sido permitido rozar con sas 
labios la copa del pensamiento u. 

El cristianismo le ha abierto las puertas del 
infinito, y, de pié, sobre el dintel de su bogar 
conquistado, ella se reconoce madre, esposa, hija, 
— ser con vida, con derechos, con individualidai, 
en fin. 

La base de todas las prosperidades; la base de 
toda libertad; la base de toda organización social 
está oonquistada. 

El cristianismo ha hecho de la mujer nna 
persona; ha hecho del hogar un templo; ha hedió 
de la familia una agrupación de seres útiles. 

La mujer-madre, debe también ser la mnjer- 
obrera. 

La sociedad moderna ha alumbrado todas sos 
aspiraciones, con los tres grandes faros, qne ilnmi- 
naron al mundo el día del cristianismo:— el amor, 
— la caridad, — el trabctjo, que es la esperan»! 



SECCIÓN LITEBAKTA — BBPt^BLioA aboentiná 



195 



Sobre ese trípode sablime ha levantado su 
altar la oiyiliaacion del siglo. 

En c a ra acion de esas yirtndes del progreso, — 
mijer laboriosa! — tú eres la imagen que res- 
plaadeoe en ese altar. 

Tu misión ya no es la de la mnjer primi- 
tiva. 

La familia es el centro modesto de tus goces; 
d salón es el teatro peligroso de tns trinnfos. 

Multiplicar tns f nerzas, es aumentar tns en- 
cantos. 

"amiste á la tierra trayendo por misión ser 
agradable: pero la civilización ha dilatado los 
horísontes de tn vida. 

Al lado del hogVkT está el taller. — Al lado de 
la familia está la patria. 

Consagrad vnestras fuerzas al trabajo. 

El amor os reunió dentro del recinto estrecho 
del hogar; la caridad os hizo laboriosas, para re- 
partir entre los pobres vuestras fuerzas; el trO' 
bajo 06 reclama en el taller, para aumentar los 
elementos de la producción nacional. 

Vuestro modelo es Nanzy Hanks. — El hacha 
que la madre de Abraham Lincoln entregaba al 
púmeer, aún no ha caido de las manos del hom- 
bre americano. 

El árbol de los bosques seculares gime toda- 
TÍa, á los golpes con que el obrero lo derriba, 
para ensanchar el dominio civilizado de su patria. 

Educad vuestros hijos, madres americanas; 
pero educádles con el ejemplo. 

La labor es la promesa de la paz, porque es la 
cuna de la riqueza. 

Sed obreras. — Enviad vuestros hijos á la es- 
cnela, en tanto que vosotras permanecéis en los 
talleres. 

La felicidad doméstica se asegura con el fruto 
del trabajo honrado. 

Trabajar ayudando al esposo, enseñando á los 
bijos, es aumentar los elementos de la dicha. 

Y en el dia del reposo, cuando el alma se 
derrama en la palabra de la intimidad, ¡ cómo es 
dulce dejar que el cuerpo descanse de su fatiga, 
libre de remordimientos la conciencia! 

El obrero que vé á sus hijas y á su esposa 
6^iar á la mañana, para disputar á la luz las 
horas que consagra al trabajo, puede tranquilo 
descubrirse á la hora del AngeUu, para enviar á 
Dios, sobre el rayo misterioso del crepúsculo, su 
ozaoion enternecida. 



La mujer obrera, es la mujer casta. — El tra- 
bajo defiende, con las* alas del amor santo, la vir- 
tud inexperta. 

Litis V. Vaiibi.í.. 

JaritooBtolto j PnblloUte. 
Buenos Aires, 1879. 



MONOLOGO EN EL MAR 

(Capítulo dk la Amalia) 

A las diez de la noche, la ballenera de Mr. 
Douglas partía como una flecha, ó mas bien se 
deslizaba como un pájaro acuático sobre las olas 
de la hermosa bahía de Montevideo; y á las once 
se habia perdido á la vista de los buques mas leja- 
nos del puerto, sumergida allá entre el horizonte 
lejano del gran rio, alumbrado por los rayos de 
plata que vertía de su tranquila frente la huér- 
fana viajera de la noche. 

Envuelto en su capa, reclinado en la popa de 
la ballenera, Daniel ya no fijaba sus ojos impa- 
cientes en la joven ciudad de la erilla septentrio- 
nal del Plata, como lo habia hecho veinte y cuatro 
horas antes: los tenia fijos en la bóveda azul del 
firmamento, sin ver, sin embargpo, los vividos 
diamantes que la tachonaban, abstraído su espí- 
ritu en las recordaciones de su corta, pero apro- 
vechada residencia en Montevideo. 

— -Restemos, porque la polítíca tíene también 
sus matemáticas, se decia á sí mismo. 

Restemos. 

Creí encontrar asociados en Montevideo to^ 
dos los intereses polítícos de la actualidad, y los 
encuentro en anarquía: gano un desengaño. 

Creí hallar que el pueblo era mas poderoso 
que las entídades que lo mandan; y encuentro 
que aquí el pueblo tíene también su caudillo, no 
sangpuinario como Rosas, pero que al fin hace lo 
que quiere, y no lo que conviene al pueblo: gano 
otro desengaño, y ya son dos. 

Pensé que los viejos unitarios eran hombres 
prácticos, én quienes la ciencia de los hechos y 
de las altas vistas dominaba su espíritu; y hi^lo 
que son hombres de ilusiones como cualesquiera 
otros, ó mas bien, con mas ilusiones que los de- 
más: gano otro desengaño, y ya son tres. 

Creí que ellos me enseñarian á conocer mi 



196 



AMÉRICA LITERARIA 



país, 7 veo qae yo lo conozco mejor qne ellos; 
otro desengrano, y ya son cuatro. 

Creí qne el general Lavalle y la comisión 
argentina obraban de acnerdo; y veo qne cada 
nno marcha por donde puede; gano otro desen- 
g&^o, y ya son cinco. 

¡Malo! son muchas ganancias para que no me 
vuelva loco, 6 me lleve el diablo. 

Clasifiquemos. 

El señor Martigny, es hombre de talento^ 
corazón francés, lleno de entusiasmo por núes, 
tra causa, pero gírtk en el círculo estrecho de 
BUS instrucciones, y desconfía de su gobierno. 

El señor Agüero no ha hablado nada y me 
ha dicho mucho; es poco flexible para la demo- 
cracia, y demasiado serio para la libertad. Los 
años del destierro habrán pasado muy lentos por 
su corazón; pero los años del pueblo han pasado 
oomo un relámpago por su inteligencia, y no ha 
visto que otra generación se ha levantado en los 
catorce años que cuenta ya la calda de la presi- 
dencia. 

El señor Várela, espíritu fecundo, activo; 
inteligencia de concepciones rápidas; corazón 
ingenuo y apasionado; vida colocada en los lími- 
tes de dos generaciones totalmente diferentes en 
sus tendencias, y de las miras de una y de otra, 
podrá venir á ser el contemporizador algún dia. 
Si él se separa de los principios de la nueva 
generación, seria necesario conquistarlo, porque 
Su conquista seria un triunfo. 

Veamos de otra parte : 

Don Santiago Vázquez, no olvidaré jamás 
nuestra conversación de esta noche; es una gran 
cabeza; si la República Oriental llegase á poseer 
alguna vez media docena de hombres como ese, 
podría decir entonces que tenia cuanto le era 
necesario para constituir un gran todo, de tantos 
elementos que la naturaleza y la revolución le 
han dado, y de que todavía no ha sacado partido. 

¿Qué puedo deducir de nuestra entrevista? 
Que Vázquez no está en su centro; que sus 
vistas son demasiado extensas para que puedan 
caber en el estrecho círculo de los pequeños par- 
tidos que se han empeñado en amontonar obstá- 
culos donde mas tarde ha de tropezar el progreso 
de este bello país. Que él trabaja por la unidad 
de intereses políticos entre las Repúblicas Orien- 
tal y Argentina, y sus enemigos le hostilizan y 
le separan de los negocios, so pretexto de que es 
amigx) de los porteños. 






Su modo de definir al general LavaUe es 
nuevo para mí, y me dá mucha luz sobre eosas 
que no podía espUcarme: Lavalle es valiente, 
caballeresco, desinteresado, pero no tiene las cua- 
lidades necesarias, dice, para estar al fraite de 
los sucesos de la época. Le falta perseverancia 
en sus combinaciones, y le sobra susceptibilidad 
cuando sus amigos quieren darle un consejo, 6 
memorarle una línea de conducta; su eqiíntn 
altivo se resiente entonces de que lo qnienn 
gobernar, y obra luego por sí solo y bajo la ins- 
piración de sus ideas; los obstáculos le irritan, j 
cuando no puede vencerlos en el momento al 
golpe de su fuerte espada, cambia de ideas y de 
plan, separándose rápidamente del obstáculo, sn 
pensar en las consecuencias de tal conducta. 

Ahora me esplico muchas cosas, especialmente 
las palabras de Várela: ^Lavalle obra por sí 
mismo. </ 

Bien, ya están hechas mis cuentas; ¿he gana- 
do 6 perdido? He ganado; pues en política 
un hombre está en pérdida cuando tiene ilusio- 
nes : me he desengañado de muchos errores y lie 
ganado muchas verdades; les he pintado la situa- 
ción de Rosas, ellos me han dibujado la sitiia- 
cion de sus enemigos. Ahora, ; Dios nos proteja, 
porque espero muy poco de los hombres! 

— Sí, ¡Dios nos proteja! dijo después de alga- 
nos minutos de silencio, en que sus ojos habian 
estado extasiados en el firmamento bordado con 
su luna y sus estrellas, y en que sus ideas pa- 
recían que habian tomado diferente rumbo en 
aquella alma espontánea, impetuosa y al mismo 
tiempo tierna y sensible; y después de esa excla- 
mación, continuó, en el silencio de su pensa- 
miento, reclinada su cabeza en la popa de la 
ballenera, y fijos sus ojos en la bóveda espléndi- 
da del cielo : 

— Dios, que es la sabiduría y la unidad del 
universo. 

Dios, que sostiene pendientes en las hebras 
impalpables de su voluntad soberana esos mun- 
dos espléndidos que giran, como chispas de sa 
inteligencia, sobre esa bóveda infinita y diáfana 
que parece formada con el aliento de los ángeles. 

I Eternos como la mirada que los ilumina , 
esos astros verán alguna vez sobre estas olas la 
realización de los bellos ensueños de mi mente! 
Sí. El porvenir de la América está escrito sobre 
las obras de Dios mismo: es en una magnífica j 
espléndida alegoría, en que ha revelado los des- 



I h.. 



SECCIÓN LITERARIA— REPÚBLICA aboentiiía 



107 



irnos del nneTO mondo el gran poeta de la crea- 
ción nniversal. 

« 

Esas inmensas praderas donde brota nna flor 
de cada gfota de rocío que cae en ellas. 

Estos ríos inmensos como el mar, qne se 
omsan como arterías del cnerpo gigantesco de 
la Améríca, j refrescan por todas partes sns en- 
trañas, abrazadas con el fuego de sns metales. 

Esos espesos bosques donde la salvaje or- 
questa de la naturaleza está convidando A la 
armonía del arte 7 de la voz humana. 

Esta brísa suave j perfumada que pasa por la 
frente de estas regiones como el suspiro enamo- 
rado del genio protector que las vigpila. 

Estas nubes matizadas siempre con los colores 
mas rísueños j suaves de la naturaleza. 

Sí; todos esos magníficos espectáculos son 
palabras elocuentes del lenguaje figurado de 
Dios, con que revela el porvenir de estas regio- 
nes. 

Las generaciones se suceden en la humanidad, 
como las olas de este río, inmenso como el mar 

Cada siglo cae sobre la frente de la huma- 
nidad como un torrente aniquilador que se des- 
prende de las manos del tiempo, sentado entre 
los límites del principio y el fin de la eternidad : 
se desprende, arrasa, arrebata en su cauce las 
generaciones, las ideas, los vicios, las grandezas 
j las virtudes de los hombres, y desciende con 
ellos al caos eterno de la nada. Pero la creación, 
esa otra potencia que vive 7 lucha con el tiempo, 
vá sembrando la vida donde el tiempo acaba de 
sembrar la muerte. 

Ese torrente indestructible arrebatará de las 
riberas de este río esta generación amasada 
con el polvo, la sangre 7 las lágrimas de ella 
misma. Vendrá otra, 7 otra, como las olas que 
se van sucediendo 7 desapareciendo á mis ojos. 

Tendrán. 

Cada pueblo tiene su siglo, su destino 7 su 
imperío sobre la tierra. Y los pueblo» del Plata 
tendrán al fln su siglo, su destino 7 su imperío, 
cuando las promesas de Dios, fijas 7 escrítas en 
la naturaleza que nos rodea, bríllen sobre la 
frente de esas generaciones futuras, qne verte- 
rán una lágrima de compasión por los errores 7 
las lágrímas de la mia. 

Sí, tengo fé en el porvenir de mi patría. Pero 
Be necesita que la mano del tiempo haya nivela- 
do con el polvo de donde hemos salido la frente 
de los que ho7 viven. 



Sí; tengo fé; pero fé en tiempos mu7 lejanos 
de los nuestros. Patría! patría! ¡la generación 
presente no tiene sino el nombre de sus padres! 

¡Y tú, Florencia, ídolo amado de mi corazón; 
tu, ángel conciliador de mi alma con la vida, 
de mi corazón con los hombres, de mi destino 
con mi patria; tú, hebra de luz que me pones 
en relación con Dios, extendida desde el cielo al 
lodo terrenal en que me ahogo; tú, tú eres el 
único ser de todos los que he visto sobre la tierra 
á quien quisiera volver á hallar en el cielo, para 
que nuestras almas volviesen de cuando en cuan- 
do, entre los ra7os pálidos de la luna, á contem- 
plar la tierra que fué testigo da nuestro amor, 
como es testigo de tanto desengaño, de tanta 
virtud mentida, de tanto crimen 7 miserias 
reales! 

La luna escondió en este momento su faz de 
nácar entre los velos de una parda nube, 7 Da- 
niel inclinó su cabeza sobra el pecho, embríagtt- 
do en el éxtasis de su espírítu, 7 cerró sus ojos 
arrullado por las olas del XH>deroso Plata, soño- 
lientas 7 perezosas bajo el tranquilo é iluminado 
pabellón del cielo. 

José Mábmol. 

Poét» f Literato. 



LA IMPRENTA 

Arte que facilita prodigiosamente la emisión 
del pensamiento, multiplicando los ejemplares 
de una obra ó discurso á lo infinito 7 haciendo 
que lo que un hombre piensa en un extremo del 
mundo, lo sepan todos en cualquier punto del 
globo donde se hallen. Tal sucede con el Times, 
el decano de los periódicos ó diaríos, que sale de 
Londres, primer foco de publicación períodística, 
á todos los extremos del mundo, 7 lo que un 
inglés piensa, lo puede saber todo el mundo, 
donde quiera que uno se halle, con la velocidad 
con que se recorren en el dia las distancias. 

Hubo una época de infancia para el género 
humano, en la que, ni la esorítura era conocida. 
Entonces, en el tosco lenguaje que se balbucea- 
ba, se trasmitían los primeros preceptos doctri- 
nales en sentencias cortas 7 orales. 

Vino un genio, que inventó los geroglífioos, 
para dar idea de las cosas 7 fijar estas ideas en 



198 



AMÉRICA LITERAEIA 



las piedras y los árboles, con grande asombro 
de la generación á que perteneció. 

Mas tarde, se le antojó á otro demostrar cada 
sonido articulado por un signo arbitrario, y el 
género humano, muy ayanzado ya en civilización, 
comenzó á saber lo que significaba A, B, C, D, 
6 el abecedario de la lengua que hablaba. Consi- 
dere nuestro lector el esfuerzo que costaría fijar 
el sonido de esta sola palabra árbol, y cuánto 
esfuerzo para aprenderla. Decir un hombre á su 
querida yo te amo, alternando la palabra con los 
gestos, pues es regular que el primero que tuTO 
tan peregrina ocurrencia, se tocaría el pecho 
para decir yó, señalaría á su querida para hacerle 
entender que á ella se dirigía diciéndole ¡amo! 
con una fuerza desesperante; como el que lanza 
un grito que quiere que se lo entiendan perfecta- 
mente; como un ¡ay! que quiere decir, yo sufro 
mucho. 

Dados ya estos agigantados pasos en la oivüi- 
laoion del género humano, mucho antes que los 
pedantes vinieran á azotamos porque no apren- 
díamos lo que ellos no hubieran inventado; el 
hombre, que es animal de progreso, halló un 
método de escribir, mas no tan fácil como el que 
conocemos. Con wi punzón ó especie de agruja 
larga, escribia (aun en épocas modernas como la 
de la Grecia) sobre planchas de plomo, fáciles de 
marcar con la punta acerada del estilo^ que así 
se llamaba el punzón con que escribían los bár- 
baros griegos, que llamaban bárbaros á todos los 
demás pueblos, cuando ya los chinos se jactaban 
de su civilización, llamando bárbaros á todos los 
que no eran chinos, porque ellos tenían impren- 
ta, cuando los griegos que eran los bárbaros 
mas adelantados de su tiempo, estaban atenidos 
al pesado estilo. 

La demora en trasmitirse los conocimientos 
humanos, dimana de su aislamiento; y sin duda 
los que no quieren franquicias en este tiempo, 
piensan que con ellas todos van á saber lo que 
saben todos, y después no habrá que saber, y 
caeremos en la mayor calamidad que se haya 
conocido, que es la de no tener ya mas que 
aprender. 

Con el estilo pasaron los ingenios mas pere- 
grinos, que antes escribían sobre plomo puro, á 
escribir sobre planchas de metal ó de madera, 
cubiertas de una capa de cera. ( Esto lo hemos 
aprendido, no sabemos en qué historias). Y de 
estas planchas se pasó á escribir sobre pencas 6 



nopal, con ciertos tintes que se encontraron á 
propósito. Tal vez el primero fué el de la morí, 
ó el de la semilla de la salvia, que con solo refre- 
garla en los dedos los deja tintos. 

Hasta que se inventó el papel y la tinta, pila- 
ron siglos, porque el h<Hnbre es mas activo pin 
destruir que para inventar. La manus-oripoioik 
con tinta colmó las aspiraciones del g^énno 
humano, que creyó que ya no se podia ir mu 
adelante que dar, en una corteza de árlx^ ó per- 
gamino, que este fué el mayor lujo de su ^oca, 
un discurso escrito en caracteres que todos poditiL 
comprender, si sabían leer. 

Cuando el hombre llegó á este apogeo de n 
saber en materia de trasmitir el pensamiento, 
se hizo levantar estatuas, en las que apareéis 
con el rollo manuscrito en la mano, rollo qae 
indicaba que había pronunciado discursos que 
habían merecido el honor de ser fijados en qb 
pergamino, tan largo cuanto había sido su dis- 
curso. 

Hemos dicho que los chinos, para en entonces, 
ya sabían lo que era imprimir figuritas y eanc- 
teres de palabras completas, que es como escriben 
ellos, que no conocen el alfabeto que supieron 
imaginar los griegos, tan ricos de imaginación; 
pero ni la ilustrada Europa, ni la incóente Amé- 
rica, ni la tostada África, ni la ignota Ocesnít 
sabían nada de ese invento, porque los chinos 
han tenido por principio, muy sabio tal ves, j 
muy seguro de cierto, según algunos políticos 
nuestros, de no enseñar á nadie lo que saben, j 
de no adelantar en sus inventos para que duren 
como cosa celestial, de donde descienden ellos 
según su humilde creencia. 

Allá por el año de 1436, un tal Gmttenberg: 
de Mayenza, un pobre hombre del codo á la ma- 
no, tuvo la ocurrencia de venir á proponer á nn 
tal Juan Faust, platero, el establecimiento de nn 
taller de tipografía, en donde se imprimió la 
Biblia llamada de las cuarenta y dos lineas: dos 
columnas in folio que costaron seis años de tra- 
bajo el imprimirlas. 

Desde entonces, siendo como es tan fácil mol- 
tipUcar ejemplares, todo el mundo se ha meüdo 
á imprimir y todo el mundo imprime que impri- 
me, sin que haya ley ni rigor que ataje este gran 
mal, según unos, este gran bien, según otros. 

Al principio, los reyes y los príncipes euro- 
peos protegieron con entusiasmo esta inveneioft, 
y todos se apresuraron á tener en sas Estados nna 



SECCIÓN LITERARIA— REPÚBLICA argentina 



199 



imprenta ( ni mas ni menos qne como han hecho 
los jefes de nuestras nacionalidades americanas 
qne han protejido la invención de Gnttenberg 
hasta qne se han asustado con ella) mas luego» 
los que no habian sido capaces de inventarla, se 
pusieron á reglamentarla, j á dar látigo duro y 
parejo á todo el que imprimía, como nuestros 
pedantes ¿ todo el que se proponía aprender á 
leer. 

Desde entonces acá, ha habido millares de 
víctimas de esta dialxSlica invención, de la que 
tienen que servirse hasta los mismos que la abo- 
minan, porque tan malicioso es el Diablo, que 
hace que se escriba por la imprenta contra la 
imprenta misma, y que esta sirva como todas las 
demás cosas en manos de los hombres, para toda 
oíase de exigencias. 

Los que antes de la invención de la imprenta 
vinan de manuscribir las obras que nos habia 
dejado la docta antigüedad, se alarmaron con 
esta novedad y gritaron contra ella, como que 
les iba á quitar el pan de la boca; mas luego 
vieron lo contrario, porque fué tanta la demanda 
de manuscritos para imprimir, que largos años 
no se dieron abasto para suministrar á las pren- 
sas los manuscritos que ella devoraba, y para 
abreviar su trabajo usaban de abreviaturas que 
ezigian á veces un arte para descifrarlas; de 
esas abreviaturas pueden verse algunas muestras 
en los primeros libros impresos, y en los retablos 
de los conventos. De esas abreviaturas hé aquí 
algunas muestras — cácer, con una raya sobre la 
a, quería decir cáncer; una raya sobre la vocal 
anterior, suplía una n ó una m, el hóbre, es el 
hombre, eó, con, mql con una raya sobre la q, 
aquél, legua lengua, etc. Por estas pocas mues- 
tras se vé ouán difícil sería entender manuscritos 
abreviados sin tener la clave de las abreviaturas. 
Mas volvamos á la imprenta. 

La imprenta es, pues, el vehículo del pensa- 
miento humano, mas espeditivo, mas cómodo y 
mas barato hasta ahora conocido. Es muy pro- 
bable que con el tiempo sea considerada como un 
medio grosero de comunicación, así como el va- 
por, de locomoción : y que se hable de ella como 
hablamos antes del estilo, hk penca y el pergamino, 
y del vapor, como hablamos de las carretas tira- 
das por bueyes. Pero entre tanto, no tenemos 
cosa mejor y, una vez que otra, nos solemos 
mostrar agradecidos á su inventor, á quien mas 
de un Intendente de policía soplaria hoy en una 



cochera, por ser causa de que se sepa todo lo 
que él hace, 6 mas bien que se imprima para que 
lo sepan hasta los que ni han podido presenciar- 
lo de veinte leguas á la redonda. 

Por medio de la imprenta, el cañoncito de la 
pluma de un escritor alcanza mas que los caño- 
nes de grueso calibre, de que disponen los ma- 
yores potentados de la tierra, y el trueno de un 
escrito se repite de eco en eco por todo el mun- 
do, quedando guardado en las bibliotecas para 
tronar de nuevo cada vez que se ofrezca. 

Las producciones de la imprenta que llevan 
el carácter de libertad, son siempre perseguidas 
por los gobiernos reinantes en su época, y aca- 
tadas por los gobiernos que les suceden; los unos 
atacan las recien salidas, para que las acaten los 
que vengan después de ellos. De este modo vá 
la imprenta aumentando dia por día el catálogo 
de prohibiciones coetáneas y de tolerancia futu- 
ra; de este modo alumbra á los que van con ella 
al frente, y proyecta sombras á los que deja 
atrás; sirve sucesivamente, mas allá de lo que 
cada uno se piensa. 

La imprenta es el agente que reúne en fami- 
lia al género humano, para que cada uno cuente 
sus penas y sus gustos, sus descubrimientos y 
sus adelantos, sus esperanzas y sus delirios. 

Con la imprenta no hay temor de que se pier- 
dan los conocimientos humanos adquiridos, por- 
que en cincuenta días se reparte en todo el globo 
cada descubrimiento, y en todo el mundo ha 
hecho fácil la adquisición de estos conocimientos 

LA IMPRENTA. 

Los Chinos, que imprimen sus figuras, dibujos 
y letreros ( como los que vemos en los paquetes 
de té) desde tiempo inmemorial, miles de años 
há, no han inventado los caracteres movibles 
que nosotros tenemos para cada letra, á pesar de 
que el chino se escribe por palabras, y su inven- 
to ha quedado reducido, poco mas ó menos, á la 
impresión de los dibujos de las percalas, ú otros 
géneros pintados por los mismos procederes que 
se usan en la imprenta; que imprime no solo en 
papel, sino en pergamino y en géneros de hilo, 
algodón y seda. 

También tenemos planchas estereotipadas oomo 
los chinos, en las que se graban páginas comple- 
tas de libros que se imprimen por este método ; 
el cual si se abandona no será porque es mas cos- 
toso, sino porque en el día la tipografia está tan 
adelantada, que hace inútil tpdo otro proceder. 



200 



AMÉRICA LITERARIA 



La imprenta aplicada al diarismo, periodismo 
y panfletos, es el instructor mas eficaz del pueblo 
en todas sus clases; es un maestro cuotidiano que 
Tiene á dar lecciones á la casa de uno, por una 
módica pensión, j que enseña dia á dia cuanto 
liay que saber de todo el mundo, mezclando la 
erudición de jtodos los sabios modernos al saber 
de los antignos, y esta erudición y saber anexio- 
nándose á las observaciones del sembrador de 
coles, del herrero, del navegante, del que cria 
gallinas y del que observa los astros. 

El periodismo es el gran kaleidoscopio de la 
humanidad, en el cual pasa todo con rapidez» 
formando diversas figuras que se olvidan para 
fijar la vista en otras nuevas, modificadas por 
las antiguas, y estas repetidas con modificacio- 
nes modernas. 

Por conclusión diremos, que poner trabas al 
pensamiento, porque lo publica la prensa, es una 
majadería mayor que la de querer ponerle puer- 
tas al mar. ¿Quien me impide, á mí, habitante 
de Lima, enviar mis pensamientos á Londres, 
París, Bruselas y Nueva- York, para que allí me 
los impriman y se repartan por todo el mundo 
para que de allí vuelvan aquí, y de aquí vayan 
todavía á otras partes P Lo mas que habrán con- 
seguido los partidarios de las trabas, será retar- 
dar la idea para el país en donde ha nacido y dar 
á otro el honor de la primera publicación. 

La prensa entrabada con reglamentos, ó con 
las privadas prescripciones que algunos minis- 
tros suelen imponer á los impresores, como por 
via de consejo, sin atreverse á publicar sus mez- 
quinas exigencias, es como un buque anclado, 
un caballo amarrado, 6 un pájaro enjaulado; 
podrán moverse mucho, pero no andar, correr 
ni volar. 

El pensamiento es oomo el águila de Júpiter; 
habita las sublimes regiones del Olimpo. ¿Quién 
lo sujeta? 

La ley que se diotare sobre imprenta, no 5ebe- 
ria pasar de cuatro artículos, ya que, por nues- 
tras culpas, se hace preciso legislar sobre el 
pensar del hombre expresado por medio de tipos 
de plomo fundido. 1^ No hay delito político por 
la prensa. 2° La injuria ó la calumnia por la 
prensa produce la misma acción que la que se 
hace de palabra ó por carteles. 3^ El magistrado 
6 empleado de la nación está obligado á destruir 
por la prensa toda acusación ó cargo que por 
ella se le haga, salvo su derecho de perseguir 



ante el juez al que lo injurie ó calumnie, oomo 
cualquier otro particular. 4^ Todo impreio de 
responsabilidad debe llevar el nombre del antor, 
6 responder á la acción que produzca, el impre- 
sor que lo publique. 

Juan Espinosa. 

Coronel y Eacrltor. Antigno Mldado del VKnM* 
de loa Andee. 

Lima, 1855. 



MI BALCÓN 



(A"mi amioo Albistub) 

La bella y belicosa reina de Asiría tenia sun- 
tuosos jardines suspendidos, que cautivaban le 
admiración de cuantos alcazaron la dicha de 
visitados. Yo no tengo tal lujo, pero poseo algo 
que hace mi encanto y me procura una serie de 
emociones gratas yj variadas, que no cambiam 
fácilmente por otra cosa — Es mi balcón. 

Sí, pero, ¿qué clase de balcón es el mioP No 
es un balcón como todos los balcones, pues no 
solo es ancho, volado y corrido, sino que por nn 
costado no tiene vecinos que me intercepten la 
luz y el aire, i Ay mi amigo! ¿ Sabe Yd. lo que 
es un balcón corrido, dónde puede uno pasearse 
libremente como en el aire, dejando á sus pies i 
los modesto habitantes de la tierra que van y 
vienen por la estrecha acera como simples mor- 
tales? ¿Lnagina usted lo que vale en las tardes 
opresivas de nuestro clima, que aunque oficial- 
mente declarado templado por los geógrafos, 
nada de moderado tiene, poder aspirar á sos 
anchas la escasa brisa que oon harta parsimonia 
nos envían ustedes, oh! tres veces afortunados 
habitantes de esa fértilísima costa oriental? Po- 
bre brisa que el mar tonifica con sus emanaciones 
salinas y que á nosotros nos llegtt desvirtuada, 
tibia; cansada sin duda, por lo largo de la rata 
que recorre. Este nuestro rio es un tanto vam* 
piro me lo temo. ¿Quién conoce los secretos, 
los misterios, las luchas de esos dos elementos» 
que así quiero llamar, por mas que la denota 
nos tengfa demostrado lo contrario? Aquí me 
asalta el recuerdo de Byron, ensalzando la men- 
tira; pretende el vate inglés «que la mentira es 
necesaria M; desafía á los historiadoros, á los 
héroes, á los abogpados y á los sacerdotes, á esta- 
blecer un hecho, sin un ligero tinte de mentira; 



SECCIÓN LITERARIA— REPÚBLICA aegbntina 



201 



agregando, qae ''sin ella, ¿qné seria de los anales, 
de la Mstoria y de la poesía?^. Esto me ocnrre á 
propósito del agna especialmente, destinada por 
mnclio tiempo aún á ser elemento para los poetas. 

Pero qué lejos estoy de mi balcón! No es 
extraño; ese balcón encantado tiene el poder de 
hacer volar mi fantasía en todas direcciones, así 
que en él penetro. Elevada, muy «levada sobre 
el nivel del suelo, tocando casi las nubes, y digo 
casi solo por modestia, pues á mí se me figura 
que alcanzo á tocarlas ó que ellas me tocan mas 
de una ves. 

Algunas tardes me siento como envuelta en 
mágica nube sonrosada, que blandamente me 
arrebata y conduce á regiones ignotas, á esferas 
superiores. 

¡Cuan bello es el espectáculo que ven mis ojos! 
Por un lado, el Norte teñido en púrpura dorada 
como polvo sutU, vá sin cesar arrastrando bácia 
occidente vapores y nubes vaporosas de colo- 
res brillantes y nacarados, en las cuales el ojo 
bumano vé á cada instante imágenes capricho- 
sas, fugitivas, que duran tan solo lo que dura 
un deseo en la temprana edad. Mientras que el 
aiul trasparente de záfiro del cielo, vá volviéndose 
aún mas límpido y celeste; en la parte del na- 
ciente, dónde no queda ni una nubécula. 

Otras veces la bóveda azulada semeja una pra- 
dera chinesca de oscuro lápizlázuli, donde pacen 
numerosos, inquietos rábanos de albo vellón, que 
azuzados por el viento se atrepellan y confunden 
en peñuzoo hasta trasformarse en colosal pilón 
de azúcar cande de portentosas dimensiones. 

En otras ocasiones cambia la decoración; á mi 
derecha, opacos, pesados nubarrones cenicientos, 
manchan la limpieza de ese cielo, dónde, como en 
ningún otro, la trasparencia opalina hace soñar 
con grupos de impalpables serafines, de ángeles 
sonrosados como los pinta Albano; la bóveda 
parece entonces mas baja, tan baja qtte se siente 
opresión. Cruza de repente una línea tortuosa, 
retumba el trueno lejano, la oscuridad llega 
como si se corriera un cortinado y ya el relám- 
pago fugaz que troncha la espesa nube cargada 
de agua, ilumina como por encanto el horizonte. 
En esos momentos no cediera yo mi balcón ni 
por la tan codiciada siaUe de balcón de una 
premiare aux Franjáis. 

La brisa, esta vez de la Pampa, llega presuro- 
sa, inquieta, voluble, impeliendo multitud de 
vaporosas nubes tan bajas, que parecen descan- 



sar sobre los techos de las casas. Mis plantas se 
estremecen, no de pavor, sino de dulce esperan- 
za; presienten lluvia cariñosa que vá á acariciar 
sus hojas resecas, fatigpadas por las mordeduras 
acres del sol y se preparan amorosas. 

¡Pero si aun no he hablado de mis plantas! las 
he olvidado. Esto me pasa siempre que empiezo 
por mirar al cielo. Poder de lo que eleva, eres 
irresistible ! 

Lo confieso, suelo, aunque rara vez, olvidar mis 
plantas, esas bellas moradoras de mi balcón que 
me reciben mañana y tarde con grata sonrisa en 
forma de flores. Ay, mi amigo! qué sonrisa tan 
bella es esa! No hay mujer, salvo la amada, que 
sepa sonreír así. 

Tengo un jazmín diamela tan dadivoso, tan 
risueño, que me dá infaliblemente las buenastar- 
des, saludándome elocuente con un sin número 
de estrellas blancas como leche y olorosas como 
solo puede serlo esa flor de perfume sin igual. 

No hay medio de describir mi contento cuando 
voy tomando sin desgarrar la planta, las atercio- 
peladas flores que se desprenden fáciles, amorosas 
una á una y vienen luego á embalsamar cuanto 
tocan con una persistencia y una intensidad úni- 
cas. Todo aquello que se acerca á un jazmín 
diamela queda siempre perfumado. Es humillan- 
to para nuestra humanidad, voluble y olvidadiza, 
el poder de concentración persistente de flor tan 
pequeñita y frágil. 

Pero en mi balcón, en mi edén perfumado no 
hay solamente jazmines diamela: hay claveles, 
sobre todo uno de viso tan ruboroso y delicado 
cuanto puede serlo la mejilla de púdica virgen 
al escuchar amante declaración deseada. El cla- 
vel es planta noble, como dice mi madre, tan 
entendida en la materia y que sabe como nadie 
todos los secretos íntimos de sus favoritas. Sin 
embargo, aquí en el Plata el clavel no es flor de 
moda. Ignoro la razón; porque el botánico puede 
con esa especie alcanzar infinitas variedades do- 
blando y triplicando las familias. 

Nunca olvidaré i garofani ( claveles) de la villa 
real di CcLsteUo, cerca de Florencia; era aquel 
conjunto una verdadera sinfonía de colores y de 
olores, capaz de hacer soñar con el paraíso de 
Mahoma al mas empecinado y adusto Giaour. 

Yo ne tengo ni esa variedad ni tal profusión; 
plantados en humildes macetas de barro, mis 
claveles apenas llegan á tres; pero aseguro que 
son lindísimos, tan olorosos cuanto los de la real 



W 



202 



AMÉRICA LITERARIA 



TÜla y que me encantan con sos colores y bu 
esquisito perfume. 

Yo no sé por qué Vdes., los soberbios dueños 
de todo lo creado, imagen viva de lo divino, 
como modestamente se clasifican, hacen tanto 
alarde de hallar tan ''sabrosa la fruta hurtada en 
el cercado ageno ** ; yo declaro que las flores de 
mi estrecho jardin, me parecen mas ricas y olo- 
rosas que otras, porque son mias y las conozco 
y las deseo, desde el retoño; yicndolas, adivi- 
nándolas, admirándolas no bien apunta en ellos 
el botón revelador. ¿ Si será la codicia pecado 
especialmente masculino P Bien puede ser. Cómo 
no creerlo, cuando yo proclamo sin rebozo, oreo, 
estoy segura que mi cedrón, mi malva de olor, mi 
diamelita enana ya florida, mi rosal malmaison 
y mis gardenias son mas olorosos, mas frescos* 
mas flores que otras que recibo en lujoso bouquet 
de forma caprichosa en los dias de festividad, y 
solo despiertan en mí una admiración relativa 
muy mezclada de agradecimiento, mientras que 
mis propias flores, las compañeras de mi balcón 
que riego con tesón, que acaricio sin cesar con 
la mirada, cuyas emociones creo conocer, des- 
piertan en mi corazón sentimientos íntimos, 
profundos, que nunca me hizo sentir un elabo- 
rado ramillete de flores desconocidas. 

Pero no solo las plantas ocupan mi pensa- 
miento durante las horas en que tomo el fresco 
en mi balcón. Tengo un amigo, un vecino, un 
adorador - mejor es llamarlo por su nombre — 
que aunque humilde y modesto, ha sabido llamar 
mi atención ya que no cautivar mi corazón. Vive 
este amigo cerca de mí; y todas las tardes mien- 
tras yo sueño con las nubes, admiro mis plantas 
y recojo mi cosecha florida, él viene á deleitar 
sus miradas, contemplándome de lejos, á fuer 
de discreto amador. Es éste un gatito negro de 
reluciente pelaje y algo perezosillo, que habita la 
azotea de una oasa baja, lindera con mi balcón. 

Mi gatito, lo llamo mió por esa tendencia que 
tenemos á apropiamos todo aquello que nos ama, 
se coloca cerca del ángulo del balcón, donde un 
gran jazmin del cabo intercepta ligeramente con 
sus ramas cubiertas de lustroso follaje la vista 
de la azotea; y por entre las hojas me mira, me 
espía, con ojos fijos y chispeantes, inclinando de 
un lado y otro su oabecita diminuta como si 
meditase ocultos pensamientos. Otras veces se 
agazapa mañoso tras el tubo de una chimenea, 
confundiéndose con la oscura mole, como para 



poder observarme á su gusto y seguir ávido mis 
movimientos, cuando de pié me apoyo sobre b 
baranda del balcón; pero sus ojos lo descubren 
siempre: son tan relucientes como topacios! 8í 
lo miro y hago algún movimiento, inclini de 
nuevo la cabecita, guiña sus ojitos relumbroaw 
y á veces el taimado saca la lengüita, leTsnti 
una patita y hace ademan de atusarse los bigote 
con una coqueteria casi humana. Le confieso i 
usted, que solo después de muchas tardes he con- 
seguido familiarizarme con el homenaje mndo j 
persistente del gatito negro; la primera vei que 
lo vi, cometí la* simpleza de asustarme y snn de 
sustraerme á sus miradas. Pobre gatito! que 
como el héroe del Tasso quizá u Brama asm, 
poco spera e nulla chiede. u 

Pero yo no tengo la culpa de que el cristia- 
nismo, ignoro por qué, haya simbolizado el ttfi- 
ritu del mal en un gato; y usted y yo y todos 
los niños hemos creido que un grato negro era d 
diablo ; y con las ideas contraidas en la infancia 
difícil es luchar! 

Mahoma, como todos los orientales, tenia por 
los gatos gran simpatía; una vez llegó el Profeta 
hasta cortar benévolamente la manga de su traje 
para no incomodar á su gato, que dormia tran- 
quilamente sobre una de ellos. 

Pero me dirán, Mahoma era un hereje, un 
diablo él mismo; y nada tiene de particular sv 
amor á los gatos. Sin embargo, el gran Carde- 
nal de Richelieu, encumbrado dignatario de la 
iglesia, que no podia vivir sin sus gatos, no me 
parece sospechoso, y bien puede hacer dudar del 
parentesco ú origen gatuno de Luzbel ó Satanás. 

Yo, por mi parte, estoy interesada en dilucidar 
este punto, que no me atrevo á llamar teológico y 
y que bien puede no serlo; pues ha de saber n^ted, 
mi amigo, que el gatito negro no es la única 
simpatía gatuna que he tenido la fortuna 6 la 
desdicha^de inspirar en mi vida. 

Antes de mi viaje á Europa, una amiga mia te- 
nia una gatita blanca, que no bien me veia entrar 
se sentaba frente á mí á oírme conversar, segon 
pretendía el chistoso marido de mi amiga. Qne 
fuera á conversar ó á otra cosa, lo cierto es qne 
la gatita no me perdía de vista, inclinando la 
oabecita á un lado y otro con cómica gravedad^ 
siguiendo atenta todos mis movimientos j gui- 
ñando el ojo, como lo estilan los pintores de 
retratos para posesionarse bien de su modelo. 
En Europa, todos los gatos de mis amigas pare- 



SECCIÓN LITEBAMA— EBptÍBLiCA aeobntina 



203 



oian, smo quererme tanto cuanto la gpatita blan- 
ca de antes y el gatito negro de ahora, por lo 
menos notar mi presencia y tratar siempre de 
acercárseme. Alguien me snjeria esta idea: //son 
loe perfumes que usted usa u y otro: ''es lo mu- 
cho que para hablar usted g-esticula. ^ (íQué dice 
usted, mi amigo, de estas dos interpretaciones? 
A mí no me satisfacen. 

Desgraciadamente esas inofensivas simpatías 
no hallan en mi gran eco y he ahí que mis con- 
jeturas fisiológicas se intrincan y enmarañan. 
¿Creerá Yd. que no puedo tocar un gato sin mie- 
do, que les buyo y solo de lejos puedo sufrirlos? 
Poder de la antítesis! Me han creado con el eter- 
no refrán: «el perro es fiel y el gato es traidor'' 
j por mas que mi razón y mi reconocimiento me 
digan lo contrario, huyo del gato y de seguro 
desdeño á quien bien me quiere. , 

¡Cuantas veces el gatito negro me hace tem- 
blar! Cuándo la luz del crepúsculo comienza á 
escasear, que las estrellas brillan en el cielo, 
qne mis plantas humedecidas por el roció bené- 
fico enderezan sus ramas dolientes, fatigadas por 
el calor del dia, cuando sopla la brisa amiga, y 
cesa el estrepitoso rodar de los carros, dando 
libre paso al fantástico tram-via de alegres casca- 
beles, que cruza como luminosa visión dejando 
entrever sombreritos coquetos, perfiles severos, 
Tistosos trajes, espaldas anchas y blusas arruga- 
das, en tanto resuena el nervioso metálico timbre 
que me recuerda infaliblemente á Nueva Tork, á 
la vez que el agrio son de la cometa del conduc. 
tor me trae á la memoria bosques sombríos y ági- 
les ciervos, memorias de Fontaineblau; calla á esa 
hora el tiple agudo del Fosforero y ya no se oye 
el incesante grito infantil : La Libertad, diario 
de la tarde 6 ¡El Nacional! El Nacional, que 
siempre me parece ser el Evening Star, de Was- 
hingrton. 

En ese momento de calma, de tregua por de- 
cirlo así, con la naturaleza severa y con la acti- 
vidad febril del hombre civilizado, dos ojitos 
íosforecentes como chispas eléctricas, me hacen 
hnir aterrada de mi balcón y cerrar sin piedad 
mi ventana con juvenil espanto, interceptando 
muy á mi pesar el paso libre al aire tan deseado 
y al perfume de mis flores, todo por miedo al 
pobre é inofensivo gatito negro. Es ridículo y 
es ingrato! Pero la humana grey es ingrata, es 
Tidada y mal puedo yo sustraerme á sus mafias. 

Yo lé, sin embargo, que los gatos aman y 



saben ser constantes; yo sé que esos rivales in- 
conscientes del perro, emblema de fidelidad, no 
solo se apegan á los lugares donde viven sino 
que saben distinguir y preferir unas personas á 
otras. Mi padre tenia tres gtitos que queria mu- 
cho y cuidaba con suma dedicación; en la noche 
terrible en que el anciano amado de mi corazón 
dejó de existir, aquellos animalitos, fieles cuanto 
podia serlo un perro, echados sobre el ataúd del 
amo se lamentaban con ahullidos lúgubres, ara- 
ñando desesperados la cubierta del féretro, que 
encerraba para siempre la mano cariñosa que 
los habia alimentado y protegido por años. Uno 
de ellos desapareció al siguiente dia y solo Dios 
sabe á dónde fué el pobre gato á llorar á su dueño. 
Yo no puedo tenerle miedo al gatito neg^o; y 
en adelante me propongo, no solo no huirle, sino 
atraerle y hasta hacerle la caridad de un boca- 
dito; quizá el pobre gtitito tiene hambre y con 
su silenciosa y fija mirada implora mi caridad. 
Bien puede ser. 

Adolfo Alsina tenia un gato al cual habia 
salvado la vida; ese animal, no solo era el com- 
pañero fiel de su amo, sino que, según éste, era 
su Providencia. Alsina recogió caritativo una 
noche al g&iiio blanco que, herido, angustiado, 
se quejaba doliente; y por prestar auxilio al 
animalito, cambió su itinerior el bravo generoso 
patriota, evitando as el puñal de un asesino. 

En otra ocasión el mimosillo, pues el brillante 
ministro habia cobrado gran cariño al favorito, 
llegó con sus halagos y sus monadas á impedir 
que una orden telegráfica fuera trasmitida al 
parecer á tiempo; y sin embargo, aquella demora 
dio por resultado una gran victoria. 

Mas tarde la providencia, la verdadera, esa 
que para sus grandes fines se sirve á veces de 
medios tan ínfimos cuanto recónditos, hizo morir 
al gato blanco por la bala destinada á aquel amo 
poderoso y encumbrado, que tan cariñosamente 
se prestaba siempre á los caprichos del humilde 
gato blanco. Misterios! Siempre misterios, que, 
como dice Hamlet, //hay en el oielo y en la tier- 
ra mas cosas que aquellas soñadas por nuestra 
filosofía//. 



Eduabda M. de Gabgía. 

Etorltom. 



Buenos Aires, 1881. 



204 



AMÉRICA LITERARIA 



CARTAS PORTENAS 

Ni recibo la Revista Literaria con la regula- 
ridad de loa primeros tiempos, ni mi correspon- 
dencia es tan animada y frecuente. 

Cosas del mundo! como diria un poeta filósofo, 
todo lo que empieza acaba; la Revista se ba becbo 
pereaosa y yo, sin padecer de esa enfermedad, 
bace mucbo tiempo que no trabajo mucbo para 
ella, porque mis ojos se dirigen involuntaria- 
mente al ocaso, para el que voy caminando. 

El corazón de la mujer en esta época de la 
yida, está por asi decir, sombreado por una nube 
que avanza rápidamente sobre el cielo de su vi- 
da: algunos dias mas y la luz se apagará para 
siempre! 

Es tiempo de pensar; vuélvense los ojos del 
pensamiento á aquella suave mañana de prima- 
vera en que los padres cariñosos vinieron á des- 
pertar nuestro sueño con un casto beso de aquel 
amor inmortal que viene del cielo y para él re- 
monta con el espíritu de los que nos dieron el 
Bür • • « 

¡Hoy cumples 15 años! dice la madre. 

¡Cuántos regalos ese dia! 

¡Cuántas flores! 

¡Cuántas promesas! 

Mucbas veces un suntuoso baile nos abre las 
puertas del mundo... ese dia es la fecba del rei- 
nado pasajero de la juventud! 

Nada mas interesante que esa niña á cuyo 
afecto aspiran todos, con la que todos quieren 
bailar, que no oye sino elogios, palabras de bene- 
volencia, á veces insípidos cumplimientos, decla- 
raciones amorosas en escabecbe... 

¡Cuántos bálagos! ¿á quien darla preferencia 
entre esa turba de adoradores ? . . . 

A medida que los años pasan, la multitud de 
adoradores se bace mas compacta ó se disipa: si 
ese corazón inesperto se ha contaminado al alien- 
to corruptor del mundo, el lirio inmaculado se 
metamorfoséa en camelia; queda la hermosura 
de las formas, pero el suave aroma de la inocen- 
cia se evapora. 

¡Es tan agradable oirse decir bella! 

Poco á poco, la niña dispensa una mirada á 
éste, una sonrisa á aquel; su mano se posa como 
por descuido en el brazo de N. y F., oprime lige- 
ramente la punta de una blanca mano, suave 
como el raso y rosada como un primer albor del 



dia; los hábitos de la coqueta se adquieren ino. 
centemente; la mujer que se siente mimada y 
querida, goza con el sufrimiento que ocasiona... 

Otras veces, un corazón puro se aisla en la 
sociedad, no puede vencer su timidez, pero sos- 
pira con frecuencia, ¿por qué? 

¡Si ella lo supiese siquiera! 

Hay almas de mujer que no traen á la ?ida 
sino una sola aspiración: amar y ser amadas 
exclusivamente, con ese egoísmo subUme de los 
corazones inmensos; ese tipo no lo comprende el 
mundo; llámanle las mujeres, pava^ y los hom* 
bres, mojigata, ó zonza, 6 fría, ó beldad de palo: 
cualquier apodo que manifieste su antipatía. 

Creo que á los hombres les agrada mas li 
mujer que los engrana y los hace sufrir, que la 
que los ama con toda su alma. 

Conquistas fáciles y aspiraciones sublimes d 
tiempo las nivela y las reduce á recuerdo... nada 
mas resta de los triunfos pasajeros de la Tani- 
dad, como de aquel primer inocente amor igno* 
rado que inició el corazón al dolor! 

En el espacio recorrido, deslizan los recuer- 
dos de otros dias, amistades traicionadas, amores 
contrariados ó mal correspondidos; bien podiia 
forjarse una cadena de mentiras desde los pri- 
meros pasos de la vida, hasta el último amor del 
que no se cura. 

Decíame una vez una persona sentimentalista: 

^Cuando Dios creó las almas, hizo algonas 
gemelas; algunas veces se unen sobre la tierra, 
y otras en el cielo, u 

Échese una, pues, á buscar el alma gemela de 
la suya en este mundo tan vasto y tan lleno de 
tolondrones! 

Cuando la mujer ha llegado al término de la 
jomada, de la vida del corazón, teniendo que re- 
nunciar á todos los sueños mas caros, como á las 
esperanzas mas legítimas; cuando la g^ran luí de 
la razón le enseña que ha pasado su tiempo cor- 
riendo en pos de una y otra quimera, suele venir 
el desden y el desconsuelo, si el corazón es débil, 
y si es fuerte á lo menos se apodera de él una 
incurable melancolía y la idea se vuelve á la 
eternidad con mas frecuencia que á la tienat 
envuelto en su alrededor con las sombras opacas 
de la indiferencia y del desamor sin retomo. 

Acabo de leer lo escrito, y Dios me perdone 
si no es romanticismo puro cuanto he dicho: las 
niñas que se entretienen en leer la Revista tal 
vez me censuren, pero no, hay tanta afinidad en 



SECClOíí LITÉRAAIÁ— REPÚBLICA AEGENTINÁ 



205 



la TÍda íntima cIa todas las mujeres, que unas 
porque empiezan j otras porque ya terminaron, 
han de simpatizar con esta carta. 

Tenia yo una conocida fuera de Buenos Aires 
que solia invitarme á que nos sentásemos ^á la 
Tentana del mundos/; según ella la sociedad se 
dÍTidia en actores y espectadores. 

Hasta cierto punto no deja de ser admisible 
su teoría, pero ¿quién puede decirse 6 encon- 
trarse tan solo en el mundo que su corazón no 
sufra directa 6 indirectamente en las peripecias 
de la vida? 

Madre, en su corazón repercuten las alegrías 
y los dolores de sus hijos; solterona, ¿qné sabe 
nadie los misterios íntimos de su existencia? 

Muchas veces esas existencias desgraciadas se 
dedican al amor de un padre anciano, de un 
hermano, de una sobrina; algún lazo indirecto 
las une á los actores del drama y las convierte 
en accesorio doliente. 

El golpe de vista que se presenta desde la 
ventana del mundo, no deja de ser divertido; 
empezando por los personajes políticos y termi- 
nando por los pollos que estozan sus primeros 
episodios amorosos. 

Las pretensiones de unos, las ambiciones de 
otros, el mal disimulado despecho de los bolsea- 
dos en el juego; el corredor que pasa pensando 
en las altas y bajas de la Bolsa; el dandy que 
camina como si un espejo invisible lo precediera; 
el literato que quisiera llevar un letrero en la 
frente y otro en las espaldas para que todos 
supiesen que borronea papel; el médico repanti- 
gado en su coche pensando en todo menos en sus 
enfermos; el almacenero combinando un nuevo 
brevaje que bautizará con el nombre de Yalde- 
práas; el rematador componiendo el programa 
de su remate en que venderá gato por liebre, la 
pretensiosa muchacha que habla á gritos por la 
calle con la mal engestada manía para llamar la 
atención; el empleado contando los dias que 
&ltan para acabarse el mes y lo separan de su 
sueldo; el fraile sumando por los dedos las misas 
que ha dicho en la semana mediante el consabido 
conquibus; los que pregonan el premio gordo 
de la lotería y venden la suerte á los zonzos 
que caen en el garlito; tantos intereses diver- 
Bos codeándose 6 encontrados, son realmente di- 
Tertidos. 

Muchas reces en un salón, un nombre pro- 
nimoiado por casualidad causa dos efectos con- 



traríos: hace enrojecer hasta el blanco de los 
ojos á una niña, y empalidecer hasta la cera á 
una matrona. 

Son dramas desconocidos. 

Acaso el dueño del nombre pronunciado no es 
mas que un Tenorio encubierto de los que se 
divierten en punzar cruelmente el corazón de 
dos ó tres mujeres á la vez! 

Marídos celosos, mujeres coquetas; vice- versa, 
marídos calaveras, mujeres celosas, novios de 
espuma que la mas ligera brísa disipa, román- 
ticas que se divierten en poner en lista sus ado- 
radores, mentidos amoríos, y dramas reales y 
dolorosos que os agitáis en los dominios del mis- 
terío, sin poseer el lente de Edgar, ¡cuántas 
veces se leen vuestras páginas mas íntimas á la 
luz de la esperíencia ! . . . 

Juana Manso. 

Baoiitoxm. 



LA CIUDAD DE LOS CONTRASTES 



En un oasis asentado entre las arenas del mar 
y las prímeras rocas de los Andes, estiéndese la 
opulenta metrópoli. 

Capital de la mas ríca de las repúblicas sud- 
americanas, cuenta á granel los millones que 
afluyen á su tesoro; por centenas los palacios 
de mármol que se alzan en su recinto; pero se 
rehusa una casa para sus recepciones oficiales; 
un teatro donde recibir á los grandes artistas 
que, atraidos por su esplendor, vienen á visi- 
tarla. 

En el flanco septentríonal de una bella plaza 
adornada con fuentes, estatuas y jardines, leván- 
tase apenas del suelo un ruinoso, sucio y grotes- 
co ediflcio coronado de una baranda de madera 
carcomida, y circuido de tiendas atestadas de 
telas vistosas y abirragadas, y de una profusión 
de objetos heterogéneos. Diríase un bazar de 
Oríente. 

Llámanlo — Palacio de Qobiemo. 

Sus huéspedes, curándose poco de esa transi- 
toría morada, conténtanse con aforrarla inte- 
ríormente de seda, oro y mármol para su propio 
confort, dejando á sus sucesores el cuidado de la 
parte monumental. 

Cinco cuadras de allí distante, un engañoso 



266 



AMÉRICA LITEBABIA 



frontispicio dá entrada á una especie de caserón 
vetusto, informe, exteriormente cuarteado en 
todos sentidos, j con las mas pronunciadas apa- 
riencias de un granero: 

Es el teatro ! 

Y, sin embargo, con la milésima parte del oro 
y las pedrerías que, en su espléndido entusiasmo, 
lia derramado Lima en ese escenario sobre sus 
artistas f ayoritos, habría podido construir el mas 
hermoso teatro del mundo. 

T, sin embargo, aun, en las noches de estreno^ 
cuando las encantadoras hijas del Bimac llenan 
las tres líneas de palcos; que el gas resplandece, 
7 los abanicos se agitan, y las miradas se cruzan, 
un prestigio estraño, casi divino, trasforma el 
derruido edificio; y ningún joven lo cambiaría 
entonces por el mas suntuoso teatro de París; 
por el mas arístocrdtico de Londres. 

Pero esta misma ciudad, desdeñando indolente 
la creación de esos monumentos que con el tem- 
plo, son la base materíal de la vida social, con- 
sagra á la exposición de su industría un bellísimo 
palacio; hospeda á sus sentenciados en alcázares 
de granito, y sepulta á sus muertos en basílicas 
de mármol. 

En la linda plaza de Colon elévanse ambos: 
palacio y alcázar. 

El uno gracioso, elegante, adornado con todos 
los órdenes de arquitectura; cercado de jardines 
donde crecen los mas sombrosos árboles; donde 
se abren las mas hermosas flores; cantan las mas 
canoras aves ; donde rugen las mas terríbles|fie« 
ras. 

El otro, sombrío, pero magnífico, agrupando 
sus bronceadas piedras en muros y bóvedas de 
severo é imponente aspecto. 

Tras de esos muros, bajo esas bóvedas, en vez 
del fatídico ruido de cadenas, escúchase el ale- 
gre golpear de instrumentos industríales; y en 
el silencio de la noche, las notas melodiosas de 



Yerdi y de Bellini se exhalan de ese recinto, 
llevando al alma de los desventurados que sllí 
moran recuerdos y esperanzas. 

Es la Penitenciaría. 

Si en pos de grandezas se toma la mindft 
hacia el nordeste, descúbrese mas allá de la por- 
tada de Maravillas una ciudad de mármol, blan- 
ca como un cisne y medio oculta entre la frond» 
inmóvil de los cipreses. En su esténse recinto 
se alzan en profuso desorden, cúpulas, pilastrts, 
columnas cuyo elegante corte se dibuja en el 
azul del cielo. Creeríasela una fantástica apari- 
ción entrevista allá en el fondo de un ensueño* 

Pero al aproximarse, al abarcar con una ojea- 
da el suntuoso conjunto, detalles de un primor 
esquisito revelan el nombre de ese inmenso haei- 
namiento de artísticas ríquezas: 

Es el Cementerío. 

Sin embargo, trabajo cuesta al pensamien- 
to asimilar á la idea de la muerte un Ingir 
donde por todas partes respira la vida en sa 
mas ardiente espresion. Amor, dolor, resigni- 
don, plegaria: todos los sentimientos sublimes 
del alma palpitan bajo la blanca inmovilidad de 
esas estatuas que de entre el embalsamado follaje 
de los rosales se alzan, esparciendo en tomo á 
los helados restos que guardan esa vida inmortal 
trasmitida al mármol por el fuego sagrado del 
genio. 

En fin, si dejando la mansión de los muer- 
tos, el viajero penetra en la ciudad, encuéntrala 
habitada por un pueblo compuesto de las tres 
razas primitivas en tan iguales proporciones, 
que completando el contraste, harían vacilar en- 
tre Congo y Pekin, si el sello de belleza incom- 
parable que este clima afortunado imprime en la 
raza caucásica no le forzara á exclamar: 

— Lima! 

Juana Manuela Gobriti. 

Esoritora. 



REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 



LA ULTIMA JORNADA 



(pXoina de historia ambbicana) 

Cuando se recorre con la mente los mudos 
campos de pasadas lides, bnscando el secreto de 
nuestra grandeza, recnérdase á Ayacucho, la 
última batalla de la América, j nna de las mas 
laminosas páginas de la epopeya. Ayacucho, en 
efecto, faé la jomada de los pueblos. Después 
de quince años de rudo lidiar, la España jugó, 
por fin, en una meseta solitaria, la suerte del 
continente : quiso que sus guerreros mas valero- 
sos, de pié sobre el terreno devastado, con una 
mano sobre la empuñadura de la espada, y con 
la otra señalando las ruinas que hiciera una 
lluvia de fuego, intentaran el postrer esfuerzo 
antes de arrollar para siempre la bandera, que 
un dia hizo ondear Pizarro sobre los palacios 
del Cuzco ^K 

Pero América se erguia briosa é irascible, 
llamando á todos sus hijos á grito herido: que 
era aquella la cita de honor de los valientes, y 
el ultimo canto de la epopeya. 

En Ayacucho, bajo el sol de una mañana de 
primavera de 1824, se iba á librar la acción. 

¿ Fué ella acaso preparada por Bolívar, cabeza 
fecunda, estimulada por un corazón de fuego; 6 
por San Martin, cerebro frió, pensador sólido, 
previsión segura, regla matemática, corazón 
sometido á la disciplina? 

¿Fué ella el efecto natural del movimiento 
de Colombia, personificado en el vencedor de 
Junin, en cuyo cerebro se equilibraban los entu- 

(1) El Oeneml San Martin poseía este estandarte, qne 
reputaba como sn mejor trofeo de gloria, según se desprende 
de so proclama á loe pemanos} Set. 20 de 1822. Mem. del Oe- 
Beal Millar, pág. 871. 



siasmos del triunfo del presente, con las ambicio- 
nes personales para la organización institucional 
del futuro; 6 el resultado lógico de la iniciativa 
de Mayo encamada en el vencedor de Maypú, 
austero capitán consagrado á la victoria, sin 
otros planes que la emancipación de las colonias? 
La historia lo revelará algún dia, cuando el 
criterio filosófico, prodacido un análisis minu- 
cioso de los hechos, pueda asentarse sobre sólidas 
bases. 

Al fin de aquella jornada no podría decirse de 
valerosos pueblos, lo que escríbia sobre la tumba 
de otras generaciones una pluma severa, para 
los transeúntes del porvenir: //Vosotros los que 
mas tarde atravesareis este desierto, pasad de 
largo: en otro tiempo existió aquí una nación 
valiente y poderosa, que pudiendo ser libre, se 
entregó voluntariamente á un tirano: no os 
toméis la pena de inclinaros para leer su epita- 
fio. Un pueblo que ha querido morir en la 
servidumbre, no es digno de que se busque su 
nombre bajo la yerba'/. 

En efecto; apenas*Bolívar, 'sediento de gloria 
é impregnado aun con el humo de la pólvora de 
Junin, volvia las bridas de su corcel de batalla 
hacia los llanos de Colombia, — cuando Sucre, en 
la noble emulación del americanismo, descendía 
con su ejército al encuentro del Yirey y amane- 
cía en la meseta de Ayacucho, sable en mano, 
enfrente de los famosos capitanes del viejo mundo. 

Aceptado el reto, el ejército español se apro- 
ximó á paso de victoria: sus músicas militares 
hacian resonar marchas triunfales, y á la sombra 
de las banderas de Bailen avanzaban orgullosos 
sus aguerridos batallones. — Silencioso, pero 
resuelto Sucre, aguardaba el choque, sin duda 
respirando los alientos d^l ^Uina inmensa de 1h 
América, 



208 



AMÉRICA LITERARIA 



El bizarro General Córdova, su compañero de 
combate, echa pié á tierra, y en presencia de sus 
soldados, cuya fibra desea retemplar delante de 
nn enemigo nomeroso y aguerrido, dá muerte á 
su caballo de batalla, confiándolo todo al empuje 
de su brazo y al beroismo de su tropa. 

La contienda empezó. 

Por un flanco el coronel Yaldés, arengando 
sus tropas, cargó con decisión é intrepidez la 
izquierda de Sucre, arrollando las infanterías 
del Perú é introduciendo el desorden en la reser- 
va americana. 

La acción se iniciaba bajo terribles auspicios. 

Pero bien pronto llegaron á aquel flanco los 
lúgubres rumores de la derrota, como el viento 
abrasador que de improviso se levanta en las 
movedizas arenas del desierto, para agobiar las 
fuerzas y quebrantar los brios, envolviéndolo 
todo en una atmósfera de desolación y de muerte. 

Los batallones realistas acababan de ser bati- 
dos y deshechos en el llano por la división de 
Córdova: entre los cadáveres tendidos en la fu- 
nesta llanura se encontraba el de Rubin de Céiis, 
sobre el cual atravesaban á paso de carga las in- 
fanterías de Sucre, entonando himnos de gloria. 

El General Monet volvió por el honor de los 
vencidos, — y con notable bravura se arrojó sobre 
Córdova, tentando salvar un barranco profundo. 
A la orilla de aquel barranco, arrastrados por el 
furor de la cargpa, pero alineados, unidos, formi- 
dables, los batallones enemigos fueron aniqui- 
lados. 

El mariscal Lasema, en concepto de los mis- 
mos historiadores españoles, mostróse imprevisor 
y arrebatado; pues á pesar de haber reunido en 
consejo á sus jefes y oficiales para adoptar el 
mejor plan estratégico, precipitó sus bizarras tro- 
pas sobre la siniestra hondonada. Algo parecido 
y de idénticos resultadi^s fatales, habia acaecido 
en Waterloo al mariscal Ney, cuando lanzó sus 
fieros dragones sobre los cuadros ingleses. 

No se podia ya retroceder. 

Dos batallones salvaron la fosa formando in- 
mediatamente colunuia de ataque; pero cuando 
el resto de aquella valerosa brigada descendía al 
barranco y pugnaba por trepar al opuesto borde, 
la infantería americana avanzó al paso de carga 
y cruzó sus bayonetas con las de los realistas que 
se encontraban en formación sobre el llano. 

Empezó entonces la mas encarnizada lucha. 
Al principio los batallones españoles sostuvieron 



con denuedo la ofensiva; pero los americanos lle- 
vaban el ímpetu de la libertad y sus baycmstas 
hicieron un esterminio lúgubre. Poco i poco, trái 
aquella evolución desgraciada, el barranco se há 
cubriendo de muertos y heridos, tumba resemdi 
á los ejércitos aventureros. Los fugitivos se ir* 
rojaron sobre la reserva realista, á dónde Ueviroa 
la confusión y el espanto, mientras que la in^- 
teria americana enfrentando la hondonada, w 
aprovechaba del tumulto, haciendo mas sangrien- 
to y difícil el repliegue. 

Entre tanto, los g^etes de Sucre aouchlUabsa 
un escuadrón titulado San Carlos y los flanquea- 
dores de la Guardia, que sostenían á la dereohi 
las guerrillas españolas. El Yirey reconoekS li 
necesidad de detener los temerarios avances de 
los brillantes regimientos de Colombia, para u»- 
gurar el éxito de la columna del centro, y ordenó 
cargar al Coronel Ferrai. Cuando los dragtmes 
de la Union y los Granaderos de la Chiardia des- 
cendían á la llanura, el General Monet era estor- 
minado en el barranco, y ocho escuadrones de 
los independientes, sable en mano, agoarditMi 
el choque en actitud de no ceder un palmo de 
terreno. 

Verificada la carga de una manera impetaoü 
por la caballería española, se sucedió un cómbete 
á muerte, sin tregua ni cuartel; empero, el esUe 
de los independientes y el fuego de la oolvnne 
victoriosa de Córdova, quebraron el brio de lo§ 
realistas, quienes al volver bridas azorados, mi- 
rieron casi todos en la fugñ. Así encontraron n 
tumba en aquel llano glorioso, los famosos ditgo- 
nes que vencieron en Torata y Moquehua. 

La espada de Sucre destilaba sangre de leonei 
sobre el suelo. 

Mas todavía exigía nuevos sacrificios el ofen- 
dido genio de la América: era preciso rendir en 
la terrible meseta, en el seno del desierto ddnde 
hablan resonado los ecos de un insoportable y 
prolongado sufrimiento, los últimos restos del 
ejército que traía en sus bagajes y convoyes 
todas las cadenas odiosas de la opresión y del 
servilismo, con que uncir al Nuevo-Mnndo á lu 
tradiciones ominosas. 

Sucre esperó pues la última agresión de loe 
vetei*anos de Castilla, que aún permanedin al 
pié de su bandera. 

Canterac, General de la reserva, caballero in- 
dante de la monarquía, se encargó del poetrer 
empuje. Era un soldado valiente, de ooiaioi 



SECCIÓN LITERABIA — bbpública oriental del tjbuotjay 



209 



eifonado j grandes alientos, ¿ qnien el Yirey 
liabia confiado la reserva oon el honor del esfner- 
10 supremo. Airado, frenétíoo, sin esperanza, 
hixo rodar su oolnmna como una tromba por 
aquel campo de la muerte. Los dispersos sem- 
braban la llanura por do quiera, y las eminencias 
86 veian coronadas de soldados que hablan aban- 
donado sus armas en la lucha. 

Canterao pasó sobre esas reliquias como un 
león rugiente, j se estrelló contra las legiones de 
Sucre con el mayor denuedo. La hoja toledana 
del Bayardo espa&ol se partió en el choque : recha- 
sado y disuelto fué envuelto en la derrota pavo- 
rosa, al mismo tiempo que los batallones de 
Gerona sucumbían en el llano. 

En ese mismo terreno, cubierto de sangre y de 
despojos, de cañones, fusiles y lucientes unifor- 
mes, rindió su espada el Yirey Lasema. Tenia 
en su cuerpo seis heridas. Ppr esas seis bocas 
parecía respirar con dolor y con fatiga el alma 
de la España caballeresca, emperatría soberbia 
á qnien se arrancaba el mas hermoso florón de su 
diadema, y que veria desde entonces ponerse el 
sol en sus dominios! 

El Coronel Yaldés, favorito de la fortuna en 
escaramuzas y sorpresas, ignorando lo acaecido 
á Lasema y Canterao, se mantenía audazmente 
en un flanco á la ofensiva. 

Libre de adversarios á su frente. Suero orde- 
nó fusilar á aquella columna. 

Cuando los batallones americanos avanzaron 
sobre ella para recoger el último laurel de la 
jomada, el jefe enemigo formó martillo. Hos- 
tiliaaba aún, para postergar aquel formidable 
jaque-mate al Bey, su Señor. Despedazado el 
triángulo, los restos huyeron, arrastrando en el 
desorden á su intrépido caudillo; los capitanes 
que intentaron detener el torrente sucumbieron 
á manos de sus propios soldados, mientras que 
el braso incansable de los independientes, reem- 
plazando la bayoneta con el sable, acuchillaba la 
retaguardia española, marcando con un reguero 
de sangre el camino de su infortunio. 

Algunas horas después, capitulaban los gene- 
rales españoles ^^ Al rendir las armas, hacían 
perder á la metrópoli medio continente con 
tres siglos de pose&ion; y las rindieron en el 

(1) Entrtgó tunbien ni espada en eee dia memorable D. 
Baldomcro Eapartero, jefe de batallon, quien mas tarde 
haUa de desempeñar nn papel culminante en loe anceeoB de 
Eipa&a. 



mismo suelo donde, cerca de trescientos años 
antes, Pizarro clavaba el estandarte de la con- 
quista, pasando la soga del feudalismo al cuello 
de Atahualpa. 

Así fué la gran batalla. 

La libertad de los pueblos sometidos aún al 
dominio ibérico; el desarme de todas las guarni- 
ciones españolas que existían desde el cabo de 
Hornos al Sur de üéjico, quedando asimismo 
prisioneras de guerra, hasta la completa pacifl- 
cacion del continente : estos fueron los resultados 
de la capitulación de Ayacucho! 

T cuando se recuerdan aquellas épocas sem- 
bradas de batallas, cuando se traen á la memo- 
ria esas hazañas culminantes de la virtud y del 
valor, iqué pálidas parecen las proezas de los 
célebres capitanes, ^que tristes las glorias de 
los impíos conquistadores! 

Aquellos llaneros de Colombia que rompían 
líneas en Ayacucho, no eran los magníficos re- 
gimientos con deslumbrantes aceros y penachos 
tricolores que arrastraba lüurat en las vorági- 
nes sangrientas; — aquellos cazadores de Bolívar 
que morían contra muros erizados de bayonetas 
(ñamando ¡libertad! no eran los impávidos gra- 
naderos de la vieja guardia que acercaban la 
mecha al cañón de Austerlitz; — aquellos som- 
bríos dragones que abrían su tumba al pié de 
los Andes, no eran tampoco los brillantes húsa- 
res que agitaban sus banderolas bordadas de oro 
entre el polvo de un dia de batalla, sirviendo 
de cohorte á los emperadores afortunados: estos 
luchaban por las usurpaciones del derecho divino, 
por la esclavitud de los pueblos, por la degrada- 
ción del hombre; aquellos por el reinado de la 
justicia, por la inviolabilidad humana y por la 
soberanía del derecho. 

Los clarines de Ayacucho tocaron la diana de 
la última victoria, y la libertad vio surgir su sol 
sin una nube en el cielo amerícano! 

Edttabdo Aoevedo Díaz. 

Literato. 



EL RAPTO 



(un cuadro di CASÁlfUBt^) 

Lóbrega y pavorosa noche estiende sus alas 
sobre el mundo, como una inmensa lápida mor- 
tuoria. No se descubre una sola estrella al través 



210 



AMÉRICA LITERARIA 



de su ennegreoido velo : la luna yace oculta bajo 
un pabellón de nubes, y solo lanza á intervalos 
un rayo de luz tibio y desmayado, que brilla y se 
apagra al punto, cual fuego fatuo que se levanta 
del seno de las tumbas. Do quiera la luz es absor- 
bida por la sombra, y se diría que á la voz del 
genio de las tinieblas los astros huyen y se escon- 
den espantados de tanta densa oscuridad. 

El pampero, ese viento terrible que, naciendo 
en las nevadas cimas de los Andes, dónde no se 
ba estampado la planta del hombre, recorre los 
desiertos de la Pampa argentina, cruza el Plata, 
y vá á espirar en los confines del Brasil 6 en las 
inmensidades del Atlántico, arrancando de raiz 
en su tránsito árboles que cuentan siglos, ha- 
ciendo salir de madre los rios, y derribando cuan- 
to intenta detenerle... el pampero brama ahora, 
abriéndose paso por entre el tupido ramaje de 
vírgenes bosques tan antiguos como el mundo, y 
se oye en lontananza, mas profundo y violento á 
medida que se acerca, el griio que exhalan los 
corpulentos moUes, los espinosos grunnífús y fér- 
reos ñandubay», al caer tronchados por su pode- 
rosa mano. 

T en verdad que no le falta espacio donde 
ejercer su saña; si pudieran nuestros lectores 
trasladarse con el pensamiento á las floridas ribe- 
ras del Uruguay, sin duda les encantarla el bellí- 
simo paisaje que presenta el lugar donde comienza 
nuestra historia, ora le contemplasen ¿ la radiosa 
claridad del sol, ora iluminado por el rocío de 
plata que vierte la luna del cielo americano. 

Figpiraos una dilatada planicie cortada al ho- 
rizonte por una cadena de montañas, é interrum- 
pida apenas en el centro por una que otra pequeña 
eminencia, ó sea <mchilla, como las llaman en el 
país : á la derecha un gran rio y á la izquierda 
una selva impenetrable. Colocad en medio de 
aquel desierto, solitaria y aislada, á unos quinien- 
tos pasos del rio y á media legua de la selva, una 
gran casa de material edificada sobre una de las 
citadas cuchillas, y flanqueada por largos galpo- 
nes de madera ^^^ y de varios raiichos, 6 sean 
chozas de barro y paja, parecidas á las de algu- 
nos pueblos de la Mancha y de Castilla, y acaso 
os forméis una idea aproximada de la localidad 
á dónde deseáramos conduciros; es decir, á una 
Estancia, á una posesión rural sita en la provin- 
cia de Paysandú, ¿ seis leguas de la población 
de su nombre, villa y cabeza de departamento. 

(1) Almaoenet de depótito para Uw galazonet y caeros. 



No cumple á nuestro objeto entrar ahora an 
detalles sobre lo que entendemos por EsiatuÁn, 
En la serie de cuadros oaracterístioos y looales 
que nos proponemos reseñar, nos sobrarán oot- 
sienes de describirla con la detención que menoe. 
Entre tanto, conténtense nuestros lectores con Is 
anterior ligera indicación, indispensable pan Is 
perfecta inteligencia de los hechos que vamos 
narrando. 

A poca distancia de la casa de que hablibt- 
mos no há mucho tiempo, elévase como avanndo 
centinela un omhú, árbol gigfantesoo, de enoriM 
tronco y pobladas ramas, que brota espontá- 
neamente en nuestras interminables soledades, 
aislado y sin compañeros, y que sirve de pnnto 
de reunión á los habitantes de la Esiamaa, i los 
viajeros y á los ga%uihos estantes y transeúntes 
de la provincia. 

Ahora bien ; en esta noche tan lóbrega y tem- 
pestuosa, á favor del resplandor fugitivo que de 
vez en cuando vertia la luna, hubiérase podido 
distingroir un hombre montado en un brioso oor- 
cel, que seguia á galope la estrecha senda que 
conducia desde el rio á la Estancia, 

A los primeros amagos, al rumor lejano que 
precede á la venida del pampero, el desconocido 
trató de guarecerse bajo el omhú. 

El viento, cada vez mayor, apenas le dio tiem- 
po para echar pié á tierra y acostarse cuan Ur^ 
era al pié del árbol, acción que instintivamente 
imitó su caballo. 

Entonces, á merced de los fugitivos resplan- 
dores de que hemos hecho mención, se dibujaban 
en la sombra los rasgos de su fisonomía y de n 
caprichoso traje. 

Era un joven como de veinte y ocho años; aho, 
de tez morena y vigorosa musculatura. Cubría n 
espaciosa frente un sombrero portugués de copa 
redonda y ancha ala, adornado con algunas plo- 
mas de pavo real, entre las que se distinguia nn 
ramito de flores silvestres ya marchito y atado 
en la cinta del sombrero con otra de seda. Abun- 
dantes cabellos negros, tersos y relucientes, flota- 
ban sobre sus robustas espaldas, en agradable 
desorden : su largpa y poblada barba, que le llegaba 
hasta el pecho, caía sobre la botonadura de phta 
de su poncho, especie de capa cerrada que se mete 
por la cabeza; sus ojos rasgados y brillantes, 
coronados por espesas cejas que se unian en for- 
ma de herradura, tenían una indefinible espre- 
sion de arrogancia y de orgullo, templada por 



SECCIÓN LITERARIA— EBPüBLicA obibntai. i>bl ubugüat 



211 



deiio aire regio é imponente qne subyugaba ó 
predisponía á su favor. La nariz aguileña, la 
boca grande, pero muy delgados los labios, reve- 
lando la desdeñosa altives del que se cree superior 
á cuanto le rodea. 

Cuando el viento levantaba el balda de su 
poncho, distinguíase debajo de él una chaqueta 
de grrana bordada con trencilla negra: un pañue- 
lo de espumilla formaba el chiripá, liado por la 
cintura á fir^iisa de saya, recogidas las puntas 
entre los muslos para poder montar á caballo, 
y sujeto al cuerpo por un tirador, especie de 
canana de piel de gamusa, de la cual pendia un 
enorme puñal de vaina y cabo de plata; anchos 
calsoncillos de finísimo lienso, adornados en los 
estremos con un gran fleco ó crivao, resguarda- 
ban sus piernas, y descendiendo basta los tobillos, 
ocultaban á medias unas espuelas de plata cgIo- 
nles, y las blanquecinas botas de potro formadas 
con la piel sobada de este animal. Dichas botas, 
partidas en la punta, dejaban al descubierto los 
dedos de los pies para asegurarse mejor en los 
estribos, de forma triangular y tan pequeños, 
que llenas daban cabida al dedo principal. 

Basta esta descripción para conocer que es un 
^on^^ el héroe de nuestra historia, porque solo 
ellos visten de esa manera. 

— ¿Y qué es un gaucho? preguntarán algunos 
de nuestros lectores, que probablemente no ha- 
brán oído en su vida pronunciar ese nombre. 

— Tin gaucho es un hombre que se ha criado 
vagando de estancia en estancia, que vive y tiene 
todos los hábitos, inclinaciones é ideas de la vida 
nómada y salvaje, amalgamados con los de la 
civilización. Espíritu indómito, audaz, lleno de 
ignorancia y preocupaciones, pero valiente hasta 
el heroism<^ carácter excéntrico y orig^al que no 
conoce mas leyes que su capricho, ni anhela mas 
felicidad que su independencia; que desprecia al 
hombre de las ciudades y cifra su ventura en los 
asares, en los peligrros, en las violentas emocio- 
nes de su existencia errante y vagabunda. Esla- 
bón que une al hombre civilizado con el salvaje, 
ain ser una cosa ni otra, como ha dicho perfecta- 
mente el señor Aguilar en una nota que puso al 
pié de un fragmento de una de nuestras leyendas, 
titulada Cdiar. 

Decíamos, pues, que el personaje, cuyo nombre 
ignoramos aún, se había guarecido bajo el onibú, 
buscando un refugio á los furores del pampero. 

Allí permaneció largo rato, mientras el viento, 



bramando cada vez con mas ímpetu, vino á estre- 
llarse en las címbradoras ramas del árbol pro- 
tector, que se inclinaron hasta tocar el suelo, 
irguiéndose y humillándose alternativamente, no 
sin perder en las furiosas embestidas del huracán 
sus mas lozanas hojas. 

El gigrante de los aires y el g^igrante de las 
selvas luchaban cuerpo á cuerpo como dos vigo- 
rosos atletas, hasta que, fatigado el primero, es- 
capóse de los brazos de su rival, y tendió su 
vuelo en otra dirección, lanzando un prolongue 
alarido, semejante al estruendo de las embrave- 
cidas olas, cuando se azotan contra un banco de 
piedra en medio del Océano. 

El gaucho alzó tranquilamente la cabeza, y, 
al través del ramaje, miró al firmamento. Un 
escuadrón de negaras y apiñadas nubes volaba de- 
lante del pampero, dejando despejado el espacio 
por donde aquel cruzaba; volvían á relucir las 
estrellas, y la luna asomaba su disco amarillen- 
to ceñido de una aureola encamada. De modo que 
la mitad del cíelo ofrecía el aspecto de una plá- 
cida noche de verano, y la otra mitad el de la 
mas fría y nebulosa noche de invierno. 

Púsose de pié el desconocido, ató su caballo á 
las ramas del omhú, se levantó las espuelas para 
que no sonasen las cadenillas y la estrella de los 
espigones al rodar por la yerba, doblóse el pon- 
cho sobre los hombros, desenvainó el puñal, y 
paseando la vista en tomo suyo, encaminóse paso 
á paso á la casa, que, como hemos dicho, quedaba 
á poca distancia del omhú. 

Detúvose delante de una ventana baja, defen- 
dida por anchos barrotes de madera, y apoyado 
contra el muro, remedó por dos veces el lúg^ubre 
acento del agtiará, pequeño animal de nuestros 
bosques, que solo de noche hace oír su voz, triste 
y melancólica, como la postrer plegaria de un 
moribundo. 

Nadie respondió á esta señal; pero, en cambio, 
un oído muy atento habría percibido á interva- 
los el casi imperceptible ruido de un pasador de 
hierro que algfuna mano muy trémula descorría : 
luego la ventana se fué abriendo poco á poco, y 
una mujer, bella como la esperanza, graciosa 
como la primera imagen de amor que cruza por 
la frente de un adolescente, asomó tímida y 
ruborosa su infantil cabeza, y con voz entrecor- 
tada y apenas ínteligríble, murmuró : 

— Todavía no... 

La ventana volvió á cerrarse lentamente, y 



212 



AMÉRICA LITERAJftlA 



transcurrieron dos horas mortales de angustia 
é inoertidnmbre para el desconocido. Por ves 
tercera', el doliente clamor del agiunrá fué á 
resonar en los oidos de la hermosa y á recor- 
darle el cumplimiento de una promesa que acaso 
se olvidaba 6 se arrepentía de haber hecho. 

Esta vez se abrió del todo la ventana, y se 
entabló á media voz el siguiente diálogo entre 
la dama y el galán : 

— ¡Valor, almamia!... Ha llegado el momento 
solemne... 

— Todavía «es temprano. 

—No, que vá á despuntar el alba. 

La joven, como sí luchase con encontrados 
sentimientos, fijó irresoluta sus bellos ojos en 
los de su amante. 

— Yamos, ¿qué dices P continuó éste. 

— ¡Ay, tengo miedo! 

— ¿Ahora te arrepientes? ¿T de qué tienes 
miedo? 

— No sé... pero me parece que no todos duer- 
men... van á sorprendemos. Amaro; mas vale 
que lo dejemos para mañana. 

— ¡Mañana! ¡Imposible, imposible! repitió el 
gaucho con acento sombrío; mañana vendrá tu 
padre á buscarte. Lia, es preciso que me sigas 
ahora mismo. 

— Mira, repuso la pobre niña medio turbada 
por el modo imperativo con que se le exigía una 
obediencia que no estaba acostumbrada á prestar 
á nadie: mira, no he podido ganar al esclavo 
que debía favorecer mí evasión, y... 

— ¡T bien!... exclamó Amaro, centelleándole 
los ojos de ira. 

— No tengo por dónde salir, contestó Lía hu- 
mildemente, fascinada por aquella terrible mirada 
y dejando caer una lágrima sobre la mano de su 
amante, que tenia cogida entre las suyas. 

— ¿No es mas que eso? preguntó éste trocan- 
do en alegría su enojo; ¿sí tuvieras por dónde 
salir, me seguirías? 

— Sí, murmuró ella volviendo atrás la vista 
como para cerciorarse de que nadie los observaba. 

— ¡Pues sal! 

Al decir estas palabras apoyó el gaucho su 
hercúlea diestra sobre un estremo de los barro- 
tes de madera que hacían las veces de reja, y los 
clavos que lo sujetaban al marco saltaron cual 
menudas astillas. 

Lia, mas blanca que un cadáver, retrocedió al 
medio del aposento, y haciéndole una señal para 



que huyese, apagó la luz, é inmóvil, roto el 
aliento y desencajada la faz, esperó que se abrie- 
se la puerta que comunicaba á la habitaron 
inmediata y acudiesen en tropel los que dormiin 
en ella, despertados por aquel ruido extraño j 
alarmante en las altas horas de la noche. 

Pero fuese efecto del letargt) profundo en que 
yacían, ó, lo que parece mas probable, qve lo 
atribuyesen entre sueños á alguna ráfaga perdi- 
da del huracán que momentos antes se háÓM 
desencadenado, nadie se levantó á inquirir n 
causa. 

Después de algunos instantes. Lia, saoiBlo 
fuerzas de ñaqueza, se acercó de nuevo á la ▼«• 
tana, y tomó á suplicar á Amaro, que bibíi 
permanecido tranquilo en su puesto, resoelioá 
partirle el corazón de una puñalada al príBiaro 
que se acercase que difiriese su fuga hasta el dii 
siguiente. 

Sardónica Hsa resbaló por los delgados Isbíoi 
del gaucho ; sus dientes rechinaron de rábk é 
indignación, y en vez de poner un beso de das- 
pedida, como solía, en la pura frente que bb 
amada le presentaba, frenétioo la cogió brnsoa* 
mente de un brazo, y con resulta y amenasMb- 
ra voz, le dijo : 

— ¡ Me sigues ahora mismo, ó te mato! 

Lia vio resplandecer á dos pulgadas de su pe- 
cho la acerada hoja del puñal quA hasta entonoei 
Amaro había tenido oculto bajo eü ponekó, j 
acobardada y trémula, inclinóse llorando sobre 
el hombro de su amante, que la cogió velosaenii 
por la cintura, y la arranoó de su hogar con Is 
misma facilidad que el vendabal la hoja seet di 
una rosa. 

Lia perdió el conocimiento. 

El raptor llevóla en brazos desmayada hask 
el pié del ombúf montó con ella á cabaUo, psiti6 
á gfalope hacia el monte cercano, y á poco » 
perdió entre su' lóbrego ramaje. 

A. MaoabiI^os Obbyantss. 

Posta y Lltwwto. 



LA REVOLUCIÓN Y LA LITERATURA 

Hemos tenido ensayos literarios, mas 6 menoe 
felices, como hemos tenido ensayos políticos; pero 
dominando en unos y otros, como era natartl 
que sucediera, las tintas del elemento estiaage- 



SECCIOIÍ LITERARIA — bepoblica obibktal del üeuouay 



213 



ro, preponderante en nnestra oondioion política : 
el de la oonqnista primero: el de las ideas qne 
adoptamos, particularmente las exaltadas por la 
revolución francesa, después. Esto esplica, si no 
disculpa, el que se hayan perdido tantas vigilias 
en pálidas copias, en borradas imitaciones de 
instituciones y sistemas que no son los nuestros; 
qne han engendrado violentas convulsiones, ó 
desaparecido por ese marasmo que aqueja á las 
plantas estrañas j las condena á muda postra- 
don. 

Sentidas quejas se han escapado contra la 
BnMta j no preparada importación de institucio- 
nes polftioas; confesamos que gT9,YQ daño debe 
haber ocasionado; no diremos que no ha podido 
obrarse con mas acierto, pero sí que, atentas las 
eirounstanoias de nuestra emancipación, era muy 
difícil que acaeciera de otro modo: difícil enca- 
jonar el torrente que se desborda: difícil no 
JMCinarae con una lus llena y resplandeciente, 
7 en aquellos momentos de animación, no entre- 
garse, en cuerpo y ahna, sin discusión ni examen, 
con la cittfianza del ciego entusiasmo, á las 
colosales ideas que hábian obrado el cambio mas 
prodigioso de los tiempos modernos, hecho vaci- 
lar tantos tronos y arrancado de raiz privilegios 
opresores, estableciendo la ig^ualdad del hombret 
la Hbertad de la inteligencia, de la tierra, del 
trabajo, de la industria. 

Difícil era, repetimos, señalar el linde en que 
debiera contenerse el e^ritu ansioso de noveda- 
des y mejoras; y dado caso que se acertara en 
^0, difícil hacerlo respetar. La revolución nos 
había colocado sobre un plano inclinado, y el 
impulso fué tan vigoroso, que pasamos, de un 
aaUo, en política, de Saavedra á Rousseau; en 
filosc^ía, del enmarañado laberinto de la teología 
esodástica, al materialismo de Destut de Tracy; 
de las religiosas meditaciones de fray Luis de 
Granada, á los arranques ateos y al análisis 
enoiolopédioo de Yoltaire y de Holbach. Ta no 
foé entonces cuestión política solamente: entra- 
ron en choque videntisimo todos los elementos 
lodales, y como la fuerza material es impotente 
para suprimir hábitos y creencias tradicionales, 
onmpHó la revolución política en Ayacuoho de- 
jando la social en su aurora. Los sangrientos 
crepúsculos de la g^^erra civil son una conse- 
onenoia lógica de estos antecedentes. 

La literatura debió someterse á la influencia 
<pie se enseñoreaba del campo de las ideas; pero 



la musa francesa que habia asistido á las satur- 
nales de aquella revolución portentosa, que ves- 
tía el gorro frig^io, y evocaba las sombras de 
Maratón y Salamina, cuando la Europa entera 
se desplomaba sobre ella, no podía traemos sino 
las formas del genio griego que la esclavizaba. 
La poética de Aristóteles era su decálogo. Esta 
innovación era de poca monta. Desheredada la 
raza austríaca del trono de España, por la muer- 
te del imbécil Carlos ii, y sentado en él un nieto 
de Luis xiY, los Pirineos abatieron sus frentes 
altaneras, y el ingenio español, pervertido por el 
culteranismo en el siglo XYI, vino á postrarse 
ante la influencia gálica, que este es el hecho 
que representan Luzan y los otros llamados res- 
tauradores de la poesía castellana en el siglo 
XYiii. Se solidaron, pues, entre nosotros las for- 
mas aristotélicas decoradas por Boileau y algún 
otro de sus continuadores; y encerrando á nues- 
tros ingenios en estrechos carriles, detuvieron el 
vuelo que, tal vez, habría desplegado el genio 
amerícano, en el momento en que hundiéndose 
el edificio colonial, brillaba entre sus ruinas la 
espada popular y tremolaba en las crestas de los 
Andes la enseña de la libertad de un mundo. 
Grandioso espectáculo, á que servia de teatro 
una naturaleza desconocida: desiertos sin horí- 
zonte, montañas que tocan á las nubes, llanuras 
que se doblan como las olas del mar, iluminadas 
por un cielo que vaciaba sus colores en nuestras 
banderas. 

Todo era nuevo; nuestra manera de guerrear, 
la indocilidad de nuestros caballos que han cono- 
cido la libertad y como que luchan con las brídas 
que los sujetan, la apostura de nuestros ágiles 
ginetes, sus especiales vestiduras, las armas de 
que se sirven ; esas luchas en que inexpertos 
ciudadanos que llevaban el pecho descubierto, 
alzaban por despojos, en la punta de la lanza, 
petos abollados, relucientes cimeras y estandar- 
tes, en cuyos dominios siempre habia sol que 
los alumbrase, y que iban á encerrarse vencidos 
en un pedazo de Europa! Escenas que no se 
parecían á ninguna otra; victorías conseguidas 
rompiendo audazmente las leyes estratégicas, 
mas importantes, sin duda, que las leyes de la 
poesía. académica á que se sacriflcaban las altísi- 
mas y nuevas inspiraciones que debia producir 
un drama de tanta altura y novedad. 

Narramos un hecho, y no queremos — ni cómo 
quererlo! — anegar la nacionalidad relativa de los 



214 



AMÉRICA LITERARIA 



férvidos cantores de la guerra de la Independen- 
cia: — suyas son esas cintas celestes y blancas 
qne coronan las liras de Tárela, de Lopes, de 
Lafinnr, de Hidalgo, de Laca; sos himnos dura- 
rán tanto como el recuerdo perennal del Cerrito, 
de Maypú, de Chacabuco, de Ituzaingó; y deci- 
mos esto para acreditar nuestro sincero respeto 
á los nombres que invocamos, nosotros, hombres 
de ayer, que no hemos llevado una piedra al 
edificio de la Patria, ni agregado una hoja á su 
corona. 

Andrés Lamas. 

PoUttoo, Dlplomátloo é Histortedor. 



RIVADAVIA 



Hay algo que consuela de las amargas decep- 
ciones de este mundo y es la inmortalidad de la 
virtud en la tierra. 

Pasarán los siglos, y Washington aparecerá 
cada dia mas alto á los ojos de las generaciones 
que se sucedan. 

Después de Washington, la América no pre- 
senta otra figura de gran ciudadano que pueda 
ponerse al lado de Rivadavia. 

Fundadores ambos de la libertad, en los dos 
estremos de la América, faltó á Rivadavia la 
gloria de Bolívar, para haberse igualado á Was- 
hington, que fué á la vez el patriarca de la 
independencia Americana; pero faltó también á 
Washinton el horror de Rosas para ser como Ri- 
vadavia el mártir de la civilización de un pueblo. 

Rivadavia es el Washigton Sud- Americano, 
sin el laurel del guerrero, pero con la palma del 
martirio. 

La virtud del hombre de Estado del Rio de 
la Plata, pasó por la prueba del fuego de la adver- 
sidad y de la persecución, que faltó á la virtud 
del hombre de Estado del opuesto hemisferio. 

Se venera á Washington, se ama á Rivadavia, 
por la simpatía que inspira siempre á todo cora- 
zón bien puesto un infortunio inmerecido, y es- 
malta, por decir así, con los tiernos matices de la 
sensibilidad, la admiración al sacrificio por una 
noble causa. 

No sé que hay para mí en el nombre de 
Rivadavia, que me conmueve, me entusiasma, 
me consuela y hace que en presencia del ho- 



menag^ que le tributa un pueblo, no pueda per- 
manecer mudo ante su tumba, y me atren i 
mezclar al coro que lo ensalza, cuatro palibni 
arrancadas, al correr de la pluma, á la emoei<m 
que me domina. Sus biógfrafos pondrán en trans- 
parencia sus altas previsiones, y sus prolimdis 
vistas de política, sus grandes cmáidades y sos 
nobles acciones de ciudadano, las virtudes de n 
carácter y las dotes de su inteligencia. A dki 
el cuidado de poner de relieve esa inmensa ndi, 
tan marcada por una abnegación sin límites y 
una elevación de sentimientos jamás desmentidi. 
Por mi parte, en este momento no veo, ni quiero 
ver mas que al hombre superior, combatido mien- 
tras vivió por todas las rencorosas rivalidades de 
la mediocridad celosa de su mérito, á quien sis 
mismos enemlgros se avergonzarian hoy de do 
apresurarse á tejerle coronas, y en su remordi- 
miento y en su vergüenza son capaces de creer 
que no se cubre su tumba de bastante gloría con 
el homenage de todo un pueblo, y quisieran traer 
al mundo á levantar un hosana á las virtudes qw 
ellos trataban de enlodar no há mucho. 

Me imagino á Rivadavia sentado en un peoon 
de la ribera de la metrópoli, amparado por los 
enemigos de su patria del furor de sus conduda- 
danos, viendo agitarse, tan amargas como sos 
pensamientos, tan violentas como las pasiones de 
sus verdugos, las olas del océano que ponia entn 
él y su patria una barrera de dos mil legnus. 

¿ Quién no hubiera desesperado del porvenir es 
una situación como la suyaP ¿Quién no se hubie- 
ra dicho, como Pitágoras, todo está perdido es 
un pueblo que persigue á sus hombres virtuosos 
y levanta altares á los malvados? ¿Quién no Ira- 
hiera exclamado, como Byron, — ^no hay esperanu 
para las naciones — cuando los buenos ciudadanos 
tienen que buscar entre sus enemigos un lefn- 
gio contra la persecución de sus compatriotas? 

Rivadavia, sin embargo, no desmayó jamás. 
La superioridad de su carácter y de su inteli- 
gencia estaba arriba de las adversidades y de las 
miserias de la vida, como el Sol está arriba de 
las nubes que lo interceptan por momentos i las 
débiles miradas del hombre. 

Tuvo f é siempre en el porvenir de la patria j 
en la justicia del pueblo, que no confundió jamás 
con sus torpes tiranuelos y sus sucios explota- 
dores. 

Embarcándose en Buenos Aires, en medio del 
completo desquicio que á todos asustaba/ de- 



SECCIÓN LITEBABIA — república obibntaIj dbl ubuguay 



215 



seaperaba, se le oyeron proferir con ese tono 
absoluto del hombre oon vencidísimo, que le era 
paonliar, estas palabras, qne impresionaron yiva- 
mente: 

— *t8in embargo, esto» países se salvarán n. 

Uno de sns amigos, el señor Riesco, chileno, 
que lo acompañó en sns últimos momentos, me 
aseguró en Chile qne esa fé ciega en la inmedia- 
ta regeneración de estos países no lo abandonó 
ni en el borde de la tnmba, onando la sombra 
del desencanto personal del hombre qne se siente 
morir, se proyecta á los objetos exteriores, á las 
ideas qne se sobreponen al anonadamiento, y le 
hace creer qne es el mnndo qnien perece y no sn 
indÍTÍdno. 

El pneblo no ha tardado en darle rason, der* 
ríbtndo esos ídolos de barro qne profanaban la 
roligion de la patria. 

El pneblo no ha tardado en darle rason, levan- 
tando estátoAS á la libertad. 

El pneblo no ha tardado en darle rason, pi- 
diendo á voces los restos mortales de Rivadavia, 
para qne sean testigos de la oondenacion solemne 
qae qniere hacer de las abyecciones qne lo veja- 
ron, y de la consagración espléndida qne tiene 
prisa en hacer de las virtndes qne lo dignificaron. 

¡Qné lección para los qne dndan, para los qne 
se abaten, para los qne se degradan ! 

Las tormentas de la vida pasan pronto. Una 
misma generación las vé iniciarse, condensarse, 
estallar y desaparecer, dejando limpio y claro 
el horizonte y fecnndado el snelo. Una misma 
generación ha visto nacer, crecer y morir á la 
tiranía, y triunfar la libertad en Bnenoa Aires. 
Yivos están los qne insultaron y denostaron á 
Bivadavia. Vivos están, y la justicia de Dios ha 
qnerído hacerlos pasar por la expiación de qne 
no muriesen sin doblar primero la rodilla ante 
su tnmba. 

Ellos le hicieron dura y penosa la vida. Ellos 
quisieron cerrarle la puerta de la gloria con la 
calumnia. Ellos lo llevaron de reg^ion en re- 
gión, de pueblo en pueblo, haciéndole apurar 
las aflicciones del destierro, las penalidades de 
la indigrencia, las inquietudes del espíritu que 
convierten la existencia terrena en una perpe- 
tua guerra. 

Miserables! helo ya en paz. Le cerrasteis las 
puertas de la vida, y ha entrado en la gloria por 
la puerta del sepulcro. 

Contra tres cosas es impotente la rabia de los 



hombres — contra Dios, contra la virtud y con- 
tra el genio. 

Las injurias, los denuestos, las calumnias, se 
han disipado como el humo, á la luz radiante de 
la virtud y el genio. 

La virtud y el genio destinaban á Bivadavia 
una sola gloria. La rabia de sus enemigos le ha 
conquistado otra — la del martirio. 

Ellos se ven hoy envueltos en las nubes que 
amontonaron sobre su cabeza, y el nombre de 
Bivadavia, para lección y ejemplo, ha quedado 
puro, brillando como el Sol en el cielo azul y 
diáfano de la libertad del pueblo. 

Al menos esta vez la fortuna no ha tardado 
en venir en ayuda de los que esperan y confian, 
robusteciendo la fe de los admiradores del gran 
ciudadano del Rio de la Plata. 

Juan CÁBL08 Qombz. 

Abogado 7 Literato. 



MONTEAGUDO 

Monteagudo tenia mediana estatura. Su ros- 
tro, perfectamente ovalado, era mas bien hermo- 
so, pero viril: la nariz larga, recta y afilada; la 
boca pequeña y artísticamente delineada; y la 
frente ancha y elevada, suavizaban algo la im- 
presión causada por su torva mirada é imprimía 
al conjunto de su fisonomía un aire de distinción 
sumamente acentuado. Hemos dicho su torva 
mirada, y, en efecto, en sus ojos estaba sinteti- 
zada la intrepidez de su pecho, el fuego de su 
alma, los opacos reflejos de su conciencia: eran 
negros, naturalmente vivos y penetrantes, pero 
tenian un estraño brillo, el del acero que en una 
noche de deshecha borrasca resplandeciera á la 
luz de los relámpagos ó en medio del fulgor de 
la centella. Su ceño adusto ooatribuia á realzar 
mas la espresion de fiereza concentrada en esa 
porción sublime de la cara, espresion que arrancó 
á la dama santiaguina la exclamación de que 
hemos hablado anteriormente ^^K El color more- 
no de la tez, el surco profundo de sus ojeras 
negruzcas y espaciadas, y la lividez producida 
por las emociones intensas, acusaban al mismo 

(1) *'Pareoe un homVre de talento j hasta cierto ponto 
distinguido; pero tiene una mirada de ealteador". 



216 



AMÉRICA LITERARIA 



tiempo que su temperamento, un cerebro entre- 
gado á inoesantes cavilaciones. 

De porte airoso y de maneras sueltas; encan- 
tador en el trato con las damas, pero agrio j 
destemplado con los hombres, su exterior reve- 
laba la firmeza y tenacidad que le caraoterisan 
moralmente. Vestía con sumo gusto y aseo, y 
cnidaba su persona con un esmero que rayaba en 
nimiedad; frecuentemente se le veia ocupado de 
dar á las largas uñas de sus manos cortes aca- 
bados y elegantes. Gustaba llevar brillantes y 
cadenas de esquisita labor, y jamás abandonó el 
uso del anillo. 

Su temperamento le imponía con tiránica 
exigencia, la inmersión del cuerpo en agua fría, 
que perfumaba con esencias delicadas. A este 
respecto, cuéntase que después de reunirse con 
el ejército de Bolívar, y para no interrumpir los 
hábitos contraidos, mandó romper muchas veces 
la nieve que cubría los lagos de la región de la 
Sierra en el Perú, para penetrar bien de madru- 
gada en sus heladas a^as. 

Su mansión, tan pobre y desnuda mientras 
permaneció en Buenos Aires, era ostentosa en 
Lima: los muros de sus habitaciones estaban 
cubiertos de ríeos tapices y colgfaduras apropia- 
dos al destino que tenian. A posar de estar 
dotado de gustos de sibaríta, era, sin embargo, 
estremadamente sóbrío; su mesa, servida con 
esquisito esmero, se componia de pocos manja- 
res, que cuidaba de rociar siempre con los mas 
ricos vinos que se conocían en el Perú; pero 
tomaba los alimentos y las bebidas en tan redu- 
cida porción, que si por casualidad se hubiese 
presentado de improviso algún amigo en el mo- 
mento de comer, le habría sido difícil satisfacer 
los apetitos del estómago menos exigente. 

En su trato era apegado por demás á las for- 
mulas, y esto que en cualquiera indica el contac- 
to frecuente con personas de la mejor cultura, 
degeneraba en Monteagudo en dureza y acritud, 
haciéndole aparecer^ como un hombre dominado 
por el mas profundo orgullo y la mas íntima 
satisfacción de sí mismo. Paz Soldán dice que 
en su trato era áspero, insolente y hasta grosero. 
á personas de importancia política ó social, por 
sus conocimientos ó por su fortuna, las calificaba 
de ignorantes, apáticos y mequetrefes ^^K 

Monteagudo escríbia mucho para la prensa, 

(1) Pm aoldin, "Historia cUl Pert Independiente", 1. 1, 
pág. 316, 



pero muy poco para la circulación privada; cun- 
do recibía alguna carta ó papel de interés, los 
rompía inmediatamente. 

En el terreno de las ideas, como en el de 1m 
afecciones, Monteagudo era inconstante, y no 
admitía atenuaciones: amar y respetar con hut- 
tismo, para aborrecer después con inusitada vehe- 
mencia; pasar de un sentimiento estremo á otro 
opuesto y estremo también, era á su modo de ver, 
la alternativa que signen las afecciones huma- 
nas ^^K Monteagudo no conocía, ni menos prac- 
ticaba, ese culto vago, flotante por decirlo así, 
que siempre se guarda en la memoria p<ir aqie- 
Uos que una vez amamos, ya movidos de ni 
sentimiento de espontánea simpatía, ó porque 
durante su existencia sus prendas personales, sos 
talentos á la magnitud de sus servicios, nos ins- 
piraron respeto ó un cariñoso afecto. Si la his- 
toria de sus amistades nos fuese tan oonooida 
como la de sus ideas, encontraríamos verificado 
en ella ese mismo rasgo de su fisonomía moral 
Como pensador no hizo mas que fluctuar toda 
su vida entre principios opuestos y contedioto- 
rios: las doctrinas que propalaba con el ardor de 
una personalidad exaltada, las condenaba al dia 
siguiente con el mismo vigor que desplegara 
poco antes para difundirlas. Federal y demócrata 
primero , unitario y monárquico algo mas tarde; 
ardiente partidario del gobierno presidencial j 
al cabo de cierto tiempo campeón del oesaríimo. 
cuando el puñal de un cobarde asesino atrayesó 
su pecho, habia vuelto á ser republicano y reco- 
nocido la soberanía del pueblo, que antes había 
calificado del mayor libertinaje en política. 

Aguijoneado por el deseo de ilustrar su nom- 
bre y persuadido de que su existencia no seria 
inútil á la revolución de América, Monteagudo 
no careció de un ideal, lo que le distingue de loe 
aventureros políticos. Amó la gloria y la gran- 
deza histórica, porque la primera constituye el 
móvil persistente de los que se sienten con fuer- 
zas para realizar grandes cosas, y la segunda es 
la suprema satisfacción del orgullo. Pero Mon- 
teagudo, como todos los hombres superiores en 
quienes la ambición degenera en una pasión ava- 
salladora, se vio privado constantemente de ese 
contrapeso interno que refrena los deseos inmo- 
derados y pone un dique á los desbordes de nn 
sentimiento tan elevado como aquel. 

(2) Memoria sobré loa principiow políticos qus septi, 
etc., Quito, 18i3, pág. 2. 



SECCIÓN LITERARIA — eepCblica obibktal del ueuguat 



217 



Empero, Monteagndo no es una gloria pura- 
mente argentina, porque jamás vinculó á un pe- 
dazo determinado del suelo americano su fortuna 
ni su destino. Monteagndo necesitaba un teatro 
grandioso para desarrollar el drama de su vida, 
7 ese teatro fué la América: "Mi patria, dijo al- 
guna Tei, es toda la estension de América m ^''. 
T sin embargo, en 1818 habia querido ser chile- 
no, porque en Chile tenia fijas en aquel momen- 
to las miradas, porque en Chile veía su porvenir 
j el pedestal de su grandeza. Es cierto que obran- 
do así proyectaba una sombra sobre la pureza y 
el esplendor de su patriotismo, desnaturalizando 
al mismo tiempo un sentimiento tan noble y que 
debemos conservar inmaculado en el fondo de 
nuestro corazón. Pero si nos trasportamos por 
la imaginación á aquella época, no podremos me- 
nos de reoonooer que la patria para los patriotas, 
y Monteagndo era uno de estos, estaba allí donde 
había un soldado español que combatir, un pueblo 
esclavizado que libertar. 

Altanero con los débiles y los pequeños, era 
dócil al pensamiento y la voluntad de los fuertes 
y los grandes, que sabia explotar admirablemen- 
te. Por eso jamiís pudo emanciparse como pen- 
sador, de una inteligencia mas activa y poderosa 
que la suya: al lado de San Martin, como á la 
sombra de Bolívar, fué solo un hombre de talen- 
tos brillantes, una voluntad incontrastable. Es- 
critor lleno de fuego, en sus obras derramaba á 
torrentes la lumbre de su mente : pero en su in- 
teligencia flexible, plástica, por decirlo así, tenían 
cabida todas las ideas: era una especie de espejo 
en que las concepciones de cabezas mejor equili- 
bradas que la suya, se dibujaban embellecidas 
por la tersura del cristal que las reproducía. 
Monteagndo fué, ante todo, una pluma alerta é 
infatigable, un brazo esforzado y una pasión in- 
dómita. 

Empero, hay en la indisputable grandeza de 
Mont^^agudo sombras, abismos dónde la concien- 
cia del hombre honrado no puede menos de mirar 
con horror. Y sin embargo de esto, "no es un 
hombre, no es un simple individuo como otro 
cualquiera; es un tipo y es un canlcter. De todos 
sus compañeros en la era gloriosa de la revolu- 
ción americana, es decir, de los que figuraron en 
segunda línea, es él, sino el primero, el mas bri- 



(1) Jlesmoria sobre lotprincijtiot poUticits queteffui, etc., 
Quito, 183, páff. 30, 



liante de todos ellos. Su vigorosa silueta se des- 
taca mas de relieve al través del tiempo y del 
espacio : por eso su figura ha pasado á la poste- 
ridad envuelta en una leyenda patriótica de que 
es difícil despojarla. Si ella no es de las mas 
simpáticas, de las mas puras, nadie podrá desco- 
nocer que es una de las mas originales de su 
tiempo. Durante quince años de lucha y de 
esfuerzos sobrehumanos, en las cárceles, en el 
destierro, en la cima del poder, en la miseria ó 
en la opulencia, su espíritu ha cruzado siempre 
sereno, pero sombrío, las tempestades revolucio- 
narias. Ha servido con heroica abnegación los 
intereses de la causa de América, se ha afiliado 
en todos los partidos políticos que nacieron am- 
parados por ella; ha vivido en la intimidad de 
los mas grandes hombres de Snd América; ha 
sido su privado, el brazo derecho de sus resolu- 
ciones, y le ha tocado soportar la justa cólera y 
el castigo de uno de ellos, compensados mas tarde, 
es cierto, con el favor nuevamente adquirido; 
mientras que el prestigio del nombre y de la es- 
pada centellante del otro, devolvió al teatro de 
sus glorias y de su ambición. Cuando un hom- 
bre cuenta en su vida páginas como estas, se 
tiene el derecho de reclamar de la posteridad 
un fallo inspirado en la alta esfera dónde no pe- 
netran ni la lisonja ni el vituperio. Monteagndo 
carecía, es verdad, de la elevación moral de Biva- 
davia, de la virtud estoica de San Martin: por 
eso sus errores no merecen las disculpas gpenero- 
sas á que se ha hecho acreedor el primero, ni 
tampoco la benevolencia que inspira el profundo 
descreimiento del segundo. 

Al estudiar su vida, al analizar sus sentimien- 
tos y sus ideas, hemos señalado los vacíos que 
aun falta llenar, los puntos dudosos que otros 
iluminarán mas tarde: pero al desentrañar su 
carácter y la índole de sus talentos, con el objeto 
de presentarlo tal cual fué, y no como sus parti- 
darios ó sus enemigos le han pintado, creemos 
haber acertado y que estas páginas serán su mas 
fiel trasunto. Si así no sucediere, si padecemos 
un error, la crítica ilustrada pesará sus acciones 
en la balanza de la justicia con mano mas fría é 
insensible que la nuestra, y sus juicios constitui- 
rán el fallo que pronuncie la posteridad. 

Clemente L. Fbegeibo. 

Historiador. 
Buenos Aires, 1879. 



2H 



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AMÉRICA LITEBAEIA 



EDUCACIÓN DE LA MUJER 



Es un hecho por todos sabido que, salvo con- 
tadas escepciones, la educación de la mujer entre 
nosotros está reducida al aprendizaje de la lec- 
tura, escritura y cuentas, todo de la manera mas 
imperfecta: agrégase á esto la costura, y en 
algunos casos ciertos sencillos labores manuales. 

De ahí resulta que la mujer, agitándose en 
una esfera estrecha, sin horizontes, incapaz de 
hacer otra cosa mas que coser, pesa siempre 
sobre la familia como una carga, en vez de ser 
un auxiliar, j tiene que reposar en un hombre, 
padre, esposo, hermano, ó que matarse cosiendo, 
como vulgarmente se dice, para vivir poco me- 
nos que en la miseria. 

Cuando la ley suprema de la sociedad mo- 
derna es el trabajo, privándola de la educación 
necesaria, se hace de la mujer un instrumento 
inútil, un ser incapaz de trabajar. Aquellas 
ocupaciones en que el hombre se emplea, y que 
requieren solo el ejercicio de las fuerzas físicas, 
le están vedadas por nuestras costumbres y tal 
vez por su constitución: y las ocupaciones, los 
oficios y las carreras que exigen conocimientos, 
por elementales que sean, no puede desempeñar- 
los, puesto que no se le dd la educación necesaria. 

Evidentes son los males que de aquí resultan, 
así para la mujer como para la familia y la 
sociedad. 

Para la mujer, porque se vé reducida siempre 
á una condición inferior, teniendo que soportar, 
mas que con evangélica, con automática pacien- 
cia, las injusticias y las torpezas del hombre 
que le asegura los medios de subsistencia, que 
ella por sí sola seria incapaz de asegurarse: para 
la familia, porque el jefe de ella, y los hijos, si 
lo auxilian al llegar á hombres, sienten aumen- 
tarse el peso del trabajo, siempre áspero de la 
vida, con las mujeres, simples consumidoras, por 
una parte, niños por la otra, que nunca llegan á 
emanciparse y á sostenerse á sí mismos, si no es 
cuando se casan: y para la sociedad, porque se es- 
terilizan fuerzas ingentes que podrían utilizarse 
en el mejoramiento social y en la prosecución 
del bien. 

¿ Qué son las mujeres del pueblo, entre noso- 
tros? Sirvientas, cocineras, lavanderas, costure- 
ras si acaso. ¿Qué son las mujeres de lo que 
malamente se llama clase media? Costureras 
y nada mas. ¿Qué son las mujeres de la clase 



pudiente? Señoras de su casa, según la frase 
sacramental. 

Estas últimas, que constituyen solo una pe- 
queña minoría, importante, sin embargo, por la 
posición que ocupan, reciben, sin duda, una edu- 
cación mas avanzada que la que acabamos de 
indicar, pero en la que se paga exageradisiino 
tributo á los adornos^ y muy poco á los conoci- 
mientos útiles. Dd ahí resulta, que aun la mujer 
de las clases pudientes rara vei es capas de ser 
un auxiliar activo iel hombre, uno de los soste- 
nedores de la familia, cuando llegan las horas 
tristes en las que es necesario luchar brazo á 
brazo con las amarguras de la vida. ¡Cuántas y 
cuántas familias que han visto desaparecer todas 
sus comodidades, que se han sentido agobiadas 
por la desgracia hubiesen podido conservar sa 
antiguo puesto en la batalla de la vida, si las 
mujeres hubieran sido capaces de trabajar como 
los hombres, es decir, de hacer servir al bi^ 
de la familia sus cualidades y sus aptitudes! T 
este mal que señalamos y que paréoenos nadie 
podrá negar, procediendo con sinceridad, no es 
peculiar á la mujer, sino resultado de una edu- 
cación extraviada. Con los mismos caracteres y 
produciendo los mismos resultados, se ha pre- 
sentado ese mal en Euroim, en algfun tiempo, 
respecto á los hombres de la nobleza. Es sabido 
que después de la Biovolucion del 89 la nobleza 
de la Francia paseó por toda la Europa su orga- 
llosa miseria, mostrando á cada paso que sas 
miembros eran incapaces de vencer por sí solos, 
por esfuerzo y voluntad propia, las dificultades 
de la vida, y que su ignorancia, su incapacidad 
los condenaba á dejar el puesto á los que habiaa 
sido robustecidos por una buena educación, 6 ú 
menos por una educación mas apropiada que la 
recibida por los nobles. ¿ Cómo negar, pues, la 
necesidad y la conveniencia de tener vistas mas 
prácticas y mas útiles en la dirección de la ense- 
ñanza de la mujer en las clases pudientes? Los 
que al educar vuestras hijas solo pensáis en que 
luzcan y brillen en los salones de gran tono, 
¿no se os ocurre recordar que mañana puede 
combatirlas la desgracia y que necesitan estar 
preparadas para hacer algo mas en la vida que 
lucir en la buena sociedad ? ¿ Sois tan optimis- 
tas que veis siempre risueño el futuro ? ¿ No se 
os ocurre que el porvenir puede ser muy distinto 
del presente, y que no es nada extraño, ni nada 
raro, ni nada escepcional, que el que encuentra 



SÉCCIOlí LITERARIA — bbpÍblica ohibntal del übüguat 



219 



en sa cuna saaves batistas j lujosos encajes, 
teoga solo en sn lecho de muerte la sábana 
áspera de la pobreza y el jergón duro de la 
miseria? La vida no es un baile permanente, 
ni un interminable paseo, como parece hacerlo 
suponer la educación que se dá á la mujer de 
nuestra clase pudiente: j aun sin pensar en el 
futuro, sin tener en cuenta los peligros que 
entraña todo porvenir, por brillante que en el 
presente aparezca, ¡cuánto mas podrían dilatarse 
los horizontes de la buena sociedad, cuánto po- 
drían aumentarse los atractivos verdaderos de la 
mujer, si una educación apropiada desarrollase 
su inteligencia j la enriqueciese con los cauda- 
les del estudio! La presunción puede establecer- 
se sobre base sólida. ¿No tiene mas atractivos, 
no es mas interesante la mujer de las clases 
pudientes, hoy, que lo era hace cuarenta 6 cin- 
cuenta años? ¿Y qué es lo que ha producido 
ese perfeccionamiento, sino el mejoramiento de 
la educación que recibe la mujer? 

Por otra parte, ¿quién no reconoce en los vicios 
de una defectuosa educación, la causa eficiente 
de esa pasión del lujo y de la moda, que domina 
á tantas mujeres, en las alturas de la sociedad, 
y cuyos resultados son tan funestos para la feli- 
cidad y la tranquilidad de la familia y para la 
vida social? Solo en el embrutecimiento de la 
ignorancia absoluta, puede conseguirse el quie- 
tismo de las facultades espirituales del ser huma- 
no. Una vez que la educación rompe la espesa 
capa de la primitiva ignorancia, el espíritu hu- 
mano, asi en la mujer como en el hombre, se 
siente trabajado por la necesidad de acción, que 
parece ser el atributo genial del espíritu en po- 
sesión de sí mismo. Así, evocáis en la mujer la 
actividad del espíritu, y no dais alimento á esa 
actividad : de ahí resulta que los esfuerzos que los 
hombres realizan en todas las esferas, ella los 
concentra en la moda, ese Anteo cuyas fuerzas 
jamás se agotan, porque el espíritu de la mujer 
las rejuvenece y vigoriza incesantemente. El 
hecho constante, la pasión de la mujer por la 
moda, prueba esta observación, y la confirma el 
que lo mismo sucede entre los hombres. ¿Quién 
no sabe que lo que en la sociedad elegante se 
llama el lean, el dandy, el petimetre^ es el hombre 
que solo se ocupa de la moda, de vestir bien, de 
estar arreglado al último figurín, y que sin es- 
cepcion, el león, el dandy es superficial, poco 
ilustrado, incapaz de dirigir la actividad de su 



espíritu en otro sentido que en el de la moda? 
No es, pues, culpa del sexo el amor de la mujer 
por la moda; es culpa de la educación — de la edu- 
cación, que ahoga la actividad del espíritu feme- 
nil entre los pliegues de un vestido y que encier- 
ra todas sus aspiraciones entre las cuatro pare- 
des de un salón de baile 6 de concierto. 

Edúquese de otro modo á la mujer, diríjase 
en otro sentido la actividad de su espíritu, y sin 
reñir con la modista, ni con el buen gusto, pues- 
to que el bien vestir y la elegancia son parte de 
las aspiraciones legítimas, no pagará el tributo 
exagerado y servil que hoy presta á la moda, y 
podrá concurrir con su inteligencia y su corazón 
al triunfo de muchas causas justas y al éxito de 
muchas buenas ideas. 

Déjense á un lado, si se quiere, todas las otras 
esferas de la actividad, y supóngase por un mo- 
mento la inteligencia, la voluntad y el natural 
prestigio de las mujeres de nuestra clase pudien- 
te, — de las señoras y las señoritas de la sociedad 
rica, hoy seres pasivos en el desarrollo de la vida 
nacional, — puestas al servicio de la educación 
del pueblo, del mejoramiento de nuestras escue- 
las, del perfeccionamiento de la enseñanza, de la 
dignificación de las clases menesterosas, y véase 
cuántos beneficios se podrían obtener, cuántos 
milagros se podrian realizar! 

Descendamos ahora de esas alturas sociales, 
cuyo espectáculo contrista el espíritu de los que, 
sin ser pesimistas y sin ser románticos, ven con 
dolor tantas fuerzas vivas esterilizadas y tantos 
fecundos bienes malgastados y perdidos por el 
error. 

Qué es, hemos dicho, la mujer de la clase me- 
dia? Costurera y nada mas. Pueden contarse 
materialmente con los dedos las escepciones á esa 
regla. Ahora bien, la costura, por la misma ra- 
zón de que es un trabajo manual sencillísimo, 
que no exige conocimiento alguno, es pobremen- 
te retribuida, agregándose al bajo salario de todo 
trabajo manual, el que el exceso de concurrencia 
aminora mas todavía la retribución que recibe la 
costura. 

¿Por qué no educar, entonces, á la mujer para 
que pueda ocuparse de otro modo que en coser? 

En pueblos mercantiles como el nuestro, el 
comercio, en muchas de sus faces, ¿no ofrece ocu- 
paciones á propósito para la naturaleza y las 
condiciones de las mujeres? ¿Si se les diese la 
du?:i3Íoii necesaria, no podrian las mujeres ser- 



220 



AMÉRICA LITERARIA 



vir tan bien como los hombres para llevar los 
libros de una casa de comercio, para hacer las 
cuentas, las facturas, etc., etc.; es decir, para to- 
dos aquellos trabajos en los que solo se requiere 
saber bien la aritmética, y tener conocimientos 
elementales de los negocios prácticos de la vida P 
Ed así como la clase media en Europa dti ocupa- 
ción á la mujer. 

Por otra parte, ¿no se abre en la enseñanza 
una carrera brillante para la mujer? Las nume- 
rosas y magníficas escuelas de la ciudad de Fila- 
delfía, en Estados Unidos, son regidas por mas 
de mil maestras y solo noventa y siete maestros. 
La mujer casi ha monox)olizado la enseñanza. 
Es natural que así sea, puesto que el hombre 
tiene muchas otras carreras en que ejercitar su 
activi^^ad y ganar su vida, y por o.vi mi^^ma razón, 
desde que la mujer se educa lo bastante para ser 
buena maestra, sufre de esta una concurrencia 
en la que es vencido. La razón es sencilla: entre 
nosotros, por ejemplo, las mujeres, si obtuvieran 
como maestras un sueldo de 60 $ mensuales, se 
sentirían mas que satisfechas, mientras que á los 
hombres no les sucedería tal cosa, porque podrían 
obtener mejores resultados en otras ocupaciones. 

Estas consideraciones son igualmente aplica- 
bles á las mujeres del pueblo. Bastaría para al- 
terar grandemente las condiciones de la vida 
de la mujer en nuestro país, con que se reforma- 
sen los programas de nuestras escuelas de niñas, 
así públicas como prívadas. En vez de malgas- 
tarse largas horas en el día, largos dias en el 
año, largos años en la vida en enseñarles á coser, 
lo que sin eso aprenderían lo mismo, ocúpese ese 
tiempo en prepararlas para las múltiples y varia- 
das ocupaciones de la vida en que el sexo es indi- 
ferente, porque no se requieren fuerzas físicas 
ni se está expuesto á los inconvenientes del traba- 
jo en común, y que exigen solo, como condición 
indispensable, el tener conocimientos. 

¿No se cree que una gran mayoría de los 
empleados públicos, de los subalternos al menos, 
pod/ría tener faldas, sin perjuicio para el buen 
servicio, y sin peligro para las empleadas , á 
poco que la mujer recibiese los conocimientos 
rudimentaríos que se necesitan para ser ofici- 
nista? 

Y no se diga, empleando el argumento de los 
que no tienen razones, ¡así andaría ello! porque 
no faltarla quien contestase, sin ultraja á la 
verdad, ;no peor de lo que anda! 



Expuestas, aunque no con la detención nece- 
saria , algunas de las mas obvias con8Ídencio]ie3 
que demuestran la necesidad de mejorar la ednct. 
cíon de la mujer, considerándola como individao^ 
como miembro de la sociedad, veamos ahora 
algunas de las que robustecen esa misma nece- 
sidad, considerando á la mujer en su angosti 
misión de madre de familia. 

E.^ tan evidente, para nosotros, la necesidad 
de dar una educación apropiada á la que está 
llamada á ser madre de familia, que caá bo 
necesita demostrarse. 

La madre es el prímer médico j el primer 
maestro del niño. No solo nutre su parte física 
con la 841 via que brota del seno materno: nutre 
también su espírítu con sus ideas, le trasmite 
sus sentimientos, lo forma, casi puede decirse, á 
su imagen. Con los procederes de todos los dias 

y de todos los momentos auxilia ó contraria el 

♦ 

desarrollo de la naturaleza física, intelectual y 
moral del niño. 

Si el maestro, para desempeñar con concien- 
cia su misión, necesita estudios y conocimientoi 
especiales, ¿cuánto mas no debe necesitarlos ese 
maestro de todos los instantes, la madre, qne 
enseña á hablar, á sentir y á querer, al niño? 
Cualquiera que sea la edad que el niño tenga 
cuando vá á la escuela, aunque esta sea U de 
párvulos, el niño no es ya una naturaleza vir- 
gen : la vida del hogar, la enseñanza de la madre 
ha impreso una dirección dada á las facultades 
embríonarías de la criatura, y, mas tarda, el 
maestro encuentra en la madre el auxiliar mas 
poderoso, si esta sabe educar á su hijo, y el mas 
temible obstáculo, si, por su ignorancia, es inca- 
paz de comprender las exigencias de una buena 
educación. 

Por otra parte, ¿no se comprenden desde el 
primer momento todos los males que pueden 
resultar de la ignorancia, cuando se trata de 
quien, por ley natural, vela por la existencia j 
modela el desarrollo del niño P 

No dudamos del cariño maternal: para haoerio 
tendríamos que desconocer las leyes fundamen- 
tales de la naturaleza humana, y cerrar en nues- 
tro corazón la fuente de nuestras mas gratas, 
mas puras y mas inefables alegrías. Pero, el 
j cariño destruye, acaso, la ignorancia? ¿Pnede 
suplir á la educación P ¿ Basta ser madre para 
conocer la naturaleza del ulfio y lo¿ m<)jurei 
medios de favorecer su desarrollo.^ ¿La intni- 



SECCIOK LITÍRÍlBIA— ftEP^BLlÓA ORÍÉN* al DÉL ÜEÜOtTAÍ 



221 



cion materna puede adivinar lo que la ciencia 
lia tardado siglos enteros en profundizar? La 
rason y la esperiencia de todos los dias demues- 
tran que semejante suposición está completa- 
mente desprovista de fundamento. 

¿Quién no conoce madres que adoran á sus 
hijos 7 que los educan mal ? ¿ Quién no conoce 
madres que adoran á sus hijos, y que contrarían, 
por igrnorancia, su desarrollo? (¡Quién no cono- 
ce criaturas débiles, entecas, enfermizas en su 
parte física, j atontadas, opificadas en su parte 
intelectual, y pervertidas, desnaturalizadas en 
su parte moral, que han sido conducidas á ese 
estado por un cariño tan profundo como extra- 
viado por la ignorancia? 

Al hacer estas observaciones tocamos una 
llaga viva, y herimos, bien á nuestro pesar, sen- 
timientos respetables y desgraciadamente harto 
susceptibles. Seguros estamos de que habrá mas 
de una madre que al leer el párrafo anterior 
habrá dicho en su interior, de la manera mas 
enérgica : « No es cierto, u 

¿Qué madre tiene la culpa de que su hijo sea 
débil y enfermizo? ¿Cuál es capaz de atontarlo? 
y ¡oh aberración del escritor! ¿cuál pervierte la 
conciencia de su hijo ? 

Es sabido que las criaturas, como las plantas, 
necesitan aire puro y sol bastante para crecer y 
desarrollarse robustas; y, sin embargo, cuántas 
madres, no por exceso de cariño, sino por igno- 
rancia de las leyes naturales, y por tener cuida- 
dos que dan resultados contrarios, condenan á 
sus hijos á vivir respirando el aire malsano de 
habitaciones cerradas, sin dejar que los hiera 
y los vivifique el rayo del sol, y que hinche y 
espanda sus pulmones el aire fresco y puro de 
los campos! Así, ¡cuántas criaturas crecen como 
las plantas de invernáculos, pálidas, débiles, 
contrariadas! Entre los hijos del pueblo, á este 
respecto, la necesidad hace oficio de saber: los 
niños crecen mas fuertes porque las madres no 
pueden tener con ellos esos cuidados escesivos que 
se encuentran á menudo en las clases pudientes. 
Y en esto hacemos solo observaciones generá- 
is ¿Qué seria si descendiésemos á los detalles, 
á esas infelices criaturas, que se crian entre 
franelas, que se resfrian si el aire de la tarde 
les dá en el rostro, y que se enferman si por 
acaso llegan á tocar el suelo con el pié desnudo, 
ó liega un ra^o de sol á tocarles en la frente 
descubierta? ¡Cuántas reformas no introduciría 



en la crianza de los niños el que se diese á la 
mujer conocimientos, siquiera elementales, de la 
higiene de los niños y de lo que se ha llamado 
medicina doméstica! 

Con respecto á la parte intelectual, ¿quién no 
conoce criaturas que lloran á cada paso, que son 
voluntariosas, cuyo espíritu se atonta llamando 
graci4i á todo cuanto dicen y hacen, y aplaudien- 
do, y festejando, y repitiendo hasta las mas 
insípidas necedades? En esta materia, mas acaso 
que en ninguna otra, se vé fácilmente la paja 
en el ojo ageno y no la viga en el propio. Es 
por eso que nosotros preguntamos, ¿ quién no ha 
visto en hijos ágenos el defecto que acabamos de 
señalar? — y, ¿quién no comprende que solo el 
extravio de la ignorancia puede inducir á los 
padres á causar á sus hijos tan grave mal? 

Son género que abunda las criaturas mal cria- 
das, y entre estas y las atontadas, no hay mas 
que una pequeña diferencia, en muchos casos 
imperceptible. Es tanto mas imperdonable ese 
error en los padres, cuanto que, si nada hay me- 
nos atrayente, menos simpático que un niño mal 
criado, nada hay que despierte mas interés, que 
guste mas, que sea mas lindo, como generalmen- 
te se dice, que un niño bien criado, — que una 
criatura que se conserva en su puesto, y que 
embellece todo cuanto la rodea, con el encanto, 
con la poesía, con el perfume que se escapa, por 
decirlo así, de la naturaleza humana en sus ra- 
diantes y primitivos albores, cuando no ha sido 
contrahecha por los errores de la ignorancia y de 
la preocupación. 

Y la misma ceguedad que lleva á muchos pa- 
dres á atontar la inteligencia de sus hijos, los 
lleva también á pervertir en ellos el sentido mo- 
ral, sin conciencia de lo que hacen. — Todos los 
dias vemos niños en quienes, desde temprano, se 
fomenta el torpe sentimiento de la vengfanza, 
aún cuando esto se haga con formas que no pa- 
recen producir ese resultado. — Si un niño se 
cae, si peg^ contra una silla, y Hora, para ha- 
cer que caUe y satisfacerlo, se le da golpes á la 
silla: es una broma, es cierto, pero es una broma 
que despierta desde temprano en el corazón del 
niño el sentimiento mezquino de la venganza, 
y que lo acostumbra á creer que hay en el su- 
frimiento ajeno un consuelo para las desgracias 
propias. ¡Cuántos padres también no acostum- 
bran á sus hijos á tener que darles algo, siem- 
pre que quieren obtener de ellos que hagan una 



22¿ 



AMÉBICA LÍTEBAfiÍÁ 



oon cualquiera! Asf, la conciencia de lo jvtto, 
de lo que es bueno, de lo que debe hacerse por- 
que es bien hecho, se ahoga al nacer en el es- 
píritn del niño, y desde los primeros pasos se le 
hace egoísta, pequeño en sns móWles, intere- 
sado, con ese interés raquítico que nos induce 
á buscar en todas las acciones un resultado posi- 
tivo inmediato que satisfaga nuestras aspiracio- 
nes menos elevadas. — Y cuántos padres hay que 
nunca encuentran una falta en sus hijos, con 
respecto á otros niños, que les dan siempre la 
razón, aun cuando se trate del caso, harto gene- 
ral en los niños mimados, de que el hijo se haya 
apropiado un juguete de otro niño y se niegue á 
devolverlo á su legítimo dueño! ¿No se per- 
vierte así la conciencia de los niños? 

^^ • 

Pero, cualquiera que sea el alcance y la impor- 
tancia que se atribuya á esos errores cometidos 
en la crianza y educación de los niños, nadie 
desconocerá que habría gran conveniencia en 
hacerlos desaparecer por completo, dando á la 
mujer la educación especial que necesita para el 
buen desempeño de sus deberes como madre de 
familia. Y es esto tanto mas necesarío, cuanto 
que, salvo rarísimas escepciones, todas las muje- 
res, aún las que no son madres, desempeñan á 
menudo funciones maternas, interviniendo direc- 
tamente en la crianza y la educación de los 
niños. 

El carácter de la mujer, el cariño de las ma- 
dres, las afinidades misteríosas que hay entre 
estas y el hijo, hacen que sea la madre la que 
mejor puede cuidar y|guiar al niño, cuando se 
encuentra en los primitivos albores de la vida: 
pero, aquellas disposiciones especiales de la mu- 
jer serán desarrolladas, robustecidas y perfec- 
cionadas por una educación apropiada. Y de dos 
mujeres que teng^an el mismo amor á sus hijos 
y los cuiden con el mismo solícito afán, será 
mejor madre la que sepa mejor cómo atender á 
las necesidades del niño, cómo auxiliar su desar- 
rollo, cómo preservar su salud y cómo enriquecer 
8u embrionaria inteligencia. 

Por lo demás, parécenos que, entre nosotros, 
sucede con respecto á la necesidad de dar una 
educación apropiada á las madres de familia, lo 
que sucede con respecto á las conveniencias ge- 
nerales de la educación: todos las reconocen, 
pero pocos se preocupan de los medios de auxi- 



liarla. Es este mal endémico en nuestro piis, 
pero no indestructible. 

Tengramos constancia y lo destruiremos. 

Jo8¿ Pedro Yabkla. 

BdooMloolit» 7 Baeritor. 



LA FIESTA DEL MONUMENTO EN PAYSAHDÜ 



Becojo en mi corazón, de los purísimos Ubioe 
de la infancia, las últimas notas de ese himno 
cuyas estrofas valientes y severas resuenan como 
golpes de un escudo guerrero en mis oídos, ya 
habituados á la enervación y la molicie; y «fo- 
can involuntariamente en mi espíritu los glorío* 
sos recuerdos de este sitio, un dia no lejano 
convertido en altar sangriento de heroico y sa- 
blime sacrificio. 

La solemnidad del sitio se ag^regn á la solem- 
nidad del momento, y me siento débil y pequeño 
para interpretar el pensamiento de la Cominan 
que tengo el honor de presidir — débil y pequeño 
para poner mi palabra á la altura de los sentí- 
mientes que agitan sin duda al pueblo congre- 
gado. 

Dentro de breves instantes el hOo eléctrico no8 
anunciará que queda inaugurado en la Florida el 
Monumento á la Independencia de la Bepúbliea. 

El fausto mensaje circulará á la vei en todoe 
los pueblos de la Bepúbliea, y todos los corasoneB 
verdaderamente orientales, por el nacimiento 6 
por la simpatía, vibrarán unísonos, cual moridoi 
por los efluvios de esa electricidad moral con qve 
el amor á la patria une á todos los buenos hijoi 
de una misma tierra. 

Nosotros, que hemos adorado y levantado tan- 
tos ídolos, tantos ídolos de barro! — en los días 
tempestuosos de la lucha y en esas horas sin Im 
de la fatiga, no habíamos tenido un solo recnerdo 
de mármol ni de bronce para honrar á los héroes 
y conmemorar las hazañas de 1825 — Parecíamoi 
poseídos de un patriotismo nonoclasta; — la reli- 
gión nacional, de culto cívico no tenia un solo 
templo, un solo Monumento levantado eo nues- 
tras villas y ciudades — El viajero que las hubie- 
se visitado habria podido preguntarse: ¿qué 
pueblo es este, que no cuenta en sus anales nna 
de esas tradiciones gloriosas, de todos aceptada, 



SECCIÓN LITERARIA— EEPÚBLiCA ombmtaIí del ubuguay 



223 



de todos venerada, digna de ostentarse al mnn- 
do en mármoles j bronces imperecederos? 

De hoy en adelante todos podremos decir: 
«Viajero! si deseas saber si también tenemos 
trtdiciones heroicas, acércate al Monumento que 
conmemora la Independencia de la República. — 
Habrás visto en otras tierras Monumentos mas 
lujosos j soberbios; obra tal vei de los esclavos 
que regímenta el despotismo para embellecer las 
eercanias de su alcázar, 6 de la ambición crimi- 
mJ que convierte en gloria humana el insensato 
abuso de la fuerza; — pero no habrás encontrado 
á tu paso, condensadas en mármol palpitante por 
la mano del artista, ni glorias mas puras ni gran- 
desas mas altas «. 

Ocupamos sin duda un punto reducido en la 
corteza del globo que, á su tumo, solo es un gló- 
bulo de espuma en el inmenso mar de la creación. 
Haj, empero, un mundo moral donde la ley de las 
proporciones y la ley de la fuerza se transforman 
asombrosamente, — donde una pequeña batalla de 
Washington ó de Bolívar tiene los mismos res- 
plandores de una colosal victoria de Napoleón I — 
donde Ouillermo Tell, el héroe de las áridas mon- 
tanas, es tan grande como Bruto, héroe de la 
Tasta República Romana, y donde una lágrima 
de Polonia pesa mas que el formidable cetro de 
los Cesares. 

Concentrar en el alma un pensamiento santo, 
nn destello del ideal; — poner á su servicio una 
resolución heroica; — romper el molde de los 
acontecimientos, creándolos por la sola fuerza de 
la voluntad; — arrancar la victoria del carro de 
los fuertes para uncirla al carro de los débiles; — 
convertir en realidad viviente, en hecho victorio- 
so y definitivo la utopía de un instante, conde- 
nada al absurdo por todos los principios de la 
lógica y todos los consejos de la previsión y la 
prodencia,— oh! no puede subir mas alto la gran- 
deza humana, y esa grandeza es la grandeza de 
los Treinta y tres orientales, cuando se lanzaron 
i desafiar el poderío de un opulento Imperio y 
del gran Monarca que sus destinos regía. 

Paréceme que veo en este instante sus figuras 
trazadas por la mano maestra de nuestro gran 
pintor ^')... Asoma el sol de 19 de Abril de 
1825. — Acababan los héroes de pisar las húme- 
das arenas que besa el Uruguay; fiotan todavía 
en las costas las débiles barquillas que han cru- 

(1) Joan Manuel BUaee. 



zado el Plata llevando los destinos y la libertad 
de un pueblo. 

Allí están. — Palpita en ellos el alma de la 
patria, que se espande al respirar sus auras, ün 
fuego heroico anima sus miradas; una fuerza es- 
traña parece crispar todos sus músculos; y aUí, 
reunidos en indefinible grupo, juran sobre sus 
aceros inmortales redimir la patria 6 sucumbir 
gloriosamente en la demanda... Oh! quien pu- 
diera detener el curso inexorable de los tiempos 
y cerrar el libro fatal de la memoria, para con- 
templarlos siempre así, jóvenes gaUardos paladi- 
nes de la patria, antes de que la guerra civil 
estendiese entre ellos la nube rojiza de los ¿dios 
y rompiese la santa unidad moral de nuestra 
tierra, cuando todos eran puros y habría parecido 
una blasfemia horrible pensar que la vida de 
aquellos hombres no seria para siempre sag^rada 
é inviolable para nuestro suelo! 

El Monumento levantado en la Florida no 
conmemora únicamente la portentosa hazaña de 
los Treinta y tre$ Orientales. En aquellos gran- 
des dias, el ciudadano no fué menos heroico que 
el soldado. Casi todos los Orientales tenían en- 
tonces temple de metal, y al lado del guerrero 
se alzaba el estadista como firme columna de la 
patria. Una asamblea era en aquel entonces una 
fuerza!! — y la conquista sintió estremecerse su 
poder cuando la Asamblea de la Florida hiio 
llegar á su oído y proclamó ante el mundo que 
el pueblo oriental ^de hecho y de derecho era 
libre é independiente del rey de Portugal, del 
emperador del Brasil y de cualquier otro del 
universo u. Nunca el derecho y la justicia habla- 
ron un lenguaje mas altivo sin otro apoyo eficaz 
que la explosión de la conciencia humana y del 
sentimiento patrio, porque entonces, el 25 de 
Agosto de 1825, la victoria no había sonreído 
todavía á los patriotas y la empresa libertadora 
aparecía apenas como una calaverada heroica. 

Una marcha forzada habría bastado al poderoso 
ejército que hacía fiamear la bandera auri verde 
en los muros de Montevideo, para llegar y en- 
contrar indefenso al pueblo donde aquel Senado 
augusto promulgaba sus decisiones soberanas; 
mas qué importa! — en el trance supremo, á se- 
mejanza de los viejos patricios de la antigua 
Roma, ellos habrían esperado la cuchilla del inva- 
sor á la puerta del recinto que guardaba el éoo 
de sus declaraciones inmortales. 

La idea se hizo verbo: el verbo se hiao ley^* 



224 



AMÉRICA LITERARIA 



Id á cumplirla! — dijeron los proceres de la Flo- 
rida — y muy luego Rivera la hace imperar o<m 
BU astucia en los campos del Rincón, y Lavalleja 
resplandecer con su sable en las orillas del Sa- 
randí. 

El rumor de ese combate glorioso se dilata 
basta la pirámide del pueblo de 1810. — Estaba 
encadenada la yictoria! — Y ella seguirá arras- 
trando nuestro carro y el de los hermanos que 
en nuestro auxilio acuden basta el último confin 
de nuestros mares y basta el propio suelo de los 
conquistadores. 

La revolución de Mayo, invocando disidencias 
que hubieran podido conjurarse, que en todo caso 
hubiera debido respetar, movida por una diplo- 
macia siniestra, habia llegfado en su extravío has- 
ta el crimen de estimular la conquista de nuestro 
suelo, tendiendo la mano, en la sombra, al inva- 
sor. Sabemos que hay manchas que no bastan á 
borrar todos los perfumes de la Arabia; pero 
esas mismas se borran á veces con los perfumes 
de la gloria, — y para borrar esa mancha de la 
revolución de Mayo fué menester toda la gloria 
4e Alvear en Ituzaingó y toda la gloria del almi- 
rante Brown en las azuladas aguas de ese Rio, 
que todavia murmura himnos de victoria entre 
los camalotes del Juncal. 

Todos estos recuerdos gloriosos cobran nueva 
vida y parecen rodearse de una acción magnética, 
bajo la evocación del monumento que la grati- 
tud nacional ha levantado en la Florida. — Pare- 
ce que se descubriera el luminoso panorama de 
la vida á un enfermo, largo tiempo privado de 
luz y de aire libre. 

El corazón redobla sus latidos como un tam- 
bor da guerra. Se despiertan las fibras del 
patriotismo amortiguado y vibran los resortes 
enmohecidos de la cívica virtud. . Se respira en 
el ambiente de la esperanza — y yo pregunto : — 
con tradiciones tan bellas y tan nobles para 
fundar una nacionalidad gloriosa, ¿por qué no 
hemos de vivir al fin todos unidos en la liber- 
tad y en la justicia, sin dejarnos arrastrar por 
las sacrilegas luchas del pasado, y sin prestar 
el cuello á la ignominiosa servidumbre, igual- 
mente enemigos de la anarquía y del despotismo, 
— de la anarquía, que todo lo corrompe, y del 
despotismo, que no funda sino dominaciones efí- 
meras y sangrientas? 

ün Ministro Británico recordaba há pocos 
dias que nuestro suelo es mas grande que el de 



Inglaterra unido al país de Ghües — mayor aun 
que el territorio reunido de Bélgrioa, Portugal y 
Grecia. No es tan pequeña entonces la herencia 
de nuestros antepasados, y si supiéramos amarla, 
si supiéramos cultivarla, hariamos fácilmente de 
ella, no por cierto un coloso (que es á menudo 
un monstruo), pero sí un organismo serio y 
fecundo en la civilización de la América. 

Por nuestra admirable situación geogrrafica y 
por la ausencia de preocupaciones que son el lote 
de las viejas sociedades, debemos ser la nadon 
mas hospitalaria del mundo. 

Envíenos España, vieja madre, el contingente 
de su sangre generosa; Francia, sus nobles liljo« 
del 89 ; Italia, los compatriotas de Colon, Gaboto 
y Garibaldi; Inglaterra, sus caracteres serios y 
viriles; Alemania, sus hijos fuertes para el pen- 
samiento y el trabajo; Suiza, sus demóciatas 
modelo, y todos los pueblos del mundo la exube- 
rancia de su savia humana para fundar, con la 
evolución del trabajo y la sucesión de los tiem- 
pos, una nacionalidad generosa y espansiva qve 
sea la alianza y la fusión de todas las dirinidar 
des de los hombres. 

Vengan todas las religiones, todas las ideas, 
todos los sistemas á vivir tranquilos bajo el 
amparo de la libertad del pensamiento, depurán- 
dose por la contradicción pacífica, trabajando y 
modelando los espíritus, preparando así las solu- 
ciones definitivas y armónicas que serán para d 
individuo la religión del deber, y para el ciuda- 
dano la religión de la ley. 

Pero cuan lejos estamos, y cuan indignos 
somos de esa grande obra civilizadora con que 
únicamente podriamos corresponder á la grande 
obra emancipadora de nuestros antepasados! 
Tenemos aquí, á nuestro lado, envuelta en lo« 
últimos rayos del triste ocaso de la vida, ¿ esa 
noble anciana, que lleva el nombre ilustre del 
jefe de los Treinta y Tres orientales; — y r^re- 
sentando en ella a la casi estinta geneíacion de 
1825, podemos apenas enseñarle con orgn^o 
esos centenares de niños que vienen bajo el sanio 
báculo de la educación popular á celebrar los 
fastos nacionales, y entonar, con sagrado entu- 
siasmo, el viejo himno de la patria y anunciar, 
sin duda, una generación mas libre, mas Tiril* 
mas pura, mas digna de llevar ofrendas al Mo- 
numento de la epopeya nacional. 

Los iniciadores de esta fiesta sentirian colma- 
das sus aspiraciones si en ella recoge la hermana 



SECCIÓN LITEEABIA — bbpública oriental del vbvovat 



225 



del héroe nna sonrisa, antes de partir á la región 
ignota dónde se liacen las almas oonfldencia, para 
que llere hasta el espfrítn de los héroes nn rayo 
de la aurora de esperanzas que surge de esas 
frentes infantiles. 

Para ellas, que encierran el porvenir, pidamos 
la bendición de Dios — y para las grandes glorias 
del pasado, la eterna veneración de los hombres! 

CÁBLOS Mabia Bamibez. 

Peí lodiOa, LlUsnOo 7 Omdor. 

Pa^mñdú, Mayo de 1879. 



EL PARANÁ 



La lengua de tierra sobre que Alejandro edi- 
ficó su gran ciudad, no existia en tiempo de 
Homero: el Nilo ha reducido el lago Mereotis á 
casi nada: Booetta y Damieta, que ahora menos 
de mil años estaban sobre el mar, distan hoy dos 
leguas de él: el Bhin, el Pó, el Amo, en iK>cas 
centurias han depositado en sus bocas tantas 
materias aluviales que forman largos promonto- 
ríos. Teneoia no puede, á pesar de sus muchos 
esfaenos, conservar los lagos que la separaban 
del continente : Adria, que daba nombre al 
Adriático y que ahora veinte siglos era su único 
puerto, dista en el dia seis leguas del mar. 
Según el cálculo de Mr. de Prony, del Instituto 
de Francia, el P6 avanza anualmente 229 piést 
7 pulgadas y 9 décimos. ¿El Rio de la Plata 
omserva, acaso, el mismo fondo que antes? ¿No 
le ha cegado ya una boca del Riachuelo? ¿El 
pnerto de Montevideo no ha disminuido el fondo 
y está lleno de lodo? ¿Hay, acaso, puerto algrmo 
qne no pida limpiarse de tiempo en tiempo? 
Cuánto mas abrigados son los puertos, ¿no son 
mayores las deposiciones fluviales? ¿Qué labra- 
dor, por rústico que sea, no ha observado que el 
arroyuelo que dividía su terreno le ha robado 
ligo de él para darlo á su vecino y que por otro 
lido le sucede todo lo contrario? Confesemos que 
el Océano, por grande que sea, es un cobarde; 
qne el menor grano de arena le detiene, y que 
el triunfo, en estos grandes choques, siempre 
está por los ríos que tienen á su disposición 
arsenales copiosos de esta arma, al parecer tan 
de^reciable. 

No deberá, pues, estrañarse, después de todo 



estot» que yo suponga que algtin tiempo estuvie- 
ron lejos del Océano el cauce de este gran río y 
aquella por lo menos de sus ríberas que está al 
mismo ó menor nivel de los depósitos de conchi- 
lla que observamos; y que los lug^ares que hoy 
ocupan las dos bellas ciudades del Argentino, 
Buenos Aires y Montevideo, deban al gran Pa- 
raná ser hoy lo que son, así en lo físico como en 
lo político, hallándose ambas rodeadas por todas 
partes de estos monumentos antiguos de su 
inmersión. Si, como hemos visto, unos pequeños 
ríos han conseguido tríunfos tan señalados del 
mar, ¿cómo no deberá este humillarse á presen- 
cia del magestuoso Paraná, que tiene por tribu, 
tarios suyos otros muchos superiores en orden & 
los ya mencionados? Y si ahora, en nuestros 
dias, dice Cuvier, ha^sen tales estragos, ¿cuáles 
serian y qué violentos, cuando tenian á su dis- 
posición mayor cantidad de materiales que les 
suministraban las montañas? ¿Y qué diría, pre- 
gunto yo, si hablase de estas grandes montañas 
que forman, digámoslo así, la espina dorsal del 
universo? ¿Y qué, si suponemos que nuestro 
Paraná y todas sus ramificaciones han aumen- 
tado el caudal de sus aguas, existiendo en comu- 
nicación con él los innumerables lagos que se 
suponen en los tiempos primitivos y de que 
abundan particularmente aun ahora esas inmen- 
sas llanuras? 

Yo creo que los efectos que observamos casi 
no corresponden á su gran poder, y que á no 
abrirse ya en frente del Bao Santa Lucia el cabo 
de San Antonio y presentarse enteramente flan- 
queado á las grandes masas de agua del Antartico, 
debió Montevideo hace mucho tiempo disfrutar 
de las delicadas aguas del Urug^uay ó á lo menos 
de Santa Lucia, de que nuestros venideros dis- 
frutarán. Nada impedirá, con el tiempo, que las 
corrientes que vengan sobre la costa del Norte 
conserven su buena calidad, así como ha obser- 
vado Humboldt que las aguas del Pacífico sobre 
la costa occidental de nuestra América que vie- 
nen de la zona fria conservan su temperatura 
aun entrando en la tórrida de Lima. Casi 
siempre se notan en el mar varias fajas que aun 
corriendo grandes espacios conservan color dis- 
tinto, como si fuesen rios que surcaran el mismo 
Océano. 

Dámaso LabbaI^aoa. 



2P 



REPÚBLICA DE CHILE 



U SERENA 

Tendida en la yeoindad del mar y á los pies 
de una serie de colinas qae van alzándose en 
anfiteatro hacia el oriente, se ostenta risueña, 
hermosa, serena cual sn nombre, la noble capital 
de Coquimbo. Una sábana de verdura llamada, 
cual en Granada, la Vega, la separa de la playa 
del Pacífico y corónala en la altura una mese- 
ta de suaTes declives, conocida con el nombre 
de Santa Lucia, que le diera, como á nuestro 
romántico cerro de Santiago, la piedad de los 
viejos castellanos; mientras que el aiulado rio 
que regala al valle su nombre y su tapii de 
mieses y de fiores, serpentea por au barranca 
del norte, sirviéndole de marco en el costado 
opuesto la profunda Quebrada de San FranciS' 
co, cuyos modestos caseríos se esconden entre el 
follaje de las arboledas. 

La perspectiva es risueña, el clima dulce, la 
planta de la ciudad, cortada como un tablero de 
ajedrez, limpia y esbelta. Las brisas que soplan 
por la tarde 6 con el alba del dia, vienen empa- 
padas en la humedad del mar, y cuando aparece 
el sol 6 se despide, condénsalas en las tenues 
ráfagas de una niebla que envuelve la tranquila 
ciudad sin 'ocultarla, como el velo de gasa que 
esconde las espaldas de la virgen para hacer mas 
bello el donaire de su rostro. Es grato enton- 
ces subir á las colinas y divisar á sus faldas el 
panorama de la tarde. Descérrense á la vista la 
ciudad, la vega, el mar, el rio, y por los lejanos 
horizontes las velas que blanquean en la reman- 
sa bahía 6 los distantes picos de las montañas, 
que van encumbrándose por la costa en dirección 



al norte; grupos sueltos de ganado pacen en b 
Vega, y vienen lanzando inofensivos bramidos 
hasta la pintoresca BarroMoa, á cuyo borde n 
empina la ciudad, ostentando los blancos eam- 
pananos de sus siete iglesias, qne se deq»readtt 
lucidos del fondo osourp de los huertos de loca- 
mos y perfumados chirimoyos. 

El ruido de la industria llega hasta el k^- 
tario pórtico del Panteón, que, cual diadeoA 
de mármol, corona la cúspide de la mss alti 
meseta á la que el viajero llega; y repoMindo 
ahí, descansa y goza, ama y admira aquel ^sa- 
ble conjunto en que la labor del hombre y loi 
primores de la naturaleza se han enlazado en un 
consorcio fecundo en mil bellezas. Yése deede 
ahí serpenteando por la ribera del mar el osmiso 
que conduce de la ciudad al Puerto, cuyss altes 
chimeneas asoman vomitando Uamas por entre 
las rocas y farellones de la playa; y recogiendo 
de nuevo la vista se abraza en un solo cuadro el 
delicioso alfombrado de verdura y de jardines, 
de arboledas y alfalfares que desde la Portada 
se dilatan hasta el aislado moniUo de Pon de 
azúcar. Lucen hacia el norte los fiancos de mon- 
tañas de desnudo aspecto, pero que esconden los 
mil veneros de sus metales de plata y et^ 
entre la cumbre del monte Brillador, qne n 
levanta hacia la costa, y las cadenas del famoso 
ÁrqueroB, que van internándose por el valle háoú 
las cordilleras. Al pié de estas montañas, qM 
retumban noche y dia con el combo y la pólTozi 
del minero, corre tortuoso atravesando los ndos 
del rio el camino por el que los arrieros de Elqu 
conducen á los puertos las sazonadas cosechas de 
sus viñedos, mientras las campanas de los esta- 
blecimientos industriales que pueblan el ^^ 



SECCIÓN LITEBABIA— BBPÉBLiOA db ohilb 



227 



dan la señal del trabajo & las peonadas, j los 
dispersos pescadores arrancan de los guijarros 
del rio los pintados camarones que van á ser el 
manjar apetecido de la opulencia. 

Tal se ostentaba la Serena en la primavera 
de 1851, ceñida de mil guirnaldas de las flores 
sOvestres qne esmaltan sus prados, bañada del 
perfnme de las tibias brisas de su clima. Tres 
meses pasaron ! Y aquel panorama deleitoso se 
kabia] conrertido en un páramo de horror y de 
muerte; tiñéronse rojas las AgntíS del rio; huye- 
ron las naves del puerto; bandas de mercenarios 
desalmados cruzaban por todos los caminos lie- 
Tando en una mano el botin del saqueo, y en la 
otra el sable de los degüellos; las festivas calles 
de la ciudad exhalaban ahora el hedor de los 
cadáveres insepultos, y después de oirse el reto 
de los clarines, bajaban á la Yega , antes apaci- 
ble, los gfinetes de la ciudad para medirse cuerpo 
á cuerpo con los invasores 'que hablan venido de 
remotas campañas, y aun de mas allá de los sal- 
vijes desierto^ del otro lado de los Andes. Pare- 
éis que ya no brillara mas en aquel recinto de 
la pas risueña y del amor fecundo, el astro del 
dia, y que i»ara contemplar el horror de aquella 
sdbita transformación fuera preciso aguardar, 
eomo los espectros, la hora de la media noche 
y divisar desde la altura, á la luz de los incen- 
dios y al estampido del cañón, la perspectiva 
de aquella Serena de ayer, erizada hoy cual la 
melena de un león con una red de trincheras, 
onyas brechas tapaban los pechos de mil bravos 
y cuyas almenas se disputaban con garitos de 
muerte un heroico puñado de sitiados con otro 
beróieo puñado de invasores chilenos. 

Benjamín Yicuí^a Maceenna. 

P(mtteo. Utermto é HiatorUdor. 



EL PROVINCIANO EN SANTIAGO 

£1 mahometano tiene que peregrinar una vez 
en sa vida, por lo menos, á la sagrada Meca y 
tintar los Santos Lug^ares de su creencia y tra- 
diciones. El pintor europeo no es pintor si no 
ba visitado las capitales de la Italia y les paisa- 
jes de la Suiza. El anticuario, para pasar de la 
oíase de simple aficionado, necesita ir á robar 
algo de las ruin:h3 de Atenas, de los sepulcros 



de Id Faraones, 6 hacer un viaje al Perú á exhu- 
mar momias y regfistrar huacíu. El elegante 
santiagruino, que no ha ido á París á estudiar en 
su fuente, á ver llenos de vida los tipos de la 
moda que por acá nos llegan litogrrafiados, debe 
abandonar toda esperanza de granar celebridad 
en la carrera. Y cuidado, que los que se meten 
en esta, rara vez quedan buenos para brillar en 
otra. 

Tan indispensable como estas visitas es la que 
tenemos que hacer los provincianos* á la capital 
de la república. El que no ha pagado este tri- 
buto, sin causa poderosa á estorbarlo, se le mira 
como un pobre hombre, como uno de esos indi* 
viduos-máquinas, que tienen el triste privilegio 
de no sentir las delicias de la música ni ninguna 
de las celestes impresiones de lo bello. 

En efecto, para que lleguen á viejos los pro- 
vincianos sin haber tocado la necesidad 6 vení- 
doles el deseo de dejar su aldea é ir á Santiago^ 
es preciso que sus dias hayan trascurrido bien 
animal y tontamente; es preciso haber vivido sin 
saberlo, sin que nunca, permítaseme la expresión, 
se hayan sorprendido existiendo. Felizmente no 
tenemos en nuestros pueblos sino uno que otro 
de estos autómatas; y esos ño pertenecen á la 
época que recorremos. Son, en realidad, los úni- 
cos extranjeros que hay entre nosotros, y e| 
lastre inerte que arrastramos en nuestro gran 
viaje. 

Los jóvenes de provincia, que no han sido 
educados en los colegios de la capital, anhelan 
visitar ese recinto afortunado, donde una resi* 
dencia de pocos meses les ha de enseñar mas que 
todos los cursos que han seguido en su pueblo; 
donde las luces de la civilización, semejantes al 
fluido resplandeciente del mediodía, todo lo inva- 
den, todo lo trasminan, todo lo inundan y á todo 
dan animación de inagotable vida. No sé si me 
engaño; pero creo haber descubierto en muchos 
de mis amigos provincianos que se preparaban á 
dar, por primera vez, una vuelteoita por Santia. 
go, cierta placentera confianza, no de satisfacer 
su simple curiosidad, sino de aprender algo útil, 
de adquirir conocimientos que instintivamente 
echaban de menos y de despejar un tanto el 
espíritu de esa bruma inesplicable en que le 
vemos envuelto los que le hemos onltívado jkmm). 
Ellos han visto que este corto paseo, este ligero 
haño de Santiago ha obrado prodigios en otros; 
que han vuelto trayéndose á la vea graciosas 



á2d 



AMÉRICA LITÜEABIA 



maneras j no poco desarrollo intelectnal, los 
mismos que antes no podían desenredarse de sn 
timidei j encogrimiento habituales; timidez j 
encogimiento que, sea dicho de paso, si una 
fatalidad ha sancionado ya como característico 
del proYÍnciano, casi nunca prueban un mal irre- 
mediable, casi siempre no son sino un grosero 
capullo, dentro del cual se hallan los gérmenes 
de muy preciosos talentos. 

( Sirva esto de consuelo á quien le plazca, j 
Tamos adelante). 

No le busquéis un tipo á mi viajero; porque 
declaro que no le tiene. Es un sui generis que 
yo he oreado. No es ni chilote, ni penquisto, ni 
maulino, ni coquimbano: no ha nacido en ningún 
lugar de ningrnna de nuestras provincias. T si 
hay maliciosos que se lo achaquen á cualquiera 
de ellas, puede esta protestarle, diciendo lo 
que Quevedo, del hijo que, una vez, quisieron 
colgarle. Con lo cual será cosa sabida que la 
criatura es aborto mio; pero que todos han con- 
tribuido á formarle. 

Ya de cuento. Es una noche de ansiedad y de 
insomnio, la última que pasa el provinciano en 
su camino á la capital. El dia siguiente vá á 
ser un dia de acontecimientos, de pasmos y gran- 
*des novedades, cuya sola imaginaria previsión 
empieza á aturdirle y agobiarle. Le sucede lo 
que á todos, que al aproximarse la realización 
de lo que mas ardientemente hemos deseado, se 
nos ahogan el corazón y el alma en sofocaciones 
mortales. ¡Malditos engorros, ellos nos confiscan 
la mitad de la dicha, ellos nos arrebatan la oca- 
sión de saborearla desde que, á la distancia, la 
vemos venir por nuestro lado! Un minuto antes 
de oir, por primera vez, cantar á la señorita 
Bossi mi corazón parecía inflado y latía borras- 
cosamente: cuando ella empezó yo estaba casi 
accidentado. 

La primera impresión que recibe nuestro via- 
jero, al acercarse á Santiago, es la aparición 
lejana de sus blancas torres, descollando sobre 
una mancha confusa de objetos que no alcanza á 
distinguir la simple vista. Colocada, como está, 
nuestra ciudad reina al pié de los Andes, con 
cuyas alterosas moles forma un humilde contras- 
te la elevación pigmea de sus alamedas y de sus 
mas soberbios edificios; no permitiendo la llanu- 
ra que la rodea que desde lejos pueda uno con- 
templar su vasta extensión, el conjunto simétrico 
de sus divisiones y la variedad de sus pintorescas 



localidades, el provinciano se aproxima ¿ elU 
desprevenido, no preparado para recorrer gas 
interminables calles, para soportar sin aturdirse 
la sucesión de tan extrañas escenas y para no 
sucumbir al ruido y batahola de aquel gritón j 
alborotado gentío. 

Embebida su atención en la muchedumbre de 
viajeros de todas clases que alcanza 6 encuentn 
por los callejones donde se ha metido, penetra de 
repente en los suburbios de la ciudad, en esos 
hormigueros de democracia, que, siempre en gres- 
ca y algazara, ofrecen de ordinario alas pufiHii 
de la capital las mismas babeles dominicales de 
los campos de provincia, en que tienen lugar Ui 
partidas de chueca 6 las carreras de caballos. 

Acostumbrado el provinciano al yermo de las 
calles de su villa, al silencio de media noche, que 
al medio dia reina en todas ellas, su extrañe» es 
indefinible cuando llega, por ejemplo, al comeen- 
tillo j y se vé rodeado de su tremendo tumulto, de 
su hacina impenetrable de bestias y carretas, de 
hembras y machos, de cuadrúpedos y bípedos que 
le obstruyen el paso, le tiran el poncho, le vá- 
man el caballo, le gritan, le saludan, á dio» ttor 
quien — como quedó tu iiaña — á cómo las lanas— 
dónde dejó la tropa; haciendo, en fin, otras mfl 
diabluras que siempre tienen á mano para conse- 
guir que se alborote el caballo y que el ginete se 
vea en amarillos afanes antes de sosegarle j 
traerle al buen camino. Infeliz de nuestro amigo 
sí, por no agarrarse lo suficiente, viene i tierra 
al ruido y chifladera de aquella turba bednina, 
que aplaude el porrazo lo mismo que si fuese un 
lance de equitación nunca visto. Todos entónoei 
se le van encima á favorecerle, levantarle y sacu- 
dirle: en un dos por tres, le dejan al pobre 
aliviado, no precisamente del dolor de sus 
contusiones, sino del peso de su bolsillo, de sos 
espuelas, de su sombrero, amen de varias piesas 
de la montura, que, como los demás, desaparecen, 
por encanto, entre esta gente honradísima. 

Y luego, si el vigilante se presenta en la esce- 
na y empieza á averigpuar lo que ha motívado 
aquel escándalo, suele pasar adelante la aventara. 

— MMire usted, vigilante, esclama el proyin- 
//oiano, estos picaros me han salteado. Haga 
'/usted que parezcan mi sombrero, mi dinero...' 

— //¡luiente!'' gritan cien voces á la ves. 

— i/No le crea usted, ño Juanji/ dice uno. 

— /'No traia sombrero; // asegura el mismo qns 
lo está acariciando bajo el poncho. 



áÉCCiON LITEBJlBÍA— EEPÜBLICA DE CrtiLE 



22d 



— ''¿Qniere que le diga, ño Juan? lo que hubo